Lucía es una docente de 42 años y con 20 años de labor, casada, con 3 hij@s y siempre caracterizada por ser una mujer activa y dinámica; llevar la iniciativa era un sello definitivo en ella.
Sin embargo, Lucía también se caracterizaba por ser
una mujer muy celosa de su vida privada. Inclusive sus amistades más cercanas desconocían detalles de su vida familiar. Ella por su parte muy rara vez hablaba de sus hijos, y cuando lo hacía era para comentar que necesitaba apoyarlos en sus estudios (ya en niveles pre o universitarios). De su esposo, en cambio no decía nunca nada.
En cierto momento ella comenzó a decir que tenía muchos problemas, que se sentía cansada y preocupada; sin más detalles. No les tomó a sus amistades mucha imaginación para suponer –acertadamente- que ella se estaba divorciando. A pesar que su secreto a voces
ella seguía sin socializar con alguien cercano su vida privada.
Y justo en esa temporada, a Lucía le tocó cosechar logros de preparación; consiguió un grado académico que la confirmaría como coordinadora en la prestigiosa organización donde trabajaba, recibió invitaciones para ofrecer conferencias y hasta proyectos de publicación le ofrecieron.
Cada nuevo compromiso que le llegaba ella lo tomaba como un reto, y además pensando que con ello iba a sobrellevar de mejor manera su separación.
Lucía se comenzó a olvidar de descansar, de salir con amistades, de darse un tiempo de ocio exclusivo para ella.
Sus amistades comenzaron a notar un cambio muy marcado en ella. Se estaba volviendo intratable: sus charlas giraban a “no saben cuántos problemas tengo” mas nunca mencionaba en qué consistía su situación. Tenía un paradigma de desconfianza enorme,
temía que si alguien conociera algún detalle de su vida familiar este detalle se volvería público y eso afectaría su prestigio y por lo tanto ponía en riesgo su trabajo y estabilidad económica.
Cierto aumento en su consumo de café y de cigarros la comenzó a sorprender. Si bien un par de tazas y dos cigarrillos al día para otro tipo de personas no significan nada, ella misma sabía que eso no era común.
Además, ya no era capaz de tolerar comentarios banales de parte de sus conocidos, mucho menos alguna broma. Comenzó a expresarse para con ellos con frases despectivas del tipo:
no seas idiota; no estoy para tonterías; yo sí tengo compromisos; (se refería a algún conocido como) estúpido o (en caso de una invitación) yo no voy a ese tipo de sitios. Frases como las anteriores no se le habían escuchado antes.
Sus pocos conocidos a los que trataba de esta nueva manera comenzaron a guardarle distancia.
Reflexiones
En la trayectoria de vida de Lucía le tocó enfrentar
un evento mayor como lo es el divorcio. Precisamente el divorcio es uno de las situaciones que
más pueden estresar a una persona, y más cuando se han vivido varios años de relación y hay hijos de por medio. Aunado a la cantidad de compromisos laborales, académicos y todos aquellos que le ofertaron, a Lucía el estrés empezó a modificarle ciertos rasgos de su personalidad de manera negativa.
El estrés afecta en la calidad de relaciones que podemos tener con los demás, paradójicamente el hecho de afectar estas relaciones a su vez estresa más todavía. Por ciertos rasgos de neuroticidad, Lucía no aceptaba que necesitaba apoyo para sobrellevar su divorcio y una nueva vida. En cambio, pensaba que con una vida llena de compromisos y éxitos laborales y ganancia económica saldría avante. Pero entre más compromisos asumía más tensiones extras se iba ganando. La idea de descanso le parecía peligrosa, quizá temía deprimirse en lugar de distraerse y mostraba posturas defensivas argumentando una superioridad de clase social.
¿Cómo acceder a una persona encerrada en su vida? Es una pregunta una compleja de contestar.
Quizá sea necesario tenga una crisis mayor que le afecte la salud o le conlleve cierto fracaso laboral para que finalmente acepte que debe buscar apoyo para superar su divorcio y entonces encontrarse nuevamente consigo misma.
ESTA OBRA ES PROPIEDAD INTELECTUAL DE JOSÉ ZAVALA ZAVALA BAJO LICENCIA DE CREATIVE COMMONS
Exposición de Caso
Llamé a Mary por teléfono para saludarla, hacía tiempo que no la veía -o la escuchaba por teléfono al menos-. La encontré en su casa un domingo a las diez de la mañana y ell me preguntó su había asistido a ciertas actividades comisionadas.
Le respondí que no, que yo había decidido atender los grupos, que realmente me interesaba no perder la distancia con mis alumnos, postura con la cual ella simpatizó de inmediato. Pero a partir de ese momento
ella tomó la iniciativa del diálogo y lo redirigió a su contexto de trabajo.
Mary trabaja como auxiliar en una escuela secundaria en
una zona muy vulnerable de la ciudad (con este calificativo me refiero a zona pobra y con alta delincuencia). De hecho, su lugar de trabajo se ubica un extremo geográfico de la ciudad donde los campos de cultivo abundan y, la población que atiende la secundaria tiene un ingreso mediante actividades relacionadas con el campo y construcción principalmente.
Ella me hizo énfasis en lo intensa que era la delincuencia esa zona. De hecho me habló de la existencia de dos pandillas locales enfrentadas y que bien esto daba como consecuencia inmediata un bajo número de ingresantes a la escuela.
Después –
mientras su tono de voz era más y más apresurado al narrar y adquiría además un timbre dramático- comenzó a describir los niveles de pobreza que padecen sus alumnos y familias. Un caso peculiar que mencionó fue, que al indagar sobre un caso de ausencia por una semana de una alumna, platicó con la madre en una paupérrima casa, la señora le comentó que su hija estaba menstruando y ella no podía adquirirle toallas sanitarias (y entonces recurrían a paños y cartones para sobrellevar la situación). Bajo esas circunstancias la madre de familia decidió que mientras pasara el ciclo de su hija ella no iría a la escuela.
Otros casos que la “afectaban” fueron; los embarazos en alumnas de tercer grado (mujeres de 14 a 16 años), un par de jóvenes de segundo grado que abandonaron la escuela para formalizarse como pareja y trabajar en maquiladora –y que la mujer ya padecía abuso físico de parte del jovencito-, alumnos y alumnas golpeadas en sus casas y más. Cada caso que Mary narraba yo escuchaba en su voz sufrimiento.
Si bien Mary es una mujer felizmente casada y madre de dos hijas sanas y estables que están estudiando, me parecía su evidente cierto maternalismo proyectado al trabajo.
Ella podría tener un nexo emocional con sus sufrientes alumnos. Por lo tanto, Mary sufría viendo sufrir a ellos.
Mary fue muy clara al decirme que
realmente esa labor que hacía no era su trabajo, pero ella estaba dando ello en beneficio de la escuela y su comunidad. No escuché en su charla que recurriera o tuviera el apoyo de alguien más. Sin tener elementos para asegurarlo, pero, Mary parecía quería ganar una guerra con su lucha personal.
Y entonces me comentó que apenas
hace algunos días tuvo calambres en una mano. Que sintió como si se le paralizara por un choque eléctrico. Entonces le cuestioné sobre sus hábitos personales de salud: alimentación, café y gaseosas, tiempos de descanso y ejercicio.
Sus respuestas ahora sí me parecieron preocupantes:
comida abundante, algo de café y gaseosas, poco o nulo tiempo de descanso (ella atiende dos turnos), muy poco agua natural (y de hecho líquidos) en su dieta, ausencia de tiempo para hacer alguna actividad física. Ante mi posible reclamo de “¿Dónde quedaba la actividad física?”, tuve como respuesta; “No queda tiempo, y llego demasiado cansada”.
Reflexión
Mary es mi amiga y me preocupa lo que pueda pasarle a su salud. Los problemas de sus alumnos tienen orígenes complejos y sistémicos; pero los problemas de salud que Mary pudiera tener serían indiscutiblemente originados por ella misma. Aunque ella no lo sepa.
Si tuviera que metaforizar la situación de Mary, lo que me viene en mente es que “Ella está nadando en vueltas alrededor de un remolino”.
Existen momentos en la vida laboral de un docente donde pueden surgir vínculos emocionales empáticos, sobre todo si sentimos un nexo hacia algo inherente a nuestra personalidad; a veces, con orígenes en nuestra historia personal. Mary quizá por el amor a sus propias hijas, o por algún momento en su vida donde quizá se sintió abandonada ahora intenta cubrir la ausencia de atención hacia sus alumnos y alumnas.
Pero por el medio tan adverso donde ella se desenvuelve comienza a descubrir una realidad más dramática que la que esperaba.
Las demandas que quiere atender son demasiadas tanto en número como en cualidad para su sola persona. El hecho que ella sienta que no puede tener éxito en su solución le genera estrés. Tales situaciones ameritan un trabajo colectivo dirigido precisamente a objetivos de cuidado de los alumnos; de garantizarles un espacio físico y temporal digno, limpio, seguro y sobre todo que se sientan protegidos. Sin embargo, puedo entender que los gestores de la organización tienen otros objetivos ajenos a esta situación (porque hay otros más mediatos, asequibles o simplemente desconocen la magnitud del problema).
Mary pertenece al grupo de personas que asumen constantemente desafíos, que presentan mucha energía, que tienen mucha iniciativa… pero que son propensos a descuidar su salud por compromisos laborales.
Mary requiere entonces ayuda y apoyo para afrontar su estrés en los siguientes campos:
1.-
Apoyo informativo: Ella debe conocer qué es el estrés, cómo ella comienza a verse afectada, cómo debe distanciarse de asumir esas situaciones de manera tan personal.
2.-
Apoyo instrumental: Cómo su organización de trabajo pudiera ayudarla para que ella pueda atender esos casos y proveerle recursos para tener éxito. También en este campo se puede considerar su rol laboral, para no exceder las demandas de tiempo y esfuerzo de su persona en dicha labor.
3.-
Apoyo emocional: Principalmente se podría reconocer su gran esfuerzo e interés para con la escuela. Pero también es de gran valor ofrecerle guía para comprender que el contexto está allí y no por causa de ella. Debe de distanciarse de manera prudente de ese compromiso mientras otros docentes y auxiliares “se acercan” al problema.
Nota: Este tipo de apoyos según fueron establecidos por House (1981) pero su referenciación no viene completa. Mi fuente de estudio fue:
FUEGUEL, Cora y MONTOLIU, Ma. Rosa (2005).
El malestar docente: propuestas creativas para reducir el estrés del profesorado. Octaedro, España, 95 pp.
ESTE TEXTO ES PROPIEDAD INTELECTUAL DE JOSÉ ZAVALA BAJO LICENCIA DE CREATIVE COMMONS
En este espacio compartiré sobre cómo me toca constantemente redirigir mis hábitos y actitudes como docente en ejercicio que soy, y por lo tanto susceptible a recaídas estresantes –por así llamarlas- y padecer mayor vulnerabilidad hacia este fenómeno psicosocial y fisiológico.
Apenas dos meses de trabajo…
Después de dos meses agitados en un nuevo año escolar y atendiendo un sinnúmero de situaciones –elegidas por voluntad, para ganar prestigio así como de aumentar mi ingreso-, comencé a notar en mí algunas conductas inusuales que, sin embargo;
no les presté mucha atención.
Es decir, bien me percataba que había incorporado algunas prácticas que no me eran comunes, como mascar chicle constantemente o al platicar con conocidos ser muy emocional e inclusive usar vocabulario más vulgar,
pero no analizaba más allá de esto.
Fue entonces que me vino simultáneamente
una manifestación de gastritis y una faringitis cuando, asustado más por la primera, me di el tiempo para cuestionar mis hábitos más recientes. Cierto abuso del café me fue fácil de aceptar, quizá también algo extra de consumo de vino o cerveza. Al parecer eran las causas el origen de mi gastritis.
Sin embargo fueron las palabras de mi médico de cabecera, quien me aseguró que él me veía muy alterado desde un tiempo atrás (y buena parte del problema de salud era por lo mismo). Esta situación en un principio me molestó;
¿quién era él para asegurar eso en mi persona con tan solo unos minutos de charla?
Pero bien, mientras planeaba mis cambios de hábitos para asegurar una rápida y nada desesperante recuperación, pude entonces ver retrospectivamente algunas situaciones en el trabajo en las que me había involucrado:
charlas bastante desagradables con varios elementos del personal de la escuela –siempre quejándose de todo, siempre buscando culpables a las cosas o asegurando situaciones perversas sin tener fundamento-, molestia por la apatía del alumnado para el estudio así como su indiferencia hacia la limpieza de las aulas y la escuela.
Entonces pude determinar propiamente
todos los estresores que había inconcientemente permitido entraran en mi vida, en apenas dos meses de trabajo (en una escuela altamente conflictuada).
Esa noche descansé evitando salir a hacer exagerada dosis de deporte, y redirigí mi actuar a favor a mi persona…
Al otro día recomencé a tomar las cosas con calma: las faltas de los alumnos no me parecieron tan graves, evitaba pasar hasta donde podía los lugares donde veía personal reunido y rumorando (y si era inevitable trataba de no escuchar sus diálogos), si el tiempo de clase no me alcanzaba declaraba que era mejor continuar al siguiente día y dejé de masticar chicle nuevamente.
Además, una semana de tratamiento de medicinas de primera calidad (que desgraciadamente son muy caras y el sistema de salud público ni siquiera contempla) bastaron para alejarme de las molestias faríngeas y gastríticas.
Reflexiones y recomendaciones:
La profesión docente es una profesión “aislada”. Las condiciones se prestan para uno tener su jornada de trabajo la mayor parte del tiempo alejados del “quehacer del otro”. El contacto entre docente de carga completa en un escuela apenas se da…
pero si ocurre de manera no grata, como intercambios de quejas, declaración exagerada de prejuicios negativos y otros actos comunicativos llenos de frustración y dirigidos de manera personal, esto puede ser muy desgastante.
Como docente es muy rescatable tener amistades de contacto frecuente ajenas al trabajo, es decir; no docentes. Estas amistades uno debe buscarlas y trabajar mutuamente la asertividad –saber decir y exponer situaciones de manera pacífica para no herir sentimientos- y la confianza.
Si esta amistad se valora, entonces cuando alguien “nos invite a reflexionar” argumentando que ven en nuestra conducta características inapropiadas (que por ende sean perjudiciales para la salud) uno debe de saber aceptarlas e iniciar de inmediato una introspección para entender en qué se está actuando equivocadamente.
Uno debe conocer también
esos “ciclos de estrés” que puede haber en las organizaciones escolares y que pueden estar determinados por periodos de evaluación, o cambios de clima e inclusive decisiones hechas que ocasionan molestia en parte del personal.
Y sobretodo, los docentes somos propensos a la frustración (por varias razones demostradas en investigaciones); es muy recomendable saber marcar distancia y evitar charlas de enfrentamiento con pares que manifiesten de manera más aguda cuadros neuróticos y de burnout.
Fuente:
http://www.sincomentarios.net/post/data/upimages/Agobio%5B1%5D.jpg
ESTE TRABAJO ES PROPIEDAD INTELECTUAL DE JOSÉ ZAVALA BAJO LICENCIA DE CREATIVE COMMONS
Burnout docente: Un Caso Real
Gerardo -profesor de matemáticas, 45 años de edad, 26 años de servicio en escuela pública, casado, una hija- manifestaba ciertos rasgos peculiares:
***Difícilmente sonreía. De hecho, contemplaba algunas situaciones completamente estático, sin ninguna emoción en su rostro. Esto inclusive hasta en momentos familiares o de supuesta cordialidad.
***Su “rutina comunicativa” comenzó a ser muy marcada. Se quejaba de todo. Criticaba a todo mundo –obviamente menos a él-. Y recurría mucho al artilugio de “yo quise cambiar las cosas… pero no pude” (según porque a nadie le interesaba mejorar).
***En la escuela, Gerardo estaba teniendo varios conflictos de manera frecuente. Uno de ellos muy notorio; en un momento de cólera se quitó el cinturón y trató de lastimar a un alumno que en su clase lo desafió. Si lo lastimó o no terminó en mito de la escuela; un motivo para criticarlo o burlarse de él.
Gerardo, tenía un mecanismo racionalizador muy fuerte. Reconocía las situaciones en las que terminaba mal parado, pero justificaba su proceder. En el caso del alumno al que amagó declaró que “realmente era insoportable y su respeto y credibilidad (de Gerardo)” ante el grupo estaba en juego. Entonces, él actuó “porque tenía que actuar” y, a pesar (que según él) no lo golpeó, “las cosas mejoraron a partir de ese momento”.
Claro que esa mejora era muy cuestionable.
Su falta de paciencia y tolerancia comenzaron a ser conocidos en todos los grupos de la escuela.
Otra peculiaridad de Gonzalo consistía en su manera de hablar. Específicamente de ciertos mensajes que dirigía a las mujeres del personal.
Las criticaba de manera directa sin tener siquiera un motivo o una socialización previa con ellas.
A una empleada encargada de preparar la comida (que además era madre de familia de un alumno) le dijo secamente cuando pasaba por allí que sus preparados “eran comida basura”. A una secretaria la abordó cuando ella salía de la escuela fuera de horario, y le preguntó “¿por qué siempre usted sale antes de tiempo?”. A otra le criticó un arreglo cosmético, dijo que él “jamás pagaría un precio tan exagerado por algo así”.
Obviamente había reacciones hacia sus comentarios. Reacciones pasivas, no en el momento que ocurría sino conversaciones posteriores en su contra, motivos de charla y rumores sobre su persona. (Se le definía como un tipo maltratado en su casa, que iba a la escuela en busca de venganza)
Cuando un compañero le contó los comentarios se decían debido a su manera tan poco cortés de tratarlas, él -primeramente molesto y después racional- comentó despectivamente que “esas mujeres no aguantaban nada”.
Gerardo había tenido una charla previa con un terapeuta. En esa ocasión esa persona le había ayudado a reconocer ciertos elementos que él parecía manifestar constantemente pero no había reflexionado y reconocido.
Aceptó que tenía cierta “desilusión” por la enseñanza, que sentía frustración por ver tantas falencias y vicios en la escuela y en el mismo sistema de educación pública. Insistió también que desde un inicio él quiso cambiar muchas cosas para el bien de todos (sin embargo cuando se le cuestionó cómo quiso hacerlo se limitaba a decir “hablando con cada uno en la escuela”).
Otra de las situaciones donde él mostraba gran rechazo era hacia la política sindical, la cual consideraba rebasaba lo educativo para meterse de lleno a la política nacional. Entonces aprovechaba las reuniones políticas para manifestarse en contra y con esto llegaba a generar emociones encontradas y (más) rechazo a su persona.
Contradictoriamente Gerardo era una persona a la cual sí le importaba la valoración que los demás pudieran darle –a pesar que él declarara lo contrario, tenía una clara personalidad neurótica-. Con este tipo de actitudes él sólo se perjudicaba.
Parecía evidente que Gerardo mostraba rasgos de burnout o desgaste profesional: Una persona desilusionada, cansada emocionalmente, sin capacidad de reflexionar sobre su acción y, por lo tanto, ajeno a todos los conflictos que por su misma forma de ser ocasionaba.
Reflexión:
Un individuo como el profesor Gerardo
es una persona enferma emocionalmente, con serias repercusiones en lo físico también. Como tal, Gerardo mismo en un docente inefectivo, con una tendencia a generar(se) problemas constantemente.
La constante aparición de problemas a su vez hará que él mismo se sienta más y más abrumado, más colérico, más intolerante y su carácter empeorará día con día.
Un caso así, donde el afectado ya no entiende razones de otra persona que pudiera darle guía o consejo.
Desgraciadamente en el sistema de salud público es rara la canalización a un psicólogo o terapeuta… y menos aún se concibe una incapacidad por estrés docente, que demandaría tiempo en mejora de la salud mental del individuo.
¿Qué hacer?
Si la escuela tuviera gente capacitada cuando menos en la detección de este tipo de comportamientos, cuando menos las autoridades (formales y no formales)
pudieran evaluar la acción docente, y en consecuencia recomendar acciones; como asistir a ayuda específica en mejora de la educación así como en el cuidado de la salud misma del docente.
ESTE TRABAJO ES PROPIEDAD INTELECTUAL DE JOSÉ ZAVALA BAJO LICENCIA DE CREATIVE COMMONS