18/06/09: El Carmen

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Uno de los distritos más visitados de la provincia de Chincha es El Carmen, distante a diez kilómetros hacia el sudeste de la capital provincial, este valle agrícola por excelencia, despierta gran interés turístico por su población mayoritariamente afro descendiente y la singularidad de sus expresiones culturales, sus danzas y bailes, su música y su idiosincrasia alegre y colorida. En contraste con esa sensualidad que la gente morena muestra, los orígenes carmelitanos están ligados a la opresión y al abuso: Cuando los Jesuitas se instalaron en estas tierras a fines del siglo XVII, necesitaron mano de obra para los cultivos de caña de azúcar y sus derivados, cómo los indígenas no les alcanzaban, trajeron hombres y mujeres de raza negra para completar sus cuadrillas, practica común en el proceso de colonización europea. Así se formo está pequeña aldea, que con el tiempo y luego de la expulsión de los Jesuitas de todo el territorio Español —colonias incluidas— sirvió de refugio los negros cimarrones, a los inválidos y a aquellos que por su edad, o algún defecto físico ya no eran útiles para el trabajo.

Con el tiempo los antiguos esclavos siguieron siendo peones de campo generalmente mal tratados en las grandes Casas-haciendas (San José, San Regis, Larán y Hoja Redonda) donde trabajaron hasta mediados del siglo XX en condiciones inhumanas. Posteriormente el caserío creció, la esclavitud real o disfrazada terminó, y esta gente morena se asentó definitivamente en este poblado rural, dedicado por muchos años al cultivo del algodón, la yuca o el frejol, y posteriormente a los cultivos agroindustriales de exportación.
Hoy en día el Carmen es un pueblo pequeño que busca la modernidad, que ha hecho de su cultura su mayor atractivo, sobre todo del ritmo afro peruano, uno de los acervos culturales más importantes del país, ritmo que se expresa en las décimas, como las que recitaba Nicomedes Santa Cruz, o en sus bailes en base a instrumentos de percusión, como el cajón, la caja, la quijada de burro, y en las danzas como el landó, el festejo, el panalivio, la zamacueca, el alcatraz; o el zapateo, que se practica desde la infancia, con el acompañamiento del violín y el cajón en competencias de contrapunto, en los que era legendario el patriarca Amador Ballumbrosio .

Es gracias a El Carmen que Chincha es considerada como cuna del folclor negro, el que tiene en el Festival Verano Negro su mayor expresión turística, en el mes de marzo, y en las danzas del Atajo de Negritos las de tradición popular. Refiere el profesor Guillermo Santa Cruz que en las veinticuatro danzas que ejecutan los negritos, participan niños, jóvenes y adultos, quienes visiten traje blanco, banda de colores, gorros de diversos colores, chicotes y campanillas; organizados en cuadrillas recorren el pueblo durante la navidad visitando los nacimientos. Allí al compás de la música de un violín, danzan y cantan villancicos.

La mayoría de las danzas que practican los negritos son el producto de la confluencia social y religiosa, en devoción y adoración al niño Jesús, así como también de veneración a la Virgen del Carmen; se baila el veinticuatro y veinticinco de Diciembre por la navidad y el veintiséis y veintisiete de Diciembre por las festividades de la Virgen, continuando con las representaciones el seis de Enero con la bajada de reyes, que coincide además con las celebraciones por el nacimiento de Melchora Saravia, la beatita Melchorita.
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24/02/09: Evangelion

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Franco



¿Tienes que suplicar aprobación para poder vivir?

No, trato de llenar el vacio, anular ese gran hueco en el que caigo cuando no tengo otro ser humano con el cual confrontarme.

Mi existencia solo tiene sentido en contraposición al otro.

Nuestra existencia solo tiene sentido en un contexto donde exista el otro.

¿Es por eso que escribes?

No. Escribo para viajar.

¿¿Por eso publicas?

Publico porque es enriquecedor, porque encuentro un público, pero hay escritos que son leídos por nadie, hay textos que son destruidos, hay textos que nacen y mueren continuamente sin que nadie lo perciba, continuamente, iterativamente, eternamente.

También hay textos que no nacen, son embriones que se quedan solo a nivel de pensamiento, emociones e imaginación.

Mientas circulen en mi mente existen, aunque sea a otro nivel o escala.

Pero hay cosas que te lastiman continuamente y que no se las cuentas a nadie?

Temor al rechazo.

¿Por qué?

Tengo miedo de quedarme solo.

¿Entonces qué es lo que deseas?

Borrar la soledad

Por qué estas solo.

Debo atraer la atención del otro, y a veces huir de la soledadm aun cuando esta pueda ser muchas veces hermosa.

Eres débil

Yo soy el que soy

La forma que otros reconoces como "yo"

Descripciones físicas, datos extraídos de la verificación fáctica por otros seres que solo existen en la medida en que yo los pienso.

Por qué le temes tanto a la soledad?

Me obliga a confrontarme conmigo mismo, no puedo huir de mí, como en los actos cotidianos, la conversación por ejemplo.

¿Por qué no lo enfrentas?

Me destruye

Es porque le pones resistencia.

Le pongo resistencia porque me produce sufrimiento.

El dolor también puede liberarte.

No si se transforma en pánico y angustia continúa. La desesperación solo me lleva a la muerte.

Pero tú quieres morir...

Es una alternativa a una realidad que no me concierne ni me interesa demasiado.

Si no te costara tanto esfuerzo vivir, te interesaría.

Vivir es un hecho "antinatural". Implica trabajo y energía desperdiciado desde el punto de vista físico cuántico, produce caos y desorden en el universo. Deben haber otros tipo de experiencias más estimulantes, pero para eso, hay que atreverse a ver "un poco mas alla".

22/01/09: Colegiala desnuda

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Regresa la niña del colegio
Quién sabe qué pensamientos oculta su cabellera negra
Seguramente el profesor calificó mal su tarea
Seguramente que le tocó los senos
Seguramente le prometió un confite
Regresa a su casa la niña que querría ser desencuadernada
Que gustaría ser repasada por un lector ávido de conocimientos
Regresa con el ánimo de despojarse de sus vestiduras
De estrenar su desnudo para ponerse cómoda
Para poder pensar sin problemas en la regla del tres
Regresa la niña con ganas de chupar un bombón
Y chupando bombón piensa la niña que debe haber algo más dulce
Y la sangre circula como miel por su panal florido
y ella siente la voz del atavismo cosquilloso que le dice que para poder aprender
/ hay que despojarse voluntariamente de todo
Y deseosa de aprender ella se va quitando el vestido
Ese vestido de colegio que con tanto cariño le cosió su mamá
La blusa blanca de infinitos botones
La falda azul ajustada con un gancho de nodriza
Los zapatos del uniforme
Las medias tobilleras que escalan sus piernas derechitas
El brassier que contiene principios básicos de trigonometría
Los calzoncitos de amoníaco
Carpa bajo la cual acampa la prodigiosa respiración de la reina de Saba
Mosquitero de los deseos
Atarraya del poniente
Cabo Cañaveral del cohete carnal
La niña sabe que hay un cinco rayado en mitad de sus piernas
Un coño bien calificado
El honroso diploma
con el cual se gradúa
profesional en el amor
Colegiala del alma
míreme
¿qué piensa hacer cuando esté grande?

15/01/09: Bio Pic

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Saca bien

carlo franco
salcedo
lo saluda

él es un hombre como pocos
de medidas palabras y piel ardua
educado en universidades oficiales
y en la esquina de su calle
pero bebe gustoso con usted hasta altas horas de la madrugada

carlofranco penetra en los supermercados
pensando siempre en lo que habrá más acá del horizonte
sonriendo a la vendedora de pescado
y al pederasta hurtando
peras podridas para lanzar a los ancianos
que alimentan a las palomas en los parques

subiéndose a las básculas para ver si conserva su locura
para ver si ya es la hora del yogurt
o la cerveza
sube por la puerta de atrás de los autobuses
y pasea durante diferentes minutos
por desconocidos parajes del distrito
husmeando por las ventanas de las habitaciones
mirando meter goles en las canchas de fútbol
sintiendo que la lluvia le corona de espinas
pero sobre todo camina por las aceras
desperdiciando el éxtasis de la velocidad
extraviado en el tiempo
con la mirada fija en sus anteojos
con dos cartas de amor en el bolsillo de atrás de sus bluejeans
donde le comunican que ha crecido la hierba sobre el lecho
que un recuerdo de carne está esperando
con los brazos asados de impaciencia
y carlofranco tuerce por una transversal larga como una espera
y se precipita por ella dándole la espalda a este poema.

(version libre de un poema de Jotamario)
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“Señores, se les ruega asistir al Cortejo, Servicio y Entierro del señor Charles Baudelaire, fallecido en París el 31 de agosto de 1867, a la edad de cuarenta y seis años tras recibir los sacramentos de la Iglesia…”. Así rezaba, con la acostumbrada retórica fúnebre, la esquela enviada por la madre del poeta (seguía firmando como viuda del general Aupick, el militarote tan odiado por Baudelaire) y su firma precedía el desfile de parientes menospreciados por el poeta: generales de división, jefes de batallón. Sin embargo, para desdicha de la madre, el mundo oficial no se haría presente en el entierro. La Société des Gens de Lettres (equivalente de nuestra Sociedad de Escritores) no envió representantes. Tampoco había recibido Baudelaire condecoración alguna en su vida; su candidatura a la Academia fue considerada una broma de mal gusto. El cortejo era reducido, faltaban las personalidades, y para mayor deslucimiento en el acto mismo del entierro se desencadenó un temporal. Eso lo cuenta Paul Verlaine, poeta de veintitrés años por entonces. Théophile Gautier, “el muy venerado maestro”, “el perfecto artífice” al cual Baudelaire le había dedicado Las flores del mal, escribe a su hija sobre el fastidio que reproduce tener que escribir una nota necrológica sobre “ese pobre Baudelaire”. ¿Qué importaba en París, ya de dos millones de habitantes, la “hormigueante ciudad llena de sueños”, la muerte de su más grande poeta? Su más grande y desdeñoso poeta, añadamos.

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por Bertrand Russell.

El eminente teólogo doctor Thaddeus soñó que estaba muerto y se dirigía al cielo, Sus estudios le habían preparado y no tuvo ninguna dificultad para encontrar el camino. Llamó a la puerta del cielo y se encontró con un escrutinio más meticuloso de lo que esperaba.

-Solicito la admisión -explicó- porque he sido un hombre de bien y he dedicado mi vida a la gloria de Dios.

-¿Hombre? -dijo el portero-. ¿Qué es eso? y ¿cómo es posible que una criatura tan ridícula como tú haga algo para promover la gloria de Nadie?

El doctor Thaddeus se quedó perplejo.

-No es posible que desconozcas al hombre. Debes saber que el hombre es la obra suprema del Creador.

-Lamento herir tus sentimientos -dijo el portero-, pero lo que dices es nuevo para mí. Dudo que nadie de los que estamos aquí haya oído jamás hablar de esa cosa que llamas «hombre». Sin embargo, puesto que pareces afligido, tendrás la oportunidad de consultar a nuestro bibliotecario.

El bibliotecario, un ser globular con mil ojos y una boca, bajó algunos de sus ojos hacia el doctor Thaddeus.

-¿Qué es esto? -le preguntó al portero,

-Esto dice ser miembro de una especie llamada «hombre» que vive en un lugar de nombre «Tierra». Tiene la curiosa idea de que Alguien se interesa especialmente por ese lugar y esta especie. Pensé que quizá podrías ilustrarle.

-Bueno -dijo amablemente el bibliotecario al teólogo-, tal vez puedas decirme dónde está ese sitio que llamas «Tierra».

-Forma parte del Sistema Solar.

-¿Y qué es el Sistema Solar? -preguntó el bibliotecario.

-Pues.., -replicó el teólogo- mi campo era el conocimiento sagrado y lo que preguntas pertenece al conocimiento profano. No obstante, he aprendido lo suficiente de mis amigos astrónomos para poder decirte que el sistema solar forma parte de la Vía Láctea.

-¿Y qué es la Vía Láctea? -preguntó el bibliotecario.

-Es una de las galaxias, de las que, según me han dicho, existen unos cien millones.

-Bueno, bueno -dijo el bibliotecario-. No esperarás que recuerde una entre un número tan elevado. Pero sí recuerdo haber oído antes la palabra «galaxia». De hecho, creo que uno de nuestros bibliotecarios auxiliares está especializado en galaxias. Llamémosle y veamos si puede ayudarnos.

Poco después se presentó el bibliotecario auxiliar galáctico, que tenía la forma de un dodecaedro. Era evidente que en otro tiempo su superficie había sido brillante, pero el polvo de los estantes le había vuelto mortecino y opaco. El bibliotecario le dijo que el doctor Thaddeus, al esforzarse por explicar su origen, había mencionado las galaxias, y confiaban en que sería posible obtener información al respecto en la sección galáctica de la biblioteca.

-Bueno, -dijo el bibliotecario auxiliar-, supongo que sería posible con el tiempo, pero como hay cien millones galaxias y a cada una le corresponde un volumen determinado. ¿Cuál desea esta extraña molécula?

-Es la galaxia llamada Vía Láctea -dijo titubeante el doctor Thaddeus.

-De acuerdo -concluyó el bibliotecario auxiliar-. Lo encontraré, si es que puedo.

Unas tres semanas después regresó y dijo que el fichero extraordinariamente eficaz de la sección galáctica le había permitido localizar la galaxia como la número QX 321.762.

-Hemos empleado a los cinco mil funcionarios de la sección galáctica en esta investigación. ¿Desea ver al funcionario encargado especialmente de la galaxia en cuestión?

Llamaron al funcionario, que resultó ser un octaedro con un ojo en cada superficie y una boca en una de ellas. Estaba sorprendido y deslumbrado al verse en una región tan brillante, lejos del umbrío limbo de sus estanterías.

Se sobrepuso y preguntó con timidez:

-¿Qué desean saber acerca de una galaxia?

El doctor Thaddeus se lo explicó:

-Quiero informarme sobre el Sistema Solar, una serie de cuerpos celestes que giran alrededor de una de las estrellas de su galaxia. La estrella en cuestión se llama «Sol».

-Hum dijo el bibliotecario de la Vía Láctea-. Ha sido bastante difícil encontrar la galaxia precisa, pero encontrar la estrella precisa en la galaxia es mucho más difícil. Sé que hay unos trescientos mil millones de estrellas en la galaxia, pero mis conocimientos no me permiten distinguir una de otra.

Creo, sin embargo, que cierta vez la Administración pidió la lista completa de los trescientos mil millones de estrellas y sigue guardada en el sótano. Si cree que merece la pena, emplearé a un grupo especial del Otro Lugar para que busquen esa estrella en particular.

Convinieron que, como la cuestión se había planteado y era evidente que el doctor Thaddeus estaba angustiado, siendo en principio interesante que un ser tan rudimentario se presentase de improviso, sería lo mejor que podían hacer.

Varios años después, un tetraedro muy cansado y desalentado se presentó ante el bibliotecario auxiliar galáctico y le dijo:

-Por fin he localizado esa estrella particular sobre la que se han pedido

informes, pero no entiendo por qué ha despertado el menor interés. Tiene un gran parecido con muchas otras estrellas de la misma galaxia. Es de tamaño y temperatura medios y está rodeada por otros cuerpos mucho más pequeños llamados «planetas». Tras una minuciosa y microscópica investigación, he descubierto que por lo menos algunos de esos planetas tienen parásitos, y creo que esta cosa que ha solicitado los informes debe de ser uno de ellos.

Al llegar a este punto, el doctor Thaddeus rompió en un apasionado e indignado llanto:

-¿Por qué, decidme, por qué el Creador nos ocultó a los pobres habitantes de la Tierra que no fuimos nosotros quienes le incitaron a crear los Cielos? Durante mi larga vida le he servido con diligencia, creyendo que se fijaría en mis servicios y me recompensaría con dicha eterna. Y ahora parece que ni siquiera tenía conocimiento de mi existencia. Me decís que soy un animalículo infinitesimal en un pequeño cuerpo que gira alrededor de un miembro insignificante de un grupo formado por trescientos mil millones de estrellas, que sólo es uno entre muchos millones de tales grupos. ¡No puedo soportarlo, y ya no me es posible adorar a mi Creador!.

-Muy bien -dijo el portero-. Porque no hay ningún Creador que adorar, ya que la ilimitada cavidad del Universo es eterna, nada la creó, y todo lo que ves no ha surgido más que de la combinación aleatoria entre los elementos primordiales. Aunque tú, triste homúnculo, en el Gran Libro de la Naturaleza, debes de ser una insignificante errata, con la que no deberíamos haber perdido ni un ápice de nuestra enorme duración temporal.

En aquel momento se despertó el teólogo.

-El poder de Satán sobre nuestra imaginación durante el sueño es aterrador musitó

21/04/07: LA BOLSA DE BASURA

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Rodríguez iba saliendo de su casa para ir a trabajar, pero volvió para buscar una bolsa plástica llena de basura, que tenía preparada desde la víspera para una ocasión así, es decir, una ocasión en la que él, camino hacia alguna parte, tuviera que pasar por donde estaba el tacho de basura que se alimentaba de las bolsas de basura producida y envasada en cada uno de los apartamentos del edificio.

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El plan era sencillo y Rodríguez se iba acercando al tacho de basura sin pensar demasiado en nada relacionado con eso, pensando sí más bien en otras cosas relacionadas con otras cosas. Pero cuando se encontraba a menos de siete metros del tacho, Rodríguez detectó la proximidad de una agente perturbador, un elemento desestabilizador de la posible calma que acompañaba el automático, necesario, lógico, humano, social, comprensible, perfectamente justificado, habitual, cívico acto de tirar la basura. Era un individuo que, arrodillado junto al tacho, extraía de allí restos de alimentos, los cuales clasificaba y separaba en distintas bolsas que traía consigo, según el contenido proteínico, el tenor graso o el nivel de adición vitamínica que tuvieran; pero el individuo no daba la impresión de ayudarse, en la detección de las gradaciones específicas alcanzadas por cada uno de estos parámetros, con ningún tipo de instrumental técnico, excepción hecha de una protuberancia que él llevaba incorporada al rostro y que le servía para medir con precisión asombrosa el índice de putrefacción operante en cada residuo alimentario, ya que entre dos mitades de cáscara de naranja aparentemente iguales, el individuo descartaba una y se quedaba con la otra, y no era, como se dice vulgarmente, porque estuviere en condiciones de tirar manteca al techo. En efecto, su nivel de ingresos no parecía ser muy alto, a juzgar por unas pequeñas roturas visibles en un costado de su toga de arpillera.

Rodríguez empezó a vacilar. Luego siguió haciéndolo.

No sabía si ignorar al individuo y depositar la bolsa en el interior del tacho, o ignorar al individuo para dejar la bolsa a unos metros de él, o tomar otras actitudes cuya descripción se verá momentáneamente demorada por el análisis de aquellas otras ya mencionadas.

La primera de éstas, es decir, de aquéllas, a saber, ignorar al individuo y tirar la bolsa en el tacho, era casi imposible de llevar a la práctica, porque la posición de la cabeza y las manos del perturbacionista era tal que obligaba a Rodríguez, en caso de decidirse a tirar la bolsa en el tacho, a decir “con permiso”. Esta opción implicaba no ignorar al individuo y considerar el acto de depositar la bolsa como una entrega, era como decirle “tomá”, y eso requería reconocer previamente en el objeto alguna cualidad capaz de valorizarlo como obsequio.

Dejar la bolsa a una distancia prudencial del tacho implicaba también, quisiéralo o no Rodríguez, reconocer el origen humano de la perturbación, y localizarlo en la persona del espécimen que revisaba la basura, ya que, de haberse tratado de un perro o una rata, Rodríguez no habría tenido inconvenientes en tirar la bolsa en el tacho dejando por cuenta del animal la tarea de defenderse del impacto, y siendo en este caso dicho impacto únicamente de tipo físico, y no también emocional, social o como quisiera llamarse a las connotaciones extrafísicas que puede haber en la actitud de regalarle a alguien una bolsa con basura. La única forma de dejar la bolsa a pocos metros del tacho y al mismo tiempo ignorar efectivamente la presencia del foco problematizador era concretar una súbita mudanza al edificio de al lado, cuyo tacho de basura estaba en ese momento libre de incursiones extractivas (aunque no por mucho tiempo, ya que en cuatro o cinco tachos más adelante y con próximo asiento en los tachos sucesivamente más cercanos había otro qué sé yo). Esa mudanza súbita sólo podía producirse si llegaban a confluir allí en ese momento una serie de factores, como el que Rodríguez no fuera miope y pudiera ver en la pizarra del quiosco de enfrente si su número de lotería había salido favorecido. Dándose una solución afirmativa a esto, Rodríguez, en la euforia del triunfo, habría podido cruzar a cobrar portando un tácito perdón por la distracción consistente en no desprenderse todavía de la bolsa de basura. Al volver a su vereda, con el dinero en una mano y la bolsa en la otra, debía pasar el propietario de alguno de los apartamentos vacíos del edificio vecino al suyo, y Rodríguez podría entonces decirle “tome este dinero, le compro el apartamento; supongo que ahora puedo hacer uso del tacho de basura correspondiente a ese edificio”. Pero la miopía de Rodríguez invalidaba todo esto aun cuando su número de lotería hubiese resultado premiado y el dueño del apartamento vecino vacío estuviese llegando desde la otra cuadra.

No era posible entonces ignorar la presencia del individuo, había que tenerla en cuenta. Desde este punto de vista, dejar la bolsa en el tacho era una descortesía, estando como estaba Rodríguez en conocimiento de que el otro iba a tomarla y revisarla de todas maneras. Pero dársela en las manos no dejaba de constituir para él una ofensa, atendiendo al contenido repugnante de la bolsa. En cuanto a si para el otro ese acto podía resultar ofensivo o no, era algo difícil de prever. Más allá de sus intenciones de apropiarse la bolsa, el individuo podía contar con una dosis de orgullo que superara con creces en intensidad a la que se necesitaba para realizar el esfuerzo de levantar una bolsa no muy pesada que alguien le deja a uno al lado, o el de desatar un nudo mas o menos provisorio que alguien hizo en la boca de una bolsa de nailon. Otra posibilidad era dejarla en el tacho, pero abierta, dando a entender que no se ignoraban las intenciones del sujeto en cuanto a revisar la bolsa. Pero todos estos pensamientos pasaron con mucha rapidez por la mente de Rodríguez. Vencido por la ambigüedad contenida en el acto de darle a alguien algo que es una porquería, siendo que este alguien tiene de todas formas mucho interés en recibirla, Rodríguez empezó a pensar en otro tipo de salidas.

Pensó, por ejemplo, en darle al individuo, no la bolsa de basura, sino una limosna. Sin embargo el análisis de esta posibilidad le reveló que esto no habría de librarlo del dilema de que hacer con la bolsa. Sea cual fuere la magnitud de la limosna, era evidente que nunca bastaría para consolidar en el otro una posición económica suficientemente holgada como para abandonar el hábito de hurgar en los tachos de basura. Entonces el individuo aceptaría quizá la limosna, pero metería inmediatamente después las manos en la bolsa. En cuanto a decirle “tome, le doy esto con la condición de que no revise la bolsa”, no parecía esto contener mayor cantidad de urbanidad que dejar la bolsa ahí nomás y retirarse del lugar sin decir ni siquiera “bolsa va”.

Rodríguez empezó a retroceder. Mientras lo hacía siguió examinando otras posibles maneras de deshacerse de la bolsa sin entrar en actitudes que hirieran sus principios.

Consideró el no dejar la bolsa en el tacho, sino sólo su contenido, vaciándolo en las manos del individuo. También consideró el dejar la bolas cerrada y decirle “mire, le dejo esto, y sé que lo va a abrir; no me gusta la idea pero sé que es lo único que usté puede hacer para vivir; yo quisiera ayudarlo, pero no puedo por razones salariales, etc.”. Luego pensó en vaciar la bolsa en el tacho del edificio vecino, pero volver luego y tirar la bolsa vacía en el otro tacho, mostrando su necesidad de evitar entregarle basura al otro, pero mostrando al mismo tiempo también que no era su intención hacerle un desaire ni fingir que no lo había visto ni que lo había visto pero que no quería roces con él.

Ninguna de estas opciones satisfizo a Rodríguez. Siguió retorciendo hasta entrar de nuevo en el edificio. Subió las escaleras también retrocediendo, y sacando la llave de su apartamento consiguió, luego de unos minutos de esfuerzo, abrir la cerradura permaneciendo él de espaldas a la puerta. Así entró al apartamento, y siguió retrocediendo hasta que se topó con la ventana, que estaba abierta. Supo detenerse en ese momento, y permaneció allí quieto como un muñeco a cuerda detenido en su marcha por algún obstáculo, siempre de espaldas a la ventana, con la bolsa de basura en la mano. Y así pasó un rato, hasta que de pronto Rodríguez oyó que desde abajo el tipo le gritaba “che, loco, aunque sea tirámela por la ventana”.

Leo Masliah
Categoría: General
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Rimbaud apareció en Lima un 18 de julio de mil novecientos setenta y dos./

Venía calle abajo con un sobretodo negro y un par de botines marrones./
Se le vio por la Colmena repartiendo volantes de apoyo a la huelga/
de los maestros y en una penosa marcha de los obreros trabajadores/
de calzado El Diamante y Moraveco S. A., reapareciendo en la plazuela/
Sán Francisco dándole de comer a las palomas y en un cafetín donde rociaba/
migajas de pan en un café con leche mientras entre atónito y estupefacto/
releía un diario de la tarde. Las personas que lo vieron aseguran que
denotaba/
cansancio y que fumaba como un condenado cigarrillo tras cigarrillo./

Pálido como una hermelinda, de contextura delgada, entre las manos portaba/
un libro de tapa gruesa. Luego hizo un ademán con la mano pidiendo la
cuenta./

Pagó 13 soles y 50 ctvos. y luego partió y una muchacha al reconocerlo le
tendió/
la mano y le ofreció posada y su cuerpo a lo que él respondió invadiéndola/
de luces anaranjadas. Llovía. Y las pocas personas que en esos momentos/
contemplaban la escena -serían unas 15, de 20 no pasan- reunidos bajo el
toldo/
de la chingana armaron un tremendo barullo llamándolo Arturo, Arturo
Rimbaud./

Y sus pasos fueron lentos mientras enrumbaba por el Jr. Leticia y la calle
Caquetá/
en el Rímac. Casi todos los que se encontraban reunidos coincidían en
afirmar/
que su aparición podría traer funestas consecuencias al sistema y al orden/
establecido y que mejor era dar parte a la policía. Y la descripción que de
él/
dio un político coincidía con las que se dan para atrapar a un maleante./

La del empleado del Ministerio de Educación fue que en su abundante
cabellera/
pendía un turbante turco y una argolla de bronce aparecía en una de sus
orejas./
A lo que un joven estudiante de San Marcos prorrumpió amenazadoramente
aseverando/
que todos ellos estaban alienados y que más bien había que cumplir/
al pie de la letra la aseveración de Juan Nicolás Arturo Rimbuad "Hay que
cambiar/
la vida" para lo cual había que destruir todo un sistema inhumano injusto y
atroz./

¡Linda manera de hacerse oír! terció la voz de un anciano, y un muchacho/
de secundaria dijo ¡Buena, tío! y la muchacha que fue invavdida de luces/
anaranjadas extrajo un lápiz de labios de su cartera corriendo hasta llegar/
a un muro donde inscribió esta significativa palabra/
FIN/


Jorge Pimentel.Madrid, 1973
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Qué maravillosa ocupación cortarle la pata a una araña, ponerla en un sobre, escribir Señor Ministro de Relaciones Exteriores, agregar la dirección, bajar a saltos la escalera, despachar la carta en el correo de la esquina. Qué maravillosa ocupación ir andando por el bulevar Arago contando los árboles, y cada cinco castaños detenerse un momento sobre un solo pie y esperar que alguien mire, y entonces soltar un grito seco y breve, girar como una peonza, con los brazos bien abiertos, idéntico al ave cakuy que se duele en los árboles del norte argentino. Qué maravillosa ocupación entrar en un café y pedir azúcar, otra vez azúcar, tres o cuatro veces azúcar, e ir formando un montón en el centro de la mesa, mientras crece la ira en los mostradores y debajo de los delantales blancos, y exactamente en medio del montón de azúcar escupir suavemente, y seguir el descenso del pequeño glaciar de saliva, oír el ruido de piedras rotas que lo acompaña y que nace en las gargantas contraídas de cinco parroquianos y del patrón, hombre honesto a sus horas. Qué maravillosa ocupación tomar el ómnibus, bajarse delante del Ministerio, abrirse paso a golpes de sobres con sellos, dejar atrás al último secretario y entrar, firme y serio, en el gran despacho de espejos, exactamente en el momento en que un ujier vestido de azul entrega al Ministro una carta, y verlo abrir el sobre con una plegadera de origen histórico, meter dos dedos delicados y retirar la pata de araña, quedarse mirándola, y entonces imitar el zumbido de una mosca y ver cómo el Ministro palidece, quiere tirar la pata pero no puede, está atrapado por la pata, y darle la espalda y salir, silbando, anunciando en los pasillos la renuncia del Ministro, y saber que al día siguiente entrarán las tropas enemigas y todo se irá al diablo y será un jueves de un mes impar de un año bisiesto.

Julio Cortázar