
A veces tu vida viene a doscientos kilómetros por hora por una autopista amplia y llena de señales, por lo que unos kilómetros antes sabes si vas a doblar a la derecha, en esos casos te acomodas, miras tus espejos, pones tu direccional y efectúas la maniobra sin ningún efecto colateral, pero muchas veces vienes igual a una velocidad de bólido y se te acaba la carretera, y el fin es un enorme muro de concreto, no te dieron ningún aviso, no viste ningún cartel (o quizás solo lo ignoraste o de repente te saliste del camino conocido sin darte cuenta), el golpe te avisò. En esos casos solo te queda recoger los pedazos de tu auto, lo armas como puedes y te pones un curita en la fractura expuesta de tibia y peroné que tienes en la pierna derecha. Te subes a tu auto remendado y buscas en qué dirección ir.
Una vez que ya estás en camino puedes hacer muchas cosas, entre ellas llamar a otros autos para que te acompañen en este camino solitario hasta encontrar un pueblo donde te reconstruyan el auto y te curen las heridas, pero a veces no lo haces.
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Hace una semana mi empresa decidió meter a un grupo de nosotros a un curso que dicho sea de paso había estado esperando, dado que el tema me interesa sobremanera porque me ayudará en mi día a día.
La gran sorpresa llegó después, el curso era dos veces por semana y comenzaba a las siete y media de la madrugada y se dictaba (desde el punto de vista de donde vivo) al otro lado de Lima. Empece a renegar (con PMs y CSMs incluidos), mi lado dormilon consideró mas que impertinente el horario.
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