20/11/07: HIGIENE PÚBLICA Y PIEDAD ILUSTRADA
Durante un largo período de casi mil años, que comprende desde la Edad Media hasta los siglos XVI y XVII, el mundo occidental mantuvo la práctica de enterrar a los muertos en las Iglesias, conventos y capillas de los hospitales. Pero a mediados del siglo XVIII, con la difusión de las ideas de la Ilustración, esta costumbre comenzó a ser cuestionada. Empezó entonces a rescatarse la tradición funeraria de las antiguas grandes civilizaciones y a revalorarse la práctica de los primeros cristianos de sepultar a los muertos en lugares alejados de las ciudades. Respecto al rito cristiano, hay que mencionar, sin embargo, que cuando el poder eclesiástico fue consolidándose, se generalizó la modalidad de enterrar a los muertos dentro de las Iglesias. Es decir, el cuerpo quedó confinado al recinto sagrado, sin llegar a tener una “morada propia” ni perpetua. Es alrededor de 1760 que esta costumbre comenzó a convertirse en intolerable para los ilustrados:
»Leer más
El presente trabajo es parte de una investigación iniciada en 1995, en el Seminario de Historia Social, curso dirigido por el profesor Oswaldo Holguín en la Maestría de la Universidad Católica.
Cuando abordé esta investigación, me interesaba conocer cuáles eran las causas de la mortalidad en Lima y, como correlato de ello, qué pensaban los habitantes sobre los diversos tipos de muerte que experimentaban, ya sea la de sus seres cercanos o de personas conocidas en la ciudad. Comenzamos a trabajar de manera sistemática en base a dos fuentes: el diario El Comercio y los libros del Cementerio de la Beneficencia Pública de Lima. Hemos decidido continuar en el trabajo de estas fuentes y posteriormente abordaremos otras como testamentos, libros de nacimientos y defunciones de los archivos parroquiales, y visitas al Presbítero Maestro.
Cuando abordé esta investigación, me interesaba conocer cuáles eran las causas de la mortalidad en Lima y, como correlato de ello, qué pensaban los habitantes sobre los diversos tipos de muerte que experimentaban, ya sea la de sus seres cercanos o de personas conocidas en la ciudad. Comenzamos a trabajar de manera sistemática en base a dos fuentes: el diario El Comercio y los libros del Cementerio de la Beneficencia Pública de Lima. Hemos decidido continuar en el trabajo de estas fuentes y posteriormente abordaremos otras como testamentos, libros de nacimientos y defunciones de los archivos parroquiales, y visitas al Presbítero Maestro.
Ver Documento[2383clicks]
CASALINO SEN, Carlota. Salud, enfermedad y muerte: las mujeres en la Lima del siglo XIX. Zegarra, Margarita (Editora) Mujeres y Género en la Historia del Perú. CENDOC – MUJER Centro de Documentación sobre la mujer. Noviembre 1999. pp. 237-257.
19/10/07: La pobreza de cada día
La sociedad peruana en la década de Fujimori.
Tras la derrota del terrorismo, la lucha contra la pobreza fue el principal objetivo del gobierno. No siempre se gana.
Hay momentos en la historia que no necesitan explicarse. Una sola palabra basta para dar cuenta de ellos con la contundencia de un golpe a la mandíbula. En el Perú de 1990 esa palabra era miedo. Más bien miedos, entrecruzados y alimentándose uno del otro.
El evidente, el que todos teníamos a flor de piel era, por supuesto, el que generaba el terrorismo. Pero no era el único. Había otro, más antiguo, más «estructural» en términos sociológicos. Se llama pobreza y sus cartas de presentación son, todas ellas, devastadoras para el individuo.
Nuestro país, se dirá, siempre fue pobre. Sí, es cierto, pero en ese año habíamos llegado a un extremo nunca antes tocado y lo que es peor, cundió la fundada sospecha de que si no se aplicaban correctivos ese punto iba a ser sólo una estación de un viaje hacia lo desconocido.
La pobreza pasó de 7.5 millones de personas en 1986 a 12 millones en 1991. La pobreza extrema, por otro lado, se incrementó de tres a cinco millones en el mismo período. En 1990, recordemos, el gasto social llegaba al 2% del PBI (12 dólares per cápita).
Tras la derrota del terrorismo, la lucha contra la pobreza fue el principal objetivo del gobierno. No siempre se gana.
Hay momentos en la historia que no necesitan explicarse. Una sola palabra basta para dar cuenta de ellos con la contundencia de un golpe a la mandíbula. En el Perú de 1990 esa palabra era miedo. Más bien miedos, entrecruzados y alimentándose uno del otro.
El evidente, el que todos teníamos a flor de piel era, por supuesto, el que generaba el terrorismo. Pero no era el único. Había otro, más antiguo, más «estructural» en términos sociológicos. Se llama pobreza y sus cartas de presentación son, todas ellas, devastadoras para el individuo.
Nuestro país, se dirá, siempre fue pobre. Sí, es cierto, pero en ese año habíamos llegado a un extremo nunca antes tocado y lo que es peor, cundió la fundada sospecha de que si no se aplicaban correctivos ese punto iba a ser sólo una estación de un viaje hacia lo desconocido.
La pobreza pasó de 7.5 millones de personas en 1986 a 12 millones en 1991. La pobreza extrema, por otro lado, se incrementó de tres a cinco millones en el mismo período. En 1990, recordemos, el gasto social llegaba al 2% del PBI (12 dólares per cápita).
»Leer más






