Archivos de octubre,2011

La guerra de los oráculos (capítulo nueve)

octubre 31, 2011
(viene del capítulo anterior)

Manuel preguntó al desconocido quién era y por qué lo escuchaba hablar en su idioma. “Soy Yilal, el oráculo del templo. Yo profeticé tu llegada, y en mis sueños conocí tu idioma”, afirmó el hombre dejando anonadado al joven. “¿En qué año estamos?”, preguntó Manuel aun sensible por los dichos de Yilal.

“Es el año 45 del gobierno de Menteuté Segundo, nuestro gran señor”, señaló el sabio en tono severo. Le explicó que en uno de sus sueños había visto la llegada de un artefacto volador, en el cual vendría un enviado de los dioses para acabar con la guerra que estaba ocurriendo.

“¿De qué guerra hablas?”, preguntó otra vez Manuel sin terminar de digerir bien lo anterior. Yilal le señaló que, al este del reino, la ciudad de Saut se ha rebelado contra Menteuté y quiere acabar con su hegemonía en Tebes.

“Se supone que debería estar en el dos mil uno”, se reclamó el joven a sí mismo. En ese momento, los guardias ingresaron al palacio, trayendo consigo la máquina del tiempo. Yilal se acercó al artefacto para comprobar lo visto en su sueño.

“Esas marcas, las recuerdo”, dijo él indicando un vidrio pequeño que se encontraba al lado de la puerta. Manuel se acercó al artefacto. Apenas vio el vidrio, quedó emocionalmente fulminado e hincó ambas rodillas en el piso: el vidrio decía “2001 AC”.

(continúa)

La guerra de los oráculos (capítulo ocho)

octubre 19, 2011
(viene del capítulo anterior)

Manuel se quedó sentado dentro de la máquina unos minutos tratando de entender el desperfecto que lo llevó hacia otro rumbo. Tras meditar, se encaminó en dirección al oeste llevando consigo el arma y el libro. Caminó por varias horas bajo el inclemente sol hasta que, agotado, se derrumbó sobre la arena.

No recordó cuanto tiempo pasó desde que había cerrado sus ojos pero, cuando los volvió a abrir, ellos dieron directamente hacia el sol. Le dio la impresión de estar echado sobre una especie de litera larga. Se apoyó un momento sobre sus hombros pero, sintiendo el cansancio, decidió volver a acostarse.

Para cuando abrió los ojos por segunda vez, mucho rato después, observó una calle larga, donde gente de tez oscura se mostraba sorprendida al paso del cortejo. Se apoyó un tanto, y pudo ver que la litera estaba apoyada sobre un camello.

Además, estaba resguardado por unos guardianes montados a caballo, ricamente ataviados sobre los pectorales descubiertos y portando lanzas. Finalizada la calle, los guardianes entraron hacia una gran explanada. Se acercaron al centro de la misma, donde quedaba un impresionante palacio de piedras talladas.

Los guardianes desataron la litera y la llevaron dentro con él encima. Lo dejaron en el piso del salón alumbrado por algunas teas. “Bienvenido”, oyó detrás suyo en su idioma y procedió a incorporarse. Un hombre vestido con una túnica de lino le sonreía de pie.

(continúa)

La guerra de los oráculos (capítulo siete)

octubre 14, 2011
(viene del capítulo anterior)

“Quiero que viajes en la máquina”, le dijo Ciro a Manuel. Él se quedó estupefacto. “Es tu logro”, trató de convencerlo al sabio, “tú más que nadie debe conducirla”. “Hoy sólo me queda luchar con ellos”, señaló Ciro señalando a sus compañeros.

Manuel aceptó y rápidamente fue encerrado dentro de la esfera, junto con un libro y el brazo metálico. “Irás al inicio del año del Gran Ataque, y lo prevendrás encontrándome”, afirmó el sabio con una leve sonrisa de esperanza, “nos vemos pronto”. Ciro puso en funcionamiento la máquina, que empezó a emitir un sonido inusual.

La máquina empezó a agitarse mientras los enemigos tomaban por asalto la cueva. Luego de reducir a Ciro, intentaron abrir la esfera golpeándola, pero fue en vano: ya nada detuvo su viaje y la máquina se vio envuelta en un peligroso y rápido transcurrir.

Manuel intentó ver a través del vidrio, pero sólo notaba colores inimaginables, ninguna forma conocida. Después de algunos minutos, pareció caer en picada en un espacio aéreo. La esfera se calentó un poco antes de impactar sobre una superficie sólida.

Él quedó un tanto aturdido con la colisión pero no parecía tener lesiones gracias al suave interior de la esfera. Tras unos minutos recuperándose, empujó desde adentro la puerta para poder salir. “Arena”, se dijo al caminar algunos pasos fuera. Entonces, pudo ver la inmensidad del desierto extendido sobre los cuatro puntos cardinales.

(continúa)

La guerra de los oráculos (capítulo seis)

octubre 01, 2011
(viene del capítulo anterior)

Manuel posó su vista en una esfera blanca de una altura un poco superior a la suya, y en uno de sus hemisferios tenía una especie de puerta con un vidrio circular que dejaba ver en su interior. “¿Qué es esto?”, preguntó al fin luego de unos segundos de duda.

“Es una máquina del tiempo”, respondió Ciro, dejando estupefacto al otro. Manuel preguntó si de verdad funcionaba. “Hemos retrocedido algún tiempo… pero no mucho”, afirmó el sabio, desencantando un poco al joven.

También le mostró un extraño brazo metálico con una luz interior. “Es un arma que genera su propia energía”, señaló Ciro y, colocándoselo, apuntó hacia una piedra de regular tamaño. Tan sólo decir “fuego”, la zona que cubre la palma de su mano se iluminó y un rayo salió y destruyó el objeto.

Fue en ese momento que se oyeron estruendosos ruidos cerca de la entrada de la cueva. “¡Nos atacan!”, vociferó Ciro al darse cuenta del peligro. Manuel estaba presto para ayudarlo, pero el sabio lo detuvo: “tengo una misión para ti”.

(continúa)