José Zavala se ha ido
Anécdotas
Una psiquiatra farsante (Ni profesionistas ni mujeres así caben en el mundo)
Después de padecer un par de depresiones consecutivas, consecuencia directa de mi insatisfacción laboral (entre otros asuntos quizá), decidí probar la “ayuda terapéutica y profesional” de un psiquiatra. Digo, teniendo yo cuarenta y seis años de edad y casi veinte de vida laboral como docente, seguro había aspectos a tratar y corregir. Al menos eso pensé.
Del enorme libro de las páginas amarillas escogí a una mujer, con posgrado en algún pueblo de Cuba. No sé, pero me pareció buena idea eso. Cuando alguien me contactó para darme el nombre y número de un superexperto, yo ya tenía hecha mi cita y, por respeto y compromiso, no quise cancelarla.
Sentimientos de angustia, tremendo rechazo a mi lugar de trabajo y mis “colegas”, crisis de estrés por asuntos relacionados a fortalecer mi currículo así como percepción de un incremento de consumo en mi ingesta etílica eran esas señas que mi propia conciencia me alertaban. Pero debía esperar hasta el viernes, a las cuatro con treinta para que la doctora psiquiatra me conociera, y valorara.
Llegó la fecha y yo estaba contento. Me preocupaba la puntualidad y tuve que ir al cajero para completar los casi treinta y cinco dólares por hora que me cobraría. Cantidad que dadas mis condiciones económicas ya me parecía alta, pero ni modo. Todo por mi salud y la felicidad que conlleva esta.
Cuatro treinta puntual. Como siempre. Ella, ni sus luces. Sentado en ese edificio de especialidades ubicado en una zona popular y sucia de la ciudad.
Cinco minutos. Nada.
Diez, tampoco.
Bajé a preguntar qué pasaba. La sesión sería de sesenta minutos y, al menos pensaba que ya había perdido diez.
Le dije a la recepcionista lo poco profesional que me parecía el retardo y que dados los quince minutos de espera, decidía retirarme…Justo en eso llegaba la “doctora”.
Vestida como de domingo. Con aires de femme fatale dados los tacones ridículos que exhibían una pantorrilla demasiado fláccida y blanca. Con un look de alguien a la mitad de su edad; su pelo suelto al aire pero con un rostro duro que mostraba toda su arrogancia.
Entró al edificio y mirándome como con desprecio me dijo “¿tú eres?” (como si tuviera alguna patología vergonzosa) sin saludarme primeramente, y sin disculparse en segundo lugar por su excesivo retraso… “¡Sígueme!” dijo con un tono más arrogante.
A mí, ya me llevaba la chingada. Y eso no es nada bueno para la humanidad.
“¡Espérame aquí!” (¡Esta tipeja era una máquina de dar órdenes que no sabía ni saludar ni hacer conexión con alguien!)
Mis niveles de adrenalina ya estaban en límite bélico. Un estado psicorporal que me encanta porque me gusta sorprender de mil formas, cuando en eso me llamó. “Ahora sí dime, ¿qué te pasa?”
“Bueno, lo primero que me pasa es que no entiendo por qué llegó tan tarde” le dije y ni siquiera pude completar que el hecho de no saludar ni disculparse me había gatillado la furia (aunado a su look de hembra necesitada de compañía fálica y saciar sus frustraciones) cuando ella me dijo muy molesta que “el tráfico fue la causa”.
“El tráfico también a mí me afectó y yo sí pude llegar” respondí y tampoco me dejó continuar diciendo que ese detalle de su parte me hacía verla como alguien a la que Yo NO le importaba como persona… cuando me dijo “si no te parece puedes irte”.

Feliz me alejé de ese esperpento carente de empatía y respeto hacia el prójimo. De esa pseudo ninfómana farsante que no se merecía escuchar mi problemática porque la vería con más desprecio del que ella siente por sí misma. Porque una mujer que se dice psiquiatra y se pasea como diva y acusa al tráfico de su mediocridad no vale 35 USD de terapia… ¡ni cagando!
Cierro este post presentando mi canción favorita No. 89: Ayúdame Freud
Del enorme libro de las páginas amarillas escogí a una mujer, con posgrado en algún pueblo de Cuba. No sé, pero me pareció buena idea eso. Cuando alguien me contactó para darme el nombre y número de un superexperto, yo ya tenía hecha mi cita y, por respeto y compromiso, no quise cancelarla.
Sentimientos de angustia, tremendo rechazo a mi lugar de trabajo y mis “colegas”, crisis de estrés por asuntos relacionados a fortalecer mi currículo así como percepción de un incremento de consumo en mi ingesta etílica eran esas señas que mi propia conciencia me alertaban. Pero debía esperar hasta el viernes, a las cuatro con treinta para que la doctora psiquiatra me conociera, y valorara.
Llegó la fecha y yo estaba contento. Me preocupaba la puntualidad y tuve que ir al cajero para completar los casi treinta y cinco dólares por hora que me cobraría. Cantidad que dadas mis condiciones económicas ya me parecía alta, pero ni modo. Todo por mi salud y la felicidad que conlleva esta.
Cuatro treinta puntual. Como siempre. Ella, ni sus luces. Sentado en ese edificio de especialidades ubicado en una zona popular y sucia de la ciudad.
Cinco minutos. Nada.
Diez, tampoco.
Bajé a preguntar qué pasaba. La sesión sería de sesenta minutos y, al menos pensaba que ya había perdido diez.
Le dije a la recepcionista lo poco profesional que me parecía el retardo y que dados los quince minutos de espera, decidía retirarme…Justo en eso llegaba la “doctora”.
Vestida como de domingo. Con aires de femme fatale dados los tacones ridículos que exhibían una pantorrilla demasiado fláccida y blanca. Con un look de alguien a la mitad de su edad; su pelo suelto al aire pero con un rostro duro que mostraba toda su arrogancia.
Entró al edificio y mirándome como con desprecio me dijo “¿tú eres?” (como si tuviera alguna patología vergonzosa) sin saludarme primeramente, y sin disculparse en segundo lugar por su excesivo retraso… “¡Sígueme!” dijo con un tono más arrogante.
A mí, ya me llevaba la chingada. Y eso no es nada bueno para la humanidad.
“¡Espérame aquí!” (¡Esta tipeja era una máquina de dar órdenes que no sabía ni saludar ni hacer conexión con alguien!)
Mis niveles de adrenalina ya estaban en límite bélico. Un estado psicorporal que me encanta porque me gusta sorprender de mil formas, cuando en eso me llamó. “Ahora sí dime, ¿qué te pasa?”
“Bueno, lo primero que me pasa es que no entiendo por qué llegó tan tarde” le dije y ni siquiera pude completar que el hecho de no saludar ni disculparse me había gatillado la furia (aunado a su look de hembra necesitada de compañía fálica y saciar sus frustraciones) cuando ella me dijo muy molesta que “el tráfico fue la causa”.
“El tráfico también a mí me afectó y yo sí pude llegar” respondí y tampoco me dejó continuar diciendo que ese detalle de su parte me hacía verla como alguien a la que Yo NO le importaba como persona… cuando me dijo “si no te parece puedes irte”.

Feliz me alejé de ese esperpento carente de empatía y respeto hacia el prójimo. De esa pseudo ninfómana farsante que no se merecía escuchar mi problemática porque la vería con más desprecio del que ella siente por sí misma. Porque una mujer que se dice psiquiatra y se pasea como diva y acusa al tráfico de su mediocridad no vale 35 USD de terapia… ¡ni cagando!
Cierro este post presentando mi canción favorita No. 89: Ayúdame Freud
No me odies por bajar de peso
Caminaba por la universidad cuando vi a Lalo y a Liz, ambos ahora con un evidente sobrepeso que no les conocía por tener unos cuatro meses de no haberlos visto. Me acerqué y, según yo, me vieron… pero me ignoraron por completo. Tan evidente se me hizo que me quedé a dos metros de distancia, esperando un "hola"… y finlamente nunca me hicieron caso (y eso que éramos muy buenos amigos).
Abel y Javier son compañeros de trabajo. De hecho yo pienso que entre ellos hay una relación homo. Uno es divorciado, el otro ni idea tengo (ni me importa). Me vieron presumiendo bíceps a una conocida en una pequeña fonda a escasos locales del trabajo. Ambos asumieron cara de molestia y se miraron entre sí. (Quizá me imaginaron haciéndoles trío, pero no son mi tipo.)

Pocos, muy pocos, me dicen que me veo bien ahora. De hecho, parece que sigo pesando los quince kilos extras de hace tres meses. Mis pantalones se me caen. Necesito ropa nueva… pero nadie parece notarlo.
Mientras tanto, Toño, mi nutriólogo me dice que ofrezca sus servicios a “mis cuates”, a un precio de liquidación… pero nadie me pregunta nada. Porque nadie me nota nada. Porque nadie me dice nada. Porque todos se mueren en su propia y triste vida y, para acabarla con su evidente sobre peso. Pero la verdad, me vale madres todo lo que piensen o les pase; en todo el sentido de la palabra.
Yo sigo sin probar las tortillas ni probar el chicharrón.
Abel y Javier son compañeros de trabajo. De hecho yo pienso que entre ellos hay una relación homo. Uno es divorciado, el otro ni idea tengo (ni me importa). Me vieron presumiendo bíceps a una conocida en una pequeña fonda a escasos locales del trabajo. Ambos asumieron cara de molestia y se miraron entre sí. (Quizá me imaginaron haciéndoles trío, pero no son mi tipo.)

Pocos, muy pocos, me dicen que me veo bien ahora. De hecho, parece que sigo pesando los quince kilos extras de hace tres meses. Mis pantalones se me caen. Necesito ropa nueva… pero nadie parece notarlo.
Mientras tanto, Toño, mi nutriólogo me dice que ofrezca sus servicios a “mis cuates”, a un precio de liquidación… pero nadie me pregunta nada. Porque nadie me nota nada. Porque nadie me dice nada. Porque todos se mueren en su propia y triste vida y, para acabarla con su evidente sobre peso. Pero la verdad, me vale madres todo lo que piensen o les pase; en todo el sentido de la palabra.
Yo sigo sin probar las tortillas ni probar el chicharrón.
Un automóvil envestido...
Lo leí por allí, y mi mente hizo imágenes que no existían hasta antes de la noticia:
Un camión de la Secretaría de Marina (Semar) volcó en la carretera México-Pachuca después de que un auto compacto lo envistió, lo que provocó la muerte de tres elementos y un civil.
Fuente: Vuelca camión en la México-Pachuca; mueren 3 marinos y 1 civil

Bueno, suele pasar(NO?)s
Un camión de la Secretaría de Marina (Semar) volcó en la carretera México-Pachuca después de que un auto compacto lo envistió, lo que provocó la muerte de tres elementos y un civil.
Fuente: Vuelca camión en la México-Pachuca; mueren 3 marinos y 1 civil

Bueno, suele pasar(NO?)s
¿Cómo me hallaste si ya no tengo Facebook?
El que busca encuentra, famoso dicho popular y bien cierto. Cuando alguien –en verdad- desea contactarse con otro es fácil… y no se requieren las redes sociales.
Me llamó Alejandro, como veinticinco años después de la última vez que platicamos. Me sorprendió su llamada, a mi casa… porque nunca pensé que alguien de las tres personas que generalmente me llaman (y las únicas que según yo, conocen mi número) pudieran estar relacionadas con él.
Me contó que gracias al Facebook (¡Guácalas!) la generación de la Secundaria (¡Ay Dios!) están comenzando a reunirse treinta años después… (Eso me dejó conmocionado, ¿para qué mierdas?)

Bueno, nunca he sido dado a las nostalgias, y de todos mis compañeros de la Secundaria fue Felipe –el cual murió de manera demasiado extraña- el único que en verdad me hace recordar esos días de tanta inmadurez, tonterías, sueños bobos pero abundante diversión y aventuras bizarras. Y Felipe, con su gran corazón (y más grande y fea nariz) era una razón fundamental para recordar y desear volver a vivir mi época de colegial. Pero él ya no está.
No me atreví preguntarle a Alejandro de dónde sacó mi teléfono, ya que al ser yo relativamente nuevo en la ciudad y más nuevo con ese número no me explicaba de dónde lo consiguió. Pero como sé bien que el que busca encuentra me hice de interesantes hipótesis: quizá él trabaja para la policía, o fue a mi antiguo barrio y quizá alguien le dijo (jajaja)… porque yo NO tengo Facebook (y allí me han dicho han surgido todas esas absurdas ideas de mis excompañeros de hacer la gran reunión e ir con sus familias y decir “esta es mi esposa y estos son mis hijitos y este es mi perrito”).

Tampoco quise decirle al bien educado Alejandro que si la reunión era en Starbucks Coffee y no en el asqueroso burdel El King Kong MENOS me interesaba ir para a ver a mis excompañeras Fulana, Megana y Macana de las cuales en verdad no recuerdo nada y quizá ahora estén bien obesas. Sin embargo, para no ser un total aguafiestas (not Water-party) me tomé la molestia de invitar a dicha cariñosa e ingenua reunión a mi todavía compañero de secundaria (y cómplice de brutales borracheras y discusiones absurdas) Luis E.B. y mi otro entrañable (aunque bastante envejecido) Alberto el Picapiedra.

No sé si ellos fueron la verdad, como ya no tengo Facebook para ver las lindas fotos de reuniones, ni lo deseo (aunque sueño con una cuenta con nombre ficticio en la futura Google +).
¡Salud ex compañeros! (You will Forget about Me)
Me llamó Alejandro, como veinticinco años después de la última vez que platicamos. Me sorprendió su llamada, a mi casa… porque nunca pensé que alguien de las tres personas que generalmente me llaman (y las únicas que según yo, conocen mi número) pudieran estar relacionadas con él.
Me contó que gracias al Facebook (¡Guácalas!) la generación de la Secundaria (¡Ay Dios!) están comenzando a reunirse treinta años después… (Eso me dejó conmocionado, ¿para qué mierdas?)

Bueno, nunca he sido dado a las nostalgias, y de todos mis compañeros de la Secundaria fue Felipe –el cual murió de manera demasiado extraña- el único que en verdad me hace recordar esos días de tanta inmadurez, tonterías, sueños bobos pero abundante diversión y aventuras bizarras. Y Felipe, con su gran corazón (y más grande y fea nariz) era una razón fundamental para recordar y desear volver a vivir mi época de colegial. Pero él ya no está.
No me atreví preguntarle a Alejandro de dónde sacó mi teléfono, ya que al ser yo relativamente nuevo en la ciudad y más nuevo con ese número no me explicaba de dónde lo consiguió. Pero como sé bien que el que busca encuentra me hice de interesantes hipótesis: quizá él trabaja para la policía, o fue a mi antiguo barrio y quizá alguien le dijo (jajaja)… porque yo NO tengo Facebook (y allí me han dicho han surgido todas esas absurdas ideas de mis excompañeros de hacer la gran reunión e ir con sus familias y decir “esta es mi esposa y estos son mis hijitos y este es mi perrito”).

Tampoco quise decirle al bien educado Alejandro que si la reunión era en Starbucks Coffee y no en el asqueroso burdel El King Kong MENOS me interesaba ir para a ver a mis excompañeras Fulana, Megana y Macana de las cuales en verdad no recuerdo nada y quizá ahora estén bien obesas. Sin embargo, para no ser un total aguafiestas (not Water-party) me tomé la molestia de invitar a dicha cariñosa e ingenua reunión a mi todavía compañero de secundaria (y cómplice de brutales borracheras y discusiones absurdas) Luis E.B. y mi otro entrañable (aunque bastante envejecido) Alberto el Picapiedra.

El Pica dice:
"¿Qué? ¿Una reunión de ancianos de la era cavernícola? Bueno, ¡iré!"
"¿Qué? ¿Una reunión de ancianos de la era cavernícola? Bueno, ¡iré!"
No sé si ellos fueron la verdad, como ya no tengo Facebook para ver las lindas fotos de reuniones, ni lo deseo (aunque sueño con una cuenta con nombre ficticio en la futura Google +).
¡Salud ex compañeros! (You will Forget about Me)
Motivos de vergüenza: virus y hongos
Hace como seis meses fui a consulta médica a un consultorio de una enorme cadena de medicina genérica; este servicio tenía un precio de menos de tres dólares ($ 30,00 pesos mexicanos). Llevaba dos asuntos de preocupación; una hinchazón en mi pie izquierdo y unas escoriaciones en mi pie derecho.
Pues la mediocre frustrada inútil acomplejada doctorcita bruta que me atendió, aparte de burlarse de mi condición de docente -argumentando que seguramente mi vida era alcóholica y sexualmente escandalosa, como el amante ese que quizá tuvo y le robó tanto la plata como el corazón- me aseguró en mi extremidad izquierda manifestaba un serio caso de "gota" (ácido úrico) y me mandó hacer análisis sanguíneos y hasta un electrocardiograma... El lado derecho por su parte, mostraba evidencia que, en cierto momento, pude tener un tipo de herpes pero que ya "iba de salida".
Por supuesto que la estúpida esa, de nombre Hermelinda y con ridiculísimas sombras en esos ojos con los que descaradamente me coqueteaba, no le chancó a ninguna de las dos situaciones. Mi química sanguínea salió perfecta (a pesar de "mi vida escandalosa etílica de docente"), y, ese mentado herpes del bye-bye no era más que un hongo alojado entre dos dedos de mi pie...

Durante ese tiempo, andar en sandalias y argumentar no poder beber ron o tinto por estar ingiriendo fungicida fue un periodo depresivo, un motivo de vergüenza. Los hongos en los pies, a mi juicio, siempre me parecieron algo tan lejano, tan bajo y ajeno a mí (esta fue la segunda experiencia en mis 45 años de vida). Los hongos eran algo para otro tipo de gente; social, geográfico y laboral. Equivocado estaba.Han pasado meses de ese hecho, cuando me tocó otra situación que también terminó afectando mi estado moral y emocional: empecé a recibir correos de dos de mis propias cuentas de hotmail... ¡Sí! Mi nombre visible en la bandeja de entrada en un mail "sin asunto", software maligno evidente e instalado en alguna parte de mi disco duro.
Mi super Suite McAfee, ese programa preinstaldo en mi lap y que nunca, pero nunca ha detectado nada me insistió que mi equipo estaba fuera de peligro. Pues quizá este virus no iba a dañarme nada, pero el hecho de ver como varias veces al día, quizá cada vez que me conectaba, desde mi equipo enviaba mails a todos mis contactos NO me agradaba en absoluto. Así que adiós McAfee (con sus dieciséis meses gratuitos).
Un antivirus Panda (trial) detectó ocho perniciosas cookies las cuales -según- eliminó... Pero mis mails seguían llegando a mis amigos y, hasta un reclamo telefónico tuve de un inexperto que en verdad creyó eran reales.
Busqué ahora en los foros del internet buscando soluciones, las cuales se limitaban a "utiliza este antivirus" y ya.

Finalmente, un versado de la computación me dijo que tenía seguramente cookies instaladas en mi navegador, en mi caso, Mozilla y que tenía que eliminarlas y me sugería cambiar mi pass en mis cuentas. Así que adiós Firefox Mozilla y me fui con el Explorer, al menos por un rato. Mi pass de florecitarockera ahora es burbujitasexy69 y, al parecer, el asunto se ha solucionado....
Ahora ando orgullosamente vestido con mis sandalias, y cuando entro a mis cuentas de correo, veo cantidad de mails "sin asunto" que vienen de tantos otros que tienen un problema semejante.
Pues la mediocre frustrada inútil acomplejada doctorcita bruta que me atendió, aparte de burlarse de mi condición de docente -argumentando que seguramente mi vida era alcóholica y sexualmente escandalosa, como el amante ese que quizá tuvo y le robó tanto la plata como el corazón- me aseguró en mi extremidad izquierda manifestaba un serio caso de "gota" (ácido úrico) y me mandó hacer análisis sanguíneos y hasta un electrocardiograma... El lado derecho por su parte, mostraba evidencia que, en cierto momento, pude tener un tipo de herpes pero que ya "iba de salida".
Por supuesto que la estúpida esa, de nombre Hermelinda y con ridiculísimas sombras en esos ojos con los que descaradamente me coqueteaba, no le chancó a ninguna de las dos situaciones. Mi química sanguínea salió perfecta (a pesar de "mi vida escandalosa etílica de docente"), y, ese mentado herpes del bye-bye no era más que un hongo alojado entre dos dedos de mi pie...

Durante ese tiempo, andar en sandalias y argumentar no poder beber ron o tinto por estar ingiriendo fungicida fue un periodo depresivo, un motivo de vergüenza. Los hongos en los pies, a mi juicio, siempre me parecieron algo tan lejano, tan bajo y ajeno a mí (esta fue la segunda experiencia en mis 45 años de vida). Los hongos eran algo para otro tipo de gente; social, geográfico y laboral. Equivocado estaba.Han pasado meses de ese hecho, cuando me tocó otra situación que también terminó afectando mi estado moral y emocional: empecé a recibir correos de dos de mis propias cuentas de hotmail... ¡Sí! Mi nombre visible en la bandeja de entrada en un mail "sin asunto", software maligno evidente e instalado en alguna parte de mi disco duro.
Mi super Suite McAfee, ese programa preinstaldo en mi lap y que nunca, pero nunca ha detectado nada me insistió que mi equipo estaba fuera de peligro. Pues quizá este virus no iba a dañarme nada, pero el hecho de ver como varias veces al día, quizá cada vez que me conectaba, desde mi equipo enviaba mails a todos mis contactos NO me agradaba en absoluto. Así que adiós McAfee (con sus dieciséis meses gratuitos).
Un antivirus Panda (trial) detectó ocho perniciosas cookies las cuales -según- eliminó... Pero mis mails seguían llegando a mis amigos y, hasta un reclamo telefónico tuve de un inexperto que en verdad creyó eran reales.
Busqué ahora en los foros del internet buscando soluciones, las cuales se limitaban a "utiliza este antivirus" y ya.

Finalmente, un versado de la computación me dijo que tenía seguramente cookies instaladas en mi navegador, en mi caso, Mozilla y que tenía que eliminarlas y me sugería cambiar mi pass en mis cuentas. Así que adiós Firefox Mozilla y me fui con el Explorer, al menos por un rato. Mi pass de florecitarockera ahora es burbujitasexy69 y, al parecer, el asunto se ha solucionado....
Ahora ando orgullosamente vestido con mis sandalias, y cuando entro a mis cuentas de correo, veo cantidad de mails "sin asunto" que vienen de tantos otros que tienen un problema semejante.









