Archivos de febrero,2012

Recuerdos de la oscuridad (capítulo cuatro)

febrero 27, 2012
(viene del capítulo anterior)

Los pueblerinos se sentaron en la tierra, formando círculos de diez a doce personas. Prieto, mi lugarteniente, dio unas directivas y se acercó a informarme: “la plaza asegurada”. Inmediatamente, ordené que separaran a algunas mujeres para que preparen la cena.

Envié a Celina, la tercera al mando, a que vea que trajeran la carne y las ollas. Las mujeres caminaron muy temerosas pero a buen paso. Entraron al corral de una casa cercana y sacaron dos chivitos y dos gallinas.

Una vez que volvieron todas a la plaza, Celina degolló a las dos aves y mató de cuatro disparos a los chivitos. “Para que no se metan con nosotros”, gritó Celina con una sonrisa retorcida, mientras las mamachas lloraban la muerte de los animalitos con mucha pena.

(continúa)

Recuerdos de la oscuridad (capítulo tres)

febrero 20, 2012
(viene del capítulo anterior)

El anciano comenzó su relato: “Cuando era joven, recorrí la sierra agreste de este país, no como comunero ni como agricultor. Sino como un asesino: cargaba mi fusil junto con varios hombres, entraba a pueblos para robar ganado y, si alguien se me oponía, no tenía miedo en disparar.

Un día, sin embargo, mi suerte cambió por completo. Caminando por un camino de tierra, me topé con un niño que pastoreaba unas ovejas. Le entró un poco de miedo pero logré convencerlo de que me guiara hacia su pueblo, el cual llamaba La Abundancia.

Las gentes del pequeño pueblo celebraban gozosas la fiesta patronal. La banda de música, los bailes, las travesuras, todo cesó de pronto cuando mis hombres y yo entramos disparando al aire. “Alto”, grité para que nadie corriera, “le meteré un tiro al próximo que escape”, y sin más espera ellos rodearon la plaza.

(continúa)

Recuerdos de la oscuridad (capítulo dos)

febrero 05, 2012
(viene del capítulo anterior)

Víktor y Vladimir corrieron rápidamente a su encuentro y lo levantaron con sumo cuidado para llevarlo hasta su cama, mientras una de sus nueras llamó al doctor. Luego de unos minutos, el médico arribó a la casona y vio al paciente en privado.

Al salir, Víktor preguntó por el estado de su padre. “Es grave y no podemos movilizarlo”, afirmó con tono desesperanzado, “quiere ver a un sacerdote”. Los hermanos estuvieron de acuerdo con su voluntad y salieron de la casa hacia la parroquia más cercana.

Media hora después aparecieron en la casa junto con un hombre de mediana edad y tez cobriza. “Soy el padre Máximo”, se presentó ante el moribundo. Cerró la puerta e hizo unas oraciones. “Habla hijo mío”, dijo el sacerdote al terminar sus rezos. El anciano dio un suspiro, miro al techo unos segundos y se dispuso a confesarse.

(continúa)