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...Al frente hay sitio...
...Cansado de que lo manden al fondo, un hombre decidió sentarse bien adelantito...y fue feliz...


Hay personas interesantes a las cuales perdemos de vista en algún momento de nuestras vidas y casi nunca podemos volver a encontrarlas.

Hoy me acordé de varias de ellas, todas extraviadas en el pasado, todas perdidas en el espacio y en el tiempo, por los viajes, por el mero hecho de crecer, por la simple razón de que la vida pasa y todos nos vamos con ella.

Me acordé de la que considero mi primera gran amiga. Ella 18 años, yo 13. Ella en quinto de secundaria (aún, por cosas de la vida que no tengo derecho a comentar se atrasó), yo creo que en segundo o tercero. Nos conocimos en una academia de inglés en Tacna. Por esas cosas que tiene el destino empezamos a hablar, o mejor dicho, ella me contaba su vida, me decía acerca de su enamorado, del chico que le quería sacar plan, del colegio, de todo un poco… yo solo escuchaba. Y así pasaron dos o tres meses de academia hasta que llegaron las vacaciones. Un hasta la vista que nunca dijimos y luego de 4 años nos volvimos a encontrar en un día familiar del colegio de una prima mía.

Ese día hablamos, casi como antes, pero las cosas nunca son como antes después de 4 años. Al despedirme olvidé pedirle su correo o su celular. Y de ahí en más, ni en el facebook la puedo encontrar.
Creo que llegó a ser mi amor platónico, tenía ojos lindos, aún me acuerdo de eso. Guardo un libro que me prestó, sobre literatura, en mi casa de Tacna, es como un tesoro, un recuerdo de que algún día existió esa persona que me brindó su amistad y yo, aún inmaduro, correspondía con una gran atención y una risa de vez en cuando.

Y así podría mencionar muchas personas más, aquellas que se pierden aún estando presentes por peleas, por dejadez, por no atreverse a mandar un mensaje o un comentario de foto, todo por no llamar o ir a visitar alguna vez. ¿Cuántas personas y experiencias perdemos solo por miedo? La verdad que muchas y sé que miente aquel que diga que nunca ha perdido a una persona de esa manera.

En fin, solo me acordé de ellas. Espero que la próxima vez que vea a alguna de esas personas pueda siquiera pedirle su número y alguna vez llamarla, tan solo para saber cómo se encuentra.

La vida pasa y nosotros con ella, pero es lindo pasar con amigos y amigas por las que vale el esfuerzo de recordar y llegar a querer.
Réquiem.

Indagación del jilguero acerca de lo sucedido el día de ayer a las 8:46 am. Entrevista con el gato.

Estaba soñando que perseguía y atrapaba al ratón más grande y delicioso que había visto alguna vez, cuando escuche aquel extraño ruido. Parecía que había caído estrepitosamente algo grande, como aquel perro, el del vecino del segundo piso, que es muy gordo y torpe, realmente pensé que se había caído por la ventana. Estaba acurrucado en el sillón más grande de la sala, el de cuero rojo, que está delante del ventanal enorme que da hacia las torres. Levante la cabeza y mi instinto me dijo que algo no iba bien afuera, así que me trepé al respaldar del sillón para contemplar aquel delicioso espectáculo.

El jilguero, que se encontraba posado en el filo del ventanal de la casa del gato, se estremeció al escuchar esas maquiavélicas palabras. El minino estaba sentado otra vez en el respaldar del sillón; interrumpía de vez en cuando su relato para limpiarse un poco el polvo que provenía de los escombros que dejaron las torres al caer el día anterior. El espectáculo que se montaba abajo podría haber suscitado, tal vez, cualquier otro adjetivo, menos delicioso.

Jaja, no tienes porque estremecerte, es natural que yo diga esto, ¿sabes por qué? Porque mientras la torre se incendiaba y caía a pedazos sobre la gente que huía despavorida, cientos de ratas escapaban del edificio, y fueron aún más cuando el otro avión se estrellaba contra la torre sur, ¡tenía mi almuerzo y mi cena asegurada! Y por suerte fue aquel día, porque tenía una cita con una gatita muy bella, no iba a ir sin un regalo, ¿o sí?

Ahora el jilguero se quedó estupefacto, asustado, ante las frías palabras del gato. No quería verlo a los ojos, así que desvió la mirada hacia las ruinas de las gentes de abajo que buscaban desesperadamente algún pedazo de algún familiar. No podía comprender el porqué de las palabras del gato.

No sentí miedo ni lástima, ni tristeza, en aquellos instantes; mi mente solo tenía espacio para las ratas, para perseguir, para correr y atrapar, para cazar y comer. Es mi naturaleza, no me juzgues, no tengo por qué sentir pena por aquellos que me son ajenos, mi libertad me permite ser egoísta con los que me botaban a patadas cuando intentaba entrar a las torres para conseguir algo de comer. La vida es así jilguero, hay que sacarle el jugo a cada oportunidad, yo lo hice, le saque todas las ratas que pude a las torres.

El jilguero se cansó de escuchar al gato. Extendió las alas y se fue a seguir con su indagación con el perro del segundo piso. El gato le dio una última mirada a los escombros aún ardientes de abajo y luego se bajó del respaldar del sofá y se echó en el cojín central.

Por suerte las ratas siempre escapan en situaciones así, espero que nunca llegue el día en que se vuelvan valientes y afronten uno que otro reto, porque sino, no tendría a quienes cazar y se me haría más difícil conseguir comida. Ja, tonto jilguero, yo hago lo que debo hacer para sobrevivir, lo demás, simplemente no me importa. Hoy seguiré cazando a las ratas que ahora se aproximan a las ruinas para sacar alguna tajada de los cadáveres que aún no han sido rescatados. Deliciosas ratas…
Hoy recordé que, al día siguiente de la dolorosa y vergonzosa goleada que recibió Perú en Uruguay, alguien había jackeado la página Web del diario El Bocón y había colgado una especie de “noticia” en la cual, debajo de la imagen de la portada del diario Líbero de unos días atrás (donde salía “Ñol” Solano apuntando con una pistola la camiseta de Uruguay), una frase que decía “uruguayos hijos d p…, no se acuerdan del 3-0 que les metimos en la eliminatoria pasada ni el 3-0 de la Copa América, recién nos han empatado, esperen el partido en Lima y les vamos a romper el c…”, entre otras cosas. Claro, los comentarios no se hicieron esperar, así que uno podía leer desde simplezas como “calla hue…”, pasando por algún comentario de un chileno (nada contra la mayoría de chilenos, es más, me caen bien) con su típica alusión a la Guerra del Pacífico (tristemente perdida), hasta un comentario de un argentino que me pareció muy interesante. Empezaba con la canción que le da título a este artículo, algo así como “nene, nene qué vas a hacer cuando seas grande, no te das cuenta que en América tu fútbol no vale, es hora que crezcas” y uno que otro insulto adicional.

Ahora, ad portas de lo que muchos presienten será otra goleada (tal vez ya no tan dolorosa, pues nos hemos ido acostumbrando a ella siempre que Perú sale de Perú) contra Paraguay y en Asunción, y saliendo de La Paz con la maleta llena de goles, uno se puede poner a pensar por qué muchas personas aún se van a sentar a ver los partidos que se le vienen a Perú, recreando una imagen de masoquismo digna de cualquier individuo acérrimo a esta clase de vida.

Pero no voy a hablar de fútbol; excepto, tan solo, para mencionar que es un reflejo de la sociedad misma peruana. En una semana plagada de corrupción, terrorismo y derrota; una semana que, puedo decir, encuentra en una frase, dicha por un comentarista deportivo, su síntesis casi exacta “Perú, fuera de Lima, no existe”.

¿Qué es Perú fuera de sus fronteras? En fútbol, una lágrima, tan solo hace respetar la casa mas no la camiseta (dije que no iba a hablar más de fútbol, pero necesitaba decir esto) y hay una gran diferencia en eso. En política, ni hablemos, menos en seguridad ciudadana. Entonces ¿Machu-Picchu? Pobre, ya debe estar harto de que le echemos toda la carga de nuestro orgullo, solo es peruano por estar en nuestro territorio, después de eso, no más. ¿Alguien dijo pisco? A penas se exporta, no es tan famoso como el Whisky y el Champagne, entre otros. La nueva bandera que nos llena de orgullo es la gastronomía, que aún esta en pañales, ¿o acaso alguien puede decir que el lomo saltado es más famoso los ravioles o que la lasaña?, y por favor no digan ceviche, pues ceviche se hace en casi todos los países que tienen mar (que acá lo hagan más rico, según dicen, es otra cosa). Entonces, ¿qué nos queda? ¿cultura?, ¿literatura?, ¿Kuelap? Lo mismo que Machu-Picchu.

Somos niños todavía, tomamos del biberón, nos orgullecemos de nuestros juguetitos, somos felices con ellos, pero no entendemos lo que significa, no hemos crecido para así comprender que Machu-Picchu, el pisco, la papá, la política, entre otros, no nos hacen peruanos, sino es el sentimiento que se debería hacer presente cuando ondea nuestra bandera, cuando oímos nuestro himno, cuando podemos salvar los problemas que nos acontecen para seguir adelante como país, es todo eso y tal vez más lo que nos hace peruanos.

¡Cuánto quisiera que le ganemos a Paraguay!

-¡Que tedioso pasar todos los días viendo el mismo espectáculo!- exclamó el más pequeño de los dos.

-Tienes razón, y no mencionemos el calor que realmente es insoportable- Asintió el segundo.

Ambos hombres observan un campo derruido por una guerra de nunca acabar, esporádicas explosiones de granadas que caen de algún lugar levantan nubes de polvo y tierra que limitan aún más la visión y esconden, por algunos segundos los sonidos de metrallas provenientes de algún flanco del cruento escenario de la masacre. Sin embargo no hay cuerpos, no hay armas ni estandartes regados por el suelo, ni siquiera una bala, solo sonidos y explosiones, gritos y lamentos que hielan la sangre.

Ellos, parados en la terraza de lo que cada amanecer es un portentoso cuartel y ya hacia la noche se va derruyendo como si las granadas y balas afrentaran contra sus paredes y techos destruyéndolo poco a poco, cuentan con la mirada dos historias diferentes pero que se unen en el mismo escenario de una guerra.

El primero, el más pequeño, llegó a este páramo el 6 de mayo de 1821, un día después de su muerte en una isla del Atlántico. Las primeras semanas para él fueron terribles; estaba solo, su única compañía eran los gritos de los fantasmas; se despertaba asustado en las mañanas al sentir los cascos de caballerías enteras pasar por los costados de su cuartel, angustiado por los cañonazos que pasaban rozando el techo de su alcoba; temblaba cada vez que escuchaba el llamado de algún general hacia su compañía que ya era hora te tomar el cuartel a punta de bayoneta, y él, solo, no se explicaba aún como podía continuar vivo sin ningún soldado que lo defendiera. Hubo un tiempo en que sus sueños eran inundados por imágenes vagas de una guerra diferente a esta, pero en el mismo campo, se veía con su traje de emperador, observando desde alguna colina el accionar de su ejército, dando órdenes y regocijándose al verlas realizadas. Pero siempre acaban igual, nieve, frío, extradición, un atisbo de esperanza que apenas duró tres meses y días y otra vez la extradición y su posterior muerte en medio de la nada, al llegar a este punto despertar y empezar otra vez la guerra solitaria de un hombre contra los sonidos del remordimiento. El Pequeño Cabo perdió la razón mes y medio después de llegar a esta guerra.

Pasaban los años, más de cien en realidad cuando recibió una visita que lo devolvió a la realidad de su guerra infinita, era el que hasta la fecha sería su acompañante.

El segundo llegó posiblemente el 30 de abril de 1945 proveniente de Berlín. Se podría decir que, a diferencia del primero, murió en el campo de batalla. Se podría decir también que, a diferencia del primero, no soportaba la idea de una prisión así que prefirió el suicidio a hacer más grande su derrota. Suicidio, derrota, al final arribó al mismo lugar. El Caudillo no pasó por el acoso de la soledad que si sufrió El Pequeño, en cambió él escuchaba disparos más cercanos, gritos más largos y llantos más agudos.

-¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este? ¿Por qué está todo derruido?- fueron sus primeras palabras al llegar a la puerta del cuartel.

El Pequeño se desperezó de su medio sueño apoyado en la terraza, abrió los ojos en expresión alegre que después se convirtió en un rostro sombrío, el sentimiento de compañía que lo abordó al principio quedó de lado al sentir lástima por el sujeto que muy pronto vivirá (si se le puede llamar vivir) lo que él ha vivido.

El Pequeño se acercó a El Caudillo mientras este miraba desconcertado a todos lados sin percatarse de la compañía. Cuando lo hizo quedó helado; reconoció al hombre que tenía enfrente, lo habría reconocido incluso sin su uniforme azul a estas horas un tanto desgastado. Recuperó la compostura y se mostró firme mientras El Pequeño avanzaba hacia él y le extendía una mano dispuesto a saludarlo como si se estuvieran conociendo en una cena de gala en algún palacio europeo, pero la explosión, o por lo menos el sonido, de una granada en el techó del cuartel y la destrucción de parte del tejado los sobresaltó a ambos. El Caudillo se lanzó al suelo para cubrirse; sin embargo, El Pequeño solo dio un saltito y recuperó de inmediato la postura, se acercó a El Caudillo y lo levantó.

-¿Cómo es posible esto?- Preguntaba el alemán, de alguna manera se podían entender.

-¿Importa entender qué hacemos aquí y cómo es posible? No, ¿Verdad?- Respondió El Pequeño de una forma ligeramente autosuficiente y pedante.

-Entonces supongo que sabes qué es este lugar- Preguntó un tanto indignado El Caudillo.

-Un campo de batalla, ¿no es obvio?, creo yo que estamos en este lugar para que, de alguna manera, devolvernos tormentos que infligimos a muchos. Sabes quién soy por mi uniforme. Te propongo entrar al cuartel y tomarnos unas copas mientras tú me cuentas tu historia.- Hizo un ademán con la mano invitándolo a pasar. El Caudillo se mostró reacio al principio, pero al percatarse de que era la única edificación aún en pie y siendo El Pequeño la única persona visible (solo oía gritos y explosiones desde que llegó) terminó aceptando la invitación.

Atardecía ya y ambos hombres estaban en la sala frente a la chimenea ligeramente prendida, hacía un poco de frío ese día. Tomaban güisqui mientras El Caudillo contaba la Historia que siguió después de la muerte de El Pequeño, se interrumpía a veces al observar como las paredes se iban cayendo poco a poco; cuando ya era de noche no había techo, el fuego se había apagado, las paredes de la estancia estaban a la mitad. La única luz provenía de una lámpara que momentos después, estalló como si un balazo le hubiera alcanzado, los gritos y explosiones eran cada vez más fuertes. El Caudillo se asustaba ante cada explosión que parecía suceder a su lado. El Pequeño, en cambio, permanecía sin inmutarse y a lo mucho mostraba un leve estremecimiento ante algún lamento demasiado agudo.

Promediaban ya las once de la noche, llovía, cuando El Caudillo terminó la Historia, quedaron en silencio unos diez minutos hasta que El Pequeño comentó que salieran hacia el campo. Empezó a llover más fuerte, cuando ambos salieron de lo que quedaba del cuartel.

Lo que se extendía frente a ellos se podía llamar tranquilamente “nada”, salvo una que otra llama de fuego, que ardía en un pequeño árbol caído lo demás era oscuridad total. No ayudaba mucho que aquel día el cielo este nublado por la lluvia.

Los gritos y explosiones cesarían al pasar la medianoche, El Pequeño lo sabía muy bien aunque tardó mucho en darse cuenta de ello. Tardó aún más en descubrir lo que pretendía mostrarle a El Caudillo en aquella su primera noche.

Habían bajado los escalones de lo que quedaba de la destrozada terraza, caminaron unos metros más en silencio y se voltearon viendo el cuartel.

-A pesar de todo, hay cosas realmente maravillosas en este lugar- Dijo El Pequeño.

Doce con un minuto, dejó de llover, el cielo se despejó y ambos hombres olvidaron por algunos instantes los gritos y súplicas que inundaron hasta hace poco sus cabezas, el campo bombardeado que estaba detrás dejó de existir para ellos.

Por encima del cuartel derruido se encontraba la luna, brillando, grande y majestuosa. Estrellas por doquier titilaban sobre el espacio negro como diamantes sobre un manto de grafito.

Fénix, pareciera que el cuartel es un fénix de madera. Poco a poco, las astillas que quedaron regadas al estallar, los muros caídos, los utensilios, las ventanas, absolutamente cada centímetro del cuartel que había sucumbido al feroz ataque de la expiación se empezó a levantar dirigiéndose al lugar que le correspondía dentro de la casa. Ambos hombres observaban la resurrección de aquel resguardo de vidas rotas.

Poco a poco, el cuartel toma forma otra vez, la última punta de metal que corona la torre más alta se coloca después de haber sobrevolado el espacio desde trece metros atrás de la edificación, quedando justo debajo de la luna.

-Y entonces, ¿Por qué?- Pregunto El Caudillo.

-¿Por qué? No lo sé, lo he pensado en verdad, pero no lo sé, tal vez sea un lugar, como te mencione cuando llegaste, donde purgar nuestras culpas, pero viendo esto, no lo sé. Antes pensaba que este era mi paraíso, pensaba que cada uno tiene su propio paraíso conforme ha vivido su vida y que a aquellos paraísos que son horribles se les llama infierno.- Se detuvo El Pequeño, miró la torre, y siguió.- Tal vez tenga razón, hice daño a muchas personas pero no fui del todo malo, así que esta guerra infinita es lo que gané al construir en mi vida una guerra y este espectáculo hermoso es…- Calló, como buscando las palabras necesarias para terminarla frase.- Es…, en fin, tu me entiendes.

El Caudillo se volteó, empezó a mirar el campo que ya era más visible gracias a la luz de la luna, observó que cada agujero ocasionado por alguna explosión se iba cubriendo poco a poco con tierra y algo de césped; también vio que cada sable, cada casco, todo utensilio que portaban los soldados fantasmas de esa guerra se convertían en polvo y se los llevaba el viento. El Pequeño, que aún miraba la torre y la luna que brillaba sobre ella, empezó a caminar hacia el cuartel, estaba agotado, quería descansar, aquel día que se avecinaba iba a ser muy diferente a los largos años que habían pasado antes, ahora ya no estaba tan solo.

Amanecía cuando El Pequeño se levantó sobresaltado por los gritos de El Caudillo, el cual entró raudamente a la alcoba de su compañero, angustiado, miedoso, con los ojos llorosos, exclamando que oye los motores de los bombarderos encima del cuartel, dice que siente los temblores que las bombas hacen al explotar, menciona que escucha los gritos agónicos de todos los campos de concentración al unísono.

El Pequeño no lo consoló, él sabía que poco a poco se iría acostumbrando a aquellos sonidos, sabía que muy pronto serían parte de su vida en aquel desolado lugar.

El día fue extrañamente largo, con el nuevo compañero acurrucado en alguna esquina del cuartel, mientras que El Pequeño hacía los quehaceres del hogar. Con el paso del tiempo se irían turnando en aquellas labores.

Tiempo es lo que se necesita para acostumbrarse al dolor, a la soledad. Cada segundo es importante para que aquellos ecos de difuntos se conviertan en los susurros de nuestra conciencia.

Y así, para El Caudillo el infierno consiste en acostumbrase precisamente al infierno, para El Pequeño el averno es haberse acostumbrado a pertenecer a aquel lugar y a la larga la vida se vuelve monótona y se deja de escuchar las voces de la conciencia.

La vida se vuelve monótona y se deja de escuchar los sonidos de la vida.

Hoy.

-¡Que tedioso pasar todos los días viendo el mismo espectáculo!- Exclamó el más pequeño de los dos.

-Tienes razón, y no mencionemos el calor que realmente es insoportable- Asintió el segundo.

-Disculpen, ¿Qué lugar es este?- Ambos hombres se sobresaltaron, voltearon y observaron a El Sujeto parado con una expresión de perdido.- Aparecí en la parte de atrás y mi GPS no da razón de este lugar, debo presentar una conferencia acerca del impacto del derrumbe de la bolsa de valores americana en 20 min. y llevar a mi hijo a la escuela en 10.

Silencio.

-Puedes llamarlo, hogar- Responde El Pequeño con una sonrisa triste, mientras El Caudillo conduce a El Sujeto dentro del cuartel.- Tu nuevo hogar.

-¿Hogar? Pero…, y mi familia, mi empresa,…, no quiero quedarme acá, tengo una vida realizada, obligaciones que cumplir,..

-Y nada más.-Dijo El Caudillo mientras cruzaban el umbral de la puerta.

Silencio, además, el golpe de la puerta principal que se cierra detrás de ellos.

La vida se vuelve monótona y se deja de escuchar los sonidos de la vida (Hoy) (¿Y mañana?).

Las hojas que se escurren de otoños marginales, de árboles egoístas y solitarios; el ruido que se escucha del crujir de la tierra azotada por el viento que conquista algún camino: son las notas que componen la música que la habitación precisa para entonar una nana a las ganas de recostar la cabeza en la almohada del silencio .

Ojos que revolotean buscando otros ojos, como si fueran polillas llevadas hacia la luz del fuego, para después arder en las brazas de la lámpara asesina.

Y miran y miran sin saber si el signo igual botará la división entre seis del producto de dos y otros diez más.

Indiferente la respuesta si al final se resta cero y siguen mirando.

Excúsame de la cena servida al pie de la cordillera, excúsame de las copas vacías al pie de nuestra escalera (solo tuya en realidad), excúsame del ocho y del nueve pues he dejado mi esencia en el siete y por eso no podré estar ni en la cena ni en la escalera.

No esperes una semana, tan solo seis días, y en el trece regresaré solo si es que quiero regresar.

Pero no me pidas los renglones del poema que el día anterior te compuse. El año pasado se perdió en las sílabas y en las rimas y bien sabes que no ansío buscarlo.

Y al final siempre llega el final, repetitivo final del ocaso.

No llames a mi puerta pues no habrá tal, no estaré en mi casa porque no existió aquella morada.

Estaré en mi lecho de muerte ante la cámara que cuenta diez antes del flash.

Y un adiós avisado, a ti no, pues no llegaste a ver la cuenta regresiva y la última toma del fotógrafo ajeno.

Ya en siete.

Tú te fuiste pero escucho tu voz y la de medio mundo más pasándome la factura de un restaurante de mala muerte al que no recuerdo haber entrado.

Ya en cuatro.

No hay efectivo y aún hay segundos, me sobró el tiempo, sonrisa, siempre sobra el tiempo y ya en uno no alcanzo a firmar un cheque posfechado que cancele las cuentas impagables de la vida…

Ya en cero.

Y flash y tu voz y la de medio mundo más:

Aún me debes...
Bombardeaba Estambúl con bolitas de papel maché y una que otra piedrecita que se colaba entre sus dedos, avanzaba entre las aguas dejando atrás América y bordeando Asia; Estambúl siempre enfrente, con sus piratas que atacaban la proa de su nave y uno que otro que se iba subiendo en el camino, pero Estambúl siempre adelante y atrás América y al lado Asia, geógrafo no es, definitivamente, pero aún así, para él, Estambúl siempre adelante.

La combi dobla a la derecha, venía de La Marina y ahora agarra Sucre. Avanza, y sube la cuesta que le permita llegar a la cumbre y divisar Macchu Picchu, redescubriendo algo que nunca, para él, había sido descubierto y, sin embargo; cae en el apoteósico sin fin de palabras errantes que entre una y otra se van haciendo un menjurje en su cabeza y así se van resbalando las bolitas de papel maché de entre sus dedos y caen al piso de la combi, que más da, total, Estambúl quedó atrás y hacia adelante, y ya está cerca de casa, pero ahora está en Macchu Picchu, recuerda los pasos que dio subiendo el camino, llegó primero y detrás de él otros más, y la combi acelera, viene de ‘ya no me acuerdo’ y va hacia ‘su casa’ y aún así está en Macchu Picchu y no le importa nada más.

Y entonces imagino, pues me llegó la imaginación, por el simple hecho de que la imaginación hace delivery y es gratis incluso antes de la media hora, no como algunas pizzerías que tienen un tiempo en el cual media hora son casi dos completas, ya quisiera esa clase de tiempo en su examen de física; esta vez está calentita, como los cañones que disparaban las bolitas de papel maché contra Estambul, calentita como los músculos de las piernas por haber subido el camino hacia Macchu Picchu, calentita, en fin, como las cosas que deben estar calentitas cuando se las necesita (o cuando no). Así que imaginé, escenas diversas y forzadas, imaginé el pasado, como Macchu Picchu cuando subió delante de otros hacia la cima del camino, pasos largos y cansados, repetitivos, y ver y perder en ese instante el sabor de lo que es desconocer y ganar el sabor de lo que es conocer, pero creo que salió debiendo, porque ahora no tiene aquella sensación de misterio que invaden las cosas que, en efecto, son misteriosas.

Ya no quiero imaginar, ya estoy cerca de su casa y quiero cerrar la ventana a mundos desproporcionados, se viene una larga noche de pensamientos kamikasez, así que debo prepararme para bombardear ¿Estambúl? No, Estambúl quedó ya muy atrás y hacia delante, lo que se viene en verdad es la vida misma. Debo prepararme para bombardearme a mi misma.

Y es que días como este tienen noches como las que vendrán, noches en que se da de comer al perpetrador de la conciencia y terminamos con una crisis existencial terrible.

Estaba tan feliz mientras él bombardeaba Estambúl con bolitas de papel maché…

¿Cuál es la finalidad de una ventana si el universo que está fuera de ella es inalcanzable para todos aquellos que estamos dentro y lo único que provoca es la frustración de no poder alcanzar ese universo? Hoy me di cuenta que muchas personas miran por ventanas inexistentes. Siempre ha sido así, andamos por la vida buscando cualquier cosa, porque todos buscamos algo, y de repente ¡paf! nos vamos de cara contra algo transparente cuando pensábamos que no había algo que nos pudiera detener en nuestro caminar. Tal vez sea el hecho de que estamos rodeados de ventanas que llevan a muchos lugares maravillosos pero en las cuales no hay espacio suficiente para que pasa una persona y todos esos lugares quedan muy lejos de nosotros. Por ejemplo, aquellos ventanales que hay en algunos salones de clase de la universidad, uno puede decir tranquilamente que son para dotar de luz natural al salón durante el día pero nadie se ha dado cuenta que el paisaje que esta detrás de aquellas ventanas nos distrae y nos hace desear ser parte de ese paisaje y no de la, muchas veces, aburrida clase que se desarrolla dentro pero no podemos, en ese instante, alcanzar aquel paisaje que nos absorbe. Tal vez, es una mera opinión de alguien que se ha sentido abstraído por algún paisaje medianamente decente que se puede observar por alguna ventana de la universidad.

En fin. El punto es que, en un plano más psicológico (por decirlo de alguna manera), las personas se ponen ventanas en medio de su camino porque no se sienten capaces de llegar al final de éste, y lo peor es que se sientan a ver a través de ellas, a contemplar aquello que no lograrán tener por no atreverse a golpear salvajemente la ventana y pasar al otro lado, y la cosa sigue, porque muchos no solo construyen ventanas, sino también la casa entera, quedándose de esa manera a habitar por el resto de sus vidas en el punto en que se dieron cuenta de que eran mediocres y en el instante en que, tristemente, se auto-convencieron de no poder ir más allá de sus limitaciones.

Hay otros, en cambio, en que recapacitan, tarde o temprano (conviene que temprano), y rompen con aquella ventana (otros la rodean) y continúan su camino hacia aquello que buscaban.

En fin (otra vez). Tan solo son divagaciones de alguien que ve a través de una ventana de un autobús con destino a su hogar y contempla los múltiples paisajes que le presenta la realidad, paisajes tan ajenos a él, tan distantes, pero que siente que le pertenecen, porque tal vez sean los paisajes de muchas personas que se quedaron viendo a través de una ventana mayor, de un cristal de miedos y de indiferencia, que a la larga, es la ventana por la que vemos todos los días cuando tratamos de entender nuestro mundo.