16/06/13: Acoger la Palabra y la Eucaristía

El evangelio de Lucas (7,36-8,3) nos cuenta la acogida que dan a Jesús un fariseo llamado Simón y una mujer NN de mala vida. Nos cuenta también la reacción de Jesús frente a la acogida de cada uno. Ambas cosas son muy ilustrativas y de aplicación múltiple. Es aplicable, por ejemplo, a la acogida que damos a la gente y a la acogida que damos al Señor, por ejemplo al recibirlo en la comunión. El evangelio nos habla también: 1. del poder divino que Jesús tiene y usa para perdonar los pecados; 2. de la predicación itinerante que hace yendo de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo; y 3. del grupo fiel de mujeres importantes que le acompañan -(cita a tres por su nombre)- y le ayudan con sus bienes. Es una pena que no haya espacio para comentar cosas tan interesantes.
La acogida que da Simón a Jesús es formal, interesada y mezquina. La de la pecadora, es cordial, entusiasta y generosa. Sin duda los dos han oído hablar de Jesús y han hecho lo imposible para estar con Él. Pero la razón que tiene cada uno y la manera en que lo trata son muy diferentes, así como es muy diferente el amor que le tienen. El fariseo no muestra ninguna simpatía por Jesús; todo lo contrario, y tanto que uno se pregunta por y para qué le invitó a su casa. La mujer en cambio es apasionada y pone su pasión en cuanto hace por Jesús. Se ve que lo quiere y que le está muy agradecida, tanto que no sabe qué más hacer por Él: llora sobre sus pies, los besa con amor, los unge con valioso perfume y se los seca con sus cabellos…
La reacción de Jesús en cada caso es también totalmente distinta y franca. Llama la atención al fariseo, que se ha portado como un malcriado y un malpensado, y alaba y bendecir a la mujer que se ha portado bien y ha pensado lo mejor de Él. Dándonos ejemplo, Jesús hará todo esto con prudencia y caridad, mediante una breve parábola que inventa para el caso y que les invito a releer (Lc 7, 41-47). La parábola termina con una pregunta inquietante, que el mismo Jesús responde, pero cuyo sentido (se refiere a la pecadora), los exégetas aún siguen analizando. Para nosotros, la respuesta de Jesús es consoladora y clara: Dios perdona mucho a quien ama mucho; y perdona poco a quien ama poco. Acto seguido y escandalizando (sic) a los fariseos presentes (y futuros), perdonó a la mujer. Vete en paz, le dijo después.
Aplicando todo esto a quienes, en el trato con la gente y/o en la eucaristía, acogen a Jesús en sus vidas, vemos que hay también dos clases de cristianos. Los que se parecen más al fariseo Simón: hacen el bien a medias y/o comulgan por cumplir, casi como una rutina o un deber, regateándole al Señor tiempo y cariño, pues llegan tarde y se van antes de terminar la misa. Y los que se parecen más a la mujer: comulgan apasionadamente y todo les parece poco para agradar a su Señor… Para ellos el amor es razón, forma y medida de todo. Que sea así para nosotros.

Por Antonio Elduayen Jiménez CM
La resurrección del hijo único de una viuda de Naím, se titula el evangelio de hoy, que nos trae Lucas (7,11-17). Nos presenta el lado humano y divino de Jesús y el drama muerte-vida de nuestra existencia. Ante todo el lado humano de Jesús, que Lucas, médico y humanista griego, tanto pone de relieve en su evangelio. Movido a compasión, en Cafarnaún acababa de hacer un “milagro a distancia” al servidor de un capitán romano y se había puesto en camino hacia Naím. Fue a las afueras del pueblo donde Jesús que va acompañado de los discípulos y de una gran muchedumbre de cafarnaunitas, se encontró con el penoso y triste cortejo fúnebre. A la viuda le acompañaba también una gran muchedumbre, sin duda la casi totalidad del pueblo, conmovido por su desgracia.
Debió ser emocionante cuando Jesús miró a la viuda con ternura y compasión y debió ser escalofriante cuando con gesto y voz firmes tocó el féretro, deteniendo el cortejó, y ordenando levantarse al joven. ¿¡Qué iría a pasar!? El muerto se incorporó y Jesús se le entregó a su madre, dice sobriamente Lucas. Y añade: un santo temor se apoderó de todos y alababan a Dios. Había entrado en acción el lado divino de Jesús, al que sólo acudía cuando quería dar algún signo (milagro o profecía) sobre quién era Él y el mensaje que traía. Significativamente es la primera vez que, en su Evangelio, Lucas llama a Jesús: Kirios (Señor), como sinónimo de Dios, de Salvador divino, vencedor de la muerte y dador de vida (Fil 2,9 +).
¿Fue casual el encuentro de Jesús con el cortejo fúnebre? ¿O fue intencionalmente buscado por el Señor? En este caso, Jesús que habría sabido de la muerte del joven y de la abrumadora desgracia de la pobre viuda, se conmovió y partió hacia Naim, pueblo cercano a Nazareth y que sin duda Jesús conocía. Iba decido a resucitar al muerto y a entregarlo vivo a la madre, dolido por la muerte intempestiva del joven y, aún más, por la soledad y el abandono en que quedaba la madre. Su corazón compasivo le movió a hacer el milagro. Pero le movió también su fastidio e ira (divina) contra la enfermedad y la muerte, obras del pecado.
Para nosotros la relación vida-muerte es un drama. Un terrible drama, que nos golpea y golpea a los nuestros. Podremos dar mil explicaciones y hasta justificaciones al hecho de la muerte, pero, vista desde la vida, no deja de ser el hecho más brutal. Sobre todo para quienes piensan que todo acaba con la muerte. A lo largo de su vida Jesús no dejó de sanar enfermos y de resucitar muertos (4, incluido el suyo). Supuesta su compasión, decimos que lo hacía para hacer ver que el Reinado de su Padre ya había empezado y que Él, Jesús, es el Señor. Ciertamente, pero también para acabar con la enfermedad y la muerte e iniciar una Gran Cruzada contra la cultura de la muerte y en favor de la Cultura de la Vida. Es lo que debiera ser Naim para nosotros.
SEGUIMIENTO, COMUNIÓN, COMPARTIR
Son las tres palabras-guía de la homilía del Papa en el Corpus Christi en Roma: “denles ustedes de comer” (Lc 9,13).Que sean también para nuestro Corpus Christi parroquial.
1.- Ante todo: ¿quiénes son aquellos a los que dar de comer? La respuesta es la muchedumbre, la multitud, que sigue a Jesús. Jesús está en medio de la gente, la recibe, le habla, la sana, le muestra la misericordia de Dios…Y la gente, con gozo, bendice al Señor. Esta mañana la multitud del Evangelio somos nosotros. También nosotros intentamos seguir a Jesús para escucharlo, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarlo y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.
2.- Demos un paso adelante: comunión o común-unión. ¿De dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos de saciar ellos mismos el hambre de la multitud? Nace de dos elementos: sobre todo de la multitud que, siguiendo a Jesús, se encuentra en un lugar solitario, lejos de los lugares habitados, mientras cae la tarde; y luego de la preocupación de los discípulos que piden a Jesús despedir a la gente para que vaya a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida (Lc 9, 12). Frente a la necesidad de la multitud, ésta es la solución de los apóstoles: ¡despedir a la gente! ¡Cuántas veces nosotros cristianos tenemos esta tentación! No nos hacemos cargo de la necesidad de los otros… Pero la solución de Jesús va en otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: “denles ustedes de comer”.
El ¿cómo es posible…? de los apóstoles no desanima a Jesús, que hace el milagro de la multiplicación de los panes y que da a los discípulos para que los distribuyan. Es un momento de profunda comunión: la multitud alimentada con la palabra del Señor, es ahora nutrida con su pan de vida. Y todos se saciaron, escribe el Evangelista. Esta mañana también nosotros estamos en torno a la mesa del Señor, a la mesa del Sacrificio eucarístico, en el que Él nos dona su cuerpo una vez más y hace presente el único sacrificio de la Cruz. Es en la escucha de su Palabra, en el nutrirse de su Cuerpo y de su Sangre, que Él nos hace pasar del ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. ¿Son así nuestras celebraciones eucarísticas?
3.- Un último elemento: “dar”, compartir. ¿Qué cosa comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son justamente esos panes y esos peces los que en las manos del Señor saciarán el hambre de toda la gente… Esto nos indica que en la Iglesia, pero también en la sociedad, existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: “solidaridad”, o sea saber `poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Esta mañana, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su cuerpo, se hace don. Así, también nosotros experimentamos la “solidaridad de Dios” con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, y que nunca termina de sorprendernos.

Claire Ly
Por Giorgio Bernardelli- Vatican Insider
Encontró al “Dios de los occidentales” a través de las duras pruebas de los campos de reeducación de Pol Pot, después de que los khmer rojos hubieran asesinado a su esposo y a su hermano (durante esa barbarie que entre 1975 y 1979 provocó la muerte de 2 millones de personas en un país con menos de 8 millones de habitantes). Es la historia de Claire Ly, que ahora llega al Festival Bíblico de Venecia para hablar de “Fe en diálogo: yo, puente entre las culturas”.
Puente entre culturas, porque la salida del camino tortuoso que ha recorrido esta mujer (que desde 1980 vive en Francia, en donde encontró el cristianismo) es una experiencia en la que el encuentro con Jesús se propone como un diálogo constante con las propias raíces budistas. Todo esto lo narra la misma Claire Ly en su último libro “El manglar”. Se trata de la narración de un viaje imaginario de Ravi y Somaya, dos mujeres camboyanas que viven el exilio en Francia y que vuelven a su país después de muchos años.
Ramy sigue siendo budista y Somaya abrazó el catolicismo. Dos mujeres que dialogan entre ellas y que recuerdan el drama que vivieron, en el que no es difícil reconocer la experiencia personal de Claire Ly, que se expresa eficazmente con la imagen del manglar.
«En el mal absoluto, el Dios de los occidentales se hizo presencia», escribe Ly. «Encerrada en el sufrimiento, no lograba dejar sitio para los demás. Hasta que Él no me hizo tomar consciencia de que todavía pertenecia a la humanidad. Durante dos años pasé mi tiempo insultando al Dios de los occidentales, porque lo relacionaba con el marxismo que arrolló a mi país: es una ideología que nació en Occidente, no en el mundo budista. Así, cuando los khmer rojos, al final de la “reeducación”, decidieron que había finalmente pasado de burguesa a compañera campesina, le dije al Dios de los occidentales: estoy aquí en silencio, ahora espero tus aplausos. Pero justamente entonces empecé a descubrir que ese silencio estaba habitado por Alguien».
Un recorrido que la llevó al Bautismo en 1983. Pero con la convicción de que sus raíces budistas no eran una experiencia accidental. «En Francia, por ejemplo, también en la vida cristiana encontré mucho ruido, muchas palabras –escribe. Así, mi alma budista me decía: vuelve al silencio, porque Jesucristo está más allá de nuestras palabras». Y después, la imagen del manglar: «como discípulos de Jesús estamos llamados a ser puentes entre culturas y tradiciones –concluye Claire Ly. Por lo demás, Jesús nos lo dijo: él nos espera en Galilea, es decir en la encrucijada entre las naciones».
02/06/13: Cuerpo y sangre de Cristo

Por Antonio Elduayen Jiménez CM
Corpus Cristi es el Jueves Santo celebrado en olor de multitudes. Porque ciertamente son multitudes las que se reúnen hoy en torno a la eucaristía (misa y procesión) en todas las catedrales del mundo. Con alegría y gratitud al Señor por el regalo de su presencia real entre nosotros, Él, que al mismo tiempo está sentado a la derecha del Padre… Y como signo eucarístico y de unidad fraterna eclesial. Por feliz coincidencia, este año y en el atrio de la catedral, a los miles de cristianos de siempre, se unirán las muchas delegaciones de los países hermanos, que han venido a participar del I Congreso Internacional sobre cómo proteger el futuro de las Familias del siglo 21. Siendo la eucaristía el corazón de la familia, han querido tener la clausura en este hermoso Día de Corpus Cristi y participar en su misa y procesión.
Estas multitudes, reunidas en torno a Jesús Eucaristía, son la continuación de aquellas muchedumbres que le seguían, buscando algún milagro que los sanase. Y a las que, para empezar, Jesús dio de comer multiplicando milagrosamente unos pocos panes, signo de la multiplicación de su cuerpo hecho pan de vida por nosotros. Es lo que nos cuenta el evangelio de hoy (Lc 9, 11b-17). El relato de la institución de la eucaristía -lo que siempre esperamos escuchar al celebrar Corpus Cristi-, nos lo transmite Pablo (1Cor 11,23-26), con la observación de que es una tradición que ha recibido y que procede del Señor. En esta tradición Jesús ofrece pan y vino, que convierte en su cuerpo y en su sangre, y actúa como un sacerdote no aarónico sino según el orden de Melquisedec (Gen 14, 18-20).
El conjunto de las lecturas nos presenta un Corpus Cristi muy humano, en el que priman el hambre del pueblo (milagro de la multiplicación de los panes), el amor misericordioso de Jesús (la compasión que le lleva a hacer el milagro), la participación de todos (alguien aporta unos panes, los apóstoles ayudan en el reparto, etc.), la expectativa que se origina (la gente pensando que proclamando Rey a Jesús está resuelto el problema del hambre, y Jesús entendiendo que ha llegado la hora de anunciar su gran e inimaginable promesa: la de darles a comer su cuerpo, pan de vida, que el que lo come nunca más tendrá hambre).
Es como, en gran medida, el evangelista Juan plantea y nos transmite la Última Cena, que con tanto amor preparó el Señor, y en la que el momento de suspenso es el lavatorio de los pies (la mutua ayuda) y el mandamiento nuevo del amor (amarnos como Jesús nos amó) (Jn 13, 4-15.34-35). Ciertamente Corpus Cristi (la eucaristía) es Pan de Vida para el camino, momento de encuentro comunitario y personal, gozoso e íntimo, con el Señor, memorial de su pasión-muerte y resurrección, etc. Pero exigen de nosotros un compromiso verdadero: tener hambre y comer con provecho su pan de vida, vivir en solidaridad y comunión verdaderas con los hermanos, hacer que la misa del Señor sea nuestra misa dando nuestra vida hasta derramar la sangre por los demás…
LA EUCARISTÍA: SIGNO DE UNIDAD
Una de las cosas más bellas y emocionantes de la misa (eucaristía) es la gente que participa en ella. Damos por descontado que tiene que haber gente y nos alegra el corazón cuando vemos que hay mucha. Más aún, si participa activamente en la misma (cantando, respondiendo, guardando las posturas debidas de estar de pie, sentado o de rodillas). Pero lo bello y emocionante no es exactamente eso sino el hecho de que estén unidos constituyendo una asamblea santa, presidida por el sacerdote. ¿Quién hace el milagro de ponerlos y estar juntos, sin distingos ni diferencias sociales o de edad? El rico junto al pobre, el sabio junto al ignorante, el anciano junto al niño, etc. A la comunión, que luego recibiremos, nos estamos preparando con esta común-unión de los fieles en la misa (y antes en casa y en la ciudad).
Decididamente, la eucaristía es, como dice San Agustín, “signo de unidad”. Y es bella y significativa la iglesia-comunión que ahí se expresa, la unidad que ahí se vive: Jesucristo, el sacerdote y los fieles en y como Asamblea Santa. Por donde se la mire la eucaristía, que exige la unidad de los creyentes para poder celebrarla, es unidad y crea unión. Claro que produce otros muchos efectos -(nos da fuerza para el camino, perdona los pecados, es germen de resurrección, etc.)-, pero el de la unidad es el más valioso y decidor. Significativamente, los mismos pan y vino salen de la unión de muchos granos de trigo y de uva.
La primera y más querida unión que produce la eucaristía es con Jesucristo. Tanto que nos transforma en Él, que es lo que quiso, cuando al celebrar la Última Cena instituyó la eucaristía y el sacerdocio (para que nunca falte la eucaristía). La parábola de la vid y los sarmientos (Jn 15, 1-6) y la oración sacerdotal de Jesús (Jn 17, 21), se refieren a esta unión con Él. Pero también a la unión entre nosotros, tan requerida y sin embargo tan olvidada. “El cáliz de nuestra Acción de Gracias (eucaristía), ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, por eso nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan (1 Cor 10, 16-17)
Para los cristianos y, en especial para los que tanto comulgamos, saquemos dos aplicaciones prácticas. La primera se refiere a la importancia de la unidad, de vivir unidos entre nosotros. Es lo que más ha querido el Señor. Lamentablemente, pareciera que es lo que menos queremos nosotros. La unidad, que es la otra cara de la caridad, no parece ser virtud de nuestra devoción. ¡Tantas familias y vecindarios y confesiones religiosas y países divididos! ¡El mundo siempre dividido! La otra aplicación práctica tiene que ver con nuestra actitud ante la eucaristía. Hablando en general, somos individualistas y subjetivos. Muchos van a su misa y reciben su comunión, olvidando que la misa es asamblea y la comunión unión con los hermanos.
No podemos participar y/o recibir la eucaristía sin entrar en comunión con los hermanos y sin comprometernos a vivir en paz y con caridad. Al respecto es sintomático que la oración que la Iglesia nos pide rezar, como preparación inmediata para la comunión, termine pidiendo la paz y la unidad para la iglesia. Literalmente, “que no mire nuestros pecados sino la fe de su Iglesia y que, conforme a su palabra, le conceda la paz y la unidad”, que son condición para acercarnos a comulgar.
26/05/13: A fuerza de fe

Por Antonio Elduayen Jiménez CM
Todo viene del Padre Dios y va a Él. Y viene y va en y con Jesucristo por la acción del Espíritu Santo. Es lo que con otras palabras nos dice el evangelio de hoy (Jn. 16, 12-15), en relación la Santísima Trinidad, cuya fiesta estamos celebrando. Dios es tres Personas: Padre, Hijo, que se hizo hombre en Jesucristo, y Espíritu Santo. Tres Personas, que son diferentes, pero que están a lo mismo: su comunión en el amor y el bien que hacen a los hombres… Para expresar todo esto los cristianos nos santiguamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Como señal de nuestra fe en el Dios Unitrino, que nos reveló Jesucristo; y como ofrecimiento de cuanto hacemos y nos disponemos a hacer, para que Él lo bendiga (desde la levantada en la mañana hasta nuestra oración antes de dormirnos, incluido el sueño).
Fuimos bautizados y nacimos a la vida divina en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y desde entonces somos trinitarios y entramos en una relación muy especial y marcada con cada una de estas tres Divinas Personas. Con cada una y con la comunión de las mismas, que llamamos Santísima Trinidad. Esta relación con la Santísima Trinidad es lo fundamental y específico del cristiano y de nuestra religión cristiana. Es lo que nos da identidad (como cristianos) e identificación (frente a las demás religiones). Es decir, es lo que marca trinitariamente nuestra vida (la oración, la vida espiritual, el comportamiento en el mundo, etc.), y es lo que nos diferencia de todos los otros credos.
Ser cristiano es creer que Dios es uno en naturaleza y trino en Personas, las que, según nos enseñó Jesús, llamamos Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mt 28, 19). No creer esto es no ser cristiano, aunque se crean otras cosas sobre Cristo. (Es el caso de los Testigos de Jehová y de los Mormones). Creer esto es ser cristiano. Por eso, respetando la fe en Dios de todos los hombres, nos esforzamos en llevarlos al conocimiento del Dios que Jesucristo nos reveló (Jn 17,3). Respetamos la fe de cada persona, pero no aceptamos el relativismo de quienes dicen: qué más da, con tal de que crean en Dios... Es bueno que crean en Dios, pero no basta, tienen que creer en el Dios verdadero.
Les decía antes que para ser y actuar como cristianos tenemos que vivir refiriéndolo todo al Padre, al Hijo Jesucristo y al Espíritu Santo. Y practicando el ser uno en la diversidad y el actuar como equipo (uno para todos y todos para uno), como pasa en Dios Trinidad. Lamentablemente muy pocas veces vivimos así, por lo que en la práctica nos diferenciamos muy poco de los no cristianos. Veamos el caso de la oración. Para que una oración sea cristiana tendrá que dirigirse al Padre Dios, en Jesucristo, por medio del Espíritu Santo. Sin estas referencias, explícitas o implícitas, nuestra oración será como la de un musulmán o la de un budista… ¿No será por eso que oramos y oramos y no pasa nada? Hagamos la prueba de orar como cristianos.
21/05/13: San Juan Bautista de La Salle

Era el primogénito de una familia acomodada que vivió en Francia hace 400 años. Juan Bautista de La Salle nació en Reims, recibió la tonsura a la edad de 11 años y fue nombrado canónigo de la Catedral de Reims a los 16. Cuando murieron sus padres tuvo que encargarse de la administración de los bienes de la familia. Pero, terminados sus estudios de teología, fue ordenado sacerdote el 9 de abril de 1678. Dos años más tarde, obtuvo el título de doctor en teología. En ese período de su vida, intentó comprometerse con un grupo de jóvenes rudos y poco instruidos, a fin de fundar escuelas para niños pobres.
En aquella época, sólo algunas personas vivían con lujo, habia muchas personas ricas y poderosas pero había muchos mas pobres. La gran mayoría vivía en condiciones de extrema pobreza: los campesinos en las aldeas y los trabajadores miserables en las ciudades. Sólo un número reducido podía enviar a sus hijos a la escuela. La mayoría de los niños tenían pocas posibilidades de futuro. Conmovido por la situación de estos pobres que parecían "tan alejados de la salvación" en una u otra situación, tomó la decisión de poner todos sus talentos al servicio de esos niños, "a menudo abandonados a sí mismos y sin educación". Para ser más eficaz, abandonó su hogar en Reims y se fue a vivir con los maestros, renunció a su canonjía y su fortuna y organizó la comunidad que llamamos Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Su empresa se encontró con la oposición de algunas autoridades eclesiásticas que no consideraban adecuada una nueva forma de vida religiosa, una comunidad de laicos consagrados ocupándose de las escuelas "juntos y por asociación". Los estamentos educativos de aquel tiempo quedaron perturbados por sus métodos innovadores y su absoluto deseo de gratuidad para todos, totalmente indiferente al hecho de saber si los padres podían pagar o no. A pesar de todo, De La Salle y sus Hermanos lograron con éxito crear una red de escuelas de calidad, caracterizada por el uso de la lengua vernácula, los grupos de alumnos reunidos por niveles y resultados, la formación religiosa basada en temas originales, preparada por maestros con una vocación religiosa y misionera a la vez y por la implicación de los padres en la educación. Además, de La Salle fue innovador al proponer programas para la formación de maestros seglares, cursos dominicales para jóvenes trabajadores y una de las primeras instituciones para la re-inserción de "delincuentes". Extenuado por una vida cargada de austeridades y trabajos, falleció en San Yon, cerca de Rouen, en 1719, sólo unas semanas antes de cumplir 68 años.
Juan Bautista de La Salle fue el primero que organizó centros de formación de maestros, escuelas de aprendizaje para delincuentes, escuelas técnicas, escuelas secundarias de idiomas modernos, artes y ciencias. Su obra se extendió en Francia, y por todo el mundo.
Fue beatificado en 1888 y canonizado el 24 de mayo de 1900 por el Papa León XIII. En 1937 sus reliquias fueron trasladadas a Roma. El 15 de mayo de 1950, el Papa Pío XII lo nombró patrón de los maestros.
Fuente: Wikipedia.
19/05/13: Ven Espíritu Santo

“Espíritu Santo” es el nombre propio de la Tercera Persona de Dios Trinidad. El Padre y el Hijo son también e igualmente espíritu y santos, pero Espíritu Santo llamamos sólo a la Tercera Persona (Mt 28,19). Y la llamamos así (Espíritu Santo), para recordar que es una Persona Divina, tan real Persona Divina como el Padre y el Hijo. Lamentablemente, casi lo hemos olvidado y, lo que es aún peor, casi hemos olvidado que existe. Quizá porque siendo Espíritu no lo vemos ni sabemos qué hacer con Él (cómo tratarlo). Algunos hasta lo confunden con alguna de las fuerzas que animan y mueven nuestro mundo. Pero, atención, porque teniendo en sí mismo toda la fuerza del mundo y siendo la fuerza de todas las fuerzas del mundo, aún la cósmica, no es una fuerza sino una Persona...Divina, a diferencia de nosotros que somos meras personas humanas.
Para nosotros, lo más maravillosos del Espíritu Santo es que siendo tan grande en sí mismo y en relación con el Padre y el Hijo, siendo el Protagonista actual de la Obra del Padre (la Creación) y del Hijo (la Redención salvadora), su delicia es estar con los hijos de los hombres (Prov. 8,31). ¡Qué bueno si nuestra delicia fuera estar con Él! Debiera ser un privilegio y un gozo poder estar e intimar tanto con una Persona así. Don del Padre y del Hijo, es el mayor de los regalos que nos hizo Jesucristo (Jn 16, 7). Pero además son muchos los otros regalos que nos vienen con él, regalos que llamamos carismas, dones y frutos. Él, su Persona Divina, es el Don de los dones. ¡Dulce huésped del alma!
¿Qué hacer para que el Espíritu Santo se sienta a gusto en y con nosotros? Ante todo intimar con Él. Luego ponernos por entero a su disposición (Ef 4,30), siendo dóciles a sus inspiraciones, como lo fueron Jesús y María y lo han sido todos los santos. Sobre todo en estas tres tareas,que tienen que ver con Jesús y su misión: 1. Hacernos cada día mejores cristianos (= discípulos misioneros del Señor) (Jn 14, 26; 16,13). 2. Reivindicar y glorificar a Jesucristo (Jn 15, 26; 16, 8-11); y 3. Poner todas las cosas a los pies de Jesucristo (Jn 15, 27;Ef 1, 10). Según el evangelio de hoy (Jn 20, 21-23), estas tres tareas implican vivir una vida cristiana en comunión y misión con la Iglesia, como agente principal del Espíritu.
De las tres tareas, la que aquí y ahora más interesa e incumbe al Espíritu Santo, es hacer cristianos de todos los hombres. Con Jesús como fuente y modelo, el Espíritu Santo inspira, acompaña, ayuda y culmina la conversión a Cristo. Es su tarea, la que desarrolla con el máximo respeto a la libertad de cada uno. Presentándonos a Jesús como el modelo de ser humano querido por el Padre Dios, nos va tallando y puliendo hasta que el parecido se note en nosotros. Para ello echa mano de cuanto fue y nos dejó Jesús: su Palabra, su ejemplo de vida, los sacramentos, su Pasión-Muerte y Resurrección…A nosotros nos corresponde colaborar más con el Espíritu Santo.
12/05/13: Día de la madre
Por Antonio Elduayen Jiménez CM
Se ha dicho que una madre tiene algo de Dios y mucho de ángel. Tiene de Dios el enorme poder de dar vida humana y tiene de ángel el maravilloso don de cuidarla y de hacerla crecer. Ambas cosas con un amor incondicional, que va más allá de todo interés y resultado. Hay quien dice que en el hijo la madre se ama a sí misma y se torna egoísta y posesiva… Hay casos así, sin duda, como los hay de madres desnaturalizadas. Pero son la excepción que confirma la regla. La regla y lo cierto es que el amor de la madre es ejemplo y símbolo de cómo debiera ser el amor del ser humano: abnegado y paciente, generoso y gratuito, incondicional y constante… Es quien mejor cumple las características del amor, según San Pablo (1 Cor. 13, 4-6).
Significativamente, el Día de la Madre es, como el Día de Navidad, uno de esos días en los que nos sentimos buenos, con ganas agradar y de hacer el bien. Ciertamente todos los días del año son Día de la Madre, pero está muy bien que exista un día especial, en el que, haciendo un alto en el camino, si está viva la entronicemos y la convirtamos, con cariño, en Reina por un Día. Y si ya partió la recordemos con amor y hagamos del recuerdo una oración al Señor.
¡Es tan fácil hacer feliz a la madre cualquier día, aunque más su día! Un beso, una oración, un detalle, una llamada, una promesa... Ciertamente, no se necesita mucho para hacer que se sienta feliz, pues la madre nunca pide mucho; es siempre mucho más lo que da. Ver o sentir a los hijos juntos y en paz, a su alrededor, es sin duda el colmo de su dicha. Otra cosa que la madre aprecia muchísimo -y que nuestra piedad filial lo intuye y nos lleva a dárselo-, es acompañarla a la Santa misa… (¿Sabía usted que el Día de la Madre es, con la Navidad, el día del año en que los católicos más van a Misa?)
Alguien ha propuesto que al Día de la Madre se le añada como subtítulo “Día del Buen Hijo y del Buen Esposo”. Qué hermoso sería si, al menos en este día, junto con festejarla, reconocemos sus méritos, exaltamos sus virtudes, excusamos sus fallas, pedimos perdón, reparamos nuestras faltas, prometemos cambios y... ser siempre unos buenos hijos y un buen esposo.
Amor, gratitud y ayuda, son nuestros deberes para con las madres. Expresan desde luego las actitudes fundamentales que todo hijo bien nacido debiera sentir y tener para con su madre. Coincidentemente, son las actitudes que las madres más sienten y tienen para con sus hijos. Sobre todo el amor. Lo dan todo con generosidad total, gratuitamente, sin esperar nada a cambio. Es por ello que la madre es lo más parecido a Dios, que, según San Juan, es amor y nos amó primero… (1 Jn 4,8 y 10). Decididamente, la madre es amor y fue ella quien nos amó primero. Con un amor entrañable, generoso y benevolente. Con un amor que nos ayudó, primero a existir y, luego, a crecer y realizarnos, sin reparar en cansancios y el desgaste de su vida.
Desde esta perspectiva del amor oblativo, parece justo que, en este Día de la Madre, felicitemos también a esos cientos de miles de mujeres que llamamos “madres espirituales”, tías, abuelas, y sobre todo religiosas a las que todo el mundo llama Madres. Y que las pongamos bajo la protección y la inspiración de la Virgen y Madre María, en cuyo Mes celebramos significativamente, el Día de la Madre.

La Ascensión del Señor, que hoy celebramos, junto con el Día de la Madre, es el nombre que damos a la glorificación de Jesús. La cuentan Marcos y Lucas, que le dedica dos relatos: uno breve cerrando su evangelio (Lc 24, 46-53) y otro más largo abriendo el Libro de los Hechos o Historia de la Iglesia (He 1, 3-11). “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre…”, es cómo el Credo de los Apóstoles describe la glorificación de Jesús. Una manera popular de decir que fue llevado a la gloria del Padre, quien le dio todo poder en el cielo y en la tierra. Esta glorificación de Jesús, es sin duda la consecuencia más importante de su Ascensión -para Él y para nosotros, pues su ascensión al cielo garantiza la nuestra. Es también la condición previa para poner en macha la Iglesia “hasta los confines de la tierra” (He 1,8). Veamos otras consecuencias.
1. de repente y sin quererlo, los apóstoles -la iglesia que Jesús fundara- (Mt 16, 18-19), obtienen mayoría de edad. Hasta entonces habían sido e ido siempre como niños, de la mano del Señor, dependiendo por entero del Maestro. ¿No es lo que aún nos pasa a nosotros, haciendo que la Iglesia parezca más niñera que madre? Sin iniciativa, sin madurez personal y grupal, como esperando que Jesús siga haciéndolo todo… Es el primer impacto que sufrieron los apóstoles, que se quedaron absortos viendo desaparecer al Señor, hasta que reaccionaron o, mejor, un par de ángeles les hicieron reaccionar y asumir sus responsabilidades (He 1, 10-14). Inesperadamente se habían quedado solos: ahora les tocaba a ellos…
2. de repente y sin quererlo, se dan cuenta de que la misión de Jesús está en sus manos y que debe continuar. ¡Tremenda misión! Recordando el mandato del Señor, tendrán que asumir la tarea de ser sus testigos (He 1,8), de ir por todo el mundo y de anunciar la Buena Nueva a toda la creación… (Mc 16,15). Es lo que hicieron y brillantemente. Pero es lo que aún no hacemos nosotros. Nos cuesta aceptar que somos los continuadores de la obra de Jesucristo y de Jesucristo mismo, y que cada uno y todos juntos, tenemos un deber que cumplir. Actuamos como si la evangelización del mundo correspondiera a otros, a los misioneros, a los obispos…
3. de repente y queriéndolo, el Espíritu prometido por Jesús iba a llegar a ellos. No sabían muy bien de qué se trataba, pero sí confiaban plenamente en Él, pues Jesús les había asegurado que con Su Espíritu todo les iría mejor (Jn 16,7). Sería el gran regalo de Dios Padre, que les recordaría las cosas que Él les había enseñado, les llevaría por el camino de la verdad, sería su Consolador y Defensor, iría delante de ellos dando testimonio a favor de Jesús y los haría testigos creíbles y eficientes del Reino... Los apóstoles se dieron ánimo y regresaron a Jerusalem, donde, junto con María, se pusieron a pedir y esperar la llegada del Espíritu Santo (He 1, 14).
05/05/13: María, madre de Dios

Por Antonio Elduayen Jiménez CM
Continuando con las instrucciones de Jesús a sus apóstoles, en su despedida después de la Última Cena, Juan (14, 23-29) añade tres de la máxima importancia. Están relacionadas con el Mandamiento Nuevo del Amor, del que nos habló antes (Jn 13, 34-35) y que vimos en el evangelio del domingo pasado (HP 423). Son: 1, la Santísima Trinidad, que habitará en nosotros; 2, el Espíritu Santo que el Padre Dios va a enviarnos en el nombre (a pedido) de Jesús; y 3. La paz, shalom en arameo, que es sinónimo de plenitud, armonía y felicidad, y que es el resultado de nuestra unión con Dios y comunión con el Espíritu.
El referente de todo lo dicho es el amor (el Mandamiento del Amor), pero antes de proseguir Jesús nos advierte que se trata del amor verdadero. No del montón de cosas. que nosotros llamamos amor, sino del amor que se concreta y manifiesta en el cumplimiento de los mandamientos del Señor. Quien guarda mis mandamientos, dice Jesús, es amado por el Padre, recibe el Espíritu Santo y es inhabitado por la Santísima Trinidad. Al Espíritu Santo, de quien Juan habló ya algo en el c. 3 y va hablar bastante en los capítulos 15 y 16, Jesús llama Paráclito (Consolador y Defensor). Y será como su Memoria y Voz ante los discípulos (la iglesia), quien lo haga presente, recordándoles las cosas que les dijera y ayudándoles a sacar las consecuencias de fe y praxis para completar la doctrina de Jesucristo y de la Iglesia.
En relación con la frase “vendremos a él (tú, yo y nosotros) y haremos mansión en él, Jesús nos está hablando de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros: en lo más hondo de nosotros, primero, pero también dando fundamento y forma a los principios que mueven nuestra vida y sociedad. Por ejemplo, los principios de la unidad en la diversidad y del trabajo en comunidad (o equipo de trabajo). Esta breve referencia a la Santísima Trinidad es una de las muchas que se encuentran en el Nuevo Testamento (Mt 3 16-17; 28, 19; Juan 14, 16-17; etc.). Dada la importancia de la divina Trinidad en la Revelación cristiana, uno se pregunta por qué los cristianos no tenemos una vida más trinitaria. Fe, oración, vida interior, sacramentos, etc., todo debiera estar marcado y siendo expresamente realizado desde, con y para Dios Trinidad.
Respecto a la paz que nos da Jesús (Jn 14,27), digamos que es fruto del Espíritu, que habita en nosotros. El Señor la regala cuando, por nuestra forma de vida, nos hacemos merecedores de ella. La llamamos paz interior, pero nos lleva a vivir en plenitud y con serenidad, tranquilidad y dominio de nosotros mismos. También a construirla en el entorno y en la sociedad, prefiriéndola a cualquier otra solución. No es como la paz que da el mundo, que resulta del miedo a la violencia y la guerra, sobre todo en nuestros días, pero, como ciudadanos, sí nos toca trabajar por la tranquilidad en el orden y el bienestar externos, el consenso político entre partidos y/o entre estados (la ONU), etc.
María, mujer maravillosa
La Virgen María, según el Papa Francisco, en quince rasgos:
- Bajo su guía maternal nos conduce a estar cada vez más unidos a su Hijo Jesús.
- María nos da la salud, es nuestra salud.
- María es madre, y una madre se preocupa sobre todo por la salud de sus hijos, sabe cuidarla siempre con amor grande y tierno.
- Es una que mamá ayuda a los hijos a crecer y quiere que crezcan bien, por ello los educa a no ceder a la pereza -que también se deriva de un cierto bienestar – a no conformarse con una vida cómoda que se contenta sólo con tener algunas cosas.
- Es la mamá quien cuida a los hijos para que crezcan más y más, crezcan fuertes, capaces de asumir responsabilidades, de asumir compromisos en la vida, de tender hacia grandes ideales.
- La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto.
- Es una mamá además que piensa en la salud de sus hijos, educándolos también a afrontar las dificultades de la vida. No se educa, no se cuida la salud evitando los problemas, como si la vida fuera una autopista sin obstáculos. La mamá ayuda a los hijos a mirar con realismo los problemas de la vida y a no perderse en ellos, sino a afrontarlos con valentía, a no ser débiles, y saberlos superar, en un sano equilibrio que una madre “siente” entre las áreas de seguridad y las zonas de riesgo. Y esto una madre sabe hacerlo.
- Es una madre que lleva al hijo no siempre sobre el camino “seguro”, porque de esta manera no puede crecer. Pero tampoco solamente sobre el riesgo, porque es peligroso. Una madre sabe equilibrar estas cosas. Una vida sin retos no existe y un chico o una chica que no sepa afrontarlos poniéndose en juego ¡no tiene columna vertebral!
- María ha vivido muchos momentos no fáciles en su vida, desde el nacimiento de Jesús, cuando para ellos “no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2, 7), hasta el Calvario (cfr. Jn 19, 25). Y como una buena madre está cerca de nosotros, para que nunca perdamos el valor ante las adversidades de la vida, ante nuestra debilidad, ante nuestros pecados: nos da fuerza, nos muestra el camino de su Hijo.
- Jesús en la cruz le dice a María, indicando a Juan: “¡Mujer, aquí tienes a tu hijo!” y a Juan: “Aquí tienes a tu madre”(cfr. Jn 19, 26-27). En este discípulo todos estamos representados: el Señor nos confía en las manos llenas de amor y de ternura de la Madre, para que sintamos que nos sostiene al afrontar y vencer las dificultades de nuestro camino humano y cristiano. A no tener miedo de las dificultades. A afrontarlas con la ayuda de la madre.
- Una buena mamá no sólo acompaña a los niños en el crecimiento, sin evitar los problemas, los desafíos de la vida, una buena mamá ayuda también a tomar las decisiones definitivas con libertad.
- María es maestra de la verdadera libertad. Donde reina la filosofía de lo provisorio, ¿qué significa libertad? Por cierto, no es hacer todo lo que uno quiere, dejarse dominar por las pasiones, pasar de una experiencia a otra sin discernimiento, seguir las modas del momento. Libertad no significa, por así decirlo, tirar por la ventana todo lo que no nos gusta. La libertad se nos dona ¡para que sepamos optar por las cosas buenas en la vida!
- María como buena madre nos educa a ser, como Ella, capaces de tomar decisiones definitivas, con aquella libertad plena con la que respondió “sí” al plan de Dios para su vida (cfr. Lc 1, 38).
- Toda la existencia de María es un himno a la vida, un himno de amor a la vida: ha generado a Jesús en la carne y ha acompañado el nacimiento de la Iglesia en el Calvario y en el Cenáculo.
- María, la Salus Populi Romani, es la mamá que nos dona la salud en el crecimiento, para afrontar y superar los problemas, en hacernos libres para las opciones definitivas; la mamá que nos enseña a ser fecundos, a estar abiertos a la vida y a ser cada vez más fecundos en el bien, en la alegría, en la esperanza, a no perder jamás la esperanza, a donar vida a los demás, vida física y espiritual.
Queridos hermanos y hermanas, ¡qué difícil es, en nuestro tiempo, tomar decisiones definitivas! Nos seduce lo provisorio. Somos víctimas de una tendencia que nos empuja a lo efímero… ¡como si deseáramos permanecer adolescentes para toda la vida!
¡No tengamos miedo de los compromisos definitivos, de los compromisos que involucran y abarcan toda la vida! ¡De esta manera, nuestra vida será fecunda! Y ¡esto es libertad! Tener el coraje de tomar decisiones con grandeza.
04/05/13: Busco la santidad

Por Ysela Vega- Diario La República
El amor a Cristo ha fortalecido su espíritu, el que está incólume a pesar de las adversidades que trajo consigo el atentado delincuencial del que fue víctima hace diez años y que lo dejó postrado en una silla de ruedas, hecho que para el reverendo padre Edwin Santa Cruz Pérez significó un llamado para hacer el bien, purificar su alma ayudando a los que sufren carencias afectivas y a labrar su camino hacia la santidad.
Su carácter afable, jovial y un buen sentido del humor, el que demuestra en cada uno de sus actos y a todos, sin hacer diferencia de ningún tipo, han convertido a este religioso en uno de los predilectos de niños y menesterosos, los que dan testimonio de su paciencia y de la tranquilidad espiritual que transmite con solo dialogar; virtudes que comprobé al entrevistarlo en su morada, el seminario Santo Toribio de Mogrovejo.
Llamado divino
"Dios me hizo el regalo más bonito al acogerme en su rebaño como sacerdote", expresa Edwin de 39 años, quien a los 14 años descubrió su vocación sacerdotal en su natal Languden, caserío de la provincia de Santa Cruz (Cajamarca). Poco tiempo después sus hermanas Merly y Jovita Guadalupe le siguieron los pasos al unirse a la congregación Misioneras de Jesús Verbo y Víctima.
Nacido en el seno de una familia humilde y católica, en donde el cariño y la disciplina fueron la mezcla perfecta que lo motivó a servir a la iglesia. En 1993 dejó su pueblo para ingresar al seminario y tras ocho años de estudios, el 8 de diciembre del 2001, en la fiesta religiosa de la Inmaculada Concepción, el obispo de la Diócesis de Chiclayo, monseñor Jesús Moliné Labarta, lo ordenó sacerdote.
Recuerda que su primera misión como vicario la realizó en la parroquia Santa Lucía de Ferreñafe. Empero dos años después se le designó como párroco de la parroquia San Pablo en Incawasi y Sagrado Corazón de Jesús en Batangrande, sin saber que su destino ya estaba marcado, un atentado, cambiaría sus planes de vida.

"Perdónalo, Señor"
El 7 de marzo del 2003 llegó a Batangrande para evangelizar y propagar la palabra de Dios, sin embargo tres meses después, exactamente el 30 de junio, la fe y la fidelidad de Edwin a quien sus amigos cercanos de cariño lo llaman, "El padre incógnita", por no saber cómo reaccionará su organismo clínicamente las 24 horas, fue puesta a prueba al ser herido de bala por Henry Carrión Rueda, alias "Mono", en la carretera Chiclayo-Chongoyape a causa de la ambición para adueñarse de la motocicleta que conducía el sacerdote.
Sin que su sonrisa de esfume al recordar este triste episodio, me dice que debió fingir su muerte para salvar su vida. "Iba en la moto, cuando este hombre gritó: ¡Padre, padre! Yo creí que necesita apoyo, por lo que retorné hasta el lugar donde él estaba. Sin ningún remordimiento, esta persona me apuntó con el arma de fuego y me disparó.
Caí a la pista, pero estaba conciente de todo. El sujeto se acercó a mí para verificar si había fallecido, es por eso que lo simulé. De pronto, me arrastró hasta unos campos para abandonarme", afirma y agrega que es un milagro que esté vivo.
Santa Cruz continúa con su narración al afirmar que en ese momento, solo dos pensamientos abarcaron su mente, como es el perdón. "Le dije Señor si esa es tu voluntad la respeto, perdona a este hombre y a mí por cualquier falta que haya cometido. Me entregué a Jesucristo en cuerpo y alma", exclama.
Nuevas metas
Queda mucho por decir de este bondadoso clérigo, quien después de recobrar las fuerzas y sus ganas de seguir en la senda del bien, aún cuando padece de paraplejia flácida que le quitó la movilidad de sus piernas, está decido en continuar captando ovejas para el rebaño de Cristo para ayudar y comprender a quienes sufren de algún tipo de discapacidad.
"Cargo la cruz de nuestro 'Señor Amor', pues algo quiere de mí", exclama, antes de despedirse y agradecer todo lo que ha recibido del Creador.
28/04/13: Fe, esperanza y caridad

Por Antonio Elduayen Jiménez CM
El mandamiento nuevo del amor es sin duda lo más importante que Jesús nos dio en su despedida de los apóstoles después de la Última Cena. Nos lo transcribe el evangelista Juan (Jn 13, 34-35), casi al final del capítulo en el que tan originalmente nos habla de la última Pascua de Jesús (Jn 13, 1-38). Les recuerdo que los sinópticos prefirieron poner la despedida de Jesús en el día de su Ascensión al Padre, con las instrucciones últimas, que dio a los apóstoles antes de partir (Mt 28,18-20). Y que Juan convirtió esas instrucciones en cuatro largos e importantes “discursos” (capítulos 14, 15, 16 y 17), que les dio mientras iban caminando del cenáculo al huerto de Getsemaní.
Por tratarse de una despedida y por las circunstancias especiales que la rodearon (Jn. 13, 1-30), hubo conmoción y pena en los apóstoles. También en Jesús, que reaccionó pronto y les fue haciendo ver el lado positivo del acontecimiento, de lo que iba a pasar, según nos lo cuenta Juan, que estuvo allí. Este es mi momento de gloria, les dijo (y nos dijo), y el momento de la mayor gloria tributada nunca a Dios. Es por ello que el Padre Dios me va a glorificar y me va a sentar a su derecha en el cielo (Jn 13, 31-32). Por la cruz a la luz, solemos decir. Es cabalmente lo que le pasó a Jesús y lo que Él dijo: cuando sea levantado en la cruz (su pasión y muerte) seré exaltado por Dios (resurrección, ascensión y vida eterna para cuantos crean en Él (Jn 12, 32).
A los apóstoles -y a nosotros, que quedamos para Su venida -, nos dejó, salido de su corazón, el mandamiento nuevo del amor (Jn 13, 34-35). El amor que es vivir en comunión (ámense los unos a los otros); el amor que tiene en Jesucristo su fuente, modelo y término (ámense los unos a los otros como yo les he ha amado): y el amor que es la señal de ser discípulo de Jesús (por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos y a Mí me reconocerán como su Maestro). Gran y hermosa tarea la de vivir y enseñar a vivir así el amor. Como forma, estilo y estado de vida. Tal fue en Jesús y lo ha sido en los santos que, como San Vicente de Paul, han sido amor y han vivido para la caridad.
Lamentablemente, olvidando que la caridad es mucho más que una virtud que se pone en práctica de vez en cuando, la redujimos a hacer caridades (limosna y beneficencia). Olvidamos que la caridad (el amor) es el estado de vida del cristiano, quien, como decía San Vicente, debe vivir continuamente ocupado en la práctica real del amor o en disposición de ello. Y olvidamos que, como indicó Jesús, el signo distintivo de quien quiere ser su discípulo es que nos amemos y que la gente vea que nos amamos. Es decir, vivir la comunión. Al respecto Jesús hizo dos cosas: lavar los pies a sus discípulos y darse a sí mismo en comida, como eucaristía. Darnos a Dios en el servicio de los empobrecidos debiera ser lo que nosotros hagamos. Siendo comprensivos, solidarios y bondadosos con todos.
Santo Toribio de Mogrovejo…buen pastor del Perú
Toribio, que quiere decir “don de la vida”, nació en 1538 en un pueblito español de Valladolid. Hijo de una familia acomodada estudió y obtuvo el doctorado en filosofía y derecho. Como laico cristiano fue estudioso, serio y eficiente en el ejercicio de su profesión, piadoso, asceta, con un gran sentido de la justicia y un gran amor a los pobres. En su propósito y estilo de vida de laico, no entró el matrimonio. Sin duda había optado por seguir a Cristo célibe y por entregar su vida al servicio del prójimo por amor a Dios y a las almas.
Trabajaba en Granada como miembro laico del Tribunal de la Inquisición y tenía 41 años, cuando el rey Felipe II lo propuso al Papa Gregorio XIII para la sede episcopal de Lima, vacante por la muerte de su primer Arzobispo Fray Jerónimo de Loayza. Hubo antes que convencer a Toribio, quien en su humildad no se consideraba digno de tan alto cargo. Fue su hermana la que se encargó de convencerlo, haciéndole ver que era esa la voluntad de Dios y prometiéndole que le acompañaría al Perú. No fue tanto problema el hecho de que, por ser laico, tuviera que ser ordenado sacerdote y luego consagrado Obispo. Su preparación, su forma digna de vida y su experiencia en el trato de la gente, hicieron que fuera ordenado de sacerdote ese mismo año (1579) y consagrado obispo, al año siguiente, Entró en Lima el 12 de Mayo de 1581, después de haber desembarcado en Paita. El trayecto quiso hacerlo por tierra para ir conociendo a su gente y costumbres.
Tenía 43 años cuando empezó a estrenarse de obispo, pero lo hizo como si toda su vida lo hubiera sido. Los 25 años que lo fue, hasta su muerte en acción, fue siempre un obispo santo, inteligente y de una capacidad de trabajo sólo igualada por su celo apostólico, organizador, reformador y, sobre todo, Misionero y Pastor bueno e incansable… Cada uno de estos calificativos está avalado por una larga lista de hechos que asombra y abruma, y que evidentemente no caben aquí. Vio muy pronto la difícil relación Virreinato-Iglesia y la inicua explotación de los indios y negros (unos 100.000), a quienes amó y defendió siempre.
Lima era entonces y en lo eclesiástico, una arquidiócesis de reciente creación (1541), con 520 km de costa; y, desde 1546, sede metropolitana de una Provincia Eclesiástica con más de seis millones de kms2 y 5.000 kms de longitud, desde Nicaragua hasta Argentina. Su pastoreo produce vértigo, dándose tiempo para todo. Sólo en lo que hoy es el Perú y en sus dos primeros años de trabajo (1581-82), el joven arzobispo inauguró el III Concilio de Lima (1583), convocó el 1º Sínodo Limense e hizo su 1ª Visita Pastoral (Lima-Nazca-Huancayo). El famoso III Concilio de Lima daría como fruto tres grandes publicaciones, en quechua, aymara y español, a saber; el catecismo, el sermonario y el confesonario, que fueron el abc del naciente cristianismo.
Su 2ª Visita Pastoral duró seis años y cuatro su 3ª, en la que confirmó en Quives a Rosa de Lima (1597). El alejamiento prolongado de Lima le acarreó no pocas críticas de parte del Virrey, quien llegó a acusarlo al Emperador de que la Sede Arzobispal parecía Sede Vacante, pues el Arzobispo siempre estaba fuera… Evangelizando a los pobres y alejados del Perú, debió haber dicho mejor. Fue así, cómo, buen pastor de almas, le sorprendió la muerte: en Zaña (Lambayeque) en 1606, apenas iniciada su 4 visita pastoral. ¡Tenía sólo 68 años! Fue canonizado en 1726 por el Papa Benedicto XIII. Hoy, es el celestial Patrono de todos los Obispos de América Latina.






