Archivos de mayo,2010

Entre Emi y Rodri: de repente algo, de repente nada...

mayo 25, 2010
Mitad de ciclo, y Emilia sigue sin entender alguna de las fórmulas que pone el profesor en la pizarra. Desesperada, se le acerca a él al final de la clase, a ver si puede darle una asesoría o algún trabajo que pueda ayudarla con su nota. “No estoy acostumbrado a hacer ese tipo de concesiones”, dijo el profesor con cierta simpatía, “pero puedo recomendarte a uno de mis mejores estudiantes para que te apoye”.

Emilia ya se lo alucinaba al pata. “Un cuero, un churro, un bombón”, pensó de inmediato, hasta que escuchó al maestro llamar “Rodrigo”. Volteó y de sólo ver al medio nerd algo chato de anteojos, la dejó paralizada. Rodrigo esbozo una sincera sonrisa ante la mueca de espanto de la chica. Ella le susurró al oído del profesor si no tenía otro alumno disponible. “Última opción: o lo tomas o lo dejas”. Emilia salió rauda.

Ni siquiera dejó que Rodrigo le estrechara la mano para saludarla y se dirigió al paradero para tomar. El carro demoraba y vio como el chico nerd se acercaba por la vereda. “Hola”, dijo él con cortesía. Ella ya sentía que lo comenzaba a odiar: “hola”, dijo a secas. En eso vio que el carro se acercaba. Casi susurró un “hasta nunca”, y se dispuso a subir por la puerta de adelante. Y tuvo tan mala suerte que no encontraba ningún asiento libre en esa zona. Sin embargo vio uno al final del pasillo.

Empezó a correr a todo lo que pudo, pero segundos antes de alcanzar su objetivo, alguien más se sentó allí. “¿Tú?”, fustigó con dureza al mismo chico nerd que había osado hablarle en el paradero. “Sorry, pero el asiento estaba libre”, utilizó un tono como disculpándose, “y ahora, ¿qué harás?”. Ella lo miró un tanto sorprendida y furiosa al mismo tiempo. No quería estar cerca suyo, pero sentía que él le había arrebatado el asiento y no estar parada, así que…

- Wow... ¿sobre mis piernas?

(continúa)

Los guardianes de la construcción

mayo 05, 2010
Fernando escudriña el horizonte desde aquellos escombros caídos al primer piso intentando comprender por qué sigue allí. Hace apenas un mes lleva trabajando en un proyecto inmobiliario de una constructora. Habían comenzado por empezar a demoler la bella pero vieja casona para dar paso a un alto edificio de departamentos. Fue entonces que decidió quedarse a almorzar dentro del segundo piso que comenzaría a caer por la tarde.

Pensó que sería genial disfrutar de aquel ambiente antes que desapareciese por completo ante el golpe seco de las combas y las furiosas arremetidas de la maquinaria pesada. Luego de comer de su generoso taper, se sentó a observar esas finas mayólicas, que alguna vez fueron la envidia de la zona, mientras tomaba del envase plástico la infusión de valeriana que preparó por la mañana. Embelesado con lo que miraba, no tardó en quedarse profundamente dormido.

Para cuando despertó, el día se había convertido en noche. Se levantó y quiso salir, pero la oscuridad era tan densa que lo imposibilitaba ver muy lejos. Prendió la linterna que tenía en el casco y divisó la silueta de un hombre alto, que parecía un mayordomo. Se le hizo extraño porque era primera vez que lo veía, así que le pasó la voz. “Señor”, gritó Fernando pero eso sólo hizo que el desconocido se alejara.

Fernando corrió en su dirección pero, cada vez que parecía estar más cerca, el hombre alto se le escurría a velocidades inauditas. Finalmente, el obrero encontró un montículo de tierra donde estaba parado otro trabajador. Fernando pasó la voz, el otro volvió la cabeza y se quedó pálido, corriendo luego fuera de la construcción. El obrero quiso ir tras él pero el mayordomo se apareció y lo contuvo.

“¿Por qué me desconoce?”, preguntó Fernando. El mayordomo le indicó el montículo: “cava y verás”. El obrero empezó a retirar la tierra. Encontró primero un casco con linterna. Siguió sacando escombros y vio una mano. Al instante su instinto de supervivencia lo llevó a acometer con mucho esfuerzo la labor de salvar a su compañero caído mas, cuando terminó el desentierro, quedó anonadado…

El que había terminado bajo los escombros era él. Miró otra vez su cara, y vio que no respiraba. “Pero, ¿por qué…?”, empezó a decir, mientras el hombre alto lo interrumpía: “Conseguiste un nuevo trabajo. Fuiste elegido para ser el nuevo guardián”. El mayordomo dijo que había tenido esa misión pero, ante el advenimiento del proyecto, necesitaba de más ayuda… y se la otorgaron. Fernando escudriña otra vez el horizonte y, bajo su fantasmagórico manto, acepta el encargo.