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En el mundo ha surgido un proceso de crítica ácida hacia los gobiernos socialdemocrátas, que han venido gobernando con políticas económicas conservadoras, y que han sufrido duros reveses electorales en todo el orbe. El tema central es que engañaron a los electores pues prometieron algo que sabían que no cumplirían y apostaron por ser concesivos con la economía especuladora, de lo que ahora pagan duramente los ciudadanos de sus países, especialmente los que eran nucleo duro de su electorado.

A continuación posteo un interesante artículo publicado por Antonio Cazorla,catedrático de Historia de Europa, Trent University, Canadá, publicado en el Diario El País bajo el título "La socialdemocracia perdida, otra vez". Según indica el profesor Cazorla, en el combate contra la crisis económica, los que han ganado son la derecha pura y dura y el capital especulativo. Los "mercados" no han ganado a la "política", sino a las políticas progresistas y los socialdemócratas han ayudado a ello.

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Por: Antonio Cazorla

En su magnífica historia de la II Guerra Mundial (All Hell Let Loose), Max Hastings cuenta el comentario de un ama de casa británica que se sorprendía de que su Gobierno tenía en 1939 todo el dinero necesario para hacer la guerra cuando hasta entonces había estado diciendo que no podía endeudarse para reactivar la economía, o para ayudar a los pobres. Liderado por el laborista Ramsay MacDonald (entre 1931 y 1935), el National Government que gobernó Reino Unido durante toda la década de los treinta fue una coalición de los principales partidos británicos, pero en realidad estuvo controlado por los conservadores. Este fue el Gobierno de la Gran Depresión, que hizo cortes en el gasto social para preservar el prestigio de la libra y reducir el déficit. El resultado fue que el sufrimiento de la Depresión fue para los parados. Muchos de los que conservaron su trabajo y los que tenían rentas de capital de hecho mejoraron su poder adquisitivo. Dicho con otras palabras: la sociedad británica se fraccionó aún más bajo un líder laborista que hacía políticas de derechas.
Merkel y Sarkozy ni retan las causas profundas ni ofrecen más alternativa que el sufrimiento
La socialdemocracia de hoy, como el laborismo resignado de MacDonald, ha abrazado la ortodoxia para combatir la crisis. Como explicación / justificación a menudo se dice que los supuestamente neutrales "mercados" han ganado a la política, a toda la política. No es verdad. Los que han ganado son la derecha pura y dura y el capital especulativo. Los "mercados" -o más bien las agencias de calificación, la City, Wall Street, los hedge funds y otros- no se han lanzado a aniquilar a los Gobiernos que los han tratado tan bien, a base de salvarlos de la ruina, no pedirles responsabilidades, darles impunidad para seguir haciendo daño y beneficios fiscales. Los "mercados" no han atacado a los Gobiernos de Cameron u Obama, a pesar de sus déficits abultados, muy altos niveles de deuda y la impresión masiva de moneda. Les han pedido y obtenido más, eso es todo. Los "mercados" no han ganado a la "política", sino a las políticas progresistas.
Lo malo es que la socialdemocracia europea les ha ayudado mucho. Porque a ella y a lo que quede de la democracia-cristiana reformista (los impulsores del milagro económico y social de posguerra) les han fallado la memoria y los reflejos desde mucho antes de que la crisis estallara. Desde los años noventa, dejaron de reflexionar seriamente sobre en qué beneficiaban a la sociedad y a la economía real la desregulación por la desregulación, la moneda única, que el sector financiero aumentase porcentualmente varias veces por encima del crecimiento de la economía real, y, especialmente en España, la especulación inmobiliaria (que los Gobiernos y alcaldes de izquierdas apoyaban tanto como los de derechas). Para colmo, dejaron que se diseñase a la Unión Europea cada vez más a partir de los intereses del dinero que de los del conjunto de la sociedad, confundiendo a "más Europa" con una Europa más progresista. Ahí está para probarlo, por ejemplo, cómo se ha decidido que funcione el Banco Central Europeo.
Cegada por las estadísticas del PIB en los años de bonanza, la socialdemocracia se olvidó de que el crecimiento sólido y armónico, no el espectacular-especulativo, y la participación en condiciones de igualdad de los agentes sociales, son los que crean estabilidad económica y capital social; en suma, los que garantiza el verdadero progreso. En cierto modo, la socialdemocracia abrazó una caricatura de la Tercera Vía: riqueza para todos a base de crecer mucho sin mirar muy bien de dónde venía esa riqueza ni adónde iban los valores sociales. Sus políticas se basaron a menudo en dejar que la riada del crecimiento por el crecimiento, a menudo especulativo, nos fecundase, como el Nilo de los faraones, a todos. Se crearon o se improvisaron programas sociales financiados con dinero fácil y barato, pero dentro de un trato que implicaba permitir que el capital fuese libre para saltar fronteras y regulaciones. En el proceso, las reglas de juego establecidas en la posguerra europea se tornaron contra los productores -empresarios y trabajadores- que no cruzamos fronteras como el dinero sino que vivimos en una casa, en una familia y en una comunidad. En suma, la izquierda gobernó usando una tarjeta de crédito prestada por los "mercados", cuya cuenta, inflada por los intereses, pagamos ahora.
Lo malo es que no tenía que haber sido así, porque ya sabía la socialdemocracia que esto podía suceder, y cómo evitarlo. Mucho de lo que estamos viviendo ya pasó durante la Gran Depresión. Entonces y ahora, los desequilibrios financieros y la especulación causaron la crisis; y la derecha la administró, en beneficio del capital, mientras que la izquierda no sabía qué hacer. Los socialdemócratas de entreguerras se negaron a desafiar la ortodoxia económica que precisamente trajo la crisis primero y luego causó que esta se extendiese y se acentuara. El resultado fue que, en los años treinta, la socialdemocracia casi desapareció del mapa (como hoy está en la oposición en casi todos los países de Europa) atrapada entre el miedo a los mercados y la falta de alternativas creíbles. En Reino Unido, por ejemplo, el único político laborista de peso que desafió a la ortodoxia económica fue Oswald Mosley (ignorado, acabó fundando la British Union of Fascists). La excepción a este panorama desolador, para la sociedad y para la democracia, fue Suecia, donde los socialistas adoptaron políticas que luego se conocerán como keynesianas. Lamentablemente, el valor y la imaginación de los socialdemócratas suecos, que les valió estar en el poder durante décadas, contrasta con la amnesia autodestructiva de los socialdemócratas europeos de hoy, y, por supuesto, los españoles, que hace unos meses expulsaron a Keynes de nuestra Constitución.
Nadie sabe hoy cómo o cuándo vamos a salir de la crisis. Pero, como en la Gran Depresión, la socialdemocracia europea o está muda o repite sin convicción que va a gobernar con fórmulas que en realidad no piensa aplicar. Nadie se cree, por ejemplo, que las medidas de un hipotético Gobierno de Rubalcaba hubieran sido muy distintas de las de Rajoy. Lo que sí sabemos es que ya tampoco valen alternativas estrictamente nacionales como la sueca en los años treinta y que la solución tendría que ser, como mínimo, europea. Desgraciadamente, Merkel y Sarkozy, los dos líderes que quizás puedan decidir más o menos cómo salir del laberinto de la deuda y del marasmo económico, no parecen tener el talante valiente y heterodoxo necesario. Son políticos de derechas muy convencionales que se niegan a oír propuestas diferentes que economistas de prestigio, e incluso The Economist, llevan meses pidiendo a gritos. Ambos líderes por un lado, van a remolque de los "mercados" y, por otro, han renegado de las mejores tradiciones reformistas y solidarias de la democracia cristiana que salió de la última guerra mundial. En consecuencia, ni retan a las causas profundas de la crisis ni ofrecen más alternativa que la del sufrimiento. Pero mientras que oímos repetidamente su monólogo, lo que no se oye es la voz unida y disonante de la socialdemocracia.
La socialdemocracia europea está pagando el precio político de haber olvidado sus valores fundacionales de ética, comunidad y sobriedad, y por ellos carece de un modelo alternativo al impuesto por los "mercados". Más grave aún, parte de sus bases electorales potenciales está pagando un alto precio personal de miseria y desencanto. No es sorprendente que no vayan a votar, o que, en medio de la creciente fractura social, muchos lo hagan por la derecha, que por lo menos parece honesta en su oferta de sufrimiento e individualismo. Tristemente, esto, y otras cosas peores que puedan venir, ya se han visto antes. Pensemos, por ejemplo, en el éxito creciente de la demagogia ultraderechista.
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A continuación posteo unas interesantes reflexiones de Jesús Lizcano Álvarez, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y Presidente de Transparencia Internacional España, aparecidas en el Diario El País, el 20 de enero de 2012. El profesor Lizcano plantea repensar la economía en varios sentidos, con miras a hacerla una cienta mas razonada y mas útil a la sociedad.


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Por: Jesús Lizcano Álvarez

La situación actual de la economía es realmente preocupante, tanto en lo que concierne a la propia realidad económica, como a la teoría y los modelos económicos que supuestamente sirven para mejorar dicha realidad. Quizá sea necesario repensar, y por qué no, rehacer a fondo tanto una como otra, comenzando por cambiar algunos de los principios y postulados económicos que, como fruto de una larga inanición intelectual en este terreno, se vienen asumiendo convencionalmente desde hace ya muchas décadas.
Sería necesario partir de cero en muchos casos, y plantear supuestos de base diferentes (decía Einstein que buena parte de su éxito científico radicó en pensar a diario durante un rato de forma diferente -incluso opuesta- a los demás). Quizá sea el momento de que los economistas nos demos un sincero y realista baño de humildad, reconozcamos que una buena parte de nuestros modelos no sirven para mucho (no hay más que ver la cruda realidad), y comencemos a pensar diferente y a formular nuevas propuestas y planteamientos. Nos vamos a permitir exponer algunas ideas para el debate en este contexto.
En el terreno más teórico y axiomático, una primera y posible vía sería adoptar una cierta visión multidisciplinar, y aprovechar así el bagaje de otras disciplinas. Un ejemplo podría ser el de la medicina, y comenzar así a pegarnos más a la realidad y formular una economía basada en la evidencia, aprovechando el ya largo recorrido de la medicina basada en la evidencia. También habría que aprender de la física y la termodinámica, y proyectar en nuestro campo el concepto de entropía; la aplicación de la entropía económica en muchos de los planteamientos y decisiones, podría evitar la adopción de medidas claramente anentrópicas y desordenadas, tanto en las políticas económicas, como sobre todo en las monetarias.
En el ámbito de los macromodelos internacionales, convendría ir trazando a largo plazo una hoja de ruta para la futura existencia de una moneda única mundial, la solución más natural a los múltiples problemas monetarios a escala global (formulada por el ya desaparecido premio Nobel Robert Mundell), la cual evitaría los gigantescos costes actuales derivados de la existencia de tantas monedas, y desaparecerían para siempre las crisis monetarias internacionales.
Continuando con esta orientación supranacional de la economía, y ya en un terreno más inmediato, se debería urgir la adopción de medidas fiscales globales, como la tasa Tobin, que contribuiría a dar estabilidad y mayor coherencia a los mercados financieros, sobre todo a los gigantescos mercados especulativos de divisas y otros activos financieros. En estos mercados, el dinero ha dejado de tener la función de instrumento de cambio y de financiación de la economía real, para convertirse en descomunales mercados con vida propia, con miles de millones de operaciones diarias, que no pagan además impuestos. Un gravamen mínimo sobre dichas transacciones permitiría redirigir una muy importante cantidad de recursos desde esta economía financiera especulativa a la economía real, la más cercana a las personas, y también a los Estados, que necesitan perentoriamente una gran cantidad de esos recursos.
Por otra parte, deberíamos adoptar como principio vital de nuestra sociedad, el de la transparencia, de forma que fuesen totalmente transparentes nuestras instituciones públicas, nuestros gobernantes, y también nuestras empresas. Habría que institucionalizar que todas las entidades públicas (más de 21.000 en España) pasaran por un análisis coste-beneficio que justificase la utilidad y la conveniencia de las mismas. En el terreno de las empresas, sería interesante, por ejemplo, que se fomentase el conocimiento público del 10/10 en sus escalas de retribuciones, es decir, que se publicase la cifra o proporción que representan las retribuciones totales del 10% del personal que más gana (directivos, consejeros, etcétera) en las empresas, respecto al 10% de los empleados más modestos y menos retribuidos. Como decimos los investigadores de cualquier disciplina, obtengamos la información. Y a ver qué ocurre...
Entrando ahora en el terreno de las mediciones económicas, nunca hemos entendido del todo por qué en los cálculos del índice de inflación o del coste de la vida no se tiene en cuenta un coste fundamental para un gran número de ciudadanos como es el que pagan por alquilar el dinero, es decir, los intereses que pagan por los préstamos (por ejemplo, las hipotecas), y que suponen una parte significativa del coste de la vida de muchas personas y familias; en el IPC sí se incluyen en cambio otros alquileres, por ejemplo, los que se pagan por las viviendas u otros bienes, pero no así el del dinero. Además, constituye un predicado fundamental de la política de los bancos centrales que hay que subir los tipos de interés para combatir la inflación, lo cual pensamos que es apagar el fuego con gasolina, ya que ello aumenta realmente el coste de la vida para los ciudadanos, aunque esto no aparezca en los índices de precios (ello aparte de que una subida de los tipos de interés perjudica no solo a los ciudadanos, sino también a las empresas -las no bancarias- ya que encarece sus costes financieros, y también a las instituciones públicas, que han de pagar más por sus préstamos y deuda pública emitida). Sería bueno en este sentido un replanteamiento de la medición del IPC, o al menos probar a calcular paralelamente otro IPC, en el que se pueda añadir el coste del uso de dinero como un componente más del mismo. Y a ver qué ocurre...
Siguiendo con las mediciones económicas, habría también que rehacer algunas formulaciones básicas a la hora de medir el crecimiento y la actividad económica, cuestionando el PIB y otros indicadores de culto en los organismos internacionales, y adoptar oficialmente (o al menos de forma paralela o complementaria) otros de los numerosos índices existentes, más refinados y menos entrópicos que el PIB. Deberían publicarse paralelamente unas y otras mediciones. Y a ver qué ocurre...
A un nivel más sociológico, habría que fomentar estructuralmente la generación de ideas y la canalización de iniciativas de los ciudadanos, que saben mucho de muchas cosas, y que estarían dispuestos a aportarlas si alguien les preguntase, o al menos les escuchase; por ejemplo, en el terreno de la crisis económica, habría que consultar a una muestra representativa de los cinco millones de trabajadores desempleados, a los más de un millón de pequeños empresarios, etcétera, para así conocer y hacer públicas sus opiniones y propuestas, facilitando los debates y unas enormes sinergias sociales. Igualmente habría que buscar la colaboración de los más de tres millones de ciudadanos que son empleados públicos, preguntándoles y fomentando -incluso incentivando- sus ideas e iniciativas con vistas a ahorrar gastos en los servicios o centros en los que trabajan, a detectar lo superfluo, a evitar despilfarros, etcétera.
En resumen, habría que asumir que la principal riqueza económica nacional es de carecer intangible, y se deriva de la enorme cantidad de información, ideas y creatividad que tienen los ciudadanos de este país; habría que canalizar dicha participación y publicar los resultados. Y a ver qué ocurre...
Y en el terreno de la profesión económica deberíamos ser más valerosos muchos de los economistas investigadores y académicos, y dejar de escribir e investigar bajo el perverso imperio de las elitistas revistas JCR, dedicándonos a hacer investigaciones más realistas y útiles socialmente (que son a veces las más simples) y escapar a esa obsesión de publicar artículos supuestamente científicos, cargados de complejas ecuaciones matemáticas, que sirven para muy poco, y que además tienen muy escasos lectores.
Sería bueno en este contexto, finalmente, que los responsables económicos a nivel nacional e internacional tuvieran una cierta dosis de arrojo, inconformismo y espíritu de innovación, no exento lógicamente de prudencia; no se trata de derribar el entramado económico, financiero y fiscal imperante, sino dar entrada paralelamente a nuevos análisis, cálculos y estimaciones diferentes a los convencionales. Y a ver qué ocurre...
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A continuación unas reflexiones interesantes de Mario Vargas Llosa sobre el caso del emporio de Gamarra denominado “El orden espontáneo”. Apareció en el Diario La República.


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Por: Mario Vargas Llosa

El Negro Cucaracha fue uno de los capos indiscutidos de una de las cárceles de Lima durante muchos años y, me dicen, tiene el cuerpo hecho un crucigrama de cicatrices de tanta cuchillada que recibió en esos tiempos turbulentos. Es un moreno alto, fornido y de edad indefinible a cuyo paso la gente de Gamarra se abre como ante un río incontenible. Me lo han puesto de guardaespaldas y no sé por qué pues en este rincón de La Victoria me siento más seguro que en el barrio donde vivo, Barranco, donde no son infrecuentes los atracos con pistola.
El Negro Cucaracha es ahora un hombre religioso y pacífico. Se ha vuelto evangélico, anda con una biblia en la mano y en el largo paseo me recita versículos sagrados y me habla de redención, arrepentimiento y salvación con esa seguridad del creyente radical que a mí siempre me pone algo nervioso.
Gamarra comienza donde termina Mendocita, ahora un sector de La Victoria de clase media modesta, donde, en mi primer año universitario, 1953, yo participé en una encuesta para averiguar la composición social de la que era entonces la barriada más pobre y violenta de Lima, recién formada por migrantes que bajaban de la sierra en busca de trabajo. Mendocita ha progresado mucho desde entonces, pero lo que constituye un prodigio de desarrollo es la contigua Gamarra, paraíso de la informalidad y el capitalismo popular, y soberbio ejemplo de lo que Friedrich A. Hayek llamó el orden espontáneo. En este puñado de manzanas cuya densidad demográfica a estas horas de la mañana es la de un hormiguero, se produce más riqueza y hay más transacciones comerciales que sin duda en ningún otro lugar del Perú. Y por aquí no pasó el Estado ni gobierno alguno, ni las instituciones financieras formales, ni los créditos bancarios ni las normativas del Perú oficial. Todo esto que fermenta a mi alrededor con un dinamismo enloquecido es una creación de provincianos pobres y misérrimos que, huyendo del hambre, el desamparo y la violencia, dejaron sus aldeas andinas y, como no encontraron en la capital el trabajo que buscaban, tuvieron que inventárselo.
He venido porque hace unos días un empresario amigo que conoce bien Gamarra me contó algunas anécdotas sobre los personajes del lugar que me dejaron estupefacto. Me habló de un puneño al que llamaremos Tiburcio, a quien vio llegar a Lima muy joven, con poncho y ojotas, que sobrevivió vendiendo chupetes por las calles, y que ahora alquila tiendas y talleres de manufactura en estas calles por dos millones de dólares al mes. No exageraba ni una pizca. Tiburcio es uno de los íconos del barrio. Tiene once edificios, incontables tiendas y talleres y, desde hace poco, una fábrica de etiquetas en México.
Me recibe en el más moderno de sus locales y me muestra orgulloso una foto panorámica del minúsculo pueblecito, a orillas del lago Titicaca, donde nació. Habla un buen español, con música aimara, y despide energía y optimismo por todos los poros de su cuerpo. ¿Cómo lo hizo? Trabajando día y noche, ahorrando lo que podía y durmiendo en las calles, al principio. Lo ayudaron otros puneños que habían ya progresado y, por eso, él ayuda a los provincianos que vienen a Lima sin otro capital que su voluntad de salir adelante. Me asegura que el dinero que presta se lo devuelven en el 99 por ciento de los casos. “Me sobran dedos en las manos para contar las veces que me han estafado. Y eso que nunca pedí recibo por los préstamos”. Ha crecido tanto que, ahora, intenta formalizar por lo menos una parte importante de sus negocios y, para ello, ha contratado como gerente al primer banquero que le abrió una cuenta corriente.
Son pocas las transacciones que se hacen en Gamarra que figuran en contratos. Prima la palabra, que es sagrada, y el que la viola la paga: se le cierran todas las puertas y se vuelve un apestado. Le conviene huir y no volver por estos lares. Por doquier me dicen que la delincuencia es menor que en otros barrios y que no son muchos los dueños de negocios y locales que tienen seguridad privada.
El precio de la propiedad alcanza cifras vertiginosas. Mi amigo me jura que, aunque parezca imposible, no hace mucho se vendió un local en el epicentro de Gamarra ¡a 28 mil dólares el metro cuadrado! Es decir, más caro que los barrios más caros de Nueva York, Fráncfort, Zúrich o Tokio.
Se comercia de todo pero principalmente paños y telas, y ropa que es confeccionada en talleres del mismo barrio. Son centenares, equipados con maquinaria muy moderna, y miríadas de trabajadores de ambos sexos que hilan, cortan, cosen y empaquetan a un ritmo frenético, a menudo oyendo huaynos y música chicha por altoparlantes a todo volumen. Algunos talleres están en las alturas, con una vista circular sobre el centro de la ciudad y los cerros aledaños, y otros en sótanos atestados que se hunden cuatro o cinco pisos en el subsuelo limeño. Mañana y tarde un verdadero río de camiones, camionetas, autos y hasta carretillas y motos se llevan esa mercadería por todos los rincones del Perú y también al extranjero.
Una de las tiendas mejor provistas es la de don Moisés (tampoco éste es su nombre). Es uno de los más antiguos y respetados comerciantes del barrio. Todos hablan de él con reverencia y gratitud. No es un provinciano sino un criollo, uno de los pocos que representa a Lima en este Perú en pequeño formato que es Gamarra. Según él, este emporio nació en los años sesenta, cuando algunos migrantes advirtieron que los camiones que traían animales y artículos de panllevar al Mercado Mayorista regresaban vacíos al interior del país. Se les ocurrió entonces utilizar ese transporte para enviar mercancías a sus pueblos y así comenzó a rodar la bolita de nieve que convertiría este pedazo de la vieja Lima en el vórtice de trabajo y riqueza que es ahora.
Los empresarios y comerciantes de Gamarra son unos liberales que se ignoran. Desconfían del Estado y del gobierno y repiten como un mantra: “¡Si sólo nos dejaran trabajar!”. Ahora se quejan de la disposición que prohibió temporalmente y aún mantiene ciertas restricciones para importar hilados de la India, una medida que, dicen, ha conseguido el lobby de los productores de hilados nacionales, más caros y menos variados que los que traían de Bombay o Kerala. Eso encarece sus costos y favorece a los fabricantes colombianos, sus grandes competidores en el mercado manufacturero nacional y americano. ¿Qué quisieran, pues? Que se abrieran las fronteras y la globalización de la que tanto se habla fuera una realidad también en el Perú.
Las horas que paso en Gamarra me ilustran mejor que muchos estudios sobre el Perú de nuestros días. En las elecciones del año pasado, cuando advirtieron que los pobres del Perú votarían por Ollanta Humala, las clases dirigentes (que nunca han dirigido nada y vivido casi siempre del mercantilismo) entraron en pánico y, creyendo que se venía un segundo Hugo Chávez, volcaron todo su poderío a favor de Keiko Fujimori, la hija del dictador que cumple 25 años de cárcel por asesino y por ladrón. Pese a ello, esta última perdió la elección. Humala ha respetado escrupulosamente la Hoja de Ruta que prometió seguir en la segunda vuelta electoral, es decir, mantener la democracia y las políticas de mercado que en los últimos once años han traído al Perú un desarrollo sin precedentes en su historia.
¿Por qué el presidente Humala tomó distancia de Hugo Chávez y adoptó las políticas de Brasil, Uruguay o Colombia? Más que por una conversión ideológica, por una percepción clara de la realidad: porque, para que sea posible la inclusión social que es su objetivo primordial, es indispensable que haya riqueza y empleo y para ello no hay otro camino que el que siguen los hombres y las mujeres de Gamarra. Estos descubrieron a través de su experiencia algo que todavía muchos dirigentes de la izquierda, cegados por la ideología, se niegan a aceptar: que el verdadero progreso social no pasa por el estatismo ni el colectivismo –inseparables a la corta o a la larga de la dictadura– sino por la democracia política, la propiedad privada, la iniciativa individual, el comercio libre y los mercados abiertos.
El Perú va por el buen camino y ni la derecha fujimorista ni la izquierda obtusa y anacrónica están por el momento en condiciones de apartarlo de él.
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Va una interesante reflexión de Richard Webb, publicada el 12.12.2011.

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Por: Richard Webb

Nos hemos vuelto menos tolerantes con la desigualdad. Hoy son impensables las diferencias entre ricos y pobres que eran normales en la Europa de 1800. En aquel continente, un puñado de familias se había apropiado de las mejores tierras y de otras fuentes de riqueza, vivía en mansiones, rodeado de sirvientes y de exquisitas obras de arte, y se entretenía con banquetes, conciertos y bailes. Había una pequeña clase media, pero el resto de la población era paupérrima y semiesclavizada. Para recibir el equivalente a cinco o siete soles peruanos de hoy, laboraban jornadas de 16 horas que, como el trabajo infantil, eran lo normal y lo legal. Tampoco existía recurso alguno ante los abusos del capataz. El hambre era cosa de rutina, los hogares carecían de agua, luz, espacio y atención médica; pocos asistían a la escuela. Recién nacidos, niños y adultos morían como moscas. Tamaña inequidad no descansaba en diferencias étnicas; ricos y pobres eran blancos.
Recién a mediados del siglo XIX se produjo una reacción con las revoluciones de 1848 (“La primavera de los pueblos”), con las denuncias de reporteros, como Henry Mayhew en Inglaterra, y las poderosas novelas de Víctor Hugo, Dickens y Zola. Un alemán de apenas 24 años, Friedrich Engels, escribió un retrato y análisis de las terribles condiciones de la clase trabajadora en Manchester.
A pesar de las revoluciones y sublevaciones del siglo XIX, la reducción de la desigualdad a un nivel tolerable no se dio de un día para otro. Al contrario, el proceso fue sumamente gradual, extendiéndose a lo largo de un siglo, hasta después de la Segunda Guerra Mundial. En ese lapso, el avance de la democracia política hizo posible una redistribución basada en la elevación de los impuestos, la aceptación de los sindicatos, y la universalización de la seguridad social. Pero la eventual democracia europea también fue resultado de un patrón de crecimiento económico que dependía del capital humano, y por lo tanto de una clase media que produjo una continua reducción en el costo de los alimentos, el agua limpia, la vestimenta y otras necesidades.
El nuevo rechazo a la desigualdad es selectivo. Indigna mucho más el sufrimiento del débil –sea pobre, niño, mujer o indígena– que la riqueza de un Steve Jobs, Messi o Shakira. Y es alentador que la desigualdad no fuera una condena para Europa. No obstante la injusticia económica de 1800, que además cambió poco en ese siglo, las economías de Europa crecieron sostenidamente durante los dos siglos siguientes. Ese crecimiento no solo levantó a todos, sino que hizo posible atenuar la desigualdad allí donde era más importante, es decir, en la protección de los de abajo.
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A continuación las interesantes coordenadas de Óscar Ugarteche (economista) sobre la situación económica actual.

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Por: Óscar Ugarteche

La recesión mundial que vuelve a emerger es una consecuencia de la segunda crisis bancaria, salvada por la campana de ser una catástrofe.

Lo que aparecía en el escenario hace tres meses eran los 31 bancos mayores del mundo con carteras crediticias malas, sin liquidez y entrando a un ?credit crunch?, cuando ningún banco le presta a otro. Eso mismo ocurrió en setiembre del 2008, cuando quebró Lehman Brothers, y la Reserva Federal inyectó la primera emisión inorgánica de crédito al sistema a finales del 2009 (QE I). La consecuencia fue que el 2009 hubo una recesión mundial muy fuerte.

La situación actual es que la banca mediana estadounidense está quebrando. Hay 420 bancos de EE.UU. quebrados entre el 2010 y el 2011. Son bancos ?locales? cuyas carteras son compradas por los más grandes y cuyos depositantes son cubiertos por el FDIC, la compañía federal de seguros a los depositantes.

En España, igualmente las Caixas fueron fusionadas. Los bancos grandes, sin embargo, son un problema porque pueden llevarse la economía mundial de narices como en 1931, cuando hubo la segunda crisis bancaria tras la primera de 1929. Lo que evitó esta segunda quiebra masiva fue la coordinación en el G-20 de Niza en noviembre, que sirvió para asegurar que los bancos grandes no quebraran y que no hubiera un ?credit crunch?

Los banqueros siguen al mando, no los van a nacionalizar ni a restringirles sus bonificaciones. La solución encontrada fue que los bancos centrales de las monedas de reserva ?Banco del Japón, Banco de Inglaterra, Banco Central Europeo, Reserva Federal y Banco Nacional de Suiza? inyecten liquidez a los 31 bancos grandes para que sigan prestando, mientras encuentran una solución a qué hacer con sus carteras pesadas.

El problema de esta gran banca es que invirtió en bonos del Tesoro de los distintos gobiernos ricos altamente endeudados, en un mundo que prevé una recesión de al menos una década de duración.

La recesión europea ya iniciada se está contagiando a Asia y a Brasil y se anticipa que afectará a todos los que tienen a Europa como mercado final para sus bienes de consumo. Brasil ya anunció crecimiento nulo en el tercer trimestre. El Banco Central de Brasil aún no baja seriamente su tasa de descuento de 12% por temor a perder reservas internacionales.
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A continuación unas líneas del ingeniero Enrique Lulli sobre el papel de la contabilidad en las empresas. Apareció en el Diario El Comercio el 21.07.2011.

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Por: Enrique Lulli

Supongo que el título llama poderosamente la atención, principalmente de los contadores. Un departamento de contabilidad lo defino como una habitación donde se concentra un contador y un grupo elevado de auxiliares contables analizando y digitando el trabajo que otros empleados ya vieron en otras áreas. Las empresas que desean eficiencia deberán repensar su organización estableciendo la premisa de que deberían “eliminar el departamento de contabilidad” y establecer la oficina del contador.
La concepción correcta y moderna es que la contabilidad es toda la empresa y se tiene que llevar en línea digitando los datos una sola vez y en el momento en que se conocen, en todos los departamentos o áreas de la empresa, efectivamente descentralizando la contabilidad.
En los departamentos de contabilidad encontramos auxiliares desarrollando labores de conciliación bancaria y el análisis de cuentas por cobrar y pagar que debería realizarlas la tesorería; costeando la producción, lo cual debería realizar la planta; costeando las importaciones, lo cual debería hacerlo quien maneja las importaciones; provisionando las compras de mercaderías, lo cual debería hacerlo el almacenero cuando las recibe. Las áreas que mencioné como ejemplos conocen más sobre esas transacciones que el auxiliar contable y por lógica ellos debieron contabilizarlas en la primera oportunidad. Esa contabilización realizada por empleados no contables son sencillas y seguras si el sistema informático integrado automáticamente contabiliza sin tener que digitar cuentas contables, es decir, que no tienen que conocer de contabilidad.
Lo que sucede comúnmente es lo contrario, los trabajadores hacen las cosas a medias y se las pasan a otros para que las continúen, y finalmente terceros las registran contablemente en una cadena de burocracia, elevando los costos y retrasando la entrega de los estados financieros. Así opera la gran mayoría de empresas, trasladando su desorden al “departamento de contabilidad” para que analice, repare los entuertos y registre en la contabilidad los movimientos que otros ya vieron.
Por eso, señor gerente, si su contabilidad está atrasada, no es por culpa del contador sino suya, al no haber ordenado su empresa para que todos trabajen en línea registrando todas las operaciones una sola vez en un sistema informático integrado.
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A continuación unas interesantes ideas de ÓScar Ugarteche, economista peruano, actualmente se desempeña como investigador del IIEC-UNAM en México. Apareció publicado en el Diaro El Comercio del 22.07.2011-

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Por: Óscar Ugarteche Economista

Brasil tiene una presión tributaria de 34% del PIB y una factura salarial de 40% del PIB. Eso deja para cuenta-propistas [accionistas] y ganancias de empresas, 26% del PIB. Chile tiene una presión tributaria de 18% del PIB y una factura salarial de 38% quedando a cuenta-propistas y ganancias de empresas 54% del PIB. El Perú tiene una presión tributaria de 16% del PIB y una factura salarial de 22%, dejándole a cuenta-propistas y ganancias 62% del PIB. Pregunta: ¿podemos seguir así?
Hay que formalizar el empleo en el Perú mañana. Eso significa que el Estado, principal empleador del país, normalice a sus funcionarios con todos sus derechos y deberes. Que sean empleados informales del Estado no significa que no sean empleados públicos. El Estado mínimo ideal del fujimorismo –Consenso de Washington– es inviable si se quiere tener desarrollo.
¿Tener una política económica excluyente y una política social inclusiva resuelve el problema? No. La política económica debe estar orientada no solo al crecimiento sino al empleo y la distribución, lo que implica mayores impuestos directos a los sectores que tienen ganancias extraordinarias. Esto se puede hacer de tres modos: 1. A la chilena, nacionalizando el íntegro de una porción de la minería de cobre –Codelco– y sacando de allí ingresos fiscales. 2. Nacionalizando una porción de la actividad y sacando de esa sociedad los ingresos fiscales –modelo brasileño y boliviano–. 3. Poniéndole impuestos a las ganancias extraordinarias de las actividades que tienen precios internacionales por encima de la media quinquenal –modelo argentino–.
Cual fuere el método, debe quedar claro que del mismo modo como la pampa húmeda argentina existe solo en Argentina y tiene una productividad agrícola muy alta a nivel mundial, las vetas de minerales de los Andes peruanos existen solo en los Andes peruanos. Los empresarios no pueden irse e invertir en otro lado fácilmente. Chile y Codelco son el ejemplo de esto.
En el Perú parece que ganaron los que perdieron y perdieron los que ganaron. ¿Seguro? No fue empate técnico, así que los votantes opinarán sobre la marcha.
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Una noticia algo antigua pero de vital importancia (salió el 13.12.2010). La evaluación de CEPAL sobre la situación económica de América Latina en 2010 y sus primeras predicciones sobre 2011. Hay varios temas a los que poner el diente.

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Por: CEPAL

Tras una caída de 1,9% en 2009, América Latina y el Caribe crecerá 6% en 2010 gracias a la recuperación económica que ha mostrado la mayoría de los países de la región, según un informe anual entregado hoy por la CEPAL.
En el Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe 2010, presentado por Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de esta comisión regional de las Naciones Unidas, se señala que las medidas contracíclicas adoptadas por varios países tras la crisis financiera internacional impactaron positivamente en el crecimiento de las economías, lo que permite augurar un aumento de 4,8% del producto interno bruto (PIB) por habitante para este año.
La consolidación del repunte repercutió además favorablemente sobre el empleo regional, con lo que la tasa de desocupación disminuyó a alrededor de 7,6%, desde el 8,2% anotado en 2009, y mejoró la calidad de los puestos de trabajo generados.
En tanto, hubo un ligero aumento en la inflación, que pasó de 4,7% en 2009 a un estimado de 6,2% en 2010, fundamentalmente por el comportamiento de los precios internacionales de algunos productos básicos.
Si bien el crecimiento de los países de la región ha sido heterogéneo, la mayoría anotó cifras positivas en 2010. Mientras que América del Sur crecerá 6,6%, se espera que el PIB registre un aumento de 4,9% en México y Centroamérica y de 0,5% en los países del Caribe de habla inglesa y holandesa.
Paraguay será el país que más crecerá (9,7%), seguido por Uruguay (9%), Perú (8,6%) y Argentina (8,4%). Brasil crecerá 7,7%, mientras que México y Chile lo harán en 5,3%.
En cambio, Haití y Venezuela registrarían caídas de su PIB, de -7% y -1,6%, respectivamente.
A partir del segundo semestre de 2010, diversos factores han generado un escenario menos optimista en la economía internacional, lo que sumado a un menor impulso sobre la demanda proveniente de las políticas públicas y al estrechamiento de la capacidad productiva ociosa, auguran un menor crecimiento de la región en 2011, de 4,2% (alrededor de 3% de aumento del PIB por habitante).
El ambiente externo mantiene altos niveles de incertidumbre sobre la solidez de la recuperación de las economías desarrolladas, especialmente las europeas. A esto se suma el aumento de la fortaleza relativa de los países emergentes, especialmente los de América Latina y el Caribe, lo que ha generado un mayor flujo de capitales hacia la región y apreciaciones en sus monedas.
En el corto plazo, una mayor entrada de capitales podría repercutir negativamente sobre las cuentas externas, pero no sería un peligro para el crecimiento. Sin embargo, en el largo plazo los efectos pueden ser sumamente negativos, tal como lo muestra la historia de la región. La elevada liquidez mundial presionaría a la baja los tipos de cambio real y, al mismo tiempo, al alza los precios de los productos básicos, lo que puede generar un deterioro de las cuentas externas e incentiva una excesiva especialización en la producción y exportación de bienes primarios. Con esto, la región sería más vulnerable a los shocks provenientes del exterior.
En su informe, la CEPAL advierte que las medidas que los países puedan tomar para regular la entrada de capitales de corto plazo deben ser complementadas con una estrategia contracíclica que abarque tanto el área fiscal como financiera, con el fin de disminuir las presiones sobre la demanda interna e impedir un incremento excesivo del crédito.
Sin embargo, agrega que para tener éxito es imprescindible una mayor coordinación a nivel internacional con el fin de cerrar los desequilibrios globales.
"El gran desafío de la región es reconstruir su capacidad para realizar acciones contracíclicas y crear las condiciones para un desarrollo productivo que no se base sólo en la exportación de bienes básicos", indicó Alicia Bárcena.
El informe indica que luego del deterioro observado en 2009 producto de la crisis, los países de la región están lentamente recomponiendo sus cuentas públicas, básicamente a través de una mejora en sus ingresos fiscales. A nivel de los gobiernos centrales, el desempeño fiscal de América Latina alcanzó al cierre de 2010 un déficit primario de 0,5% del PIB en promedio simple, en comparación con un déficit de 1,1% para 2009, mientras que tomando en cuenta el resultado global (es decir, incluyendo el pago de los intereses de la deuda pública), éste pasa de un déficit de 2,9% a 2,3% del PIB.
Para 2011 se estima que las cuentas fiscales presentarían una nueva mejora, con un déficit primario de 0,2% del PIB y un déficit global de 2% del PIB.
El informe señala que para aumentar su capacidad de crecer, las economías de la región deben invertir más. A pesar de los avances, América Latina y el Caribe aún está lejos de los niveles de inversión de la década de 1970.
Publicado por: lduran

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Estimados amigos:

A continuación, copio las interesantes reflexiones de Waldo Mendoza (economista y Jefe del Departamento de Economía de la PUCP) publicadas bajo el título "Pobreza y desigualdad" en el diario El Comercio el día 07.10.2010.


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Por: Waldo Mendoza

Entre el 2004 y el 2009 el PBI per cápita del Perú se elevó en 31% en términos reales. En ese período, la pobreza total se redujo en casi 15 puntos porcentuales y la pobreza extrema en más de seis puntos. El anuncio reciente del presidente Alan García de que la pobreza caerá a 30% en el 2011 y a 10% en el 2021, no es descabellado.
Sin embargo, la pobreza puede caer sin que lo haga la desigualdad. Ese es el principal problema que hay que enfrentar hoy en el Perú.
Con inflación baja, el crecimiento sostenido del PBI per cápita es suficiente para bajar la pobreza. Es lo que se constata en la experiencia internacional y en la experiencia peruana reciente. Pero la desigualdad no se cura con el crecimiento económico: el crecimiento puede agravar, atenuar o mantener la desigualdad.
Nuestro nivel de desigualdad es de los más altos en el mundo y se ha mantenido allí en las cuatro últimas décadas. A mediados de los años setenta del siglo pasado, Webb y Figueroa registraron un coeficiente de Gini de 0,6 (el coeficiente de Gini es una medida de la desigualdad cuyo valor fluctúa entre 0, que corresponde a la perfecta igualdad, y 1, que refleja la perfecta desigualdad).
Según los últimos cálculos hechos por Figueroa, Yamada y Castro, el Gini se mantiene en alrededor de 0,6. El crecimiento económico ha reducido la pobreza, puede matarla, pero no ha tocado la desigualdad.
Estos cálculos corrigen la cifra bruta del Gini que publica el Instituto Nacional de Estadística e Informática, que arroja un Gini menor a 0,4 para los últimos años. Son conocidos los problemas de la insuficiente y sesgada información que proporcionan las encuestas de hogares, de donde sale el Gini, debido a que no llegan a captar a los hogares más ricos de la población. En tal sentido, el Gini oficial subvalúa la desigualdad.
Entonces, dado que el crecimiento económico se hará cargo de reducir la pobreza, el reto de los siguientes gobiernos será el de mantener el ritmo actual de crecimiento y, al mismo tiempo, el de reducir la desigualdad. Que vengan las propuestas.
Publicado por: lduran

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Estimados blogeros, a continuación unas reflexiones de Jorge Medina, contador y Country Manager Partner en Perú de Ernst and Young, publicado en el Diario El Comercio del 29 de Setiembre del 2010.

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Por: Jorge Medina

Se equivocan quienes piensan que el gobierno corporativo es una moda pasajera; este ha existido desde siempre y es contemporáneo a la empresa. Lo que ocurre es que se ha hecho prioritario debido a las enormes pérdidas causadas por malos manejos en empresas globales que buscaron, sobre todas las cosas, maximizar el valor de la acción. Esa tendencia, que se produjo en medio de profundos cambios en la forma de hacer negocios –originados por el avance de la globalización y la tecnología– y en ausencia de adecuados sistemas de administración de riesgos y controles internos, llevó a varios directivos de empresas –principalmente de Estados Unidos y Europa– a un comportamiento inmoral nunca antes visto.

Otra creencia errada es que el buen gobierno corporativo se logra a través de leyes y regulaciones. No es así. La buena conducta empresarial no se consigue por decreto. La esencia de un buen sistema de gobierno corporativo, queramos reconocerlo o no, descansa en los valores y la ética. En ese sentido, el “tone at the top” es fundamental: la máxima autoridad de la compañía debe comunicar la visión integradora de un buen gobierno corporativo. Pero no solamente es el mensaje; se requieren de sistemas y procesos destinados a tomar decisiones que permitan la trascendencia de la empresa y aseguren su supervivencia, pues no es poco frecuente la dificultad que enfrentan para lograr un adecuado equilibrio entre los imperativos económicos de corto plazo y los objetivos a largo plazo. De hecho, las presiones para cumplir con ciertas metas económicas suelen subordinar valores y principios éticos.

Toda compañía tiene una razón de ser, un propósito, a eso se le llama la misión de la empresa. El buen gobierno corporativo debe empezar con una reflexión sobre la misión, pues para lograrla exitosamente la empresa requerirá de buena gobernabilidad. En la actualidad, definir los aspectos comerciales, operativos y económicos ya no es suficiente. Sin principios éticos la empresa no logrará nunca el equilibrio que necesita para preservar su valor y reputación.

La empresa mueve al mundo. Es tan gravitante su importancia, que en muchos casos cumplen roles más críticos que algunos gobiernos. Por ello, empresa y empresarios tenemos la obligación de ser los mejores referentes en nuestra sociedad, no solo a nivel económico, invirtiendo y generando empleo, sino también en otros campos, como por ejemplo en desarrollar a nuestra gente, potenciar la innovación, colaborar con nuestras comunidades y reducir la exclusión.