12 junio 2007

Fragmentos de filosofía y religión - 7

Gracias, Aristóteles, no nos ayudes

Desde la perspectiva de la comprensión medieval tradicional de la religión, el despliegue paulatino del paradigma del conocimiento científico moderno puede ser visto como una suerte de progresiva puesta al margen de algunos temas centrales del pensamiento religioso.

Cuando el aristotelismo medieval dio inicio a la modernidad, determinó, entre otras cosas, que Dios es el objeto propio de la teología —en reemplazo de la fe y la experiencia religiosa, es decir, en lugar de esa forma especial de la conducta humana—. Bajo la presión dogmática de la metafísica aristotélica, los teólogos se vieron forzados a hacer nuevas distinciones en su objeto de conocimiento. Así, distinguieron entre la esencia de Dios, inalcanzable en su singularidad por la ciencia, y la virtud y operación divinas, ambas bien conocidas en su universalidad por la razón científica.

A partir de esa distinción, los teólogos consideraron al objeto de su ciencia de dos maneras enteramente teóricas: Postularon la sustancia divina (porque según el dogma filosófico no hay conocimiento científico del singular), y pretendieron conocer científicamente tanto al Logos (¡Cristo!) como a las obras de la reparación. Desde luego, en la segunda de estas aproximaciones teóricas tenían que ocuparse del ser humano y de la humanidad, porque la persona de Cristo y la reparación sólo tienen sentido en relación con el hombre; pero, gracias al dogmatismo de los filósofos, la persona humana singular y la experiencia personal de la fe dejaron de ser el asunto propio de la teología.



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