Rosa Rojas es aquella mujer que perdió a su esposo y a su niño de ocho años en la matanza de Barrios Altos... Ver su testimonio claro y contundente en la entrevista que le hizo Rosa María Palacios el miércoles pasado fue aterrador, no pude evitar sentirme indignada y con un dolor por dentro que -no sé si a alguno de ustedes les ha pasado- se conviertió en llanto...
Sé que fue uno de los testimonios que más me ha impactado, cómo una mujer pudo vivir con tanto dolor por dentro durante estos años? Es increíble verdaderamente...
Por qué hoy los peruanos ya no se conmueven por las circunstancias ajenas?
Por qué esconden el dolor y el pasado como si esas personas no existieran?
Qué puede existir en la mente de una persona para matar a un niño que rogó por su vida!!!!????
No es cuestión de culpar, exculpar o convalidar... Tan poco vale la vida de una persona?
Espero poder colgar aqui el video de la entrevista y puedan, por un momento, compartir los sentimientos de Rosa Rojas, ingresar en su mundo y compartir el dolor que sintió...
Feliz 28!!!
Mehru

La Rosa
Ayer estaba con nosotros Rosa Rojas, madre de Javier de ocho años y esposa de Manuel Ríos, asesinados cruelmente en la quinta de Jirón Huanta 840, en Barrios Altos un 3 de noviembre de 1991 junto a trece personas más, acribilladas con 155 balas disparadas a quemarropa por los miembros del Grupo Colina.
A Rosa pocos la conocen, ha estado siempre junto a los familiares de La Cantuta, del Santa, del Callao, en cada plantón y marcha, ahí estuvo siempre que pudo, cuando no la amenazaban tan seguido y le recomendábamos no aparecer públicamente por un tiempo. Venciendo su miedo, Rosa fue a Japón invitada por Amnistía Internacional a denunciar a Fujimori cuando éste estaba allá para que el pueblo japonés supiese de una víctima qué clase de criminal estaban negando a la justicia peruana.
Pero Rosa ha pasado inadvertida, aconsejada entre otros por mí de que no dijera la verdad de lo que vio aquella noche atroz porque no teníamos el poder para protegerla en esos tiempos de Fujimori y Montesinos de las innumerables amenazas e intentos de secuestro a los que ha sido sometida todos estos años por miembros del Grupo Colina. Querían desaparecerla porque ella fue quizá la única víctima que vio, cara a cara, a Sosa Saavedra y a Martín Rivas quienes con la confianza de estar protegidos por Fujimori y Montesinos, descargaron sus caserinas con el rostro descubierto. La cuidamos a costa de que le quemara dentro, todos estos años, una verdad que de proclamarla podía llevarla a la muerte. Fueron hechos que sólo confesó, con el advenimiento de la democracia, en una sesión privada a la fiscal en el juicio de la Base Naval al Grupo Colina.

Rosa María Palacios la acogió con su gran calidad humana en Prensa Libre el miércoles pasado y pudo por fin hablar públicamente; lo hizo desde el fondo de su corazón de madre, conmoviendo no sólo a la entrevistadora, sino a cuantos vimos el programa. Ojala la haya visto y oído el juez San Martín y los vocales de la Sala que juzga a Fujimori. “Siento que me he quitado un peso del alma, liberada” me dijo anoche, sentada en la sala del velatorio, en La Recoleta, sosteniendo entre sus brazos una pequeña corona que alguien había llevado a la ceremonia. Nos abrazamos.
Una periodista puede ser también sanadora.
Rosa es una muestra viva de la solidaridad. Con los míseros soles que ganaba pedaleando en la misma carretilla de helados de su esposo asesinado, y con la venta de los dulces en la Plaza Italia, crió a sus dos hijas pequeñas, la última recién nacida cuando los sucesos de Barrios Altos y también a las tres hijas de su hermana enferma a quienes nunca abandonó.
“¿Cómo nos van a oír siquiera en Washington ― me dijo un día en el que estaba particularmente cansada y triste ― si acá ninguna autoridad nos ha hecho caso?”. La animé, le dije que no perdiera nunca la esperanza, que lo lograríamos. Lo logramos. La petición que la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos sometió a la Comisión Interamericana se convirtió cinco años después en una sentencia histórica de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que derribó las Leyes de Amnistía no sólo del Perú, sino las de Punto Final y Obediencia debida en la Argentina.
Fuente: Blog de Susana Villarán
La espeluznante pesadilla desatada en la vieja quinta de Barrios Altos retorna después de quince años para alcanzar al verdugo de esa noche de masacre contra quince personas y un niño de ocho años de edad: el mayor EP (r ) Santiago Martin Rivas y su corte de asesinos del Grupo Colina.
Este caso ha vuelto para ser procesado en el fuero común, dejando la pantomima de los tribunales castrenses. Las audiencias públicas se realizan en la Base Naval del Callao, donde Rivas con el desparpajo de los verdugos que se creen héroes, intenta maquillar una salvaje matanza como daños colaterales de la guerra antisubversiva y niegan que haya sido un crimen premeditado y con ensañamiento.
La verdadera historia de la matanza de Barrios Altos empieza a revelarse en toda su crudeza, demostrando que en la dictadura fujimorista el crimen se planeó, desde Palacio de Gobierno hasta los servicios de inteligencia bajo la batuta de Vladimiro Montesinos , como macabra respuesta del terrorismo de Estado contra el terrorismo senderista.
Los asesinos utilizaron fusiles automáticos con silenciador y no perdonaron ni al niño Javier Ríos Rojas, de 8 años de edad, que se aferró suplicante a su padre, Manuel Isaías Ríos Pérez (33), con el que cayó acribillado a balazos.
Por eso es necesario recordar esta página negra para que nuncase repita. Y es que la sangre derramada jamás será olvidada.
En 1991, desbordados por los atentados dinamiteros , coches bombas y asesinatos, los servicios de inteligencia respondían con el mismo salvajismo de los criminales que perseguían. La violencia se había trasladado de los centros rurales a la capital, bajo la alucinante conducción de Abimael Guzmán Reynoso, que buscaba “agudizar las contradicciones”, es decir que aumentase la represión gubernamental contra el pueblo que estaba en medio del fuego cruzado, y que se quebrase el estado de Derecho, como lamentablemente ocurriría.
La emboscada senderista al bus que conducía el personal de guardia de Palacio de Gobierno, entre ellos los miembros de la banda de música, puso al entonces presidente, Alberto Fujimori al borde del histerismo. Los primeros informes señalaban que terroristas disfrazados de heladeros habían intervenido en el atentado.
Fujimori entró al juego del senderismo insistiendo en la necesidad de una “mano dura” contra la subversión como preludio al golpe de estado que dio el 5 de abril de 1992.
En noviembre de 1991, Fujimori, presentó al Congreso, para su aprobación, un conjunto de leyes “antiterroristas”, que fueron posteriormente observadas y recortadas en el Parlamento por considerarlas que eran inconstitucionales al transferir mayores atribuciones y poderes a las Fuerzas Armadas y Policiales.
PLAN AMBULANTE
El Servicio Nacional de Inteligencia (SIN) y el Servicio de Inteligencia del Ejercito (SIE) realizaban en Lima el seguimiento de activistas del Partido Comunista del Perú- Sendero Luminoso. De acuerdo a un documento que se reveló en el Congreso el 11 de noviembre de 1991, el SIE implementó un plan denominado “Ambulante” que tenía como objetivo vigilar activistas pro subversivos e inmuebles en la zona de Barrios Altos, en el centro de Lima.
Las acciones de inteligencia estuvieron a punto de ser puestas al descubierto cuando una pareja de agentes del Grupo Colina fue detenida al ser sorprendida tomando fotografías del viejo solar ubicado en el Jirón Huanta 840, Barrios Altos. Pero el incidente quedó registrado como prueba de la perversa maquinaria de muerte del fujmorismo.
La noche del 3 de noviembre de 1991, los verdugos del Grupo Colina tenían la orden fue terminante: no dejar sobrevivientes. Se desplazaron tranquilamente en camionetas oficiales hasta la vieja casona donde se realizaba una alegre pollada, a pocos metros de un comando de la Guardia Civil, una comisaría y la sede de Inteligencia de la policía. Nadie vio ni escuchó nada.
ASI FUE LA MATANZA
Mientras los vecinos festejaban en una pollada los fondos recaudados para arreglar las viejas tuberías del desague de la quinta del jirón Huanta 840, Barrios Altos, dos camionetas oficiales con circulina , un Cherokee y una Mitsubishi, se estacionan y desciende una decena de militares encapuchados.
Aproximadamente a las 10:30 de la noche del 3 de noviembre de 1991, los comandos del Grupo Colina se colocan los pasamontañas al ingresar al corredor del viejo solar y alistan sus ametralladoras premunidas con silenciador, bajo el mando del mayor EP Santiago Martín Rivas.
Ingresan al centro del baile con mirada fiera y la veintena de los asistentes guardó silencio. Uno de los militares les comunicó que era un operativo de rutina y que no les iba a pasar nada si obedecían las órdenes. Parecía una de las tantas intervenciones militares contra los subversivos y varios de los vecinos empezaron a protestar.
- ¡ Agáchense carajo!, ¡todos al suelo”- gritó el enfurecido oficial, quien sería identificado como el mayor EP Santiago Martin Rivas.
Aterrados hombres, mujeres y niños se arrojaron al suelo, boca abajo, algunos intentaron protestar en medio de insultos y forcejeos. Un encapuchado alzó el volumen del equipo para acallar los gritos mientras otros dos se dirigieron donde estaban las mujeres que vendían las tarjetas de la pollada y las ametrallaron.
La vendedora de helados, Marcela Aguirre, trató de escapar para pedir auxilio, intentando perderse por los pasillos del viejo solar, pero una ráfaga de ametralladora le destrozó los pulmones. Aqonizante llegó cerca del caño de agua y le dijo a su vecina, Rosa Rojas: “ Rosita ha habido balacera, mis hijos, mis hijos”.
Los vecinos se asomaron por los balcones del segundo piso pero las ráfagas de ametralladora los hicieron correr en busca de refugio. El infierno se había desatado en Barrios Altos, con los sanguinarios verdugos del Grupo Colina, mientras en Palacio de Gobierno y los servicios de inteligencia se aguardaba con impaciencia los resultados del operativo.
NO MATEN A MI PAPI
Los asesinos actuaron con ensañamiento y pasmosa sangre fría, disparando contra las cabezas de las personas que agonizaban en el suelo. Con sus apenas 8 años de edad, el niño Javier Ríos Rojas, corrió para abrazarse a las piernas de su padre, Manuel Isaías Ríos Pérez (33).
- No maten a mi papi- sollozó el pequeño.
- Por favor, déjenlo ir , es un niñito- suplicó el padre anegado en llanto.

Los verdugos eran más sanguinarios que las bestias. No escucharon los ruegos de nadie y apretaron el gatillo. El pequeño fue ametrallado junto a su padre en un último abrazo hacia la eternidad. Después los asesinos dirían que no podían dejas testigos, que había sido un “error” o se justificaban con daños colaterales de toda guerra antisubversiva.
“Los asesinos se acercaron a las víctimas para saber si alguien quedaba con vida, subieron a los cuerpos, saltaron sobre ellos, los chancaron con golpes de culata en las cabezas y el tórax. Al ver que no reaccionaban, seguros de que ya no quedaba nadie con vida, se marcharon satisfechos”, relata el periodista Efraín Rúa en su libro “El crímen de La Cantuta”.
En el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, CVR, se menciona que los mismos sobrevivientes y las posteriores pericias balísticas y forenses confirmaron que los autores remataron a los moribundos con un “tiro de gracia”.
En la masacre fueron asesinados Luis Antonio León Borja (33), Luis Alberto Díaz Astovilca (23), Alejandro Rosales Alejandro (43), Filomeno León León (30), Odar Mender Sifuentes Núñez (25), Teobaldo Ríos Lira (56) Máximo León León (39), Octavio Benigno Huamanyauri Nolasco (31), Lucio Quispe Huanaco (45), Manuel Isaías Ríos Pérez (33), Benedicta Yanque Churo (18), Placentina Marcela Chumbipuma Aguirre (38) Nely María Rubina Arquinigo (21), Tito Ricardo Ramírez Alberto (30) y Javier Ríos Rojas (8).
Entre la masa sanguinolenta de cadáveres sobrevivieron milagrosamente, aunque heridos de gravedad, Natividad Condorcahuana Chicana (35), Felipe León León(38), Tomás Livias Ortega(32) y Alfonso Rodas Alvitres(45).
Con un Poder Judicial y Ministerio Público sojuzgados, los canales de televisión comprados y manipulando a la prensa obsecuente, el régimen fujimorista no solo obstaculizó deliberadamente las investigaciones, sino que felicitó y luego indultó a los asesinos. Pero la verdad también se abriría paso en esta página de horror escrita por la dictadura y los mandos militares de entonces.
Los verdugos dispararon en la cabeza de sus víctimas para asegurarse de sus muertes pero, en ese amasijo de cadáveres y sangre, pero las cuatro personas que lograron sobrevivir se convertirían en testigos de cargo de la matanza. Sus declaraciones serían corroborados con la confesión de ex agentes del Grupo Colina, como Chuqui Aguirre, descubriéndose el rostro más abominable de la dictadura.
Esa es la pesadilla que Rivas trata de mostrar ante los tribunales como un "daño colateral" en la guerra antisubversiva, Asesinar a quince personas indefensas en una pollada, incluso un niño de 8 años de edad, es un "acto heroico en defensa de la democracia" para este verdugo que fue condecorado y amnistiado en el fujimorismo pero que ahora debe responder por sus crímenes.
Fuente: Crónica Viva La Pesadilla de Barrios Altos


















