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LA VICTORIA DE GRAU Y PRAT


Daniel Parodi Revoredo


El combate naval de Abtao, que tuvo lugar el 7 de febrero de 1866, enfrentó a la escuadra peruano-chilena, también conocida como aliada, contra la flota española. Este acontecimiento formó parte de la guerra con España de 1864 a 1866, en la que la ex - potencia colonial se apropió exprofeso de las islas guaneras de Chincha por lo que debió enfrentar no sólo a Perú, sino a una cuádruple unión sudamericana que también integraron Chile, Ecuador y Bolivia.

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Lucharon juntos en Abtao


Huapi Abtao es el nombre de una isla que queda muy al sur de Chile y forma parte del archipiélago de Calbuco. Allí se enfrentaron la escuadra aliada, conformada por los barcos peruanos Apurímac, Unión y América más los chilenos Covadonga, Lautaro y Antonio Varas; contra los españoles Villa Madrid y Blanca.

Debido al poderío de las naves españolas la formación que ofreció la alianza peruano-chilena fue más bien defensiva para lo que aprovechó su favorable posición en una ensenada, cuyos accesos bloqueó, disponiéndose la flota en forma de herradura. Al contrario, las naves españolas, peor ubicadas, no podían acercarse demasiado so riesgo de varar o encallar. A las 4 y 15 de la tarde del 7 de febrero de 1866, la fragata peruana Apurímac abrió los fuegos de un combate en el que ambas escuadras se cañonearon encontrándose separadas de 1500 a 2000 metros una de la otra. El combate duró algo más de una hora y en él se efectuaron aproximadamente 1500 tiros de cañón.

El enfrentamiento concluyó al caer de la tarde y al día siguiente las naves españolas apuraron máquinas hasta Valparaíso para reunirse con el resto de su flota. Enterado de la acción naval, el Brigadier de la Armada Española Casto Méndez Núñez se dirigió a Abtao con la poderosa fragata Numancia, su buque insignia. Sin embargo, no pudo acercarse a la flota aliada debido a las fuertes corrientes, islotes y espesas nieblas de la región de Chiloé que impedían la visibilidad. Por esa razón, zarpó de nuevo rumbo a Valparaíso sin poder hundir a la flotilla sudamericana que era visiblemente inferior y que tuvo la pericia de realizar una arriesgada maniobra defensiva que le permitió evadir a su temible y poderoso enemigo.

La paradoja del combate naval de Abtao es que allí pelearon juntos los marinos de Perú y Chile que luego se enfrentaron en la guerra del salitre de 1879. A bordo de la Covadonga se encontraban Arturo Prat y Carlos Condell, mientras que los navíos peruanos estuvieron tripulados por Miguel Grau, Juan Guillermo More, Elías Aguirre, Enrique Palacios y Diego Ferré. Además, en el Apurímac se destacó un joven y audaz guardamarina: Leoncio Prado.

La Guerra de la alianza peruano-chilena contra España fue una gesta en contra del atropello de una potencia imperial que no se resignaba a haber perdido sus antiguas colonias y que intentó en vano, a través de la fuerza de sus cañonazos, atacar a las repúblicas que se habían fundado en Sudamérica 40 años antes. Por eso no es exagerado decir que el 7 de febrero de 1866 peruanos y chilenos lucharon juntos por la libertad.

En esta columna no predicamos el olvido del pasado doloroso que compartimos con Chile, pero sí creemos que junto a ese pasado, existe otro que se caracterizó por la colaboración mutua y que es obligatorio conmemorar precisamente cuando ambos países estamos a punto de dar un paso fundamental en nuestra historia. Con el acatamiento del fallo de la Haya, si el tiempo y la autoridad lo permiten, habremos resuelto por la vía civilizada nuestra última diferencia y con ello habremos apostado, una vez más, por la integración del Continente, utopía que hace 146 años defendieron juntos Miguel Grau y Arturo Prat en Abtao.


Daniel Parodi Revoredo
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Estimados amigos:

Comparto mi última publicación académica titulada:

LA GUERRA DEL PERÚ Y CHILE CONTRA ESPAÑA: olvidos y recuerdos de una gesta común.

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En el combate de Abtao una fuerza combinada peruano-chilena repelió la agresión española


El archivo en pdf pueden encontrarlo en este blog en Mi perfil/acerca del Autor/archivos personales

A la espera de sus comentarios y como siempre agradecido

Daniel Parodi Revoredo
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ARGENTINA Y LA ALIANZA SECRETA

Por: Daniel Parodi Revoredo


“Continuamos asociados a la debilidad por un exagerado escrúpulo de confraternidad con Bolivia, al propio tiempo que desahuciábamos el apoyo argentino, siempre poderosa garantía de equilibrio”. Pedro Yrigoyen

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La amistad peruano-argentina debe fortalecerse


Según Jorge Basadre, la suscripción de la Alianza Perú-Boliviana de 1873 inició una nueva etapa en la política internacional peruana, la que pasó del americanismo romántico de mediados del siglo XIX a la del equilibrio continental, basado en la conformación de alianzas interestatales rivales con la finalidad de “disuadirse” recíprocamente.

Preocupados por el avance chileno en el litoral boliviano de Atacama, rico en nitratos, el Perú y Bolivia firmaron la referida alianza y paso seguido se buscó la incorporación de la Argentina, que tenía su propia agenda con Chile por la posesión de la Patagonia. Siempre en 1873, la cámara de diputados de la Argentina aprobó la suscripción del convenio, pero el senado rioplatense postergó la decisión, entre otras cosas, por los problemas limítrofes que tenía pendientes con Bolivia por la posesión de Tarija y el Chaco.

No obstante, la verdadera razón de que la Argentina no se sumase a la Alianza fue la indecisión de los sucesivos gobiernos peruanos de Manuel Pardo y Mariano Ignacio Prado, que ni tomaron las medidas adecuadas para equiparar la supremacía naval obtenida por Chile con la adquisición de los blindados Cochrane y Blanco Encalada, ni tampoco potenciaron la política de alianzas internacionales para contrarrestar dicha supremacía. Así pues, en 1875 y 1878, la Argentina solicitó el apoyo peruano en su causa contra Chile por la Patagonia, el que hubiese supuesto su automática incorporación a la Alianza Secreta, pero el Perú rehusó el apoyo y optó por la disuasión, temeroso del poder naval que recientemente habían adquirido los chilenos.

Cuando en 1879 estalló la Guerra del Pacífico, el Perú se encontraba en una situación en la que él solo se había colocado: tenía una evidente inferioridad naval frente a Chile, estaba coligado con Bolivia por el tratado del 73 y la Argentina no era parte de este. Más bien, en 1881 los rioplatenses forzaron un tratado muy ventajoso con Chile respecto de la Patagonia, a la par que, como señalé en mi nota anterior, permitieron el paso por su territorio a un gran contingente armamentístico peruano que venía desde Europa para defender la Alianza. Dada las renuencias peruanas de 1875 y 1878, ¿debía esperarse más de la Argentina?

En realidad, la torpe Alianza Secreta de 1873 y la no participación de la Argentina en ella denotan el pésimo manejo de la diplomacia peruana en la década previa al estallido de la Guerra del Pacífico. Por ello no encuentro justo que se manipule estos eventos para ensombrecer las relaciones peruano-argentinas. Creo, más bien, que el Perú debe mantenerse en su política intransigente con cualquier presencia colonialista en la región, y que la Argentina debe hacer algo más por cerrar la herida que dejó la nefasta venta de armas al Ecuador en 1992. Al día de hoy, parece claro que las disculpas de Cristina Kirchner no han sido suficientes.
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TUDELA SE EQUIVOCA




Daniel Parodi Revoredo


Me gusta escuchar al embajador Francisco Tudela por su claridad expositiva, su excelencia académica y sus conocimientos en política internacional. Lamento, sin embargo, que su conocido conservadurismo lo lleve a tergiversar las relaciones peruano-argentinas del pasado para así comprometer más la delicada situación del canciller Rafael Roncagliolo, cuya trayectoria política lo coloca en una posición contraria a la suya.

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Embajador Francisco Tudela


Debe saber Francisco Tudela que la Guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana, que tuvo lugar entre 1838 y 1839, corresponde a un marco temporal y regional bien diferente del actual. En aquel contexto, los nacientes estados sudamericanos estaban definiendo sus fronteras y áreas de influencia. Asimismo, en sus inicios republicanos el Perú se debatía en graves conflictos regionales, los que explican que los ex presidentes Agustín Gamarra y Ramón Castilla hayan combatido militarmente la Confederación a la que, desde Lima, se le veía como una invasión boliviana.

Debe saber también Francisco Tudela que, de acuerdo con Luis Felipe Paz Soldán (1943), durante la Guerra de 1879 llegaron al Perú cuatro baterías de cañones Krupp, ocho mil fusiles Remington y dos millones de municiones compradas mayoritariamente en Alemania. Y debe saber, al menos por sentido común, que esas armas llegaron al Perú por el Atlántico, que desembarcaron en Buenos Aires, se llevaron desde allí a Rosario y de Rosario se internaron luego a Bolivia para ser trasladadas –vía lago Titicaca, Puno y Arequipa- al Perú. En tanto que internacionalista, debe saber Francisco Tudela que Argentina se declaró neutral ante la Guerra del 79 porque no fue beligerante en ella y que, al permitir el traslado de estos ingentes recursos militares por su territorio, no sólo apoyó a la Alianza Perú-Boliviana sino que puso en riesgo las negociaciones que venía efectuando con Chile para resolver la cuestión de la Patagonia.

Al contrario Inglaterra, la pérfida Albión, durante la guerra del 79 le compró a Chile miles de toneladas de salitre de Atacama y Tarapacá, a pesar de que en aquel entonces no había culminado el conflicto y, por consiguiente, los recursos existentes en dichas provincias le seguían perteneciendo, respectivamente, a Bolivia y el Perú. Lo mismo hizo con el guano de las islas de Chincha y Lobos, las que Chile ocupó impunemente desde que el Almirante Grau ya no pudo resistir más la agresión militar del país vecinos porque lo hicieron volar en pedazos. Es decir, Inglaterra, al comprarle a Chile el salitre y el guano peruanos, le financió la guerra al país de la estrella solitaria.

Por último, estoy seguro que Francisco Tudela debe saber que mientras Argentina arriesgaba su negociación con Chile por la Patagonia, al permitir que el armamento adquirido por el Perú nos llegue atravesando su territorio, Inglaterra retenía en sus astilleros a los buques Diógenes y Sócrates, los que apuradamente adquirió el Perú en Alemania tras estallar la guerra para potenciar su defensa. Esos buques hubiesen equiparado a las escuadras en conflicto y, por lo mismo, pudieron cambiar su destino. Después de la Guerra, sólo el Sócrates pudo llegar el Perú pues el Diógenes nos lo embargó Inglaterra para cobrarse la obligada estadía de ambos buques en sus puertos durante la guerra.

Pero aquí no se trata de eso, ni tampoco del desempeño de Torre Tagle respecto de la visita de una fragata inglesa al Callao. Aquí de lo que se trata es de desembarcar a un canciller de alta calidad y proyección por su manera de pensar. En notas pasadas he criticado el nacionalismo chileno, pero en casos como éste aprecio la causa común que suelen hacer en Chile cuando enfrentan controversias internacionales. Algo de aquello nos falta por aquí.

PUBLICADO HOY EN DIARIO 16
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CHILE TIENE OTRA VOZ


Estimados lectores: comparto con ustedes aporte del historiador tarapaqueño Patricio Rivera Olguín al debate que en estas páginas he sostenido con el analista Cristian Leyton.
Ate.

Daniel Parodi Revoredo

Publicado hoy en Diario16


LA GUERRA, SU VIGENCIA


La socialización de la guerra del Pacífico, en Chile y Perú, se construye sobre la difusión de discursos que generan ciudadanías. Este es el caso del norte de Chile, sobre todo si se sitúa en una zona de frontera que tiene alta presencia terrestre, naval y área del poderío militar de ambos estados.

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Patricio Rivera, historiador tarapaqueño


Una vez finalizada la Guerra del 79, su estudio pasó a ocupar un lugar destacado en la formación de los escolares chilenos y peruanos. Para el caso chileno, se le utilizó como vínculo homogenizador del proyecto nacional del Estado, dado que son anexados los territorios del litoral boliviano y el sur peruano. Estos constituyen actualmente tres regiones del llamado Norte Grande de Chile, compuestos por Arica-Parinacota, Tarapacá y Antofagasta, las dos primeras eran el sur peruano y la última el litoral boliviano hasta 1879. A éstas debe agregársele Tacna que fue ocupada por Chile hasta 1930, año en que es devuelta al Perú.

Esta modificación de territorios implica una transformación de Chile y Perú, que se transmite a la enseñanza de la historia y de la ciudadanía. El norte de Chile, antiguo sur peruano, por tanto, constituye un ícono simbólico de culto al Estado, el que es representado por las Fuerzas Armadas que protagonizaron el conflicto de 1879. A partir de esta realidad, aparece la necesidad de reflexionar sobre por qué enseñamos historia o qué puede aportar la didáctica de la historia a la educación para la ciudadanía.

A pesar de sus conflictos pasados, las sociedades y los pueblos tienen cercanías, como las zonas de fronteras, que en la región norte de Chile tienen características de triple frontera en ciudades como Arica con alta concentración de población peruana, o como Iquique y la región Tarapacá, que tienen altos índices de inmigrantes peruanos y bolivianos.

Por todo ello es necesario sugerir un nuevo tratamiento teórico y metodológico de la Guerra del Pacífico desde la educación y la pedagogía de la historia, que incorpore a la sociedad civil escolar y que establezca un puente entre la fractura histórica de los estados nacionales de Chile, Perú y Bolivia, a través de la interacción y el diálogo. Es necesaria otra comprensión de los hechos de 1879 para este siglo XXI, que sólo será posible con voluntades que no sólo provengan del Estado, sino de diferentes sectores de la sociedad civil, como el escolar.

Patricio Rivera Olguín, Universidad Arturo Prat, Iquique- Chile.
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Queridos amigos:

Hoy apareció en Publimetro una entrevista que se me hizo sobre la enseñanza de la Guerra del Pacífico. Comparto con ustedes la versión completa de la misma.


ENSEÑANZA DE LA GUERRA DEL PACÍFICO



Entrevistadora, Sabrina Rodríguez López, Publimetro
Entrevistado, Daniel Parodi Revoredo



1. A la hora de enseñar la Guerra entre Perú y Chile, ¿existen diferencias entre lo que se enseña a los estudiantes en Chile y a los alumnos en Perú? ¿En qué consisten esas diferencias, si las hay?


En realidad la historia nos llega editada, igual que en una nota periodística, por eso no llegan a nosotros los hechos tal como ocurrieron sino diferentes versiones e interpretaciones de esos hechos, las que en muchos casos se oponen entre sí. Además las historias escolares son las historias oficiales; es decir, las que el Estado quiere verter en la sociedad y eso hace que estén influenciadas por el discurso nacionalista de cada país.

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La Historia escolar es oficial y por tanto nacionalista


Es por eso que la versión de la Guerra del Pacífico que se difunde en Chile prácticamente la justifica y valida; para ellos la guerra fue justa porque el Perú y Bolivia firmaron tratados en contra de Chile o incumplieron convenios que habían suscrito con él. Ellos consideran que Chile era un país ordenado que fue agredido por dos países caóticos y anárquicos como Perú y Bolivia y que por eso fue justo hacerles la guerra; dicen, además, que en Atacama y Tarapacá había mucha población chilena y que por ello se justificaba la anexión a Chile de estas provincias que antes le pertenecían a Bolivia y Perú.


La versión peruana, al contrario, sostiene que Chile fue siempre un país agresivo y expansionista y que esta característica se manifestó en 1879 porque entonces el Perú estaba en crisis y Chile estaba mejor armado. La versión peruana sostiene que Chile esperó siempre una oportunidad para invadir Perú y que lo hizo en cuanto esta se le presentó debido también a su interés y ambición de apropiarse de ricos recursos peruanos como el salitre y el guano.


2. En Perú, ¿hay diferencias entre colegios privados y públicos?


En realidad, la enseñanza escolar depende de muchos factores: de la formación del maestro, de la línea ideológica del colegio, de los contenidos del manual escolar, de las actividades didácticas que este manual propone y del propio alumno.


En líneas generales los manuales escolares peruanos culpan a Chile por iniciar la guerra pero también son autocríticos –tal vez demasiado- de la administración del Estado peruano en la época del guano, que es previa a la Guerra del Pacífico y cuestionan que se haya llegado a la guerra en inferioridad de condiciones económicas y militares. Más bien, yo creo que las diferencias en la enseñanza de la Guerra del Pacífico entre colegios privados y públicos van de la mano con la problemática nacional relativa a las carencias y limitaciones de nuestro sistema educativo y que se manifiestan con mayor énfasis en la escuela pública.


3. En Perú, ¿qué se destaca de la guerra? ¿Hasta qué punto puede influir la forma de presentar los hechos en generar un sentimiento de rechazo hacia el chileno o peruano?


Los manuales escolares más recientes que he consultado, tanto chilenos como peruanos, han moderado su retórica patriótica. Te lo digo porque antes la narración era un tanto épica y de ese modo prácticamente se hablaba de los valientes peruanos y los cobardes chilenos o al revés.


Actualmente la narración es un tanto más sobria y por ello es posible que estimule menos los nacionalismos exagerados o la rivalidad con el país vecino. Sin embargo, la realidad es que aún ni peruanos, ni bolivianos, ni chilenos hemos superado la guerra en nuestros sentimientos e imaginarios nacionales y por eso enterarte de ella, cuando niño en la escuela, siempre va a significar una experiencia dolorosa, principalmente para los niños de los países que la perdieron.


Para que esto no ocurra, en los tres países debería existir conciencia de que ese pasado ya pasó y de que no volverá más. Pero para que eso ocurra tiene que implementarse una política bilateral o trilateral de la reconciliación que implique gestos amistosos de todas las partes y también el reconocimiento chileno del daño que en el pasado le infligió a las sociedades peruana y boliviana. Pero estamos lejos de ello y por eso la guerra duele aún y le duele a los alumnos, claro está.


4. ¿Hasta qué punto puede influir la forma de presentar los hechos en generar un sentimiento de rechazo hacia el chileno o peruano?


Creo que en gran parte mi reflexión anterior responde esta pregunta. El tema está también en el hecho de que una guerra puede enfocarse desde diversos aspectos y la cuestión militar, batallas etc., es sólo uno de ellos. La organización fiscal de cada Estado en tiempos de guerra es otro aspecto; la correspondencia, la prensa, la vida cotidiana, las dificultades al interior de una familia durante el conflicto también lo son. Existe una serie de temas que podría ayudar a presentar la guerra de una forma distinta a la narración épica tradicional para verla desde su lado más dramático y humano, y no tanto como un enfrentamiento o competición que significa orgullo para el vencedor y rencor para el vencido.


5. ¿Consideras que las nuevas tecnologías como las redes sociales pueden ser una herramienta útil para aprender Historia? Para un alumno, quizás resulte más divertido aprender vía redes sociales que escuchando a un profesor en un aula.


A ver, una cosa es aprender y otra es informarse. Actualmente la enseñanza en el aula ya interactúa con cursos semi-presenciales o no presenciales; hoy existen diapositivas en pdf. a las que se les añade una voz humana que va leyendo sus contenidos; esto además de los foros de internet y de las redes que mencionas.


Sin embargo, yo sí creo que el proceso de enseñanza-aprendizaje requiere de un método. No se trata de escuchar a un profesor en un aula como dices. Las actuales corrientes educativas proponen, más bien, una serie de herramientas interactivas a través de las cuales el alumno es el protagonista de su propio aprendizaje.


Por otro lado, no creo que en todos los casos la educación deba significar diversión. La guerra debe enfocarse, más bien, con madurez, con mucha reflexión acerca de algo terrible que pasó y que no debe ocurrir otra vez, los alumnos deben expresar su sentir sobre ella, de manera franca y abierta. La enseñanza de la Guerra debería hacerlos mejores personas, más cívicas, solidarias y respetuosas de la vida humana.


6. ¿Algo que agregar?


Déjame darte un par de referencias sobre dos obras que he escrito, precisamente sobre esta temática:

1.- LO QUE DICEN DE NOSOTROS. La Guerra del Pacífico en la historiografía y textos escolares chilenos. Lima, UPC, 2010.
2.- La REPÚBLICA FRUSTRADA Y EL ENEMIGO PERVERSO. La Guerra del Pacífico en la Historia de la República de Jorge Basadre. Revista Summa Humanitatis 2010 http://blog.pucp.edu.pe/item/119844/guerra-del-pacifico-segun-jorge-basadre

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Estimados amigos:

Comparto con ustedes la presente entrevista que me hizo mi amigo el historiador chileno Patricio Rivera Olguín, Iquiqueño de nacimiento y residencia, en suma, tarapaqueño. Luego de recibir su autorización respectiva les alcanzo sus resultados.

La entrevista es de suma importancia porque forma parte de un proyecto de Patricio Rivera acerca de la enseñanza de la Guerra del Pacífico en las escuelas peruanas, chilenas y bolivianas, con la finalidad de, a través de ella, alcanzar una educación para la paz.

Saludos cordiales y venturoso año 2012

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Mi amigo y colega, el historiador chileno Patricio Rivera Olguín




El siguiente cuestionario pretende medir conocimientos, análisis y comprensión de sucesos y consecuencias de la Guerra del Pacífico (1879-1883)
Dimensiones:
1.-Representaciones sociales de la Guerra de 1879
2.-Percepciones de construcción de ciudadanía
3.-Metodologías didáctica s para la enseñanza de la guerra
Cuestionario
A.- Representaciones sociales de la Guerra de 1879.
1.- ¿Cuál es el objetivo más importante de enseñar la Guerra de 1879?

Una cosa es cuál es el objetivo más importante y otra muy distinta es cuál debería ser. Hasta la actualidad, a pesar de ciertas revisiones historiográficas y de la modernización de las secciones didácticas de los manuales escolares, el discurso que se vierte es nacionalista. En tal sentido, el objetivo sigue siendo forjar ciudadanos patrióticos a la manera tradicional.

Sin embargo, yo creo que inclusive los acontecimientos negativos del pasado pueden y deben servir para el acercamiento maduro y reflexivo entre las partes, como lo han hecho, por ejemplo, Francia y Alemania. Para nuestro caso, estamos aún lejos de un escenario parecido.

2.- Cuando enseña la Guerra del Pacífico: ¿qué causas destaca?

Básicamente hablo del salitre, pues me parece que la cuestión territorial boliviano-chilena se subordina a la explotación salitrera. Señalo que los intereses de los tres involucrados se contraponen en cierto punto y esto genera el conflicto. Más en específico subrayo los errores peruanos como por ejemplo la suscripción del tratado peruano-boliviano de 1873, pero también señalo que al estudiar el desarrollo de la Guerra parece quedar clara la intención chilena de superar geopolíticamente al Perú en el Pacífico sudamericano.

Sobre este particular, sostengo que la causa no es sólo el salitre puesto que Chile se apropió también de Tacna y Arica –regiones que no lo poseían- así como de las islas guaneras de Chincha, cerca a las costas de Lima. Sumada a todo eso la expedición Lynch, diese la impresión de que los objetivos chilenos iban mucho más allá del salitre. En tal sentido, esos objetivos también son causa de la guerra pues se ejecutan cuando se presenta la coyuntura propicia.

3.- Cuando enseña la Guerra del Pacífico: ¿cómo explica el por qué Chile ganó la guerra?

En realidad apelo a la dicotomía tradicional de orden vs caos que estudio detalladamente en mi libro Lo que dicen de nosotros (2010). Aquí entramos a una problemática compleja que atañe la relación entre la realidad y el imaginario. Es positivamente cierto que el Chile decimonónico tuvo un manejo institucional más aplicado que Perú y Bolivia. De allí que los discursos y narraciones histórica que refieren aquello, o exaltan el tema –la versión chilena – o lo vinculan con una tendencia al expansionismo agresivo –la versión peruana-.

Más allá de esta dialéctica entre historia y narratividad, Chile llega a la guerra económica y militarmente en mejor situación que Perú y Bolivia y por eso la gana. Creo que este es un dato objetivo de la realidad. Descarto, ciertamente, ideas decimonónicas que Sergio Villalobos (2002) recoge, como que el predominio de la etnia blanca en las fuerzas chilenas es explicativo de su victoria.

4.- Cuando enseña la Guerra del Pacífico: ¿cómo explica el por qué Perú y Bolivia perdieron la guerra?”

Acá también lo real y lo discursivo dialogan. En el Perú hay casi un auto-flagelamiento historiográfico. Este es el caso de Basadre que es absolutamente crítico del manejo del Estado peruano y de sus finanzas en las décadas previas a la Guerra. Estos malos manejos explicarán la llegada a la Guerra en bancarrota, con inferior armamento y preparación y, en suma, la derrota.

Sobre este particular, yo, más bien, trato de explicar en clase que la historia se escribe desde el presente mirando el pasado. En tal sentido, el historiador ya sabe como acabó la Guerra y por ello, para el caso peruano, el enjuiciamiento del periodo previo es muy crítico. Sobre el particular, yo señalo que si bien hubo corrupción y malos manejos en tiempos del guano también hubo otras circunstancias que explican la derrota.

En particular, les digo que el proyecto ferroviario de Balta, y continuado por Pardo, no fue tan irracional como se piensa y que de hecho buscaba la comercialización de los minerales extraídos de la sierra central porque se sabía que el guano se iba a acabar en pocos años. La cosa no fue, pues, tan irracional como se afirma pero la crisis mundial de 1873 echó el proyecto por tierra.

Acá intervino lo que Paul Veyne llamaba “el azar en la historia” y el Perú tuvo bastante mala suerte porque el Estado acababa de adquirir inmensas deudas para construir las vías férreas y justo estalló la crisis. Por ello se llegó a la guerra como se llegó, y por ello se perdió. En realidad, es la suma de los malos manejos, la mala administración y la aparición de imponderables como la crisis mundial de 1873 los que, sumados, explican que se llegase mal a la Guerra y que, por consiguiente, se perdiese.

5.- Según usted en qué cambió Chile, Perú y Bolivia a partir de la Guerra de 1879?

Discúlpame que casi no te hable de Bolivia, pero no he seguido mucho su desarrollo posterior a la Guerra del Pacífico. En el Perú se experimentó un cambio en realidad positivo pues las jóvenes élites ascendentes –golpeados por la Guerra y la derrota- asumieron una actitud más emprendedora y proactiva. De allí que el periodo denominado de la República Aristocrática supusiese un crecimiento económico casi continuo entre 1895 y 1918.

Sin embargo, el Perú tuvo otros problemas más allá de la Guerra y sus efectos como por ejemplo su división socio-estamental heredera del orden colonial. Las fracturas sociales en el Perú han sido conflictivas y han marcado el desarrollo del siglo XX el que implicó el paulatino tránsito a la política de masas y la universalización de los derechos políticos. Hasta hoy ese proceso no concluye en Perú.

Respecto del nacionalismo, lo que genera la Guerra del Pacífico es –parafraseando a Todorov (1991)- un nacionalismo exterior, es decir, en oposición a otro estado al que se pondera como contrincante. El nacionalismo peruano, en la actualidad, sigue teniendo en la rivalidad con Chile un pilar fundamental.

Para el caso Chileno, acá tenemos el imaginario de que se desarrolló con los recursos peruanos y bolivianos de los que se apropió. Sin embargo, entiendo que la cosa no fue tan fácil, que los intereses británicos entraron a tallar fuertemente y que en la década de 1890 empezó la expansión al norte, que en realidad fue una guerra del estado contra la Araucanía, pero aquello lo sabrás tú mejor que yo.

Voy a añadir algo sobre Bolivia, la guerra generó en el país altiplánico el trauma de la mediterraneidad y ese es, al día de hoy, quizá el asunto territorial más complejo que América Latina no resuelve aún. Seguro el tema es discutible en sus beneficios económicos, pero yo lo veo desde la perspectiva del imaginario y ese tema, al día de hoy, sigue siendo durísimo de procesar en la subjetividad de los bolivianos. Unilateralmente no se va a resolver.

B.- Construcción de ciudadanía en la enseñanza de la guerra

6.- ¿Considera que la Guerra de 1879 es relevante en el currículum de historia de su país?

Mira, tiempo que no enseño en la escuela, pero entiendo que sí es relevante, al igual que en la universidad y lo es, no tanto por las horas que se le asigna sino por la atención y atmósfera que genera en clase: es “la guerra”. Ese tema captura mucho más a los alumnos, despierta sentimientos, es un tema fuerte, denso. Y lo es además porque no se ha aplicado ninguna política binacional de la reconciliación como si lo hicieron, por ejemplo, checos y alemanes. En el Perú la memoria sobre la Guerra es muy viva y eso se percibe cuando se enseña el tema.

7.- ¿Qué es lo que debería saber cualquier ciudadano o ciudadana de esta guerra en la actualidad?

Bueno, compleja la pregunta porque es entrar a la labor de selección que hace el historiador, a partir de la cual genera historia, genera memoria, pero también produce olvidos. Lo que puedo decirte es que para el caso peruano se ha omitido el estudio de la campaña de Arequipa y del gobierno de Lizardo Montero en Huaraz y Arequipa. Tampoco se admite –en los tres países- la continuidad de la alianza Perú-Boliviana, que de acuerdo con mis investigaciones (Parodi 2001) sólo se disuelve tras la toma de Arequipa en octubre de 1883 y no en el Alto de la alianza, como comúnmente se piensa. Así que lo que no se sabe me preocupa más que lo que se sabe.

8.- ¿Qué importancia se les debe dar a los Héroes de la Guerra cuando se estudia la Historia de Perú?

Otro tema complejo. Dentro de la lógica nacionalista (nacionalismo entendido como ideología del Estado desde el siglo XIX en adelante, y que aún persiste) los héroes son muy importantes. A ver, si la idea sigue siendo forjar o construir la nación a la usanza decimonónica entonces está bien que haya héroes casi épicos. En sentido estricto no me parece mal que se conmemore a militares destacados y que se sacrificaron por su país.

Quizá el problema es que ese tipo de héroe responde a la lógica del positivismo histórico del s. XIX, cuando la historia enfocaba lo político y militar casi exclusivamente. Desde una concepción de la historia más amplia, y que se preocupa por otros aspectos de la sociedad como lo cotidiano, debería proponerse personajes ejemplares más allá de los militares. Es menester desterrar las historias nacionales exclusivamente épicas, las que al final de cuentas nos distancian.

9.- ¿-Se hace más nacionalista un estudiante que aprende la guerra de 1879?

Sin duda, y aunque está claro que actualmente los manuales escolares aplican en sus actividades didácticas ejercicios que llaman a la reflexión madura del tema, la lógica del relato sigue siendo nacionalista y confrontacional. Esos relatos siguen generando excesivo orgullo al ganador y excesivo rencor al perdedor.

Creo que ya habría que ver la guerra desde otra perspectiva: las causas desde una lógica económica, lo militar convertirse en un aspecto, ver lo social, lo cotidiano, ver el sufrimiento de las personas, de todos las partes involucradas. Para lograr esto es necesario previamente llevar a cabo una política de la reconciliación con el pasado, como te señalé en un pasaje anterior. Pero, reitero, estamos lejos de ese escenario ideal.

10.- ¿Considera usted que enseñar la Guerra de 1879 puede favorecer una educación democrática o para la paz?

Por supuesto, Francia y Alemania cuentan con manuales escolares binacionales, ese es un proyecto muy interesante. No se trata de que las partes involucradas se pongan de acuerdo en una sola versión, sino que se enseñen las tres versiones a los alumnos de cada país. Eso ayudará a conocer y respetar al otro y ver el tema con una mirada más madura.

Para esto creo que es menester que los relatos atenúen sus lógicas nacionalistas, aunque sin dejarlas necesariamente de lado. Si no se puede acabar con el nacionalismo, hay que hacer de él una ideología integracionista y menos confrontacional.

3.- Proceso de enseñanza y aprendizaje y metodologías para la enseñanza de la guerra

11.- ¿Destaca usted la Guerra de 1879 en sus contenidos de Historia de su país? ¿Por qué?

En mi caso sí, pero porque soy especialista en el tema, como mi cátedra es libre, a ese tema le doy prioridad. En universidades en las cuales los contenidos de los cursos de historia del Perú son más bien homogéneos, entiendo que se enseña como un tema más. Sin embargo, como antes he dicho, es más que seguro que captura la atención de los alumnos más que otros temas.

12.- ¿Cómo enseña usted la Guerra de 1879? ¿Qué recursos utiliza? ¿Utiliza fuentes históricas primarias? ¿Cómo? ¿Entrega importancia al texto escolar o manual de estudios escolar?

Yo ya no enseño en colegios, pero tengo una publicación sobre el discurso que presentan los manuales escolares chilenos y sobre los peruanos cuento con un material sin publicar. Yo entro a la guerra desde la teoría de la historia, allí analizo tópicos como nacionalismo, historia oficial, historia y narratividad etc.

También trabajo en base a actividades que algunos llaman ABP, los alumnos resuelven en grupo cuestionarios a lecturas académicas y de allí hacemos plenarios y debates donde participa toda la sección.

13.- ¿Destaca usted los hechos bélicos de la guerra de 1879? ¿Qué importancia le da a otros tipos de aspectos de la guerra? ¿Podría poner algún ejemplo?

Buena pregunta, yo veo mucho lo diplomático porque en 2001 publiqué un libro que sostiene la tesis de que la Alianza Perú-Boliviana prolongó sus gestiones hasta 1883, entonces veo toda la parte diplomática, la mediación de Estados Unidos etc. Lo social lo veo cuando trabajo a Miguel Iglesias, allí enfatizo las fracturas sociales al interior del país, las que se manifestaron en el conflicto.

Esta pregunta es pertinente, yo mismo me la estoy haciendo ahora ¿cómo enseñar una guerra sin hacer de su narración el recuento épico de enfrentamientos entre vencedores y vencidos? Esa es la cuestión.
14.- ¿Qué cree usted que aprenden sus estudiantes?

De acuerdo a como enseño el tema aprenden a distinguir y analizar discursos históricos, aprenden a tomar distancia de ellos y a entenderlos en tanto que discursos ideológicos. Pero también aprenden un poquito a ser más peruanos. Yo no puedo negar que en la enseñanza de la historia hay un elemento sentimental, el que también existe en mí. Puedo sonar contradictorio, pero creo que en mis sesiones se dan ambas cosas a la vez y cualquiera de ellas puede influenciar más en los estudiantes.

Siguiendo con las contradicciones, también trato de que se pongan en el lugar del otro, siempre les pido que se pregunten ¿qué hacer con un mediador que no se declara neutral?, sólo allí comienzan a ver al otro, no es fácil pero es el principal desafío.

15.- ¿Qué mejoraría usted de los contenidos y la metodología de enseñar la Guerra del Pacífico?

Bueno, añadiría la continuidad de la Alianza Peru-Boliviana hasta octubre de 1883, eso ya cambia todo el escenario político, diplomático y militar de la segunda etapa del conflicto. Por otro lado, trataría de buscar ejemplos cotidianos de cómo vivieron la guerra los soldados, o las mujeres, pero no aquellos que fueron héroes, sino en la vida diaria. Como sobrevivían, como cambiaron las cosas más menudas desde que la guerra comenzó, vería cartas de la época de la guerra pero que no hablen más que indirectamente de ella. Mira, se me acaba de ocurrir un tema de investigación!

Entrevistador: Patricio Rivera Olguín
Entrevistado: Daniel Parodi Revoredo
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PRADITO



Por: Daniel Parodi Revoredo±


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Leoncio Prado


La historia del siglo XIX y la del XX comparten el mismo error. Ambas se esforzaron mucho por darle al ciudadano de a pie, la verdad acerca del pasado. Eran otros tiempos, eran tiempos en los que los paradigmas filosóficos nos convencían de sus propias certezas.

De esta manera, en el siglo XX el positivismo científico planteaba que todo podía y debía ser demostrado a través de la experimentación empírica. Por su parte, las ciencias sociales paulatinamente se apropiaron del siglo XX y nos convencieron que todo debía explicarse porque remitía a una estructura, ya sea social, económica o política; en esos términos, el sujeto individual poco podía hacer para interferir en el curso de los acontecimientos.

Pero en el siglo XX hubo dos avisos de que algo andaba mal y de que no era tan fácil como se pensaba estar tan seguro de la certeza de nuestras antiguas certidumbres. Por un lado, la Segunda Guerra Mundial se llevó consigo a sesenta millones de personas, nada más y nada menos, incluidos holocaustos y bombas atómicas. ¿Podía ser verdad entonces esa convencida idea de que el desarrollo de Occidente llevaba a la humanidad de la mano hacia su progreso? ¿estábamos hablando de lo mismo? ¿Era ese mismo progreso el que había sembrado el mundo de dolor y de destrucción?

Por otro lado, el 1989 se cayó el muro de Berlín y se llevó consigo a la URSS, al bloque socialista, al telón de acero, al mundo bipolar y de paso al marxismo que había anidado en las ciencias sociales; y además del marxismo a sus primos cercanos: el estructuralismo y el funcionalismo. Fue entonces cuando volvimos a sentir el tiempo. Las estructuras dejaron de aprisionarnos y experimentamos el deseo de volver a ser plenamente humanos, plenamente individuos, plenamente nosotros, plenamente yo y fue entonces cuando recuperamos la capacidad de emocionarnos, de ser románticos y de crear.

Y fue entonces también cuando comprendimos que la historia es verdad, pero es una verdad libre, es una verdad que cambia constantemente porque cambian también los que la narran y cambian los tiempos en los que es narrada. Y es al fin, al comprender que la historia posee una dimensión narrativa, que nos sentimos de nuevo con el derecho a admirar el pasado y a admirarnos con el pasado, y a identificar en él nuestros viejos y entrañables arraigos, nuestras viejas y entrañables querencias, como la querencia por la patria, por la tierra, por el hogar.

En este nuevo contexto, Pradito de Luis Cuadra es una delicia y es que el autor, en su relato, decidió asumir la identidad de su personaje, decidió convertirse en él, para que así el mismo Leoncio Prado nos narre su vida, azarosa e intensa desde su nacimiento. En estos tiempos super modernos, Pradito me evoca alguna película de aquellas que sugieren que el hombre lleva consigo un dispositivo que registra todos los instantes de su vida.

En Pradito, es el mismo Leoncio Prado el que cobra vida para nosotros y nos relata en primera persona -con delicada sensibilidad- la infancia, el dolor de la bastardía y el re-encuentro amoroso con el padre ausente, el que a posteriori sería presidente Mariano Ignacio Prado. Pero será pronto cuando Pradito descubra esa vocación por la vida, entendida como aventura profundamente patriótica. Alférez de fragata a los trece años, Pradito supo desde el inicio, de su destino patriótico en ciernes.

No quisiera, en estas líneas, descubrir los contenidos de este relato, que es menester descubran ustedes mismos en otra aventura, la de la lectura, que simbióticamente se fusionará, sin duda, con la vida de tan alto personaje de la patria. A Leoncio Prado, Luis Cuadra le ha dado de nuevo el halo de la vida, para que, en una dimensión intermedia entre la realidad y la ficción, converse con nosotros de las querencias, los azares y de la amada patria.
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UN TRISTE ANIVERSARIO DE HUAMACHUCO


Por Daniel Parodi Revoredo
Profesor del dpto. de Humanidades de la PUCP
Publicado en el diario La República el día de hoy

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Debido a Iglesias, Cáceres tuvo que desplazarse al norte, donde fue derrotado


Confieso que en estas líneas voy a participar en un debate historiográfico a la manera positivista; es decir, utilizando argumentos y contraargumentos para sentar mi posición sobre un evento del pasado. Digo esto pues siempre he cuestionado esa modalidad de hacer historia y porque creo que los acontecimientos poseen la magia de generar muchas representaciones sobre sí mismos. Confieso también que soy consciente de que los combates por la historia1 se libran en el presente y que los políticos influencian en su escritura. Sin embargo, la obscena heroización2 de Miguel Iglesias me obliga a referirla con más detalle que en mi nota anterior.

En ella señalé que son dos las interpretaciones más difundidas sobre el caudillo de Montán: la que lo tilda de traidor por su colaboración con las fuerzas chilenas y la que lo ubica en el umbral de la heroicidad e interpreta su accionar como un gesto de desprendimiento. Pero coloquemos a Iglesias en su hora más difícil y retrotraigámonos al 31 de agosto de 1882 –difusión del manifiesto de Montán- para ver qué sucedía en la Guerra por aquellos días.

Para empezar, no es cierto que entonces la resistencia peruana estuviese prácticamente derrotada, ni que la firma de la paz se cayese de madura. Por el contrario, el Ejército del Centro, con la colaboración de las guerrillas campesinas, se encontraba en su mejor momento pues apenas unas semanas antes había derrotado a las fuerzas invasoras en Marcavalle, Pucará y Concepción, y expulsado de la región a la expedición chilena de Letelier.

Así pues, el colaboracionismo iglesista no se debió a la derrota de la Resistencia sino a sus victorias. Esta paradoja se explica en las fracturas socio-culturales de entonces que hacían que buena parte de los gamonales y hacendados viesen con profunda preocupación el fortalecimiento de la movilización campesina liderada por Andrés Avelino Cáceres. Esta, y no la “inmolación política”, fue la motivación de Iglesias, la que se demuestra en testimonios de época que ilustran el resquemor de los sectores económicos altos frente a la eventualidad de una “guerra de razas”3.

Por otro lado, en septiembre de 1882, la Alianza Perú-Boliviana había resurgido gracias a la instalación del gobierno de Lizardo Montero en Arequipa, quien desde allí fortaleció sus vínculos con Narciso Campero, su homólogo paceño. La Alianza buscaba negociar con Chile un tratado de paz sobre la base de la sesión única y exclusiva de Tarapacá. Sin embargo, el colaboracionismo de Iglesias echó por tierra estos esfuerzos y jugó en pared con el plan chileno de acabar con la Alianza e imponer la paz por separado a cada uno de sus países miembros. Por cierto, una comisión oficial del gobierno de Bolivia lo visitó para rogarle deponer su actitud: no quiso.

Finalmente, la existencia de un gobierno colaboracionista en Cajamarca, y la imperiosa necesidad de acabar con él, obligaron a Cáceres a dejar la sierra central y dirigirse hacia el norte. Y fue allí, en Huamachuco, donde encontró la derrota un 10 de julio de 1883, fecha triste para los peruanos, especialmente hoy, debido a que de esta innecesaria controversia no son responsables ni los restos de Miguel Iglesias, ni sus descendientes.

Al meditar sobre el tema, he recordado la novela 1984 de Orwell, en la que un lóbrego Ministerio de la Verdad cambiaba las noticias del pasado de acuerdo con las conveniencias del presente. Por ello me asombra que se haya nombrado a Miguel Iglesias vencedor de San Juan, cuando esa batalla la perdimos. A pesar de todo, conservo la esperanza de que nuestra realidad no supere la ficción, pues ni los más grandes totalitarismos pudieron soterrar las versiones disidentes de la historia, porque los héroes, es sabido, no se crean por decreto, ¿o sí?
1Así tituló Lucien Febvre su célebre libro
2Me hago responsable por el neologismo
3Rodríguez, Juan. Los ecos de la Comuna de París en el Perú durante la Guerra del Pacífico. Lima, 2010 (s/p)
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Sobre Héroes y Criptas: a propósito de Miguel Iglesias

Daniel Parodi Revoredo

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General Miguel Iglesias

El héroe clásico provenía de la unión de un dios mitológico con un ser humano. Por ello, aunque mortal, contaba con cualidades extraordinarias que lo distinguían de los demás; tal es el caso de Aquiles, guerrero invulnerable salvo por su célebre talón. Ya en el siglo XIX, al héroe se le asocia con los proyectos de construcción nacionales y con la necesidad de dotar a las colectividades de un panteón de paladines cuyo distintivo sea el amor a la patria y su sacrificio por ella. Sin embargo, los héroes sólo alcanzan dicho estatus cuando la sociedad los adopta como tales. Así, para que su aura de gloria se difumine en la colectividad, su calidad heroica debe ser consensual y aceptada por la comunidad.


En el contexto actual las cosas han cambiado. El nacionalismo romántico del siglo XIX ha sido matizado por un mundo que en 1990 planteó el fin de las ideologías. Veinte años después, la multiplicidad de pequeñas historias parece preferible al largo relato del erudito y el exceso de información nos inserta en una interminable vorágine. Pero es precisamente por eso que el apego a lo propio, a lo más íntimo y cercano, es aún un referente esencial que le da sentido a nuestras vidas. Y es por ello que el nacionalismo de hoy –que ya no se corresponde con la exaltación que llevó a las dos guerras mundiales- mantiene su vínculo con nuestro mundo interior, cuyo espacio comparte con tantos otros puntos de identidad como la realidad virtual, la aldea global, el pueblo natal etc.


Es por todo lo anterior que considero un despropósito la resolución suprema que decreta el traslado de los restos del General Miguel Iglesias a la Cripta de los Héroes, en donde descansan los de Miguel Grau, Francisco Bolognesi, Andrés Avelino Cáceres, José Abelardo Quiñones, entre otros. Mis razones son fundamentalmente dos:

En primer lugar, el desempeño de Miguel Iglesias durante la Guerra del Pacífico es objeto de controversia. Sobre el particular, Jorge Basadre sostiene que el caudillo de Montán sacrificó su imagen pública en aras de la paz. Por mi parte, pondero que el entendimiento entre Iglesias y las fuerzas de ocupación debilitó la estrategia resistente de Andrés Avelino Cáceres en la Breña y condujo a su posterior derrota en Huamachuco. No existe pues consenso acerca de la heroicidad de Iglesias ni entre los historiadores, ni en la colectividad.

En segundo lugar, creo que en nuestra historiografía la figura de Miguel Iglesias debería cumplir un rol diferente al que se le pretende asignar con su traslado a la Cripta de los Héroes. Yo discrepo con las voces que lo presentan como a un traidor; pero creo que su performance sí expone la desarticulación política existente en el Perú durante la Guerra del Pacífico. Ello explica la división de la oficialidad en bandos rivales y desnuda el carácter embrionario de un proyecto nacional hasta ese entonces elitista, caudillista y excluyente.

No he querido, en estas líneas, perennizar el “sacrifico político” de Miguel Iglesias. Por el contrario, creo que el historiador de hoy debe matizar aquellos juicios positivistas que dividieron maniqueamente a los actores de la historia en héroes y villanos o en patriotas y traidores. Lo que pienso, más bien, es que una evaluación del colaboracionismo iglesista durante la Guerra del Pacífico debe llevarnos a comprender las profundas fracturas socioeconómicas y políticas del Perú decimonónico; así como a fomentar un discurso histórico templado que nos permita conocer nuestras rivalidades del pasado sin convertirlas en las pugnas de nuestro presente.