Archivos de marzo,2012
Recuerdos de la oscuridad (capítulo siete)
marzo 24, 2012Las respuestas negativas continuaron, y los cadáveres en el suelo también. Después de vaciar la segunda ronda del revólver, sólo quedaban en pie Mendoza y Nuñovero. Comenzaría la nueva ronda con el profesor porque quería cerrar sí o sí con el alcalde.
Mendoza tiembla demasiado: sus nervios están al tope. “Por favor, Melsig, no me hagas escoger”, dijo muy desesperado y mirándome fijamente. Le respondí que no sería justo para los muertos: “la pregunta es la misma para todos, nadie escapa de ella”.
Nuñovero lo miró un momento: sabía bien que Mendoza tenía una buena razón para expresar su miedo. Y yo no la supe sino después, cuando escapé del pueblo. Lo cierto es que el alcalde asintió: “respaldo tu decisión”, le dijo con alguna tristeza al profesor.
Acerqué el revólver a la cabeza de Mendoza. El sudor frío recorría cada centímetro de su cara. Fue entonces que le repetí la pregunta. El profesor exhaló un breve suspiro antes de responder “Sí”. Cumpliendo mi palabra, retiré la boca del cañón de su frente y me encaminé al alcalde.
Le hice la pregunta como a los demás. Su respuesta no fue un simple monosílabo, fue un estruendo que resonó en toda la plaza. No tuve más que levantar otra vez el revólver y jalar el gatillo. El balazo traspasó su cráneo. A su lado, arrodillado, Mendoza lloraba desconsolado su deceso.
(continúa)
Recuerdos de la oscuridad (capítulo seis)
marzo 15, 2012No sentí ningún apuro para beber la sopa y comer el guiso: quería sentir lo que se decía del pueblo. A diferencia de los demás poblados de la zona, La Abundancia era un poblado próspero: la tierra era generosa y sus comerciantes eran diestros en comprar ganados y aves de crianza.
Y yo allí, saboreando aquellos sabores, que me parecían tan sabrosos y, sin embargo, tan llenos de tristeza. La misma tristeza como la que mostraba Nuñovero mientras mascaba sus hojas de coca, o la de Mendoza, el profesor del colegio, fumando sin ganas un cigarrillo.
Cerca de las seis de la tarde, con el sol casi ocultándose, Prieto, Celina y yo levantamos a las autoridades y las trasladamos hacia el portón de la alcaldía. El resto de los hombres hicieron pararse a los pobladores para presenciar el juicio.
“Aquí se hace nuestra ley, la única y verdadera ley… y si alguien se opone a ella, es merecedor de la pena de muerte”, cargué el revólver y sin más preámbulos pregunté al primero de la fila, “¿Acepta nuestra ley?”. “No”, respondió rotunda la mamacha regidora.
Al contrario de las otras señoras, ella me mostró un rostro duro, los ojos llenos de entereza y de firmeza en defender a su pueblo. Nadie antes me había enfrentado tan decididamente por lo que dudé un segundo ante su actitud, pero al final alcé el revólver y le disparé entre las cejas. Un gran charco de sangre se formó cuando su cuerpo cayó.
(continúa)
Recuerdos de la oscuridad (capítulo cinco)
marzo 07, 2012Las mujeres empezaron a preparar la sopa y el guiso, no sin llorar a mares mientras lo hacían. Sabían bien que algún error que cometieran, la próxima bala atravesaría sus cuerpos. Celina mandó a vigilar a uno de los hombres, y se reunió conmigo a un lado de la plaza.
Prieto, ella y yo comenzamos a mirar la escena. “Espero que acaban rápido, estoy con un hambre”, señalaba Prieto rascándose el abdomen mientras esperaba sentado. “Sí, que se apuren, para comenzar el juicio popular”, afirmó Celina con severidad e indiferencia.
Yo los miraba a ambos sin mucho ánimo: la caminata me había desgastado y, como Prieto, sólo tenía ganas de llenarme la panza. Aun así, le pedí a un grupo que trajeran ante mi presencia al alcalde, los profesores y demás autoridades del pueblo.
Unas diez personas se aproximaron. Encabezando el grupo un hombre mayor, de tez cobriza. Era Leopoldo Nuñovero, el alcalde de La Abundancia. “¿Sabe quién soy?”, le pregunté al viejo con toda mi arrogancia. Él levantó los ojos: “Eres Melsig”, respondió firme pero sereno, “y ya sé lo que nos espera”.
(continúa)








