12/06: Oferta de Profesionales Jóvenes en Construcción: ¿Aumento Alarmante u Oportunidad de Desarrollo?
Categoría: Actualidad
Publicado por: a20017153
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Oferta de Profesionales Jóvenes en Construcción: ¿Aumento Alarmante u Oportunidad de Desarrollo? - Viviana Majluf Z. - Periodista Sector Construcción Chile
Desde que cambió la legislación sobre la educación profesional, en 1982, un mundo nuevo irrumpió en el ámbito de los estudios superiores. A las tradicionales universidades Católica, de Chile, de Santiago y Valparaíso, entre otras, se sumaron al principio tímidamente y después a pasos agigantados- una cantidad enorme de institutos profesionales, centros de formación técnica y universidades privadas.
Muchas puertas se abrieron a aquellos colegiales que aspiraban a ser constructores, arquitectos o ingenieros, sin mayores posibilidades. Muchos, por lo mismo, cumplieron sus sueños y llegaron a ser profesionales.
Grandes dudas han surgido desde entonces sobre los perjuicios o beneficios causados por este proceso. ¿Ha disminuido la calidad de la enseñanza en aquellas carreras relacionadas con el sector? ¿Cómo ha sido el rendimiento de los profesionales jóvenes en obra? ¿Hay mercado para todos?
Abundan las incógnitas sobre el asunto. Por eso, revista BiT conversó con un amplio espectro de especialistas, quienes entregaron una variedad increíble de opiniones. Convergiendo en algunos aspectos y discrepando en otros, todos concuerdan en que el panorama cambió y que es necesario tomar medidas en muchos aspectos.
Problemas de Inserción Laboral
“Si pones un aviso en el diario que diga ‘necesito ingeniero en obra’ ¿Quién te va a llegar? Hace 20 años sabías quiénes podrían presentarse, pero ahora te puedes encontrar con una oferta profesional muy graneada”, afirma enfático, el gerente general de la empresa Nexsa, Juan Carlos de Larraechea. Y es que con el aumento de universidades y de títulos otorgados, “hay una caja negra”. Comenta que antes, cuando una persona estudiaba ingeniería, había una malla curricular clara y conocida. Hoy, en cambio, han surgido carreras nuevas y nuevos títulos y, a modo de ejemplo, surge la interrogante de qué son los ingenieros en ejecución.
Preocupado también, se manifiesta el gerente general de la CDT, Juan Carlos León, al advertir que existe una distancia importante entre las expectativas que tienen las empresas de los profesionales recién egresados y las reales habilidades y conocimientos que ellos tienen. “Es fundamental enfatizar y mejorar las prácticas profe-sionales y las pasantías de los futuros profesionales de la construcción”, opina.
En realidad, amplia es la oferta que entregan los planteles educacionales. Por lo mismo, el ingeniero civil de la U. de Chile, profesor y empresario, David Campusano, deja en claro que sí hay universidades que otorgan títulos profesionales de buena manera. “El título académico que equivale a la habilitación profesional, se entrega con mucha responsabilidad, no hay duda de eso”. No obstante, menciona que podrían existir, en algún momento, centros de enseñanza sin la capacidad y responsabilidad que han tenido hasta ahora todas las universidades. “En extremo, alguien podría hacer de esto un negocio y vender títulos. Pero quiero pensar que todas cumplen y que el Ministerio de Educación, que concede las autorizaciones de independencias, lo hace bien”.
Por su parte, el director de la escuela de Arquitectura de la USACH, Rodolfo Jiménez, puntualiza que la premisa que había detrás de la liberalización de la educación superior era la confianza ciega en el mercado como el mejor regulador de la oferta académica, a través de la demanda estudiantil. Esto, que teóricamente podría resultar coherente, en la práctica no es evidente, por el prestigio social que tienen las carreras. De esta manera, “la capacidad del mercado para absorber a la gran cantidad de profesionales que egresan de las carreras del sector, no guarda relación con el número de jóvenes que quieren estudiarlas. En la práctica, nos estamos acercando peligrosamente a una situación donde los nuevos profesionales del área tengan fuertes dificultades de inserción laboral”.
Así al menos, lo ratifica el gerente general de la empresa constructora DESCO, Félix Joaquín Díaz: “Enorme es la oferta que hay y la demanda es poca. Hemos puesto avisos para contratar un par de profesionales para una obra en particular y pueden llegarnos hasta 500 curriculum”.
Por esta razón, el gerente general de Delta Edificación, Francisco Garafulich, sugiere que es indispensable que los recién egresados den un paso más y obtengan una especialización que les permita ofrecer un conocimiento especifico al mercado. “Si analizamos en forma positiva el fenómeno, nos encontramos con un gran número de profesionales especializados en distintas disciplinas, pero, como aspecto negativo, vemos una importante cantidad que no puede conseguir un espacio en la actividad laboral”.
Con Paso Firme Hacia las Acreditaciones
Pese a los inconvenientes que presenta esta proliferación de centros de estudio, para el académico David Campusano es positivo que cada vez más personas tengan la opción de formarse y que si final-mente no pueden trabajar en lo que estudiaron, en ningún caso eso es un malgasto. “Supongamos que todos somos médicos, ingenieros, abogados, técnicos, te aseguro que el país funcionaría millones de veces mejor”.
Un punto de vista parecido presenta el arquitecto Patrick Turner, de la oficina Turner Arquitectos, quien asegura que la sobrepoblación es un tema de mercado y, al revés, “mientras más profesionales existan, más opciones habrá de encontrar mejor gente”.
Como es una carrera versátil, añade Mario Paredes, de Mario Paredes y Arquitectos Asociados, muchos se dedican a la ecología, urbanismo, decoración o pintura. Precisa que Chile no cuenta con un exceso de arquitectos, pues sólo hay 8 mil en una población de 15 millones, mientras que en Argentina, con 36 millones de habitantes, hay 80 mil. “Comparativamente, el número de arquitectos por habitantes que existe acá es bajo; lo mismo ocurre si nos comparamos con Brasil o México. Tenemos 30 escuelas de arquitectura, mientras que en México hay 90” . Recalca, entonces, que no percibe peligro en el progresivo egreso de arquitectos. “A lo mejor, si el país sigue disminuyendo su creci-miento, podría llegar a producirse un problema. Por ahora no lo veo”.
Muy positiva, asimismo, es su percepción de las universidades privadas que ofrecen esta carrera. Recuerda que cuando fue presidente del Colegio de Arquitectos (1992-1996) la postura de los organismos gremiales era de gran oposición, cerrada a la creación de nuevas escuelas y que ahora su opinión ha cambiado. “Creo que las estatales, lamentablemente por el peso de su tradición, han tenido una dificultad de adaptarse a los nuevos tiempos. En cambio estas otras, que tuvieron que partir de cero, han incorporado lo más moderno, de modo especial en todo lo que tiene que ver con el trabajo digitalizado”.
También optimista es el punto de vista que aporta el jefe del departamento de Ingeniería y Gestión de la Construcción de la UC, Alfredo Serpell pues, a su juicio, este incremento brinda la posibilidad de contar con mayor número de profesionales que en un tiempo, hasta fueron escasos en esta industria. “No lo veo negativo, al contrario, creo que siempre es bueno. El hecho de que hayan muchas universidades que formen ingenieros civiles, constructores e ingenieros en construcción así como institutos profesionales en el caso de los últimos dos, nunca perjudicará al sector, más bien lo va a ayudar al permitirle bajar los costos”. El problema, eso sí, es que al haber una oferta más amplia y una demanda estable en el tiempo, como ha ocurrido en los últimos años, bajan los ingresos de esos profesionales.
El director de la Escuela de Ingeniería en Construcción y Construcción Civil de la Universidad Central, Eduardo Vielma, por otro lado, está convencido de que la liberalización de la educación universitaria ha traído más beneficios que problemas. Entre ellos, mayor competencia, apertura y posibilidades a los estudiantes que antes no podían acceder a estudios superiores. Por lo demás, “ha mejorado la calidad de la educación, fundamentalmente, por la sana competencia universitaria”.
De todas maneras, enfatiza que es necesario controlar esta situación a fin de evitar el crecimiento excesivo y la consecuente pérdida de credibilidad. Iniciativas hay al respecto, sobre todo, el proceso de acreditación de planes y programas de estudio que está llevando a cabo la Comisión Nacional de la Acreditación de Post Grado, CNAP. Explica Serpell, que las acreditaciones equivalen a la certificación de calidad de un producto. “Se trata de asegurar, en el caso de esa universidad, que algunas carreras de ingeniería tienen un cierto nivel de estándar”. Con este sistema de acreditación, ahonda Jiménez, se traslada el problema desde la cantidad a la calidad de los nuevos profesionales. “Al establecer condiciones y requisitos claros para que las carreras cuenten con dicha certificación, necesariamente se va a producir una segmentación de la demanda hacia esas instituciones que estén acreditadas y la regulación se dará por los niveles de excelencia de las mismas y la calidad de quienes lo demandan”.
“Titulitis Aguditis”
Es innegable la aparición de una cantidad de profesiones nuevas y vacantes para las carreras clásicas, que no dejan de causar confusión y malestar, incluso, en ciertos sectores de la sociedad.
“La liberalización de la enseñanza de ingeniería ha creado una anarquía absoluta en el mundo de la educación”, expresa Vielma, detallando que hoy existen alrededor de 300 carreras de ingeniería civil; civil en obras civiles, civil eléctrica, mecánica, ingenierías de ejecución diversas, en tránsito, en alimentos, en matemáticas, con licenciaturas, sin licenciaturas... de 4, 5 ó 6 años, dadas por universidades o por institutos profesionales.
Es que el vocablo “ingeniero” gusta en Chile. “Todos quieren ser ingenieros ‘algo’ comenta Serpell. Lamenta que hay todo un problema asociado al status, pues se muestra que la única posibilidad que tiene un joven es estudiar carreras que poseen ese status dentro de la sociedad. Es típico de la cultura chilena”.
Con espontaneidad, Juan Carlos de Larraechea habla de “titulitis aguditis”, porque “la gente no aspira a ser buen profesional -que es una actitud- sino a obtener títulos”. El peligro, advierte, es que efectivamente puede haber más titulados de dudosa calificación que profesionales que respondan a los requerimientos que el país necesita.
Mucha Teoría y Poca Práctica
Una de las críticas que se hace a la formación que entregan las carreras del sector es que son demasiado teóricas y poco dadas a la práctica. “Los profesionales que salen son muy buenos desde el punto de vista de la capacidad analítica, las técnicas de gestión, pero con una total desvinculación de la realidad”, comenta Juan Carlos León, argumentando que a lo más tienen una práctica profesional y egresan “sin tener la menor idea del trabajo en obra”.
A esto se suma el hecho de que la carrera de ingeniería civil, por ejemplo, dura seis años, lo que para algunos es un exceso. Al respecto, el ejecutivo de la CDT presenta el caso de Estados Unidos donde son cuatro años de estudio y después se hace una es-pecialización.
Coincide David Campusano: “Nuestras carreras se prolongan demasiado. Eso no tiene sentido cuando necesariamente será forzosa la capacitación específica. Ingeniería es más larga en Chile que en cualquier parte del mundo, batimos récord mundial”. Piensa que la universidad tendría que ser un paquete básico, muy fuerte, y ofrecer oportunidades de capacitación para los que ya están trabajando.
Una visión distinta plantea Alfredo Serpell sobre este aspecto, al asegurar que en los seis años que dura la formación de un ingeniero, este egresa con una gran formación teórico-conceptual y con un conjunto importante de competencias. A diferencia de EE.UU. donde, después de los cuatro años de estudio, el profesional debe adquirir experiencia para sacar el título de Ingeniero Profesional, acá sale con todas sus atribuciones, derechos y responsabilidades. “Quizás tenemos un poco ese defecto”. Está consciente de que les falta experiencia cuando egresan, “pero es un deber de las empresas otorgárselas en terreno, no nuestro. La universidad les entrega conocimientos, competencias, actitudes profesionales y valores”.
Completamente opuesto es el pensamiento del gerente general de Tecsa, Enrique Loehnert, en este punto: “A nuestros estudiantes les falta más práctica y mucho contacto con la gente. Para ser un buen ingeniero no basta sólo con saber matemáticas; no conocen la realidad del país y, ni siquiera, a la gente de la construcción. ¡Si para ellos Santiago termina en la Plaza Italia!”. Drástico, determina que es preferible una sola práctica, pero buena y larga, en vez de dos de cuatro semanas. “Ellos quieren un buen escritorio, una secretaria, estacionamientos, un lugar cómodo, descansado -ojalá, antes que tener que ensuciarse los bototos”.
Desde otro ángulo, Serpell hace notar que en muchos casos las constructoras pierden también la oportunidad de usar los conocimientos de estos jóvenes, que vienen con una capacidad importante para aportar modernización, nuevos métodos y tec-nologías. Pensativo, concluye que quizás lo que hace falta en el sector es tener una mayor comunicación con las universidades a fin de incrementar la información de parte de las empresas sobre sus propias necesidades.
La Importancia de Invertir en Capacitación
Los empresarios están más que conscientes de que deben capacitar a aquellos jóvenes que recién empiezan a desempeñarse en el mundo laboral. “Ellos tienen una materia prima de buena calidad, pero deben terminar de capacitarlos en áreas específicas”, sostiene Campusano. Aunque, según Serpell, “en muchas empresas pretenden que el ingeniero vaya, entre y produzca de inmediato e, indudablemente, eso es imposible”. No como en Estados Unidos, donde las constructoras, antes de asignarles un cargo específico, dan un tiempo de seis meses a sus nuevos profesionales para que pasen de un cargo a otro a fin de distinguir las funciones que realizan y adquirir experiencia.
Reconoce, no obstante, que hay firmas que hacen un muy buen trabajo porque van formando a sus funcionarios. “Son verdaderas escuelas de profesionales”. Como en Delta, donde permanentes son la capacitación, los postgrados, viajes técnicos, visitas a ferias, cursos y jornadas. Fundamenta Francisco Garafulich, que las universidades entregan la base de la formación, pero que esta continúa con el desarrollo de la profesión. “Considero trascendental guiar a los recién egresados por un camino de excelencia y superación constante. No debemos perder el concepto de que al principio tenemos que invertir para luego recibir los frutos”.
La filosofía de la empresa constructora Desco, en tanto, es hacerlos pasar primero por una oficina técnica -en la que permanecen alre-dedor de un año-, para aprender el negocio, conocer la organización y tomar contacto con los profesionales más antiguos. “Cuando entran, no los ponemos en un cargo de mucha decisión, más bien parten como ayudantes de alguien y van aprendiendo ciertas cosas que la universidad no les enseña”, señala Félix Joaquín Díaz.
Ocurre lo mismo en Tecsa, que les hace un taller de preparación -de dos a tres meses- para que roten por todas las ramas de la empresa. Hay talleres de contabilidad, en control de gestión y estudios de propuestas, entre otros, donde adquieren un conocimiento general para que después se les asignen distintas áreas. A esto se suman los cursos de capacitación en distintas especialidades.
Algo parecido pasa en las oficinas de arquitectos, que se convierten, según definen nuestros entrevistados, en especies de talleres. “Las veo como mini escuelas donde los jóvenes vienen a completar los conocimientos que no alcanzaron a tener en la universidad”, dice Mario Paredes, quien cuenta que trabajó varios años como ayudante y dibujante en oficinas que le dieron un conocimiento mucho más amplio. “La formación se termina en ellas, donde trabajas muchas veces ganando poco pero aprendiendo mucho”.
“Yo no salí preparado, me demoré diez años en hacerlo”, confiesa Patrick Turner, de la UC, haciendo una crítica al nivel que entregan. “Es una profesión que nos requiere dominar una serie de técnicas que no te enseñan. Para qué decir los temas de las tramitaciones ante los organismos respectivos y de los costos, que son claves en el desempeño profesional. No te hablan de eso en la escuela y se transforman en algo absolutamente agobiante. Muchos se frustran y terminan en otras actividades porque nunca le explicaron el fuerte componente reglamentario que tiene esta profesión”. Por eso, la capacitación en Turner Arquitectos se hace como un taller interno, en el día a día, a nivel de traspaso de experiencias.
Peligro en Construcción Civil
Chile es el único país del mundo que dicta construcción civil, dicen. Y donde existen, simultáneamente, ingenieros civiles, constructores civiles e ingenieros en construcción. Recuerda Serpell que cuando se creó -con el propósito de mejorar el desempeño de los mandos medios- construcción civil era una carrera orientada a formar especialistas en lo que es construcción y tecnologías de construcción, en terreno, particularmente orientados al ámbito de las viviendas y construcción de obras civiles. Sin embargo, con el paso del tiempo fueron creciendo en cantidad y en duración. “Hoy, incluso, en años no hay gran diferencia en la formación de algunos constructores civiles e ingenieros civiles. Se perdió ese objetivo que tenía y luego se creó la carrera de ingeniería en construcción aumentando la confusión al respecto”. Reconoce, en todo caso, que han ocupado un nicho en el mercado con bastante éxito, “particularmente en sectores donde la construcción no ha tenido un desarrollo sostenido en cuanto a tecnologías y nuevos sistemas de gestión”.
Por su parte, el representante de la U Central, Eduardo Vielma, detalla que desde su creación, hace 60 años, esta carrera fue evolucionando desde una perspectiva netamente técnica hacia una disciplina en la que concurren elementos científicos, de investigación, tecnológicos y de gestión. “Ante esa disyuntiva, la definición más apropiada del constructor civil era la de ingeniero, lo que ameritó otorgar ese título y el grado académico de licenciado en ciencias de la ingeniería en construcción”.
En los hechos, hoy existen 18 universidades autónomas que dictan las carreras de construcción civil o ingeniería en construcción, con mallas curriculares similares. El gran problema, advierte el acadé-mico, es que como la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), de 1989, definió las 17 carreras exclusivamente universi-tarias -obviando construcción civil e ingeniería en construcción-, se autorizó impartirlas a entidades no universitarias (ver tabla Construcción Civil). “Se ha producido una situación extraordi-nariamente grave porque existen institutos profesionales que las dan sin grado académico de licenciado y con un contenido en horas de clases y en cantidad de asignaturas notablemente menor”.
Especifica que mientras en las universidades duran cinco años con 6.000 horas de clases, en institutos profesionales sólo son cuatro años, con 3.500 horas. “El problema es que se están entregando egresados con conocimientos, capacidades y aptitudes no suficientes, especialmente en un país donde la construcción tiene mucho prestigio, asociado a su condición sísmica”.
A raíz de esta situación, se presentó un proyecto de ley, patrocinado por el diputado Rosauro Martínez, cuyo objetivo es que se rein-corporen a la Ley LOCE como carreras exclusivamente universitarias. “Desde 1985 se han construido millones de metros cuadrados que no han sido probados. La gran prueba la vamos a pasar cuando tengamos el próximo terremoto superior a grado siete”, concluye Vielma.
“Faltan Arquitectos Emprendedores y Gestores”
Los arquitectos también tienen ciertas aprensiones respecto a la formación. “En nuestra profesión no existe la carrera funcionaria”, postula Turner. Es decir, a diferencia de un ingeniero comercial, que inicia su experiencia laboral en un banco y puede llegar hasta a ser presidente de la entidad, en arquitectura eso no sucede. Pueden trabajar en una oficina y otra, con remuneraciones bajísimas. “Las universidades debieran crear personas emprendedoras, desarrolladores de proyectos, gestores de ideas. Echo de menos entre los arquitectos esa fuerza, como que los preparan un poco para ser ‘gomas’. Por lo demás, son pocas las oficinas en Chile que pueden contratar gente”.
Por otro lado, advierte como un peligro el “fenómeno de la com-putación” que se está dando en todas las universidades. “Los arquitectos ya no dibujan, proyectan sólo con computadores. En mis clases en la universidad me presentaban un gran despliegue de láminas, pero de proyecto en sí, poco”. Con preocupación observa que “claramente es el computador el que está produciendo esas imágenes parafernálicas, con proyectos sin sustancia. Es un pro-blema difícil de controlar a nivel de universidades y si bien es cierto que la arquitectura se maneja hoy con esa tecnología, hay que partir dibujando y desarrollando a mano. Las generaciones nuevas prescinden de esta etapa.”
Muy distinta es la postura de Paredes en esta materia. “El mundo cambió -afirma- y el tipo que tiene buena mano para dibujar, lo hace y se dibuja en la pantalla”. Para él es importante que los alumnos incorporen la enseñanza de la arquitectura digital desde el primer año.
Un Técnico También Puede ser Exitoso
Definitivamente en Chile se tiende a menospreciar a las carreras técnicas que, por cierto, son claves en el mundo de la construcción. “La educación de los mandos medios, de técnicos, ha tendido a desaparecer y eso tiene que ver con la proliferación de universidades. El futuro ideal para cualquier alumno que está saliendo de la enseñanza media es llegar a la universidad porque la sociedad ha inculcado que la única forma de ser exitoso es con un título profesional”, analiza Juan Carlos León.
“Se ha desprestigiado la carrera del técnico en construcción; todos quieren ser ingenieros y en un país como el nuestro es más impor-tante tener buenos técnicos que malos ingenieros”, complementa Enrique Loehnert. “Notamos que falta el técnico especializado para que se haga cargo de mandar a la gente en terreno; el ingeniero no sale preparado para eso”
Félix Joaquín Díaz, por su parte, echa de menos la existencia de los antiguos jefes de obra, “que eran prácticos, con don de mando, que conocían a la gente y habían pasado por varios oficios. Ese personaje está tendiendo a ser muy escaso y a ser reemplazado por profesionales”.
Es cierto que la enseñanza técnica media no ha tenido el mismo incremento en cuanto a estudiantes y escuelas que las universidades, confirman Paredes y Loehnert, “ya que los mismos alumnos prefieren ser universitarios y porque son mucho más rentables las uni-versidades privadas que las técnicas para sus dueños”.
Optimista, Alfredo Serpell está seguro de que en nuestro país se va a producir, finalmente, un fenómeno similar al ocurrido en otras partes del mundo, donde con tantos vacíos de buenos técnicos finalmen-te, esas disciplinas se empezaron a valorar más. “El mercado está cambiando y va a conducir a que los jóvenes se den cuenta de que ser profesional no es el único camino. En la construcción un buen soldador de tuberías tiene excelentes ingresos porque es espe-cializado y muy necesario”.
El problema, visualiza el académico, es que lamentablemente no existe en Chile una certificación de estructuras o de competencias profesionales que no sean los títulos. “¿Quién define lo que es un capataz en la construcción? Con la importancia que ellos tienen en el sector, no cuentan con ningún tipo de regulación ni cursos de educación formal. Creo que se debe estructurar el nivel medio técnico y trabajar en eso”.
La Voz de los Contratantes
Con toda esta proliferación de centros de estudio siempre surgen y surgirán dudas respecto al nivel de los jóvenes profesionales. La impresión del director de la escuela de arquitectura de la USACH, Rodolfo Jiménez, es que es muy bueno en algunos casos y en otros, “francamente deficiente”, no tanto por la calidad de los docentes que imparten las carreras, sino por los distintos grados de exigencia que se hacen para la selección e ingreso de estudiantes como para su permanencia en el sistema. “Si en algunas universidades el prin
cipal requisito para entrar es la capacidad de pago de aranceles y en otras, la capacidad demostrada por los alumnos durante la enseñanza media y en las pruebas de selección, no hay que ser muy brujo para darse cuenta de que las diferencias de calidad pueden ser enormes”.
Discrepa Patrick Turner, al estimar que aunque muchos pueden “estigmatizar” ciertas universidades, de las privadas están saliendo arquitectos notables. “En las Bienales de Arquitectura se ve. Antes la UC, la Chile y algo la UCV eran las campantes en todos los pro-yectos y resulta que hoy la cosa es de todos lados, y eso es bueno. Esto tiene que ver con las personas más que con las universidades”. De hecho, pese a que reconoce que como titulado de la UC tiende a contratar gente de esa escuela, también ha incorporado a profesionales de otras universidades “y estoy contento con ellos”.
Al momento de contratar, Turner cuenta que le ha llegado “abso-lutamente de todo, con niveles muy disparejos y sin ninguna expe-riencia”. Por tanto, la única forma de evaluarlos es instalándolos para ver cómo se desempeñan. “Obviamente existe una sobrepo-blación y dentro de ella uno tiene que saber acertar con los mejores.
Francisco Garafulich, visualiza que cada vez existe una juventud más inquieta, que antes de egresar asiste a ferias o exposiciones de construcción. Observa que se desenvuelven bastante bien en lo que es informática, cosa que no sucede al llegar a terreno. Considera, en este punto específico, “que no tienen otra escuela más que la ex-periencia propia que, unidas a una buena preparación y a individuos que desean aprender, presenta grupos humanos de grandes talentos y posibilidades”.
Para el empresario, las responsabilidades se les entregan a medida que van mostrando habilidades y que cuando contratan, privilegian el interés del postulante por seguir aprendiendo, su disponibilidad para moverse donde estén las faenas y sus habilidades para el trabajo en equipo. “Muchas veces creemos que tenemos al candidato preciso, pero en el desarrollo de la actividad vemos que es diferente a lo previsto, por eso, privilegiamos la contratación de jóvenes con poca o ninguna experiencia donde, a través del tiempo, van demos-trando sus capacidades”.
Respecto a la inclinación de su empresa por ciertas universidades, Garafulich establece que es muy importante saber bien qué actividad desean reforzar porque hay diferencias dentro de la misma profesión. “Tratamos de analizar las inclinaciones de las distintas escuelas para ir reclutando profesionales cuando lo requerimos.
Félix Joaquín Díaz, también ve a los jóvenes profesionales con muchas ganas de aprender y bastante inquietos: “Quieren progresar rápido, que les den más responsabilidades; no se quedan tranquilos si uno los tiene uno o dos años un poco en barbecho. Claro que les faltan cosas, como el conocimiento de medios o de los materiales, que son temas que se los da el quehacer diario. Los veo mejor preparados que hace algunos años”.
Con tan amplio espectro de opiniones no es fácil sacar conclusiones únicas y definitivas sobre la temática de la educación superior y la calidad de los profesionales jóvenes. Sí hay directrices y conciencia entre los entrevistados sobre necesidades urgentes, tales como la capacitación y especialización de los egresados, la acreditación de las carreras del sector y el empuje que hay que dar a la formación técnica, ahora ya. Avances hay, pero queda aún mucho camino por recorrer. Sin duda, es una realidad latente, el caos que existe actualmente en el proceso de acreditación. Lo anterior exige revisar la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (1989, pág. 11), para llevarla a una actualización que permita de una vez por todas poner fin al desorden que hoy tenemos que vivir en esta materia.
Desde que cambió la legislación sobre la educación profesional, en 1982, un mundo nuevo irrumpió en el ámbito de los estudios superiores. A las tradicionales universidades Católica, de Chile, de Santiago y Valparaíso, entre otras, se sumaron al principio tímidamente y después a pasos agigantados- una cantidad enorme de institutos profesionales, centros de formación técnica y universidades privadas.
Muchas puertas se abrieron a aquellos colegiales que aspiraban a ser constructores, arquitectos o ingenieros, sin mayores posibilidades. Muchos, por lo mismo, cumplieron sus sueños y llegaron a ser profesionales.
Grandes dudas han surgido desde entonces sobre los perjuicios o beneficios causados por este proceso. ¿Ha disminuido la calidad de la enseñanza en aquellas carreras relacionadas con el sector? ¿Cómo ha sido el rendimiento de los profesionales jóvenes en obra? ¿Hay mercado para todos?
Abundan las incógnitas sobre el asunto. Por eso, revista BiT conversó con un amplio espectro de especialistas, quienes entregaron una variedad increíble de opiniones. Convergiendo en algunos aspectos y discrepando en otros, todos concuerdan en que el panorama cambió y que es necesario tomar medidas en muchos aspectos.
Problemas de Inserción Laboral
“Si pones un aviso en el diario que diga ‘necesito ingeniero en obra’ ¿Quién te va a llegar? Hace 20 años sabías quiénes podrían presentarse, pero ahora te puedes encontrar con una oferta profesional muy graneada”, afirma enfático, el gerente general de la empresa Nexsa, Juan Carlos de Larraechea. Y es que con el aumento de universidades y de títulos otorgados, “hay una caja negra”. Comenta que antes, cuando una persona estudiaba ingeniería, había una malla curricular clara y conocida. Hoy, en cambio, han surgido carreras nuevas y nuevos títulos y, a modo de ejemplo, surge la interrogante de qué son los ingenieros en ejecución.
Preocupado también, se manifiesta el gerente general de la CDT, Juan Carlos León, al advertir que existe una distancia importante entre las expectativas que tienen las empresas de los profesionales recién egresados y las reales habilidades y conocimientos que ellos tienen. “Es fundamental enfatizar y mejorar las prácticas profe-sionales y las pasantías de los futuros profesionales de la construcción”, opina.
En realidad, amplia es la oferta que entregan los planteles educacionales. Por lo mismo, el ingeniero civil de la U. de Chile, profesor y empresario, David Campusano, deja en claro que sí hay universidades que otorgan títulos profesionales de buena manera. “El título académico que equivale a la habilitación profesional, se entrega con mucha responsabilidad, no hay duda de eso”. No obstante, menciona que podrían existir, en algún momento, centros de enseñanza sin la capacidad y responsabilidad que han tenido hasta ahora todas las universidades. “En extremo, alguien podría hacer de esto un negocio y vender títulos. Pero quiero pensar que todas cumplen y que el Ministerio de Educación, que concede las autorizaciones de independencias, lo hace bien”.
Por su parte, el director de la escuela de Arquitectura de la USACH, Rodolfo Jiménez, puntualiza que la premisa que había detrás de la liberalización de la educación superior era la confianza ciega en el mercado como el mejor regulador de la oferta académica, a través de la demanda estudiantil. Esto, que teóricamente podría resultar coherente, en la práctica no es evidente, por el prestigio social que tienen las carreras. De esta manera, “la capacidad del mercado para absorber a la gran cantidad de profesionales que egresan de las carreras del sector, no guarda relación con el número de jóvenes que quieren estudiarlas. En la práctica, nos estamos acercando peligrosamente a una situación donde los nuevos profesionales del área tengan fuertes dificultades de inserción laboral”.
Así al menos, lo ratifica el gerente general de la empresa constructora DESCO, Félix Joaquín Díaz: “Enorme es la oferta que hay y la demanda es poca. Hemos puesto avisos para contratar un par de profesionales para una obra en particular y pueden llegarnos hasta 500 curriculum”.
Por esta razón, el gerente general de Delta Edificación, Francisco Garafulich, sugiere que es indispensable que los recién egresados den un paso más y obtengan una especialización que les permita ofrecer un conocimiento especifico al mercado. “Si analizamos en forma positiva el fenómeno, nos encontramos con un gran número de profesionales especializados en distintas disciplinas, pero, como aspecto negativo, vemos una importante cantidad que no puede conseguir un espacio en la actividad laboral”.
Con Paso Firme Hacia las Acreditaciones
Pese a los inconvenientes que presenta esta proliferación de centros de estudio, para el académico David Campusano es positivo que cada vez más personas tengan la opción de formarse y que si final-mente no pueden trabajar en lo que estudiaron, en ningún caso eso es un malgasto. “Supongamos que todos somos médicos, ingenieros, abogados, técnicos, te aseguro que el país funcionaría millones de veces mejor”.
Un punto de vista parecido presenta el arquitecto Patrick Turner, de la oficina Turner Arquitectos, quien asegura que la sobrepoblación es un tema de mercado y, al revés, “mientras más profesionales existan, más opciones habrá de encontrar mejor gente”.
Como es una carrera versátil, añade Mario Paredes, de Mario Paredes y Arquitectos Asociados, muchos se dedican a la ecología, urbanismo, decoración o pintura. Precisa que Chile no cuenta con un exceso de arquitectos, pues sólo hay 8 mil en una población de 15 millones, mientras que en Argentina, con 36 millones de habitantes, hay 80 mil. “Comparativamente, el número de arquitectos por habitantes que existe acá es bajo; lo mismo ocurre si nos comparamos con Brasil o México. Tenemos 30 escuelas de arquitectura, mientras que en México hay 90” . Recalca, entonces, que no percibe peligro en el progresivo egreso de arquitectos. “A lo mejor, si el país sigue disminuyendo su creci-miento, podría llegar a producirse un problema. Por ahora no lo veo”.
Muy positiva, asimismo, es su percepción de las universidades privadas que ofrecen esta carrera. Recuerda que cuando fue presidente del Colegio de Arquitectos (1992-1996) la postura de los organismos gremiales era de gran oposición, cerrada a la creación de nuevas escuelas y que ahora su opinión ha cambiado. “Creo que las estatales, lamentablemente por el peso de su tradición, han tenido una dificultad de adaptarse a los nuevos tiempos. En cambio estas otras, que tuvieron que partir de cero, han incorporado lo más moderno, de modo especial en todo lo que tiene que ver con el trabajo digitalizado”.
También optimista es el punto de vista que aporta el jefe del departamento de Ingeniería y Gestión de la Construcción de la UC, Alfredo Serpell pues, a su juicio, este incremento brinda la posibilidad de contar con mayor número de profesionales que en un tiempo, hasta fueron escasos en esta industria. “No lo veo negativo, al contrario, creo que siempre es bueno. El hecho de que hayan muchas universidades que formen ingenieros civiles, constructores e ingenieros en construcción así como institutos profesionales en el caso de los últimos dos, nunca perjudicará al sector, más bien lo va a ayudar al permitirle bajar los costos”. El problema, eso sí, es que al haber una oferta más amplia y una demanda estable en el tiempo, como ha ocurrido en los últimos años, bajan los ingresos de esos profesionales.
El director de la Escuela de Ingeniería en Construcción y Construcción Civil de la Universidad Central, Eduardo Vielma, por otro lado, está convencido de que la liberalización de la educación universitaria ha traído más beneficios que problemas. Entre ellos, mayor competencia, apertura y posibilidades a los estudiantes que antes no podían acceder a estudios superiores. Por lo demás, “ha mejorado la calidad de la educación, fundamentalmente, por la sana competencia universitaria”.
De todas maneras, enfatiza que es necesario controlar esta situación a fin de evitar el crecimiento excesivo y la consecuente pérdida de credibilidad. Iniciativas hay al respecto, sobre todo, el proceso de acreditación de planes y programas de estudio que está llevando a cabo la Comisión Nacional de la Acreditación de Post Grado, CNAP. Explica Serpell, que las acreditaciones equivalen a la certificación de calidad de un producto. “Se trata de asegurar, en el caso de esa universidad, que algunas carreras de ingeniería tienen un cierto nivel de estándar”. Con este sistema de acreditación, ahonda Jiménez, se traslada el problema desde la cantidad a la calidad de los nuevos profesionales. “Al establecer condiciones y requisitos claros para que las carreras cuenten con dicha certificación, necesariamente se va a producir una segmentación de la demanda hacia esas instituciones que estén acreditadas y la regulación se dará por los niveles de excelencia de las mismas y la calidad de quienes lo demandan”.
“Titulitis Aguditis”
Es innegable la aparición de una cantidad de profesiones nuevas y vacantes para las carreras clásicas, que no dejan de causar confusión y malestar, incluso, en ciertos sectores de la sociedad.
“La liberalización de la enseñanza de ingeniería ha creado una anarquía absoluta en el mundo de la educación”, expresa Vielma, detallando que hoy existen alrededor de 300 carreras de ingeniería civil; civil en obras civiles, civil eléctrica, mecánica, ingenierías de ejecución diversas, en tránsito, en alimentos, en matemáticas, con licenciaturas, sin licenciaturas... de 4, 5 ó 6 años, dadas por universidades o por institutos profesionales.
Es que el vocablo “ingeniero” gusta en Chile. “Todos quieren ser ingenieros ‘algo’ comenta Serpell. Lamenta que hay todo un problema asociado al status, pues se muestra que la única posibilidad que tiene un joven es estudiar carreras que poseen ese status dentro de la sociedad. Es típico de la cultura chilena”.
Con espontaneidad, Juan Carlos de Larraechea habla de “titulitis aguditis”, porque “la gente no aspira a ser buen profesional -que es una actitud- sino a obtener títulos”. El peligro, advierte, es que efectivamente puede haber más titulados de dudosa calificación que profesionales que respondan a los requerimientos que el país necesita.
Mucha Teoría y Poca Práctica
Una de las críticas que se hace a la formación que entregan las carreras del sector es que son demasiado teóricas y poco dadas a la práctica. “Los profesionales que salen son muy buenos desde el punto de vista de la capacidad analítica, las técnicas de gestión, pero con una total desvinculación de la realidad”, comenta Juan Carlos León, argumentando que a lo más tienen una práctica profesional y egresan “sin tener la menor idea del trabajo en obra”.
A esto se suma el hecho de que la carrera de ingeniería civil, por ejemplo, dura seis años, lo que para algunos es un exceso. Al respecto, el ejecutivo de la CDT presenta el caso de Estados Unidos donde son cuatro años de estudio y después se hace una es-pecialización.
Coincide David Campusano: “Nuestras carreras se prolongan demasiado. Eso no tiene sentido cuando necesariamente será forzosa la capacitación específica. Ingeniería es más larga en Chile que en cualquier parte del mundo, batimos récord mundial”. Piensa que la universidad tendría que ser un paquete básico, muy fuerte, y ofrecer oportunidades de capacitación para los que ya están trabajando.
Una visión distinta plantea Alfredo Serpell sobre este aspecto, al asegurar que en los seis años que dura la formación de un ingeniero, este egresa con una gran formación teórico-conceptual y con un conjunto importante de competencias. A diferencia de EE.UU. donde, después de los cuatro años de estudio, el profesional debe adquirir experiencia para sacar el título de Ingeniero Profesional, acá sale con todas sus atribuciones, derechos y responsabilidades. “Quizás tenemos un poco ese defecto”. Está consciente de que les falta experiencia cuando egresan, “pero es un deber de las empresas otorgárselas en terreno, no nuestro. La universidad les entrega conocimientos, competencias, actitudes profesionales y valores”.
Completamente opuesto es el pensamiento del gerente general de Tecsa, Enrique Loehnert, en este punto: “A nuestros estudiantes les falta más práctica y mucho contacto con la gente. Para ser un buen ingeniero no basta sólo con saber matemáticas; no conocen la realidad del país y, ni siquiera, a la gente de la construcción. ¡Si para ellos Santiago termina en la Plaza Italia!”. Drástico, determina que es preferible una sola práctica, pero buena y larga, en vez de dos de cuatro semanas. “Ellos quieren un buen escritorio, una secretaria, estacionamientos, un lugar cómodo, descansado -ojalá, antes que tener que ensuciarse los bototos”.
Desde otro ángulo, Serpell hace notar que en muchos casos las constructoras pierden también la oportunidad de usar los conocimientos de estos jóvenes, que vienen con una capacidad importante para aportar modernización, nuevos métodos y tec-nologías. Pensativo, concluye que quizás lo que hace falta en el sector es tener una mayor comunicación con las universidades a fin de incrementar la información de parte de las empresas sobre sus propias necesidades.
La Importancia de Invertir en Capacitación
Los empresarios están más que conscientes de que deben capacitar a aquellos jóvenes que recién empiezan a desempeñarse en el mundo laboral. “Ellos tienen una materia prima de buena calidad, pero deben terminar de capacitarlos en áreas específicas”, sostiene Campusano. Aunque, según Serpell, “en muchas empresas pretenden que el ingeniero vaya, entre y produzca de inmediato e, indudablemente, eso es imposible”. No como en Estados Unidos, donde las constructoras, antes de asignarles un cargo específico, dan un tiempo de seis meses a sus nuevos profesionales para que pasen de un cargo a otro a fin de distinguir las funciones que realizan y adquirir experiencia.
Reconoce, no obstante, que hay firmas que hacen un muy buen trabajo porque van formando a sus funcionarios. “Son verdaderas escuelas de profesionales”. Como en Delta, donde permanentes son la capacitación, los postgrados, viajes técnicos, visitas a ferias, cursos y jornadas. Fundamenta Francisco Garafulich, que las universidades entregan la base de la formación, pero que esta continúa con el desarrollo de la profesión. “Considero trascendental guiar a los recién egresados por un camino de excelencia y superación constante. No debemos perder el concepto de que al principio tenemos que invertir para luego recibir los frutos”.
La filosofía de la empresa constructora Desco, en tanto, es hacerlos pasar primero por una oficina técnica -en la que permanecen alre-dedor de un año-, para aprender el negocio, conocer la organización y tomar contacto con los profesionales más antiguos. “Cuando entran, no los ponemos en un cargo de mucha decisión, más bien parten como ayudantes de alguien y van aprendiendo ciertas cosas que la universidad no les enseña”, señala Félix Joaquín Díaz.
Ocurre lo mismo en Tecsa, que les hace un taller de preparación -de dos a tres meses- para que roten por todas las ramas de la empresa. Hay talleres de contabilidad, en control de gestión y estudios de propuestas, entre otros, donde adquieren un conocimiento general para que después se les asignen distintas áreas. A esto se suman los cursos de capacitación en distintas especialidades.
Algo parecido pasa en las oficinas de arquitectos, que se convierten, según definen nuestros entrevistados, en especies de talleres. “Las veo como mini escuelas donde los jóvenes vienen a completar los conocimientos que no alcanzaron a tener en la universidad”, dice Mario Paredes, quien cuenta que trabajó varios años como ayudante y dibujante en oficinas que le dieron un conocimiento mucho más amplio. “La formación se termina en ellas, donde trabajas muchas veces ganando poco pero aprendiendo mucho”.
“Yo no salí preparado, me demoré diez años en hacerlo”, confiesa Patrick Turner, de la UC, haciendo una crítica al nivel que entregan. “Es una profesión que nos requiere dominar una serie de técnicas que no te enseñan. Para qué decir los temas de las tramitaciones ante los organismos respectivos y de los costos, que son claves en el desempeño profesional. No te hablan de eso en la escuela y se transforman en algo absolutamente agobiante. Muchos se frustran y terminan en otras actividades porque nunca le explicaron el fuerte componente reglamentario que tiene esta profesión”. Por eso, la capacitación en Turner Arquitectos se hace como un taller interno, en el día a día, a nivel de traspaso de experiencias.
Peligro en Construcción Civil
Chile es el único país del mundo que dicta construcción civil, dicen. Y donde existen, simultáneamente, ingenieros civiles, constructores civiles e ingenieros en construcción. Recuerda Serpell que cuando se creó -con el propósito de mejorar el desempeño de los mandos medios- construcción civil era una carrera orientada a formar especialistas en lo que es construcción y tecnologías de construcción, en terreno, particularmente orientados al ámbito de las viviendas y construcción de obras civiles. Sin embargo, con el paso del tiempo fueron creciendo en cantidad y en duración. “Hoy, incluso, en años no hay gran diferencia en la formación de algunos constructores civiles e ingenieros civiles. Se perdió ese objetivo que tenía y luego se creó la carrera de ingeniería en construcción aumentando la confusión al respecto”. Reconoce, en todo caso, que han ocupado un nicho en el mercado con bastante éxito, “particularmente en sectores donde la construcción no ha tenido un desarrollo sostenido en cuanto a tecnologías y nuevos sistemas de gestión”.
Por su parte, el representante de la U Central, Eduardo Vielma, detalla que desde su creación, hace 60 años, esta carrera fue evolucionando desde una perspectiva netamente técnica hacia una disciplina en la que concurren elementos científicos, de investigación, tecnológicos y de gestión. “Ante esa disyuntiva, la definición más apropiada del constructor civil era la de ingeniero, lo que ameritó otorgar ese título y el grado académico de licenciado en ciencias de la ingeniería en construcción”.
En los hechos, hoy existen 18 universidades autónomas que dictan las carreras de construcción civil o ingeniería en construcción, con mallas curriculares similares. El gran problema, advierte el acadé-mico, es que como la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), de 1989, definió las 17 carreras exclusivamente universi-tarias -obviando construcción civil e ingeniería en construcción-, se autorizó impartirlas a entidades no universitarias (ver tabla Construcción Civil). “Se ha producido una situación extraordi-nariamente grave porque existen institutos profesionales que las dan sin grado académico de licenciado y con un contenido en horas de clases y en cantidad de asignaturas notablemente menor”.
Especifica que mientras en las universidades duran cinco años con 6.000 horas de clases, en institutos profesionales sólo son cuatro años, con 3.500 horas. “El problema es que se están entregando egresados con conocimientos, capacidades y aptitudes no suficientes, especialmente en un país donde la construcción tiene mucho prestigio, asociado a su condición sísmica”.
A raíz de esta situación, se presentó un proyecto de ley, patrocinado por el diputado Rosauro Martínez, cuyo objetivo es que se rein-corporen a la Ley LOCE como carreras exclusivamente universitarias. “Desde 1985 se han construido millones de metros cuadrados que no han sido probados. La gran prueba la vamos a pasar cuando tengamos el próximo terremoto superior a grado siete”, concluye Vielma.
“Faltan Arquitectos Emprendedores y Gestores”
Los arquitectos también tienen ciertas aprensiones respecto a la formación. “En nuestra profesión no existe la carrera funcionaria”, postula Turner. Es decir, a diferencia de un ingeniero comercial, que inicia su experiencia laboral en un banco y puede llegar hasta a ser presidente de la entidad, en arquitectura eso no sucede. Pueden trabajar en una oficina y otra, con remuneraciones bajísimas. “Las universidades debieran crear personas emprendedoras, desarrolladores de proyectos, gestores de ideas. Echo de menos entre los arquitectos esa fuerza, como que los preparan un poco para ser ‘gomas’. Por lo demás, son pocas las oficinas en Chile que pueden contratar gente”.
Por otro lado, advierte como un peligro el “fenómeno de la com-putación” que se está dando en todas las universidades. “Los arquitectos ya no dibujan, proyectan sólo con computadores. En mis clases en la universidad me presentaban un gran despliegue de láminas, pero de proyecto en sí, poco”. Con preocupación observa que “claramente es el computador el que está produciendo esas imágenes parafernálicas, con proyectos sin sustancia. Es un pro-blema difícil de controlar a nivel de universidades y si bien es cierto que la arquitectura se maneja hoy con esa tecnología, hay que partir dibujando y desarrollando a mano. Las generaciones nuevas prescinden de esta etapa.”
Muy distinta es la postura de Paredes en esta materia. “El mundo cambió -afirma- y el tipo que tiene buena mano para dibujar, lo hace y se dibuja en la pantalla”. Para él es importante que los alumnos incorporen la enseñanza de la arquitectura digital desde el primer año.
Un Técnico También Puede ser Exitoso
Definitivamente en Chile se tiende a menospreciar a las carreras técnicas que, por cierto, son claves en el mundo de la construcción. “La educación de los mandos medios, de técnicos, ha tendido a desaparecer y eso tiene que ver con la proliferación de universidades. El futuro ideal para cualquier alumno que está saliendo de la enseñanza media es llegar a la universidad porque la sociedad ha inculcado que la única forma de ser exitoso es con un título profesional”, analiza Juan Carlos León.
“Se ha desprestigiado la carrera del técnico en construcción; todos quieren ser ingenieros y en un país como el nuestro es más impor-tante tener buenos técnicos que malos ingenieros”, complementa Enrique Loehnert. “Notamos que falta el técnico especializado para que se haga cargo de mandar a la gente en terreno; el ingeniero no sale preparado para eso”
Félix Joaquín Díaz, por su parte, echa de menos la existencia de los antiguos jefes de obra, “que eran prácticos, con don de mando, que conocían a la gente y habían pasado por varios oficios. Ese personaje está tendiendo a ser muy escaso y a ser reemplazado por profesionales”.
Es cierto que la enseñanza técnica media no ha tenido el mismo incremento en cuanto a estudiantes y escuelas que las universidades, confirman Paredes y Loehnert, “ya que los mismos alumnos prefieren ser universitarios y porque son mucho más rentables las uni-versidades privadas que las técnicas para sus dueños”.
Optimista, Alfredo Serpell está seguro de que en nuestro país se va a producir, finalmente, un fenómeno similar al ocurrido en otras partes del mundo, donde con tantos vacíos de buenos técnicos finalmen-te, esas disciplinas se empezaron a valorar más. “El mercado está cambiando y va a conducir a que los jóvenes se den cuenta de que ser profesional no es el único camino. En la construcción un buen soldador de tuberías tiene excelentes ingresos porque es espe-cializado y muy necesario”.
El problema, visualiza el académico, es que lamentablemente no existe en Chile una certificación de estructuras o de competencias profesionales que no sean los títulos. “¿Quién define lo que es un capataz en la construcción? Con la importancia que ellos tienen en el sector, no cuentan con ningún tipo de regulación ni cursos de educación formal. Creo que se debe estructurar el nivel medio técnico y trabajar en eso”.
La Voz de los Contratantes
Con toda esta proliferación de centros de estudio siempre surgen y surgirán dudas respecto al nivel de los jóvenes profesionales. La impresión del director de la escuela de arquitectura de la USACH, Rodolfo Jiménez, es que es muy bueno en algunos casos y en otros, “francamente deficiente”, no tanto por la calidad de los docentes que imparten las carreras, sino por los distintos grados de exigencia que se hacen para la selección e ingreso de estudiantes como para su permanencia en el sistema. “Si en algunas universidades el prin
cipal requisito para entrar es la capacidad de pago de aranceles y en otras, la capacidad demostrada por los alumnos durante la enseñanza media y en las pruebas de selección, no hay que ser muy brujo para darse cuenta de que las diferencias de calidad pueden ser enormes”.
Discrepa Patrick Turner, al estimar que aunque muchos pueden “estigmatizar” ciertas universidades, de las privadas están saliendo arquitectos notables. “En las Bienales de Arquitectura se ve. Antes la UC, la Chile y algo la UCV eran las campantes en todos los pro-yectos y resulta que hoy la cosa es de todos lados, y eso es bueno. Esto tiene que ver con las personas más que con las universidades”. De hecho, pese a que reconoce que como titulado de la UC tiende a contratar gente de esa escuela, también ha incorporado a profesionales de otras universidades “y estoy contento con ellos”.
Al momento de contratar, Turner cuenta que le ha llegado “abso-lutamente de todo, con niveles muy disparejos y sin ninguna expe-riencia”. Por tanto, la única forma de evaluarlos es instalándolos para ver cómo se desempeñan. “Obviamente existe una sobrepo-blación y dentro de ella uno tiene que saber acertar con los mejores.
Francisco Garafulich, visualiza que cada vez existe una juventud más inquieta, que antes de egresar asiste a ferias o exposiciones de construcción. Observa que se desenvuelven bastante bien en lo que es informática, cosa que no sucede al llegar a terreno. Considera, en este punto específico, “que no tienen otra escuela más que la ex-periencia propia que, unidas a una buena preparación y a individuos que desean aprender, presenta grupos humanos de grandes talentos y posibilidades”.
Para el empresario, las responsabilidades se les entregan a medida que van mostrando habilidades y que cuando contratan, privilegian el interés del postulante por seguir aprendiendo, su disponibilidad para moverse donde estén las faenas y sus habilidades para el trabajo en equipo. “Muchas veces creemos que tenemos al candidato preciso, pero en el desarrollo de la actividad vemos que es diferente a lo previsto, por eso, privilegiamos la contratación de jóvenes con poca o ninguna experiencia donde, a través del tiempo, van demos-trando sus capacidades”.
Respecto a la inclinación de su empresa por ciertas universidades, Garafulich establece que es muy importante saber bien qué actividad desean reforzar porque hay diferencias dentro de la misma profesión. “Tratamos de analizar las inclinaciones de las distintas escuelas para ir reclutando profesionales cuando lo requerimos.
Félix Joaquín Díaz, también ve a los jóvenes profesionales con muchas ganas de aprender y bastante inquietos: “Quieren progresar rápido, que les den más responsabilidades; no se quedan tranquilos si uno los tiene uno o dos años un poco en barbecho. Claro que les faltan cosas, como el conocimiento de medios o de los materiales, que son temas que se los da el quehacer diario. Los veo mejor preparados que hace algunos años”.
Con tan amplio espectro de opiniones no es fácil sacar conclusiones únicas y definitivas sobre la temática de la educación superior y la calidad de los profesionales jóvenes. Sí hay directrices y conciencia entre los entrevistados sobre necesidades urgentes, tales como la capacitación y especialización de los egresados, la acreditación de las carreras del sector y el empuje que hay que dar a la formación técnica, ahora ya. Avances hay, pero queda aún mucho camino por recorrer. Sin duda, es una realidad latente, el caos que existe actualmente en el proceso de acreditación. Lo anterior exige revisar la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (1989, pág. 11), para llevarla a una actualización que permita de una vez por todas poner fin al desorden que hoy tenemos que vivir en esta materia.

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roxana escribió:
mi caso en particular es que no entendia muy bien la diferencia entre ingeniero constructor y constructor civil, e ingrese a la ultima en el INACAP... bueno lo de que la carrera no es reconocida en el extranjero es preocupante, pero nosé hasta que punto se deviese preferir la otra carrera...tengo entendido que los constructores civiles estan orientados mas a trabajos en la obra que los inegenieros...aunque los otros tengan mayor mando en lo que respecta a una obra
bueno en fin muy bueno el articulo como dije.