Archivos de octubre,2010
El faro del abismo (capítulo final)
octubre 22, 2010Apenas terminó de oír su relato, Artemio miró extrañado a su padre. Anselmo le pidió que acercara su oreja a sus labios y le susurró una frase que el enfermero que lo atendía no pudo escuchar. “¿Estás seguro que eso quieres?”, le preguntó compungido. “Sí”, afirmó el viejo marino como si le costara pasar su aliento.
Artemio, entonces, levantó a su padre del lugar en que estaba recostado y, sosteniéndolo en sus brazos, lo sacó de la estancia. El encargado de la casa trató de detener al hijo del marino: “¿Se ha vuelto loco? ¡Es mejor que su padre descanse!”, exclamó tratando vanamente de convencerlo. “No puedo”, respondió lacónico el hijo, “él ya escogió su lugar de descanso”.
El encargado calló. Seguro porque comprendía bien el significado de aquellas palabras. Artemio llevó a su padre hasta la orilla desértica de aquel mar sinuoso, bajo la sombra pálida del faro del abismo. “Llegamos padre”, le indicó el joven. Otra vez, la luz del faro apuntó al mar, las aguas se separaron y dejaron al descubierto el infinito abismo.
Anselmo se incorporó y caminó mar adentro. A unos metros de la caída final, volteó hacia Artemio y lo miró por última vez. “Adiós, hijo mío”, se despidió el viejo marino. “Adiós, padre mío”, dijo Artemio, hincándose sobre la arena y derramando algunas lágrimas. Anselmo volvió hacia su ruta. “Volvemos a encontrarnos, mi señor”, fueron sus últimas palabras mientras desaparecía bajo el mar.
El faro del abismo (capítulo ocho)
octubre 12, 2010Anselmo logró despertarse. Vio a la embarcación hundirse, con su tripulación de borrachos, aquellos condenados que gritaron con fuerza ante la fosa oscura que se los tragaba. También miró a Zenón, su capitán que, sereno y resignado, miraba hacia el abismo de su perdición. A diferencia de ellos, no clamó. Sólo cerró los ojos, como queriendo imaginar otra mar por navegar.
La tormenta amainó, y el sobreviviente remó todo lo que pudo hasta la orilla cercana. Una vez que alcanzó la playa, corrió hacia aquel faro, aquel malhadado edificio. Desfalleciente, llegó hasta él. Mientras la luz del faro se desvanecía, pudo observar el abismo esconderse bajos las enormes olas. Anselmo empezó a llorar. Unos minutos después, algo desquiciado, quiso lanzarse al mar.
No pudo. Unos hombres lo contuvieron y lo alejaron de la orilla. “¿Por qué? ¿Por qué?”, gritaba desaforado el marino, “Era mi deber morir también Zenón. ¿Por qué me salvaste? ¿Por qué?”. Los hombres pensaron que enloqueció de pronto y lo dejaron depositado en ese sanatorio…
- Hasta que llegaste tú, hijo mío –le dijo a Artemio-. Ahora podré cumplir mi destino.
(continúa)
El faro del abismo (capítulo siete)
octubre 02, 2010Anselmo recordó, entonces, aquella vieja leyenda en la que los dioses crearon un faro bajo el cual las aguas del mar se separaban, poniendo al descubierto un abismo sin luz a donde caían los enemigos de siete reinos cercanos. Nersune era uno de ellos: Ireneo, su rey, recibió aquellos artefactos, los ojos de Endevia, para guiar a los condenados a su fatal destino.
“Mira a tu alrededor”, gritó otra vez Zenón, indicándole a su segundo la condición de los demás marinos: borrachos, mareados, apenas pudiendo sostenerse. “Ellos son mi tripulación y merecen ser castigados”, dijo el viejo marino con aire de tribulación, “pero, sin ellos, no quiero navegar más”.
Anselmo se sorprendió con estas palabras: Zenón está decidido a morir con ellos, aún cuando no hubiera cometido delito alguno en Nersune. “Entonces, yo también los acompañaré”, afirmó Anselmo resoluto.
- Sabes bien que no hiciste nada malo.
- Eres mi capitán: si no estás tú, tampoco quiero navegar.
- Bien. Ayúdame con esas sogas.
Anselmo fue a recoger las sogas que le indicó Zenón. El viejo marino aprovechó que él estaba desprevenido y le asestó con un mazo un fuerte golpe en la cabeza. Inconsciente, Anselmo fue colocado por Zenón en un bote de madera, el mismo que el viejo marino empujó en un último esfuerzo para alejarlo de la ruta del navío. “Adiós viejo amigo”, susurró Zenón mientras la embarcación se inclinaba sobre el abismo…
(continúa)





