Archivo de abril 2010
Estimados amigos:
Hace unos días fue retirada de las librerías católicas españolas el Libro del teólogo José Antonio Pagola denominado "Jesús: una aproximación histórica", que había batido record de ventas (dicen que más de 250,000 ejemplares).
El tema es antiguo. El libro, polémico, había sido materia de cuestionamiento por ciertos teologos tradicionalistas españoles, que dió origen a una posición por parte de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Este año 2010 el autor presento una nueva edición, con precisiones que evitaran cualquier confusión posible, contando para ello con la autorización (imprimatur) del obispo de su diocesis. La edición, tan pronto salió a la venta, fue un exito de ventas, pero la editorial que lo publica ordeno súbitamente su retiro de las librerías.
A continuación, un comentario del teólogo José I. González Faus, miembro de Cristianismo y Justicia, sobre el tema.
Cada cual saque sus propias conclusiones.
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Por: José I. González Faus
Me permito plagiar el famoso título de J. A. Mendoza para dar un poco de humor a las cuatro reflexiones que siguen y que no pueden hacerse sin mucha tristeza.
1.- La historia es maestra de la vida. Y, sin entrar a juzgar personas, el teólogo o el historiador de la Iglesia saben que en más de una ocasión los obispos (o grupos de ellos) han caído en herejía. Cuando el concilio de Nicea, por ejemplo, la mayoría de los obispos eran arrianos y fue la fe del pueblo la que salvó a la Iglesia.
Por qué eran arrianos aquellos obispos del siglo IV, es fácil de explicar: el arrianismo salvaba la superioridad absoluta de la autoridad suprema (Dios en el cielo y sus representantes políticos o eclesiásticos en la tierra) mucho mejor que una doctrina trinitaria en la que se confiesa la absoluta igualdad entre la Fuente Última del ser (a la que llamamos Dios Padre), y los otros modos del ser divino que de Él proceden (y a los que nuestro pobre lenguaje califica como “Palabra” -o Hijo- y Espíritu de Dios).
Después volveremos sobre esto. Ahora vamos a asomarnos a la polémica en torno al libro de José Antonio Pagola (Jesús: una aproximación histórica).
2.- Mucha gente está desconcertada hoy por lo ocurrido con ese libro. A la sorpresa por la condena teológica de una obra que ha acercado tanta gente a Jesús y que es sólo un libro histórico (donde, además, nada atenta contra la fe cristiana), se añade la obstinación y dureza contra un buen hijo de la Iglesia, que evocan la máxima de los antiguos inquisidores hispánicos en el proceso contra María Cazalla: si de las torturas se sigue alguna lesión o incluso la muerte “a culpa de ella sea y no de sus mercedes los reverendos inquisidores”. Hoy eso se ha suavizado gracias a Dios y no acuso de ello a los censores de Pagola. Pero en cambio, escandaliza el procedimiento de presionar en secreto a una editorial, en vez de dar la cara evangélicamente.
Y, sin embargo, los obispos que así condenan parten de algo muy respetable y preciso para la identidad cristiana: la confesión de la divinidad de Jesús. Hasta aquí coincidimos.
Pero a partir de ahí dan un sonoro paso en falso en mi modesta opinión. Sin permitir que Jesús nos revele algo del ser de Dios (que ellos ya creen conocer) deducen que, si Jesús era Dios, debía ser de esta y esta manera como hombre. Con esta lógica, imaginan al hombre Jesús como una especie de “hombre divino” (o de “superman” para decirlo con una palabra más nuestra).
Pues bien: contra este modo de concebir al hombre Jesús fue escrito el evangelio de Marcos ya en el siglo I, lo cual permite comprender lo fácil y comprensible de esa tentación (ésta fue la tentación de muchos paganos piadosos que se convertían al cristianismo). Contra este modo de ver escribió san Agustín una célebre frase (hablando de los magos, si no recuerdo mal): “vieron al hombre y adoraron a Dios. Lo que les ocurre a los censores de Pagola es que quieren “ver” a Dios o algo de lo que ellos imaginan como divino, para adorarle.
Contra este modo de proceder también escribió Lutero una página memorable en su comentario a los gálatas, donde viene a decir que no hemos de imaginarnos una especie de superman en especulaciones sobre la Trascendencia: pues eso no sería más que “la sabiduría del mundo que no conoce a Dios” (1 Cor 1,21). Hay que comenzar por donde Él comenzó: en el vientre de una mujer, naciendo, en los pechos de su madre, padeciendo como todos… y hasta sintiéndose abandonado de Dios. Y después decir estremecidos: ¡éste es Dios! Y adorarle.
Naturalmente, cuando se hace sobre Jesús una investigación puramente histórica, no se encuentra nunca a un “hombre divino”. Por eso creen los obispos censores que la investigación histórica no resulta compatible con la fe de la Iglesia.
3.- O, dicho lo mismo con otras palabras: la fe de la Iglesia confiesa que Jesús es “consustancial a Dios” y “consustancial a nosotros”. La palabra consustancial no es muy de hoy aunque la conocemos por el Credo (“de la misma naturaleza”): igual en todo a nosotros (salvo en el pecado que no pertenece a nuestro ser humano sino que es más bien la fuerza destructora de nuestro ser). Pero la enseñanza de la Iglesia añade que esas dos afirmaciones (consustancial al Padre y consustancial a nosotros) han de hacerse “simultáneamente” y “sin separarlas”.
Cuando la afirmación no es simultánea sino que da prioridad a una de las dos afirmaciones, la otra peligra siempre. Y, en el caso que ahora nos ocupa, comenzar sólo por la consustancialidad de Jesús con el Padre lleva siempre a negar la consustancialidad (o plena igualdad) de Jesús con nosotros. A lo más se le confesará igual a nosotros en el cuerpo (cosa que también negaban algunos en los comienzos del cristianismo), pero no podrá ser consustancial a nosotros en todo eso que hoy llamamos el psiquismo humano.
La forma más suave de esta línea herética (suave, pero también heterodoxa) es llamada técnicamente monofisismo. Su modo de concebir a Dios la lleva a pensar que, para afirmarse y para estar presente, Dios necesita quitar espacio a lo humano. De esta manera se afirma un Dios que parece más de acuerdo con nuestra forma espontánea de pensar; pero que evita aquello que proclamaba san Pablo como intrínseco a la revelación del Dios cristiano: que es una locura para los que piensan (“los sabios”) y, sobre todo, un escándalo para los hombres religiosos (los judíos dice Pablo con su léxico personal).
Nada de esto es nuevo: hace más de cincuenta años, K. Rahner advirtió que, en la cabeza de muchos católicos, había “un monofisismo latente”. También en la cabeza de muchos obispos. En este modo de concebir, el escándalo del Dios cristiano se ha eliminado y ya tenemos un dios al alcance de nuestra cabeza. Pero también se ha eliminado que Jesús revele algo del ser de Dios, algo que nunca hubiéramos sospechado sin Jesús, y que no nos es fácil de aceptar: que Dios es capaz de negar su “forma divina” para presentársenos en la figura escandalosa de “un siervo”, o al menos “pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera” (ver Fil 2, 7ss).
En fin: el Jesús de Pagola quizá tenga sus desaciertos o desenfoques en algún punto concreto, como toda obra histórica; pero sí que se nos aparece “como uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera”. Por eso los “piadosos” no pueden reconocer en él a Dios. Y al no reconocerlo, creen que Pagola niega la fe de la Iglesia. No sospechan que son ellos los que amenazan esa fe. (Y al margen de esto: si el Jesús de Pagola resulta atractivo por la discreta presencia de la Trinidad en él, eso es lo que Dios quiere con nosotros: seducir y no imponerse).
Dicho de otro modo para concluir: el Nuevo Testamento no dice de Jesús que porque era el Hijo (o como era el Hijo)… (y aquí pueden añadirse muchas cosas de las que imaginan en Jesús los detractores de Pagola). Dice bien claro que Jesús aunque era el Hijo… (y aquí siguen algunas cosas de las que molestan a los censores de Pagola: aprendió en sus sufrimientos esa aceptación que es propia de la condición humana…). Y esto mismo se repite en el modo de argumentación de Satanás cuando el evangelio cuenta las tentaciones de Jesús: “si eres Hijo de Dios”… tendrás que hacer esto y esto otro. Con la sorpresa de que Jesús nunca contesta a Satán apelando a su condición divina sino a su condición humana: el hombre no vive de solo pan, el hombre no debe tentar a Dios etc.
4.- Y como, en la realidad, todas las dimensiones están unificadas, lo que llevamos dicho no afecta sólo al campo de la teoría sino que tiene su resonancia práctica: si el Dios que se revela en Jesús es un Dios capaz de vaciarse de sí mismo y renunciar a su imagen divina (¡sin perder por eso su divinidad sino al revés: poniéndola en acto!), se sigue necesariamente que aquellos que se nos presentan como “representantes de Dios” deberían renunciar también a su presunta dignidad divina y hermanarse al máximo con todos los hombres, sobre todo con los que menos rostro de hombre tienen por la barbarie del pecado de este mundo. En algo de eso debía pensar el Vaticano II cuando dijo que los gozos, esperanzas, tristezas y dolores de todos los hombres, sobre todo de los más pobres, son también gozos y dolores de la Iglesia. (Y eso es lo que no parece ocurrirles a los enemigos de Pagola).
En una palabra: lo que está en juego en toda esta pelea es si Dios, en Jesús, se ha revelado como Amor que renuncia a su poder, o como Poder que confirma las pretensiones humanas de poder y la idolatría humana del poder.
Por eso tampoco es extraño que -en su época- los que luego se llamaron monofisitas fueran mucho más palaciegos y partidarios del poder, del influjo en el emperador y de la corte imperial etc., etc.
Y así llegamos a lo que me parece ser el meollo del caso Pagola: lo que está en el fondo no es propiamente un problema cristológico sino un problema eclesiológico. Porque si Jesús es el Señor de la Iglesia (y esto lo confesamos todos), de una imagen de Jesús se sigue inevitablemente una imagen de la Iglesia. Y entonces la pregunta es si (como escribía hace siglos Bartolomé de las Casas) “la Iglesia no tiene más poder en la tierra que el que tuvo Cristo en cuanto hombre”, o si la Iglesia se cree llamada a tener un “poder divino” superior al que tuvo el hombre Jesús, y que conduce a aquella otra máxima de los inquisidores hispanos del siglo XVI: cuando algún acusado aparecía inocente (como ocurrió con el arzobispo Carranza y sus 17 años en las cárceles de la inquisición) muchos inquisidores mantenían la condena alegando “que es menor inconveniente que padezca uno, que no hacer sospechosa su autoridad y oficio”.
Hay aquí dos maneras de concebir la dignidad religiosa. El libro de Pagola (con sus limitaciones y defectos) lleva claramente a la primera opción. La postura de sus inquisidores creo que lleva necesariamente a la segunda. En mi modesta opinión, aquí es donde cobra vigor aquel “this is the question” que preocupaba a Hamlet. O “la madre de todas las batallas” de Sadam Husein.
Hace unos días fue retirada de las librerías católicas españolas el Libro del teólogo José Antonio Pagola denominado "Jesús: una aproximación histórica", que había batido record de ventas (dicen que más de 250,000 ejemplares).
El tema es antiguo. El libro, polémico, había sido materia de cuestionamiento por ciertos teologos tradicionalistas españoles, que dió origen a una posición por parte de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Este año 2010 el autor presento una nueva edición, con precisiones que evitaran cualquier confusión posible, contando para ello con la autorización (imprimatur) del obispo de su diocesis. La edición, tan pronto salió a la venta, fue un exito de ventas, pero la editorial que lo publica ordeno súbitamente su retiro de las librerías.
A continuación, un comentario del teólogo José I. González Faus, miembro de Cristianismo y Justicia, sobre el tema.
Cada cual saque sus propias conclusiones.
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Por: José I. González Faus
Me permito plagiar el famoso título de J. A. Mendoza para dar un poco de humor a las cuatro reflexiones que siguen y que no pueden hacerse sin mucha tristeza.
1.- La historia es maestra de la vida. Y, sin entrar a juzgar personas, el teólogo o el historiador de la Iglesia saben que en más de una ocasión los obispos (o grupos de ellos) han caído en herejía. Cuando el concilio de Nicea, por ejemplo, la mayoría de los obispos eran arrianos y fue la fe del pueblo la que salvó a la Iglesia.
Por qué eran arrianos aquellos obispos del siglo IV, es fácil de explicar: el arrianismo salvaba la superioridad absoluta de la autoridad suprema (Dios en el cielo y sus representantes políticos o eclesiásticos en la tierra) mucho mejor que una doctrina trinitaria en la que se confiesa la absoluta igualdad entre la Fuente Última del ser (a la que llamamos Dios Padre), y los otros modos del ser divino que de Él proceden (y a los que nuestro pobre lenguaje califica como “Palabra” -o Hijo- y Espíritu de Dios).
Después volveremos sobre esto. Ahora vamos a asomarnos a la polémica en torno al libro de José Antonio Pagola (Jesús: una aproximación histórica).
2.- Mucha gente está desconcertada hoy por lo ocurrido con ese libro. A la sorpresa por la condena teológica de una obra que ha acercado tanta gente a Jesús y que es sólo un libro histórico (donde, además, nada atenta contra la fe cristiana), se añade la obstinación y dureza contra un buen hijo de la Iglesia, que evocan la máxima de los antiguos inquisidores hispánicos en el proceso contra María Cazalla: si de las torturas se sigue alguna lesión o incluso la muerte “a culpa de ella sea y no de sus mercedes los reverendos inquisidores”. Hoy eso se ha suavizado gracias a Dios y no acuso de ello a los censores de Pagola. Pero en cambio, escandaliza el procedimiento de presionar en secreto a una editorial, en vez de dar la cara evangélicamente.
Y, sin embargo, los obispos que así condenan parten de algo muy respetable y preciso para la identidad cristiana: la confesión de la divinidad de Jesús. Hasta aquí coincidimos.
Pero a partir de ahí dan un sonoro paso en falso en mi modesta opinión. Sin permitir que Jesús nos revele algo del ser de Dios (que ellos ya creen conocer) deducen que, si Jesús era Dios, debía ser de esta y esta manera como hombre. Con esta lógica, imaginan al hombre Jesús como una especie de “hombre divino” (o de “superman” para decirlo con una palabra más nuestra).
Pues bien: contra este modo de concebir al hombre Jesús fue escrito el evangelio de Marcos ya en el siglo I, lo cual permite comprender lo fácil y comprensible de esa tentación (ésta fue la tentación de muchos paganos piadosos que se convertían al cristianismo). Contra este modo de ver escribió san Agustín una célebre frase (hablando de los magos, si no recuerdo mal): “vieron al hombre y adoraron a Dios. Lo que les ocurre a los censores de Pagola es que quieren “ver” a Dios o algo de lo que ellos imaginan como divino, para adorarle.
Contra este modo de proceder también escribió Lutero una página memorable en su comentario a los gálatas, donde viene a decir que no hemos de imaginarnos una especie de superman en especulaciones sobre la Trascendencia: pues eso no sería más que “la sabiduría del mundo que no conoce a Dios” (1 Cor 1,21). Hay que comenzar por donde Él comenzó: en el vientre de una mujer, naciendo, en los pechos de su madre, padeciendo como todos… y hasta sintiéndose abandonado de Dios. Y después decir estremecidos: ¡éste es Dios! Y adorarle.
Naturalmente, cuando se hace sobre Jesús una investigación puramente histórica, no se encuentra nunca a un “hombre divino”. Por eso creen los obispos censores que la investigación histórica no resulta compatible con la fe de la Iglesia.
3.- O, dicho lo mismo con otras palabras: la fe de la Iglesia confiesa que Jesús es “consustancial a Dios” y “consustancial a nosotros”. La palabra consustancial no es muy de hoy aunque la conocemos por el Credo (“de la misma naturaleza”): igual en todo a nosotros (salvo en el pecado que no pertenece a nuestro ser humano sino que es más bien la fuerza destructora de nuestro ser). Pero la enseñanza de la Iglesia añade que esas dos afirmaciones (consustancial al Padre y consustancial a nosotros) han de hacerse “simultáneamente” y “sin separarlas”.
Cuando la afirmación no es simultánea sino que da prioridad a una de las dos afirmaciones, la otra peligra siempre. Y, en el caso que ahora nos ocupa, comenzar sólo por la consustancialidad de Jesús con el Padre lleva siempre a negar la consustancialidad (o plena igualdad) de Jesús con nosotros. A lo más se le confesará igual a nosotros en el cuerpo (cosa que también negaban algunos en los comienzos del cristianismo), pero no podrá ser consustancial a nosotros en todo eso que hoy llamamos el psiquismo humano.
La forma más suave de esta línea herética (suave, pero también heterodoxa) es llamada técnicamente monofisismo. Su modo de concebir a Dios la lleva a pensar que, para afirmarse y para estar presente, Dios necesita quitar espacio a lo humano. De esta manera se afirma un Dios que parece más de acuerdo con nuestra forma espontánea de pensar; pero que evita aquello que proclamaba san Pablo como intrínseco a la revelación del Dios cristiano: que es una locura para los que piensan (“los sabios”) y, sobre todo, un escándalo para los hombres religiosos (los judíos dice Pablo con su léxico personal).
Nada de esto es nuevo: hace más de cincuenta años, K. Rahner advirtió que, en la cabeza de muchos católicos, había “un monofisismo latente”. También en la cabeza de muchos obispos. En este modo de concebir, el escándalo del Dios cristiano se ha eliminado y ya tenemos un dios al alcance de nuestra cabeza. Pero también se ha eliminado que Jesús revele algo del ser de Dios, algo que nunca hubiéramos sospechado sin Jesús, y que no nos es fácil de aceptar: que Dios es capaz de negar su “forma divina” para presentársenos en la figura escandalosa de “un siervo”, o al menos “pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera” (ver Fil 2, 7ss).
En fin: el Jesús de Pagola quizá tenga sus desaciertos o desenfoques en algún punto concreto, como toda obra histórica; pero sí que se nos aparece “como uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera”. Por eso los “piadosos” no pueden reconocer en él a Dios. Y al no reconocerlo, creen que Pagola niega la fe de la Iglesia. No sospechan que son ellos los que amenazan esa fe. (Y al margen de esto: si el Jesús de Pagola resulta atractivo por la discreta presencia de la Trinidad en él, eso es lo que Dios quiere con nosotros: seducir y no imponerse).
Dicho de otro modo para concluir: el Nuevo Testamento no dice de Jesús que porque era el Hijo (o como era el Hijo)… (y aquí pueden añadirse muchas cosas de las que imaginan en Jesús los detractores de Pagola). Dice bien claro que Jesús aunque era el Hijo… (y aquí siguen algunas cosas de las que molestan a los censores de Pagola: aprendió en sus sufrimientos esa aceptación que es propia de la condición humana…). Y esto mismo se repite en el modo de argumentación de Satanás cuando el evangelio cuenta las tentaciones de Jesús: “si eres Hijo de Dios”… tendrás que hacer esto y esto otro. Con la sorpresa de que Jesús nunca contesta a Satán apelando a su condición divina sino a su condición humana: el hombre no vive de solo pan, el hombre no debe tentar a Dios etc.
4.- Y como, en la realidad, todas las dimensiones están unificadas, lo que llevamos dicho no afecta sólo al campo de la teoría sino que tiene su resonancia práctica: si el Dios que se revela en Jesús es un Dios capaz de vaciarse de sí mismo y renunciar a su imagen divina (¡sin perder por eso su divinidad sino al revés: poniéndola en acto!), se sigue necesariamente que aquellos que se nos presentan como “representantes de Dios” deberían renunciar también a su presunta dignidad divina y hermanarse al máximo con todos los hombres, sobre todo con los que menos rostro de hombre tienen por la barbarie del pecado de este mundo. En algo de eso debía pensar el Vaticano II cuando dijo que los gozos, esperanzas, tristezas y dolores de todos los hombres, sobre todo de los más pobres, son también gozos y dolores de la Iglesia. (Y eso es lo que no parece ocurrirles a los enemigos de Pagola).
En una palabra: lo que está en juego en toda esta pelea es si Dios, en Jesús, se ha revelado como Amor que renuncia a su poder, o como Poder que confirma las pretensiones humanas de poder y la idolatría humana del poder.
Por eso tampoco es extraño que -en su época- los que luego se llamaron monofisitas fueran mucho más palaciegos y partidarios del poder, del influjo en el emperador y de la corte imperial etc., etc.
Y así llegamos a lo que me parece ser el meollo del caso Pagola: lo que está en el fondo no es propiamente un problema cristológico sino un problema eclesiológico. Porque si Jesús es el Señor de la Iglesia (y esto lo confesamos todos), de una imagen de Jesús se sigue inevitablemente una imagen de la Iglesia. Y entonces la pregunta es si (como escribía hace siglos Bartolomé de las Casas) “la Iglesia no tiene más poder en la tierra que el que tuvo Cristo en cuanto hombre”, o si la Iglesia se cree llamada a tener un “poder divino” superior al que tuvo el hombre Jesús, y que conduce a aquella otra máxima de los inquisidores hispanos del siglo XVI: cuando algún acusado aparecía inocente (como ocurrió con el arzobispo Carranza y sus 17 años en las cárceles de la inquisición) muchos inquisidores mantenían la condena alegando “que es menor inconveniente que padezca uno, que no hacer sospechosa su autoridad y oficio”.
Hay aquí dos maneras de concebir la dignidad religiosa. El libro de Pagola (con sus limitaciones y defectos) lleva claramente a la primera opción. La postura de sus inquisidores creo que lleva necesariamente a la segunda. En mi modesta opinión, aquí es donde cobra vigor aquel “this is the question” que preocupaba a Hamlet. O “la madre de todas las batallas” de Sadam Husein.
A continuación, una interesante reflexión del Teologo Español José María Castillo. Fue tomado de Eclesia, revista publicada por la Fundación Luis Espinal (Barcelona).
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Por: José Maria Castillo
No pocos libros de cristología bien decumentada, y hasta con sello de “progre”, han defendido acertadamente lo que, con razón, se calificado como una cristología “ascendente”. El acontecimiento culminante de esra cristología es la resurrección, a partir de la cual, Jesús “fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza” (Rom 1, 4). Esta formulación de san Pablo ha sido interpretada por la cristología ascendente en el sentido de que el hombre Jesús de Nazaret, a partir de la resurrección entró en el ámbito de “lo divino”. Y entonces, ¿”lo humano”?
Muchos creyentes han tenido, y tienen la tentación, de ver al Resucitado como “plenamente divino”. Pero, ¿sigue siendo “plenamente humano”? En teoría, y según la fórmula dogmática del concilio de Calcedonia, sin duda alguna, Jesúcristo es “perfecto en la humanidad”. Pero yo no sé lo que pasa, pero el hecho es que son demasiados los cristianos que al Resucitado lo ven más divino que humano. Lo que justifica una teología, un a fe y una Iglesia, que, fiel al Resucitado, anda más por las nubel del cielo que por los problemas, penas y alegría que los mortales vivimos en la tierra. Aquí estamos tocando uno de los asuntos que han arruinado la fe de mucha gente y no pocos comportamientos de la Iglesia y sus jerarquías.
Pues bien, estando así las cosas, lo que aquí quiero dejar claro es que Jesús, precisamente a partir de la resurrección, se nos muestra en los relatos de los evangelios “más humano” que cuando andaba por el mundo “como uno de tantos” (Fil 2, 7). No exagero. La humanidad del Resucitado resulta más patente y entrañable que la del Jesús Histórico.
Sabemos que los relatos de las apariciones del Resucitado presentan no pocos problemas históricos, ya que lo que nos cuentan son las experiencias que tuvieron los primeros testigos de la resurrección. De todas maneras, y en cualquier caso, hay dos datos que se destacan esos relatos: 1) La relación preferente de Jesús con las mujeres. 2) La importancia de las comidas cuando se trata de conocer y reconocer a Jesús.
En efecto, a quienes primero se aparece el Resucitado no es a los apóstoles, sino a las mujeres, que son las que madrugan para ir al sepulcro, las que abrazan a Jesús y dan muestras de una singular familiaridad con él. Y en cuanto a las comidas, los evangelios repiten que es Jesús el que pide comer con los discípulos, el que se da a conocer precisamente al “partir el pan”, el que les prepara a los discípulos el desayuno en la playa.
La resurreción de Jesús, cuando con más argumentos podemos hablar de su “divinización”, precisamente a partir de ese acontecimiento es cuando, con más argumentos, podemos hablar de su entrañable “humanización”.
Los hombres de Iglesia se equivocan cuando se comportan de manera que, amparados en no sé qué fe en el Resucitado y en su “divinidad”, se comportan con poca, muy poca, “humanidad”. Y no se dan cuenta de que una presunta “divinidad” que justifica comportamientos “poco humanos”, eso no es, ni puede ser, “divino”. Y es que ya estamos demasiado cansados de que, en nombre de Dios y del poder divino, se recorten o anulen derechos humanos.
O se le presente a la gente el asunto de Dios de forma que hace muy desagdable “lo religioso”, “lo espiritual”, “lo divino”. ¿Veremos el día en que la Iglesia entera se convenza de que “lo humano” no pude estar en conflcito con “lo divino”? ¿No se dan cuenta los clérigos del daño que le hacen a “lo divino” precisamente por causa de lo mal que tratan muchas veces a “lo humano”?
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Por: José Maria Castillo
No pocos libros de cristología bien decumentada, y hasta con sello de “progre”, han defendido acertadamente lo que, con razón, se calificado como una cristología “ascendente”. El acontecimiento culminante de esra cristología es la resurrección, a partir de la cual, Jesús “fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza” (Rom 1, 4). Esta formulación de san Pablo ha sido interpretada por la cristología ascendente en el sentido de que el hombre Jesús de Nazaret, a partir de la resurrección entró en el ámbito de “lo divino”. Y entonces, ¿”lo humano”?
Muchos creyentes han tenido, y tienen la tentación, de ver al Resucitado como “plenamente divino”. Pero, ¿sigue siendo “plenamente humano”? En teoría, y según la fórmula dogmática del concilio de Calcedonia, sin duda alguna, Jesúcristo es “perfecto en la humanidad”. Pero yo no sé lo que pasa, pero el hecho es que son demasiados los cristianos que al Resucitado lo ven más divino que humano. Lo que justifica una teología, un a fe y una Iglesia, que, fiel al Resucitado, anda más por las nubel del cielo que por los problemas, penas y alegría que los mortales vivimos en la tierra. Aquí estamos tocando uno de los asuntos que han arruinado la fe de mucha gente y no pocos comportamientos de la Iglesia y sus jerarquías.
Pues bien, estando así las cosas, lo que aquí quiero dejar claro es que Jesús, precisamente a partir de la resurrección, se nos muestra en los relatos de los evangelios “más humano” que cuando andaba por el mundo “como uno de tantos” (Fil 2, 7). No exagero. La humanidad del Resucitado resulta más patente y entrañable que la del Jesús Histórico.
Sabemos que los relatos de las apariciones del Resucitado presentan no pocos problemas históricos, ya que lo que nos cuentan son las experiencias que tuvieron los primeros testigos de la resurrección. De todas maneras, y en cualquier caso, hay dos datos que se destacan esos relatos: 1) La relación preferente de Jesús con las mujeres. 2) La importancia de las comidas cuando se trata de conocer y reconocer a Jesús.
En efecto, a quienes primero se aparece el Resucitado no es a los apóstoles, sino a las mujeres, que son las que madrugan para ir al sepulcro, las que abrazan a Jesús y dan muestras de una singular familiaridad con él. Y en cuanto a las comidas, los evangelios repiten que es Jesús el que pide comer con los discípulos, el que se da a conocer precisamente al “partir el pan”, el que les prepara a los discípulos el desayuno en la playa.
La resurreción de Jesús, cuando con más argumentos podemos hablar de su “divinización”, precisamente a partir de ese acontecimiento es cuando, con más argumentos, podemos hablar de su entrañable “humanización”.
Los hombres de Iglesia se equivocan cuando se comportan de manera que, amparados en no sé qué fe en el Resucitado y en su “divinidad”, se comportan con poca, muy poca, “humanidad”. Y no se dan cuenta de que una presunta “divinidad” que justifica comportamientos “poco humanos”, eso no es, ni puede ser, “divino”. Y es que ya estamos demasiado cansados de que, en nombre de Dios y del poder divino, se recorten o anulen derechos humanos.
O se le presente a la gente el asunto de Dios de forma que hace muy desagdable “lo religioso”, “lo espiritual”, “lo divino”. ¿Veremos el día en que la Iglesia entera se convenza de que “lo humano” no pude estar en conflcito con “lo divino”? ¿No se dan cuenta los clérigos del daño que le hacen a “lo divino” precisamente por causa de lo mal que tratan muchas veces a “lo humano”?
Estimados amigos:
El martes 6 de abril pasado la PUCP entregó la Medalla de Honor R.P. Jorge Dintilhac al padre Gustavo Gutiérrez Merino O.P, que es profesor emérito del Departamento de Teología de dicha universidad e iniciador de la Teología de la Liberación, la primera gran corriente teológica moderna nacida fuera de Europa.
A continuación la entrevista realizada por David Pereda, publicada en .EDU, Revista de la PUCP. Además, más abajo el video de la ceremonia, en la que el padre Gutierrez tiene una reflexión espiritual brillante. Sin duda, un padre espiritual para los cristianos y un filosofo para los no creyentes.
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Por: David Pereda
¿Enseñando en la Católica, formula la Teología de la Liberación?
Sí, pero no solo. Además, hacía trabajo pastoral. Era el mundo de los sesenta, una ebullición muy grande. Pensaba teológicamente muchos hechos de ese momento en América Latina. Me interesé mucho en la teología por el tema de la pobreza: cómo responder como cristianos a la pobreza. Luego vino la Conferencia Episcopal de Medellín, donde colaboré. Estaba en el equipo del Consejo Episcopal Latinoamericano. En Medellín, el tema de la pobreza fue muy fuerte. Todo me motivó a ordenar ideas. Mi convicción más profunda es que la teología tiene sus raíces en la espiritualidad cristiana, el seguimiento de Jesús. Es una reflexión sobre ser discípulo de Jesús o cómo serlo. Una de las preguntas que intenta responder la Teología de la Liberación, aunque no puede hacerlo plenamente, es cómo decirle al pobre que Dios lo ama. La pregunta es muy amplia y nuestra respuesta pequeña, pero es un intento.
¿Ese acento en el pobre era algo ausente?
El tema del pobre ha acompañado a la Iglesia en toda su existencia, pero las formas como se planteaba el problema en los sesenta eran particulares: entender la pobreza teniendo en cuenta que tiene causas humanas, que es una injusticia pero no una fatalidad. Luego, la lectura de la Biblia, que nos hablaba del pobre, me motivaba. En el capítulo 25 de San Mateo, Jesús dice: “Cuando le diste de comer a un pobre, a mí me lo diste”. Es una motivación evangélica clarísima.
¿Era la solidaridad ante el egoísmo del mercado?
Ciertamente. Es una repuesta evangélica sobre la que trabaja la teología. En los sesenta, el Concilio Vaticano II mueve mucho el ambiente. Juan XXIII, un mes antes del comienzo, habla especialmente de la Iglesia de los pobres. No partimos de solamente la nueva situación y comprensión que hay de la pobreza, sino también de esta palabra profética de Juan XXIII, que es una persona clave para la Teología de la Liberación.
¿Es volver a las fuentes del cristianismo?
Las grandes renovaciones en la historia de la Iglesia son siempre regresos al Evangelio. La Conferencia de Aparecida, del 2007, considera la globalización como un hecho que hay que aceptar y valorar, pero la forma como se utiliza crea profundas asimetrías en determinados sectores sociales.
Mencionó el ya famoso término del chorreo, que es hacia arriba.
Se dice que el país crece pero, ¿cómo están los pobres? Desde allí debemos leer el país. Los pobres son seres humanos. Hablar de chorreo es como decir “migajas de la mesa”. Además el país crece porque la riqueza aumenta en quienes ya tenían muchas posesiones. El mundo de los pobres disminuye poco. A veces disminuye el índice de pobreza porque el crecimiento demográfico baja. Ciertas mejoras hay, indudablemente, pero seguimos con un grupo inmenso de pobres.
¿Apelar a las estadísticas es tramposo?
Las estadísticas, según los métodos, pueden dar resultados no contrarios, pero sí distintos. Cuando viene una crisis como la última, crece la pobreza otra vez. Pasa con los desastres naturales. Los que más padecen son los pobres. Se dice: “Cuando llueve, llueve para todos”. Pero no es lo mismo que me llueva con calamina en el techo que con cemento. En el terremoto de Haití hubo 200 mil muertos y en el de Chile, hasta ahora, 500. No digo que no sean nada, con uno ya me choca. Pero hace notar que hay estructuras distintas. Haití es el país más pobre del continente. Hay más factores, pero esto también es importante; la pobreza sigue allí. Juan Pablo II fue muy neto sobre las causas de la pobreza y sobre su eliminación. Benedicto XVI también. Es un tema que la Iglesia toca a nivel de magisterio muy claramente.
¿La pobreza en América Latina refleja que el mensaje no llega?
Hay que decirlo claramente: según los especialistas, el continente más desigual del mundo es América Latina, pero la gran mayoría en la población latinoamericana es cristiana, católica y evangélica. El cristiano sabe que tiene que amar al prójimo y preferentemente al más pobre. La realidad no parece responder a eso. Eso no es jugar al fariseo ni tirar la primera piedra, es simplemente constatar un hecho doloroso.
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Va el video de la Ceremonia:
El martes 6 de abril pasado la PUCP entregó la Medalla de Honor R.P. Jorge Dintilhac al padre Gustavo Gutiérrez Merino O.P, que es profesor emérito del Departamento de Teología de dicha universidad e iniciador de la Teología de la Liberación, la primera gran corriente teológica moderna nacida fuera de Europa.
A continuación la entrevista realizada por David Pereda, publicada en .EDU, Revista de la PUCP. Además, más abajo el video de la ceremonia, en la que el padre Gutierrez tiene una reflexión espiritual brillante. Sin duda, un padre espiritual para los cristianos y un filosofo para los no creyentes.
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Por: David Pereda
¿Enseñando en la Católica, formula la Teología de la Liberación?
Sí, pero no solo. Además, hacía trabajo pastoral. Era el mundo de los sesenta, una ebullición muy grande. Pensaba teológicamente muchos hechos de ese momento en América Latina. Me interesé mucho en la teología por el tema de la pobreza: cómo responder como cristianos a la pobreza. Luego vino la Conferencia Episcopal de Medellín, donde colaboré. Estaba en el equipo del Consejo Episcopal Latinoamericano. En Medellín, el tema de la pobreza fue muy fuerte. Todo me motivó a ordenar ideas. Mi convicción más profunda es que la teología tiene sus raíces en la espiritualidad cristiana, el seguimiento de Jesús. Es una reflexión sobre ser discípulo de Jesús o cómo serlo. Una de las preguntas que intenta responder la Teología de la Liberación, aunque no puede hacerlo plenamente, es cómo decirle al pobre que Dios lo ama. La pregunta es muy amplia y nuestra respuesta pequeña, pero es un intento.
¿Ese acento en el pobre era algo ausente?
El tema del pobre ha acompañado a la Iglesia en toda su existencia, pero las formas como se planteaba el problema en los sesenta eran particulares: entender la pobreza teniendo en cuenta que tiene causas humanas, que es una injusticia pero no una fatalidad. Luego, la lectura de la Biblia, que nos hablaba del pobre, me motivaba. En el capítulo 25 de San Mateo, Jesús dice: “Cuando le diste de comer a un pobre, a mí me lo diste”. Es una motivación evangélica clarísima.
¿Era la solidaridad ante el egoísmo del mercado?
Ciertamente. Es una repuesta evangélica sobre la que trabaja la teología. En los sesenta, el Concilio Vaticano II mueve mucho el ambiente. Juan XXIII, un mes antes del comienzo, habla especialmente de la Iglesia de los pobres. No partimos de solamente la nueva situación y comprensión que hay de la pobreza, sino también de esta palabra profética de Juan XXIII, que es una persona clave para la Teología de la Liberación.
¿Es volver a las fuentes del cristianismo?
Las grandes renovaciones en la historia de la Iglesia son siempre regresos al Evangelio. La Conferencia de Aparecida, del 2007, considera la globalización como un hecho que hay que aceptar y valorar, pero la forma como se utiliza crea profundas asimetrías en determinados sectores sociales.
Mencionó el ya famoso término del chorreo, que es hacia arriba.
Se dice que el país crece pero, ¿cómo están los pobres? Desde allí debemos leer el país. Los pobres son seres humanos. Hablar de chorreo es como decir “migajas de la mesa”. Además el país crece porque la riqueza aumenta en quienes ya tenían muchas posesiones. El mundo de los pobres disminuye poco. A veces disminuye el índice de pobreza porque el crecimiento demográfico baja. Ciertas mejoras hay, indudablemente, pero seguimos con un grupo inmenso de pobres.
¿Apelar a las estadísticas es tramposo?
Las estadísticas, según los métodos, pueden dar resultados no contrarios, pero sí distintos. Cuando viene una crisis como la última, crece la pobreza otra vez. Pasa con los desastres naturales. Los que más padecen son los pobres. Se dice: “Cuando llueve, llueve para todos”. Pero no es lo mismo que me llueva con calamina en el techo que con cemento. En el terremoto de Haití hubo 200 mil muertos y en el de Chile, hasta ahora, 500. No digo que no sean nada, con uno ya me choca. Pero hace notar que hay estructuras distintas. Haití es el país más pobre del continente. Hay más factores, pero esto también es importante; la pobreza sigue allí. Juan Pablo II fue muy neto sobre las causas de la pobreza y sobre su eliminación. Benedicto XVI también. Es un tema que la Iglesia toca a nivel de magisterio muy claramente.
¿La pobreza en América Latina refleja que el mensaje no llega?
Hay que decirlo claramente: según los especialistas, el continente más desigual del mundo es América Latina, pero la gran mayoría en la población latinoamericana es cristiana, católica y evangélica. El cristiano sabe que tiene que amar al prójimo y preferentemente al más pobre. La realidad no parece responder a eso. Eso no es jugar al fariseo ni tirar la primera piedra, es simplemente constatar un hecho doloroso.
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Va el video de la Ceremonia:
04/04/10: LA PASCUA DE RESURRECCIÓN
Estimados amigos:
Hoy domingo 4 de abril de 2010 los cristianos celebramos la Pascua de Resurrección. Es el signo de que Jesús venció a la muerte y, con ello, la esperanza de que su proyecto de liberación ya ha vencido en la historia humana.
Efectivamente, el anuncio de la resurrección de Jesús ilumina a nuestro mundo. La novedad de que Cristo ha resucitado, implica que el «vacío» ya no acabará ganando. La muerte no tiene ya la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa.
Aunque la muerte ya no tenga poder sobre el hombre y el mundo, quedan todavía demasiados signos de su dominio. Por la Pascua se ha extirpado la raíz del mal, pero Jesús necesita de hombres y mujeres que acojan su reino en la historia y afiancen la victoria de la Vida con sus mismas armas: la justicia, la verdad, la misericordia, el perdón y el amor.
Los signos del tiempo actual (desbarajuste financiero a nivel mundial, pobrezas antiguas y nuevas, cambios climáticos preocupantes, miedos crecientes ante un porvenir problemático), urgen que descubramos nuevas perspectivas de actuación para devolver la esperanza de que un mundo siempre mejor es posible.
Es tiempo de actuar y volver a empezar… Que el “Padre Nuestro” inspire el caminar:
Hoy domingo 4 de abril de 2010 los cristianos celebramos la Pascua de Resurrección. Es el signo de que Jesús venció a la muerte y, con ello, la esperanza de que su proyecto de liberación ya ha vencido en la historia humana.
Efectivamente, el anuncio de la resurrección de Jesús ilumina a nuestro mundo. La novedad de que Cristo ha resucitado, implica que el «vacío» ya no acabará ganando. La muerte no tiene ya la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa.
Aunque la muerte ya no tenga poder sobre el hombre y el mundo, quedan todavía demasiados signos de su dominio. Por la Pascua se ha extirpado la raíz del mal, pero Jesús necesita de hombres y mujeres que acojan su reino en la historia y afiancen la victoria de la Vida con sus mismas armas: la justicia, la verdad, la misericordia, el perdón y el amor.
Los signos del tiempo actual (desbarajuste financiero a nivel mundial, pobrezas antiguas y nuevas, cambios climáticos preocupantes, miedos crecientes ante un porvenir problemático), urgen que descubramos nuevas perspectivas de actuación para devolver la esperanza de que un mundo siempre mejor es posible.
Es tiempo de actuar y volver a empezar… Que el “Padre Nuestro” inspire el caminar:






