21/12/11: What would you fight for?
I am not sure I would always fight for my life.
Life might not be worth fighting for.
I am not sure I would always fight for my wife.
A wife isn't always worth fighting for.
Nor my children, nor my country, nor my fellow-men.
It all depends whether I found them worth fighting for.
The only thing men invariably fight for
Is their money. But I doubt if I'd fight for mine, anyhow
not to shed a lot of blood over it.
Yet one thing I do fight for, tooth and nail, all the time.
And that is my bit of inward peace, where I am at one
with myself.
And I must say, I am often worsted.
Life might not be worth fighting for.
I am not sure I would always fight for my wife.
A wife isn't always worth fighting for.
Nor my children, nor my country, nor my fellow-men.
It all depends whether I found them worth fighting for.
The only thing men invariably fight for
Is their money. But I doubt if I'd fight for mine, anyhow
not to shed a lot of blood over it.
Yet one thing I do fight for, tooth and nail, all the time.
And that is my bit of inward peace, where I am at one
with myself.
And I must say, I am often worsted.
08/11/11: Pudiera ser verdad
Pudiera ser verdad que no estoy solo;
Alguien viene a dictarme lo que vivo.
Pudiera ser verdad que no estoy muerto.
Pudiera ser verdad que en blanco escribo.
Arde un duelo en mi cuarto desolado.
Alguien cierra mis ojos cuando miro.
Pudiera ser verdad cuando he callado.
Pudiera ser verdad cuanto he mentido.
De cualquier modo, soy . Me acuesto tarde.
Le tengo al llanto un poco de cariño.
Y llego puntualmente a degradarme .
Sigo esperando lo que ya ha venido.
Guardo mi corazón para mañana.
Me despido de aquello que no vino.

César Calvo. Poemas bajo tierra
Alguien viene a dictarme lo que vivo.
Pudiera ser verdad que no estoy muerto.
Pudiera ser verdad que en blanco escribo.
Arde un duelo en mi cuarto desolado.
Alguien cierra mis ojos cuando miro.
Pudiera ser verdad cuando he callado.
Pudiera ser verdad cuanto he mentido.
De cualquier modo, soy . Me acuesto tarde.
Le tengo al llanto un poco de cariño.
Y llego puntualmente a degradarme .
Sigo esperando lo que ya ha venido.
Guardo mi corazón para mañana.
Me despido de aquello que no vino.

César Calvo. Poemas bajo tierra
15/01/09: La muerte y Charles Baudelaire
“Señores, se les ruega asistir al Cortejo, Servicio y Entierro del señor Charles Baudelaire, fallecido en París el 31 de agosto de 1867, a la edad de cuarenta y seis años tras recibir los sacramentos de la Iglesia…”. Así rezaba, con la acostumbrada retórica fúnebre, la esquela enviada por la madre del poeta (seguía firmando como viuda del general Aupick, el militarote tan odiado por Baudelaire) y su firma precedía el desfile de parientes menospreciados por el poeta: generales de división, jefes de batallón. Sin embargo, para desdicha de la madre, el mundo oficial no se haría presente en el entierro. La Société des Gens de Lettres (equivalente de nuestra Sociedad de Escritores) no envió representantes. Tampoco había recibido Baudelaire condecoración alguna en su vida; su candidatura a la Academia fue considerada una broma de mal gusto. El cortejo era reducido, faltaban las personalidades, y para mayor deslucimiento en el acto mismo del entierro se desencadenó un temporal. Eso lo cuenta Paul Verlaine, poeta de veintitrés años por entonces. Théophile Gautier, “el muy venerado maestro”, “el perfecto artífice” al cual Baudelaire le había dedicado Las flores del mal, escribe a su hija sobre el fastidio que reproduce tener que escribir una nota necrológica sobre “ese pobre Baudelaire”. ¿Qué importaba en París, ya de dos millones de habitantes, la “hormigueante ciudad llena de sueños”, la muerte de su más grande poeta? Su más grande y desdeñoso poeta, añadamos.
»Leer más
12/12/06: Rimbaud en polvos azules
Rimbaud apareció en Lima un 18 de julio de mil novecientos setenta y dos./
Venía calle abajo con un sobretodo negro y un par de botines marrones./
Se le vio por la Colmena repartiendo volantes de apoyo a la huelga/
de los maestros y en una penosa marcha de los obreros trabajadores/
de calzado El Diamante y Moraveco S. A., reapareciendo en la plazuela/
Sán Francisco dándole de comer a las palomas y en un cafetín donde rociaba/
migajas de pan en un café con leche mientras entre atónito y estupefacto/
releía un diario de la tarde. Las personas que lo vieron aseguran que
denotaba/
cansancio y que fumaba como un condenado cigarrillo tras cigarrillo./
Pálido como una hermelinda, de contextura delgada, entre las manos portaba/
un libro de tapa gruesa. Luego hizo un ademán con la mano pidiendo la
cuenta./
Pagó 13 soles y 50 ctvos. y luego partió y una muchacha al reconocerlo le
tendió/
la mano y le ofreció posada y su cuerpo a lo que él respondió invadiéndola/
de luces anaranjadas. Llovía. Y las pocas personas que en esos momentos/
contemplaban la escena -serían unas 15, de 20 no pasan- reunidos bajo el
toldo/
de la chingana armaron un tremendo barullo llamándolo Arturo, Arturo
Rimbaud./
Y sus pasos fueron lentos mientras enrumbaba por el Jr. Leticia y la calle
Caquetá/
en el Rímac. Casi todos los que se encontraban reunidos coincidían en
afirmar/
que su aparición podría traer funestas consecuencias al sistema y al orden/
establecido y que mejor era dar parte a la policía. Y la descripción que de
él/
dio un político coincidía con las que se dan para atrapar a un maleante./
La del empleado del Ministerio de Educación fue que en su abundante
cabellera/
pendía un turbante turco y una argolla de bronce aparecía en una de sus
orejas./
A lo que un joven estudiante de San Marcos prorrumpió amenazadoramente
aseverando/
que todos ellos estaban alienados y que más bien había que cumplir/
al pie de la letra la aseveración de Juan Nicolás Arturo Rimbuad "Hay que
cambiar/
la vida" para lo cual había que destruir todo un sistema inhumano injusto y
atroz./
¡Linda manera de hacerse oír! terció la voz de un anciano, y un muchacho/
de secundaria dijo ¡Buena, tío! y la muchacha que fue invavdida de luces/
anaranjadas extrajo un lápiz de labios de su cartera corriendo hasta llegar/
a un muro donde inscribió esta significativa palabra/
FIN/
Jorge Pimentel.Madrid, 1973
Venía calle abajo con un sobretodo negro y un par de botines marrones./
Se le vio por la Colmena repartiendo volantes de apoyo a la huelga/
de los maestros y en una penosa marcha de los obreros trabajadores/
de calzado El Diamante y Moraveco S. A., reapareciendo en la plazuela/
Sán Francisco dándole de comer a las palomas y en un cafetín donde rociaba/
migajas de pan en un café con leche mientras entre atónito y estupefacto/
releía un diario de la tarde. Las personas que lo vieron aseguran que
denotaba/
cansancio y que fumaba como un condenado cigarrillo tras cigarrillo./
Pálido como una hermelinda, de contextura delgada, entre las manos portaba/
un libro de tapa gruesa. Luego hizo un ademán con la mano pidiendo la
cuenta./
Pagó 13 soles y 50 ctvos. y luego partió y una muchacha al reconocerlo le
tendió/
la mano y le ofreció posada y su cuerpo a lo que él respondió invadiéndola/
de luces anaranjadas. Llovía. Y las pocas personas que en esos momentos/
contemplaban la escena -serían unas 15, de 20 no pasan- reunidos bajo el
toldo/
de la chingana armaron un tremendo barullo llamándolo Arturo, Arturo
Rimbaud./
Y sus pasos fueron lentos mientras enrumbaba por el Jr. Leticia y la calle
Caquetá/
en el Rímac. Casi todos los que se encontraban reunidos coincidían en
afirmar/
que su aparición podría traer funestas consecuencias al sistema y al orden/
establecido y que mejor era dar parte a la policía. Y la descripción que de
él/
dio un político coincidía con las que se dan para atrapar a un maleante./
La del empleado del Ministerio de Educación fue que en su abundante
cabellera/
pendía un turbante turco y una argolla de bronce aparecía en una de sus
orejas./
A lo que un joven estudiante de San Marcos prorrumpió amenazadoramente
aseverando/
que todos ellos estaban alienados y que más bien había que cumplir/
al pie de la letra la aseveración de Juan Nicolás Arturo Rimbuad "Hay que
cambiar/
la vida" para lo cual había que destruir todo un sistema inhumano injusto y
atroz./
¡Linda manera de hacerse oír! terció la voz de un anciano, y un muchacho/
de secundaria dijo ¡Buena, tío! y la muchacha que fue invavdida de luces/
anaranjadas extrajo un lápiz de labios de su cartera corriendo hasta llegar/
a un muro donde inscribió esta significativa palabra/
FIN/
Jorge Pimentel.Madrid, 1973








