18/04/13 |
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LA REFORMA TERESIANA CUMPLE 450 AÑOS
Padre Alberto Royo Mejia
TEMAS DE HISTORIA DE LA IGLESIA - LA REFORMA TERESIANA CUMPLE 450 AÑOS
Tres años después de su ingreso en el monasterio de la Encarnación, que fue el 2 de noviembre de 1535, la joven monja Teresa de Cepeda y Ahumada cayó gravemente enferma: “Diome aquella noche un mal que me duró estar sin ningún sentido cuatro días, poco menos. En esto me dieron el Sacramento de la Unción y cada hora o momento pensaban expiraba y no hacían sino decirme el Credo, como si alguna cosa entendiera. Teníanme a veces por tan muerta, que hasta la cera me hallé después en los ojos”.
Entre tanto vivía en un estado de tibieza, de enfriamiento en la oración, de mucho trato con seglares en los locutorios y poco recogimiento, aunque ella misma confiesa que nunca llegó a cometer pecado grave: “Estando en muchas vanidades, aunque no de manera que, a cuanto entendía, estuviese en pecado mortal en todo este tiempo más perdida que digo”. Así pasó Teresa su vida en la Encarnación por unos 20 años, luchando entre el amor de Dios y los atractivos del mundo: “Pasé este mar tempestuoso casi veinte años, con estas caídas y con levantarme y mal pues tornaba a caer y en vida tan baja de perfección, que ningún caso hacía de pecados veniales, y los mortales, aunque los temía, no como había de ser, pues no me apartaba de los peligros”.
Pero el corazón de Teresa no tenía paz, poco a poco se iba haciendo más fuerte el deseo de mayor perfección y entonces sufría en ver la relajación de la vida monástica en la Encarnación. En este tiempo, la santa, que contaba casi 40 años, interpretó varios acontecimientos como llamadas personales de Dios. En cierta ocasión, cuando estaba atendiendo a una visita en el locutorio, sintió que el Señor la miraba enojado: “Representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que aquello le pesaba… Yo quedé espantada y turbada, y no quería ver más a la persona con la que estaba”. Otra vez le hizo reflexionar la presencia de un sapo de gran tamaño en el locutorio y en algunos sermones le parecía que el Señor la llamaba a grandes voces.
Más definitiva para Teresa fue la experiencia que acaeció cierto día cuando, al entrar en su oratorio y ver allí la imagen de Cristo, se siente dolorida por lo mal que ha pagado tanto amor y, entre lágrimas, le suplica fortaleza para no ofenderle más: “Era de un Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía y arrójeme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle”. Este suceso le afectaría hondamente y le llevaría a tomar un nuevo rumbo, encaminándose hacia la santidad. A partir de entonces comienza no sólo a ver sino a escuchar al Señor, que le dirá: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”.
Estamos en 1554, Teresa tiene 39 años y ante ella se abre una nueva etapa de su vida. En este proceso de conversión, le influirán notablemente las Confesiones de San Agustín, que llegaron a sus manos: “Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino el Señor me la dio a mí, según si
Ó mi corazón; estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre mí mesma con gran aflicción y fatiga…(…) Comenzóme a crecer la afición de estar más tiempo con Él y a quitarme de los ojos las ocasiones, porque, quitadas, luego me volvía a amar a Su Majestad”
Otras experiencias místicas que dejaron huella profunda en el alma de Teresa por esta época serán el fenómeno de la trasverberación, ocurrida en una capilla de la Encarnación que hoy está abierta al culto diario, otro fenómeno referente al matrimonio espiritual, que experimentó durante la comunión, y la visión del infierno, ante la cual perdió todo temor a los sufrimientos y a las contrariedades de la vida: “Después acá, como digo, todo me parece fácil, en comparación de un momento que se ha de sufrir lo que yo en él allí padecí.”
Pero en España no corrían buenos tiempos para los que experimentaban estos fenómenos místicos. El Cardenal Cisneros, regente a la muerte de los reyes Católicos, había iniciado un amplio movimiento renovador en toda España, fundando universidades, reformando conventos, favoreciendo el estudio de los idiomas bíblicos y de la Teología, multiplicando la publicación de libros en latín y en castellano, generalizando la predicación en las Iglesias y la práctica de la oración mental. Carlos I y su corte de flamencos no simpatizaron con Cisneros, ni con sus consejos, ni con sus maneras de hacer. La Reforma Protestante y las guerras de religión dividieron Europa y todo lo que sonara a interioridad era investigado por los tribunales de la Inquisición.
El nuevo Inquisidor general, Francisco Valdés y su terrible consejero, el Teólogo escolástico Melchor Cano, llenaron las cárceles con los discípulos de Cisneros, con los erasmistas, con los alumbrados… Incluso fueron condenados el ex-secretario de Cisneros, el Obispo de Verisa, Juan de Cazalla y hasta el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Bartolomé de Carranza. Muy poco después, en 1559, Felipe II obliga a regresar a todos los españoles que estudian o enseñan en el extranjero, se prohíbe introducir en España libros publicados fuera de sus fronteras y traducir al español libros escritos en otros idiomas, incluso harán quemar las obras de Tomás de Villanueva, Francisco de Borja, Juan de Ávila, Fray Luis de Granada, y todos los libros que Teresa había devorado con ansias de aprender y había recomendado a tantas otras personas.
El miedo a errar en las experiencias místicas y en la oración de contemplación hace sufrir mucho a nuestra santa, que en un primer momento no encuentra buenos consejeros espirituales. Serán dos Jesuitas, el P. Diego de Cetina y después el P. Francisco de Borja, los que devolverán la paz a su alma, como ella misma cuenta refiriéndose a su coloquio con el que después llegará a ser prepósito de la Compañía: “Díjome que era espíritu de Dios, y que le parecía no era bien resisitirle más… que siempre comenzase la oración con un paso de la Pasión, y que si después el Señor me llevase, no le resistiese”. Fue el inicio de una profunda amistad que se fraguó en otros encuentros y en numerosas cartas. De gran ayuda fue también, ya en 1560, Fray Pedro de Alcántara, que conoció cuando a hacer compañía a Doña Guiomar de Ulloa. El santo franciscano se convertirá también en uno de los grandes consejeros de Teresa.
En la celda de Teresa en el monasterio de la Encarnación, que actualmente se muestra a los visitantes, una tarde de 1560 se encontraban reunidas dos sobrinas suyas y varias religiosas que la visitaban. En el ambiente poco estricto del monasterio, las visitas a las celdas, también de seglares, eran habituales. Aquella tarde comentaban las religiosas una carta de Felipe II que había hecho llegar a los conventos en la que exponía el gran daño que habían causado en Europa los luteranos, y les pedía oraciones por la unidad de la Iglesia. La conversación derivó a la situación de los religiosos en España, a la reforma que Fray Pedro había operado en las Descalzas Reales y en lo hermoso que sería tener conventos de Carmelitas con mayor observancia. La sobrina de madre Teresa, futura priora del Carmelo reformado de Valladolid, María Bautista, animó a su tía a fundar un convento reformado de Carmelitas. Allí estaba también Doña Guiomar, que prometió muy decidida su ayuda.
De este modo sencillo, en una conversación ni del todo seria ni del todo en broma, surgió lo que dos años después habría de ser la reforma del Carmelo. Teresa se resistía ante la magnitud de la empresa y sus consecuencias, a pesar de contar con el apoyo de Doña Guiomar y otras, hasta que un día el mismo Señor manifestó su voluntad a la Santa: “Habiendo un día comulgado, mandóme mucho su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejara de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor…”
Y se puso manos a la obra, no sin antes consultar a sacerdotes de la talla del P. Luis Bertrán, Fray Pedro de Alcántara, Francisco de Borja, Francisco de Salcedo, Gaspar Daza, etc. Se pusieron a buscar casa y pidieron al Papa licencia para poder hacer el convento bajo la jurisdicción de la Orden del Carmen, dado que el superior Provincial no lo permitía sin el permiso de Roma. Cuando se conoció la noticia en el monasterio de la Encarnación y en la ciudad, se montó gran revuelo, la mayoría se puso en contra y el mismo Provincial retiró su apoyo, “dijo que la renta no era segura y que era poca, y que era mucha la contradicción”. Como la acusaban de alumbrada y endemoniada, pide su parecer al teólogo más renombrado en ese momento en Ávila: el dominico P. Pedro Ibáñez, para el que escribe un memorial con la situación de su espíritu, la primera «Cuenta de Conciencia» que conservamos. A pesar de la oposición de la ciudad y las presiones que recibe, el parecer del Dominico será positivo y lo acompañó con un dictamen laudatorio, escrito en 33 puntos. Se decide a pedir un segundo Breve Papal; esta vez poniendo el monasterio bajo la obediencia del obispo. Aunque las contradicciones crecieron, hizo venir de Alba a su hermana Juana y a su esposo para que se encarguen de las obras de adaptación de una casita fuera de las murallas. Las obras se alargan porque unos muros ceden y los dineros faltan, pero la llegada de algunas monedas de oro enviadas desde América por su hermano Lorenzo en 1561 supone una gran ayuda.
El 12 de agosto de 1561, fiesta de Santa Clara de Asís, en la Misa, a la hora de comulgar, la Santa se le aparece a Teresa y la consuela: “Se me apareció con mucha hermosura. Me dijo que me esforzase y fuese adelante en lo comenzado, que ella me ayudaría”. Días después, en la fiesta de la Asunción, estando visitando el convento de Santo Tomás, de los Dominicos, se le aparecen la Virgen y San José, que también la consolaron y animaron para seguir adelante en la fundación. Con estas promesas del cielo, ¿cómo no continuar con las obras?
Fue providencial que en la Navidad de 1561 el Provincial mandase a Teresa en casa de Doña Luis de la Cerda, en Toledo, a pasar una temporada haciéndola compañía. Allí conoció a María Salazar, que con el tiempo sería una de sus grandes colaboradoras, priora de Sevilla y fundadora en Portugal. Este periodo toledano le sirvió a Teresa para alejarse de las polémicas que dividían Avila acerca de la fundación, y prepararse tranquilamente para el futuro con la ayuda de Fray Pedro de Alcántara. Cuando, tras seis meses alejada de Avila, vuelve al fin en de 1562, la misma noche de su regreso recibe la sorpresa de la llegada del Breve de Roma, dado el 7 de febrero de 1562 a nombre del Papa Pío IV, dando la jurisdicción al obispo de Ávila sobre la nueva fundación y permiso a Doña Guiomar de Ulloa y Doña Aldonza de Guzmán, que lo habían solicitado, de fundar y edificar un monasterio de monjas de la orden y regla de Santa María del Monte Carmelo.
No acabaron aquí todavía los problemas, pues el sr. Obispo de Ávila, don Álvaro de Mendoza, que después sería Obispo de Palencia en un primer momento se negó a dar su permiso, pues la jurisdicción recaía sobre él. Tuvo que visitarle el maltrecho Fray Pedro de Alcántara, todavía recuperándose de una enfermedad, para convencerle de dar el permiso. Durante el verano de 1562 se fueron concluyeron las obras y se buscaron las religiosas que quisieran acompañar a la madre Teresa en la nueva fundación, ayudándolas con dinero para la dote algunas personalidades que había conseguido reunir Doña Guiomar. Así, la mañana del día de san Bartolomé de dicho año, la pequeña campana que todavía hoy se conserva anunció el comienzo de una nueva comunidad religiosa en la ciudad de Ávila, si bien dicha campana estaba anunciando algo más: El comienzo de la Reforma Teresiana, que tanto bien habría de hacer a la Iglesia Católica.
Fuente: Historia de la Iglesia.
Enviado por: JUAN CARLOS DADAH - TRONO DE DIOS
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17/04/13 |
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EL MUNDO SOBRENATURAL
Fuente: BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO
Autor: Oscar Schmidt
Hace un tiempo leía un libro de Chesterton sobre la vida de San Francisco de Asís. Allí el autor trataba de manifestar la dificultad, o casi la imposibilidad, de narrar la vida de un santo de modo justo y completo.
Chesterton decía que “para escribir la vida de un santo se necesita otro santo”. La sinceridad de este hombre me pareció fresca y auténtica. Un sentimiento en lo más hondo de su corazón le indicaba que las cosas que ocurren en el alma de un santo son muy difíciles de comprender desde los ojos de una persona mas o menos normal.
Los santos viven una vida opuesta a la que el mundo nos propone. Ellos buscan dominar su cuerpo, el amigo asno (como decía Francisco de Asís), porque saben que el alma es algo mucho más sublime y delicado que nuestra carne. Tenemos un alma que busca a su Dios, pero se encuentra envuelta en un cuerpo que la trata de doblegar con sus llamados y necesidades. Disciplinas, ayunos, ofrendas, insistentes apelaciones a la humildad de aspecto y palabra, sencillez y pobreza, son formas a las que los santos apelan para doblegar el llamado carnal que invita a vanidades y orgullos vanos.
¿Acaso son estas actitudes comprendidas por el hombre de mundo? ¿Son vistas como manifestaciones de una persona sana, o quizás como las de un ser conflictuado? ¡Que diría al respecto un psicólogo no abierto a las cuestiones del espíritu! No, el hombre no comprende. Por eso Chesterton decía que sólo un santo puede comprender lo que le ocurre a otro santo, y describirlo con justicia y precisión.
Pero más allá de esta dificultad básica, hay algo que me sigue sorprendiendo en los libros sobre la vida de nuestros queridos santos, y es la insistencia de muchos autores a eliminar o reducir a su mínima expresión la vida sobrenatural que ellos viven. Es como si se esforzaran en mostrar la faceta estrictamente humana y mundana, dejando lo sobrenatural de lado o incluso relativizándolo. Frases como “se dicen muchas cosas sobre milagros alrededor de la vida de esta alma, pero no sabemos si eso era verdad o no”. O también “los milagros que se relatan son leyenda y no son importantes para comprender la santidad de esta alma”.
¡Si que son importantes! Jesús, en el testimonio de los Evangelios, realiza una abrumadora cantidad de milagros, los que son expresiones de Su Poder Sobrenatural. Los milagros ocupan un lugar mucho más prominente que cualquier otro elemento presente en las Escrituras. Y si el Señor ha actuado de este modo en Su paso por la tierra, ¿por qué pensar que esta no es la forma correcta de evangelizar? Dios nunca ha dejado a Sus santos solos, siempre los ha engalanado con Gracias de todo tipo. Diálogos interiores que estas almas sostienen con Su Divinidad, y milagros que se derraman ante el mundo como testimonio del Poder de Dios actuando a través de un ser que decide amarlo sin límites.
¿Por qué se oculta o reniega de la vida sobrenatural de los santos? Quizás por vergüenza, o por vanidad intelectual. Es como que ser parte del mundo moderno implica no ser “anticuado” al aceptar abiertamente las verdades espirituales. Mejor ser racionalista, inteligente y materialista, antes que exponerse al ridículo ante una sociedad que se desenvuelve entre computadores, cables y conexiones inalámbricas. ¡Que poco lugar se deja a las cosas de Dios en esta maraña de ideas y dispositivos intrascendentes y pasajeros! Admiro, en cambio, a aquellos autores que con valor y una fe limpia y franca, relatan y aceptan la vida espiritual que adorna y engalana la vida de las almas santas. Almas que por Gracia de Dios podemos disfrutar, almas que viven un balance perfecto entre este mundo y el Cielo tan añorado.
Este es el aspecto que Chesterton sentía era imposible de describir, ese estado permanente que tienen los santos de vivir con un pie en la tierra, y otro en el Reino. Una vida en lo natural, pero conectados a lo sobrenatural. Ellos ven en cada cosa que los rodea, o que sucede, la Mano de Dios. Dios Creador, pero también Dios Presente y actuando ante cada mínimo detalle de nuestra vida.
Esta aceptación abierta del mundo sobrenatural es una consecuencia básica del crecimiento espiritual. No se puede amar a Dios, mientras lo condenamos en nuestra mente a una Presencia distante e indiferente, allá arriba en Su Trono. ¡No! El Señor nunca nos ha dejado, se ha quedado en cada Eucaristía que se celebra en el mundo, en cada Hostia Consagrada, y en nuestro corazón que recibe Su Espíritu cuando lo llamamos y amamos con sinceridad.
Claro que no se puede comprender a un santo, o las cosas que ellos hacen, si no entendemos que estar unidos a Dios es estar en este mundo, sin ser del mundo. Somos como unos vagabundos en este desierto, que buscan la entrada a la Ciudad maravillosa de Dios, que nos espera. Pero si no creemos en esa Ciudad, la Jerusalén Celestial, ¿cómo podremos ingresar en ella?
Nuestra fe se cimenta en una aceptación abierta de Dios, y Sus cosas. Santos, Ángeles, almas del Purgatorio, todo es parte del mundo de Dios. Aquí en la tierra vivimos un destierro, aislados en gran medida de ese mundo sobrenatural que es nuestro verdadero origen, y destino. Seamos como niños que con un corazón sincero y simple, aceptan las palabras de sus padres, porque es a través de ellos que conocen y descubren el mundo. Nuestro Dios, enamorado perdidamente de nosotros, nos llevará de la mano si es que lo dejamos hacerlo.
13/04/13 |
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¿Es rentable ser bueno?
¿Hay que ladrar con los perros y morder con los lobos? ¿Es rentable ser cordero?
Autor: José Luis Martín Descalzo
Fuente: 24 pequeñas maneras de amar
Quiero contarles a ustedes la historia de Piluca. Resulta que, en el colegio donde yo fui muchos años capellán, había dos hermanitas -Piluca y Manoli- que eran especialmente simpáticas y diablillos. Y un día, hablando a las mayores (y a Piluca entre ellas) les expliqué como todos los que nos rodean son imágenes de Dios y cómo debían tratar a sus padres, a sus hermanas, como si tratasen a Dios. Y Piluca quedó impresionadísima.
Aquel día, al regresar del colegio, coincidió con su hermana pequeña en el ascensor. Y, como Piluca iba cargadísima de libros, dijo a Manoli: "Dale al botón del ascensor". "Dale tú", respondió la pequeña. "Dale tú, que yo no puedo", insistió Piluca. "Pues dale tú, que eres mayor", replicó Manoli. Y, entonces, Piluca sintió unos deseos tremendos de soltar los libros y pegarle un mamporro a su hermanita. Pero, como un relámpago, acudió a su cabeza un pensamiento. ¿Cómo la voy a pegar si mi hermanita es Dios? Y optó por callarse y por dar como pudo al botón. Luego, jugando, se repitió la historia. Y comiendo. Y por la noche. Y todas las veces que Piluca sentía deseos de estrangular a su hermana, se los metía debajo de los tacones porque no estaba nada bien estrangular a Dios.
A la mañana siguiente, cuando volvieron del colegio, veo yo a Piluca que viene hacia mí, arrastrando por el uniforme a su hermana con las lágrimas de genio en los ojos, y me grita: "Padre, explíquele a mi hermana que también yo soy Dios, porque así no hay manera de vivir".
Comprenderéis que me reí muchísimo y que, después de tratar de explicar a Manoli lo que Piluca me pedía, me quedé pensativo sobre un problema que me han planteado muchas veces: ¿Ser buena persona es llevar siempre las de perder? En un mundo en el que todos pisotean, si tú no lo haces ¿no estarás llamado a ser un estropajo? ¿Hay que ladrar con los perros y morder con los lobos? ¿Es "rentable" ser cordero?
Las preguntas se las traen. Y, en una primera respuesta, habría que decir que ser bueno es una lata, que en este mundo "triunfan" los listos, que es más rentable ser un buen pelota que un buen trabajador, que para hacer millones hay que olvidarse de la moral y de la ética.
Pero, si uno piensa un poquito más, la cosa ya no es tan sencilla. ¿Es seguro que ese tipo de "triunfos" son los realmente importantes? Y no voy a hablar aquí del reino de los cielos. En ese campo yo estoy seguro de que la bondad da un ciento por uno, rentabilidad que no da acción alguna de este mundo.
Pero quiero hacer la pregunta más a nivel de tierra. Y aquí mi optimismo es tan profundo que estoy dispuesto a apostar porque, más a la corta o más a la larga, ser buena persona y querer a los demás acaba siendo rentabilísimo.
Lo es, sobre todo, a nivel interior. Yo, al menos, me siento muchísimo más a gusto cuando quiero que cuando soy frío. Sólo la satisfacción de haber hecho aquello que debía me produce más gozo interior que todos los triunfos de este mundo. Moriría pobre a cambio de morir queriendo. Pero es que, incluso, creo que el amor produce amor. Con excepciones, claro.
¿Quién no conoce que el desagradecimiento es una de las plantas más abundantes en este mundo de hombres? ¡Cuántas puñaladas recibimos de aquellos a quienes más hemos amado! ¡Cuántas veces el amor acaba siendo reconocido... pero tardísimo!
Esa es la razón por la que uno debe amar porque debe amar y no porque espere la recompensa de otro amor. Eso llevaría a terribles desencantos.
Y, sin embargo, me atrevo a apostar a que quien ama a diez personas, acabará recibiendo el amor de alguna de ellas. Tal vez no de muchas. Cristo curó diez leprosos y sólo uno volvió a darle las gracias. Tal vez esa sea la proporción correcta de lo que pasa en este mundo.
Pero aún así, ser querido por uno de los diez a quienes hemos querido, ¿no es ya un éxito enorme? Por eso me parece que será bueno eso de amar a la gente como si fuesen Dios, aunque la mitad nos traten después como demonios.
13/04/13 |
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LA CINCUENTENA PASCUAL, TRADICIONES JUDÍAS Y CRISTIANAS

LA CINCUENTENA PASCUAL
1.- La Cincuentena Pascual
a) La cincuentena judía
Cincuenta días después de la fiesta de la Pascua, el pueblo judío celebraba la fiesta de las Cosechas o de las Primicias que los campos habían producido (Ex 23,16). Esto ocurría en el tercer mes judío (en nuestro actual mes de mayo). Análogamente, el mes de septiembre daba lugar a la celebración de la recolección de las últimas cosechas del año, en la fiesta de los Tabernáculos. De este modo ritualizaba el pueblo judío tres solemnidades (Dt 16,1-7).
El Deuteronomio precisa la cincuentena pascual (entre Pascua y Pentecostés): «Contarás siete semanas, a partir del día en que metas la hoz en la mies contarás siete semanas, y celebrarás la Fiesta de las Semanas en honor del Señor tu Dios» (Dt 16 9-10). Al contar siete semanas (Lv 23,15-22) a partir del día siguiente al sábado pascual, el Pentecostés judío cae siempre en domingo.
b) La cincuentena cristiana
«Al llegar el día de Pentecostés -dicen los Hechos-, estaban todos reunidos en un mismo lugar» (Hch 2,1). Los apóstoles recibieron ese día el Espíritu prometido por Jesús, y de ese modo se sella la nueva alianza. Los signos externos (lenguas, fuego, viento impetuoso) recuerdan las manifestaciones del Sinaí.
La relación de Pentecostés con Pascua es evidente en la liturgia cristiana. En la Pascua se conmemora la liberación salvadora de Jesús; Pentecostés es la comunicación de este hecho a todo el universo y a la humanidad entera a través de los creyentes reunidos en la nueva Iglesia. Pero la fiesta de la Pascua cristiana se prolonga, como en el calendario judío, por espacio de cincuenta días. Es, de hecho, una octava de domingos y una semana de semanas. Este período, denominado tiempo pascual o cincuentena pascual, conmemora a Cristo resucitado, presente en la Iglesia, y al Espíritu Santo, donación de la promesa del Padre. Así como la Cuaresma es tiempo de prueba y tentación, la cincuentena es signo de perfección y de eternidad.
2.- La celebración de la cincuentena pascual
a) La octava pascual
Cuando, a finales del siglo IV, el significado primitivo de la cincuentena pascual comenzó a decaer, se empezó a celebrar la octava pascual, tanto en Oriente como en Occidente. El ciclo antiguo de las siete semanas se desdobló en otro nuevo ciclo de ocho días, con un carácter eminentemente bautismal. La octava permitía a los neófitos gustar las delicias de su bautismo, prolongando durante una semana «el día que hizo el Señor» (Sal 117, 24). Al principio fueron siete los días bautismales. El sábado era el momento en que los neófitos se desprendían de los vestidos blancos recibidos en el bautismo. Más tarde se trasladó este rito al domingo, llamado por esta razón in albis. Los nuevos bautizados tomaban asiento entre el pueblo. La octava se llamó alba o blanca.
Los neófitos o recién bautizados se reunían cada día de esta semana pascual en una basílica diferente. Como la semana entera fue festiva a partir del año 389, todos los cristianos podían participar en la eucaristía de los neófitos y recordar las fiestas bautismales en que, en años anteriores, habían participado por primera vez. Por la mañana había una misa, y por la tarde se reunían para visitar la pila bautismal. Un día de la octava, normalmente el lunes, celebraban todos los cristianos el día del aniversario de su bautismo (Pascha annotinum). De esta reunión nació la idea de recordar el bautismo todos los domingos con el asperges me (fuera del tiempo pascual) o el vidi aquam (en el tiempo pascual). La semana festiva, que ya existía a finales del siglo IV, se convirtió en tres días de fiesta en el siglo X. Por último, Pío X redujo en 1911 estos tres días de fiesta a sólo el domingo.
El objetivo de esta semana consistía en que los neófitos recibiesen las últimas catequesis, denominadas mistagógicas. La octava de Pascua está, pues, en relación con la iniciación a los sacramentos de los recién bautizados en la Vigilia Pascual.
b) Las semanas pascuales
Durante los siete domingos de Pascua, la liturgia celebra el mensaje pascual de la resurrección del Señor, la alegría de la Iglesia por la renacida esperanza, la vida nueva de los neófitos y la acción del Espíritu Santo en la comunidad cristiana. Se trata, en definitiva, de celebrar prolongadamente la Pascua. Recordemos que la fiesta principal del año no es el Viernes Santo, sino el Domingo de Resurrección.
La reforma conciliar de la liturgia ha restituido al tiempo pascual su significado. En las Normas universales sobre el año litúrgico, del 21 de marzo de 1969, se dice que «los cincuenta días que van del Domingo de Resurrección hasta el Domingo de Pentecostés se celebran con alegría y júbilo, como si se tratara de un único día de fiesta o, mejor aún, de un gran domingo» (n. 22). En suma, el tiempo de Pascua es celebración del misterio de la exaltación de Cristo, constituido Señor del universo y cabeza de la humanidad. Es período de plenitud y de profundización en el bautismo recibido o en la fe ya vivida. Es cincuentena hasta Pentecostés, en que predomina la acción del Espíritu. Es tiempo de alegría y de banquete (sin ayunos), al que se asiste de pie (no de rodillas), en el que se canta el aleluya y en el que la comunidad se reconoce como misterio de comunión fraternal, realizada por el Espíritu de Jesús en forma de koinonia.

3.- La fiesta de Pentecostés
Entre los judíos, la fiesta de la Cosecha, o día de la acción de gracias, se celebraba en tiempos de Jesús siete semanas después de Pascua; era la fiesta de los Primeros Frutos (Nm 28,26), de la Recolección (Ex 23,16) o de las Semanas (Ex 34,22). En razón del número «cincuenta», se denominó Pentecostés. Los rabinos del siglo II de nuestra era conmemoraron ese mismo día la entrega de la ley en el Sinaí y la conclusión de la alianza.
Entre los cristianos, la fiesta de la Pascua se prolonga por espacio de cincuenta días, denominado «tiempo pascual» o «cincuentena pascual», que finaliza con el día de Pentecostés. Pentecostés es fiesta litúrgica comparable a la Pascua. Está por encima de la Navidad, la Epifanía o el Corpus. Pero no es fiesta separada, puesto que corona la Pascua. El último día de los cincuenta, por influjo judío de Pentecostés, tuvo desde el siglo II un relieve particular. Influyó la mística de los números: el cincuenta es consumación, conclusión y sello. La fiesta de Pentecostés se desarrolló con vigilia bautismal y octava en el siglo IV. La cincuentena pascual es tiempo de plenitud, de alegría y de acción de gracias por los frutos recibidos, y predomina en él la acción del Espíritu.
a) La Vigilia de Pentecostés
La Vigilia de Pentecostés tiene un esquema parecido al de la Vigilia Pascual, ya que era una segunda oportunidad para que quienes no se habían bautizado en esta última lo hicieran. No se bendecía el cirio ni había pregón pascual, pero siempre hubo varias lecturas, con bendición de la pila, bautismos y eucaristía bautismal. Es vigilia adecuada para reunir a varias comunidades y disponerse a celebrar la donación de la promesa del Padre, que es el Espíritu Santo. En esta celebración se pueden acentuar los tres símbolos del Espíritu: viento-soplo, agua y fuego-luz. De un modo concreto, pueden simbolizarse el fuego (hoguera), las llamas (lámparas), el agua (jarra o tinaja) y la torre maldita (muro). Pentecostés es la confirmación de la Iglesia, del mismo modo que la Confirmación es el pentecostés del cristiano.
Los tres pasajes del Nuevo Testamento que hablan de Pentecostés se refieren a la fiesta judía: Hch 2,1; 20,16; 1 Cor 16,8. La fiesta cristiana coincide con la judía en el nombre («pentecostés» significa «cincuenta») y en el momento (siete semanas después de Pascua). No celebra simplemente la siega de cereales (fiesta de la Cosecha o de las Semanas) ni la antigua alianza del Sinaí (donación de la Ley), sino la ascensión de Cristo (nuevo Moisés) al Padre y la efusión del nuevo Espíritu. El Pentecostés cristiano celebra el don escatológico del Espíritu Santo y la apertura de la Iglesia a nuevos pueblos. (La fiesta de la Ascensión tardó en desglosarse de la de Pentecostés).
El evangelio de la Vigilia pone el grito de Jesús («¡El que tenga sed, que venga a mí; el que crea en mí, que beba!») en relación a los ritos del agua que se celebraban en la fiesta judía del Templo o de los Tabernáculos. Jesús es la roca, el agua viva, el Espíritu de Dios hecho carne. Nos invita a todos a beber dicho Espíritu.
b) El Espíritu de Pentecostés
En su encuentro con el hombre, Dios se manifiesta como Espíritu, comparado en la Biblia al viento y al aliento, sin los cuales morimos. El Espíritu de Dios es la respiración del cristiano. Es viento -como huracán o como brisa- del que no se sabe a veces su procedencia; pero también es fuerza ordenadora frente al caos. Asimismo, es aliento que se halla en el fondo de la vida: es fuerza vivificante frente a la muerte. El soplo respiratorio del hombre viene de Dios, y a él vuelve cuando una persona muere. También es huracán que arrasa o viento reconfortante. El mismo Espíritu se manifiesta particularmente en los profetas, críticos de los mecanismos del poder y del culto desviado y defensores de los desheredados; el Espíritu transforma a los jueces en promotores de la justicia por su fuerza socializadora.
El mismo Espíritu que fecunda a la Iglesia y a los cristianos creó el mundo y dio vida humana al «barro» en la pareja de Adán y Eva. Desgraciadamente, se desconoce el Espíritu al considerarlo etéreo, abstracto o inapreciable. Sin embargo, lo confesamos en el Credo: creo en el Espíritu Santo. De un modo pleno reposó el Espíritu de Dios sobre el Mesías. Así se advierte en la concepción de Jesús, en su bautismo y comienzo de su misión, en el momento de su muerte y en las apariciones del Resucitado. Jesús muere entregando el Espíritu y se aparece a los discípulos insuflando nueva vida. El Espíritu es, pues, don de Dios, personalidad de Jesús, fuerza del evangelio, alma de la comunidad. Su donación en Pentecostés tiene como propósito crear comunidad («ruido» que conmociona, «voz» que interpela y «fuego» que calienta), abrirse a los pueblos y culturas, impulsar el testimonio y defender la justicia y la libertad.
La fuerza del Evangelio es Espíritu que llama a conversión, expulsa lo demoníaco, reconcilia a pecadores, mueve a optar por los pobres y marginados y crea Iglesia comunitaria. En suma, el Espíritu promueve conciencia moral lúcida, da sentido agudo al discernimiento, empuja al compromiso social por el pueblo y ayuda a la puesta en práctica del mensaje de Jesús. Pecados contra el Espíritu son la injusticia, con las secuelas del subdesarrollo y de la miseria; la división de los seres humanos y de los pueblos, con todo el odio generado; las dictaduras y el imperialismo, con los dominios del terror y de la guerra…
CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITÚRGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993, pág. 74-79
11/04/13 |
Publicado por: krouillong | Categoría General
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EL CRIMEN ES EL MISMO
Con un bebe de brazos, una mujer muy asustada llega al consultorio de su ginecólogo y le dice:
Doctor: por favor ayúdeme, tengo un problema muy serio.
Mi bebé aún no cumple un año y ya estoy de nuevo embarazada.
No quiero tener hijos en tan poco tiempo, prefiero un espacio mayor entre uno y otro.....
El médico le preguntó: Muy bien, ¿qué quiere que yo haga?
Ella respondió:
Deseo interrumpir mi embarazo y quiero contar con su ayuda.
El médico se quedó pensando un poco y después de algún tiempo le dice: Creo que tengo un método mejor para solucionar el problema y es menos peligroso para usted.
La mujer sonrió, pensando que el médico aceptaría ayudarla.
Él siguió hablando: Vea señora, para no tener que estar con dos bebés a la vez en tan corto espacio de tiempo, vamos a matar a este niño que está en sus brazos.
Así usted tendrá un periodo de descanso hasta que el otro niño nazca.
Si vamos a matar, no hay diferencia entre uno y otro de los niños.
Y hasta es más fácil sacrificar éste que usted tiene entre sus brazos puesto que usted no correrá ningún riesgo.
La mujer se asustó y dijo: ¡No, doctor! ¡Que horror! ¡Matar a un niño es un crimen!
También pienso lo mismo, señora, pero usted me pareció tan convencida de hacerlo, que por un momento pensé en ayudarla.
El médico sonrió y después de algunas consideraciones, vio que su lección surtía efecto.
Convenció a la madre que no hay la menor diferencia entre matar un niño que ya nació y matar a uno que está por nacer, y que está vivo en el seno materno.
¡ EL CRIMEN ES EXACTAMENTE EL MISMO !
11/04/13 |
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¿POR QUÉ LA MUJER DEBE USAR VELO EN LA IGLESIA CATÓLICA?
Por delante de todo está el respeto a Dios en Su Casa.
Fuente: VERITAS LIBERAVIT VOS
Una de las costumbres y disposiciones eclesiásticas católicas romanas que está quedando en desuso y siendo considerada un arcaísmo y un supuesto ataque a la naturaleza de la mujer es el uso del velo en la Iglesia.
La Iglesia Católica durante más de 2000 años aceptó, propuso y estableció que la mujer debía cubrirse la cabeza con un velo en las ceremonias del Culto, como símbolo de sumisión, humildad y obediencia ante Dios.
En la Primera Carta a los Corintios (11:1-16), San Pablo sale al cruce de ciertos pensamientos y prácticas paganizantes de algunas mujeres de la ciudad griega de Corinto. Nuestro Santo Apóstol expresa: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo. Os alabo, hermanos, porque en todo os acordáis de mí, y retenéis las instrucciones tal como os las entregué.
Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.
Todo varón que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza. Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado.
Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra.
Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón.
Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón.
Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles.
Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios.
Juzgad vosotros mismos: ¿Es propio que la mujer ore a Dios sin cubrirse la cabeza?
La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello? Por el contrario, a la mujer dejarse crecer el cabello le es honroso; porque en lugar de velo le es dado el cabello.
Con todo eso, si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.”
Por su parte, Tertuliano -uno de los Padres de la Iglesia- señalaba: “Te ruego, seas tú madre, o hermana, o hija virgen, cubre tu cabeza”
Fue hábito gozoso y norma eclesial que la mujer vista velo en la Iglesia sea en la última fase de la Edad Antigua como durante toda la Edad Media y hasta hace poco…
El Código de Derecho Canónico de 1917 establece en el Canon 1262, § 2 que las mujeres en la Iglesia y muy especialmente cuando se acerquen a comulgar “deben tener la cabeza velada y deben vestirse modestamente…” (En latín es: “Viri in ecclesia vel extra ecclesiam, dum sacris ritibus assistunt, nudo capite sint, nisi aliud ferant probati populorum mores aut peculiaria rerum adiuncta; mulieres autem, capite cooperto et modeste vestitae, maxime cum ad mensam Dominicam accedunt.” )
En el Nuevo Misal Romano promulgado por Pablo VI no se explicitó la obligatoriedad de usar velo en la Iglesia y en el Código de Derecho Canónico de 1983 tampoco se mencionó el uso del velo ni su supresión, dejando a los clérigos y fieles actuar según su criterio (siendo éste en muchos casos ignorante y espantoso con frutos desastrosos)
Si la mujer siempre usó velo, ¿Por qué se ha revelado y no lo usan desde hace poco más de 40 años?. Hay una respuesta quizás dura para muchos pero real: el hombre en una operatoria nunca antes vista ha tergiversado y ha querido convertir, la religión Católica en una pseudo religión del amor al hombre, independientemente de la Voluntad de Dios y la obediencia debida a Él.
Autollamados “católicos” esgrimen en contra del uso del velo que la mujer debe estar a la altura de la moda, pero los llamativos “cristianos” se olvidan que en la Santa Madre Iglesia no existen las modas porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y eternamente. (Hebreos XIII, 8) y que oponerse al uso del velo es ir contra la Sagrada Escritura, la Tradición y el Derecho Canónico.
El hecho de que más mujeres no vistan velo es el resultado de las ideas del igualitarismo pernicioso infiltrado en Nuestra Iglesia por determinadas entidades netamente anticatólicas, las cuales seducen a muchas mujeres aprovechándose de la rebeldía y necedad de ellas y de la desidia e irresponsabilidad de las personas que deben encauzar correctamente a las almas que les fueron confiadas.
Es artículo de Fe -y verdad histórica- que la Santa Iglesia Católica Romana fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo, por lo tanto, en Ella y sus Tradiciones relacionadas a la sana Doctrina no hay nada que deba ser cambiado para agradar a los hombres, ya que somos nosotros quienes fuimos creados para amar y servir a Dios en esta vida y Él estableció su Iglesia para que nosotros transitemos por el mejor sendero y no para hacer de Ella un subproducto de nuestros pecados, subjetividades y caprichos.
¡Cuánto dolor debe estar sintiendo Nuestro Señor al ver que tantísimas mujeres no tienen gran respeto en la Casa de Dios!
¡Tengamos presente el pecado de Nuestros Primeros Padres Adán y Eva!
¡Mujer, sigamos el ejemplo de María Santísima porque Ella nunca se apareció ante los ojos de los hombres sin tener velo y entremos a la Iglesia con la cabeza cubierta, con el orgullo de ser sumisas, humildes y obedientes, sabiendo que honramos a Dios!
“Accipe vélamen sacrum, quo cognoscáris mundum contempsísse, et te Christo Jesu veráciter humilitérque, toto cordis annísu, sponsam perpetuáliter subdidísse, qui te ab omni malo deféndat, et ad vitam perdúcat aetérnam”
(Pontificale Romanum, De Benedictione et Consecratione Virginum)
06/04/13 |
Publicado por: krouillong | Categoría General
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Fecha: 12/05/2012
Juan Pablo II en una conferencia nos dice…
"Necesitamos santos sin velo, ni sotana.
Necesitamos santos con jeans y zapatillas.
Necesitamos santos que vayan al cine, que escuchen música, que caminen con sus amigos.
Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar y que sean lanzados en sus universidades.
Necesitamos santos que tengan tiempo diario para la oración y que sepan enamorarse de la pureza y la castidad o que se consagren a su castidad.
Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad que encaje en nuestro tiempo.
Necesitamos santos comprometidos con los pobres, y con los necesarios cambios sociales.
Necesitamos santos que vivan en el mundo, que se santifiquen en el mundo, que no tengan miedo de vivir en el mundo.
Necesitamos santos que tomen Coca-Cola y coman panchos, que usen jeans, que sean actuales.
Necesitamos santos que amen apasionadamente la Eucaristía y que no tengan vergüenza de tomar un refresco o comer una pizza un fin de semana con los amigos.
Necesitamos santos que les guste el cine, la música. Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amables, alegres, compañeros.
Necesitamos santos que estén en el mundo y que sepan saborear las cosas puras, buenas, y no las mundanas."
Juan Pablo II