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Siempre es bueno leer a Bryce y quizás sea más justo ahora cuando, nuestro escritor, como sus personajes, se ve envuelto en sucesos que se esfuerzan por demostrar la verdad y él y sus ellos se esfuerzan por asumir la ficción. El punto medio es innecesario. Total, qué mayor aventura en la vida que ser Alfredo Bryce Echenique o alguno de sus arquetipos. Sí, esos personajes indescifrables en el sentimiento y de un corazón pletórico de amor que de tanta abundancia encuentran en la evasión una leve receta contra la nostalgia. Porque Felipe Carrillo es un tipo tristón y arquitecto como novelista y va por París haciendo casas también tristonas, a la limeña, de esa Lima al borde del mar, de los acantilados, del cielo panza de burro, que sin embargo él tanto quiere y que en base a pura nobleza quiere conservar el recuerdo de la única manera posible: extrañando. Así afrancesado o peruano francés, como él dice, va llevando a París su propia nostalgia marina que dentro de la máxima de los museos, el Sena y los vinos, él, recuerda a Lima, la luna de Paita, el sol de Colán y a su negra Eusebia e incluso llega a decir, sin puntos medios, que Freud en Colán no tendría trabajo o que en Colán no hay peruano triste.

"La última mudanza de Felipe Carrillo", de Alfredo Bryce Echenique. Editorial Oveja Negra, 1988. 152 páginas.