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Ahora este mapa es un pliego de arcilla y ahora es una línea
que se hace fronda en mi retina junto a la carretera. Húmedos
tilos. La mirada traduce la perspectiva en terrones de lodo. O
un páramo de objetos. Choza junto a la flor metódica. Cada
fotografía es realista. Mis globos oculares que algún día pu-
dieron alcanzar lo inmenso. El país del ojo es un residuo. El
país del ojo se divide entre el cielo que asciende sobre mí y un
sombrero en la copa del penco. El país del ojo no se divide: lo
sabes. El país del ojo es lo que hay.

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Mi rostro es la filmación de un cielo desechable. Una audacia
del dolor en cada ángulo de mi fotografía.

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Como en el tarot, el colgado. Un cielo colgado de arriba para
nadie. Mira cómo te rompen el brazo. Gimes. Estoy detrás.
Talvez. La mujer de vestido rojo dónde mira. El cuadro en
polvo, chorreado. La mujer de rojo dónde mira. La mesa, el
sombrero en el piso. Sientes la presión: la mujer de corsé
abierto: mi ignorancia. Sí, las manos atadas. En su mente, la
noche es un falo gigante, obeso, triste. Piernas desgonzadas.
El cielo es un tejado en polvo. Nadie. El niño rubio ve com-
pleta la muerte, el hueso sin luz. ¿A qué te aferras? El bandido
espía que nadie obste la muerte. Mi mano sostiene la cortina.
No, talvez. Su mano sostiene la cortina. Los cuerpos apreta-
dos, envasados. Nadie rezará esta noche. Esta noche nadie
seguirá la estrella.



De BARRIDO DE CAMPO. el baile de la esfera (Arequipa: Cascahuesos Editores, 2010) 73 pp.

Juan José Rodríguez Santamaría. Estudió Literatura y Periodismo en Quito, e hizo cursos de traducción en Madrid. Ha publicado Los rastros (Quito, 2006) y Viaje a la mansedumbre (Barcelona, 2009). También ha sido incluido en antologías como Poesía de Ecuador (Madrid, 2009), Antología Ecuador-Perú (Lima, 2009), Álbum de arena (Guayaquil, 2008), El Vértigo de los aires. Poesía latinoamericana 1974-1985 (México, 2007). También ha publicado varios ensayos sobre poesía ecuatoriana e hispanoamericana; y como traductor el libro Una cosa natural. 29 poetas norteamericanos (Quito, 2009). Actualmente forma parte del comité editorial de la revista de poesía Ruido Blanco, y en 2007 obtuvo el III Premio Internacional de poesía joven La Garúa.
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Notable y, de algún modo también, autor precoz por su artesanía de múltiples y atinadas veladuras; éstas, en lo fundamental, tanto literarias como plásticas. Borges, Wilde, Jorge Guillén, Westphalen, Girondo, Vallejo, Fray Luis, y dejamos de enumerar, yuxtapuestos o aclimatados en el marco de un autorretrato a lo Francis Beacon. Aunque esta poesía es torción (deformación) guiada por la lucidez (el orden); dolor paliado por el hechizo; en suma, todo un desmontaje semiótico --de aquí Barrido de campo-- salvado del remolino devorador por la mano misma de la poesía. Hemofílico y católico como su compatriota Alfredo Gangotena (1904-1944) --obvio, a nivel simbólico-- entre todos aquellos numerosos homenajes, ninguno de ellos gratuito o decorativo, destaca el ofrecido a esta última figura… tan emblemática y relevante en la actual poesía ecuatoriana. Tan es así que nos animaríamos a denominar a estos jóvenes y no tan jóvenes poetas (Iván Carvajal o Alexis Naranjo, por ejemplo) como neo-modernistas o neo-gargoteanos.

Mas, retomando la propuesta de este libro, complace percatarnos también que es en la viñeta o el poema en prosa donde Juan José Rodríguez Santamaría ha encontrado su mejor formato. No era el verso, entonces (¿todavía?), la carpintería más adecuada para montar sus pequeños retablos. Para dejar fluir, a su aire, su fresca y proliferante --y no menos lúcida, siempre-- vena fabuladora. No podía ser para menos, siendo un neo-modernista, también Rubén Darío, a su modo, supo domesticar el Barroco, hacerlo más urbano; atenuar, en procura de una música suave y encantada, sus marcados contrastes, sus recios claroscuros.

Saludamos vivamente, pues, esta joven poesía; esta convincente aventura intelectual e imaginativa. Que existen partes del poemario acaso prescindibles, por reiterativas o manejadas en automático, por supuesto que sí. Pero esto no es un defecto, más aún tratándose de un artista en pleno desarrollo, sino testimonio, más bien, de una auténtica búsqueda y muy peculiar ensayo. Ya quisieran tantísimos funcionarios del sentido común o del sinsentido, que son la mayoría de los poetas en el mundo hispano, tener siquiera algo del talento y la inteligencia de Rodríguez Santamaría. (P.G.)