Comitiva en Jarumarca (capítulo diez)

mayo 22, 2013

(viene del capítulo anterior)

Una vez fuera de la casa, Camilo vio reunida a la gente del pueblo que vino a despedirlo. Saludo a algunos de ellos y, luego, avanzó con su primo hacia la estación del tren. La comitiva de jarumarquinos los seguía detrás mientras lo arengaban y pedían su pronto retorno.

Al llegar a la esquina de la estación, Eleuterio vio algo por el costado y se abalanzó sobre su primo. Un disparo sonó de lejos, y Eleuterio cayó malherido. Camilo desenfundó el viejo revólver: el hijo de Sifuentes también lo tenía en la mira. Sin embargo, no pudo disparar: el pueblo entero también lo tenía apuntado con sus armas.

El pistolero se cercioró que la herida de Eleuterio le había caído en el hombro y no era mortal. “Basta, esta es mi lucha”, gritó Camilo al ver que el pueblo había capturado a Sifuentes y estaban a punto de lincharlo. Le devolvieron su arma al joven y la comitiva se alejó de la estación, llevándose a Eleuterio y dejando a los dos hombres arreglar sus diferencias en un duelo.

(continúa en el capítulo final)

Comitiva en Jarumarca (capítulo nueve)

mayo 06, 2013

(viene del capítulo anterior)

Camilo se agachó para guarecerse, pero ninguna de las balas iba en dirección hacia él. Más bien, observó conmovido cómo el pueblo se había rebelado ante los hermanos Sifuentes: dos de ellos yacían muertos en una esquina de la plaza mientras que el mayor, aún herido, era rodeado por toda la comitiva.

El pistolero se acercó al joven, quien trataba de incorporarse a pesar del sangrado en su pierna derecha. “Se terminó muchacho, entrega tu arma”, dijo Camilo extendiendo la zurda pero manteniendo la diestra cerca del revólver.

El joven entregó el revólver al pistolero, quien pidió a los presentes atenderlo para curarle la pierna. Camilo y Eleuterio se dirigieron hasta la casa Estrada. Fue hacia la habitación a arreglar su maleta. Eleuterio le pidió quedarse esa noche. “No hace falta primo”, respondió el pistolero y se dirigió hacia la salida.

(continuará)

Comitiva en Jarumarca (capítulo ocho)

abril 27, 2013

(viene del capítulo anterior)

Camilo no sólo rezaba: mientras lo hacía, recordó el día que mató a José Sifuentes. Prácticamente capturado, el villano, ya herido en una pierna, se quiso refugiar en la casa de sus hijos. El pistolero logró disparar hacia su revólver, desarmándolo y haciéndole caer al suelo.

Camilo recogió su arma y apuntó hacia Sifuentes. “Por favor, déjame ir, por mis hijos”, imploró el villano, señalando a sus vástagos, quienes asomaban la mirada por la puerta y la ventana. El pistolero los miró a los chicos, y se llenó de compasión. Bajó su revólver y dio media vuelta en dirección a la plaza.

 José Sifuentes se levantó y desenfundó otro revólver que tenía escondido en el tobillo. Pero Camilo, siempre confiado en el rabillo del ojo, se percató del ardid, giró sobre su eje y descerrajó un balazo que quebró el cuello del villano. Luego miró hacia los vástagos. “Lo siento mucho niños”, se dijo en voz baja y se retiró del lugar.

Al rezar otra vez, recordó que no había tenido otra opción, pero que los hijos de Sifuentes nunca lo entenderían así. Se levantó del reclinatorio y avanzó hacia la puerta del templo, la misma que abrió de par en par. Fue recibido con el sonido de varios balazos…

(continuará)

Comitiva en Jarumarca (capítulo siete)

abril 16, 2013

(viene del capítulo anterior)

Una vez echada la tierra sobre el féretro, antes de marcharse, los últimos presentes dieron el pésame a Camilo y su primo. Eran ya las tres de la tarde, y el sol, con sus potentes rayos, no parecía dar descanso al curtido pistolero.

Los dos hombres salieron del cementerio y se dirigieron hacia la casa del difunto. Al llegar a la plaza central, Camilo se detuvo y Eleuterio trató de convencerlo de ir a la casa. “Aún nos queda media hora para evitar este pleito, olvida este asunto primo”, intentó razonar Eleuterio, pero fue en vano.

Camilo miró hacia las dos entradas de la plaza: estaban custodiadas por los hijos de Sifuentes. “Ve tú, déjame terminar mi pelea”, respondió Camilo con desgano, y su primo, aún temeroso, le hizo caso. El pistolero caminó hacia el frente, en dirección a la pequeña iglesia de Jarumarca.

“¿A dónde crees que vas?”, le reclamó el primer hijo de Sifuentes viendo que Camilo empujaba la puerta de la iglesia. “Voy a orar por el alma de su padre… y por sus almas”, contestó con severidad el pistolero antes de cerrar la puerta.

(continuará)

Comitiva en Jarumarca (capítulo seis)

abril 03, 2013

(viene del capítulo anterior)

“Ya despierta primo, es de mañana”, le pasó la voz Eleuterio como si sintiera que Camilo no se levantaría. El pistolero le hizo caso y, antes de que pasara una hora, ya se encontraba listo para partir. A diferencia de cómo llegó, esta vez vestía muy fúnebre: saco y pantalón negros, botas del mismo color, la camisa blanca y el cintillo también negro.

Tan sólo resaltaban su viejo y único sombrero y el cinturón donde fulgura con su brillo su fiel revólver. Camilo se acercó al féretro, rezó unos segundos y besó a su padre en la frente. Luego de cerrado, los ocho hombres designados alzaron el féretro para, junto con el cortejo, dirigirse hasta el cementerio municipal.

Camilo Estrada cargó el ataúd todo el tiempo, pues quiso estar cerca de su padre estos últimos momentos. Pero sus ojos tampoco estaban tranquilos: de rato en rato miraba hacia el gentío y, cada vez que lo hacía, uno de los tres hijos de Sifuentes aparecía dirigiendo su vengativa faz.

Alcanzado el cementerio, el cortejo avanzó hasta la última morada de Nicanor Estrada. Respetuosamente, los Sifuentes se quedaron en la entrada y no avanzaron con ellos. El párroco hizo las oraciones y el ataúd fue bajado a la tierra. Camilo se acercó al límite del hueco labrado y le prometió a su padre: “Hoy termina todo”.

(continuará)

Comitiva en Jarumarca (capítulo cinco)

marzo 22, 2013

(viene del capítulo anterior)

Fue una noche larguísima para Camilo: aunque su primo le dijo que no se preocupara por el entierro, el pistolero trató de dormir pero sólo consiguió cerrar los ojos luego de hacer divagar su mente en pensamientos triviales.

Eran casi las tres de la mañana. Un ruido proveniente de la sala lo hizo levantarse y empuñó su revólver para ver quién caminaba por allí. Con mucho sigilo, salió de la habitación. Oyó nuevos pasos y esperó detrás de una pared.

Finalmente, Camilo se decidió entrar en la sala apuntando con el revólver. Un anciano está parado junto al féretro, diciendo unos susurros. “¿Quién es usted?”, preguntó el pistolero esperando una respuesta breve y directa.

El hombre se volteó. Camilo quedó sorprendido, al ver que se trataba de la imagen de Nicanor Estrada, su padre, tal como lo vio hace veinticinco años, antes de irse de Jarumarca. “Descansa hijo, descansa”, le indicó su padre y se acercó para tomarle de la mano…

Camilo despertó sobresaltado: un sudor inmenso le cubría todo el cuerpo, pero su revólver, su fiel compañero, seguía como siempre sujeto a su diestra, impávido, sereno.

(continuará)

Comitiva en Jarumarca (capítulo cuatro)

marzo 10, 2013

(viene del capítulo anterior)

Camilo le dijo que no se preocupara, que si volvían a venir, los dejara pasar. Dicho y hecho, avisados por unos conocidos, los tres hombres aparecieron en la casa. Eleuterio los reconoció y los hizo pasar hasta la cocina.

“Te hemos estado buscando”, dijo el líder del trío, sentándose a un lado de la mesa. En el otro ya aguardaba Camilo, quien le preguntó porque lo buscaban. El hijo de Sifuentes fue enfático al señalar que tenía una deuda de sangre con ellos.

“Respetaremos tu duelo, y mañana a las cuatro de la tarde nos encontraremos en la plaza”, terminó de comentar el hijo de Sifuentes, levantándose de la mesa y saliendo con sus hermanos fuera de la casa. Luego de cerrar la puerta, Eleuterio se acercó donde su primo.

“¿Estás dispuesto a matar a estos tres hombres?”, le preguntó viendo a Camilo tan callado. Apreciando su revólver entre sus manos, el pistolero dijo convencido: “Ellos están dispuestos… y yo también”.

(continuará)

Comitiva en Jarumarca (capítulo tres)

febrero 26, 2013

(viene del capítulo anterior)

Camilo se dejó llevar hasta estar al costado del féretro. A pesar de la difícil enfermedad que sufrió, su padre tiene un semblante tranquilo. Aquel rostro conmueve la dureza de Camilo, quien lloró unos segundos con su mano sosteniendo la mano de Nicanor.

Eleuterio, su primo, viendo su desahogo, le pone la mano en el hombro: “Ven, vamos a la cocina para que comas algo”. Camilo se seca los ojos y acepta seguirlo. Ya dentro de la cocina, Valeria, la esposa de su primo, le da el pésame y le sirve un caldo de cabeza de res en un plato hondo.

“Tome primo, para que se recupere del viaje”, dice la señora de forma muy tierna, algo que le hace sonreír a Camilo. Una vez sosegada su boca tras beber la sopa, el hombre fue directo al grano: “¿y quiénes son esos indeseables que me están buscando?”.

“Son los tres hijos de Sifuentes”, señaló un pálido Eleuterio y agregó, “vinieron hace un rato y advirtieron: que ellos no pararán hasta que tú pagues”.

(continuará)

Comitiva en Jarumarca (capítulo dos)

febrero 17, 2013

(viene del capítulo anterior)

A eso de las dos de la tarde, la locomotora desaceleró la marcha hasta detenerse. “¡Estación Jarumarca!”, gritó un hombre afuera. Los pasajeros bajaron: Camilo fue el último de ellos.

Algo encorvado y con la cara refrescada por la sombra de su sombrero, dejó la estación y avanzó por las calles polvorientas de su pueblo natal. A pesar de los años transcurridos, logró reconocer la puerta marrón de la tercera casa de la segunda calle.

Dio unos pocos golpes pero no tuvo que esperar mucho: un muchacho le abrió la puerta. El mozuelo le preguntó quién era. “Soy Camilo. Vengo a ver a Nicanor Estrada, mi padre”, respondió el forastero.

Como se le hiciera familiar, el muchacho lo hizo pasar hasta el recibidor. El joven se acercó hasta uno de los deudos que se encontraban cerca del ataúd. El hombre se levantó para verlo. Se dirigió hasta Camilo para verlo mejor.

“Primo, estás aquí”, se emocionó el hombre y abrazó a Camilo, pero en seguida le advirtió con cierto temor, “pasa rápido adentro que unos indeseables te están buscando”.

(continúa)

Comitiva en Jarumarca

febrero 08, 2013

Los rayos del brillante sol entran por las ventanas de los vagones, mientras el tren avanza con paso firme y continuo por los rieles que comunican la serranía. En uno de vagones, sin embargo, Camilo Estrada cierra las cortinas ante el sofoco que empieza a sentir.

El hombre alto de mediana edad enciende un cigarrillo y reflexiona mirando el humo que se eleva y desvanece. Hace veinticinco años que había decidido irse de Jarumarca, cumpliendo la promesa de retirarse luego de batirse a duelo con el villano José Sifuentes. Pero la familia pudo más al final.

Un mes atrás, había recibido una carta de su padre. Le comunicó que estaba muy enfermo y que quería verlo antes de partir. Camilo ni pensó en negarse: a las dos horas tomó unas cosas en su pequeño equipaje y, en su cinto, el viejo revólver que nuevamente le dará pelea.

(continúa)