Archivos de septiembre,2011

La guerra de los oráculos (capítulo cinco)

septiembre 26, 2011
(viene del capítulo anterior)

Ciro sacó a Manuel de la celda y empezaron a caminar por un corredor a medio iluminar. Le explicó que los hombres y mujeres bajo su liderazgo eran científicos y que habían sido reunidos por los gobernantes del mundo para protegerlos.

“Aquel día fatídico, el once nueve, todos perdimos algo”, filosofó Ciro en cierto momento. Manuel se detuvo. Apoyó una de sus manos sobre una de las paredes y se quedó pensando en silencio. Luego volvió su mirada a su interlocutor: “yo perdí a mi padre”, afirmó y volvió a caminar.

“Lo siento”, habló Ciro en tono compungido, y continuó hablándole sobre los avances tecnológicos que hicieron dentro de esas cuevas. El pasillo terminó y Manuel pudo contemplar artefactos extraños que apenas si hubiera imaginado.

Estupefacto, se acercó a observar uno por uno, teniendo Ciro que explicarle cada una de sus características. “Todo esto es… asombroso”, dijo Manuel a su interlocutor, pero al mirarlo, notó una profunda tristeza en sus ojos.

Recordando el Gran Ataque, le preguntó qué había perdido ese día. Ciro exhaló un silente suspiro. “Una vida de verdad”, fue la escueta respuesta del sabio, mientras se acercaba a uno de los artefactos.

(continúa)

La guerra de los oráculos (capítulo cuatro)

septiembre 17, 2011
(viene del capítulo anterior)

Para cuando despertó, muchas horas después, Manuel observó estar en un pequeño espacio, amarrado a una silla. Frente a él una mesa y otra silla vacía. Una persona se acercó desde la derecha. Un hombre con pelo negro y corto que aprovechó para sentarse.

El captivo preguntó al extraño quién era. El hombre se lo quedó mirando y le devolvió la pregunta. “Soy Manuel, líder de un grupo de personas”, respondió al ver que no tenía opción. “¿Cómo llegaron aquí?”, inquirió otra vez el extraño.

“No lo sé”, contestó Manuel exhausto. La sed lo estaba matando y se lo hizo saber al otro. El hombre dudó unos segundos, pero luego fue por un recipiente con agua y se lo dio de beber. “Gracias”, dijo Manuel al terminar. El semblante del extraño cambió y lo miró con mayor confianza.

“¿Qué haces aquí’”, aprovechó Manuel a preguntar al notar esa actitud. “También soy líder un grupo de personas, nos refugiamos aquí luego de El Gran Ataque”, respondió con abierta honestidad.

A continuación decidió desatarlo y extender su brazo. Manuel se incorporó con alguna lentitud, pero mantuvo la firmeza al momento de extender su brazo. “Soy Ciro. Veo que somos del mismo tipo de gente”, afirmó el hombre con una tenue sonrisa.

(continúa)

La guerra de los oráculos (capítulo tres)

septiembre 12, 2011
(viene del capítulo anterior)

Desatada la guerra, Manuel pronto se dio cuenta que no tenía forma de ganar; por lo que reunió a su gente y buscaron desesperadamente algún lugar donde esconderse. Tras duros meses huyendo de noche y guareciéndose en cuevas durante el día, llegaron a una formación cavernosa muy particular.

Él había entrado en la boca de la cueva cuando notó algo extraño: el piso estaba tapizado por dos líneas de acero, cruzadas por innumerables y cortas maderas, las que se perdían hacia dentro, donde a lo lejos podía ver una luz.

Manuel avanzó junto con un pequeño grupo de sus hombres por la senda, acercándose despacio a la luminosidad. Cuando alcanzaron el lugar desde donde venía esa luz, él asomó la vista, quedando sorprendido. Inmediatamente, un extraño olor los alcanzó, dejándolos inconscientes.

(continúa)

La guerra de los oráculos (capítulo dos)

septiembre 03, 2011
(viene del capítulo anterior)

En un tiempo muy lejano, vivía un joven llamado Manuel. Su vida no era tan sencilla como la tuya, no. Había perdido a su familia y, junto con otros jóvenes como él, buscaba salir del infierno en que se encontraba.

El sol quemaba la piel con mucha fuerza, los campos eran áridos y las disputas entre los hombres eran frecuentes. Manuel decidió alejarse de eso y con esos jóvenes vagó por varias zonas del continente, siempre huyendo. Y es que nadie entendía su rebeldía, por lo que los perseguían y los mataban.

“¿Los mataban?”, preguntó el niño, “¿como a los animales del desierto?”. “Sí, se puede decir”, respondió el abuelo con tristeza, y prosiguió su relato: Cansado de esa situación, Manuel entendió que debían defenderse, que otra guerra debía comenzar.

(continúa)