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Carlos Arturo Caballero

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Recientemente leí una nota en el portal de la PUCP, "La PUCP y los Rankings universitarios" en el que se explican algunos los criterios utilizados por los organismos que periódicamente publican el listado de las mejores universidades a nivel mundial. Lo revisé con la expectativa de saber en qué puesto se ubica la Católica del Perú en América Latina y en el mundo, pero lo que hallé fueron solo afirmaciones generales, de sentido común, verdades de perogrullo, más de lo mismo, es decir, nada revelador. Los comentarios del Ing. Jorge Solís, docente del Departamento de Ingeniería, asesor técnico del Rectorado y miembro del comité asesor que plantea y ejecuta recomendaciones a la PUCP para ascender en los rankings internacionales, giran en torno a lo que ya se sabe que debe hacer una universidad para situarse en un lugar apreciable respecto a sus pares: fomentar la investigación, internacionalizar la Universidad, "nuevo repositorio de tesis digitales, rediseño de la página web de la Universidad y de las diferentes unidades, creación de un repositorio con el acervo cultural de la Universidad e inclusión de nuestras publicaciones en las bases de datos indexadas de prestigio regional y mundial". Se trata de cuestiones prácticas que se resuelven a través de una gestión administrativa eficiente en combinación con las cualidades académicas del cuerpo docente y estudiantil.

Lo que no profundizan tanto el entrevistado como María Paz de la Cruz, autora de la nota, son las razones por las cuales la PUCP no se halla en una ubicación expectante o por qué está en el lugar actual, el cual se ignora pues no se ofrece ningún dato para contrastar con los ya existentes. Mencionar la dispersión de criterios, la subjetividad y el prestigio cuestionable o no de la institución evaluadora como causas de posibles distorsiones en las mediciones no explica por qué la PUCP brilla en solitario en el Perú, pero aparece muy relegada en el contexto latinoamericano y mucho más en el mundial. Lo más rescatable, a mi modo de ver, es que el Ing. Solís haya tomado distancia de la elaboración de un ranking regional para intentar aparecer "entre los primeros de los últimos". Al respecto solo apunta que “nuestra relación entre investigación y docencia aún es muy baja, a pesar de los grandes esfuerzos que estamos haciendo para mejorarla (prueba de ello es la creación del Vicerrectorado de Investigación). Esto aún nos impide aparecer en los puestos de vanguardia de los rankings internacionales, aunque muchas mediciones a escala regional nos colocan como la mejor universidad del Perú y una de las mejores de Latinoamérica”.

De acuerdo con lo primero: la gran mayoría de profesores universitarios en nuestro país y en Latinoamérica solo dictan por horas, tienen dedicación parcial y para compensar ello completan su horario en otras universidades, institutos y a veces colegios. Así no se puede investigar ni desarrollar conocimiento y menos preparar una buena clase, pues el docente estará abrumado por trabajo administrativo y por la corrección de evaluaciones. La plana docente a tiempo completo es muy baja en comparación a los profesores a tiempo parcial, lo cual se agrava con la burocracia y la poca transparencia en los concursos de ascenso, problema específico de cada universidad. Y no bastaría solo con incrementar la cantidad de profesores full-time, sino, además, establecer una nítida diferencia entre la dedicación a la docencia y a la investigación. De nada serviría tener una enorme población de profesores a tiempo completo para que asuman labores administrativas, que, lamentablemente, es el criterio imperante y decisivo en muchas universidades-empresa de reciente creación en nuestro país, si es que no se orienta su actividad hacia aquello en donde más se le necesita y pueda ser útil. Lo segundo confirma mis dudas iniciales: ¿cuál es el puesto que le corresponde a la PUCP en el Perú, Latinoamérica y en el mundo? ¿Se ignora cuál es? ¿Es razonable prudencia o temor de herir susceptibilidades? No se ofrece referencia alguna a la fuente que acredite la afirmación del Ing. Solís de que “muchas mediciones a escala regional nos colocan como la mejor universidad del Perú y una de las mejores de Latinoamérica”.

Asimismo, pese a que hay una referencia a una de las listas publicadas por la Times Higher Education, no se comentan los criterios que esta organización aplica: "la calidad de la enseñanza, la cantidad de citas que tienen los trabajos de investigación de cada entidad, innovación, cantidad de investigaciones, número de estudiantes por profesor, cantidad de estudiantes con doctorado y la mixtura internacional entre estudiantes y profesores”. Me consta que en la PUCP existe una preocupación por acreditarse mediante la incorporación de profesores con posgrados tanto en Facultad como en Estudios Generales y que muchos de los que actualmente enseñan provengan de prestigiosas universidades de Europa y EEUU. No obstante, también me consta que en determinadas carreras existen círculos de poder que determinan quién dicta o no tal o cual curso ignorando la trayectoria académica del aspirante y prefiriendo elegir por cuestiones de camaradería o afinidad intelectual. Prueba de ello es que, ahora en menor grado, pero hay, se promueve a egresados con bachillerato para que dicten algunos cursos remediales en Estudios Generales. Si se indaga un poco más, nos daremos cuenta que durante muchos años algunos cursos fueron dictados por profesores que solo poseían el bachillerato y ante la arremetida de jóvenes que sí lo poseían, fueran de la PUCP o no, se les concedió a los docentes-bachiller un tiempo de gracia para regularizar su situación. ¿Cómo una universidad de desea acreditarse académicamente a nivel mundial puede permitir que existan profesores en su plana que cuenten solo con bachillerato?

De otro lado, la PUCP ha acusado el impacto de las emergentes universidades-empresa, cuyos procesos de admisión son académicamente deficientes y solo sirven para maquillar el deseo de capturar un mercado estudiantil que todavía ve a la universidad como un medio de realización personal y distinción social. Por ello es que en los últimos años ha incrementado y modificado sus canales de admisión y reformado la currícula de los Estudios Generales, aspecto que no se menciona ni de soslayo en la nota de María Paz de la Cruz, es decir, el nivel académico actual de los estudiantes de la PUCP en contraste con generaciones precedentes, es la sensación no solo mía sino de egresados, estudiantes de ciclos superiores y docentes, ha descendido a tal punto que se han implementado nuevos canales de admisión para facilitar el ingreso de estudiantes y competir con las universidades que literalmente lo regalan. Años atrás, quien quisiera postular a la PUCP debía rendir examen de admisión general que evaluaba los saberes básicos del colegio o prepararse en el Centro Preuniversitario y aspirar luego de sucesivos exámenes, a una vacante por ingreso directo. En estas circunstancias, ingresar a la PUCP era un desafío; hoy no lo es tanto si se puede solventar la pensión.

Los recientes cambios curriculares en Estudios Generales han ido en sintonía con el nivel académico de los estudiantes que la universidad viene recibiendo. De este modo, aparecen los llamados cursos remediales que sirven para que el ingresante se nivele en cursos de formación general en los que se matriculará si desaprueba una evaluación complementaria después de aprobar el examen de admisión. Estos cursos aumentan cada vez más porque la necesidad de “nivelar” a los estudiantes es cada vez mayor, pues los canales de admisión no funcionan como un verdadero filtro. En consecuencia, se incrementa la cantidad de profesores eminentemente “enseñantes” o “enseñaderos”, usualmente egresados, quienes, aunque no todos, se sienten cómodos con el dictado de un curso de nivelación y no se hacen problemas con abandonar la investigación o postergar los estudios de posgrado. Estos cursos no son los más apreciados por los ingresantes ni por los docentes que llevan buen tiempo dictando, es más, existe un soterrado desprecio por los mismos: el estudiante que debe cursarlos siente que pierde el tiempo; el profesor experimentado procura evitarlos porque lo alejan de sus objetivos o porque prefiere a un público más maduro y no tan colegial. El resultado es que no se coloquen muchos reparos al momento de decidir si un bachiller puede dictar cursos introductorios o remediales.

En lo personal, la orientación humanística y la deliberación en los asuntos de la política nacional como los derechos humanos, y la participación directa de algunos de sus autoridades y docentes en la elaboración del Informe Final de la CVR es el capital más importante que posee la PUCP en la actualidad. Sin embargo, si integramos todas las variables antes indicadas, tendremos un panorama más claro para explicarnos por qué la PUCP solo juega de local, pero no de visitante. Cuestión de ubicación.
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Es muy extendida la idea de que los cursos de letras no son tan importantes como los cursos de ciencias —oposición errónea, ya que se sugiere la idea de que las humanidades o letras no son ciencias—. Esta idea tiene mucho arraigo en la actualidad, sobre todo en los directivos de escuelas privadas y de colegios preuniversitarios, así como en los padres de familia, quienes están convencidos de que los alumnos deben prepararse para la universidad, es decir, solo para un examen de admisión. Tal idea se ve reforzada por el prestigio que tienen ciertas profesiones vinculadas a carreras técnicas en las cuales los conocimientos prácticos son más importantes que la especulación teórica.

Sin embargo, creemos que desde las humanidades, específicamente desde la Literatura, es posible fomentar el pensamiento crítico si se toman en cuenta algunas consideraciones que durante muchas décadas, han sido ignoradas, lo cual trajo como consecuencia que la Literatura sea percibida como “un curso de relleno” y no como una vía que conduce no solo al disfrute de una experiencia artística, sino a la reflexión.

La primera dificultad que encuentra la Literatura tiene que ver con la manera en que se la define. Según Miguel Ángel Huamán (2001), la definición de Literatura es compleja, puesto que en esta disciplina el objeto de estudio coincide con la denominación de la disciplina. Por ello, convendría hacer una primera distinción. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Literatura? Huamán señala que la Literatura puede ser entendida como creación artística, donde tenemos a los diversos géneros literarios; como historiografía (épocas, contextos, movimientos literarios, autores, etc.); y como teoría y crítica, es decir, como reflexión científica sobre el quehacer literario y como valoración de dicha experiencia; y, finalmente, como enseñanza de la Literatura, o sea, la transmisión de algunos de los saberes antes mencionados.

De todas estas definiciones, la más extendida entre los profesores de Lengua y Literatura, hoy denominada Comunicación Integral, es la Literatura como historiografía, pero muy poco o casi nula la valoración e interpretación del fenómeno literario. De esta forma, se tiene que para la gran mayoría de profesores y estudiantes de secundaria, el curso de Literatura consiste no tanto en analizar obras, sino en memorizar argumentos, biografías de autores, contextos históricos y características de movimientos literarios. Todo ello, si bien es importante, no debería ser lo central al momento de enseñar Literatura, porque se trata de conocimientos extraliterarios que no contribuyen directamente a la valoración del texto que tendría que atravesar ciertas etapas previas.

En consecuencia, los análisis literarios que se plantean bajo este enfoque historicista rodean el texto pero no lo interpretan. Se concentran en la vida del autor, pero no demandan al estudiante a que plantee una interpretación propia del mismo. Y cuando se pretende esto, se suele transmitir las reflexiones más consolidadas y se tiende a desvalorar aquello que el alumno pueda plantear, por considerarlo poco elaborado.

El historicismo y el biografismo en la enseñanza de la Literatura en la escuela se explican por la seguridad que brindan estos enfoques al maestro (Sánchez 2004). Es más fácil refugiarse en un saber establecido e inamovible que plantear nuevos desafíos, tal como lo exigiría la interpretación personal de una novela, cuento o poema. Al respecto, existe mucha resistencia por parte de un sector importante de los maestros de la especialidad en cambiar estos enfoques por otros más innovadores.

Esto a su vez se explica por una deficiente formación en los que respecta a los estudios literarios. En las facultades de educación, no es común que los docentes de Lengua y Literatura tengan como profesores a especialistas de Lingüística y Literatura, sino más bien a otros educadores que también fueron formados bajo el mismo paradigma, lo cual conduce a que se repita el mismo modelo ciclo tras ciclo. Se necesitaría revertir esta situación para que los planes curriculares cambien y así cambie la manera de enfocar la Literatura desde la educación. En general, debería balancearse la didáctica con los contenidos. Conocimientos básicos de narratología, análisis estructural del relato, nociones de teoría literaria servirían mucho para aclarar tantos malentendidos en torno a la ciencia literaria como la confusión entre el autor, narrador y el personaje, o la excesiva confianza en la biografía como método para interpretar la obra.

El segundo paso luego de resolver lo referente a la formación del docente en estudios literarios tiene que ver con la didáctica de la literatura. Lo que se busca no es que el alumno se convierta en escritor ni que memorice datos sobre escritores o épocas o que recite versos de memoria y mucho menos que piense que un texto está cerrado a la interpretación única que le da su libro o su profesor. El objetivo es que el alumno dialogue con el texto y que contraste valoraciones en un ambiente en el que el propósito mayor es mucho más que comprender un texto: se trata de formar individuos capaces de intercambiar posturas diversas acerca de un mismo hecho sin negarse a la posibilidad de exista la pluralidad. El reconocimiento de una realidad cultural diversa en un país como el nuestro es una de las tareas pendientes que se debe asumir desde la educación (Córdova 2007) y la Literatura puede colaborar con este objetivo. Una educación en democracia no puede dejar de lado el hecho de que cada sujeto posee una perspectiva que podría ser diferente, pero no necesariamente incompatible con las demás, sino complementaria.

Bibliografía

Huamán, Miguel Ángel. Educación y Literatura. Lima: Mantaro, 2003.
-----------------------------. Problemas de Teoría Literaria. Lima: Signo Lotófago, 2001.
Sánchez Mejías, Rolando (ed.) Obras maestras del relato breve. Barcelona: Océano, 2004.
Córdova, Paula. ¿Cambio o muerte de las lenguas? Reflexiones sobre la diversidad lingüística, social y cultural del Perú. Lima: UPC, 2007.
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Sobre la independencia de los conductores de RBC y una desacertada pregunta

El último sábado, vi el programa que Ángel Ganoza y Mónica Cabrejos conducen en RBC: el Tribunal de la tele. La pregunta de la noche decía textualmente: "¿Le parece correcto que algunos conductores de TV utilicen sus programas para hacer apología a la homosexualidad?". Interesante pregunta si es que se pretendía establecer el grado de rechazo que existe en nuestra sociedad frente al tema de homosexualidad con la finalidad de criticar dicha actitud aunque fuera mayoritaria. SIn embargo, tal como fueron analizados los resultados (18% - Sí / 82% - NO) solo sirvió para respaldar la posición que Ganoza (me cuesta pensar que Mónica Cabrejos también la sostenga) y por supuesto Ricardo Belmont asumen frente a la participación de homosexuales en los medios de comunicación. Ambos dijeron al final antes del cierre musical, que "el pueblo ha hablado, ha dado su veredicto, y ello lo deberían considerar muchos conductores...", como si el criterio de la mayoría fuera suficiente para establecer una verdad, es decir, como si las mayorías estuvieran exentas de equivocarse. Este tipo de preguntas cerradas al televidente no deja espacio para analizar los matices o los problemas que contiene. Me recuerda a las descabelladas preguntas que se formulaban en La Ventana Indiscreta de Cecilia Valenzuela.

Buenas intenciones le sobran a Ángel Ganoza, pero no solo tiene que lidiar con las limitaciones propias de su impericia como conductor, sino con el afán intervencionista de Ricardo Belmont. Desde que Luis Alfonso Morey, primero, y Fernando Anchorena, segundo, dejaron RBC, al "hermanón" le cuesta convencerse de que el mayor obstáculo para el desarrollo de su canal es él mismo. No le bastó con forzar la salida de Hildebrandt, cuyo programa era el de mayor sintonía en RBC; no dudó en hacerlo para lucir disuesto ante el Congreso y servir como canal (en todos sentidos) para levantar la alicaída imagen de los parlamentarios (debería primero preocuparse por levantar la suya). Ahora que fue designado como reemplazo de Andrade en el congreso esta inquietud se ha revelado con mucha fuerza. En lugar de Hildebrandt, continúa conservando a los periodistas más leales (mejor dicho, más dóciles al pensamiento único errebecista) como Rafael Romero, encargado del análisis político.

Volvamos al punto anterior. La pregunta formulada al público televidente en ese programa del sábado es abiertamente discriminatoria y tendenciosa, además de que parte de un supuesto equivocado: la posibilidad de considerar incorrecta la apología a la homosexualidad supone también la posibilidad de considerar correcta o incorrecta la apología a la heterosexualidad. ¿Alguien en sus cabales podría preguntar si se considera correcto hacer apología a la muerte, injusticia, la envidia o el dolor; o incorrecto hacerla a la vida, solidaridad, justicia, felicidad o el amor?

La pregunta que alegremente leyó Ángel Ganoza a los televidentes ubica, según las definiciones académicas sobre apología, a la homosexualidad como una actividad censurable. La Real Academia nos ofrece, como siempre, definiciones neutrales y asépticas, usualmente desprovistas de ideología. Consigna para apología lo siguiente: "Discurso de palabra o por escrito, en defensa o alabanza de alguien o algo". Hasta aquí no habría problema, en el sentido de que se podría hacer apología hacia causas nobles. El asunto es que tal apología tendría que estar enmarcada en un contexto adverso que la convierta en un acto controversial, es decir, si realizo una apología al amor, debo suponer que la situación que rodea tal apología considera al amor como un valor muy venido a menos. En otras palabras, se hace apología para defender o justificar una idea o a alguien (recordemos, sino, la Apología a Sócrates) que es controversial o que está en desventaja. Este es el sentido que le da el lenguaje jurídico al término "apología" al cual no desvincula de la noción de delito: "elogio o alabanza de hecho delictivo"; "(«defensa», «justificación») es un argumento generalmente escrito (aunque puede ser hablado), en el que se defiende, elogia o justifica a una persona, idea, acción o inacción que está usualmente bajo controversia y que es, o puede ser un delito. La aclaración formal de un problema, creencia u opinión". Una causa noble o legítima no tendría necesidad de justificarse, puesto que es en sí misma un valor que no lesiona la integridad humana. Solo tendría que hacerlo siempre y cuando vea amenazada su existencia. En consecuencia, ¿es lógico asumir la posibilidad de considerar incorrecta la homosexualidad o la heterosexualidad? ¿Es incorrecto un terremoto, un tsunami o una gripe?

La miseria periodística de un conductor fanatizado

Es frecuente que aquellos que enarbolan ideales nobles y los defiendan con entusiasmo transiten con facilidad hacia el lado oscuro. La línea divisoria entre el idealista y el fanático es muy tenue. Esto se agrava en la medida que estos individuos actúan convencidos de que lo que guía sus actos tiene como finalidad el bien común, es decir, que lo hacen por el bienestar del grupo. Ángel Ganoza está absolutamente convencido de que él encarna la cruzada moralista contra la TV basura; por ello, no duda en utilizar los mismos recursos repudiables que censura cuando critica a Magaly Medina. Señalar esto no significa estar a favor de esta periodista a la que, ciertamente, no se puede justificar en ninguna circunstancia; significa establecer lo contradictorio de una actitud que termina cometiendo lo mismo que critica. En su cruzada contra la TV basura, Ángel Ganoza ha sido partícipe de la misma al exhibir y exponer a su co-conductora a una situación incómoda. Observen Uds. como es que Mónica Cabrejos de una manera cordial y prudente le sugiere no propalar un video que podría comprometerla con una denuncia legal. A pesar de ello y en aras, nuevamente, de "lo que le gusta a la gente" Ganoza propaló el video. Muchas veces oí tanto de él como de Belmont que no les importaban las mediciones, sino la calidad de programas que producían. El argumento de que el gusto general manda fue muchas veces rebatido en sus intervenciones. A ello se agrega la ofensiva falta de solidaridad para con una compañera de trabajo, de quien es obvio que cometió una imprudencia al anunciar anteladamente que tenía un video con imágenes de otro personaje de la TV que levantarían escándalo (nuevamente, asumen que será un éxito escandaloso porque son fotografías de un joven con amistades gay). A mi parecer, Ganoza aprovechó la oportunidad para forzar la salida de la Cabrejos quien tiene más dominio de escena y quien le venía quitando protagonismo (no faltaban momentos tensos en los que se notaban abiertas discrepancias entre ambos). Rectificarse públicamente, no es cobardía ni falta de convicción, señor Ganoza, es un acto que enaltece a una persona y Ud. muchas veces lo ha exigido de Magaly. ¿Por qué no facilitó la rectificación de su co-conductora? ¿Por qué contra la voluntad de ella y Ud. propaló el video y forzó su retiro del programa? ¿Lo hizo realmente porque la gente lo pedía (algo que siempre criticó) o para deshacerse de la Cabrejos? ¿Por qué no pregunta a los televidentes si prefieren que vuelve Ok tv o que se quede RBC? ¿También propondrá que Belmont abandone el canal porque la gente así lo quiere? Solo Ud. lo sabe.



En fin, se trata de una más de las fallidas intervenciones de Ángel Ganoza en la cual se nota la injerencia de Ricardo Belmont, quien hace mucho debería dar un paso al costado si es que se da cuenta que él es el mayor obstáculo para el despegue de su canal. Sin embargo, resulta comprensible que periodistas como Rafael Romero y conductores como Ángel Ganoza laboren con él: la gente se junta por afinidad.



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Este es un fragmento de un artículo publicado en la revista Letras Vivas. Es un poco largo, pero claro y directo (creo) uds. dirán.



Carlos Arturo Caballero

II

Al neoliberalismo le disgustan las humanidades


El neoliberalismo educativo provocó la desaparición progresiva de las humanidades en los planes curriculares de los niveles secundario y superior por razones estratégicas. Analicemos esto. Las humanidades socializan al individuo y permiten que establezca lazos solidarios con sus semejantes a través de la transmisión de vivencias interpersonales que —aunque no siempre es así— no poseen los llamados cursos de “ciencias”. A este respecto, tengo la convicción de que no hay curso aburrido sino profesores desmotivados; sin embargo, la transmisión e identificación de valores y vivencias indispensables para la socialización del individuo son constitutivos de los cursos de humanidades y, por ello, estos ofrecen una ventaja cualitativa frente a los de ciencias formales. A ello se añade que la relación maestro-alumno en los cursos de letras es más estrecha que en los de ciencias (no obstante, la habilidad del maestro en la transmisión de conocimientos es una variable fundamental muy aparte del curso en sí mismo) ya que ofrece una gama de contenidos que forman parte de la vida cotidiana de los seres humanos. Literatura, Arte, Música, Filosofía, Historia, Psicología entre otras disciplinas, en manos de un maestro plenamente identificado con su labor, —y reconocido con una remuneración decorosa— pueden desencadenar en el aula una serie de experiencias muy satisfactorias.

Más allá de la simple adquisición de datos y de la evaluación periódica, los maestros deberían preocuparse, parafraseando a Jorge Luis Borges, de que sus alumnos se “enamoren” de su curso. Un poema, una novela o un cuento pueden sensibilizar a una persona al grado de abstraerla de una realidad adversa o inmunizarla contra la indiferencia y el conformismo (Demian, Bajo la rueda y Sidarta, de Hermann Hesse, despertarán en un adolescente la inquietud por reconocer el derecho a pensar por ellos mismos; por supuesto que esto no ocurrirá si el curso de Literatura se convierte en una insípida acumulación de biografías). La revisión crítica de nuestra historia contribuirá a disipar los malentendidos que tras generaciones se han ido retransmitiendo: un pasado glorioso, pero un presente vergonzante; o el bálsamo consolador del “mendigo sentado en una banca de oro”. La Psicología y la Filosofía no son conocimientos exclusivos de iniciados en la materia, sino pretextos para llevar al alumno hacia la reflexión sobre su mundo interior y exterior; ambos están presentes en su diario vivir y, por ello, el maestro que sabe aprovecharlo, no requiere de un discurso complejo para motivar a sus alumnos en estas disciplinas: el autoconocimiento y la reflexión son demandas de una vida plena.

Pero volviendo a lo que nos congrega ¿Qué actitud asume el neoliberalismo en este panorama? Alienta el individualismo extremo que prescinde del otro, puesto que en la medida que exalta la libertad negativa (la no interferencia del otro en mi autonomía) anula la participación ciudadana, subestima la importancia de los movimientos sociales y la deliberación de la sociedad civil en la política nacional, y, en consecuencia, dificulta la solidaridad. El neoliberalismo considera al individuo-propietario como el motor exclusivo del desarrollo social. Restringe la definición de ciudadanía al rechazar las demandas organizadas de la población y el reclamo colectivo de derechos ciudadanos por considerarlos una amenaza a los ciudadanos individuales, en particular si son propietarios (Lynch 2005:88). (No es un azar que en las universidades empresa no exista representación estudiantil ante la asamblea universitaria ni tercio estudiantil ni centros federados). Por esto, no basta solo con una concepción “negativa” de la libertad “sino también ‘positiva’ (como posibilidad para el desarrollo personal, el ejercicio de deberes con la comunidad y el logro de condiciones para que la libertad sea factible)”. La libertad negativa al ser complementada en un sentido positivo “lleva al conjunto a preocuparse por la libertad de cada individuo y viceversa” (98). El neoliberalismo tiende a confundir individualismo y autonomía: ser autónomo significa tener la capacidad de actuar sin ninguna coacción exterior, pero no implica desentendimiento del otro; en cambio, el individualismo neoliberal aparta al sujeto y lo induce a la satisfacción egoísta al sumergirlo bajo el imperativo del consumo y del mercado. Por otro lado, si bien la individualidad tiene un valor inherente al de la dignidad humana, aquella es inseparable tanto del individuo como de la comunidad.

¿Qué otro motivo tiene el neoliberalismo —además de atomizar la sociedad y así impedir la participación colectiva— para desaparecer a las humanidades? ¿Por qué le son tan írritas? Por una simple razón: las humanidades son un campo fértil para el cuestionamiento, la crítica y la subversión de lo establecido. En contraste, el neoliberalismo privilegia lo utilitario, lo práctico y los resultados inmediatos (utilidades y productividad a corto, mediano y largo plazo; la lógica del costo-beneficio) a la vez que considera imprácticas, por no decir improductivas, a las humanidades, porque, supuestamente, no poseen una aplicación explícita. (Nociones como esta, ignoran el hecho que las civilizaciones más encumbradas de la historia universal alcanzaron un notable equilibrio en ciencias, artes y humanidades y no solo en una rama del saber). Esta forma de pragmatismo suele guiar la elección de una carrera profesional prestigiosa, en oposición a las no tan aclamadas humanidades. Estudiar una carrera que “dé buena plata” es el imperativo que guía a la gran mayoría de estudiantes en la actualidad. La estrategia ideológica consiste aquí en inhibir el espíritu crítico: un sujeto práctico no cuestiona lo establecido porque no busca explicaciones, sino que solo ejecuta instrucciones. La única cuestión que formulará, será el no encontrarle fines a los medios, lo que se evidencia en preguntas del tipo ¿para qué sirve la ética?, ¿para qué le sirve la antropología a un abogado? o ¿por qué un economista debe llevar dos años de estudios generales?

La disminución en la exigencia académica a los postulantes —de parte de las universidades empresariales— posee una finalidad práctica: aprovechar la demanda que no es absorbida por las universidades tradicionales. Progresivamente, los exámenes de admisión a las universidades nacionales y privadas más importantes de nuestro país se han flexibilizado con el objetivo de acoger a una mayor población de estudiantes que, cada vez más, las ven como una opción lejana y que demanda mucho esfuerzo en comparación a la inmediatez —en el ingreso y el egreso— que les ofrecen una amplia gama de institutos y universidades de cuestionable nivel académico: ingreso y titulación inmediatos previo pago de derechos en caja. ¿Y la investigación? ¿el trabajo intelectual? ¿la tesis? Para los mercadófilos de la educación serán meros obstáculos imprácticos que pueden superarse con la experiencia en el campo.

La consideración neoliberal acerca de la inutilidad de ciertos conocimientos que carecen de aplicación explica la nula o escasa presencia de las humanidades y de las ciencias sociales en los planes de estudios escolares y universitarios y la potenciación de las ciencias formales solo con un objetivo utilitarista. La consecuencia más inmediata y notoria de esto es la ausencia absoluta de espíritu crítico en los estudiantes frente al conocimiento recibido y la total indiferencia ante la realidad social circundante.

¿Por qué un joven —en un país donde el ingreso a la universidad es casi un ritual social a la altura de la confirmación o el matrimonio—se expondría a un exhaustivo examen de admisión en la PUCP, San Marcos o la Antonio Ruiz de Montoya corriendo el riesgo de no aprobarlo si con solo llenar un formulario y una carta de recomendación de su “miss” o “profe” del colegio bastaría para ingresar? Ubicarse dentro del tercio superior en la secundaria no representa una valla imposible de superar si tenemos en cuenta que los PRONOE y muchos colegios privados preuniversitarios tienen como consigna aprobar, a como dé lugar, a sus alumnos. Por lo tanto, debemos sospechar de la validez de sus tercios superiores.

Este tipo de filosofía educativa neoliberal evalúa el éxito en términos de resultados: más que el capital intelectual del alumno importa su eficiencia en la aplicación de los conocimientos obtenidos. El “¿para qué me sirve esto?” estará a flor de boca en los estudiantes universitarios cuya capacidad para cuestionar lo establecido se halle bloqueada por el pragmatismo. De seguro que si el secretariado trilingüe español-inglés-chino mandarín se pone de moda, implementarán la facultad “ad hoc” que transforme esa necesidad en la carrera del futuro.

Actualmente, las currículas de las facultades más solicitadas están condicionadas por las exigencias del mercado: las humanidades no son prácticas para la vida y, por ello, no se les necesita. Esta nefasta tendencia que alcanza su cúspide en la educación superior tiene sus raíces en los colegios preuniversitarios que asumen la educación primero como un negocio (o solo como eso) y luego, después o nunca como la formación integral del educando. Preparar para la vida significa para ellos transmitir información durante once años para afrontar un examen de admisión de tres horas: ¡qué objetivo tan mezquino!

La doctrina de “el fin justifica los medios” ha arraigado tanto en la educación peruana que las instituciones educativas empresariales no dudan en disminuir su nivel de exigencia (calidad de contenidos y de personal docente) con la finalidad de elevar el nivel de aprobación. El efecto de medidas como esta es inmediatamente tangible: mayor alumnado, mayores ingresos para la “empresa” y mejor infraestructura, pero no siempre más ingresos para el maestro y sí, vastas legiones de estudiantes conformistas frente al establishment.

Educación y cultura son, para el neoliberalismo, recursos útiles en tanto generen ingresos sostenibles, es decir, mercancías. De ninguna manera me opongo a que una institución educativa se fije metas económicas, ya que el mantenimiento de diversos proyectos, salarios e infraestructura requieren de un soporte económico seguro. Pero tampoco puedo avalar la idea de que los resultados estén por encima de los principios. La cantidad no siempre es un criterio confiable para tomar decisiones: los datos, cifras, y estadísticas son inútiles si es que no se las interpreta cualitativamente.

Los voceros del gobierno nos dicen hasta la saciedad que en la actualidad atravesamos un crecimiento económico inusitado; sin embargo, ello no se traduce en la vida cotidiana de los ciudadanos ni en donde se necesita una inversión agresiva, tanto o mucho más importante que ofertar tierras para la inversión privada. Me refiero a la educación. En el Perú, las universidades más prestigiosas no disponen de becas integrales de estudios de pregrado o postgrado. El préstamo ha reemplazado a la beca, lo cual motiva que el beneficiario, si bien accede a estudiar una carrera que en su momento no podría costear, simplemente postergue el compromiso de pago a futuro con los intereses de ley. Concytec financia, sobre todo, proyectos relacionados a la tecnología, pero no contempla a todas las ciencias humanas; tampoco el Estado peruano dispone de becas para la investigación en humanidades. Son las ONG’s, agencias extranjeras o los programas de estudios solventados por otros estados los que cubren ese espacio, pero no se evidencia una intención por fomentarlo desde aquí. En Ecuador —cuya economía en el panorama latinoamericano está rezagada respecto a la nuestra y cuya inestabilidad social no ha permitido aplicar una reforma económica profunda— la Universidad Andina Simón Bolívar ofrece exoneraciones, becas y una módica subvención para los estudiantes ecuatorianos y extranjeros que provengan de países del Pacto Andino. Entre las facilidades que ofrece está la residencia universitaria, alimentación y la posibilidad real de formar parte de la plana docente si se trata de estudiantes de postgrado. ¿Acaso esto es inviable en un país como el nuestro que acaba de ser catalogado como el primero en América Latina en desempeño económico , el segundo en competitividad y eficiencia de gobierno, y el más atractivo a nivel regional para la inversión privada?