Archivos de agosto,2009

Historia de Sérvulo (última parte)

agosto 28, 2009
(viene de la parte seis)

"Soy yo", dijo Sérvulo. Rolando volteó sorprendido la vista. Vio al menor de sus hijos vestido con aquella túnica negra, la misma con que apareció el día que le entregó el cuerpo de Legardo. Sérvulo observó el epitafio, se rió con sarcasmo, y lo criticó: "la dádiva perfecta, llevado por la escoria. La verdad, esperaba de ti una mayor tristeza". Rolando se levantó y quiso abrazarlo, pero el príncipe desenvainó la espada y obligó al rey a ponerse en guardia. "Peleemos", retó el príncipe.

Sérvulo embistió al rey quien, con no poco esfuerzo, evitó el envión. Rolando aprovechó para mandar un golpe de puño al príncipe, que cayó al costado de la piedra lisa. Envalentonado, el rey pateó el arma del joven y levantó la suya en dirección al cuerpo de su oponente. Quiso dejarla caer, pero Sérvulo contuvo el ataque, y aplicó un par de patadas sobre las piernas del rey, haciéndole trastabillar y hundiendo la espada en el campo. El príncipe prosiguió su ofensiva, esta vez con puñetes sobre la cara y el abdomen de Rolando.

Por fin, cansado de la golpiza, el rey cayó pesadamente sobre el terreno y se quedó respirando agitado. Entonces, Sérvulo cogió su espada y la levantó. "No harás más daño porque ya no estarás", pronunció el príncipe, y antes que Rolando dijera algo, su cabeza rodó cercenada. Galías se acercó tranquilamente hacia el joven, quien empezaba a llorar. "Ya, hijo mío, no llores más", lo consoló el rebelde y agregó: "Tu madre estaría orgullosa de cómo la vengaste". Sérvulo lo sabía pero no olvidaba el sacrificio de Legardo.

"Acabaste con sus pecados y, en el camino, redimiste los tuyos", lo animó Galías. El príncipe, confortado, levantó su cabeza y miró al cielo que empieza a ocultarse. "¿Qué harás ahora?", le preguntó el rebelde. "El reino te lo puedes quedar. Sé que lo gobernarás bien", asintió Sérvulo. "En cuanto a mí", añadió, "es el tiempo de irme". El príncipe montó en su caballo y dio un rodeo por la lápida, aquella que siempre lo habría de recordar.

Historia de Sérvulo (penúltima parte)

agosto 14, 2009
(viene de parte cinco)

Al clarear el nuevo día, Jerzó, jefe de la guardia real, ordenó a sus hombres dirigirse al bosque de Galden. Cabalgando entre el ejército de a pie, aún no salía de su extrañeza al recordar las palabras de Rolando. "Causa el mayor número de bajas en los rebeldes", hizo un pequeño mutis el rey para luego añadir, "y no te preocupes por Sérvulo, es probable que también esté muerto". Al llegar al límite de aquel infierno verde, Jerzó ordenó a los arqueros disparar las flechas llameantes contra las copas de los árboles.

Los rebeldes empezaron a caer, muertos y quemados, desde lo alto y los que escapaban por tierra eran alcanzados por las fieras espadas. Con el factor sorpresa ejecutado, Jerzó y su guardia se internaron bosque adentro sin encontrar resistencia. Así fue como finalmente llegó al claro donde aquella nefasta noche tuvo lugar la muerte de Legardo. El jefe de la guardia se sorprendió de no encontrar rastro de los caídos en el terreno. Temeroso de haber sido emboscado, emprendió la retirada. En ese momento, una flecha silbó desde la espesura.

Parado frente al ventanal del aposento, el rey Rolando dirige su mirada hacia el horizonte. Uno de sus servidores le avisa, "acaba de llegar un mensajero". El rey asiente con la cabeza, callado y sombrío, su cabeza gira lentamente para ver a aquel que la noticia viene a dar. "Está hecho, mi señor. El rebelde ha sido vencido". Tras unos momentos de desolación sobre las sábanas de su cama, mojadas de la tristeza, el rey Rolando cambia de túnica y ordena al soldado: "llévame donde está el cuerpo".

Tras dos horas de viaje, el grupo se detiene. Cuerpos degollados, alcanzados por lanzas o flechas, nutren el campo de batalla. El mensajero lo guía hasta el cuerpo del líder rebelde, que envuelto está en túnicas negras. Constató el rey Rolando la identidad de su enemigo, y señaló al mensajero, "caven en la tierra". A los demás ordenó: "Busquen una piedra, lisa y rectangular, que guarde su memoria". Encontraron una piedra como la descrita en una cantera cercana, la pulieron apenas, y la entregaron al rey. Éste escribió un epitafio que siempre habría de recordar:

Sérvulo, Sérvulo,
he reservado para ti
el premio ansiado,
la dádiva perfecta.

La he adornado
con ocasión del triunfo
tuyo, imperecedero,
constante y memorable.

Ay Sérvulo,
lo has rechazado
como el mar a las olas,
como el sol a la noche.

Has dejado que se imponga
tu sinrazón y malicia,
que oscura refleja
la rebelde escoria.

Sérvulo, al exilio
hoy te tienes que marchar,
fuera de mi dicha y mi lumbre,
de mi vida y mi hogar.

"Déjenme solo", ordenó el rey. Tocó la piedra, y no pudo evitar llorar de nuevo. Fue entonces que, en el pasto de la tumba, una silueta humana se proyectó.

(continúa en parte final)

Historia de Sérvulo (parte cinco)

agosto 04, 2009
(viene de parte cuatro)

El rey vio llegar uno a uno a los pocos guardias heridos. No ver a sus hijos entre ellos le estremeció profundamente, y empezó a llorar. Pasada la medianoche, Rolando bajó de sus habitaciones y salió del castillo. Sólo quería mirar el negro fúnebre de aquella luna menguante. Absorto en sus pensamientos, no oyó llegar al reducido grupo de jinetes que se aproximó hasta donde estaba. "Soy Galías", habló el jefe del grupo, cuya cabeza estaba cubierta con la capucha negra. "¿Qué has hecho con mis hijos?", rugió el rey. Los rebeldes descargaron el cuerpo de Legardo y se lo entregaron a su padre, además de un envoltorio enrrollado.

Rolando se apresuró en abrir el envoltorio, encontrando el medallón dorado en forma de disco solar que le regaló a Sérvulo cuando apenas cumplió catorce. "Es la pueba de que tu otro hijo es mi prisionero", dijo el rebelde y agregó: "Si quieres que siga viviendo, me entregarás tu reino. Sólo así te lo devolveré". Rolando, doliente por la muerte de Legardo, gritó su desesperación, convirtiendo su deseo de venganza en incontenible. "Mañana, lo único que quiero es acabar contigo", sentenció el rey. El rebelde quedó un minuto quieto y luego, con la voz entrecortada, señaló a sus hombres: "Marchemos".

Antes de que pudiera avanzar, Rolando se le acercó y, tirando con todas sus fuezas, arrancó la capucha negra al rebelde. Silente en medio del terreno, Rolando observó aquel rostro y aquellas lágrimas que caían de su adversario, quien se alejaba ya raudamente. Porque, aunque hubiera creido todo lo que le dijo, nunca pudo imaginar que el mensajero que llamase Galías, no era tal. Abrazado al cuerpo de Legardo, volvió de nuevo a derramar algunas lágrimas. Llegado al castillo, ordenó al jefe de la guardia real: "Prepara a tus hombres. Mañana, hay un reino que salvar".

(continúa)