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Plano de la ciudad de Lima en el siglo XVI con los solares que repartió Pizarro

A la par de sus bondades y conveniencias de su emplazamiento en el valle del Rímac, de su clima y otras ventajas, desde sus inicios, Lima estuvo expuesta a uno de los peores flagelos de la naturaleza: los movimientos sísmicos. Dejando de lado la larga lista de los temblores de escasa magnitud (dicen que el primer temblor que sintieron los españoles fue en 1533, cuando Hernando Pizarro estuvo en Pachacamac y aún no se había fundado Lima), el primer terremoto de verdad que azotó nuestra ciudad fue el del 9 de julio de 1586 (calculado en 8,1 en la escala de Ritcher), a las 7 de la noche. Pero como en esa época Lima no había alcanzado su esplendor arquitectónico (barroco) y su población era todavía escasa, los daños no fueron tan significativos; murieron poco menos de 20 personas. Es cierto que quedaron seriamente dañados la casa de gobierno y los principales edificios públicos; el virrey de entonces, el Conde de Villar, tuvo que alojarse temporalmente en una garita de madera que se le improvisó dentro del convento de San Francisco. Cabe destacar que el sismo se sintió desde Trujillo a Caravelí, y que el Callao quedó también muy maltrecho.

En cambio, los movimientos telúricos de 1687 y 1746, ambos por coincidencia en el mes de octubre (desde ese entonces, “mes de los terremotos”) y los dos de 8,2 grados en la escala de Ritcher, fueron verdaderos cataclismos, que dejaron desolada a la antigua capital de los virreyes. En aquellas tristes coyunturas, la recuperación de la ciudad fue lenta, difícil y costosa. Por último, en cuanto a la pérdida del patrimonio artístico, sus consecuencias fueron irreparables.

Hasta mediados del siglo XVII, solamente en Lima hubo catorce sismos y terremotos: en 1582, 1586, 1609, 1630, 1655, 1678, 1687, 1690, 1699, 1716, 1725, 1732, 1734 y 1743. De extraño gusto es un informe de alrededor de 16 hojas sobre el terremoto de Lima de 1609 que Pedro de Oña escribió en verso para el Virrey del Perú, Don Juan de Mendoza y Lima, Marqués de Montesclaros:

Zimbra toda pared, cruxen los techos
agudo pulsa, y late el suelo aprieta,
faltan los hombres, en pavor deshechos,
y el alarido mugeril no cessa,
dan vozes, tuercen manos, hieren pechos,
y aun la curada crin alguna messa,
rezclando quiza sus cabellos,
que es el presente mal y castigo dellos [...]
Creciendo va el terrible terremoto
açorasse el cavallo, el perro aulla,
y sin saver a donde, el vulgo ignoto
corre mezclado en confussion y trulla
la turbación, espanto, y alboroto
no dexan sangre, que en las venas bulla,
miedo la cuaxa, y el cabello eriza,
y embuelve los semblantes en ceniza. [...]


Pedro de Oña refería más adelante en su verso que las causas del terremoto debían buscarse en el "fuego en las cavernas encendido" y en "el viento como algunos han sentido"; ambas explicaciones todavía circulaban en el siglo XIX.