¿Puede considerarse sano a un individuo sin afecciones biológicas evidentes pero que esté constantemente en tensión o postura defensiva durante su horario laboral? Por supuesto que no. Las dimensiones de la salud involucran aspectos como poder llevar una visa gozosa, capacidad relacional y pensamientos positivos.
Los aspectos de salud y enfermad están ligados a tres dimensiones según los nuevos y más amplios enfoques. Estas dimensiones son la individual, la social y la ambiental. Como Lettieri menciona: “El medio socioambiental y los cambios que en él se experimentan, ya sean estos bruscos o paulatinos, son interiorizados por las personas de tal manera que pueden llegar a configurar algunos aspectos importantes de su estilo de vida, su carácter, sus preferencias, etc. Sin embargo, el medio socioambiental no es un factor determinante del desarrollo de las personas. Desde una perspectiva evolutiva e interaccionista se considera que toda persona dispone de sus propios mecanismos cognoscitivos y sociales con los actúa sobre el medio” (Lettieri, 2008:2).
Pero, ¿qué tan complejos se vuelven los ambientes laborales escolares con todo aquello que allí converge? ¿Está el docente realmente preparado para entender y hacer frente a estas dinámicas?
Es ciertamente complicado percibir en la población actual de manera general actitudes saludables. Y del docente pudiera esperarse aún más de esto debido a la importancia e impacto de su persona en los educandos. ¿Pero es posible esto? ¿Forma parte del perfil del profesor tener este conocimiento de su salud y cómo preservarla?

Con esta última cuestión me refiero en sí a la misma formación docente, donde no se abordan los temas adecuados para lograr un perfil con énfasis en esto, o si en el proceso de selección y contratación llegan a considerarse este tipo de características saludables que le facilitaran una personalidad más eficaz para la enseñanza.
Tavárez hace un sondeo de los perfiles docentes de América Latina para hacer una comparación con las creencias reales, y en su reporte destaca que solamente un país (Panamá) define el perfil deseado como “un educador capaz de preservar y enriquecer su salud física, mental y social comprometido con los valores cívicos” entre otros aspectos que, prácticamente parecen excesivos. El utópico perfil del docente latinoamericano tiene fuerte tendencia a lo pedagógico, al conocimiento científico, a lo administrativo, a lo cívico y lo ético, pero a grandes rasgos el aspecto del conocimiento y metaconocimiento de la salud queda ignorado. “Como vemos son muchas las acciones tanto morales, científicas, de gestión y competencias personales que debe exhibir un docente cuando se gradúa y es colocado en su aula, ¿pero qué pasa luego con ese docente?, ¿quién lo apoya?, ¿quién le ayuda?, ¿quién lo supervisa o acompaña?, ¿qué investigaciones se hacen para verificar dicho perfil?” (Tavárez, 2005).
Todos los desafíos laborales que la docencia ofrece el individuo los enfrentará son sus propios recursos personales en una primer instancia; y en otra como parte del colectivo al que pertenece. La organización o escuela debiera pudiera gestionar entonces un capital cultural de la salud de sus miembros en promoción de la misma buscando mermar la fatiga residual y ese concepto multidimensional llamado malestar docente.
Se le llama fatiga residual aquel agotamiento que no ha podido tener una salida a manera de descanso con recuperación, y que por lo mismo se va acumulando con el paso del tiempo llegando a hacer que la persona se sienta cansada a pesar de las vacaciones o del posible ocio que esté en cierto momento disfrutando.
Por otra parte, la expresión del malestar docente “es considerada como la más inclusiva para describir los efectos permanentes de carácter negativo que afectan a la personalidad del maestro como resultante de las condiciones psicosociales en que se ejerce la función pedagógica de enseñar. Este término antes mencionado es el que ha podido nombrar el complejo proceso en el cual los docentes han ido expresando sus marcas subjetivas y corporales producidas en un proceso laboral soportado a costa de un importante desgaste y sufrimiento” (Lettieri, 2008:4). Dentro de todas las afecciones que llegan a caber en esta amplia expresión se encuentra el burnout.

A manera de cierre de esta entrega:
Si el colectivo docente en general, cada año continúa trabajando de la misma manera y percibiendo su persona, sus afecciones y sus relaciones como normales, poco a poco se estará entrando en un estado de salud difícil de entender y que traerá consecuencias en diversos ámbitos.
La salud docente es frágil por las condiciones laborales mismas y el contexto social que implica trabajar la enseñanza. Es hora de empezar a reconocernos como individuos cuyas competencias incluyan un estado de bienestar físico y mental; la gestión del estrés debe ser una parte obligada de toda organización escolar.
REFERENCIAS:
Lettieri, Adriana (2008). La salud del docente: Un docente sano como agente transmisor del concepto de salud. El Tercer Tiempo, Revista Digital para la Educación. Visitado el 28 de julio de 2009 en: http://www.eltercertiempo.com.ar/articulos/articulos-018.htm
Tavárez, Miledys (2005). ¿Perfil del Docente Latinoamericano: mito o realidad? Visitado el 20 de julio de 2008 en: http://www.educar.org/mfdtic/Documentos/perfildocente.asp
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