
El voto preferencial debe ser eliminado. Su popularidad ante la opinión pública no debe evitar esta medida cuyo impacto ha sido perverso en una representación política, que combina fraccionamiento y baja cohesión partidaria.
Después de treinta años de haber sido implementado, se ha demostrado que el voto preferencial desata una inevitable lógica fratricida y perversa en cada partido. Es así que cada candidato, al necesitar ganar más votos que los compañeros de su propio partido, debe diferenciarse de ellos, convirtiéndose en competencia interna allí donde debería haber colaboración.
El candidato debe llamar la atención haciendo cualquier cosa para conseguir que lo observen en un mar de candidaturas --como en el 2006, cuando 2.800 realizaron campañas individuales de 24 partidos--, ya de por sí alto.
Los candidatos sacrifican lo común del discurso partidario por el particular y demagógico de cada aspirante, quien intenta mostrar sus virtudes y ofrecer, en muchos casos, lo que solo como Ejecutivo podrían realizar. El resultado es una gran confusión de los discursos.
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