Archivos de noviembre,2009

Un (desafortunado) viaje con gorreo

noviembre 20, 2009
Lucio se impacientaba mientras miraba el horizonte de la pista, esperando la combi que pasar por allí. Había tenido un pésimo despertar peleándose con su enamorada, dejando de desayunar y con la camisa un tanto arrugada del intento de planchada a cinco minutos para salir de casa.

Tras algo más de cuarto de hora, él vió uno de esos achatadas unidades, casi lleno. Aún así, levantó la mano y corriendo, como si se le acabara el aliento, entró por la pequeña puerta. Sudando frío, no le importó tener que soportar parado parte del trayecto ni la evidente incomodidad de las otras personas que sufrían aprietos y sofocos.

Luego de un largo trecho, él acertó a encontrar asiento en el final de la combi. "Pasajes", anunció el cobrador, tomando las monedas de cada pasajero. Lucio buscó en su billetera y sólo encontró una de cinco soles, y se contrarió porque, si entregaba el metálico, recibiría de vuelto sólo tres y no los tres ochenta que deseaba.

Entonces, decidió hacerse el loco si pasaba por su sitio el hombre de los tickets. A su lado, dos jóvenes parecían ajenos a su treta. El cobrador pasó, Lucio hizo su plan y no pagó, el engañado volvió adelante y llegó el momento de bajar. "Esquina baja", pidió todo fintoso de haberse salido con la suya.

En ese momento también salieron los dos despreocupados muchachos. Lucio ya se regodeaba de su fortuna cuando sintió un puñete en la mandíbula. Quedó aturdido un rato y, cuando despertó, se tocó los bolsillos. Desesperado, empezó a maldecir al no encontrar su billetera: el gorreo le había salido caro.

El bailarín del quiebre

noviembre 12, 2009
Sentados en la vieja banca de madera, Jorge y Aurelio recordaban aquellos gloriosos tiempos cuando se escapaban del colegio y buscaban las canchas vacías donde jugar con la pelota. En aquellos días sólo eran un par de mozalbetes que, a pesar de sus vicisitudes, las dejaban de lado jugando al toque, el quite y el remate en cualquier cuadrado de cemento o algún extenso pasto. De pronto, vieron aparecer por el sendero a su amigo Vásquez.

“Miren quien viene”, confirmó Jorge, y los tres echaron a reír mientras Vásquez se acomodaba en la grada. A él no se le tenía por muy habilidoso en su juego, más dedicado a defender y a rechazar que a crear pinturitas con la bola. “¿Aún te acuerdas de aquella vez que te ganaste el apelativo de “El Bailarín”?”, preguntó seguro Aurelio. Vásquez afirmó con la cabeza. A pesar de ser una persona amable, era siempre poco dado a conversar, pero la memoria se abrió y dio paso a su relato:

En aquella ocasión, si mal no estoy, jugamos en esta cancha en equipos de cuatro, porque el espacio nos pareció muy chico y no había mucha gente. Aurelio jugó en el equipo de Manongo y yo junto a Germán. Era un partido como cualquier otro, de idas y vueltas, de goles lindos y también horrorosos. Perdíamos, volteábamos el resultado, y nos lo volvían a voltear. Finalmente, nos pudimos poner en ventaja después de un rato y tomamos el trámite con más calma.

Fue en eso que, Aurelio perdió un balón, lo recogí y me fui directo a la portería. Y allí estaba Manongo, todo altivo y sereno, preparado para tapar el tiro que iba a sacar. Sin embargo, en vez de patear, hizo el amague para la derecha, de manera que Manongo tuvo que moverse para el otro lado, momento que le alcanzó a Aurelio para llegar al arco y ayudarlo. Pero cometió el error de dirigirse al mismo lado que su amigo, así que cuando fueron a buscar tapar de nuevo el tiro, el amague a la izquierda los sorprendió.

Tan sólo me bastó el movimiento de cadera para acomodarme y colocar el tiro que a la postre significó que perdieran el partido, porque estaban cansados y eso les bajoneó el ánimo. Fue entonces que Germán todo exclamó “¡Qué tal baile!” y desde entonces me quede con el susodicho apodo. “¿Y ahora bailas?”, inquirió Jorge. “Depende de a quienes hice el quiebre”, dijo El Bailarín y echaron todos a carcajear.