01/02/07: 'Meme' lector

Categoría: Hobbies
Publicado por: lallain
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No soy tanto de hacer 'memes' (o cuestionarios en los que hay que responder preguntas sobre un tema definido), pero me encanta leer, así que no me pude resistir a hacer éste. Espero les guste.

Instrucciones:

1. Agarra el libro que tengas más cerquita.
2. Anda hasta la página 123.
3. Dirígete a la 5ta oración.
4. Copia las siguientes tres oraciones y publícalas en tu blog.
5. Nombre de libro y autor.

"Soy Mermeoth, cuerpo equino, cabeza de ángel albino, centauro disuelto en el agua espejeante del cielo. Soy el océano, soy cada gota de lluvia y de llanto. Con mis cascos quiebro lagunas como si fueran reflejos".


De: "Dulce Compañía" (Laura Restrepo)


La reportera de una revista de frivolidades es enviada por su jefe a cubrir la aparición de un ángel en una de las barriadas más pobres de la ciudad. Emprende la tarea a regañadientes porque la tienen sin cuidado los asuntos religiosos y la aburre sobremanera un tema tan manido, y ni siquiera sospecha hasta qué punto se va a ver involucrada en una brutal cadena de acontecimientos que escaparán a su control y a su racionalidad.

¿Quién es y de dónde viene el supuesto ángel, ese muchacho perplejo y de asombrosa belleza a quien la fe de los habitantes del barrio mantiene encerrado entre una cueva? ¿Qué lo une a esa reportera que de él se enamora, a la madre que lo busca en agonía, al sacerdote que intenta destruirlo, a la médica que pretende hospitalizarlo, a las mujeres que lo bañan, lo alimentan y lo convierten en supremo objeto de veneración?

Sin caer en el socorrido "realismo mágico", Restrepo explora los abismos de la religiosidad popular y acompaña los pasos de una mujer que se atreve a adentrarse en el luminoso y a la vez pavoroso territorio de lo sagrado.

Dulce Compañía recibió los premios Sor Juana Inés de la Cruz y el Prix France Culture, otorgado por la crítica literaria francesa.
Categoría: Hobbies
Publicado por: lallain
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Cuando yo estaba en el colegio, más o menos en 1991, escribir poesía era considerado casi una aberración, poco menos que un síntoma de mariconada crónica. Más aún si consideramos que mi colegio era sólo de hombres y, en esa época, cuando yo bordeaba los 13 años, cualquier síntoma de sensibilidad y de afición por el romanticismo era punto negativo en cualquier escala social interna que se precie. Una cosa era declamar, claro, porque en los juegos florales, los mejores declamadores ganaban puntos para el salón, lo cual era algo bien visto, pero escribir... Eso ya era otra cosa.

En ese entonces, yo ocultaba mis textos. Mis primeros contactos con la poesía vinieron desde pequeño, desde que algún familiar tuvo la genial idea de dejarme un libro lleno de poemas y cuentos, no recuerdo de qué autor o autores, pero historias geniales, poemas maravillosos que hacían volar a la imaginación y la llevaban, directo y sin escalas, a mundos raros con personajes exóticos e historias futuras, pero apasionantes. Después de eso, mi madre dejó en mi cuarto, aún no sé por qué, una compilación de poemas llamada "Hablemos de Amor", fruto de un programa radial de no sé qué país de Latinoamérica. Este libro estaba lleno de poemas en español y, a través de él, tuve mi primer contacto con Vallejo, con Juan de Dios Peza, con Sor Juana Inés de la Cruz, con Darío, con Neruda y tantos otros. Mis ojos de colegial primarioso se abrieron como platos, como si hubiera descubierto el Árbol de la Vida.

Mi pasión por la poesía me llevó a ser uno de los mejores declamadores de mi promoción, participando - y ganando en más de una ocasión - los concursos de declamación en los juegos florales. Sin embargo, conforme fui creciendo, el temor de mostrar al mundo que yo también escribía crecía, debido al ambiente represivo en el que todos nos encerrábamos. Dejé de escribir.

Años más tarde, con más lecturas en mi haber, en un retiro espiritual, en un momento que estaba solo conmigo mismo, me volvió a golpear en el rostro esa fuerza que me decía que yo tenía que decir, que quería decir, contar mis historias de una manera no tan narrativa. Esa misma tarde, escribí mis tres primeros poemas que aún guardo. Poemas toscos, sentimentales, primerizos. Lo sentimental primaba sobre lo estético, no había ni por asomo huellas de un trabajo serio de imágenes ni de ritmo; sin embargo, allí estaba yo otra vez frente a la hoja en blanco, tratando de arrancar un nuevo discurso. Alguien entró a mi cuarto y me descubrió. Recuerdo que me puse rojo y traté de cubrir lo que estaba haciendo, casi como por acto reflejo, pero después desistí. "Al diablo", me dije y, cuando me preguntaron qué había estado haciendo, dije "escribiendo poemas".

Hasta ahora recuerdo la cara con la que me miraron. Pero lo que más recuerdo fue la cara que puso mi compañero cuando me dijo, casi temblando: "¿tú también?".

Poco a poco, la individualidad de la expresión adolescente, ya entre los 15 y los 17 años, hizo más aceptable mi afición. De hecho, más de un compañero me pidió un poema para "su hembrita". Esos poemas por encargo, que no guardo, cumplieron con el fin para el que me los habían pedido y, si bien no me siento orgulloso de ellos, contribuyeron a hacer más aceptable el hecho de que yo escriba poesía en un entorno en donde la fuerza bruta y la habilidad con la pelota y con las chicas era lo que determinaba el valor social de uno.

Sin embargo, aún no me terminaba de sentir cómodo con esta afición. Era un hobby casi secreto, por así decirlo, conocido por mis amigos más cercanos, hasta que ingresé a la universidad y se me abrió un mundo nuevo de experiencias y de lecturas. Poco a poco, conocí a más de uno que también, como yo, había hecho sus primeros pininos con las letras, había sufrido por ellas y ahora decía orgulloso "yo escribo".

Han pasado ya años de eso. Aún no me considero un escritor de poesía consumado. No tengo ni un libro ni un proyecto, sólo un blog en el que publico algunos trabajos realizados y borradores de lo que voy escribiendo ahora. Gracias a la magia de internet, he ido conociendo a más personas que han hecho de la palabra tallada su forma de expresión. Sin embargo, me considero más cómodo con el hecho de que me gusta expresarme de esa manera. Sí, por alguna razón se me dio por este camino. No sé si me eligió o yo lo elegí, pero es algo que me gusta hacer, que me llena el alma del pecho cuando puedo golpear las palabras y convertirlas en polvo para armar un castillo de arena y jugar en él. Ya no me avergüenzo de decirlo.

Sí, yo escribo poesía. Y si tú lo haces, me gustaría que lo dijeras.


El Doc.

En el arte, como en el amor, la ternura es lo que da la fuerza
~ Oscar Wilde

(Si quieres verlo, puedes encontrar parte de mi trabajo aquí: Just the two of us...)


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