-¿Qué pude haber hecho por mi salud y cuerpo este día?- Era mi pregunta dilema.
Si bien resolví los trámites que tenía planeados en la mañana y tarde, y recorrí varias cuadras caminando, aunado a un par de comidas por demás ligeras pero con suficiente valor nutritivo y calórico para retomar mi forma física más adecuada… en este día no me había dado el tiempo de hacer deporte, ni tampoco había consumido la suficiente agua natural (dos litros o más, aconsejan los expertos).
Así que sin hacer caso a la amenaza de la lluvia (que nunca llegaría) me coloqué mi ropa de trote/caminata, que consiste solamente en unos shorts, un polo suelto y un buen par de zapatillas deportivas –algo indispensable para evitar alguna lastimadura en los pies-. El único elemento adicional fue mi ipod, en el cual unas horas antes acaba de cargar música de una agrupación que estaba descubriendo.
Salí con mis audífonos tomando todas las precauciones en cada cruce de calles, ya que estos aíslan a uno del mundo. Caminé casi media hora –primero pausadamente mientras incrementaba mi ritmo- hasta llegar al lugar donde trotaría. Y las sorpresas comenzaron a surgir…
La tarde-noche ofrecía una cierta calma, el ruido me parecía ser mucho menos de lo cotidiano, pero yo traía mis audífonos así que si el ambiente me ofrecía menos decibeles o no era relativo. El detalle fue la música que iba descubriendo; lo suficientemente suave y relajada, y me parecía idónea para esta incipiente noche.
La noche calma, por José Zavala.
Una vez en la unidad deportiva las cosas mejoraban aún más: la pista iluminada la matizaba de manera nostálgica, y por el amenazante día, la cantidad de gente era mínima.
Durante treinta minutos troté/caminé/troté mientras el aire fresco de la noche y la música jazz me envolvían dulcemente. Y sin hacer esfuerzos excesivos ni exponerme a un cansancio inadecuado terminé bañado en sudor.
Cumpliendo una hora completa entre la caminata y el trote, y de regreso a casa comencé a beber agua. Las pantorrillas y pies los sentía calientes, cansados… a pesar de estas sensaciones en ningún momento me parecieron desagradables. Decidí tomar un bus de regreso en esta ocasión; caminar media hora más me parecía más que una exhibición un exceso que, considerando que al siguiente día tenía mentalizado alguna otra actividad física diferente.
De regreso en casa, ya con la música apagada, otro litro de agua me esperaba sin ningún esfuerzo. Ya con las zapatillas fuera y en su lugar unas sandalias, frente a mi computadora, surgieron tantas ideas para ser escritas sobre tantos temas… y mi disposición parecía más que adecuada.
Una hora (más veinte minutos del camino de regreso), casi litro y media de agua… un cansancio por demás relajado… y la satisfacción de haberle dado a mi cuerpo y salud otra oportunidad de seguirse manteniendo de manera adecuada.
¿Acaso esto puede ser un sacrificio de alto precio? ¿No es posible incorporar esta actividad un par de veces a la semana (para combinarla con algo más)? ¿Se requieren condiciones extraordinarias para alcanzar este nirvana antiestrés? ¿Nos está tragando la cotidianidad absorbente de una vida para trabajar solamente?
No lo creo así. Y espero que esta reflexión motive a cualquier docente a darse una oportunidad… esperando que se vuelva un saludable hábito.
Esta es la agrupación que tengo poco de descubrir. Quiero compartir su música, aunque es difícil que nuestros gustos coincidan... pero mi oferta es.
Mi música predilecta -como esta- generalmente la bajo de: El Arte de Compartir (Blog de Música)
ESTE TRABAJO ES PROPIEDAD INTELECTUAL DE JOSÉ ZAVALA BAJO LICENCIA DE CREATIVE COMMONS







