
La incapacidad de la burguesía para convertirse en una clase nacional encabezada por el Partido Civil provocó el fracaso que facilitó la
derrota con Chile (1879-1883). Este hecho significó la destrucción de la capacidad productiva del país y la pérdida de los territorios salitreros de Arica y Tarapacá. El país quedó en quiebra económica, con una gran frustración histórica y con una clase dominante dislocada, situación sólo comparable a los años posteriores a la independencia.
Estallada la guerra con Chile, en medio de las derrotas militares, Nicolás de Piérola dirige una revuelta y captura el poder, instalándose dictatorialmente, suspendiendo la Constitución de 1860 y promulgando un Estatuto Provisorio. Cuando los chilenos llegaron a Lima, no quisieron negociar con Piérola y éste se vio obligado a dimitir, asumiendo la presidencia, por medio de una Junta de Notables, Francisco García Calderón, quien declara vigente la Constitución de 1860.
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