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Después de padecer un par de depresiones consecutivas, consecuencia directa de mi insatisfacción laboral (entre otros asuntos quizá), decidí probar la “ayuda terapéutica y profesional” de un psiquiatra. Digo, teniendo yo cuarenta y seis años de edad y casi veinte de vida laboral como docente, seguro había aspectos a tratar y corregir. Al menos eso pensé.

Del enorme libro de las páginas amarillas escogí a una mujer, con posgrado en algún pueblo de Cuba. No sé, pero me pareció buena idea eso. Cuando alguien me contactó para darme el nombre y número de un superexperto, yo ya tenía hecha mi cita y, por respeto y compromiso, no quise cancelarla.

Sentimientos de angustia, tremendo rechazo a mi lugar de trabajo y mis “colegas”, crisis de estrés por asuntos relacionados a fortalecer mi currículo así como percepción de un incremento de consumo en mi ingesta etílica eran esas señas que mi propia conciencia me alertaban. Pero debía esperar hasta el viernes, a las cuatro con treinta para que la doctora psiquiatra me conociera, y valorara.

Llegó la fecha y yo estaba contento. Me preocupaba la puntualidad y tuve que ir al cajero para completar los casi treinta y cinco dólares por hora que me cobraría. Cantidad que dadas mis condiciones económicas ya me parecía alta, pero ni modo. Todo por mi salud y la felicidad que conlleva esta.

Cuatro treinta puntual. Como siempre. Ella, ni sus luces. Sentado en ese edificio de especialidades ubicado en una zona popular y sucia de la ciudad.

Cinco minutos. Nada.

Diez, tampoco.

Bajé a preguntar qué pasaba. La sesión sería de sesenta minutos y, al menos pensaba que ya había perdido diez.

Le dije a la recepcionista lo poco profesional que me parecía el retardo y que dados los quince minutos de espera, decidía retirarme…Justo en eso llegaba la “doctora”.

Vestida como de domingo. Con aires de femme fatale dados los tacones ridículos que exhibían una pantorrilla demasiado fláccida y blanca. Con un look de alguien a la mitad de su edad; su pelo suelto al aire pero con un rostro duro que mostraba toda su arrogancia.

Entró al edificio y mirándome como con desprecio me dijo “¿tú eres?” (como si tuviera alguna patología vergonzosa) sin saludarme primeramente, y sin disculparse en segundo lugar por su excesivo retraso… “¡Sígueme!” dijo con un tono más arrogante.

A mí, ya me llevaba la chingada. Y eso no es nada bueno para la humanidad.

“¡Espérame aquí!” (¡Esta tipeja era una máquina de dar órdenes que no sabía ni saludar ni hacer conexión con alguien!)

Mis niveles de adrenalina ya estaban en límite bélico. Un estado psicorporal que me encanta porque me gusta sorprender de mil formas, cuando en eso me llamó. “Ahora sí dime, ¿qué te pasa?”

“Bueno, lo primero que me pasa es que no entiendo por qué llegó tan tarde” le dije y ni siquiera pude completar que el hecho de no saludar ni disculparse me había gatillado la furia (aunado a su look de hembra necesitada de compañía fálica y saciar sus frustraciones) cuando ella me dijo muy molesta que “el tráfico fue la causa”.

“El tráfico también a mí me afectó y yo sí pude llegar” respondí y tampoco me dejó continuar diciendo que ese detalle de su parte me hacía verla como alguien a la que Yo NO le importaba como persona… cuando me dijo “si no te parece puedes irte”.

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Feliz me alejé de ese esperpento carente de empatía y respeto hacia el prójimo. De esa pseudo ninfómana farsante que no se merecía escuchar mi problemática porque la vería con más desprecio del que ella siente por sí misma. Porque una mujer que se dice psiquiatra y se pasea como diva y acusa al tráfico de su mediocridad no vale 35 USD de terapia… ¡ni cagando!

Cierro este post presentando mi canción favorita No. 89: Ayúdame Freud
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Caminaba por la universidad cuando vi a Lalo y a Liz, ambos ahora con un evidente sobrepeso que no les conocía por tener unos cuatro meses de no haberlos visto. Me acerqué y, según yo, me vieron… pero me ignoraron por completo. Tan evidente se me hizo que me quedé a dos metros de distancia, esperando un "hola"… y finlamente nunca me hicieron caso (y eso que éramos muy buenos amigos).

Abel y Javier son compañeros de trabajo. De hecho yo pienso que entre ellos hay una relación homo. Uno es divorciado, el otro ni idea tengo (ni me importa). Me vieron presumiendo bíceps a una conocida en una pequeña fonda a escasos locales del trabajo. Ambos asumieron cara de molestia y se miraron entre sí. (Quizá me imaginaron haciéndoles trío, pero no son mi tipo.)

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Pocos, muy pocos, me dicen que me veo bien ahora. De hecho, parece que sigo pesando los quince kilos extras de hace tres meses. Mis pantalones se me caen. Necesito ropa nueva… pero nadie parece notarlo.

Mientras tanto, Toño, mi nutriólogo me dice que ofrezca sus servicios a “mis cuates”, a un precio de liquidación… pero nadie me pregunta nada. Porque nadie me nota nada. Porque nadie me dice nada. Porque todos se mueren en su propia y triste vida y, para acabarla con su evidente sobre peso. Pero la verdad, me vale madres todo lo que piensen o les pase; en todo el sentido de la palabra.

Yo sigo sin probar las tortillas ni probar el chicharrón.
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Lo leí por allí, y mi mente hizo imágenes que no existían hasta antes de la noticia:

Un camión de la Secretaría de Marina (Semar) volcó en la carretera México-Pachuca después de que un auto compacto lo envistió, lo que provocó la muerte de tres elementos y un civil.

Fuente: Vuelca camión en la México-Pachuca; mueren 3 marinos y 1 civil

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Bueno, suele pasar(NO?)s

Blog en defensa de la PUCP
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El que busca encuentra, famoso dicho popular y bien cierto. Cuando alguien –en verdad- desea contactarse con otro es fácil… y no se requieren las redes sociales.

Me llamó Alejandro, como veinticinco años después de la última vez que platicamos. Me sorprendió su llamada, a mi casa… porque nunca pensé que alguien de las tres personas que generalmente me llaman (y las únicas que según yo, conocen mi número) pudieran estar relacionadas con él.

Me contó que gracias al Facebook (¡Guácalas!) la generación de la Secundaria (¡Ay Dios!) están comenzando a reunirse treinta años después… (Eso me dejó conmocionado, ¿para qué mierdas?)

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Bueno, nunca he sido dado a las nostalgias, y de todos mis compañeros de la Secundaria fue Felipe –el cual murió de manera demasiado extraña- el único que en verdad me hace recordar esos días de tanta inmadurez, tonterías, sueños bobos pero abundante diversión y aventuras bizarras. Y Felipe, con su gran corazón (y más grande y fea nariz) era una razón fundamental para recordar y desear volver a vivir mi época de colegial. Pero él ya no está.

No me atreví preguntarle a Alejandro de dónde sacó mi teléfono, ya que al ser yo relativamente nuevo en la ciudad y más nuevo con ese número no me explicaba de dónde lo consiguió. Pero como sé bien que el que busca encuentra me hice de interesantes hipótesis: quizá él trabaja para la policía, o fue a mi antiguo barrio y quizá alguien le dijo (jajaja)… porque yo NO tengo Facebook (y allí me han dicho han surgido todas esas absurdas ideas de mis excompañeros de hacer la gran reunión e ir con sus familias y decir “esta es mi esposa y estos son mis hijitos y este es mi perrito”).

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Tampoco quise decirle al bien educado Alejandro que si la reunión era en Starbucks Coffee y no en el asqueroso burdel El King Kong MENOS me interesaba ir para a ver a mis excompañeras Fulana, Megana y Macana de las cuales en verdad no recuerdo nada y quizá ahora estén bien obesas. Sin embargo, para no ser un total aguafiestas (not Water-party) me tomé la molestia de invitar a dicha cariñosa e ingenua reunión a mi todavía compañero de secundaria (y cómplice de brutales borracheras y discusiones absurdas) Luis E.B. y mi otro entrañable (aunque bastante envejecido) Alberto el Picapiedra.

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El Pica dice:
"¿Qué? ¿Una reunión de ancianos de la era cavernícola? Bueno, ¡iré!"


No sé si ellos fueron la verdad, como ya no tengo Facebook para ver las lindas fotos de reuniones, ni lo deseo (aunque sueño con una cuenta con nombre ficticio en la futura Google +).

¡Salud ex compañeros! (You will Forget about Me)
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Hace como seis meses fui a consulta médica a un consultorio de una enorme cadena de medicina genérica; este servicio tenía un precio de menos de tres dólares ($ 30,00 pesos mexicanos). Llevaba dos asuntos de preocupación; una hinchazón en mi pie izquierdo y unas escoriaciones en mi pie derecho.

Pues la mediocre frustrada inútil acomplejada doctorcita bruta que me atendió, aparte de burlarse de mi condición de docente -argumentando que seguramente mi vida era alcóholica y sexualmente escandalosa, como el amante ese que quizá tuvo y le robó tanto la plata como el corazón- me aseguró en mi extremidad izquierda manifestaba un serio caso de "gota" (ácido úrico) y me mandó hacer análisis sanguíneos y hasta un electrocardiograma... El lado derecho por su parte, mostraba evidencia que, en cierto momento, pude tener un tipo de herpes pero que ya "iba de salida".

Por supuesto que la estúpida esa, de nombre Hermelinda y con ridiculísimas sombras en esos ojos con los que descaradamente me coqueteaba, no le chancó a ninguna de las dos situaciones. Mi química sanguínea salió perfecta (a pesar de "mi vida escandalosa etílica de docente"), y, ese mentado herpes del bye-bye no era más que un hongo alojado entre dos dedos de mi pie...
¿Serán así?

Durante ese tiempo, andar en sandalias y argumentar no poder beber ron o tinto por estar ingiriendo fungicida fue un periodo depresivo, un motivo de vergüenza. Los hongos en los pies, a mi juicio, siempre me parecieron algo tan lejano, tan bajo y ajeno a mí (esta fue la segunda experiencia en mis 45 años de vida). Los hongos eran algo para otro tipo de gente; social, geográfico y laboral. Equivocado estaba.Han pasado meses de ese hecho, cuando me tocó otra situación que también terminó afectando mi estado moral y emocional: empecé a recibir correos de dos de mis propias cuentas de hotmail... ¡Sí! Mi nombre visible en la bandeja de entrada en un mail "sin asunto", software maligno evidente e instalado en alguna parte de mi disco duro.

Mi super Suite McAfee, ese programa preinstaldo en mi lap y que nunca, pero nunca ha detectado nada me insistió que mi equipo estaba fuera de peligro. Pues quizá este virus no iba a dañarme nada, pero el hecho de ver como varias veces al día, quizá cada vez que me conectaba, desde mi equipo enviaba mails a todos mis contactos NO me agradaba en absoluto. Así que adiós McAfee (con sus dieciséis meses gratuitos).

Un antivirus Panda (trial) detectó ocho perniciosas cookies las cuales -según- eliminó... Pero mis mails seguían llegando a mis amigos y, hasta un reclamo telefónico tuve de un inexperto que en verdad creyó eran reales.

Busqué ahora en los foros del internet buscando soluciones, las cuales se limitaban a "utiliza este antivirus" y ya.

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Finalmente, un versado de la computación me dijo que tenía seguramente cookies instaladas en mi navegador, en mi caso, Mozilla y que tenía que eliminarlas y me sugería cambiar mi pass en mis cuentas. Así que adiós Firefox Mozilla y me fui con el Explorer, al menos por un rato. Mi pass de florecitarockera ahora es burbujitasexy69 y, al parecer, el asunto se ha solucionado....

Ahora ando orgullosamente vestido con mis sandalias, y cuando entro a mis cuentas de correo, veo cantidad de mails "sin asunto" que vienen de tantos otros que tienen un problema semejante.
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¡Ay Dios! El Chichamercio y su carácter crítico no deja de sorprenderme.

Dan la noticia de la imagen de un ovni (supuestamente) confirmada por la NASA, entonces, yo veo la foto... y me quedo estupefacto.

No necesito ningún filtro para decir que la imagen es lo más boba del mundo, ¿cómo vas a hacer una captura de algo raro con la luna a un lado? (Si sabes un poco de ténica y composición es fácil ver que sería bien complicado). Y sueltan "la primicia".

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Al otro día: ¡Fíjate que siempre no!

JAJAJAJA. (Nunca ha estado en mis pasiones retratar OVNIS, aunque haya visto en alguna ocasión)
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Estoy absolutamente enganchado con Lie to me (Temporada 2) a un grado severamente patológico. De hecho, ya tuve un problema –que dicho sea de paso, no llegó a más- por sentirme Cal Lightman en mi vida cotidiana. Y si bien tuve la razón en mi juicio, en lo ético estaba rebasando mis límites por mucho.

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Lo anterior me trajo una resaca introspectiva que me hizo re-ubicarme en mi realidad no psicológica Eikmaniana, y, me hizo alejarme de la serie más de una semana completa. Claro, luego regresé, admirando los capítulos más y más complejos (a ese ritmo no concibo una cuarta temporada) y de pronto; ¡ZAZ! Un capítulo donde dizque sus personajes son hispanohablantes, y mucho peor aún; peruanos.

Digo, o sea, una super serie no debería escatimar budget en locuciones extrañas. Es más, para los “super papeles” que le dejan a la sangre prieta en los roles de Jóligud deberían buscar en the inmigrant market gente sin previa experiencia y no nacidos en el Bronx o pochitos de quinta categoría…

Pero la historia me fue más asombrosa; un senderista va a matar a un street fighter a Washington D.C. por una onda medio increíble, ¡jajajajajaja!

Lo malo de lo bueno es que Lie to me es mi serie favorita… sin importar que sus “roles peruanos” se vean más fingidos que una manzana negra de carne blanda y sabor empalagoso, ¡juar juar juar!

Véase Headlock
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Pues iba salir en las Fechas Patrias hacia algún bello destino dentro del Perú. Recuerdo bien que un conocido, profesor de Turismo de la UCV me dijo “toma X empresa” pero mi amigo Pedro se sintió “discriminado” por los comentarios secos de una empleada de ésta aunado a precios de temporada alta me convenció de buscar alguna otra opción.

Él no iba pagar esa cantidad para ir a El Carmen, Villa Rica, Pozuzo, me lo dijo. Además, allí no había nada qué ver ni hacer (sic)… y me llevó a la empresa de enfrente, llamada Transmar.

Allí había un elegante bus estacionado. Nuevo, lujoso… y la pequeña Terminal parecía tan agradable. Los precios, considerablemente más bajos y con un comentario de un joven por allí que dijo que en Huanuco “era la pura perdición”. Mi amigo quedó fascinado y convencido que allí era el destino a visitar.

Pero había muchas sorpresas por venir. Primero, el bus saldría de otra parte, en la Victoria. Segundo, llegó 45 minutos más tarde de la hora estipulada. Tercero, tremendo problema con los asientos, y cada furibundo pasajero peleaba por un lugar que la organización de la empresa no fue capaz de definir. Cuarto, la gente que viajaba salía con cada cosa: me pidieron que cambiara mi lugar porque el vecino ocupante traía un bebe (así, sin acento, no dicen bebé), como si eso para mí fuera algo importante. Quinto, el asiento frente a mi nuevo lugar no tenía el seguro correcto y bajaba demasiado al grado de molestar mis rodillas.

Claro que la sorpresa mayor fue que mi amigo NI siquiera llegó a la cita viajera. Me mandó solo a viajar en dicha empresa y destinos escogidos por él…

El bus se malogró apenas tres horas después, como yo iba dormido me di cuenta una hora más tarde de este momento crítico, justo cuando los pasajeros peleaban con el chofer y una señora a golpes lo mandó en otro bus de la misma empresa de regreso a Lima. Ni a La Oroya habíamos llegado.

¡¡¡¿Qué?!!!

Lo que dije ocurrió. No es una serie de exageraciones mías para hacer reír o asustar a la gente… Y me daba la impresión que este tipo de incidentes son de lo más común en dicha empresa, y en otras más en el Perú.

Lo que quedaba de la noche lo pasé mirando todo el tráfico de vehículos de la sinuosa Carretera Central, allí, parados en una peligrosa curva.

Cuando no soportaba el frío me metía al caliente bus lleno de pasajeros hasta que no soportaba más el aire viciado, y de nuevo para afuera… una dinámica curiosa. Quedamos además, en una zona sin cobertura de celular… y en esas seis horas NUNCA pasó ni un carro de la policía.

Por apocalíptico y miserable que suene mi anécdota… insisto, es totalmente verdadera (¿qué hacías a esa hora, Pedrito, aparte de dormir placenteramente?).

Desenlace

Algunos se aventuraron a parar algunos vehículos y transbordaron. Como mi equipaje estaba en la bodega no tuve más opción que aceptar mi fatalidad y esperar un desenlace todavía más sorprendente. A las ocho de la mañana llegó el bus de relevo… y todo devino felicidad.



Increíble. La gente olvidó toda la mala noche y parecía haber perdonado a la empresa. El objetivo de vida volvía a ser simplemente llegar a Huanuco. Y bueno, no iba a ponerme a llorar de algo que parece tan cotidiano y comencé a darle rienda suelta a mi sociabilidad. Almorzamos juntos en un restaurante cerca de La Oroya. Grande, iluminado y presto en atender. Ya me dirigía con otros dos pasajeros llamados Cristian y una bella andina de nombre Melania (que llevaba a su hijo menor).

Dos horas más tarde Melania (casi de mi edad y divorciada) me pidió mi número de celular, el cual (inocente palomita) le di.

A las cuatro de la tarde, casi dieciocho horas de haber salido, mi amigo César me timbró para preguntarme que qué tal Huanuco. Yo le dije que cuando llegara y lo conociera le daría mi opinión…

“¿Quéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?”- dijo- ¿No has llegado?- (Mientras, Pedrito chateaba y gestionaba su vida virtuosocial mediante su Facebook… yo, mirando sorprendentes paisajes y desesperado por conocer finalmente Huanuco).

Y llegamos, que era lo que valía, ¡qué importa si casi un día más tarde! Me despedí de mis compañeros en pena viajera y me fui a un hotel.

Y apenas unas horas después, Melania comenzaría (y por varios días) a enviarme una cantidad de mensajes de texto a mi celular que comenzaron amigables y terminarían en un vil descaro sexual inaceptable… Todo esto, por viajar por Transmar.

¡Gracias Pedrito!

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And this is Melania!
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Y cayó un mediodía y pidió hablar con los Directores de la escuela. Cargaba una enorme maleta y dijo que venía de Francia, que traía glamorosos perfumes que sólo en el país de la soberbia se pudieron inventar. Que allá estos placeres aromáticos eran “baratos” pero que al llegar a un país de exceso tributario, como México, el precio llegaba a triplicarse. Que si lograba vender diez frascos de orgasmo olfativo en esa escuela de docentes bobos y crédulos podía llegar a venderlos a 350 pesos cada uno (30 USD).

Rápido los directivos pasaron a avisarnos, que había una magnífica oportunidad de volverse olorosos (sin darse cuenta que siempre lo han sido) y que si queríamos “dejar los grupos” pasáramos a ver la magnífica oferta.

Mientras yo me negaba a ver a otro más de los vendedores de mercado que solían arrasar en el pueblo (y más en la escuela) varios ingenuos veían maravillados las cajas de la perfumería gala mientras el monsieur les decía unas frasesitas nasaguturales; después les decía el precio real en un sitio legal, para luego él ofrecer la más oferta de las gangas de las liquidaciones.

Yo me negué a ir. Me arrepiento mucho porque hubiera enfrentado mi francés moustaquianne avec lui. Pero en mis accesorios de aseo y belleza tengo ya mis aromas distintivos; y me costaron bastante (pero cuando menos en tres pagos sin interés)… Además, que nunca suelo llevar en mi billetera una cantidad equivalente a treinta dólares cuando voy a trabajar (prudencia y ubicación)… Ni menos compraría un Dunhill, un Claiborne o un Azzaro a un vendedor ambulante.

Unos minutos más tarde salí a una oficina y entonces pude ver al “francés”. Cualquier parecido con Alain Delon, con Jean-Jacques Goldman, con Francis Cabrel o con Marcel Marceau hubiera sido simplemente imposible. En cambio, se podía apostar que era primo de Alex Lora, de un volador de Papantla o de un típico vendedor de Tepito.

El extranjero hizo su agosto, vendió los diez frascos (su meta de mercadotecnia) y se fue diciendo Avoir gens de merde!. Yo, justo antes de partir de mi trabajo mi trabajo pude ver entonces las cajas y los frascos de las delicias fabriqueés en France: Las más corrientes imitaciones que se pueden hacer en las zonas de piratería nacional. Además, el desagradable olor que quedó en las oficinas donde se hicieron las perfumescas transacciones se quedó tercamente amarrado con el aire hasta el día siguiente, cuando ya todos habían asimilado que habían sido vilmente engañados…

Tomado de internet

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Es el peor lugar en donde estado, la casa es muy pequeña, el acceso es imposible; uno se pierde. Además cuando uno quiere salir de noche no pueda ya que el barrio es muy peligroso, hay disparos; (fue lo más suave que vimos con mi familia). En la esquina de la calle se juntan a traficar, le ofrecieron droga a mi hija de 12 años. Es inaceptable; para nunca mas volver. No lo recomiendo por nada del mundo.” (Ortografía corregida, obviamente, por mí)
Marcelo Cárdenas


Recibí este ácido y lapidario mensaje en uno de los comentarios (que por supuesto, no autoricé) quejándose contra una recomendación mía.

Valparaíso, vista desde lo alto. José Zavala
Vista a la bahía. Por José Zavala.


En un inicio me preocupó bastante, y tomé frenéticamente el teléfono y le llamé a Doña Charo en Valparaíso para cuestionarle que desde cuándo su barrio se había vuelto el Wild, Wild West mezclado con Ciudad Juárez y con pinceladas Baltimore/Favela Río de Janeiro… sin olvidar, claro a El Callao peruano.

Charo se quedó sorprendida.

Señor José, ¿quién le escribió eso? (No lo conozco)
¿De dónde es? (No lo dijo)
¿No se habrá quedado en el Puerto? (Ni lo supo)


La envidia, los celos, frustración, coraje, venganza. Yo recomendé a Charo de Valparaíso en una de mis entradas, porque lo que YO viví fue magnífico. No vi nada de lo que Marcelo vio, o sea; Nada, ni siquiera por accidente. Si así hubiera ocurrido ni siquiera la amistad que nació con ella hubiera tenido el peso suficiente para yo “alabar” algo que No lo merecía.

Así que este comentario (cuyo autor nunca respondió mis cuestionamientos sobre mayores detalles), me pareció inadecuado, subjetivo y lleno de rencores.

¿Otro egodistónico? ¿Quizá tiene un hostal en la misma ciudad y “su publicidad pagada” no personal/amical/for free no le llega en popularidad/fama/prestigio a mis sugerencias?

Marcelo se metió con Charo, y así se metió conmigo… Y como se lo dije a este misterioso individuo: publicaría su comentario… pero no como ataque a alguien que no la debe; sino como una crítica a su propio veneno, rencor y boba creencia en pensar que yo me tragaría ingenuamente su histeria. Y aquí está.

Vínculos a visitar:
Hospedaje en Valparaíso: Casa L’Meynier