29/12/09: Hacer lúdico el aprendizaje
No puedo concebir a un niño de 4 años sin ánimo de ir a la escuela. A una edad en la que los niños deberían estar enamorados de su escuela y tener una altísima motivación para asistir, hay lamentablemente muchos que ya han tenido una mala experiencia y que sufren la escuela en lugar de disfrutarla.
La hija de una amiga por ejemplo, dice a sus 4 años que no le gusta ir al colegio porque no la dejan salir al recreo cuando no termina la tarea, que es muy lenta para escribir y que por más que se esfuerza, no hace bien las letras, siempre se queda sin recreo y nunca gana premios. Además, y esto lo dice muy claramente, no le gusta mucho lo que hace, y quisiera mejor quedarse en casa a jugar con sus muñecas.
¿Cómo puede pasar esto? Es tristísimo ver niños que ya a edades tan tempranas muestran desmotivación para ir al colegio, pues este es un comportamiento aprendido como resultado de las experiencias de aburrimiento, presión y fracaso que el niño ha tenido en la escuela, lo que no debería nunca suceder y menos con niños que recién inician su paso por la educación formal.
Aprender no tiene por qué ser aburrido; muchos de los problemas de motivación simplemente desaparecerían si las clases recogieran los intereses de los niños y si los profesores los articularan con el tema a tratar de manera lúdica y creativa.
Lamentablemente, eso sucede rara vez. Por ejemplo, cuando yo estudié a los incas, hace muchos años en la escuela primaria, tuve que aprender de paporreta los nombres de cada uno, en un excelente ejemplo del aprendizaje memorístico repetitivo y no significativo al que se refiere David Ausubel en su teoría. La historia quedaba así como una serie de hechos inconexos, difíciles y poco relevantes para mí, y como un cúmulo de nombres de personas que se confundían unas con otras y que uno debía memorizar sin saber exactamente por qué o para qué. Nunca jamás a alguna profesora se le ocurrió hacernos representar un episodio histórico a manera de juego de roles, contárnoslo como un cuento, pedirnos que interpretemos las causas del hecho o sus consecuencias para la vida de la gente, que imaginemos algún otro final que nos pareciera mejor, más justo para todos... menos aún que hicieramos entre todos una canción alusiva al tema, o que nos inventáramos nuestro propio personaje, convirtiéndonos, por ejemplo, en un inca.
Pero fíjense que todo esto se puede hacer, de modo que la historia se vuelva fascinante para los más pequeños. Aquí van un par de ejemplos:

Paulocútec (Paulo no se olvida ya del nombre de Pachacútec).
»Leer más
La hija de una amiga por ejemplo, dice a sus 4 años que no le gusta ir al colegio porque no la dejan salir al recreo cuando no termina la tarea, que es muy lenta para escribir y que por más que se esfuerza, no hace bien las letras, siempre se queda sin recreo y nunca gana premios. Además, y esto lo dice muy claramente, no le gusta mucho lo que hace, y quisiera mejor quedarse en casa a jugar con sus muñecas.
¿Cómo puede pasar esto? Es tristísimo ver niños que ya a edades tan tempranas muestran desmotivación para ir al colegio, pues este es un comportamiento aprendido como resultado de las experiencias de aburrimiento, presión y fracaso que el niño ha tenido en la escuela, lo que no debería nunca suceder y menos con niños que recién inician su paso por la educación formal.
Aprender no tiene por qué ser aburrido; muchos de los problemas de motivación simplemente desaparecerían si las clases recogieran los intereses de los niños y si los profesores los articularan con el tema a tratar de manera lúdica y creativa.
Lamentablemente, eso sucede rara vez. Por ejemplo, cuando yo estudié a los incas, hace muchos años en la escuela primaria, tuve que aprender de paporreta los nombres de cada uno, en un excelente ejemplo del aprendizaje memorístico repetitivo y no significativo al que se refiere David Ausubel en su teoría. La historia quedaba así como una serie de hechos inconexos, difíciles y poco relevantes para mí, y como un cúmulo de nombres de personas que se confundían unas con otras y que uno debía memorizar sin saber exactamente por qué o para qué. Nunca jamás a alguna profesora se le ocurrió hacernos representar un episodio histórico a manera de juego de roles, contárnoslo como un cuento, pedirnos que interpretemos las causas del hecho o sus consecuencias para la vida de la gente, que imaginemos algún otro final que nos pareciera mejor, más justo para todos... menos aún que hicieramos entre todos una canción alusiva al tema, o que nos inventáramos nuestro propio personaje, convirtiéndonos, por ejemplo, en un inca.
Pero fíjense que todo esto se puede hacer, de modo que la historia se vuelva fascinante para los más pequeños. Aquí van un par de ejemplos:
Paulocútec (Paulo no se olvida ya del nombre de Pachacútec).
»Leer más
12/12/09: El descubrimiento puro en Piaget

Sin embargo, sí es cierto que Piaget pensaba que lo que los niños descubrían, dadas las condiciones para hacerlo, constituía un aprendizaje verdadero que no olvidarían más adelante. En su libro Genetic Epistemology (Piaget J. 1970. Genetic Epistemology. Traducción de E. Duckworth. New York: Columbia University Press) Piaget da un ejemplo sencillo pero a la vez extraordinario del descubrimiento puro, presentando el caso de un niño que juega con piedritas y que, al hacerlo, descubre ciertas propiedades de las matematicas:
He lined them up in a row, counted them from left to right, and got ten. Then, just for fun, he counted them from right to left to see what number he would get, and was astonished that he got ten again. He put the pebbles in a circle and counted them, and once again there were ten. He went around the circle in the other way and got ten again. And no matter how he put the pebbles down, when he counted them, the number came to ten. He discovered here what is known in mathematics as commutativity, that is, the sum is independent of the order.
Esto es lo que Piaget tenía en mente cuando pensaba en el descubrimiento. Por supuesto, no debemos malinterpretar este pasaje, ni ningun otro escrito por Piaget, en el sentido de que el profesor ya no es importante para el aprendizaje y que el niño debe hacerlo todo por su cuenta. Nada más equivocado ni lejano a lo que el propio Piaget planteaba. Es precisamente el profesor el que debe organizar la experiencia, evaluar el nivel del niño y sus potencialidades, guiar el descubrimiento y facilitar las condiciones para que este ocurra. En el modelo de Piaget el profesor no solo no desaparece de escena, como algunos han equivocadamente pensado, sino que, al contrario, tiene un rol mucho, muchísimo más complejo e importante que el que tiene en la enseñanza tradicional.







