Ética, Comunicación y Salud (4/5)

La Comunicación y la Ética global


Hay muchos sinónimos para caracterizar la ética de nuestro tiempo. Si se trata de destacar que es ‘de nuestro tiempo’, puede llamársele Ética global o incluso Ética del Milenio. Si queremos destacar sus orígenes y su trayectoria histórica más recientes, seguramente la llamaremos Ética de los Derechos Humanos. Si lo que importa es el fundamento filosófico sobre el que descansa, nuestra mejor opción sería Ética de la Dignidad Humana. Pero hay más sinónimos disponibles, y conforme precisamos las cosas los sinónimos se hacen aún más interesantes.

Así, por ejemplo, es perfectamente posible caracterizar a la ética global como Ética de la Responsabilidad. Para comprender esta denominación basta con señalar que ser éticamente ‘responsable’ ha venido a significar ser capaz de dar una respuesta viable y sostenible a las demandas de cambio planteadas por la sociedad.

En el enfoque de la responsabilidad hay dos aspectos que me parecen cruciales. El primero ya ha sido abordado en las entregas anteriores, y consiste en que, para que podamos hablar de una responsabilidad, es decir, de una capacidad de respuesta, debemos primero haber percibido una demanda claramente planteada. Con el ejemplo de los Objetivos del Milenio referidos a la salud he querido hacer notar que los organismos internacionales competentes, como la OPS, por ejemplo, y las organizaciones nacionales correspondientes, conocen bien las demandas claras y precisas que la ética global plantea en el campo de la salud. Más aún, las conocen no sólo en sus enunciados conceptuales, sino también en lo que toca a sus condiciones concretas de realización.

Pero hay un segundo aspecto en el enfoque ético de la responsabilidad sobre el que aún no hemos dicho nada, y es que la respuesta debe ser viable y sostenible. No es que las personas adultas e informadas en el escenario global no sepan que las respuestas a las demandas de cambio social deben ser viables y sostenibles. Eso es obvio. El problema que quiero señalar es que nosotros, en el escenario local, aún no sabemos con certeza qué hace que la mayoría de las acciones desplegadas en las últimas dos décadas en pro del desarrollo hayan resultado más bien inviables e insostenibles. Es como si estuviéramos librando una batalla descomunal sin que nos hayamos dado cuenta aún qué es y en qué radica nuestra principal debilidad.

En tal sentido, mi pregunta es: ¿Qué es y dónde está esa debilidad que nos hace fracasar continuamente en nuestros esfuerzos por lograr una salida definitiva del subdesarrollo? Hoy está cada vez más claro para todos que la principal debilidad del escenario local no consistía en la falta de recursos materiales, como siempre se pensó. Ahora que ya hay recursos económicos, seguimos entrampados en el subdesarrollo mental. Desde mi punto de vista, basado menos en los libros que en los viajes y las múltiples conversaciones que he tenido en las regiones, la gran debilidad no-atendida es nuestra radical incapacidad para una auténtica comunicación en el espacio público.

Pero no se apresuren en interpretar esto en un sentido convencional. Los filósofos suelen decir cosas que nadie entiende, y cuando nos quieren hacerse entender por lo general caen en generalizaciones trilladas e inútiles. Yo podría contentarme aquí con decir frases relativamente fáciles, como que la demanda social de más y mejor comunicación entre los diversos actores sociales del desarrollo tiene un carácter ético. Suena bien, pero ¿qué significa? Con el afán de aterrizar podría afirmar que si se salvara esa debilidad comunicativa seríamos capaces de transformar los viejos hábitos mentales y políticos que aún nos lastran como país. Pero de nada serviría plantear las cosas así si no comprendiéramos lo que se quiere decir con ‘auténtica comunicación’ en este contexto.

Quiero suponer que todas las personas en este foro ya partimos de la convicción de que ser capaz de comunicarse para alcanzar una meta determinada de Salud Pública no supone la simple transmisión de un mensaje desde un emisor –digamos el Ministerio–, hacia un receptor lejano, como por ejemplo, el poblador rural. Todos aquí hace mucho que hemos visto de cerca las deficiencias de ese enfoque convencional de la comunicación, reflejado en la imagen patética de un Estado-nación que sólo puede mandar a hacer innumerables afiches, folletos y cartografías inútiles.

Pero yo me pregunto si ya hemos caído en la cuenta de que la Comunicación en Salud tampoco se reduce únicamente, como podría asumirse en algunos círculos profesionales dedicados a la comunicación, a desarrollar estrategias de persuasión basadas en un mejor conocimiento de la mentalidad del cliente. Para convencernos de que no es un tema de mejores estudios de mercado es necesario recordar siempre que la comunicación hace uso de diversos soportes técnicos, pero no es ella misma una técnica.

Desde mi punto de vista, la comunicación para el desarrollo en general, y la Comunicación en Salud en particular, es una disposición ética. Esto, en el escenario global, significa cambio de paradigmas y mentalidades; y en el escenario local implica, concretamente, que la comunicación para el desarrollo tiene que atender dos demandas muy concretas.

Para explicarles de manera sucinta en qué consisten estas demandas usaré dos máximas: ‘Comunicar más allá de todo partido’ y ‘Comunicar más allá de toda retórica’.

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