Desde la segunda mitad del siglo XX, la concepción del bien en la cultura occidental ha venido progresivamente consolidándose sobre la base de los cinco principios enunciados en el Prólogo de la Declaración Universal de 1948. Éstos son, como bien se sabe, la Dignidad de la persona humana, la Igualdad de todas las personas en dignidad, la Libertad, la Justicia y la Paz.
Debido, entre otras cosas, a los extraordinarios avances de las tecnologías de la información y de las telecomunicaciones, hoy podemos decir que esta Ética de los Derechos Humanos constituye el sentido común en el nuevo escenario global.
Los organismos internacionales y los distintos foros que declaran ceñirse a los cinco principios de la Ética de los Derechos Humanos, los usan y comprenden de un modo cada vez más preciso y decantado. Lo que me interesa reslatar aquí es que el lenguaje ético usa estos principios dentro de una lógica de concomitancia múltiple. Esto quiere decir que, en tanto puntos de partida de toda acción ética en lo individual y lo social, estos cinco principios deben operar de manera interdependiente y simultánea. Así, si pretendemos que nuestra acción sea ética, no podemos satisfacer sólo la justicia y desatender la libertad y la paz. Del mismo modo, carece de sentido pretender satisfacer la paz si no se satisface también, a la vez, la justicia y la libertad. En una palabra, no se puede satisfacer la dignidad de la persona, que es el principio supremo, si no se satisfacen simultáneamente y con la misma intensidad de esfuerzo y dedicación los otros cuatro principios fundamentales.
Esta teoría de la concomitancia múltiple de los principios postula que el lenguaje ético global, ya desde sus orígenes en la última década del siglo XX, pero sobre todo en este período que podemos llamar del Milenio, exige la satisfacción práctica simultánea, es decir, no sólo parcial ni sólo en el discurso, de los cinco principios.
Para ilustrar esta teoría, demos ahora un vistazo a algunas expresiones recientes del lenguaje ético global.






