Respuesta a Raúl Zegarra
Una fe
escéptica es, en efecto, una fe con ciertas restricciones. La restricción que impone este adjetivo es, en realidad, una sola, pero podemos desglosarla en tres restricciones que son, en mi opinión: la epistemológica, la ontológica y la ética. (Puede haber puntos de contacto, pero no sigo concientemente ni a Heidegger ni a Bultman, sino a Agustín.)
1. Según la restricción epistemológica, si bien los seres humanos conocemos cosas verdaderas,
no conocemos la Verdad en sí misma. Algunos seres humanos
creemos que la Verdad en sí misma es Dios, pero no todos aceptan esto, porque la Verdad en sí misma es algo que no se puede conocer. En ese sentido, respecto de la posibilidad (aceptada, por ejemplo, por la filosofía de Platón) de conocer la Verdad en sí, la fe cristiana es escéptica: No es posible
conocer a Dios en esta vida. Hace falta
creer que es la Verdad.
2. Según la restricción ontológica, si bien los seres humanos estamos en contacto sensible y cognoscitivo con múltiples seres (entes,
Seiende) de todo tipo (minerales, vegetales, animales y, entre ellos, humanos), no tenemos contacto ni sensible ni cognocitivo con el Ser del ente (
Sein). Algunos seres humanos
creemos que esto que no se siente ni se conoce es Dios, pero no todos aceptan esto, porque el Ser del ente es algo que no se puede conocer. En ese sentido, respecto de la posibilidad (aceptada por ciertas propuestas metafísicas) de conocer al Ser en sí, la fe cristiana es escéptica: No es posible
conocer a Dios en esta vida. Hace falta
creer que es el Ser del ente.
3. Según la restricción ética, si bien los seres humanos somos testigos de actos de amor,
no conocemos al Amor en sí mismo. Sólo podemos
creer que Dios es el Amor en sí mismo, y ajustar nuestra vida a esa creencia.
Desde luego, hay quienes piensan que este es un sustento muy pobre para la fe y piden más razones. Con todo derecho. Otros incluso piensan que una fe que reconoce éstos como sus límites es una fe irracional. ¿Por qué no? Si al final, como dice Qohélet:
Por más que se afane el hombre en buscar, nada descubre, y el mismo sabio, aunque diga saberlo, no es capaz de descubrirlo.
Qo 8: 16