12/05/12: La pluma y la ley
Carlos Ramos Núñez

Comentarios:
El derecho desde la perspectiva de la literatura
Francisco Távara Córdova
En http://historico.pj.gob.pe/cortesuprema/cij/publicaciones/noticias.asp?codigo=8882&opcion=detalle
Javier Ágreda
En http://agreda.blogspot.com/2007/07/la-pluma-y-la-ley.html
El reportero de la historia
En http://www.reporterodelahistoria.com/2007/11/libros-la-pluma-y-la-ley.html
Julio Meza Díaz
En http://laquesemuerdelaoreja.blogspot.com/2011/01/la-pluma-y-la-ley.html

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El derecho desde la perspectiva de la literatura
Francisco Távara Córdova
En http://historico.pj.gob.pe/cortesuprema/cij/publicaciones/noticias.asp?codigo=8882&opcion=detalle
Javier Ágreda
En http://agreda.blogspot.com/2007/07/la-pluma-y-la-ley.html
El reportero de la historia
En http://www.reporterodelahistoria.com/2007/11/libros-la-pluma-y-la-ley.html
Julio Meza Díaz
En http://laquesemuerdelaoreja.blogspot.com/2011/01/la-pluma-y-la-ley.html
12/05/12: Derecho y Literatura
Por: Lorenzo Zolezzi Ibárcena
Doctor en Derecho y Profesor Principal del Departamento de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú
En Google hay 43 millones 500,000 sitios web referidos al tema de Derecho y Literatura. En la Biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú existen 57 títulos sobre el área. De manera que no es azar pasajero. En muchas Universidades, sobre todo norteamericanas, ya se dictan cursos sobre Derecho y Literatura.
En mi opinión, el corazón del problema radica en percibir con claridad de qué puede servir la Literatura al quehacer de los juristas. Muchos especialistas que trabajan el tema lo presentan bajo dos grandes capítulos: El Derecho en la Literatura y el Derecho como Literatura. Es la opción que tomó Ephraim London en su ya clásico libro de 1960 El Mundo del Derecho[1]. En el primer volumen, Derecho en la Literatura, trabajó bajo dos grandes epígrafes: Casos y juicios en la ficción y Abogados, Jueces, Jurados y Testigos. Ambos incluyen fragmentos de 45 libros. Entre los juicios en la ficción están, por cierto, el Juicio de la Sota de Corazones, de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll y Testigo de Cargo, de Agatha Christie, junto a muchos otros. En el segundo tomo figuran referencias a casos notables y notorios, testimonios y alegatos, y observaciones y reflexiones sobre el Derecho, como la famosa carta abierta de Emile Zola, “Yo acuso”, a propósito del caso Dreyfus, o el alegato de Ghandi cuando fue procesado por sedición, o las reflexiones de Albert Camus sobre la guillotina. Esta perspectiva, sin embargo, carece de un armazón teórico que responda a la pregunta planteada: ¿de qué le sirve todo esto al jurista, como no sea para enriquecer su cultura?
Richard Posner, uno de los nombres más prominentes en “Law and Economics” y Juez en los Estados Unidos, divide su libro Law and Literature en cuatro grandes capítulos: los textos literarios como textos legales, los textos legales como textos literarios, la Literatura convirtiéndose en doctrina legal y la regulación de la Literatura por el Derecho[2].
François Ost, por su parte, sostiene que la relación entre Derecho y Literatura se puede entender desde tres distintas dimensiones, primero, el Derecho de la Literatura. “Bajo esta perspectiva – sostiene – se pueden analizar la libertad de expresión que gozan los autores, la historia jurídica de la censura, las demandas que surgieron a propósito de obras que, en su tiempo, fueron consideradas como escandalosas, desde Madame Bovary hasta Los versos satánicos (…)”. En segundo lugar, en el Derecho como Literatura, pone como ejemplos la retórica judicial y parlamentaria, el estilo particular de los abogados, que califica de “dogmático, tautológico y performativo”. Por último, la perspectiva que más lo atrae es el estudio del Derecho en la Literatura[3].
Carlos Ramos, por su parte, en su libro La Pluma y la Ley, adopta la clasificación de François Ost, pero, refiriéndose a la primera categoría propuesta por éste sostiene que no le “parece correcto que los procesos judiciales contra las obras y los literatos se hallen en la misma esfera que François Ost asigna a las leyes y los reglamentos” y propone que la reconstrucción y debate de los casos célebres representen un círculo independiente[4].
En lo que a mí respecta, sin dejar de lado las perspectivas que anteceden, me centro en el carácter formativo que puede tener la Literatura para el estudiante de Derecho y para quien está en su ejercicio, ya sea juez o abogado. Voy a referir tres formas en las cuales la Literatura puede ser un instrumento que enriquece la formación del estudiante o del profesional del Derecho.
En un primer sentido, hay que tener en cuenta que el ejercicio de la profesión de abogado no se realiza en el aire, sino en el mundo de los fenómenos concretos. Estos acaecimientos de la vida son los hechos que están regulados por las normas jurídicas y que son la materia prima de los mecanismos de solución de controversias. El jurista trabaja con elementos formales que han llegado a tecnificarse en grado sumo, como los conceptos y los procesos, que han sido despojados de la carne y la sangre, al punto que muchas veces la verdad de los hechos puede resultar incómoda para ejercer, por ejemplo, una defensa penal. Quizás a ello se deba que Hamlet, con una calavera en la mano, llegue a decir: “¿Por qué no podría ser la calavera de un abogado? ¿Dónde están ahora sus sutilezas y distingos, sus argucias, subterfugios y artimañas?” La obra literaria puede ofrecerle al jurista esa sangre y esa carne y mostrarle muchas cosas que no estudió en la Universidad, como son la complejidad del alma humana y la cultura jurídica de una población. Entenderemos mejor al hombre o mujer que vamos a juzgar o que vamos a asesorar si, por ejemplo, hemos leído a Shakespeare, pues según el famoso crítico literario Harold Bloom, Shakespeare en cierto sentido inventó al ser humano tal como hoy lo conocemos. Detengámonos en esta cita: “La idea del carácter occidental, del ser interior como agente moral, tiene muchas fuentes: Homero y Platón, Aristóteles y Sófocles, la Biblia y San Agustín, Dante y Kant, y todo lo que quieran añadir. La personalidad, en nuestro sentido, es una invención shakesperiana, y no es sólo la más grande originalidad de Skakespeare, sino también la auténtica causa de su perpetua presencia”.[5]
En un segundo sentido, determinadas categorías jurídicas han sido asumidas por la humanidad y, en consecuencia, han servido para organizar el pensamiento de otros órdenes ajenos al Derecho (la religión, por ejemplo, donde hay pecados, que son conceptos similares a los delitos, juicios y castigos), o son tenidas en cuenta estas categorías para legitimar realidades extra jurídicas o para jurídicas, inclusive ilegales, como es el caso de la denominada ley del hampa o los innumerables casos que muestra la Literatura sobre personajes que, gracias al conocimiento detallado de la forma como opera el Derecho, lo utilizan precisamente para violarlo, como lo demuestra el cuento llamado Emma Zunz de Jorge Luis Borges.
En un tercer sentido, hay que considerar que una vez que una forma jurídica (utilizo la expresión forma para referirme a las instituciones en las que se plasma la idea jurídica, como los contratos, las regulaciones, los procesos judiciales) sale de las manos de sus creadores y empieza a ser utilizada por sus destinatarios, puede ir desdibujando las intenciones originales de sus creadores y llegar, inclusive, a contradecirlas, como puede apreciarse en muchas obras literarias como El Mercader de Venecia de Shakespeare o Billy Budd de Herman Melville.
Veamos cómo se pueden aplicar estos dos últimos sentidos en el análisis del cuento “El hombre en el umbral”, que figura en el libro El Aleph de Jorge Luis Borges. La tarea no es fácil, porque a Borges aparentemente no le interesa el Derecho y parecería ausente de su obra.
Más aún, Borges no veía al Estado con simpatía, de lo que hay que suponer que tampoco al Derecho, que es una de las formas que utiliza el Estado para expresarse y legitimarse. En “Nuestro Pobre Individualismo” nos dirá: “El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”. Agrega que para el argentino la amistad es una pasión y la policía una mafia y que todo esto “Profundamente lo confirma una noche de la literatura argentina: esa desesperada noche en la que un sargento de la policía rural gritó que no iba a consentir el delito que se matara a un valiente y se puso a pelear contra sus soldados, junto al desertor Martín Fierro”.[6]
Su desdén por la política, asociada a la toma del poder del Estado, y éste, a su vez, emparentado con el Derecho, se aprecia en esta frase, con que se refiere a él mismo en el Epílogo de sus Obras Completas: “Hacia 1960 se afilió al Partido Conservador, porque (decía) ‘es indudablemente el único que no puede suscitar fanatismos’”.[7] Y grande fue su sorpresa cuando se enteró que Dostoievski había ejercido labor política. Al redactar el Prólogo a una edición de Los demonios, de Dostoievski, dice: “Estudió y expuso las utopías de Fourier, Owen y Saint–Simon. Fue socialista y paneslavista. Yo había imaginado que Dostoievski era una suerte de gran Dios insondable, capaz de comprender y justificar a todos los seres. Me asombró que hubiera descendido alguna vez a la mera política, que discrimina y que condena”.[8]
Su olvido del Derecho se percibe con mucha nitidez en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que narra la historia de una sociedad secreta que se impuso la tarea de crear un planeta y que plasmó en una enciclopedia todo lo que existe en un mundo: “Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica”.[9] Todo, menos las Constituciones, los Códigos, las leyes, las doctrinas, la judicatura, la fiscalía y el sistema de castigos.
En la obra de Borges es notable el “Otro Poema de los Dones”, primero porque es un poema, y Borges es mucho más conocido por sus obras en prosa, siempre breves, que responden a su afán de buscar la perfección literaria, más apta en los poemas y en los cuentos, que en las novelas; y, segundo, porque es una oración de agradecimiento, no a Dios, sino al “divino laberinto de los efectos y de las causas”. Gracias quiere dar por los temas que han llenado su vida y poblado –quizás- sus insomnios: “Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises”, en referencia a su pasión por La Ilíada y La Odisea. “Por aquel sueño del Islam que abarcó / Mil noches y una noche”, para recordar la epopeya de Scheherezade, que postergaba su muerte cada noche con una historia distinta que complacía al Sultán Shahriar. “Por aquel otro sueño del infierno / De la torre del fuego que purifica / Y de las esferas gloriosas”, para conmemorar a Dante y a la obra que es, según el propio Borges, el cenit de la literatura mundial, La Divina Comedia. “Por la espada y el arpa de los sajones”, cuyas gestas ha glorificado en diversos poemas. “Por la música verbal de Inglaterra”, en alusión a la lengua que tanto lo apasionó. “Por Schopenhauer / Que acaso descifró el universo”, dos líneas que, por lo menos a mí, me parecen un logro sobresaliente de sentido y de belleza poética, comparable con la última línea que cierra el poema: “Por la música, misteriosa forma del tiempo”.[10]
No da gracias por nada que tiene que ver con el universo jurídico. Quizás esa omisión proviene de la naturalidad casi imperceptible del Derecho, que está presente en casi todas las cosas que hacemos; de la vinculación del mismo con el Estado, del cual, como hemos visto, Borges descree. Pero también cabe otra interpretación: que, en efecto, el Derecho es un mal menor en las relaciones humanas, en nada comparable con la Teología, la Filosofía, la Ética o el Arte. Dijo de él mismo en 1974, doce años antes de morir: “Sus preferencias fueron la literatura, la filosofía y la ética”.[11] Y en el Prólogo del Elogio de la Sombra, escrito en 1969, se refirió a la ética con estas palabras: “Una de las virtudes por las cuales prefiero las naciones protestantes a las de tradición católica es su cuidado de la ética (…); el doctor Johnson observaría al promediar el siglo XVIII: ‘La prudencia y la justicia son preeminencias y virtudes que corresponden a todas las épocas y a todos los lugares; somos perpetuamente moralistas y sólo a veces geómetras’”.[12] El concepto de justicia, está asociado en esta cita a la Ética y no al Derecho.
Finalmente, en este terreno de las omisiones o los olvidos de lo jurídico, quiero hacer mención al Prólogo que escribió a los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Allí nos dice: “Swift se había propuesto enjuiciar al género humano y dejó un libro de lectura infantil. Esto se debe al hecho de que los niños leen los dos viajes iniciales del capitán Lemuel Gulliver y omiten los últimos, que son terribles”.[13] Esto es rigurosamente cierto, ya que los viajes son los siguientes: a Liliput; a Brobdingnag; a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Japón; y al país de los Houyhnhnms. Estos últimos eran caballos sumamente inteligentes y civilizados, que gobernaban el país, mientras que los naturales, humanos nativos, primitivos en grado sumo, eran llamados yahoos. En este viaje Gulliver explica a los caballos civilizados las particularidades del Derecho inglés; de los abogados, los jueces y los procesos judiciales, con una precisión y un sentido crítico atroces, pero presumiblemente valederos en su tiempo, el siglo XVIII, y todavía de mucha vigencia como crítica mordaz al mundo de los abogados. En mi opinión, estas narraciones de Gulliver deberían ser de lectura obligatoria en las Facultades de Derecho.[14] Borges nos privó de saber qué opinaba del Derecho al no hacer referencia alguna a las explicaciones que dio Gulliver a los caballos pensantes. Quizás sintió un poco de vergüenza porque las críticas se referían a instituciones respetadas de su amada Inglaterra.
Veamos ahora “El Hombre en el Umbral”, análisis que realizo en correspondencia con el segundo sentido al que hecho referencia líneas arriba.
Existe un acusado, la actuación de pruebas, la conformación de un tribunal, el pronunciamiento de un veredicto, la emisión de la sentencia, y la ejecución del fallo. Pero ninguna de estas cosas ocurre dentro de los cauces del Derecho Oficial, y una de las etapas, acaso la crucial, está gobernada por la irracionalidad más absoluta, aunque responde a una lógica, que es al mismo tiempo humana y poética.
Los hechos ocurren en una región musulmana de la India, cuando ésta era posesión del Imperio Británico. El cuento contiene varias de las frases memorables acuñadas por Borges y que son citadas sin cesar por sus estudiosos y también por sus admiradores, como ésta: “Un refrán dice que la India es más grande que el mundo”.
El villano era una especie de pacificador, alguien a quien el Imperio envió para poner orden en una ciudad convulsionada. El pueblo lo percibía más como un juez, pues condenó a muerte a mucha gente, y de aceptarlo al principio pasó a odiarlo: “(…) los menos malos –dice un informante al narrador– se alegraron porque sintieron que la ley es mejor que el desorden. Llegó el cristiano y no tardó en prevaricar y oprimir, en paliar delitos abominables y en vender decisiones. (…) Todo tendrá justificación en su libro, queríamos pensar, pero su afinidad con todos los malos jueces del mundo era demasiado notoria, y al fin hubimos de admitir que era simplemente un malvado”.
Un buen día secuestraron al juez para someterlo a juicio, el que fue largo porque los testigos eran muchos, ya que la represión había sido vasta y extenso el brazo del verdugo. Otra de las famosas frases de Borges figura también en este cuento al imaginarse al juez que hubiera sido el más apto para juzgar al juez prevaricador: “Es fama que no hay generación que no incluya cuatro hombres rectos que secretamente apuntalan el universo y lo justifican ante el Señor”. Uno de estos hombres justos hubiera sido el juez ideal, pero ello era imposible porque están desperdigados por el mundo y “ni ellos mismos saben el alto ministerio que cumplen”.
El tribunal estuvo integrado por alcoranistas, doctores de la ley, sikhs, monjes de Mahavira y judíos negros. Pero como no les era posible hallar a uno de los cuatro hombres justos, pensaron que correspondía ir al otro extremo: encomendar el último fallo “al arbitrio de un loco”, “para que la sabiduría de Dios hablara por su boca y avergonzara las soberbias humanas”. El acusado aceptó el juez: “acaso comprendió que dado el peligro que los conjurados corrían si lo dejaban en libertad, sólo de un loco podía no esperar sentencia de muerte”. Este frío cálculo tuvo, correlativamente, un efecto jurídico, porque al haber aceptado al juez eliminaba el peligro de que el proceso fuera inválido. Nótese en este punto la introducción por parte de Borges de una verdadera sutileza procesal, carente, por lo demás, de aplicación práctica en el contexto en que transcurrían los hechos. Después de diecinueve días y noches el juez privado de discernimiento pronunció sentencia de muerte contra el malvado juez. David Alexander Glencairn, nombre supuesto según el narrador, fue degollado. Y, aunque no en el párrafo final, porque el cuento superpone otra trama a la trama del juicio, pero que no es propósito de este ensayo esclarecer, Borges elabora una oración de las que se citan a menudo cuando se estudia su obra: “Murió sin miedo; en los más viles hay alguna virtud”.
Esta opción teórica que asumo, que es una de varias, como dije al inicio, no es incompatible con la opinión de Vargas Llosa para quien –y aquí estoy citando a Ramos Núñez– “los frutos de la ficción (…) se bastan por sí solos y crean un universo paralelo, basado exclusivamente en la fantasía del autor. No el reflejo de la realidad, sino la construcción de un mundo alternativo, sería, conforme esa postura, el fin último de una obra de ficción”[15]. Para la creación de un mundo alternativo, sin embargo, el autor emplea elementos del mundo que conoce, categorías jurídicas, por ejemplo, que en el contexto de la fantasía del escritor, nos permite a los juristas entender mejor la esencia de dichas categorías y su lugar en el mundo, tanto en el real como en el ficticio.
[1] LONDON, Ephraim. The World of Law. New York, Simon and Schuster, 1960.
[2] POSNER, Richard A. Law and Literature, Cambridge, Mass. and London, England, Harvard University Press, 2000.
[3] OST, François. “El Reflejo del derecho en la literatura”, en Revista Peruana de Derecho y Literatura, Lima, N°1, 2006, pp. 27-28.
[4] RAMOS NÚÑEZ, Carlos. La pluma y la ley. Abogados y jueces en la narrativa peruana. Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2007, p. 24.
[5] BLOOM, Harold. Shakespeare. La invención de lo humano. Colombia, Verticales de Bolsillo. Grupo Editorial Norma, 2009, p. 29.
[6] BORGES, J.L. “Nuestro Pobre Individualismo”, en Otras Inquisiciones. Obras Completas, Buenos Aires, Emecé Editores, 1974, p. 658.
[7] Obras Completas, p. 1144.
[8] BORGES, Jorge Luis. Biblioteca Personal. Madrid, Alianza Editorial, Alianza Tres, 1988, p. 33.
[9] BORGES, J.L. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en Ficciones. Obras Completas, p. 434.
[10] Obras Completas, pp. 936-937.
[11] Obras Completas, p. 1143.
[12] BORGES, J.L. Elogio de la Sombra. Prólogo. En Obras Completas, pp. 975-976.
[13] BORGES, J.L. Biblioteca Personal, op. cit., pp. 105-106.
[14] Véase SWIFT, Jonathan. “Un viaje al país de los Houyhnhnms”. Viajes de Gulliver. Madrid, Espasa-Calpe S.A., Colección Austral N° 235, sexta edición, 1967.
[15] RAMOS NÜÑEZ, Carlos. Op. cit., p. 31
En http://enfoquederecho.com/derecho-y-literatura/
Doctor en Derecho y Profesor Principal del Departamento de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú
En Google hay 43 millones 500,000 sitios web referidos al tema de Derecho y Literatura. En la Biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú existen 57 títulos sobre el área. De manera que no es azar pasajero. En muchas Universidades, sobre todo norteamericanas, ya se dictan cursos sobre Derecho y Literatura.
En mi opinión, el corazón del problema radica en percibir con claridad de qué puede servir la Literatura al quehacer de los juristas. Muchos especialistas que trabajan el tema lo presentan bajo dos grandes capítulos: El Derecho en la Literatura y el Derecho como Literatura. Es la opción que tomó Ephraim London en su ya clásico libro de 1960 El Mundo del Derecho[1]. En el primer volumen, Derecho en la Literatura, trabajó bajo dos grandes epígrafes: Casos y juicios en la ficción y Abogados, Jueces, Jurados y Testigos. Ambos incluyen fragmentos de 45 libros. Entre los juicios en la ficción están, por cierto, el Juicio de la Sota de Corazones, de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll y Testigo de Cargo, de Agatha Christie, junto a muchos otros. En el segundo tomo figuran referencias a casos notables y notorios, testimonios y alegatos, y observaciones y reflexiones sobre el Derecho, como la famosa carta abierta de Emile Zola, “Yo acuso”, a propósito del caso Dreyfus, o el alegato de Ghandi cuando fue procesado por sedición, o las reflexiones de Albert Camus sobre la guillotina. Esta perspectiva, sin embargo, carece de un armazón teórico que responda a la pregunta planteada: ¿de qué le sirve todo esto al jurista, como no sea para enriquecer su cultura?
Richard Posner, uno de los nombres más prominentes en “Law and Economics” y Juez en los Estados Unidos, divide su libro Law and Literature en cuatro grandes capítulos: los textos literarios como textos legales, los textos legales como textos literarios, la Literatura convirtiéndose en doctrina legal y la regulación de la Literatura por el Derecho[2].
François Ost, por su parte, sostiene que la relación entre Derecho y Literatura se puede entender desde tres distintas dimensiones, primero, el Derecho de la Literatura. “Bajo esta perspectiva – sostiene – se pueden analizar la libertad de expresión que gozan los autores, la historia jurídica de la censura, las demandas que surgieron a propósito de obras que, en su tiempo, fueron consideradas como escandalosas, desde Madame Bovary hasta Los versos satánicos (…)”. En segundo lugar, en el Derecho como Literatura, pone como ejemplos la retórica judicial y parlamentaria, el estilo particular de los abogados, que califica de “dogmático, tautológico y performativo”. Por último, la perspectiva que más lo atrae es el estudio del Derecho en la Literatura[3].
Carlos Ramos, por su parte, en su libro La Pluma y la Ley, adopta la clasificación de François Ost, pero, refiriéndose a la primera categoría propuesta por éste sostiene que no le “parece correcto que los procesos judiciales contra las obras y los literatos se hallen en la misma esfera que François Ost asigna a las leyes y los reglamentos” y propone que la reconstrucción y debate de los casos célebres representen un círculo independiente[4].
En lo que a mí respecta, sin dejar de lado las perspectivas que anteceden, me centro en el carácter formativo que puede tener la Literatura para el estudiante de Derecho y para quien está en su ejercicio, ya sea juez o abogado. Voy a referir tres formas en las cuales la Literatura puede ser un instrumento que enriquece la formación del estudiante o del profesional del Derecho.
En un primer sentido, hay que tener en cuenta que el ejercicio de la profesión de abogado no se realiza en el aire, sino en el mundo de los fenómenos concretos. Estos acaecimientos de la vida son los hechos que están regulados por las normas jurídicas y que son la materia prima de los mecanismos de solución de controversias. El jurista trabaja con elementos formales que han llegado a tecnificarse en grado sumo, como los conceptos y los procesos, que han sido despojados de la carne y la sangre, al punto que muchas veces la verdad de los hechos puede resultar incómoda para ejercer, por ejemplo, una defensa penal. Quizás a ello se deba que Hamlet, con una calavera en la mano, llegue a decir: “¿Por qué no podría ser la calavera de un abogado? ¿Dónde están ahora sus sutilezas y distingos, sus argucias, subterfugios y artimañas?” La obra literaria puede ofrecerle al jurista esa sangre y esa carne y mostrarle muchas cosas que no estudió en la Universidad, como son la complejidad del alma humana y la cultura jurídica de una población. Entenderemos mejor al hombre o mujer que vamos a juzgar o que vamos a asesorar si, por ejemplo, hemos leído a Shakespeare, pues según el famoso crítico literario Harold Bloom, Shakespeare en cierto sentido inventó al ser humano tal como hoy lo conocemos. Detengámonos en esta cita: “La idea del carácter occidental, del ser interior como agente moral, tiene muchas fuentes: Homero y Platón, Aristóteles y Sófocles, la Biblia y San Agustín, Dante y Kant, y todo lo que quieran añadir. La personalidad, en nuestro sentido, es una invención shakesperiana, y no es sólo la más grande originalidad de Skakespeare, sino también la auténtica causa de su perpetua presencia”.[5]
En un segundo sentido, determinadas categorías jurídicas han sido asumidas por la humanidad y, en consecuencia, han servido para organizar el pensamiento de otros órdenes ajenos al Derecho (la religión, por ejemplo, donde hay pecados, que son conceptos similares a los delitos, juicios y castigos), o son tenidas en cuenta estas categorías para legitimar realidades extra jurídicas o para jurídicas, inclusive ilegales, como es el caso de la denominada ley del hampa o los innumerables casos que muestra la Literatura sobre personajes que, gracias al conocimiento detallado de la forma como opera el Derecho, lo utilizan precisamente para violarlo, como lo demuestra el cuento llamado Emma Zunz de Jorge Luis Borges.
En un tercer sentido, hay que considerar que una vez que una forma jurídica (utilizo la expresión forma para referirme a las instituciones en las que se plasma la idea jurídica, como los contratos, las regulaciones, los procesos judiciales) sale de las manos de sus creadores y empieza a ser utilizada por sus destinatarios, puede ir desdibujando las intenciones originales de sus creadores y llegar, inclusive, a contradecirlas, como puede apreciarse en muchas obras literarias como El Mercader de Venecia de Shakespeare o Billy Budd de Herman Melville.
Veamos cómo se pueden aplicar estos dos últimos sentidos en el análisis del cuento “El hombre en el umbral”, que figura en el libro El Aleph de Jorge Luis Borges. La tarea no es fácil, porque a Borges aparentemente no le interesa el Derecho y parecería ausente de su obra.
Más aún, Borges no veía al Estado con simpatía, de lo que hay que suponer que tampoco al Derecho, que es una de las formas que utiliza el Estado para expresarse y legitimarse. En “Nuestro Pobre Individualismo” nos dirá: “El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano”. Agrega que para el argentino la amistad es una pasión y la policía una mafia y que todo esto “Profundamente lo confirma una noche de la literatura argentina: esa desesperada noche en la que un sargento de la policía rural gritó que no iba a consentir el delito que se matara a un valiente y se puso a pelear contra sus soldados, junto al desertor Martín Fierro”.[6]
Su desdén por la política, asociada a la toma del poder del Estado, y éste, a su vez, emparentado con el Derecho, se aprecia en esta frase, con que se refiere a él mismo en el Epílogo de sus Obras Completas: “Hacia 1960 se afilió al Partido Conservador, porque (decía) ‘es indudablemente el único que no puede suscitar fanatismos’”.[7] Y grande fue su sorpresa cuando se enteró que Dostoievski había ejercido labor política. Al redactar el Prólogo a una edición de Los demonios, de Dostoievski, dice: “Estudió y expuso las utopías de Fourier, Owen y Saint–Simon. Fue socialista y paneslavista. Yo había imaginado que Dostoievski era una suerte de gran Dios insondable, capaz de comprender y justificar a todos los seres. Me asombró que hubiera descendido alguna vez a la mera política, que discrimina y que condena”.[8]
Su olvido del Derecho se percibe con mucha nitidez en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que narra la historia de una sociedad secreta que se impuso la tarea de crear un planeta y que plasmó en una enciclopedia todo lo que existe en un mundo: “Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica”.[9] Todo, menos las Constituciones, los Códigos, las leyes, las doctrinas, la judicatura, la fiscalía y el sistema de castigos.
En la obra de Borges es notable el “Otro Poema de los Dones”, primero porque es un poema, y Borges es mucho más conocido por sus obras en prosa, siempre breves, que responden a su afán de buscar la perfección literaria, más apta en los poemas y en los cuentos, que en las novelas; y, segundo, porque es una oración de agradecimiento, no a Dios, sino al “divino laberinto de los efectos y de las causas”. Gracias quiere dar por los temas que han llenado su vida y poblado –quizás- sus insomnios: “Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises”, en referencia a su pasión por La Ilíada y La Odisea. “Por aquel sueño del Islam que abarcó / Mil noches y una noche”, para recordar la epopeya de Scheherezade, que postergaba su muerte cada noche con una historia distinta que complacía al Sultán Shahriar. “Por aquel otro sueño del infierno / De la torre del fuego que purifica / Y de las esferas gloriosas”, para conmemorar a Dante y a la obra que es, según el propio Borges, el cenit de la literatura mundial, La Divina Comedia. “Por la espada y el arpa de los sajones”, cuyas gestas ha glorificado en diversos poemas. “Por la música verbal de Inglaterra”, en alusión a la lengua que tanto lo apasionó. “Por Schopenhauer / Que acaso descifró el universo”, dos líneas que, por lo menos a mí, me parecen un logro sobresaliente de sentido y de belleza poética, comparable con la última línea que cierra el poema: “Por la música, misteriosa forma del tiempo”.[10]
No da gracias por nada que tiene que ver con el universo jurídico. Quizás esa omisión proviene de la naturalidad casi imperceptible del Derecho, que está presente en casi todas las cosas que hacemos; de la vinculación del mismo con el Estado, del cual, como hemos visto, Borges descree. Pero también cabe otra interpretación: que, en efecto, el Derecho es un mal menor en las relaciones humanas, en nada comparable con la Teología, la Filosofía, la Ética o el Arte. Dijo de él mismo en 1974, doce años antes de morir: “Sus preferencias fueron la literatura, la filosofía y la ética”.[11] Y en el Prólogo del Elogio de la Sombra, escrito en 1969, se refirió a la ética con estas palabras: “Una de las virtudes por las cuales prefiero las naciones protestantes a las de tradición católica es su cuidado de la ética (…); el doctor Johnson observaría al promediar el siglo XVIII: ‘La prudencia y la justicia son preeminencias y virtudes que corresponden a todas las épocas y a todos los lugares; somos perpetuamente moralistas y sólo a veces geómetras’”.[12] El concepto de justicia, está asociado en esta cita a la Ética y no al Derecho.
Finalmente, en este terreno de las omisiones o los olvidos de lo jurídico, quiero hacer mención al Prólogo que escribió a los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Allí nos dice: “Swift se había propuesto enjuiciar al género humano y dejó un libro de lectura infantil. Esto se debe al hecho de que los niños leen los dos viajes iniciales del capitán Lemuel Gulliver y omiten los últimos, que son terribles”.[13] Esto es rigurosamente cierto, ya que los viajes son los siguientes: a Liliput; a Brobdingnag; a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Japón; y al país de los Houyhnhnms. Estos últimos eran caballos sumamente inteligentes y civilizados, que gobernaban el país, mientras que los naturales, humanos nativos, primitivos en grado sumo, eran llamados yahoos. En este viaje Gulliver explica a los caballos civilizados las particularidades del Derecho inglés; de los abogados, los jueces y los procesos judiciales, con una precisión y un sentido crítico atroces, pero presumiblemente valederos en su tiempo, el siglo XVIII, y todavía de mucha vigencia como crítica mordaz al mundo de los abogados. En mi opinión, estas narraciones de Gulliver deberían ser de lectura obligatoria en las Facultades de Derecho.[14] Borges nos privó de saber qué opinaba del Derecho al no hacer referencia alguna a las explicaciones que dio Gulliver a los caballos pensantes. Quizás sintió un poco de vergüenza porque las críticas se referían a instituciones respetadas de su amada Inglaterra.
Veamos ahora “El Hombre en el Umbral”, análisis que realizo en correspondencia con el segundo sentido al que hecho referencia líneas arriba.
Existe un acusado, la actuación de pruebas, la conformación de un tribunal, el pronunciamiento de un veredicto, la emisión de la sentencia, y la ejecución del fallo. Pero ninguna de estas cosas ocurre dentro de los cauces del Derecho Oficial, y una de las etapas, acaso la crucial, está gobernada por la irracionalidad más absoluta, aunque responde a una lógica, que es al mismo tiempo humana y poética.
Los hechos ocurren en una región musulmana de la India, cuando ésta era posesión del Imperio Británico. El cuento contiene varias de las frases memorables acuñadas por Borges y que son citadas sin cesar por sus estudiosos y también por sus admiradores, como ésta: “Un refrán dice que la India es más grande que el mundo”.
El villano era una especie de pacificador, alguien a quien el Imperio envió para poner orden en una ciudad convulsionada. El pueblo lo percibía más como un juez, pues condenó a muerte a mucha gente, y de aceptarlo al principio pasó a odiarlo: “(…) los menos malos –dice un informante al narrador– se alegraron porque sintieron que la ley es mejor que el desorden. Llegó el cristiano y no tardó en prevaricar y oprimir, en paliar delitos abominables y en vender decisiones. (…) Todo tendrá justificación en su libro, queríamos pensar, pero su afinidad con todos los malos jueces del mundo era demasiado notoria, y al fin hubimos de admitir que era simplemente un malvado”.
Un buen día secuestraron al juez para someterlo a juicio, el que fue largo porque los testigos eran muchos, ya que la represión había sido vasta y extenso el brazo del verdugo. Otra de las famosas frases de Borges figura también en este cuento al imaginarse al juez que hubiera sido el más apto para juzgar al juez prevaricador: “Es fama que no hay generación que no incluya cuatro hombres rectos que secretamente apuntalan el universo y lo justifican ante el Señor”. Uno de estos hombres justos hubiera sido el juez ideal, pero ello era imposible porque están desperdigados por el mundo y “ni ellos mismos saben el alto ministerio que cumplen”.
El tribunal estuvo integrado por alcoranistas, doctores de la ley, sikhs, monjes de Mahavira y judíos negros. Pero como no les era posible hallar a uno de los cuatro hombres justos, pensaron que correspondía ir al otro extremo: encomendar el último fallo “al arbitrio de un loco”, “para que la sabiduría de Dios hablara por su boca y avergonzara las soberbias humanas”. El acusado aceptó el juez: “acaso comprendió que dado el peligro que los conjurados corrían si lo dejaban en libertad, sólo de un loco podía no esperar sentencia de muerte”. Este frío cálculo tuvo, correlativamente, un efecto jurídico, porque al haber aceptado al juez eliminaba el peligro de que el proceso fuera inválido. Nótese en este punto la introducción por parte de Borges de una verdadera sutileza procesal, carente, por lo demás, de aplicación práctica en el contexto en que transcurrían los hechos. Después de diecinueve días y noches el juez privado de discernimiento pronunció sentencia de muerte contra el malvado juez. David Alexander Glencairn, nombre supuesto según el narrador, fue degollado. Y, aunque no en el párrafo final, porque el cuento superpone otra trama a la trama del juicio, pero que no es propósito de este ensayo esclarecer, Borges elabora una oración de las que se citan a menudo cuando se estudia su obra: “Murió sin miedo; en los más viles hay alguna virtud”.
Esta opción teórica que asumo, que es una de varias, como dije al inicio, no es incompatible con la opinión de Vargas Llosa para quien –y aquí estoy citando a Ramos Núñez– “los frutos de la ficción (…) se bastan por sí solos y crean un universo paralelo, basado exclusivamente en la fantasía del autor. No el reflejo de la realidad, sino la construcción de un mundo alternativo, sería, conforme esa postura, el fin último de una obra de ficción”[15]. Para la creación de un mundo alternativo, sin embargo, el autor emplea elementos del mundo que conoce, categorías jurídicas, por ejemplo, que en el contexto de la fantasía del escritor, nos permite a los juristas entender mejor la esencia de dichas categorías y su lugar en el mundo, tanto en el real como en el ficticio.
[1] LONDON, Ephraim. The World of Law. New York, Simon and Schuster, 1960.
[2] POSNER, Richard A. Law and Literature, Cambridge, Mass. and London, England, Harvard University Press, 2000.
[3] OST, François. “El Reflejo del derecho en la literatura”, en Revista Peruana de Derecho y Literatura, Lima, N°1, 2006, pp. 27-28.
[4] RAMOS NÚÑEZ, Carlos. La pluma y la ley. Abogados y jueces en la narrativa peruana. Fondo Editorial de la Universidad de Lima, 2007, p. 24.
[5] BLOOM, Harold. Shakespeare. La invención de lo humano. Colombia, Verticales de Bolsillo. Grupo Editorial Norma, 2009, p. 29.
[6] BORGES, J.L. “Nuestro Pobre Individualismo”, en Otras Inquisiciones. Obras Completas, Buenos Aires, Emecé Editores, 1974, p. 658.
[7] Obras Completas, p. 1144.
[8] BORGES, Jorge Luis. Biblioteca Personal. Madrid, Alianza Editorial, Alianza Tres, 1988, p. 33.
[9] BORGES, J.L. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en Ficciones. Obras Completas, p. 434.
[10] Obras Completas, pp. 936-937.
[11] Obras Completas, p. 1143.
[12] BORGES, J.L. Elogio de la Sombra. Prólogo. En Obras Completas, pp. 975-976.
[13] BORGES, J.L. Biblioteca Personal, op. cit., pp. 105-106.
[14] Véase SWIFT, Jonathan. “Un viaje al país de los Houyhnhnms”. Viajes de Gulliver. Madrid, Espasa-Calpe S.A., Colección Austral N° 235, sexta edición, 1967.
[15] RAMOS NÜÑEZ, Carlos. Op. cit., p. 31
En http://enfoquederecho.com/derecho-y-literatura/
31/03/12: Don Dimas de la Tijereta
Cuento de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un pleito al diablo
I
Érase que se era y el mal que se vaya y el bien se nos venga, que allá por los primeros años del pasado siglo existía, en pleno portal de Escribanos de las tres veces coronada ciudad de los Reyes del Perú, un cartulario de antiparras cabalgadas sobre nariz ciceroniana, pluma de ganso u otra ave de rapiña, tintero de cuerno, gregüescos de paño azul a media pierna, jubón de tiritaña, y capa española de color parecido a Dios en lo incomprensible, y que le había llegado por legítima herencia pasando de padres a hijos durante tres generaciones.
Conocíale el pueblo por tocayo del buen ladrón a quien don Jesucristo dio pasaporte para entrar en la gloria; pues nombrábase don Dimas de la Tijereta, escribano de número de la Real Audiencia y hombre que, a fuerza de dar fe, se había quedado sin pizca de fe, porque en el oficio gastó en breve la poca que trajo al mundo.
Decíase de él que tenía más trastienda que un bodegón, más camándulas que el rosario de Jerusalén que cargaba al cuello, y más doblas de a ocho, fruto de sus triquiñuelas, embustes y trocatintas, que las que cabían en el último galeón que zarpó para Cádiz y de que daba cuenta la Gaceta. Acaso fue por él por quien dijo un caquiversista lo de
Un escribano y un gato
en un pozo se cayeron;
como los dos tenían uñas
por la pared se subieron.
Fama es que a tal punto habíase apoderado del escribano los tres enemigos del alma, que la suya estaba tal de zurcidos y remiendos que no la reconociera su Divina Majestad, con ser quien es y con haberla creado. Y tengo para mis adentros que si le hubiera venido en antojo al Ser Supremo llamarla a juicio, habría exclamado con sorpresa: -Dimas, ¡qué has hecho del alma que te di?
Ello es que el escribano, en punto a picardías era la flor y nata de la gente del oficio, y que si no tenía el malo por donde desecharlo, tampoco el ángel de la guarda hallaría asidero a su espíritu para transportarlo al cielo cuando le llegara el lance de las postrimerías.
Cuentan de su merced que siendo mayordomo del gremio, en una fiesta costeada por los escribanos, a la mitad del sermón acertó a caer un gato desde la cornisa del templo, lo que perturbó al predicador y arremolinó al auditorio. Pero don Dimas restableció al punto la tranquilidad, gritando: -No hay motivo para barullo, caballeros. Adviertan que el que ha caído es un cofrade de esta ilustre congregación, que ciertamente ha delinquido en venir un poco tarde a la fiesta. Siga ahora su reverencia con el sermón.
Todos los gremios tienen por patrono a un santo que ejerció sobre la tierra el mismo oficio o profesión; pero ni en el martirologio romano existe santo que hubiera sido escribano, pues si lo fue o no lo fue San Apronianos está todavía en veremos y proveeremos. Los pobrecitos no tienen en el cielo camarada que por ellos interceda.
Mala pascua me dé Dios, y sea la primera que viniere, o deme longevidad de elefante con salud de enfermo, si en el retrato, así físico como moral, de Tijereta, he tenido voluntad de jabonar la paciencia a miembro viviente de la respetable cofradía de ante mí y el certifico. Y hago esta salvedad digna de un lego confitado, no tanto en descargo de mis culpas, que no son pocas, y de mi conciencia de narrador, que no es grano de anís, cuanto porque esa es gente de mucha enjundia con la que ni me tiro ni me pago, ni le debo ni le cobro. Y basta de dibujos y requilorios, y andar andillo, y siga la zambra, que si Dios es servido, y el tiempo y las aguas me favorecen, y esta conseja cae en gracia, cuentos he de enjaretar a porrillo y sin más intervención de cartulario. Ande la rueda y coz con ella.
II
No sé quién sostuvo que las mujeres eran la perdición del género humano, en lo cual, mía la cuenta si no dijo una bellaquería gorda como el puño. Siglos y siglos hace que a la pobre Eva le estamos echando en cara la curiosidad de haberle pegado un mordisco a la consabida manzana, como si no hubiera estado en manos de Adán, que era a la postre un pobrete educado muy a la pata la llana, devolver el recurso por improcedente, y eso que, en Dios y en mi ánima, declaro que la golosina era tentadora para quien siente rebullirse una alma en su almario. ¡Bonita disculpa la de su merced el padre Adán! En nuestros días la disculpa no lo salvaba de ir a presidio, magüer barrunto que para prisión basta y sobra con la vida asaz trabajosa y aporreada que algunos arrastramos en este valle de lágrimas y pellejerías. Aceptemos también los hombres nuestra parte de responsabilidad en una tentación que tan buenos ratos proporciona, y no hagamos cargar con todo el mochuelo al bello sexo.
¡Arriba, piernas,
arriba, zancas!
En este mundo
todas son trampas.
No faltará quien piense que esta digresión no viene a cuento. ¡Pero vaya si viene! Como que me sirve nada menos que para informar al lector de que Tijereta dio a la vejez, época en que hombres y mujeres huelen, no a patchouli, sino a cera de bien morir, en la peor tontuna en que puede dar un viejo. Se enamoró hasta la coronilla de Visitación, gentil muchacha de veinte primaveras, con un palmito y un donaire y un aquel capaces de tentar al mismísimo general de los padres beletmitas, una cintura pulida y remonona de esas de mírame y no me toques, labios colorados como guindas, dientes como almendrucos, ojos como dos luceros y más matadores que espada y basto en el juego de tresillo o rocambor. ¡Cuando yo digo que la moza era un pimpollo a carta cabal!
No embargante que el escribano era un abejorro recatado de bolsillo y tan pegado al oro de su arca como un ministro a la poltrona, y que en punto a dar no daba ni las buenas noches, se propuso domeñar a la chica a fuerza de agasajos; y ora la enviaba unas arracadas de diamantes con perlas como garbanzos, ora trajes de rico terciopelo de Flandes, que por aquel entonces costaban un ojo de la cara. Pero mientras más derrochaba Tijereta, más distante veía la hora en que la moza hiciese con él una obra de caridad, y esta resistencia traíalo al retortero.
Visitación vivía en amor y compaña con una tía, vieja como el pecado de gula, a quien años más tarde encorozó la Santa Inquisición por rufiana y encubridora, haciéndola pasear las calles en bestia de albarda, con chilladores delante y zurradores detrás. La maldita zurcidora de voluntades no creía, como Sancho, que era mejor sobrina mal casada que bien abarraganada; y endoctrinando pícaramente con sus tercerías a la muchacha, resultó un día que el pernil dejó de estarse en el garabato por culpa y travesura de un pícaro gato. Desde entonces si la tía fue el anzuelo, la sobrina, mujer completa ya según las ordenanzas de birlibirloque, se convirtió en cebo para pescar maravedises a más de dos y más de tres acaudalados hidalgos de esta tierra.
El escribano llegaba todas las noches a casa de Visitación, y después de notificarla un saludo, pasaba a exponerla el alegato de bien probado de su amor. Ella le oía cortándose las uñas, recordando a algún boquirrubio que le echó flores y piropos al salir de la misa de la parroquia, diciendo para su sayo: -Babazorro, arrópate que sudas, y límpiate que estás de huevo- o canturriando:
No pierdas en mí balas,
carabinero,
porque yo soy paloma
de mucho vuelo.
Si quieres que te quiera
me ha le dar antes
aretes y sortijas,
blondas y guantes.
Y así atendía a los requiebros y carantoña de Tijereta, como la piedra berroqueña a los chirridos del cristal que en ella se rompe. Y así pasaron meses hasta seis, aceptando Visitación los alboroques, pero sin darse a partido ni revelar intención de cubrir la libranza, porque la muy taimada conocía a fondo la influencia de sus hechizos sobre el corazón del cartulario.
Pero ya la encontraremos caminito de Santiago, donde tanto resbala la coja como la sana.
III
Una noche en que Tijereta quiso levantar el gallo a Visitación, o, lo que es lo mismo, meterse a bravo, ordenóle ella que pusiese pies en pared, porque estaba cansada de tener ante los ojos la estampa de la herejía, que a ella y no a otra se asemejaba don Dimas. Mal pergeñado salió éste, y lo negro de su desventura no era para menos, de casa de la muchacha; y andando, andando, y perdido en sus cavilaciones, se encontró, a obra de las doce, al pie del cerrito de las Ramas. Un vientecillo retozón, de esos que andan preñados de romadizos, refrescó un poco su cabeza, y exclamó:
-Para mi santiguada que es trajín el que llevo con esa fregona que la da de honesta y marisabidilla, cuando yo me sé de ella milagros de más calibre que los que reza el Flos-Sanctorum. ¡Venga un diablo cualquiera y llévese mi almilla, en cambio del amor de esa caprichosa criatura!
Satanás, que desde los antros más profundos del infierno había escuchado las palabras del humano, tocó la campanilla, y al reclamo se presentó el diablo Lilit. Por si mis lectores no conocen a este personaje, han de saberse que los demonógrafos, que andan a vueltas y tomas con las Clavículas de Salomón, libros que leen al resplandor de un carbunclo, afirman que Lilit, diablo de bonita estampa, muy zalamero y decidor, es el correveidile de Su Majestad Infernal.
-Ve, Lilit, al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que allí encontrarás, y que abriga tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Concédele cuanto te pida y no te andes con regateos, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.
Yo, pobre y mal traído narrador de cuentos, no he podido alcanzar pormenores acerca de la entrevista entre Lilit y don Dimas, porque no hubo taquígrafo a mano que se encargase de copiarla sin perder punto ni coma. ¡Y es lástima, por mi fe! Pero baste saber que Lilit, al regresar al infierno, le entregó a Satanás un pergamino que, fórmula más o menos, decía lo siguiente:
«Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los abismos en cambio del amor y posesión de una mujer. Ítem, me obligo a satisfacer la deuda de la fecha en tres años». Y aquí seguían las firmas de las altas partes contratantes y el sello del demonio.
Al entrar el escribano en su tugurio, salió a abrirle la puerta nada menos que Visitación, la desdeñosa y remilgada Visitación, que ebria de amor se arrojó en los brazos de Tijereta. Cual es la campana, tal la badajada».
Lilit había encendido en el corazón de la pobre muchacha el fuego de Lais, y en sus sentidos la desvergonzada lubricidad de Mesalina. Doblemos esta hoja, que de suyo es peligroso extenderse en pormenores que pueden tentar al prójimo labrado su condenación eterna, sin que le valgan la bula de Meco ni las de composición.
IV
Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, pasaron, día por día, tres años como tres berenjenas, y llegó el día en que Tijereta tuviese que hacer honor a su firma. Arrastrado por una fuerza superior y sin darse cuenta de ello, se encontró en un verbo transportado al cerro de las Ramas, que hasta en eso fue el diablo puntilloso y quiso ser pagado en el mismo sitio y hora en que se extendió el contrato.
Al encararse con Lilit, el escribano empezó a desnudarse con mucha flema, pero el diablo le dijo:
-No se tome vuesa merced ese trabajo, que maldito el peso que aumentará a la carga la tela del traje. Yo tengo fuerzas para llevarme a usarced vestido y calzado.
-Pues sin desnudarme no caigo en el cómo posible pagar mi deuda.
-Haga usarced lo que le plazca, ya que todavía le queda un minuto de libertad.
El escribano siguió en la operación hasta sacarse la almilla o jubón interior, y pasándola a Lilit le dijo:
-Deuda pagada y venga mi documento.
Lilit se echó a reír con todas las ganas de que es capaz un diablo alegre y truhán.
-Y ¿qué quiere usarced que haga con esta prenda?
-¡Toma! Esa prenda se llama almilla, y eso es lo que yo he vendido y a lo que estoy obligado. Carta canta. Repase usarced, señor diabolín, el contrato, y si tiene conciencia se dará por bien pagado. ¡Como que esa almilla me costó una onza, como un ojo de buey, en la tienda de Pacheco!
-Yo no entiendo de tracamandanas, señor don Dimas. Véngase conmigo y guarde sus palabras en el pecho para cuando esté delante de mi amo.
Y en esto expiró el minuto, y Lilit se echó al hombro a Tijereta, colándose con él de rondón en el infierno. Por el camino gritaba a voz en cuello el escribano que había festinación en el procedimiento de Lilit, que todo lo fecho y actuado era nulo y contra ley, y amenazaba al diablo alguacil con que si encontraba gente de justicia en el otro barrio le entablaría pleito, y por lo menos lo haría condenar en costas. Lilit ponía orejas de mercader a las voces de don Dimas, y trataba ya, por vía de amonestación, de zabullirlo en un caldero de plomo hirviendo, cuando alborotado el Cocyto y apercibido Satanás del laberinto y causas que lo motivaban, convino en que se pusiese la cosa en tela de juicio. ¡Para ceñirse a la ley y huir de lo que huele a arbitrariedad y despotismo, el demonio!
Afortunadamente para Tijereta no se había introducido por entonces en el infierno el uso de papel sellado, que acá sobre la tierra hace interminable un proceso, y en breve rato vio fallada su causa en primera y segunda instancia. Sin citar las Pandectas ni el Fuero Juzgo, y con sólo la autoridad del Diccionario de la lengua, probó el tunante su buen derecho; y los jueces, que en vida fueron probablemente literatos y académicos, ordenaron que sin pérdida de tiempo se le diese soltura, y que Lilit lo guiase por los vericuetos infernales hasta dejarlo sano y salvo en la puerta de su casa. Cumplióse la sentencia al pie de la letra, en lo que dio Satanás una prueba de que las leyes en el infierno no son, como en el mundo, conculcadas por el que manda y buenas sólo para escritas. Pero destruido el diabólico hechizo, se encontró don Dimas con que Visitación lo había abandonado corriendo a encerrarse en un beaterío, siguiendo la añeja máxima de dar a Dios el hueso después de haber regalado la carne al demonio.
Satanás, por no perderlo todo, se quedó con la almilla; y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla. Por eso cualquier constipadito vergonzante produce en ellos una pulmonía de capa de coro y gorra de cuartel, o una tisis tuberculosa de padre y muy señor mío.
V
Y por más que fui y vine, sin dejar la ida por la venida, no he podido saber a punto fijo si, andando el tiempo, murió don Dimas de buena o de mala muerte. Pero lo que sí es cosa averiguada es que lió los bártulos, pues no era justo que quedase sobre la tierra para semilla de pícaros. Tal es, ¡oh lector carísimo!, mi creencia.
Pero un mi compadre me ha dicho, en puridad de compadres, que muerto Tijereta quiso su alma, que tenía más arrugas y dobleces que abanico de coqueta, beber agua en uno de los calderos de Pero Botero, y el conserje del infierno le gritó: -¡Largo de ahí! No admitimos ya escribanos.
Esto hacía barruntar al susodicho mi compadre que con el alma del cartulario sucedió lo mismo que con la de judas Iscariote; lo cual, pues viene a cuento y la ocasión es calva, he de apuntar aquí someramente y a guisa de conclusión.
Refieren añejas crónicas que el apóstol que vendió a Cristo echó, después de su delito, cuentas consigo mismo, y vio que el mejor modo de saldarlas era arrojar las treinta monedas y hacer zapatetas, convertido en racimo de árbol.
Realizó su suicidio, sin escribir antes, como hogaño se estila, epístola de despedida, donde por más empeños que hizo se negaron a darle posada.
Otro tanto le sucedió en el infierno, y desesperada y tiritando de frío regresó al mundo buscando donde albergase.
Acertó a pasar por casualidad un usurero, de cuyo cuerpo hacía tiempo que había emigrado el alma cansada de soportar picardías, y la de Judas dijo: -aquí que no peco-, y se aposentó en la humanidad del avaro. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.
Y con esto, lector amigo, y con que cada cuatro años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento, deseando que así tengas la salud como yo tuve empeño en darte un rato de solaz y divertimiento.
Ricardo Palma Tradiciones Peruanas
I
Érase que se era y el mal que se vaya y el bien se nos venga, que allá por los primeros años del pasado siglo existía, en pleno portal de Escribanos de las tres veces coronada ciudad de los Reyes del Perú, un cartulario de antiparras cabalgadas sobre nariz ciceroniana, pluma de ganso u otra ave de rapiña, tintero de cuerno, gregüescos de paño azul a media pierna, jubón de tiritaña, y capa española de color parecido a Dios en lo incomprensible, y que le había llegado por legítima herencia pasando de padres a hijos durante tres generaciones.
Conocíale el pueblo por tocayo del buen ladrón a quien don Jesucristo dio pasaporte para entrar en la gloria; pues nombrábase don Dimas de la Tijereta, escribano de número de la Real Audiencia y hombre que, a fuerza de dar fe, se había quedado sin pizca de fe, porque en el oficio gastó en breve la poca que trajo al mundo.
Decíase de él que tenía más trastienda que un bodegón, más camándulas que el rosario de Jerusalén que cargaba al cuello, y más doblas de a ocho, fruto de sus triquiñuelas, embustes y trocatintas, que las que cabían en el último galeón que zarpó para Cádiz y de que daba cuenta la Gaceta. Acaso fue por él por quien dijo un caquiversista lo de
Un escribano y un gato
en un pozo se cayeron;
como los dos tenían uñas
por la pared se subieron.
Fama es que a tal punto habíase apoderado del escribano los tres enemigos del alma, que la suya estaba tal de zurcidos y remiendos que no la reconociera su Divina Majestad, con ser quien es y con haberla creado. Y tengo para mis adentros que si le hubiera venido en antojo al Ser Supremo llamarla a juicio, habría exclamado con sorpresa: -Dimas, ¡qué has hecho del alma que te di?
Ello es que el escribano, en punto a picardías era la flor y nata de la gente del oficio, y que si no tenía el malo por donde desecharlo, tampoco el ángel de la guarda hallaría asidero a su espíritu para transportarlo al cielo cuando le llegara el lance de las postrimerías.
Cuentan de su merced que siendo mayordomo del gremio, en una fiesta costeada por los escribanos, a la mitad del sermón acertó a caer un gato desde la cornisa del templo, lo que perturbó al predicador y arremolinó al auditorio. Pero don Dimas restableció al punto la tranquilidad, gritando: -No hay motivo para barullo, caballeros. Adviertan que el que ha caído es un cofrade de esta ilustre congregación, que ciertamente ha delinquido en venir un poco tarde a la fiesta. Siga ahora su reverencia con el sermón.
Todos los gremios tienen por patrono a un santo que ejerció sobre la tierra el mismo oficio o profesión; pero ni en el martirologio romano existe santo que hubiera sido escribano, pues si lo fue o no lo fue San Apronianos está todavía en veremos y proveeremos. Los pobrecitos no tienen en el cielo camarada que por ellos interceda.
Mala pascua me dé Dios, y sea la primera que viniere, o deme longevidad de elefante con salud de enfermo, si en el retrato, así físico como moral, de Tijereta, he tenido voluntad de jabonar la paciencia a miembro viviente de la respetable cofradía de ante mí y el certifico. Y hago esta salvedad digna de un lego confitado, no tanto en descargo de mis culpas, que no son pocas, y de mi conciencia de narrador, que no es grano de anís, cuanto porque esa es gente de mucha enjundia con la que ni me tiro ni me pago, ni le debo ni le cobro. Y basta de dibujos y requilorios, y andar andillo, y siga la zambra, que si Dios es servido, y el tiempo y las aguas me favorecen, y esta conseja cae en gracia, cuentos he de enjaretar a porrillo y sin más intervención de cartulario. Ande la rueda y coz con ella.
II
No sé quién sostuvo que las mujeres eran la perdición del género humano, en lo cual, mía la cuenta si no dijo una bellaquería gorda como el puño. Siglos y siglos hace que a la pobre Eva le estamos echando en cara la curiosidad de haberle pegado un mordisco a la consabida manzana, como si no hubiera estado en manos de Adán, que era a la postre un pobrete educado muy a la pata la llana, devolver el recurso por improcedente, y eso que, en Dios y en mi ánima, declaro que la golosina era tentadora para quien siente rebullirse una alma en su almario. ¡Bonita disculpa la de su merced el padre Adán! En nuestros días la disculpa no lo salvaba de ir a presidio, magüer barrunto que para prisión basta y sobra con la vida asaz trabajosa y aporreada que algunos arrastramos en este valle de lágrimas y pellejerías. Aceptemos también los hombres nuestra parte de responsabilidad en una tentación que tan buenos ratos proporciona, y no hagamos cargar con todo el mochuelo al bello sexo.
¡Arriba, piernas,
arriba, zancas!
En este mundo
todas son trampas.
No faltará quien piense que esta digresión no viene a cuento. ¡Pero vaya si viene! Como que me sirve nada menos que para informar al lector de que Tijereta dio a la vejez, época en que hombres y mujeres huelen, no a patchouli, sino a cera de bien morir, en la peor tontuna en que puede dar un viejo. Se enamoró hasta la coronilla de Visitación, gentil muchacha de veinte primaveras, con un palmito y un donaire y un aquel capaces de tentar al mismísimo general de los padres beletmitas, una cintura pulida y remonona de esas de mírame y no me toques, labios colorados como guindas, dientes como almendrucos, ojos como dos luceros y más matadores que espada y basto en el juego de tresillo o rocambor. ¡Cuando yo digo que la moza era un pimpollo a carta cabal!
No embargante que el escribano era un abejorro recatado de bolsillo y tan pegado al oro de su arca como un ministro a la poltrona, y que en punto a dar no daba ni las buenas noches, se propuso domeñar a la chica a fuerza de agasajos; y ora la enviaba unas arracadas de diamantes con perlas como garbanzos, ora trajes de rico terciopelo de Flandes, que por aquel entonces costaban un ojo de la cara. Pero mientras más derrochaba Tijereta, más distante veía la hora en que la moza hiciese con él una obra de caridad, y esta resistencia traíalo al retortero.
Visitación vivía en amor y compaña con una tía, vieja como el pecado de gula, a quien años más tarde encorozó la Santa Inquisición por rufiana y encubridora, haciéndola pasear las calles en bestia de albarda, con chilladores delante y zurradores detrás. La maldita zurcidora de voluntades no creía, como Sancho, que era mejor sobrina mal casada que bien abarraganada; y endoctrinando pícaramente con sus tercerías a la muchacha, resultó un día que el pernil dejó de estarse en el garabato por culpa y travesura de un pícaro gato. Desde entonces si la tía fue el anzuelo, la sobrina, mujer completa ya según las ordenanzas de birlibirloque, se convirtió en cebo para pescar maravedises a más de dos y más de tres acaudalados hidalgos de esta tierra.
El escribano llegaba todas las noches a casa de Visitación, y después de notificarla un saludo, pasaba a exponerla el alegato de bien probado de su amor. Ella le oía cortándose las uñas, recordando a algún boquirrubio que le echó flores y piropos al salir de la misa de la parroquia, diciendo para su sayo: -Babazorro, arrópate que sudas, y límpiate que estás de huevo- o canturriando:
No pierdas en mí balas,
carabinero,
porque yo soy paloma
de mucho vuelo.
Si quieres que te quiera
me ha le dar antes
aretes y sortijas,
blondas y guantes.
Y así atendía a los requiebros y carantoña de Tijereta, como la piedra berroqueña a los chirridos del cristal que en ella se rompe. Y así pasaron meses hasta seis, aceptando Visitación los alboroques, pero sin darse a partido ni revelar intención de cubrir la libranza, porque la muy taimada conocía a fondo la influencia de sus hechizos sobre el corazón del cartulario.
Pero ya la encontraremos caminito de Santiago, donde tanto resbala la coja como la sana.
III
Una noche en que Tijereta quiso levantar el gallo a Visitación, o, lo que es lo mismo, meterse a bravo, ordenóle ella que pusiese pies en pared, porque estaba cansada de tener ante los ojos la estampa de la herejía, que a ella y no a otra se asemejaba don Dimas. Mal pergeñado salió éste, y lo negro de su desventura no era para menos, de casa de la muchacha; y andando, andando, y perdido en sus cavilaciones, se encontró, a obra de las doce, al pie del cerrito de las Ramas. Un vientecillo retozón, de esos que andan preñados de romadizos, refrescó un poco su cabeza, y exclamó:
-Para mi santiguada que es trajín el que llevo con esa fregona que la da de honesta y marisabidilla, cuando yo me sé de ella milagros de más calibre que los que reza el Flos-Sanctorum. ¡Venga un diablo cualquiera y llévese mi almilla, en cambio del amor de esa caprichosa criatura!
Satanás, que desde los antros más profundos del infierno había escuchado las palabras del humano, tocó la campanilla, y al reclamo se presentó el diablo Lilit. Por si mis lectores no conocen a este personaje, han de saberse que los demonógrafos, que andan a vueltas y tomas con las Clavículas de Salomón, libros que leen al resplandor de un carbunclo, afirman que Lilit, diablo de bonita estampa, muy zalamero y decidor, es el correveidile de Su Majestad Infernal.
-Ve, Lilit, al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que allí encontrarás, y que abriga tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Concédele cuanto te pida y no te andes con regateos, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.
Yo, pobre y mal traído narrador de cuentos, no he podido alcanzar pormenores acerca de la entrevista entre Lilit y don Dimas, porque no hubo taquígrafo a mano que se encargase de copiarla sin perder punto ni coma. ¡Y es lástima, por mi fe! Pero baste saber que Lilit, al regresar al infierno, le entregó a Satanás un pergamino que, fórmula más o menos, decía lo siguiente:
«Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los abismos en cambio del amor y posesión de una mujer. Ítem, me obligo a satisfacer la deuda de la fecha en tres años». Y aquí seguían las firmas de las altas partes contratantes y el sello del demonio.
Al entrar el escribano en su tugurio, salió a abrirle la puerta nada menos que Visitación, la desdeñosa y remilgada Visitación, que ebria de amor se arrojó en los brazos de Tijereta. Cual es la campana, tal la badajada».
Lilit había encendido en el corazón de la pobre muchacha el fuego de Lais, y en sus sentidos la desvergonzada lubricidad de Mesalina. Doblemos esta hoja, que de suyo es peligroso extenderse en pormenores que pueden tentar al prójimo labrado su condenación eterna, sin que le valgan la bula de Meco ni las de composición.
IV
Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, pasaron, día por día, tres años como tres berenjenas, y llegó el día en que Tijereta tuviese que hacer honor a su firma. Arrastrado por una fuerza superior y sin darse cuenta de ello, se encontró en un verbo transportado al cerro de las Ramas, que hasta en eso fue el diablo puntilloso y quiso ser pagado en el mismo sitio y hora en que se extendió el contrato.
Al encararse con Lilit, el escribano empezó a desnudarse con mucha flema, pero el diablo le dijo:
-No se tome vuesa merced ese trabajo, que maldito el peso que aumentará a la carga la tela del traje. Yo tengo fuerzas para llevarme a usarced vestido y calzado.
-Pues sin desnudarme no caigo en el cómo posible pagar mi deuda.
-Haga usarced lo que le plazca, ya que todavía le queda un minuto de libertad.
El escribano siguió en la operación hasta sacarse la almilla o jubón interior, y pasándola a Lilit le dijo:
-Deuda pagada y venga mi documento.
Lilit se echó a reír con todas las ganas de que es capaz un diablo alegre y truhán.
-Y ¿qué quiere usarced que haga con esta prenda?
-¡Toma! Esa prenda se llama almilla, y eso es lo que yo he vendido y a lo que estoy obligado. Carta canta. Repase usarced, señor diabolín, el contrato, y si tiene conciencia se dará por bien pagado. ¡Como que esa almilla me costó una onza, como un ojo de buey, en la tienda de Pacheco!
-Yo no entiendo de tracamandanas, señor don Dimas. Véngase conmigo y guarde sus palabras en el pecho para cuando esté delante de mi amo.
Y en esto expiró el minuto, y Lilit se echó al hombro a Tijereta, colándose con él de rondón en el infierno. Por el camino gritaba a voz en cuello el escribano que había festinación en el procedimiento de Lilit, que todo lo fecho y actuado era nulo y contra ley, y amenazaba al diablo alguacil con que si encontraba gente de justicia en el otro barrio le entablaría pleito, y por lo menos lo haría condenar en costas. Lilit ponía orejas de mercader a las voces de don Dimas, y trataba ya, por vía de amonestación, de zabullirlo en un caldero de plomo hirviendo, cuando alborotado el Cocyto y apercibido Satanás del laberinto y causas que lo motivaban, convino en que se pusiese la cosa en tela de juicio. ¡Para ceñirse a la ley y huir de lo que huele a arbitrariedad y despotismo, el demonio!
Afortunadamente para Tijereta no se había introducido por entonces en el infierno el uso de papel sellado, que acá sobre la tierra hace interminable un proceso, y en breve rato vio fallada su causa en primera y segunda instancia. Sin citar las Pandectas ni el Fuero Juzgo, y con sólo la autoridad del Diccionario de la lengua, probó el tunante su buen derecho; y los jueces, que en vida fueron probablemente literatos y académicos, ordenaron que sin pérdida de tiempo se le diese soltura, y que Lilit lo guiase por los vericuetos infernales hasta dejarlo sano y salvo en la puerta de su casa. Cumplióse la sentencia al pie de la letra, en lo que dio Satanás una prueba de que las leyes en el infierno no son, como en el mundo, conculcadas por el que manda y buenas sólo para escritas. Pero destruido el diabólico hechizo, se encontró don Dimas con que Visitación lo había abandonado corriendo a encerrarse en un beaterío, siguiendo la añeja máxima de dar a Dios el hueso después de haber regalado la carne al demonio.
Satanás, por no perderlo todo, se quedó con la almilla; y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla. Por eso cualquier constipadito vergonzante produce en ellos una pulmonía de capa de coro y gorra de cuartel, o una tisis tuberculosa de padre y muy señor mío.
V
Y por más que fui y vine, sin dejar la ida por la venida, no he podido saber a punto fijo si, andando el tiempo, murió don Dimas de buena o de mala muerte. Pero lo que sí es cosa averiguada es que lió los bártulos, pues no era justo que quedase sobre la tierra para semilla de pícaros. Tal es, ¡oh lector carísimo!, mi creencia.
Pero un mi compadre me ha dicho, en puridad de compadres, que muerto Tijereta quiso su alma, que tenía más arrugas y dobleces que abanico de coqueta, beber agua en uno de los calderos de Pero Botero, y el conserje del infierno le gritó: -¡Largo de ahí! No admitimos ya escribanos.
Esto hacía barruntar al susodicho mi compadre que con el alma del cartulario sucedió lo mismo que con la de judas Iscariote; lo cual, pues viene a cuento y la ocasión es calva, he de apuntar aquí someramente y a guisa de conclusión.
Refieren añejas crónicas que el apóstol que vendió a Cristo echó, después de su delito, cuentas consigo mismo, y vio que el mejor modo de saldarlas era arrojar las treinta monedas y hacer zapatetas, convertido en racimo de árbol.
Realizó su suicidio, sin escribir antes, como hogaño se estila, epístola de despedida, donde por más empeños que hizo se negaron a darle posada.
Otro tanto le sucedió en el infierno, y desesperada y tiritando de frío regresó al mundo buscando donde albergase.
Acertó a pasar por casualidad un usurero, de cuyo cuerpo hacía tiempo que había emigrado el alma cansada de soportar picardías, y la de Judas dijo: -aquí que no peco-, y se aposentó en la humanidad del avaro. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.
Y con esto, lector amigo, y con que cada cuatro años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento, deseando que así tengas la salud como yo tuve empeño en darte un rato de solaz y divertimiento.
Ricardo Palma Tradiciones Peruanas
16/03/12: La inmortalidad de César Vallejo Mendoza
* A César Vallejo se le acusa de ateo, sin embargo, presenta a Dios como imperfecto; no lo niega, lo refuta. Para el presidente del Instituto de Estudios Vallejianos, César Alva, su literatura está llena de poemas sentimentales, llenos de tristeza.
Hace 120 años, el poeta nació en Santiago de Chuco (La Libertad), lugar que lo inspiró en un sinnúmero de poemas de vida, de reflexión y de intimidad familiar.
"La grandeza de Vallejo, su genialidad, cuya voraz lectura algo extraña en estos tiempos, prefieren reemplazarla por la denominada literatura light".
César Alva Lescano, escritor
Al cumplirse 120 años del nacimiento de César Vallejo, esta es una reflexión sobre la polémica e incomprendida genialidad del vate nacido en la ciudad de Santiago de Chuco (La Libertad), el 16 de marzo de 1892.
Aunque muchos lo califican de patético, otros de trágico y hasta se atreven a culparlo de los fracasos de los peruanos. Sin embargo, César Vallejo constituye, desde mi visión personal, el poeta con un hondo sentimiento humano, capaz de expresar lo más íntimo de los temores, angustias y preocupaciones de nosotros, simples mortales.
Proveniente de una provincia del ande liberteño, Santiago de Chuco, es el escenario que inspira en el poeta, el amor por la tierra, la naturaleza, la vida apacible y sencilla, que en el seno de una extensa familia forjaron el espíritu sensible de Vallejo, el "Shulca".*
Para muchos es incomprensible la dimensión mundial del pensamiento y la poesía de Vallejo, que para su época significó la ruptura ante todo, una escritura que rompe paradigmas. Tal vez esa sea la razón para que no pueda ser valorado y considerado aburrido, pesimista o traumático como las actuales publicaciones nominadas best seller de carácter mercantilista.
Para el presidente del Instituto de Estudios Vallejianos, César Adolfo Alva Lescano, su literatura está llena de poemas sentimentales, llenos de tristeza, angustia, pero también de íntimas alegrías como lo demuestra en “Trilce”, poemario de protesta basado en la niñez y la juventud del vate santiaguino.
“Tiene un lenguaje difícil y profundo, que hoy en día no se puede entender. Hasta ahora diversos investigadores tratan de interpretar lo profundo de sus versos. En sus libros expresa su amor a la vida y la muerte. “Para explicar mi vida no tengo sino mi muerte”, dijo el propio Vallejo”, manifestó el investigador.
Para Alva, Vallejo estuvo consciente de su grandeza literaria pues decía “Cuando muera de vida y no de tiempo”, tal como sucede ahora con sus libros que son traducidos a todos los idiomas.
Igualmente, a este vate se le acusa de ateo, sin embargo, presenta a Dios como imperfecto; no lo niega, lo refuta. Varios hechos dolorosos en su vida como la muerte de su madre, sus amigos, las guerras, que presenció en España lo llevan a cuestionarse sobre la naturaleza del hombre, la maldad, el sufrimiento, el hambre, las injusticias sociales, las contradicciones del mundo moderno, por ello no pierde vigencia.
Su permanente divorcio con lo convencional lo lleva a rechazar un sinnúmero de homenajes y honores como los cargos diplomáticos o manutenciones ofrecidas por ciertos gobiernos como el ruso; no persigue la posteridad, no es aspirante a la gloria divina, ni humana.
Esa es la grandeza de Vallejo, su genialidad, cuya voraz lectura algo extraña en estos tiempos para muchos, que prefieren reemplazarla por la denominada literatura light, no pueden ocultar la esencia del sentimiento vallejiano.
Durante mis estudios universitarios, nos pidieron la lectura de un libro y por supuesto llevé el poemario de Vallejo ante lo cual mi maestro exclamó “pero ¿porqué lees este libro, si el poeta es lúgubre?” desconociendo mi profunda admiración por Vallejo, no solo como poeta, sino como periodista desde tiempos de la secundaria, cuando quisimos ponerle su nombre a la promoción; sin embargo no se pudo porque ya había tres grupos que lo habían hecho.
Pasear por Trujillo y observar la casa donde vivía en sus épocas de estudiante, pasar por el Centro Viejo donde fue preceptor, caminar por la otrora grama de Mansiche, hoy convertida en óvalo, me acercan aún más a este eterno trovador de las profundidades humanas que cumplió su destino, convertirse en la voz más analizada y criticada de las letras.
Si Vallejo viviera -tendría 120 años- podría comprobar la vigencia de los versos de su poema “Nueve Monstruos”: “Y también de resultas del sufrimiento, estoy triste hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo, de ver al pan, crucificado, al nabo, ensangrentado, llorando, a la cebolla, al cereal, en general, harina, a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo, al vino, un ecce-homo, tan pálida a la nieve, al sol tan ardio!.
"¡Cómo, hermanos humanos, no deciros que ya no puedo y ya no puedo con tanto cajón, tanto minuto, tanta lagartija y tanta inversión, tanto lejos y tánta sed de sed!
Señor Ministro de Salud; ¿qué hacer? !Ah! desgraciadamente, hombres humanos, hay, hermanos, muchísimo que hacer”.
Pero tal vez moriría con más dolor al saber que están pidiendo no leer sus escritos, por ello invoco a todos los amantes de la lectura, padres de familia y docentes de todos los niveles no perder la vista el mensaje y dejar de lado la moda de la literatura fácil que estos días abunda. Vallejo, señores es inmortal y universal. ¡Felices 120 años de vida literaria al santiaguino ilustre!
Dato: Según Adolfo Alva Lescano, Vallejo habría tenido un hijo con una dama limeña llamada Otilia, con quien tuvo amoríos, pero ante la oposición de su familia que la corrió de su casa, ella desapareció hacia 1920, es por eso que no se tiene la certeza del nacimiento del niño. Empero, el recuerdo de esa relación quedó marcado en Trilce.
*Shulca, vocablo quechua que nombra al último de los hijos de un familia.
Por: Lady Villanueva
En http://www.rpp.com.pe/2012-03-16-la-inmortalidad-de-cesar-vallejo-mendoza-noticia_462117.html
Hace 120 años, el poeta nació en Santiago de Chuco (La Libertad), lugar que lo inspiró en un sinnúmero de poemas de vida, de reflexión y de intimidad familiar.
"La grandeza de Vallejo, su genialidad, cuya voraz lectura algo extraña en estos tiempos, prefieren reemplazarla por la denominada literatura light".
César Alva Lescano, escritor
Al cumplirse 120 años del nacimiento de César Vallejo, esta es una reflexión sobre la polémica e incomprendida genialidad del vate nacido en la ciudad de Santiago de Chuco (La Libertad), el 16 de marzo de 1892.
Aunque muchos lo califican de patético, otros de trágico y hasta se atreven a culparlo de los fracasos de los peruanos. Sin embargo, César Vallejo constituye, desde mi visión personal, el poeta con un hondo sentimiento humano, capaz de expresar lo más íntimo de los temores, angustias y preocupaciones de nosotros, simples mortales.
Proveniente de una provincia del ande liberteño, Santiago de Chuco, es el escenario que inspira en el poeta, el amor por la tierra, la naturaleza, la vida apacible y sencilla, que en el seno de una extensa familia forjaron el espíritu sensible de Vallejo, el "Shulca".*
Para muchos es incomprensible la dimensión mundial del pensamiento y la poesía de Vallejo, que para su época significó la ruptura ante todo, una escritura que rompe paradigmas. Tal vez esa sea la razón para que no pueda ser valorado y considerado aburrido, pesimista o traumático como las actuales publicaciones nominadas best seller de carácter mercantilista.
Para el presidente del Instituto de Estudios Vallejianos, César Adolfo Alva Lescano, su literatura está llena de poemas sentimentales, llenos de tristeza, angustia, pero también de íntimas alegrías como lo demuestra en “Trilce”, poemario de protesta basado en la niñez y la juventud del vate santiaguino.
“Tiene un lenguaje difícil y profundo, que hoy en día no se puede entender. Hasta ahora diversos investigadores tratan de interpretar lo profundo de sus versos. En sus libros expresa su amor a la vida y la muerte. “Para explicar mi vida no tengo sino mi muerte”, dijo el propio Vallejo”, manifestó el investigador.
Para Alva, Vallejo estuvo consciente de su grandeza literaria pues decía “Cuando muera de vida y no de tiempo”, tal como sucede ahora con sus libros que son traducidos a todos los idiomas.
Igualmente, a este vate se le acusa de ateo, sin embargo, presenta a Dios como imperfecto; no lo niega, lo refuta. Varios hechos dolorosos en su vida como la muerte de su madre, sus amigos, las guerras, que presenció en España lo llevan a cuestionarse sobre la naturaleza del hombre, la maldad, el sufrimiento, el hambre, las injusticias sociales, las contradicciones del mundo moderno, por ello no pierde vigencia.
Su permanente divorcio con lo convencional lo lleva a rechazar un sinnúmero de homenajes y honores como los cargos diplomáticos o manutenciones ofrecidas por ciertos gobiernos como el ruso; no persigue la posteridad, no es aspirante a la gloria divina, ni humana.
Esa es la grandeza de Vallejo, su genialidad, cuya voraz lectura algo extraña en estos tiempos para muchos, que prefieren reemplazarla por la denominada literatura light, no pueden ocultar la esencia del sentimiento vallejiano.
Durante mis estudios universitarios, nos pidieron la lectura de un libro y por supuesto llevé el poemario de Vallejo ante lo cual mi maestro exclamó “pero ¿porqué lees este libro, si el poeta es lúgubre?” desconociendo mi profunda admiración por Vallejo, no solo como poeta, sino como periodista desde tiempos de la secundaria, cuando quisimos ponerle su nombre a la promoción; sin embargo no se pudo porque ya había tres grupos que lo habían hecho.
Pasear por Trujillo y observar la casa donde vivía en sus épocas de estudiante, pasar por el Centro Viejo donde fue preceptor, caminar por la otrora grama de Mansiche, hoy convertida en óvalo, me acercan aún más a este eterno trovador de las profundidades humanas que cumplió su destino, convertirse en la voz más analizada y criticada de las letras.
Si Vallejo viviera -tendría 120 años- podría comprobar la vigencia de los versos de su poema “Nueve Monstruos”: “Y también de resultas del sufrimiento, estoy triste hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo, de ver al pan, crucificado, al nabo, ensangrentado, llorando, a la cebolla, al cereal, en general, harina, a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo, al vino, un ecce-homo, tan pálida a la nieve, al sol tan ardio!.
"¡Cómo, hermanos humanos, no deciros que ya no puedo y ya no puedo con tanto cajón, tanto minuto, tanta lagartija y tanta inversión, tanto lejos y tánta sed de sed!
Señor Ministro de Salud; ¿qué hacer? !Ah! desgraciadamente, hombres humanos, hay, hermanos, muchísimo que hacer”.
Pero tal vez moriría con más dolor al saber que están pidiendo no leer sus escritos, por ello invoco a todos los amantes de la lectura, padres de familia y docentes de todos los niveles no perder la vista el mensaje y dejar de lado la moda de la literatura fácil que estos días abunda. Vallejo, señores es inmortal y universal. ¡Felices 120 años de vida literaria al santiaguino ilustre!
Dato: Según Adolfo Alva Lescano, Vallejo habría tenido un hijo con una dama limeña llamada Otilia, con quien tuvo amoríos, pero ante la oposición de su familia que la corrió de su casa, ella desapareció hacia 1920, es por eso que no se tiene la certeza del nacimiento del niño. Empero, el recuerdo de esa relación quedó marcado en Trilce.
*Shulca, vocablo quechua que nombra al último de los hijos de un familia.
Por: Lady Villanueva
En http://www.rpp.com.pe/2012-03-16-la-inmortalidad-de-cesar-vallejo-mendoza-noticia_462117.html
Por Francisco Távara Córdova
Jefe de la Oficina de Control de la Magistratura
Vocal Titular de la Corte Suprema de Justicia

Discurso pronunciado en la ceremonia de “Homenaje al poeta César Vallejo”, el día 2 de agosto de 2006, en el salón de Juramentos del Palacio Nacional de Justicia , como parte del ciclo de actos programados por el “Día del Juez”
Quisiera empezar esta breve presentación expresando mi sincero agradecimiento a Ud. Señor Presidente de la Corte Suprema, por darme la oportunidad, de reiterar la importancia y vigencia de César Vallejo, del poeta – como diría Luis Alberto Sánchez – de incuestionable singularidad y expresarle también mi felicitación por esta ceremonia, que es un acto de justicia.
Mi corta alocución, no puede aspirar más, que a ser un pálido prólogo del fecundo programa que se ha preparado para esta noche y que obra en poder del auditorio, a cargo de versados especialistas en la materia. Por ello, mis palabras sólo son el testimonio de un ferviente lector y sincero admirador del poeta homenajeado.
¿Qué estará haciendo? ... ¿Dónde estará mi amada?, se pregunta el vate, en el poema que hemos escuchado... se interroga por aquello que conoce y que sin embargo se haya ausente, su amada se encuentra lejos de él, y él lejos de ella, casi como un exiliado, como quien se ha despedido de todos, y se haya desterrado en la lejanía... lejos de su madre, lejos su pueblo natal, lejos de sus amigos, lejos de su país...Vallejo murió lejos de su patria, pero su obra, vive con nosotros, soberbia y actual, muy actual, presente, y viva, con todos nosotros.... entre nosotros...
Quiero en esta breve alusión, decir algo sobre César Vallejo, de su actualidad, y asimismo de la vigencia del oficio de poeta, del artista, en nuestra sociedad contemporánea. Estas reflexiones no tienen la pretensión de arrojar luces, sobre una materia ya bastante trabajada, y visible, para los doctos en literatura y en poesía, específicamente. Como un admirador de la tarea artística, sólo quiero hacer públicas, de modo apretado, mis apreciaciones.
Soy un apasionado lector de Vallejo, como tantos hombres y mujeres del Perú, y del mundo, que pertenecen a generaciones disímiles, lectores que han encontrado siempre, un sentido nuevo, a la obra de Vallejo, una literatura que se rescribe en el imaginario de cada época, porque Vallejo, como esos singulares espíritus de nuestra especie, escribió desde lo más hondo de lo humano, para lo humano, a un costo, que el afrontó con terror, y también con entereza.
En el año 1922, escribió Vallejo, en una carta remitida a Antenor Orrego, su compañero espiritual, luego de la publicación de una de sus obras capitales, Trilce, que :
“Siento que gana el arco de mi frente
su más imperativa fuerza de heroicidad.
Me doy en la forma más libre que
puedo y ésta es mi mayor cosecha artística
[...] ¡Dios sabe hasta que bordes
espeluznantes me he asomado, colmado
de miedo, temeroso de que todo se
vaya a morir a fondo para mi pobre
ánima viva”
Otro gran poeta escribiría en un intenso
poema:
“....Pues la belleza no es nada sino el
principio de lo terrible, lo que somos
apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos
porque serenamente
desdeña destrozarnos...”
La belleza, la poesía, nos dice Rainer María Rilke, exige del poeta una entrega absoluta, porque creo – y me atrevo a expresarlo – no se puede ser un artista de horas; quien dedique su vida al trabajo literario, no puede anular su sensibilidad mientras no escribe, ésta se haya abierta al mundo, de modo permanente, y cobra un cariz casi dramático, en el momento mismo de la creación poética, que parece - cuando la obra es absolutamente sincera, y viene del hontanar del espíritu – colocar al poeta en las orillas del abismo, en cuyo fondo yace lo más insondable del espíritu, pero también la belleza, de ahí el terror, pero también la atracción, la idea de creación a través de lo que casi es una autodestrucción del poeta, digámoslo en símil. Es mi punto de vista honesto sobre tal extremo.
Una de las expresiones más altas del trabajo literario de César Vallejo, lo constituye su obra Trilce, sin desmerecer su obra “Los Heraldos Negros”, que considero – personalmente – revela una poesía de suma belleza. Es de consenso, dentro de la critica literaria, el señalar que con Trilce, Vallejo logró liberarse de las formas literarias de su época, específicamente del Modernismo (cuyo máximo exponente fue Rubén Darío, seudónimo de Félix Rubén García Sarmiento), para encontrar su propia voz, su individualidad poética. Por ello no falta razón a Ricardo Silva-Santisteban, el señalar que:
“Frente a la aparición de Trilce el estupor fue casi total y solo a la vuelta de los años este libro sería reconocido como una obra excepcional no solo de Vallejo y de la poesía peruana de todos los tiempos, sino también de la poesía contemporánea universal” . Continua luego, el mismo autor: “No se trata, pues, de una simple habilidad verbal, pero hueca; Vallejo hincha y colma sus poemas con una gran carga existencial y con el vigor dinámico de su expresión. En Trilce los poemas parecen surgidos de la nada por tocar el abismo del lenguaje”.
Nos habla el estudioso peruano, que Vallejo se acercó a los abismos del lenguaje, pero creo yo también, que Vallejo, se aproximó a las orillas mismas de la experiencia existencial. Su voz, como venida directamente, y de modo indetenible, de lo más prístino del alma, resulta nueva, parece salir de su tiempo, sin ser ajena a las convulsiones de su época, para insertarse en lo imperecedero, en lo perpetuo. Vallejo forma parte de esos grandes representantes del genero humano, que ha captado no solo el drama existencial de su época, sino también el de la nuestra, y tal vez, el del porvenir. Pertenece a esa pléyade de escritores, de la talla de Baudelaire, Rimbaud, o Kafka, entre otros grandes. El propio Jorge Basadre nos ha dicho, refiriéndose a Vallejo, que:
“Su voz suele dar la impresión del abismo. Coloca a los hombres frente a su propio drama y las nuevas generaciones encuentran allí un desasosiego,
unas contradicciones, un malestar psíquico que son como los de ellos y los del mundo y de la época en que viven. Con Vallejo se inicia en América un nuevo proceso cultural, un proceso de alcance y sentido universales. Y ha surgido para la valoración de su vida y de su obra el empeño no sólo en el campo literario y en el terreno social sino en una tercera dimensión de índole metafísica y mística”.
La poesía de Vallejo es, en apretada fórmula, un himno a la humanidad, cantado con un lenguaje extraño, y que sin embargo, ostenta una musicalidad y contenido que nos recuerda lo primario, un origen que dormita en lo inescrutable.
He allí la grandeza de la obra de Vallejo. Su producción literaria es considerada uno de los pilares de la poesía contemporánea. Basta citar como ejemplo, que en la última edición del suplemento Babelia, del 22 de julio de 2006, perteneciente al diario español “El País”, uno de los más importantes de Europa, se inicia un reportaje sobre la poesía latinoamericana actual, con las siguientes palabras:
“...Los herederos de clásicos de la poesía latinoamericana del siglo XX
como César Vallejo, Pablo Neruda, Octavio Paz o Jorge Luis Borges ya
están aquí...” Y luego, que la prestigiosa casa editora Alianza Editorial, de España, publique hace poco, una nueva impresión de la “Obra Poética Completa” de nuestro vate universal, con prologo del poeta Américo Ferrari.
Estos hechos revelan, que para comprender la poesía de hoy, se ha de
tener como referente la obra de Vallejo. Este gran poeta insertó, no cabe duda, la poesía peruana, dentro de la poesía universal. Su trascendencia e importancia, es patente. Como lo han señalado los numerosos estudios biográficos que se han hecho sobre Vallejo, este fue un hombre con sobradas capacidades intelectuales. Destacó en sus estudios escolares, secundarios, como en los universitarios. ¿Pero por que un hombre, cuyo talento se eleva por encima del carácter e intelecto del promedio (como era ciertamente el de César Vallejo) elige uno de los caminos humanos más difíciles, más arduos, y que menos ventajas materiales le ha de traer, como es el del arte?. Nos preguntamos. Más aún, cuándo la labor literaria exige del poeta una entrega total. Expreso Bertrand Russell, en uno de sus innumerables ensayos, que: “...A pesar de que tienen seguramente tanta capacidad como muchos de los hombres que se elevan a las más encumbradas posiciones, no se hacen árbitros de los acontecimientos de su época ni alcanzan riqueza, ni el aplauso de sus contemporáneos.
Los hombres que tienen capacidad para ganar esos galardones, y que trabajan tanto o bastante más que los que se los llevan, optan por el camino que les hace imposible ganarlos; estos hombres deben ser juzgados considerando su desinterés personal en la finalidad de sus actos...”
Esta escena, la de un hombre, que poseyendo capacidades excepcionales, elige el camino de la poesía, nos transmite la imagen del sacrificio, de la acción desinteresada, ya que como bien advierte Bertrand Russell, y efectivamente fue así, nuestro poeta no alcanzo, en vida, las más “encumbradas posiciones” sociales, no logró riqueza, ni tampoco, el aplauso merecido de la gran mayoría de sus contemporáneos. Por el contrario, conoció la escasez material, el desdén, y también la injusticia (fue una victima del sistema judicial), una situación que hoy, nuestra institución, dirigida dignamente por nuestro Presidente, el Dr. Walter Vejarano, quiere corregir, reivindicando la memoria del poeta con esta significativa ceremonia de homenaje.
Porque como escribiese nuestro distinguido historiador Jorge Basadre:
“En 1920 viajó Vallejo a Santiago de Chuco y fue acusado sin fundamento,
con diecinueve más, de los delitos de daño e incendio de una tienda. Preso,
fue conducido a la Cárcel Central de Trujillo. Hubo gestiones de intelectuales y estudiantes en su favor; en octubre de 1921, a los 113 días de permanencia
en la prisión, obtuvo la libertad condicional. Este episodio ejerció gran influencia en su vida. Entonces escribió varios de los poemas de Trilce.”
Lo dicho por nuestro historiador se confirma plenamente con el siguiente texto, escrito por el poeta:
“El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú”.
Pero en una de sus cartas, aquella que fuera dirigida a su abogado, César Vallejo escribiría que :
“....Me quedo lleno de inquietud puesto que sé que todo es posible en materia judicial...” . Premonitorias palabras.
Una critica como esta, respecto de la falta de predectibilidad judicial, muy a nuestro pesar, no ha perdido todavía actualidad. Forma parte
aún de la problemática judicial, en la que para su solución, se han realizado insistentes reformas, innumerables seminarios y foros, no obstante, tal problema persiste.
Sin duda, este suceso marcó profundamente la vida del poeta. En la poesía de Trilce se puede ver reflejada aquella experiencia de soledad, de injusticia, y de absurdo. Como se sabe, este acontecimiento, junto a otros, desencadenaron la escritura de aquella poesía, tan intimista, como es la de Trilce. El estudioso Silva-Santisteban nos expresa que:
“los sucesos de los años 1918 a 1922 que fueron sentidos con intensidad
y en forma persistente por Vallejo, y motivaron no sólo la escritura de
poemas aislados sino su reunión en un libro de hondo patetismo en
el cual el poeta, delastrado de la ya insuficiente, para él, retórica modernista,
perseguía una forma que, por suerte, su estilo supo encontrar para
concretarse en Trilce”.
No podía, nuestra institución, seguir de espaldas, frente a una acción judicial que ha significado un yerro tan pernicioso, como el cometido contra
el vate. La misión de la judicatura, tiene una honda vocación humana, dado que junto, al Derecho, es un instrumento, al servicio del ser humano.
No puede ser entonces, un medio que agobie al hombre, pues este es su razón de ser. Partiendo de tal basamento, resultaba ineludible, por ser de justicia, que nuestra institución jurisdiccional, reivindique a nuestro escritor, recuerde su trayectoria, su obra, dentro de una ceremonia, que en su más sincero simbolismo, quiere ser un acto que ratifique la absolución del poeta, pues la fuerza de los hechos y de la historia, ya lo han hecho. La verdad de nuestro literato, su inocencia, queda revelada y asentada, en cada página de su obra, y en los innumerables trabajos académicos que han reconocido en César Vallejo, a uno de nuestros más grandes poetas. Él es nuestro vate universal.
Expreso Vallejo que:
“Cualquiera que sea la causa que
tenga que defender ante Dios, más
allá de la muerte, tengo un Defensor:
Dios”
Tales palabras del poeta, como se ha visto, no han caído en el olvido.
Escribió sabiamente César Vallejo que “todo pertenece, en el fondo, al mundo moral” . El espacio moral, el mundo del espíritu. La elección de aquello que exige un denodado sacrificio, sin duda se nos aparece como una elección moral, una acción que define una posición determinada ante el mundo y la sociedad. César Vallejo fue en gran parte coherente con ello, mantuvo su poesía, aquello por lo que Vallejo es un “hombre representativo” - utilizando la formula de Ralph Emerson – alejada de intereses coyunturales. El mismo poeta expresaría que:
“Una cosa es mi conducta política
de artista, aunque, en el fondo, ambas
marchan siempre de acuerdo así
no lo parezca a la simple vista. Como
hombre, puedo simpatizar y trabajar
por la Revolución pero, como artista,
no está en manos de nadie, ni en las
mías propias, el controlar los alcances
políticos que pueden ocultarse
en mis poemas” . Esto es libertad
Para Vallejo, la poesía es libre, no puede nacer para el cumplimiento de fines determinados, ex profeso, no hay un arte ad hoc, este nace espontáneo, como una exclamación que extiende su raíces a lo más intimo del ser humano, y está por tanto, ahíta de honestidad, de sinceridad.
El arte no puede ser fingido sino vivido. En esto, nuestro poeta trató de conservar su integridad, y lo logró, de modo plenario, en su poesía.
Como intelectual, no aprovechó las circunstancias para endilgarse puestos políticos, para –sirviéndose de las tendencias sociales de la nación – arribar a cargos dentro del Estado. Prefirió el camino que no le ofrecía ninguna tranquilidad material, con desinterés, sirvió a las causas sociales y artísticas, que creyó justas, de irremisible compromiso, movido por una profunda sensibilidad por el hombre, sin hacer distingos de patria, ni de condición, su vocación social y de poeta, estuvo dirigida a lo humano, a los valores universales como es de los grandes poetas hacerlo, y César Vallejo, el mundo lo reconoce, lo fue, y sigue siéndolo.
De ahí que Vallejo, dentro de los puntos anotados, puede ser considerado un arquetipo de “hombre virtuoso”, y por tanto, su recuerdo no solo tiene valor para el mundo cultural de nuestra patria, sino también ostenta un valor moral. Como hombre sensible al dolor ajeno, al sufrimiento del prójimo, y también, de una praxis honesta y sincera de sus convicciones, se nos presenta a la judicatura, como un modelo ético, a emular.
El Derecho se realiza con mayor justicia, creo yo, mientras sea aplicado con sensibilidad, con una sensibilidad que todos sabemos se enriquece
de las expresiones artísticas, del arte en su conjunto. Por ello, me siento complacido que esta Corte Suprema tenga entre sus miembros a un magistrado que a su versación jurídica ha unido una especial sensibilidad por el arte, un magistrado que ha identificado su vida no solo con el Derecho, sino también con la música, en lo que significa el arduo quehacer de su composición e interpretación...
me estoy refiriendo al colega y amigo, el Señor Vocal Supremo Robinsón
Gonzáles Campos, quien el pasado año, en este mismo recinto, en un evento que creo es inédito en los anales judiciales, quebró el silencio anquilosado de este espacio e hizo que cobraran vida los sólidos y gélidos
muros y pisos de este marmóreo Palacio de Justicia, aquel día que presento su obra musical, en la que rindió tributo a la música peruana e internacional.
La música es un arte excelso, de ella dijo Kant que constituye una de las cimas del arte. Como lo asevera nuestro Colega, con su ejemplo: los hombres de Derecho no debemos ser ajenos al arte.
Como ha dicho, con suma dureza, otro gran artista, el gran escultor francés Augusto Rodin:
“...Hoy en día la humanidad cree que puede prescindir del arte. Ya no
quiere meditar, contemplar, soñar; quiere gozar físicamente. Las altas y las profundas verdades la dejan indiferente; le basta con contentar sus apetitos corporales. La humanidad presente es bestial...”
En una época como la nuestra, signada por una búsqueda casi febril de lo material, en el que lo humano parece haberse reducido al acto mismo del consumo, en el que la irracionalidad del mercado, de la utilidad, del beneficio
material, aparece como el fantasma vacío que inunda todos los actos humanos, el rescate de los valores primarios de la humanidad, resulta una tarea ineludible. Por ello la tarea artística cobra visos casi de salvación
de lo humano, de emergencia, de manos que acuden a salvaguardar el espíritu del hombre, de aquel reino de los objetos, que lo asfixia.
Por eso estamos aquí, no solo para recordar la trascendencia literaria de
nuestro poeta César Vallejo, su trayectoria vital, su verdad, sino también para destacar el mensaje ético de su existencia, el contenido moral del arte, que nos exhorta, a no sacrificar los grandes valores de lo humano, en nombre de un progreso material que termine por cosificar al hombre. Porque como ha advertido Rodin:
“Hoy la gente sólo se preocupa por el interés material; yo quisiera que esta sociedad práctica de nuestro tiempo se convenciera de que está en su propio interés el honrar a los artistas, tanto por lo menos como lo
está el honrar a los industriales y a los ingenieros”
Otra gran virtud de Vallejo, y que justifica aún más este homenaje, es que fue un gran patriota. Recordemos que cuando al poeta, un amigo suyo, le sugirió nacionalizarse francés, dado que afrontaba serias
dificultades para la obtención de su pasaporte, pues lo había extraviado, el vate respondió, con seguridad:
“En ese caso, prefiero regresar al Perú, aunque apenas llegue me encarcelen. Si algo tengo de ser humano y vuelo de cóndor, es porque nací en la sierra del Perú y aunque no tuviera pasaporte o me lo quitaran,
jamás dejaría de ser peruano”
Sea esta ceremonia, una reivindicación sincera y sentida de nuestro más grande poeta. César Vallejo no ha muerto, nuestro gran poeta vive en el espíritu y en el recuerdo de todos quienes lo admiramos.
Muchas gracias,
En http://ocma.pj.gob.pe/contenido_archivos/boletin/055-056.pdf
pp. 15-20
Jefe de la Oficina de Control de la Magistratura
Vocal Titular de la Corte Suprema de Justicia

Discurso pronunciado en la ceremonia de “Homenaje al poeta César Vallejo”, el día 2 de agosto de 2006, en el salón de Juramentos del Palacio Nacional de Justicia , como parte del ciclo de actos programados por el “Día del Juez”
Quisiera empezar esta breve presentación expresando mi sincero agradecimiento a Ud. Señor Presidente de la Corte Suprema, por darme la oportunidad, de reiterar la importancia y vigencia de César Vallejo, del poeta – como diría Luis Alberto Sánchez – de incuestionable singularidad y expresarle también mi felicitación por esta ceremonia, que es un acto de justicia.
Mi corta alocución, no puede aspirar más, que a ser un pálido prólogo del fecundo programa que se ha preparado para esta noche y que obra en poder del auditorio, a cargo de versados especialistas en la materia. Por ello, mis palabras sólo son el testimonio de un ferviente lector y sincero admirador del poeta homenajeado.
¿Qué estará haciendo? ... ¿Dónde estará mi amada?, se pregunta el vate, en el poema que hemos escuchado... se interroga por aquello que conoce y que sin embargo se haya ausente, su amada se encuentra lejos de él, y él lejos de ella, casi como un exiliado, como quien se ha despedido de todos, y se haya desterrado en la lejanía... lejos de su madre, lejos su pueblo natal, lejos de sus amigos, lejos de su país...Vallejo murió lejos de su patria, pero su obra, vive con nosotros, soberbia y actual, muy actual, presente, y viva, con todos nosotros.... entre nosotros...
Quiero en esta breve alusión, decir algo sobre César Vallejo, de su actualidad, y asimismo de la vigencia del oficio de poeta, del artista, en nuestra sociedad contemporánea. Estas reflexiones no tienen la pretensión de arrojar luces, sobre una materia ya bastante trabajada, y visible, para los doctos en literatura y en poesía, específicamente. Como un admirador de la tarea artística, sólo quiero hacer públicas, de modo apretado, mis apreciaciones.
Soy un apasionado lector de Vallejo, como tantos hombres y mujeres del Perú, y del mundo, que pertenecen a generaciones disímiles, lectores que han encontrado siempre, un sentido nuevo, a la obra de Vallejo, una literatura que se rescribe en el imaginario de cada época, porque Vallejo, como esos singulares espíritus de nuestra especie, escribió desde lo más hondo de lo humano, para lo humano, a un costo, que el afrontó con terror, y también con entereza.
En el año 1922, escribió Vallejo, en una carta remitida a Antenor Orrego, su compañero espiritual, luego de la publicación de una de sus obras capitales, Trilce, que :
“Siento que gana el arco de mi frente
su más imperativa fuerza de heroicidad.
Me doy en la forma más libre que
puedo y ésta es mi mayor cosecha artística
[...] ¡Dios sabe hasta que bordes
espeluznantes me he asomado, colmado
de miedo, temeroso de que todo se
vaya a morir a fondo para mi pobre
ánima viva”
Otro gran poeta escribiría en un intenso
poema:
“....Pues la belleza no es nada sino el
principio de lo terrible, lo que somos
apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos
porque serenamente
desdeña destrozarnos...”
La belleza, la poesía, nos dice Rainer María Rilke, exige del poeta una entrega absoluta, porque creo – y me atrevo a expresarlo – no se puede ser un artista de horas; quien dedique su vida al trabajo literario, no puede anular su sensibilidad mientras no escribe, ésta se haya abierta al mundo, de modo permanente, y cobra un cariz casi dramático, en el momento mismo de la creación poética, que parece - cuando la obra es absolutamente sincera, y viene del hontanar del espíritu – colocar al poeta en las orillas del abismo, en cuyo fondo yace lo más insondable del espíritu, pero también la belleza, de ahí el terror, pero también la atracción, la idea de creación a través de lo que casi es una autodestrucción del poeta, digámoslo en símil. Es mi punto de vista honesto sobre tal extremo.
Una de las expresiones más altas del trabajo literario de César Vallejo, lo constituye su obra Trilce, sin desmerecer su obra “Los Heraldos Negros”, que considero – personalmente – revela una poesía de suma belleza. Es de consenso, dentro de la critica literaria, el señalar que con Trilce, Vallejo logró liberarse de las formas literarias de su época, específicamente del Modernismo (cuyo máximo exponente fue Rubén Darío, seudónimo de Félix Rubén García Sarmiento), para encontrar su propia voz, su individualidad poética. Por ello no falta razón a Ricardo Silva-Santisteban, el señalar que:
“Frente a la aparición de Trilce el estupor fue casi total y solo a la vuelta de los años este libro sería reconocido como una obra excepcional no solo de Vallejo y de la poesía peruana de todos los tiempos, sino también de la poesía contemporánea universal” . Continua luego, el mismo autor: “No se trata, pues, de una simple habilidad verbal, pero hueca; Vallejo hincha y colma sus poemas con una gran carga existencial y con el vigor dinámico de su expresión. En Trilce los poemas parecen surgidos de la nada por tocar el abismo del lenguaje”.
Nos habla el estudioso peruano, que Vallejo se acercó a los abismos del lenguaje, pero creo yo también, que Vallejo, se aproximó a las orillas mismas de la experiencia existencial. Su voz, como venida directamente, y de modo indetenible, de lo más prístino del alma, resulta nueva, parece salir de su tiempo, sin ser ajena a las convulsiones de su época, para insertarse en lo imperecedero, en lo perpetuo. Vallejo forma parte de esos grandes representantes del genero humano, que ha captado no solo el drama existencial de su época, sino también el de la nuestra, y tal vez, el del porvenir. Pertenece a esa pléyade de escritores, de la talla de Baudelaire, Rimbaud, o Kafka, entre otros grandes. El propio Jorge Basadre nos ha dicho, refiriéndose a Vallejo, que:
“Su voz suele dar la impresión del abismo. Coloca a los hombres frente a su propio drama y las nuevas generaciones encuentran allí un desasosiego,
unas contradicciones, un malestar psíquico que son como los de ellos y los del mundo y de la época en que viven. Con Vallejo se inicia en América un nuevo proceso cultural, un proceso de alcance y sentido universales. Y ha surgido para la valoración de su vida y de su obra el empeño no sólo en el campo literario y en el terreno social sino en una tercera dimensión de índole metafísica y mística”.
La poesía de Vallejo es, en apretada fórmula, un himno a la humanidad, cantado con un lenguaje extraño, y que sin embargo, ostenta una musicalidad y contenido que nos recuerda lo primario, un origen que dormita en lo inescrutable.
He allí la grandeza de la obra de Vallejo. Su producción literaria es considerada uno de los pilares de la poesía contemporánea. Basta citar como ejemplo, que en la última edición del suplemento Babelia, del 22 de julio de 2006, perteneciente al diario español “El País”, uno de los más importantes de Europa, se inicia un reportaje sobre la poesía latinoamericana actual, con las siguientes palabras:
“...Los herederos de clásicos de la poesía latinoamericana del siglo XX
como César Vallejo, Pablo Neruda, Octavio Paz o Jorge Luis Borges ya
están aquí...” Y luego, que la prestigiosa casa editora Alianza Editorial, de España, publique hace poco, una nueva impresión de la “Obra Poética Completa” de nuestro vate universal, con prologo del poeta Américo Ferrari.
Estos hechos revelan, que para comprender la poesía de hoy, se ha de
tener como referente la obra de Vallejo. Este gran poeta insertó, no cabe duda, la poesía peruana, dentro de la poesía universal. Su trascendencia e importancia, es patente. Como lo han señalado los numerosos estudios biográficos que se han hecho sobre Vallejo, este fue un hombre con sobradas capacidades intelectuales. Destacó en sus estudios escolares, secundarios, como en los universitarios. ¿Pero por que un hombre, cuyo talento se eleva por encima del carácter e intelecto del promedio (como era ciertamente el de César Vallejo) elige uno de los caminos humanos más difíciles, más arduos, y que menos ventajas materiales le ha de traer, como es el del arte?. Nos preguntamos. Más aún, cuándo la labor literaria exige del poeta una entrega total. Expreso Bertrand Russell, en uno de sus innumerables ensayos, que: “...A pesar de que tienen seguramente tanta capacidad como muchos de los hombres que se elevan a las más encumbradas posiciones, no se hacen árbitros de los acontecimientos de su época ni alcanzan riqueza, ni el aplauso de sus contemporáneos.
Los hombres que tienen capacidad para ganar esos galardones, y que trabajan tanto o bastante más que los que se los llevan, optan por el camino que les hace imposible ganarlos; estos hombres deben ser juzgados considerando su desinterés personal en la finalidad de sus actos...”
Esta escena, la de un hombre, que poseyendo capacidades excepcionales, elige el camino de la poesía, nos transmite la imagen del sacrificio, de la acción desinteresada, ya que como bien advierte Bertrand Russell, y efectivamente fue así, nuestro poeta no alcanzo, en vida, las más “encumbradas posiciones” sociales, no logró riqueza, ni tampoco, el aplauso merecido de la gran mayoría de sus contemporáneos. Por el contrario, conoció la escasez material, el desdén, y también la injusticia (fue una victima del sistema judicial), una situación que hoy, nuestra institución, dirigida dignamente por nuestro Presidente, el Dr. Walter Vejarano, quiere corregir, reivindicando la memoria del poeta con esta significativa ceremonia de homenaje.
Porque como escribiese nuestro distinguido historiador Jorge Basadre:
“En 1920 viajó Vallejo a Santiago de Chuco y fue acusado sin fundamento,
con diecinueve más, de los delitos de daño e incendio de una tienda. Preso,
fue conducido a la Cárcel Central de Trujillo. Hubo gestiones de intelectuales y estudiantes en su favor; en octubre de 1921, a los 113 días de permanencia
en la prisión, obtuvo la libertad condicional. Este episodio ejerció gran influencia en su vida. Entonces escribió varios de los poemas de Trilce.”
Lo dicho por nuestro historiador se confirma plenamente con el siguiente texto, escrito por el poeta:
“El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú”.
Pero en una de sus cartas, aquella que fuera dirigida a su abogado, César Vallejo escribiría que :
“....Me quedo lleno de inquietud puesto que sé que todo es posible en materia judicial...” . Premonitorias palabras.
Una critica como esta, respecto de la falta de predectibilidad judicial, muy a nuestro pesar, no ha perdido todavía actualidad. Forma parte
aún de la problemática judicial, en la que para su solución, se han realizado insistentes reformas, innumerables seminarios y foros, no obstante, tal problema persiste.
Sin duda, este suceso marcó profundamente la vida del poeta. En la poesía de Trilce se puede ver reflejada aquella experiencia de soledad, de injusticia, y de absurdo. Como se sabe, este acontecimiento, junto a otros, desencadenaron la escritura de aquella poesía, tan intimista, como es la de Trilce. El estudioso Silva-Santisteban nos expresa que:
“los sucesos de los años 1918 a 1922 que fueron sentidos con intensidad
y en forma persistente por Vallejo, y motivaron no sólo la escritura de
poemas aislados sino su reunión en un libro de hondo patetismo en
el cual el poeta, delastrado de la ya insuficiente, para él, retórica modernista,
perseguía una forma que, por suerte, su estilo supo encontrar para
concretarse en Trilce”.
No podía, nuestra institución, seguir de espaldas, frente a una acción judicial que ha significado un yerro tan pernicioso, como el cometido contra
el vate. La misión de la judicatura, tiene una honda vocación humana, dado que junto, al Derecho, es un instrumento, al servicio del ser humano.
No puede ser entonces, un medio que agobie al hombre, pues este es su razón de ser. Partiendo de tal basamento, resultaba ineludible, por ser de justicia, que nuestra institución jurisdiccional, reivindique a nuestro escritor, recuerde su trayectoria, su obra, dentro de una ceremonia, que en su más sincero simbolismo, quiere ser un acto que ratifique la absolución del poeta, pues la fuerza de los hechos y de la historia, ya lo han hecho. La verdad de nuestro literato, su inocencia, queda revelada y asentada, en cada página de su obra, y en los innumerables trabajos académicos que han reconocido en César Vallejo, a uno de nuestros más grandes poetas. Él es nuestro vate universal.
Expreso Vallejo que:
“Cualquiera que sea la causa que
tenga que defender ante Dios, más
allá de la muerte, tengo un Defensor:
Dios”
Tales palabras del poeta, como se ha visto, no han caído en el olvido.
Escribió sabiamente César Vallejo que “todo pertenece, en el fondo, al mundo moral” . El espacio moral, el mundo del espíritu. La elección de aquello que exige un denodado sacrificio, sin duda se nos aparece como una elección moral, una acción que define una posición determinada ante el mundo y la sociedad. César Vallejo fue en gran parte coherente con ello, mantuvo su poesía, aquello por lo que Vallejo es un “hombre representativo” - utilizando la formula de Ralph Emerson – alejada de intereses coyunturales. El mismo poeta expresaría que:
“Una cosa es mi conducta política
de artista, aunque, en el fondo, ambas
marchan siempre de acuerdo así
no lo parezca a la simple vista. Como
hombre, puedo simpatizar y trabajar
por la Revolución pero, como artista,
no está en manos de nadie, ni en las
mías propias, el controlar los alcances
políticos que pueden ocultarse
en mis poemas” . Esto es libertad
Para Vallejo, la poesía es libre, no puede nacer para el cumplimiento de fines determinados, ex profeso, no hay un arte ad hoc, este nace espontáneo, como una exclamación que extiende su raíces a lo más intimo del ser humano, y está por tanto, ahíta de honestidad, de sinceridad.
El arte no puede ser fingido sino vivido. En esto, nuestro poeta trató de conservar su integridad, y lo logró, de modo plenario, en su poesía.
Como intelectual, no aprovechó las circunstancias para endilgarse puestos políticos, para –sirviéndose de las tendencias sociales de la nación – arribar a cargos dentro del Estado. Prefirió el camino que no le ofrecía ninguna tranquilidad material, con desinterés, sirvió a las causas sociales y artísticas, que creyó justas, de irremisible compromiso, movido por una profunda sensibilidad por el hombre, sin hacer distingos de patria, ni de condición, su vocación social y de poeta, estuvo dirigida a lo humano, a los valores universales como es de los grandes poetas hacerlo, y César Vallejo, el mundo lo reconoce, lo fue, y sigue siéndolo.
De ahí que Vallejo, dentro de los puntos anotados, puede ser considerado un arquetipo de “hombre virtuoso”, y por tanto, su recuerdo no solo tiene valor para el mundo cultural de nuestra patria, sino también ostenta un valor moral. Como hombre sensible al dolor ajeno, al sufrimiento del prójimo, y también, de una praxis honesta y sincera de sus convicciones, se nos presenta a la judicatura, como un modelo ético, a emular.
El Derecho se realiza con mayor justicia, creo yo, mientras sea aplicado con sensibilidad, con una sensibilidad que todos sabemos se enriquece
de las expresiones artísticas, del arte en su conjunto. Por ello, me siento complacido que esta Corte Suprema tenga entre sus miembros a un magistrado que a su versación jurídica ha unido una especial sensibilidad por el arte, un magistrado que ha identificado su vida no solo con el Derecho, sino también con la música, en lo que significa el arduo quehacer de su composición e interpretación...
me estoy refiriendo al colega y amigo, el Señor Vocal Supremo Robinsón
Gonzáles Campos, quien el pasado año, en este mismo recinto, en un evento que creo es inédito en los anales judiciales, quebró el silencio anquilosado de este espacio e hizo que cobraran vida los sólidos y gélidos
muros y pisos de este marmóreo Palacio de Justicia, aquel día que presento su obra musical, en la que rindió tributo a la música peruana e internacional.
La música es un arte excelso, de ella dijo Kant que constituye una de las cimas del arte. Como lo asevera nuestro Colega, con su ejemplo: los hombres de Derecho no debemos ser ajenos al arte.
Como ha dicho, con suma dureza, otro gran artista, el gran escultor francés Augusto Rodin:
“...Hoy en día la humanidad cree que puede prescindir del arte. Ya no
quiere meditar, contemplar, soñar; quiere gozar físicamente. Las altas y las profundas verdades la dejan indiferente; le basta con contentar sus apetitos corporales. La humanidad presente es bestial...”
En una época como la nuestra, signada por una búsqueda casi febril de lo material, en el que lo humano parece haberse reducido al acto mismo del consumo, en el que la irracionalidad del mercado, de la utilidad, del beneficio
material, aparece como el fantasma vacío que inunda todos los actos humanos, el rescate de los valores primarios de la humanidad, resulta una tarea ineludible. Por ello la tarea artística cobra visos casi de salvación
de lo humano, de emergencia, de manos que acuden a salvaguardar el espíritu del hombre, de aquel reino de los objetos, que lo asfixia.
Por eso estamos aquí, no solo para recordar la trascendencia literaria de
nuestro poeta César Vallejo, su trayectoria vital, su verdad, sino también para destacar el mensaje ético de su existencia, el contenido moral del arte, que nos exhorta, a no sacrificar los grandes valores de lo humano, en nombre de un progreso material que termine por cosificar al hombre. Porque como ha advertido Rodin:
“Hoy la gente sólo se preocupa por el interés material; yo quisiera que esta sociedad práctica de nuestro tiempo se convenciera de que está en su propio interés el honrar a los artistas, tanto por lo menos como lo
está el honrar a los industriales y a los ingenieros”
Otra gran virtud de Vallejo, y que justifica aún más este homenaje, es que fue un gran patriota. Recordemos que cuando al poeta, un amigo suyo, le sugirió nacionalizarse francés, dado que afrontaba serias
dificultades para la obtención de su pasaporte, pues lo había extraviado, el vate respondió, con seguridad:
“En ese caso, prefiero regresar al Perú, aunque apenas llegue me encarcelen. Si algo tengo de ser humano y vuelo de cóndor, es porque nací en la sierra del Perú y aunque no tuviera pasaporte o me lo quitaran,
jamás dejaría de ser peruano”
Sea esta ceremonia, una reivindicación sincera y sentida de nuestro más grande poeta. César Vallejo no ha muerto, nuestro gran poeta vive en el espíritu y en el recuerdo de todos quienes lo admiramos.
Muchas gracias,
En http://ocma.pj.gob.pe/contenido_archivos/boletin/055-056.pdf
pp. 15-20
22/02/12: Pantaleón y las visitadoras
A propósito de los jueces y periodistas

Jaime David Abanto Torres*
A quienes apuestan por un periodismo veraz y objetivo
y por un servicio de justicia incorruptible.
“- Encantado, mucho gusto, choque esos cinco – hace una reverencia japonesa, cruza el puesto de mando como un emperador, chupa su puro y sopla humo el Sinchi-. A sus órdenes, para todo lo que se le ofrezca.
-Buenos días – olfatea la atmósfera, se desconcierta, tiene un acceso de tos Pantaleón Pantoja-. Tome asiento. ¿En qué puedo servirle?
- Ese portento de mujer que me encontré en la puerta me dio mareos- señala la escalera, silba, se entusiasma, fuma el Sinchi-. Caramba, me habían dicho que Pantilandia era el paraíso de las mujeres y veo que es cierto. Qué lindas flores crecen en su jardín, señor Pantoja.
- Tengo mucho trabajo y no puedo malgastar mi tiempo, así que apúrese – respinga, coge un cartapacio y trata de disipar la nube que lo envuelve Pantaleón Pantoja-. En cuanto a – eso de Pantilandia, le prevengo que no me hace gracia. No tengo sentido del humor.
- El nombre no lo inventé yo, sino la fantasía popular – abre los brazos y discursea como ante una rugiente multitud el Sinchi-, la imaginación loretana, siempre tan buida y sápida, tan ingeniosa. No lo tome a mal, señor Pantoja, hay que ser sensitivo para con las creaciones populares.
[...]
- ¿Usted no dirige un programa en Radio Amazonas? – tose, se ahoga, se seca los ojos llorosos Pantaleón Pantoja-. ¿A las seis de la tarde?
- Yo mismo, aquí tiene la famosísima Voz del Sinchi en persona –engola la voz, empuña un micro invisible, declama el Sinchi-. Terror de autoridades corrompidas, azote de jueces venales, remolino de la injusticia, voz que recoge y prodiga por las ondas las palpitaciones populares.
- Sí, en alguna ocasión he oído su programa ¿bastante popular, no? - se pone de pie, va en busca de aire puro, respira con fuerza Pantaleón Pantoja-. Muy honrado con su visita. Qué se le ofrece.
- Soy un hombre de mi tiempo, desprejuiciado, progresista, así que vengo a echarle una mano – se levanta, lo persigue, lo arrebosa de humo, le tiende unos dedos fláccidos el Sinchi-. Además, me cae usted simpático, señor Pantoja, y sé que podemos ser buenos amigos. Yo creo en las amistades a primera vista, mi olfato no me falla. Quiero servirlo.
- Muy agradecido – se deja sacudir, palmear los hombros, se resigna a volver al escritorio, a seguir tosiendo Pantaleón Pantoja-. Pero, la verdad, no necesito sus servicios. Al menos por el momento.
- Eso es lo que se cree, hombre cándido e inocente- abarca todo el espacio como un ademán, se escandaliza medio en serio medio en broma el Sinchi-. En este enclave erótico vive lejos del mundanal ruido y, por lo visto, no se entera de las cosas. No sabe lo que se anda diciendo por las calles, los peligros que lo rodean.
- Dispongo de muy poco tiempo, señor- mira la hora, se impacienta Pantaleón Pantoja-. O me indica de una vez lo que quiere o me hace el favor de irse.
[...]
- Estoy sometido a presiones irresistibles – aplasta el puro en el cenicero, lo despedaza, se aflige el Sinchi-. Amas de casa, padres de familia, colegios, instituciones culturales, iglesias de todo color y pelo, hasta brujas y ayahuasqueros. Soy humano, mi resistencia tiene un límite.
- Qué chanfaina es ésa, de qué me habla – sonríe viendo desvanecerse la última nubecilla de humo Pantaleón Pantoja-. No entiendo palabra, sea más explícito y vaya al grano de una vez.
- La ciudad quiere que hunda a Pantilandia en la ignominia y que lo mande a usted a la quiebra – sintetiza risueñamente el Sinchi-. ¿No sabía que Iquitos es una ciudad de corazón corrompido pero de fachada puritana? El Servicio de Visitadoras es un escándalo que sólo un tipo progresista y moderno como yo puede aceptar. El resto de la ciudad está espantado con esta vaina y hablando en cristiano, quiere que lo hunda.
- ¿Qué me hunda? – se pone muy serio Pantaleón Pantoja-. ¿A mí? ¿Qué hunda al Servicio de Visitadoras?
- No existe nada lo bastante sólido en toda la Amazonía que La Voz del Sinchi no pueda echar abajo- da un tincanazo en el vacío, resopla, se envanece el Sinchi-. Modestia aparte, si yo le pongo la puntería, el Servicio de Visitadoras no dura una semana y usted tendrá que salir pitando de Iquitos. Es la triste realidad, amigo.
- O sea que ha venido a amenazarme – se endereza Pantaleón Pantoja.
- Nada de eso, al contrario – da estocadas a fantasmas, se ciñe el corazón como un tenor, cuenta billetes que no existen el Sinchi-. Hasta ahora he resistido las presiones por espíritu combativo y por una cuestión de principios. Pero, en adelante, puesto que yo también tengo que vivir y el aire no alimenta, lo haré por una compensación mínima. ¿No le parece justo?
- O sea que ha venido a chantajearme – se pone de pie, se demacra, vuelca la papelera, corre hacia la escalerilla Pantaleón Pantoja.
- A ayudarlo, hombre, pregunte y verá la fuerza ciclónica de mi emisión – saca músculos, se levanta, se pasea, gesticula el Sinchi -. Tumba jueces, subprefectos, matrimonios, lo que ataca se desintegra. Por unos cuantos miserables soles estoy dispuesto a defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a su cerebro creador. A dar la gran batalla por usted, señor Pantoja.
[...]
- ¡Sinforoso! ¡Palomino! – da palmadas, grita Pantaleón Pantoja-. ¡Sanitario!
- Qué le pasa, nada de ponerse nervioso, cálmese- queda quieto, suaviza la voz, mira a su alrededor alarmado el Sinchi-. No necesita responderme de inmediato. Haga sus consultas, averigüe quién soy yo y discutimos la próxima semana.
- Sáquenme a éste zamarro de aquí y zambúllanlo en el río- ordena a los hombres que aparecen corriendo en la boca de la escalera Pantaleón Pantoja-. Y no le vuelvan a permitir la entrada al centro logístico.
- Oiga, no se suicide, no sea inconsciente, yo soy un superhombre en Iquitos – manotea, empuja, se defiende, se resbala, se aleja, desaparece, se empapa el Sinchi-. Suéltenme, qué significa esto, oiga, se va a arrepentir, señor Pantoja, yo venía a ayudarlo. ¡Yo soy su amigooo!
- Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras, - curiosea una revista abandonada en una mesa del “Luchos’s Bar” el teniente Bacacorzo-. Ojalá que ese remojón en Itaya no le traiga problemas, mi capitán.
- Prefiero los problemas antes que ceder a un sucio chantaje- [...][1]
***
Breves arpegios.
Hoy, con la misma firmeza y a costa de los riesgos que haya que correr, el Sinchi pregunta: ¿hasta cuándo vamos a seguir tolerando en nuestra querida ciudad, distinguidos radioescuchas, el bochornoso espectáculo que es la existencia del mal llamado Servicio de Visitadoras, conocido más plebeyamente con el mote de Pantilandia, en irrisorio homenaje a su progenitor? El Sinchi pregunta: ¿Hasta cuándo, padres y madres de familia de la civilizada Loreto, vamos a seguir sufriendo angustias para impedir que nuestros hijos corran, inocentes, inexpertos, ignorantes del peligro, a contemplar como si fuera una kermesse o un circo, el tráfico de hetairas, de mujerzuelas desvergonzadas, de PROSTITUTAS para no hablar con eufemismos, que impúdicamente llegan y parten de ese antro erigido en las puertas de nuestra ciudad por ese individuo sin ley y sin principios que responde al nombre y apellido de Pantaleón Pantoja? El Sinchi pregunta: ¿qué poderosos y turbios intereses amparan a este sujeto para que, durante dos largos años, haya podido dirigir en total impunidad un negocio tan ilícito como próspero, tan denigrante como millonario, en las barbas de toda la ciudadanía sana? No nos atemorizan las amenazas, nadie puede sobornarnos, nada atajará nuestra cruzada por el progreso, la moralidad, la cultura y el patriotismo peruanista de la Amazonía. Ha llegado el momento de enfrentarse al monstruo y, de un solo tajo. No queremos semejante forúnculo en Iquitos, a todos se nos cae la cara de vergüenza y vivimos en una constante zozobra y pesadilla con la existencia de ese complejo industrial de meretrices que preside, como moderno sultán babilónico, el tristemente célebre señor Pantoja quien no vacila, por su afán de riqueza y explotación, en ofender y agraviar lo más sano que existe, como son la familia, la religión y los cuarteles de los defensores de nuestra integridad territorial y de la soberanía de la Patria. [...][2]
Las últimas palabras de esta desgraciada mujer cuyo testimonio acabamos de llevar a vuestros oídos, queridos radioescuchas – me refiero a la exvisitadora Maclovia. Han puesto dramáticamente el dedo en la llaga de un asunto trágico y doloroso que retrata, mejor que una fotografía o una película en tecnicolor, la idiosincrasia del personaje que luce en su prontuario la gris hazaña de haber creado en Iquitos la más insospechada y multitudinaria casa de perdición del país y, tal vez, de Sudamérica. Porque, en efecto, es cierto y fehaciente que el señor Pantaleón Pantoja tiene una familia, o mejor dicho tenía, y que ha venido llevando una doble vida, hundido por una parte en la ciénaga pestilencial del negocio del sexo, y por otra parte, aparentando una vida hogareña digna y respetable, al amparo de la ignorancia en que tenía a sus seres queridos, su esposa y su menor hijita, de sus verdaderas y pingues actividades. Pero un día se hizo la luz de la verdad en el infeliz hogar y a la ignorancia de su esposa engañada en lo más sagrado de su honor, tomó esta honesta dama la determinación de abandonar el hogar mancillado por el escándalo. En el aeropuerto “teniente Bergeri”, de Iquitos, para dar testimonio de su dolor y para acompañarla hasta la escalerilla de la moderna aeronave Faucett que habría de alejarla por los aires de nuestra querida ciudad, ¡ESTABA EL SINCHI!: [...]”[3]
“Breves arpegios. Avisos comerciales en disco y cinta: 30 segundos. Breves arpegios
Y en vista de que el reloj Movado de nuestros estudios señala que son ya las 18 horas treinta minutos exactas de la tarde, debemos cerrar nuestro programa, con este impresionante documento radiofónico que patentiza cómo, en su negra odisea, el señor de Pantilandia no ha vacilado en llevar dolor y quebranto a su propia familia, igual que lo viene haciendo con esta tierra cuyo único delito ha sido recibirlo y darle hospitalidad, Muy buenas tardes, queridos oyentes, Han escuchado ustedes
Compases del vals “La Contamainina”; suben, bajan y quedan como fondo sonoro.
¡LA VOZ DEL SINCHI! ...”[4]
***
- Solo los impotentes, los eunucos y los asexuados pueden pretender que – sube y baja entre arpegios, declama, se encabrita La Voz del Sinchi- los esforzados defensores de la Patria, que se sacrifican sirviendo allá, en las intrincadas fronteras, vivan en castidad viuda.
[...]
- Por la maldita emisión del Sinchi de ayer – no responde a su saludo, no lo invita a sentarse, coloca una cinta y enciende la grabadora el general Scavino-. El zamarro no hizo más que hablar de usted, le dedicó los treinta minutos del programa. ¿Le parece poca cosa, Pantoja?
- ¿Deben nuestros valientes soldados recurrir al debilitante onanismo? –duda, danza con los compases del vals “La Contamainina”, espera una respuesta, interroga de nuevo La Voz del Sinchi-. ¿Regresar a la autogratificación infantil?
- ¿La Voz del Sinchi? – oye crujir, tartamudear, estropearse a la grabadora, ve al general Scavino sacudirla, golpearla, probar todos los botones el capitán Pantoja-. ¿Está seguro mi general? ¿Me atacó de nuevo?
- Lo defendió, lo defendió de nuevo- descubre que el enchufe se ha soltado, murmura que estúpido, se agacha, conecta el aparato otra vez el general Scavino-. Y es mil veces peor que si lo atacara. ¿No comprende? Esto deja en ridículo y enloda al Ejército al mismo tiempo.
[...]
- El Supremo Gobierno debería condecorar con la Orden del Sol al señor Pantaleón Pantoja – estalla, rutila entre Lux el Jabón que Perfuma, Coca- Cola la Pausa que Refresca y Sonrisas Kolynosistas, dramatiza y exige La Voz del Sinchi-. Por la encomiástica labor que realiza en procura de la satisfacción de las necesidades íntimas de los centinelas del Perú.
- Lo oyó mi esposa y mis hijas tuvieron que darle sales – apaga la grabadora, recorre la habitación con las manos a la espalda el general Scavino-. Nos está convirtiendo en el hazmerreír de todo Iquitos con sus peroratas. ¿No le ordené tomar medidas para que La Voz del Sinchi no se ocupara más del Servicio de Visitadoras?
- La única manera de taparle la boca a ese sujeto es dándole un balazo o plata – escucha la radio, ve a las visitadoras preparando los maletines para embarcar, a Chuchupe montando a Dalila Pantaleón Pantoja-. Cargármelo me traería muchos líos, no queda más remedio que calentarle la mano con unos cuantos soles. Anda díselo Chupito. Que se presente aquí en el término de la distancia.
- ¿Quiere decir que destina parte del presupuesto del Servicio de Visitadoras a sobornar periodistas? – lo examina de pies a cabeza, ancha las aletas de la nariz, arruga la frente, muestra los incisivos el general Scavino-. Muy interesante, capitán.
[...]
- Del presupuesto no, eso es sagrado- distingue un ratoncito cruzando veloz el alféizar de la ventana a pocos centímetros de la cabeza del general Scavino el capitán Pantoja-. Usted tiene copia de la contabilidad para comprobarlo. De mi propio sueldo, He tenido que sacrificar el 5% mensual de mis haberes para callar a ese chantajista. No entiendo por qué ha hecho esto.
- Por escrúpulos profesionales, por indignación moral, por solidaridad humana, amigo Pantoja – entra al centro logístico dando un portazo, sube la escalerilla del puesto de mando como un ventarrón, intenta abrazar al señor Pantoja, se quita el saco, se sienta en el escritorio, ríe, truena, arenga el Sinchi-. Porque no puedo soportar que haya gente aquí, en esta ciudad donde mi santa madre me botó al mundo, que menosprecie su labor y que todo el día eche sapos y culebras contra usted.
- Nuestro compromiso era clarísimo y usted lo ha violado- estrella una regla contra un panel, tiene los labios llenos de saliva y los ojos incendiados, rechina los dientes Pantaleón Pantoja-. ¿Para qué carajo los quinientos soles mensuales? Para que se olvide de que el Servicio de Visitadoras existe.
- Es que yo también soy humano, señor Pantoja, y sé asumir mis responsabilidades – asiente, lo calma, gesticula, oye roncar la hélice, ve a Dalila correr por el río levantando dos paredes de agua, la ve levarse, perderse en el cielo el Sinchi-. Tengo sentimientos, impulsos, emociones. Donde voy, oigo pestes contra usted y me caliento. No puedo permitir que calumnien a alguien tan caballero. Sobre todo, siendo amigos.
- Voy a hacerle una advertencia muy seria, so grandísimo pendejo- lo coge de la camisa, lo zamaquea de atrás adelante, de adelante atrás, lo ve asustarse, enrojecer, temblar, lo suelta Pantaleón Pantoja-. Ya sabe lo que ocurrió la vez pasada, cuando sus ataques al Servicio. Tuve que contener a las visitadoras, querían sacarle los ojos y clavarlo en la Plaza de Armas.
- Lo sé de sobra amigo Pantoja – se arregla la camisa, trata de sonreír, recupera el aplomo, se aprieta el cuello el Sinchi… ¿Cree que no me enteré que habían pegado mi foto en la puerta de Pantilandia y que la escupían al entrar y salir?
[...]
- Pero ahora ellas están felices con los piropos que les echo en mi emisión, señor Pantoja – se pone el saco, va hasta la baranda, hace adiós al Chino Porfirio, vuelve al escritorio, soba el hombro del señor Pantoja, cruza los dedos y jura el Sinchi-. Cuando me ven en la calle, me mandan besitos volados. Vamos, amigo Pan-Pan, no lo tome a trágico, yo quería servirlo. Pero, si prefiere, La Voz del Sinchi no lo mentará nunca más.
- Porque la primera vez que me nombre, o hable del Servicio, le echaré encima a las cincuenta visitadoras y le advierto que todas tienen uñas largas – abre un cajón del escritorio, saca un revólver, lo carga y descarga, hace girar el tambor, encañona el pizarrón, el teléfono, las vigas Pantaleón Pantoja-. Y si ellas no acaban con usted, lo remato yo, de un tiro en la cabeza. ¿Comprendido?
- A la perfección, amigo Pantoja, ni una palabra más- multiplica las venias, las sonrisas, los adioses, baja la escalerilla de espaldas, echa a correr, desaparece en la trocha a Iquitos el Sinchi-. Clarísimo como el sol. ¿Quién es el señor Pan-Pan? ¿No se le conoce, no existe, no se oyó nunca. ¿Y el Servicio de Visitadoras? Qué es eso, cómso e come eso. ¿Correcto? Vaya, nos entendemos. Los quinientos solifacios de este mes ¿cómo siempre, con Chupito? ...[5]
* * *
Hemos escogido algunos fragmentos de la obra Pantaleón y las Visitadoras del laureado escritor nacional Mario Vargas Llosa, por la manera en que describen el poder que tienen los medios de comunicación y lo que puede suceder cuando algunos malos profesionales de las ciencias de la comunicación o periodistas aficionados, abusan del enorme poder que tienen. No en vano existe un programa de televisión de señal abierta denominado Cuarto Poder.
El ciudadano de a pie y el funcionario o servidor público se encuentran en total estado de indefensión frente a un ataque a su honor o a su intimidad personal y familiar. Ninguna condena por delitos de injuria, calumnia o difamación, o al pago de indemnización o reparación civil podrán resarcir el daño causado. Ni siquiera una rectificación oportuna.
La novela trata la historia de Pantaleón Pantoja, un capitán del ejército peruano que por órdenes superiores, organiza un servicio de prostitución clandestina para los soldados que prestan servicios en la Amazonía. Pantaleón Pantoja es un típico cultor de la obediencia debida. “Las órdenes se cumplen, no se piensan” es su lema.
Vemos en escena al Sinchi, periodista radial, autodenominado “Terror de autoridades corrompidas”. Así como Atila, rey de los Hunos, era llamado “El azote de Dios” él se considera a sí mismo como el “azote de jueces venales, remolino de la injusticia”. El Sinchi refiere ser víctima de presiones de la sociedad loretana movida por el escándalo, quiere que hunda a Pantaleón Pantoja y a su Servicio de Visitadoras. El Sinchi, como hombre sin prejuicios ofrece su ayuda a Pantaleón, a cambio del pago de una suma de dinero, “puesto que también tiene que vivir y el aire no alimenta”.
Pantaleón se indigna inmediatamente ante el chantaje[6] y el Sinchi insiste en querer ayudarlo remarcando que “Tumba jueces, subprefectos, matrimonios” y cual rayo láser, “lo que ataca se desintegra”. E insiste en su oferta en defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a Pantaleón “por unos cuantos miserables soles”.
Con qué descaro algunos malos periodistas dañan la honra de las personas porque no se les compra el silencio pagando “unos cuantos miserables soles”. O también cuando alguna parte interesada se los paga.
El Sinchi incluso lanza una amenaza al matrimonio de Pantaleón, pues era indudable que su esposa no entendería el trabajo de su esposo, un capitán del ejército que, por órdenes superiores, se dedicaba a la misión secreta de administrar un contingente de damas dedicadas a la llamada profesión más antigua del mundo, es decir a una especie de proxenetismo[7] clandestino e itinerante por la selva amazónica.
Luego que el enfurecido Pantaleón ordena a sus ayudantes que arrojen al río al periodista radial, uno de ellos, el teniente Bacacorzo le advierte del peligro “- Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras” y “Ojalá que ese remojón en Itaya no le traiga problemas, mi capitán”. Pantaleón responde que prefiere los problemas antes que ceder ante el extorsionador. Más tarde, por orden superior, tendría tragarse sus palabras y hacer lo contrario.
Una vez rechazada su oferta o chantaje, para decirlo sin medias tintas, el Sinchi inicia su ataque radial, apelando a la doble moral de la sociedad loretana, lanzando una filípica contra el Servicio de Visitadoras, Pantilandia, y haciendo un relato del novedoso escándalo -iniciado hace dos años atrás-, preguntándose por los oscuros intereses que protegían dicha actividad. El Sinchi hace hincapié en su condición de insobornable, como si alguien hubiese querido comprar su silencio, y se erige en el paladín de instituciones como la familia y el ejército peruano y hasta de la religión. A continuación presenta el testimonio no muy convincente de una ex visitadora, que llegaba a extrañar el grato ambiente de trabajo y el buen trato laboral que le brindara Pantaleón Pantoja.
El Sinchi llega al extremo de intentar entrevistar a la esposa de Pantaleón, antes que esta abandonara la ciudad, herida por el escándalo. Admitimos que en el caso de la novela, la existencia de un servicio clandestino de visitadoras para las fuerzas armadas sin duda es un hecho de interés público. Pero ¿qué interés público pueden tener los sentimientos y emociones de la esposa de quien administraba o regentaba el servicio, invadiendo su intimidad? ¿Verdad periodística? Todo lo sucedido en el relato fue por el afán de lucro de un mal periodista radial.
Para sorpresa de propios y extraños, en un espontáneo e inusitado ejercicio de rectificación, el Sinchi comienza a hacer la apología del Servicio de Visitadoras, apelando a la imposibilidad de los soldados de mantener el celibato sin recurrir a la masturbación, llegando al extremo de proponer que “El Supremo Gobierno condecore con la Orden del Sol[8] al señor Pantaleón Pantoja”, situación que pone en ridículo al Ejército, según el General Scavino, quien recuerda a Pantaleón la orden de evitar que el Sinchi difundiera toda clase de informaciones sobre el Servicio de Visitadoras.
Pantaleón se encuentra en el triste dilema de asesinar al periodista o sobornarlo. Entendiendo que lo primero le traería más problemas, opta por lo segundo, pero no con dinero del ejército, sino con el suyo propio, despejando las hipócritas dudas del General Scavino.
No perdemos de vista el caso de periodistas asesinados por ejercer su profesión con veracidad y objetividad. Pero tampoco perdamos de vista el caso de los tres magistrados peruanos asesinados en el año 2006.
El Sinchi justifica su rol de defensor oficioso del Servicio de Visitadoras, alegando “escrúpulos profesionales”, “indignación moral” y “solidaridad humana”. Pantaleón le recuerda su compromiso de guardar silencio respecto al Servicio de Visitadoras, amenazándolo de muerte. Prometiendo cumplir con lo pactado, el Sinchi se despide coordinando el pago de la última cuota vencida de su soborno mensual.
A pesar de no ser escasos los abusos de algunos malos periodistas y medios de comunicación en el ejercicio de sus libertades informativas, el Tribunal Constitucional peruano ha tenido muy pocos casos en los que se haya visto las tensiones entre las libertades informativas y el derecho a la intimidad.
La tendencia del Tribunal Constitucional ha sido la de invocar la prohibición de censura previa para desestimar las demandas de amparo y de hábeas data[9]. Sin embargo, en algunos otros casos, que no necesariamente se relacionan con conflictos entre las libertades informativas y el derecho a la intimidad, se reconoce que no obstante la existencia de libertades preferidas, el conflicto debe resolverse recurriendo a la técnica de la ponderación[10]. En un reciente caso, el Tribunal reconoce que el derecho a la intimidad es un límite a las libertades informativas[11].
Por su parte, la Corte Constitucional colombiana ha definido los principios de libertad, finalidad, necesidad, veracidad e integridad, señalando que:
23. Así, el ‘principio de libertad’ aplicado a la libertad de expresión, conduce a sostener que si bien una persona puede opinar abiertamente sobre el ‘comportamiento externo’ de otra, por cuanto al revelar públicamente su conducta permite que los demás juzguen sus actos; en tratándose de ‘actos íntimos o privados’ no ocurre lo mismo, básicamente porque se trata de información sujeta a la libre disposición del individuo.
Por ejemplo, esta corporación sobre la materia ha sostenido que existe una tendencia creciente hacia el desdibujamiento de la intimidad en las personas con proyección pública, pues de sus actuaciones serán testigos, casi necesariamente el conglomerado universal de la sociedad. Sin embargo, ese desdibujamiento en manera alguna puede ser considerado absoluto, puesto que existen espacios íntimos o privados de vida excluidos del interés público, los cuales no pueden ser invadidos sino por el consentimiento expreso o tácito de su titular.
24. El principio de finalidad como requisito del ejercicio de la libertad de expresión, se manifiesta en que la diversidad de opiniones o de pensamientos que se divulguen, se relacionen con el logro de una finalidad constitucionalmente legítima, tales como, informar sobre un acontecimiento o suceso de trascendencia pública, difundir y dar a conocer manifestaciones de cultura o creaciones del intelecto humano, o participar a través de la crítica en el ejercicio del control público. Esto significa que la libertad de expresión, no puede convertirse en una herramienta para vulnerar los derechos de los otros o para incentivar la violencia.
25. Finalmente, los principios de necesidad, veracidad e integridad, se concretan en la exigencia de requerir que los hechos o enunciados de carácter fáctico que sustentan las opiniones, ideas, pensamientos o creencias guarden relación de conexidad con la finalidad pretendida mediante su divulgación, sean ciertos o reales y, adicionalmente, se suministren de manera completa, impidiendo que se revelen datos parciales o fraccionados, que puedan llegar a vulnerar los derechos al buen nombre y a la honra. Lo anterior, tiene su razón de ser, pues como previamente se expuso las opiniones en sí mismas consideradas, no pueden someterse a las cargas de veracidad e integridad[12].
Muchas veces periodista excede los límites del principio de libertad, pues a veces se invade la intimidad de las personas. Otras veces, se excede el principio de finalidad, pues se vulnera derechos humanos como la presunción de inocencia. También se excede el principio de necesidad, pues se revela información que no tiene conexión alguna con la finalidad pretendida con la divulgación. Otras veces no se cumple con el principio de veracidad, pues la información obtenida de las fuentes no es verificada de modo alguno, violándose también el principio de integridad pues no se presenta la información completa sino datos parciales o fraccionados. O en otro extremo se llega a difusión de versiones súper corregidas y súper aumentadas de la realidad de los hechos.
En un proceso el juez debe realizar un juicio. Por otro lado el periodista realiza un juicio paralelo que no es imparcial. A veces responde a las directivas del dueño del medio de comunicación, a la convicción subjetiva del periodista, o a la versión de alguna parte interesada (abogado o litigante), a veces mediante el pago de una retribución. Y de esa manera se intenta presionar al magistrado para que o se abstenga por decoro[13] o hacer que resuelva conforme a la opinión pública, lo que me recuerda la imagen de los judíos pidiendo el indulto de Barrabás y la crucifixión de Jesús, y a Poncio Pilato lavándose las manos, convencido de la inocencia del procesado pero a la vez muy preocupado por no quedar mal con el César. Una canción de moda en los años ochenta decía Nunca quedas mal con nadie. Difícil para el juez que resuelve no quedar mal con alguna de las partes. Así, los evangelios no muestran a Jesús procesado por autoridad incompetente y sin las garantías mínimas del debido proceso, finalmente ajusticiado por su propio pueblo, incitado por los sumos sacerdotes, escribas y fariseos.
Al respecto, González Prada decía:
“Y no valen pruebas ni derechos. Como se busca un mal hombre para que pague un esquinazo, así en los juicios intrincados se rebusca un juez para que anule un sumario, fragüe otro nuevo y pronuncie una sentencia donde quede absuelto el culpable y salga crucificado el inocente. Si por rarísima casualidad se topa con un juez íntegro y rebelde a toda seducción (masculina o femenina), entonces se recurre a una serie de recusaciones, hasta dar en el maleable y el venal. Si por otra rarísima casualidad, al juez apetecido no se le consigue en el lugar, se le encarga, se le hace venir desde unas doscientas o trescientas leguas”.
Quienes abogan por el dicho “la voz del pueblo es la voz de Dios” se equivocan. De ahí que se diga que el periodismo puede ser “la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”.
Insistimos en que el Juez ha de resolver con imparcialidad, buscando la verdad en el expediente y no para el agrado de la “opinión pública”.
Frente a los peligros del positivismo y de la arbitrariedad del Juzgador, ya decía González Prada:
“a fuerza de oír defender lo justo y lo injusto, con igual número de razones, el magistrado concluye por encerrar la justicia en una simple interpretación de la ley, así que un artículo del Código le sirve hoy para sostener lo contrario de lo que ayer afirmaba”[14].
“el juez causa el daño sin arrastrar las consecuencias, parapetándose en los Códigos y atribuyendo a deficiencias de la Ley los excesos de la malicia personal”[15].
Frente a esto Juan Pablo II nos dice:
“5. La deontología del juez tiene su criterio inspirador en el amor a la verdad. Así pues, ante todo debe estar convencido de que la verdad existe. Por eso, es preciso buscarla con auténtico deseo de conocerla, a pesar de todos los inconvenientes que puedan derivar de ese conocimiento. Hay que resistir al miedo a la verdad, que a veces puede brotar del temor a herir a las personas. La verdad, que es Cristo mismo (cf. Jn 8, 32 y 36), nos libera de cualquier forma de componenda con las mentiras interesadas.
El juez que actúa verdaderamente como juez, es decir, con justicia, no se deja condicionar ni por sentimientos de falsa compasión hacia las personas, ni por falsos modelos de pensamiento, aunque estén difundidos en el ambiente. Sabe que las sentencias injustas jamás constituyen una verdadera solución pastoral, y que el juicio de Dios sobre su proceder es lo que cuenta para la eternidad[16].
(…)
Lo dicho a los jueces canónicos es perfectamente aplicable a los jueces de la justicia ordinaria.
Obviamente en todas partes se cuecen habas. Dejando de lado las generalizaciones extremistas, no todos los periodistas son como el Sinchi, como tampoco es cierto que todos los magistrados y auxiliares jurisdiccionales son corruptos.
Algunos de ellos se comportan al mismísimo estilo del Sinchi. Frente a un hecho conocido, la justicia de la causa, ofrecen sus servicios al litigante o abogado rompiendo su deber de imparcialidad e incurriendo en un acto de corrupción. Si el abogado o litigante no acepta el vil ofrecimiento o éstos hacen caso omiso a la invitación a ofrecer se convierten en sus adversarios. Si aquellos son aceptados, se convierten en aliados. Así el servicio de justicia termina convertido en una mercancía, en un autoservicio, o en una vil puja en la cual el resultado se vende al mejor postor.
Ojalá los litigantes y abogados, en lugar de ser autores o cómplices de un delito[17], agravado en el caso de los magistrados[18], denunciaran al mal juez o auxiliar jurisdiccional. Lamentablemente el temor de perder el proceso o sus malas costumbres hacen que litigantes y abogados se coludan con malos jueces y auxiliares jurisdiccionales. Y que no se denuncie con nombre y apellido los actos de corrupción.
Un gran poder implica una gran responsabilidad. Con la misma información, un mal periodista puede difundirla en uno u otro sentido. “Así como te puedo sacar bueno, te puedo sacar malo”, se dice en el argot periodístico.
Con el mismo expediente, un mal juez puede resolver en uno u otro sentido. Jueces y periodistas han de buscar la verdad y luchar contra la corrupción, actuando con responsabilidad y asumiendo las consecuencias de sus actos. La adjetivadas verdad legal y verdad periodística deben dar paso a la verdad sustantiva.
No perdamos de vista las palabras de Juan Pablo II:
“Por último, un momento importante de la búsqueda de la verdad es el de la instrucción de la causa. Está amenazada en su misma razón de ser, y degenera en puro formalismo, cuando el resultado del proceso se da por descontado. Es verdad que también el deber de una justicia tempestiva forma parte del servicio concreto de la verdad, y constituye un derecho de las personas. Con todo, una falsa celeridad, que vaya en detrimento de la verdad, es aún más gravemente injusta”[19].
NOTAS:
[1] VARGAS LLOSA, MARIO. Pantaleón y las visitadoras, Barcelona, Editorial Bruguera S.A., 1980, pp. 123-127.
[2] Op. Cit. pp. 173-174.
[3] Op. Cit. pp. 185-186
[4] Op. cit. pp. 188-189
[5] Op. Cit. pp. 214-218.
[6] “Código Penal. Artículo 201.- El que, haciendo saber a otro que se dispone a publicar, denunciar o revelar un hecho o conducta cuya divulgación puede perjudicarlo personalmente o a un tercero con quien esté estrechamente vinculado, trata de determinarlo o lo determina a comprar su silencio, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de seis años y con ciento ochenta a trescientos sesenta y cinco días-multa”.
[7] “Código Penal. Artículo 179.- El que promueve o favorece la prostitución de otra persona, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cinco años. La pena será no menor de cuatro ni mayor de doce años cuando:
1. La víctima es menor de catorce años.
2. El autor emplea violencia, engaño, abuso de autoridad, o cualquier medio de intimidación.
3. La víctima se encuentra privada de discernimiento por cualquier causa.
4. El autor es pariente dentro del cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad, o es cónyuge, concubino, adoptante, tutor o curador o tiene al agraviado a su cuidado por cualquier motivo.
5. La víctima está en situación de abandono o de extrema necesidad económica.
6. El autor haya hecho del proxenetismo su oficio o modo de vida.
Artículo 180.- El que explota la ganancia deshonesta obtenida por una persona que ejerce la prostitución será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de ocho años.
Si la víctima es menor de catorce años, o cónyuge, conviviente, descendiente, hijo adoptivo, hijo de su cónyuge o de su conviviente o si está a su cuidado, la pena será no menor de cuatro ni mayor de doce años.
Artículo 181.- El que compromete, seduce, o sustrae a una persona para entregarla a otro con el objeto de practicar relaciones sexuales, o el que la entrega con este fin, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cinco años.
La pena será no menor de cinco ni mayor de doce años, cuando:
1. La víctima tiene menos de dieciocho años de edad.
2. El agente emplea violencia, amenaza, abuso de autoridad u otro medio de coerción.
3. La víctima es cónyuge, concubina, descendiente, hijo adoptivo, hijo de su cónyuge o de su concubina, o si está a su cuidado.
4. La víctima es entregada a un proxeneta.
Artículo 182.- El que promueve o facilita la entrada o salida del país o el traslado dentro del territorio de la República de una persona para que ejerza la prostitución, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de diez años.
La pena será no menor de ocho ni mayor de doce años, si media alguna de las circunstancias agravantes enumeradas en el artículo anterior.
[8] Sobre la Orden “El Sol del Perú” u “Orden del Sol” puede consultarse http://www.rree.gob.pe/portal/dcanciller.nsf/BA7B6DD829D40A3D0525697E007FBC77/
1ACFEE9ED98A44E805256E39006EF7AE?OpenDocument
[9] Al respecto, puede revisarse:
-Sentencia de fecha 2 de noviembre de 1998, recaída en el Expediente Nº 666-96-HD/TC.
-Sentencia de fecha 18 de octubre de 2000, recaída en el Expediente Nº 748-2000-AA/TC.
-Sentencia de fecha 14 de agosto de 2002, recaída en el Expediente Nº 0905-2001AA/TC.
[10] Sentencias de fecha 29 de enero de 2003 recaída en el Expediente Nº 1797-2002-HD/TC, de fecha 6 de abril de 2004, recaída en el Expediente N° 2579-2003-hd/TC, de fecha 21 de enero de 2004, recaída en el Expediente N° 1219-2003-HD.
[11] Sentencia de fecha 17 de octubre de 2005, recaída en el Expediente N° 6712-2005-HC/TC (Caso Magaly Medina).
[12] Sentencia Nº T-787/04 de fecha 18 de agosto de 2004
[13] GONZÁLEZ PRADA, Manuel. Nuestros Magistrados. En Horas de Lucha. Lima, Editorial Peisa, 1989 p. 129.
[14] GONZALEZ PRADA, Manuel. Op. Cit, p. 132.
[15] GONZALEZ PRADA, Manuel. Op. Cit. p. 133.
[16] JUAN PABLO II. Discurso al Tribunal de La Rota Romana con ocasión de la Apertura del Año Judicial. Sábado 29 de enero de 2005. En http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2005/january/
documents/hf_jp-ii_spe_20050129_roman-rota_sp.html.
[17] Código Penal. Artículo 393.- El funcionario o servidor público que acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, para realizar u omitir un acto en violación de sus obligaciones o el que las acepta a consecuencia de haber faltado a ellas, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que solicita, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, para realizar u omitir un acto en violación de sus obligaciones o a consecuencia de haber faltado a ellas, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que condiciona su conducta funcional derivada del cargo o empleo a la entrega o promesa de donativo o ventaja, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de ocho ni mayor de diez años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal."
"Artículo 394.- El funcionario o servidor público que acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio indebido para realizar un acto propio de su cargo o empleo, sin faltar a su obligación, o como consecuencia del ya realizado, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cuatro ni mayor de seis años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que solicita, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja indebida para realizar un acto propio de su cargo o empleo, sin faltar a su obligación, o como consecuencia del ya realizado, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal."
[18] "Artículo 395.- El Magistrado, Árbitro, Fiscal, Perito, Miembro de Tribunal Administrativo o cualquier otro análogo a los anteriores que bajo cualquier modalidad acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, a sabiendas que es hecho con el fin de influir o decidir en asunto sometido a su conocimiento o competencia, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de quince años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal y con ciento ochenta a trescientos sesenta y cinco días-multa.
El Magistrado, Árbitro, Fiscal, Perito, Miembro de Tribunal Administrativo o cualquier otro análogo a los anteriores que bajo cualquier modalidad solicite, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, con el fin de influir en la decisión de un asunto que esté sometido a su conocimiento, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de ocho ni mayor de quince años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal y con trescientos sesenta y cinco a setecientos días-multa."
[19] Discurso del Santo Padre Juan pablo II al Tribunal de la Rota Romana con ocasión de la apertura del año judicial. Sábado 29 de enero de 2005. En http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2005/january/
documents/hf_jp-ii_spe_20050129_roman-rota_sp.html.
* Juez Titular del Primer Juzgado Especializado en lo Civil de Lima.
En
http://www.derechoycambiosocial.com/revista011/jueces%20y%20periodistas.htm

Jaime David Abanto Torres*
A quienes apuestan por un periodismo veraz y objetivo
y por un servicio de justicia incorruptible.
“- Encantado, mucho gusto, choque esos cinco – hace una reverencia japonesa, cruza el puesto de mando como un emperador, chupa su puro y sopla humo el Sinchi-. A sus órdenes, para todo lo que se le ofrezca.
-Buenos días – olfatea la atmósfera, se desconcierta, tiene un acceso de tos Pantaleón Pantoja-. Tome asiento. ¿En qué puedo servirle?
- Ese portento de mujer que me encontré en la puerta me dio mareos- señala la escalera, silba, se entusiasma, fuma el Sinchi-. Caramba, me habían dicho que Pantilandia era el paraíso de las mujeres y veo que es cierto. Qué lindas flores crecen en su jardín, señor Pantoja.
- Tengo mucho trabajo y no puedo malgastar mi tiempo, así que apúrese – respinga, coge un cartapacio y trata de disipar la nube que lo envuelve Pantaleón Pantoja-. En cuanto a – eso de Pantilandia, le prevengo que no me hace gracia. No tengo sentido del humor.
- El nombre no lo inventé yo, sino la fantasía popular – abre los brazos y discursea como ante una rugiente multitud el Sinchi-, la imaginación loretana, siempre tan buida y sápida, tan ingeniosa. No lo tome a mal, señor Pantoja, hay que ser sensitivo para con las creaciones populares.
[...]
- ¿Usted no dirige un programa en Radio Amazonas? – tose, se ahoga, se seca los ojos llorosos Pantaleón Pantoja-. ¿A las seis de la tarde?
- Yo mismo, aquí tiene la famosísima Voz del Sinchi en persona –engola la voz, empuña un micro invisible, declama el Sinchi-. Terror de autoridades corrompidas, azote de jueces venales, remolino de la injusticia, voz que recoge y prodiga por las ondas las palpitaciones populares.
- Sí, en alguna ocasión he oído su programa ¿bastante popular, no? - se pone de pie, va en busca de aire puro, respira con fuerza Pantaleón Pantoja-. Muy honrado con su visita. Qué se le ofrece.
- Soy un hombre de mi tiempo, desprejuiciado, progresista, así que vengo a echarle una mano – se levanta, lo persigue, lo arrebosa de humo, le tiende unos dedos fláccidos el Sinchi-. Además, me cae usted simpático, señor Pantoja, y sé que podemos ser buenos amigos. Yo creo en las amistades a primera vista, mi olfato no me falla. Quiero servirlo.
- Muy agradecido – se deja sacudir, palmear los hombros, se resigna a volver al escritorio, a seguir tosiendo Pantaleón Pantoja-. Pero, la verdad, no necesito sus servicios. Al menos por el momento.
- Eso es lo que se cree, hombre cándido e inocente- abarca todo el espacio como un ademán, se escandaliza medio en serio medio en broma el Sinchi-. En este enclave erótico vive lejos del mundanal ruido y, por lo visto, no se entera de las cosas. No sabe lo que se anda diciendo por las calles, los peligros que lo rodean.
- Dispongo de muy poco tiempo, señor- mira la hora, se impacienta Pantaleón Pantoja-. O me indica de una vez lo que quiere o me hace el favor de irse.
[...]
- Estoy sometido a presiones irresistibles – aplasta el puro en el cenicero, lo despedaza, se aflige el Sinchi-. Amas de casa, padres de familia, colegios, instituciones culturales, iglesias de todo color y pelo, hasta brujas y ayahuasqueros. Soy humano, mi resistencia tiene un límite.
- Qué chanfaina es ésa, de qué me habla – sonríe viendo desvanecerse la última nubecilla de humo Pantaleón Pantoja-. No entiendo palabra, sea más explícito y vaya al grano de una vez.
- La ciudad quiere que hunda a Pantilandia en la ignominia y que lo mande a usted a la quiebra – sintetiza risueñamente el Sinchi-. ¿No sabía que Iquitos es una ciudad de corazón corrompido pero de fachada puritana? El Servicio de Visitadoras es un escándalo que sólo un tipo progresista y moderno como yo puede aceptar. El resto de la ciudad está espantado con esta vaina y hablando en cristiano, quiere que lo hunda.
- ¿Qué me hunda? – se pone muy serio Pantaleón Pantoja-. ¿A mí? ¿Qué hunda al Servicio de Visitadoras?
- No existe nada lo bastante sólido en toda la Amazonía que La Voz del Sinchi no pueda echar abajo- da un tincanazo en el vacío, resopla, se envanece el Sinchi-. Modestia aparte, si yo le pongo la puntería, el Servicio de Visitadoras no dura una semana y usted tendrá que salir pitando de Iquitos. Es la triste realidad, amigo.
- O sea que ha venido a amenazarme – se endereza Pantaleón Pantoja.
- Nada de eso, al contrario – da estocadas a fantasmas, se ciñe el corazón como un tenor, cuenta billetes que no existen el Sinchi-. Hasta ahora he resistido las presiones por espíritu combativo y por una cuestión de principios. Pero, en adelante, puesto que yo también tengo que vivir y el aire no alimenta, lo haré por una compensación mínima. ¿No le parece justo?
- O sea que ha venido a chantajearme – se pone de pie, se demacra, vuelca la papelera, corre hacia la escalerilla Pantaleón Pantoja.
- A ayudarlo, hombre, pregunte y verá la fuerza ciclónica de mi emisión – saca músculos, se levanta, se pasea, gesticula el Sinchi -. Tumba jueces, subprefectos, matrimonios, lo que ataca se desintegra. Por unos cuantos miserables soles estoy dispuesto a defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a su cerebro creador. A dar la gran batalla por usted, señor Pantoja.
[...]
- ¡Sinforoso! ¡Palomino! – da palmadas, grita Pantaleón Pantoja-. ¡Sanitario!
- Qué le pasa, nada de ponerse nervioso, cálmese- queda quieto, suaviza la voz, mira a su alrededor alarmado el Sinchi-. No necesita responderme de inmediato. Haga sus consultas, averigüe quién soy yo y discutimos la próxima semana.
- Sáquenme a éste zamarro de aquí y zambúllanlo en el río- ordena a los hombres que aparecen corriendo en la boca de la escalera Pantaleón Pantoja-. Y no le vuelvan a permitir la entrada al centro logístico.
- Oiga, no se suicide, no sea inconsciente, yo soy un superhombre en Iquitos – manotea, empuja, se defiende, se resbala, se aleja, desaparece, se empapa el Sinchi-. Suéltenme, qué significa esto, oiga, se va a arrepentir, señor Pantoja, yo venía a ayudarlo. ¡Yo soy su amigooo!
- Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras, - curiosea una revista abandonada en una mesa del “Luchos’s Bar” el teniente Bacacorzo-. Ojalá que ese remojón en Itaya no le traiga problemas, mi capitán.
- Prefiero los problemas antes que ceder a un sucio chantaje- [...][1]
***
Breves arpegios.
Hoy, con la misma firmeza y a costa de los riesgos que haya que correr, el Sinchi pregunta: ¿hasta cuándo vamos a seguir tolerando en nuestra querida ciudad, distinguidos radioescuchas, el bochornoso espectáculo que es la existencia del mal llamado Servicio de Visitadoras, conocido más plebeyamente con el mote de Pantilandia, en irrisorio homenaje a su progenitor? El Sinchi pregunta: ¿Hasta cuándo, padres y madres de familia de la civilizada Loreto, vamos a seguir sufriendo angustias para impedir que nuestros hijos corran, inocentes, inexpertos, ignorantes del peligro, a contemplar como si fuera una kermesse o un circo, el tráfico de hetairas, de mujerzuelas desvergonzadas, de PROSTITUTAS para no hablar con eufemismos, que impúdicamente llegan y parten de ese antro erigido en las puertas de nuestra ciudad por ese individuo sin ley y sin principios que responde al nombre y apellido de Pantaleón Pantoja? El Sinchi pregunta: ¿qué poderosos y turbios intereses amparan a este sujeto para que, durante dos largos años, haya podido dirigir en total impunidad un negocio tan ilícito como próspero, tan denigrante como millonario, en las barbas de toda la ciudadanía sana? No nos atemorizan las amenazas, nadie puede sobornarnos, nada atajará nuestra cruzada por el progreso, la moralidad, la cultura y el patriotismo peruanista de la Amazonía. Ha llegado el momento de enfrentarse al monstruo y, de un solo tajo. No queremos semejante forúnculo en Iquitos, a todos se nos cae la cara de vergüenza y vivimos en una constante zozobra y pesadilla con la existencia de ese complejo industrial de meretrices que preside, como moderno sultán babilónico, el tristemente célebre señor Pantoja quien no vacila, por su afán de riqueza y explotación, en ofender y agraviar lo más sano que existe, como son la familia, la religión y los cuarteles de los defensores de nuestra integridad territorial y de la soberanía de la Patria. [...][2]
Las últimas palabras de esta desgraciada mujer cuyo testimonio acabamos de llevar a vuestros oídos, queridos radioescuchas – me refiero a la exvisitadora Maclovia. Han puesto dramáticamente el dedo en la llaga de un asunto trágico y doloroso que retrata, mejor que una fotografía o una película en tecnicolor, la idiosincrasia del personaje que luce en su prontuario la gris hazaña de haber creado en Iquitos la más insospechada y multitudinaria casa de perdición del país y, tal vez, de Sudamérica. Porque, en efecto, es cierto y fehaciente que el señor Pantaleón Pantoja tiene una familia, o mejor dicho tenía, y que ha venido llevando una doble vida, hundido por una parte en la ciénaga pestilencial del negocio del sexo, y por otra parte, aparentando una vida hogareña digna y respetable, al amparo de la ignorancia en que tenía a sus seres queridos, su esposa y su menor hijita, de sus verdaderas y pingues actividades. Pero un día se hizo la luz de la verdad en el infeliz hogar y a la ignorancia de su esposa engañada en lo más sagrado de su honor, tomó esta honesta dama la determinación de abandonar el hogar mancillado por el escándalo. En el aeropuerto “teniente Bergeri”, de Iquitos, para dar testimonio de su dolor y para acompañarla hasta la escalerilla de la moderna aeronave Faucett que habría de alejarla por los aires de nuestra querida ciudad, ¡ESTABA EL SINCHI!: [...]”[3]
“Breves arpegios. Avisos comerciales en disco y cinta: 30 segundos. Breves arpegios
Y en vista de que el reloj Movado de nuestros estudios señala que son ya las 18 horas treinta minutos exactas de la tarde, debemos cerrar nuestro programa, con este impresionante documento radiofónico que patentiza cómo, en su negra odisea, el señor de Pantilandia no ha vacilado en llevar dolor y quebranto a su propia familia, igual que lo viene haciendo con esta tierra cuyo único delito ha sido recibirlo y darle hospitalidad, Muy buenas tardes, queridos oyentes, Han escuchado ustedes
Compases del vals “La Contamainina”; suben, bajan y quedan como fondo sonoro.
¡LA VOZ DEL SINCHI! ...”[4]
***
- Solo los impotentes, los eunucos y los asexuados pueden pretender que – sube y baja entre arpegios, declama, se encabrita La Voz del Sinchi- los esforzados defensores de la Patria, que se sacrifican sirviendo allá, en las intrincadas fronteras, vivan en castidad viuda.
[...]
- Por la maldita emisión del Sinchi de ayer – no responde a su saludo, no lo invita a sentarse, coloca una cinta y enciende la grabadora el general Scavino-. El zamarro no hizo más que hablar de usted, le dedicó los treinta minutos del programa. ¿Le parece poca cosa, Pantoja?
- ¿Deben nuestros valientes soldados recurrir al debilitante onanismo? –duda, danza con los compases del vals “La Contamainina”, espera una respuesta, interroga de nuevo La Voz del Sinchi-. ¿Regresar a la autogratificación infantil?
- ¿La Voz del Sinchi? – oye crujir, tartamudear, estropearse a la grabadora, ve al general Scavino sacudirla, golpearla, probar todos los botones el capitán Pantoja-. ¿Está seguro mi general? ¿Me atacó de nuevo?
- Lo defendió, lo defendió de nuevo- descubre que el enchufe se ha soltado, murmura que estúpido, se agacha, conecta el aparato otra vez el general Scavino-. Y es mil veces peor que si lo atacara. ¿No comprende? Esto deja en ridículo y enloda al Ejército al mismo tiempo.
[...]
- El Supremo Gobierno debería condecorar con la Orden del Sol al señor Pantaleón Pantoja – estalla, rutila entre Lux el Jabón que Perfuma, Coca- Cola la Pausa que Refresca y Sonrisas Kolynosistas, dramatiza y exige La Voz del Sinchi-. Por la encomiástica labor que realiza en procura de la satisfacción de las necesidades íntimas de los centinelas del Perú.
- Lo oyó mi esposa y mis hijas tuvieron que darle sales – apaga la grabadora, recorre la habitación con las manos a la espalda el general Scavino-. Nos está convirtiendo en el hazmerreír de todo Iquitos con sus peroratas. ¿No le ordené tomar medidas para que La Voz del Sinchi no se ocupara más del Servicio de Visitadoras?
- La única manera de taparle la boca a ese sujeto es dándole un balazo o plata – escucha la radio, ve a las visitadoras preparando los maletines para embarcar, a Chuchupe montando a Dalila Pantaleón Pantoja-. Cargármelo me traería muchos líos, no queda más remedio que calentarle la mano con unos cuantos soles. Anda díselo Chupito. Que se presente aquí en el término de la distancia.
- ¿Quiere decir que destina parte del presupuesto del Servicio de Visitadoras a sobornar periodistas? – lo examina de pies a cabeza, ancha las aletas de la nariz, arruga la frente, muestra los incisivos el general Scavino-. Muy interesante, capitán.
[...]
- Del presupuesto no, eso es sagrado- distingue un ratoncito cruzando veloz el alféizar de la ventana a pocos centímetros de la cabeza del general Scavino el capitán Pantoja-. Usted tiene copia de la contabilidad para comprobarlo. De mi propio sueldo, He tenido que sacrificar el 5% mensual de mis haberes para callar a ese chantajista. No entiendo por qué ha hecho esto.
- Por escrúpulos profesionales, por indignación moral, por solidaridad humana, amigo Pantoja – entra al centro logístico dando un portazo, sube la escalerilla del puesto de mando como un ventarrón, intenta abrazar al señor Pantoja, se quita el saco, se sienta en el escritorio, ríe, truena, arenga el Sinchi-. Porque no puedo soportar que haya gente aquí, en esta ciudad donde mi santa madre me botó al mundo, que menosprecie su labor y que todo el día eche sapos y culebras contra usted.
- Nuestro compromiso era clarísimo y usted lo ha violado- estrella una regla contra un panel, tiene los labios llenos de saliva y los ojos incendiados, rechina los dientes Pantaleón Pantoja-. ¿Para qué carajo los quinientos soles mensuales? Para que se olvide de que el Servicio de Visitadoras existe.
- Es que yo también soy humano, señor Pantoja, y sé asumir mis responsabilidades – asiente, lo calma, gesticula, oye roncar la hélice, ve a Dalila correr por el río levantando dos paredes de agua, la ve levarse, perderse en el cielo el Sinchi-. Tengo sentimientos, impulsos, emociones. Donde voy, oigo pestes contra usted y me caliento. No puedo permitir que calumnien a alguien tan caballero. Sobre todo, siendo amigos.
- Voy a hacerle una advertencia muy seria, so grandísimo pendejo- lo coge de la camisa, lo zamaquea de atrás adelante, de adelante atrás, lo ve asustarse, enrojecer, temblar, lo suelta Pantaleón Pantoja-. Ya sabe lo que ocurrió la vez pasada, cuando sus ataques al Servicio. Tuve que contener a las visitadoras, querían sacarle los ojos y clavarlo en la Plaza de Armas.
- Lo sé de sobra amigo Pantoja – se arregla la camisa, trata de sonreír, recupera el aplomo, se aprieta el cuello el Sinchi… ¿Cree que no me enteré que habían pegado mi foto en la puerta de Pantilandia y que la escupían al entrar y salir?
[...]
- Pero ahora ellas están felices con los piropos que les echo en mi emisión, señor Pantoja – se pone el saco, va hasta la baranda, hace adiós al Chino Porfirio, vuelve al escritorio, soba el hombro del señor Pantoja, cruza los dedos y jura el Sinchi-. Cuando me ven en la calle, me mandan besitos volados. Vamos, amigo Pan-Pan, no lo tome a trágico, yo quería servirlo. Pero, si prefiere, La Voz del Sinchi no lo mentará nunca más.
- Porque la primera vez que me nombre, o hable del Servicio, le echaré encima a las cincuenta visitadoras y le advierto que todas tienen uñas largas – abre un cajón del escritorio, saca un revólver, lo carga y descarga, hace girar el tambor, encañona el pizarrón, el teléfono, las vigas Pantaleón Pantoja-. Y si ellas no acaban con usted, lo remato yo, de un tiro en la cabeza. ¿Comprendido?
- A la perfección, amigo Pantoja, ni una palabra más- multiplica las venias, las sonrisas, los adioses, baja la escalerilla de espaldas, echa a correr, desaparece en la trocha a Iquitos el Sinchi-. Clarísimo como el sol. ¿Quién es el señor Pan-Pan? ¿No se le conoce, no existe, no se oyó nunca. ¿Y el Servicio de Visitadoras? Qué es eso, cómso e come eso. ¿Correcto? Vaya, nos entendemos. Los quinientos solifacios de este mes ¿cómo siempre, con Chupito? ...[5]
* * *
Hemos escogido algunos fragmentos de la obra Pantaleón y las Visitadoras del laureado escritor nacional Mario Vargas Llosa, por la manera en que describen el poder que tienen los medios de comunicación y lo que puede suceder cuando algunos malos profesionales de las ciencias de la comunicación o periodistas aficionados, abusan del enorme poder que tienen. No en vano existe un programa de televisión de señal abierta denominado Cuarto Poder.
El ciudadano de a pie y el funcionario o servidor público se encuentran en total estado de indefensión frente a un ataque a su honor o a su intimidad personal y familiar. Ninguna condena por delitos de injuria, calumnia o difamación, o al pago de indemnización o reparación civil podrán resarcir el daño causado. Ni siquiera una rectificación oportuna.
La novela trata la historia de Pantaleón Pantoja, un capitán del ejército peruano que por órdenes superiores, organiza un servicio de prostitución clandestina para los soldados que prestan servicios en la Amazonía. Pantaleón Pantoja es un típico cultor de la obediencia debida. “Las órdenes se cumplen, no se piensan” es su lema.
Vemos en escena al Sinchi, periodista radial, autodenominado “Terror de autoridades corrompidas”. Así como Atila, rey de los Hunos, era llamado “El azote de Dios” él se considera a sí mismo como el “azote de jueces venales, remolino de la injusticia”. El Sinchi refiere ser víctima de presiones de la sociedad loretana movida por el escándalo, quiere que hunda a Pantaleón Pantoja y a su Servicio de Visitadoras. El Sinchi, como hombre sin prejuicios ofrece su ayuda a Pantaleón, a cambio del pago de una suma de dinero, “puesto que también tiene que vivir y el aire no alimenta”.
Pantaleón se indigna inmediatamente ante el chantaje[6] y el Sinchi insiste en querer ayudarlo remarcando que “Tumba jueces, subprefectos, matrimonios” y cual rayo láser, “lo que ataca se desintegra”. E insiste en su oferta en defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a Pantaleón “por unos cuantos miserables soles”.
Con qué descaro algunos malos periodistas dañan la honra de las personas porque no se les compra el silencio pagando “unos cuantos miserables soles”. O también cuando alguna parte interesada se los paga.
El Sinchi incluso lanza una amenaza al matrimonio de Pantaleón, pues era indudable que su esposa no entendería el trabajo de su esposo, un capitán del ejército que, por órdenes superiores, se dedicaba a la misión secreta de administrar un contingente de damas dedicadas a la llamada profesión más antigua del mundo, es decir a una especie de proxenetismo[7] clandestino e itinerante por la selva amazónica.
Luego que el enfurecido Pantaleón ordena a sus ayudantes que arrojen al río al periodista radial, uno de ellos, el teniente Bacacorzo le advierte del peligro “- Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras” y “Ojalá que ese remojón en Itaya no le traiga problemas, mi capitán”. Pantaleón responde que prefiere los problemas antes que ceder ante el extorsionador. Más tarde, por orden superior, tendría tragarse sus palabras y hacer lo contrario.
Una vez rechazada su oferta o chantaje, para decirlo sin medias tintas, el Sinchi inicia su ataque radial, apelando a la doble moral de la sociedad loretana, lanzando una filípica contra el Servicio de Visitadoras, Pantilandia, y haciendo un relato del novedoso escándalo -iniciado hace dos años atrás-, preguntándose por los oscuros intereses que protegían dicha actividad. El Sinchi hace hincapié en su condición de insobornable, como si alguien hubiese querido comprar su silencio, y se erige en el paladín de instituciones como la familia y el ejército peruano y hasta de la religión. A continuación presenta el testimonio no muy convincente de una ex visitadora, que llegaba a extrañar el grato ambiente de trabajo y el buen trato laboral que le brindara Pantaleón Pantoja.
El Sinchi llega al extremo de intentar entrevistar a la esposa de Pantaleón, antes que esta abandonara la ciudad, herida por el escándalo. Admitimos que en el caso de la novela, la existencia de un servicio clandestino de visitadoras para las fuerzas armadas sin duda es un hecho de interés público. Pero ¿qué interés público pueden tener los sentimientos y emociones de la esposa de quien administraba o regentaba el servicio, invadiendo su intimidad? ¿Verdad periodística? Todo lo sucedido en el relato fue por el afán de lucro de un mal periodista radial.
Para sorpresa de propios y extraños, en un espontáneo e inusitado ejercicio de rectificación, el Sinchi comienza a hacer la apología del Servicio de Visitadoras, apelando a la imposibilidad de los soldados de mantener el celibato sin recurrir a la masturbación, llegando al extremo de proponer que “El Supremo Gobierno condecore con la Orden del Sol[8] al señor Pantaleón Pantoja”, situación que pone en ridículo al Ejército, según el General Scavino, quien recuerda a Pantaleón la orden de evitar que el Sinchi difundiera toda clase de informaciones sobre el Servicio de Visitadoras.
Pantaleón se encuentra en el triste dilema de asesinar al periodista o sobornarlo. Entendiendo que lo primero le traería más problemas, opta por lo segundo, pero no con dinero del ejército, sino con el suyo propio, despejando las hipócritas dudas del General Scavino.
No perdemos de vista el caso de periodistas asesinados por ejercer su profesión con veracidad y objetividad. Pero tampoco perdamos de vista el caso de los tres magistrados peruanos asesinados en el año 2006.
El Sinchi justifica su rol de defensor oficioso del Servicio de Visitadoras, alegando “escrúpulos profesionales”, “indignación moral” y “solidaridad humana”. Pantaleón le recuerda su compromiso de guardar silencio respecto al Servicio de Visitadoras, amenazándolo de muerte. Prometiendo cumplir con lo pactado, el Sinchi se despide coordinando el pago de la última cuota vencida de su soborno mensual.
A pesar de no ser escasos los abusos de algunos malos periodistas y medios de comunicación en el ejercicio de sus libertades informativas, el Tribunal Constitucional peruano ha tenido muy pocos casos en los que se haya visto las tensiones entre las libertades informativas y el derecho a la intimidad.
La tendencia del Tribunal Constitucional ha sido la de invocar la prohibición de censura previa para desestimar las demandas de amparo y de hábeas data[9]. Sin embargo, en algunos otros casos, que no necesariamente se relacionan con conflictos entre las libertades informativas y el derecho a la intimidad, se reconoce que no obstante la existencia de libertades preferidas, el conflicto debe resolverse recurriendo a la técnica de la ponderación[10]. En un reciente caso, el Tribunal reconoce que el derecho a la intimidad es un límite a las libertades informativas[11].
Por su parte, la Corte Constitucional colombiana ha definido los principios de libertad, finalidad, necesidad, veracidad e integridad, señalando que:
23. Así, el ‘principio de libertad’ aplicado a la libertad de expresión, conduce a sostener que si bien una persona puede opinar abiertamente sobre el ‘comportamiento externo’ de otra, por cuanto al revelar públicamente su conducta permite que los demás juzguen sus actos; en tratándose de ‘actos íntimos o privados’ no ocurre lo mismo, básicamente porque se trata de información sujeta a la libre disposición del individuo.
Por ejemplo, esta corporación sobre la materia ha sostenido que existe una tendencia creciente hacia el desdibujamiento de la intimidad en las personas con proyección pública, pues de sus actuaciones serán testigos, casi necesariamente el conglomerado universal de la sociedad. Sin embargo, ese desdibujamiento en manera alguna puede ser considerado absoluto, puesto que existen espacios íntimos o privados de vida excluidos del interés público, los cuales no pueden ser invadidos sino por el consentimiento expreso o tácito de su titular.
24. El principio de finalidad como requisito del ejercicio de la libertad de expresión, se manifiesta en que la diversidad de opiniones o de pensamientos que se divulguen, se relacionen con el logro de una finalidad constitucionalmente legítima, tales como, informar sobre un acontecimiento o suceso de trascendencia pública, difundir y dar a conocer manifestaciones de cultura o creaciones del intelecto humano, o participar a través de la crítica en el ejercicio del control público. Esto significa que la libertad de expresión, no puede convertirse en una herramienta para vulnerar los derechos de los otros o para incentivar la violencia.
25. Finalmente, los principios de necesidad, veracidad e integridad, se concretan en la exigencia de requerir que los hechos o enunciados de carácter fáctico que sustentan las opiniones, ideas, pensamientos o creencias guarden relación de conexidad con la finalidad pretendida mediante su divulgación, sean ciertos o reales y, adicionalmente, se suministren de manera completa, impidiendo que se revelen datos parciales o fraccionados, que puedan llegar a vulnerar los derechos al buen nombre y a la honra. Lo anterior, tiene su razón de ser, pues como previamente se expuso las opiniones en sí mismas consideradas, no pueden someterse a las cargas de veracidad e integridad[12].
Muchas veces periodista excede los límites del principio de libertad, pues a veces se invade la intimidad de las personas. Otras veces, se excede el principio de finalidad, pues se vulnera derechos humanos como la presunción de inocencia. También se excede el principio de necesidad, pues se revela información que no tiene conexión alguna con la finalidad pretendida con la divulgación. Otras veces no se cumple con el principio de veracidad, pues la información obtenida de las fuentes no es verificada de modo alguno, violándose también el principio de integridad pues no se presenta la información completa sino datos parciales o fraccionados. O en otro extremo se llega a difusión de versiones súper corregidas y súper aumentadas de la realidad de los hechos.
En un proceso el juez debe realizar un juicio. Por otro lado el periodista realiza un juicio paralelo que no es imparcial. A veces responde a las directivas del dueño del medio de comunicación, a la convicción subjetiva del periodista, o a la versión de alguna parte interesada (abogado o litigante), a veces mediante el pago de una retribución. Y de esa manera se intenta presionar al magistrado para que o se abstenga por decoro[13] o hacer que resuelva conforme a la opinión pública, lo que me recuerda la imagen de los judíos pidiendo el indulto de Barrabás y la crucifixión de Jesús, y a Poncio Pilato lavándose las manos, convencido de la inocencia del procesado pero a la vez muy preocupado por no quedar mal con el César. Una canción de moda en los años ochenta decía Nunca quedas mal con nadie. Difícil para el juez que resuelve no quedar mal con alguna de las partes. Así, los evangelios no muestran a Jesús procesado por autoridad incompetente y sin las garantías mínimas del debido proceso, finalmente ajusticiado por su propio pueblo, incitado por los sumos sacerdotes, escribas y fariseos.
Al respecto, González Prada decía:
“Y no valen pruebas ni derechos. Como se busca un mal hombre para que pague un esquinazo, así en los juicios intrincados se rebusca un juez para que anule un sumario, fragüe otro nuevo y pronuncie una sentencia donde quede absuelto el culpable y salga crucificado el inocente. Si por rarísima casualidad se topa con un juez íntegro y rebelde a toda seducción (masculina o femenina), entonces se recurre a una serie de recusaciones, hasta dar en el maleable y el venal. Si por otra rarísima casualidad, al juez apetecido no se le consigue en el lugar, se le encarga, se le hace venir desde unas doscientas o trescientas leguas”.
Quienes abogan por el dicho “la voz del pueblo es la voz de Dios” se equivocan. De ahí que se diga que el periodismo puede ser “la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”.
Insistimos en que el Juez ha de resolver con imparcialidad, buscando la verdad en el expediente y no para el agrado de la “opinión pública”.
Frente a los peligros del positivismo y de la arbitrariedad del Juzgador, ya decía González Prada:
“a fuerza de oír defender lo justo y lo injusto, con igual número de razones, el magistrado concluye por encerrar la justicia en una simple interpretación de la ley, así que un artículo del Código le sirve hoy para sostener lo contrario de lo que ayer afirmaba”[14].
“el juez causa el daño sin arrastrar las consecuencias, parapetándose en los Códigos y atribuyendo a deficiencias de la Ley los excesos de la malicia personal”[15].
Frente a esto Juan Pablo II nos dice:
“5. La deontología del juez tiene su criterio inspirador en el amor a la verdad. Así pues, ante todo debe estar convencido de que la verdad existe. Por eso, es preciso buscarla con auténtico deseo de conocerla, a pesar de todos los inconvenientes que puedan derivar de ese conocimiento. Hay que resistir al miedo a la verdad, que a veces puede brotar del temor a herir a las personas. La verdad, que es Cristo mismo (cf. Jn 8, 32 y 36), nos libera de cualquier forma de componenda con las mentiras interesadas.
El juez que actúa verdaderamente como juez, es decir, con justicia, no se deja condicionar ni por sentimientos de falsa compasión hacia las personas, ni por falsos modelos de pensamiento, aunque estén difundidos en el ambiente. Sabe que las sentencias injustas jamás constituyen una verdadera solución pastoral, y que el juicio de Dios sobre su proceder es lo que cuenta para la eternidad[16].
(…)
Lo dicho a los jueces canónicos es perfectamente aplicable a los jueces de la justicia ordinaria.
Obviamente en todas partes se cuecen habas. Dejando de lado las generalizaciones extremistas, no todos los periodistas son como el Sinchi, como tampoco es cierto que todos los magistrados y auxiliares jurisdiccionales son corruptos.
Algunos de ellos se comportan al mismísimo estilo del Sinchi. Frente a un hecho conocido, la justicia de la causa, ofrecen sus servicios al litigante o abogado rompiendo su deber de imparcialidad e incurriendo en un acto de corrupción. Si el abogado o litigante no acepta el vil ofrecimiento o éstos hacen caso omiso a la invitación a ofrecer se convierten en sus adversarios. Si aquellos son aceptados, se convierten en aliados. Así el servicio de justicia termina convertido en una mercancía, en un autoservicio, o en una vil puja en la cual el resultado se vende al mejor postor.
Ojalá los litigantes y abogados, en lugar de ser autores o cómplices de un delito[17], agravado en el caso de los magistrados[18], denunciaran al mal juez o auxiliar jurisdiccional. Lamentablemente el temor de perder el proceso o sus malas costumbres hacen que litigantes y abogados se coludan con malos jueces y auxiliares jurisdiccionales. Y que no se denuncie con nombre y apellido los actos de corrupción.
Un gran poder implica una gran responsabilidad. Con la misma información, un mal periodista puede difundirla en uno u otro sentido. “Así como te puedo sacar bueno, te puedo sacar malo”, se dice en el argot periodístico.
Con el mismo expediente, un mal juez puede resolver en uno u otro sentido. Jueces y periodistas han de buscar la verdad y luchar contra la corrupción, actuando con responsabilidad y asumiendo las consecuencias de sus actos. La adjetivadas verdad legal y verdad periodística deben dar paso a la verdad sustantiva.
No perdamos de vista las palabras de Juan Pablo II:
“Por último, un momento importante de la búsqueda de la verdad es el de la instrucción de la causa. Está amenazada en su misma razón de ser, y degenera en puro formalismo, cuando el resultado del proceso se da por descontado. Es verdad que también el deber de una justicia tempestiva forma parte del servicio concreto de la verdad, y constituye un derecho de las personas. Con todo, una falsa celeridad, que vaya en detrimento de la verdad, es aún más gravemente injusta”[19].
NOTAS:
[1] VARGAS LLOSA, MARIO. Pantaleón y las visitadoras, Barcelona, Editorial Bruguera S.A., 1980, pp. 123-127.
[2] Op. Cit. pp. 173-174.
[3] Op. Cit. pp. 185-186
[4] Op. cit. pp. 188-189
[5] Op. Cit. pp. 214-218.
[6] “Código Penal. Artículo 201.- El que, haciendo saber a otro que se dispone a publicar, denunciar o revelar un hecho o conducta cuya divulgación puede perjudicarlo personalmente o a un tercero con quien esté estrechamente vinculado, trata de determinarlo o lo determina a comprar su silencio, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de seis años y con ciento ochenta a trescientos sesenta y cinco días-multa”.
[7] “Código Penal. Artículo 179.- El que promueve o favorece la prostitución de otra persona, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cinco años. La pena será no menor de cuatro ni mayor de doce años cuando:
1. La víctima es menor de catorce años.
2. El autor emplea violencia, engaño, abuso de autoridad, o cualquier medio de intimidación.
3. La víctima se encuentra privada de discernimiento por cualquier causa.
4. El autor es pariente dentro del cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad, o es cónyuge, concubino, adoptante, tutor o curador o tiene al agraviado a su cuidado por cualquier motivo.
5. La víctima está en situación de abandono o de extrema necesidad económica.
6. El autor haya hecho del proxenetismo su oficio o modo de vida.
Artículo 180.- El que explota la ganancia deshonesta obtenida por una persona que ejerce la prostitución será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de ocho años.
Si la víctima es menor de catorce años, o cónyuge, conviviente, descendiente, hijo adoptivo, hijo de su cónyuge o de su conviviente o si está a su cuidado, la pena será no menor de cuatro ni mayor de doce años.
Artículo 181.- El que compromete, seduce, o sustrae a una persona para entregarla a otro con el objeto de practicar relaciones sexuales, o el que la entrega con este fin, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cinco años.
La pena será no menor de cinco ni mayor de doce años, cuando:
1. La víctima tiene menos de dieciocho años de edad.
2. El agente emplea violencia, amenaza, abuso de autoridad u otro medio de coerción.
3. La víctima es cónyuge, concubina, descendiente, hijo adoptivo, hijo de su cónyuge o de su concubina, o si está a su cuidado.
4. La víctima es entregada a un proxeneta.
Artículo 182.- El que promueve o facilita la entrada o salida del país o el traslado dentro del territorio de la República de una persona para que ejerza la prostitución, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de diez años.
La pena será no menor de ocho ni mayor de doce años, si media alguna de las circunstancias agravantes enumeradas en el artículo anterior.
[8] Sobre la Orden “El Sol del Perú” u “Orden del Sol” puede consultarse http://www.rree.gob.pe/portal/dcanciller.nsf/BA7B6DD829D40A3D0525697E007FBC77/
1ACFEE9ED98A44E805256E39006EF7AE?OpenDocument
[9] Al respecto, puede revisarse:
-Sentencia de fecha 2 de noviembre de 1998, recaída en el Expediente Nº 666-96-HD/TC.
-Sentencia de fecha 18 de octubre de 2000, recaída en el Expediente Nº 748-2000-AA/TC.
-Sentencia de fecha 14 de agosto de 2002, recaída en el Expediente Nº 0905-2001AA/TC.
[10] Sentencias de fecha 29 de enero de 2003 recaída en el Expediente Nº 1797-2002-HD/TC, de fecha 6 de abril de 2004, recaída en el Expediente N° 2579-2003-hd/TC, de fecha 21 de enero de 2004, recaída en el Expediente N° 1219-2003-HD.
[11] Sentencia de fecha 17 de octubre de 2005, recaída en el Expediente N° 6712-2005-HC/TC (Caso Magaly Medina).
[12] Sentencia Nº T-787/04 de fecha 18 de agosto de 2004
[13] GONZÁLEZ PRADA, Manuel. Nuestros Magistrados. En Horas de Lucha. Lima, Editorial Peisa, 1989 p. 129.
[14] GONZALEZ PRADA, Manuel. Op. Cit, p. 132.
[15] GONZALEZ PRADA, Manuel. Op. Cit. p. 133.
[16] JUAN PABLO II. Discurso al Tribunal de La Rota Romana con ocasión de la Apertura del Año Judicial. Sábado 29 de enero de 2005. En http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2005/january/
documents/hf_jp-ii_spe_20050129_roman-rota_sp.html.
[17] Código Penal. Artículo 393.- El funcionario o servidor público que acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, para realizar u omitir un acto en violación de sus obligaciones o el que las acepta a consecuencia de haber faltado a ellas, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que solicita, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, para realizar u omitir un acto en violación de sus obligaciones o a consecuencia de haber faltado a ellas, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que condiciona su conducta funcional derivada del cargo o empleo a la entrega o promesa de donativo o ventaja, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de ocho ni mayor de diez años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal."
"Artículo 394.- El funcionario o servidor público que acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio indebido para realizar un acto propio de su cargo o empleo, sin faltar a su obligación, o como consecuencia del ya realizado, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cuatro ni mayor de seis años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que solicita, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja indebida para realizar un acto propio de su cargo o empleo, sin faltar a su obligación, o como consecuencia del ya realizado, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal."
[18] "Artículo 395.- El Magistrado, Árbitro, Fiscal, Perito, Miembro de Tribunal Administrativo o cualquier otro análogo a los anteriores que bajo cualquier modalidad acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, a sabiendas que es hecho con el fin de influir o decidir en asunto sometido a su conocimiento o competencia, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de quince años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal y con ciento ochenta a trescientos sesenta y cinco días-multa.
El Magistrado, Árbitro, Fiscal, Perito, Miembro de Tribunal Administrativo o cualquier otro análogo a los anteriores que bajo cualquier modalidad solicite, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, con el fin de influir en la decisión de un asunto que esté sometido a su conocimiento, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de ocho ni mayor de quince años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal y con trescientos sesenta y cinco a setecientos días-multa."
[19] Discurso del Santo Padre Juan pablo II al Tribunal de la Rota Romana con ocasión de la apertura del año judicial. Sábado 29 de enero de 2005. En http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2005/january/
documents/hf_jp-ii_spe_20050129_roman-rota_sp.html.
* Juez Titular del Primer Juzgado Especializado en lo Civil de Lima.
En
http://www.derechoycambiosocial.com/revista011/jueces%20y%20periodistas.htm
20/02/12: El mercader y la bolsa
Anónimo
Una historia que nos enseña a practicar la honradez
Cierto día un mercader ambulante iba caminando hacia un pueblo. Por el camino encontró una bolsa con 800 dólares. El mercader decidió buscar a la persona que había perdido el dinero para entregárselo pus pensó que el dinero pertenecía a alguien que llevaba su misma ruta.
Cuando llegó a su ciudad, fue a visitar a un amigo.
- ¿Sabes quien ha perdido una gran cantidad de dinero? - le preguntó a éste.
- Sí sí. Lo perdió Juan, nuestro vecino, que vive en la casa del frente.
El mercader fue a la casa indicada y devolvió la bolsa.
Juan era una persona avara y apenas terminó de contar el dinero gritó
- Faltan ¡100 dólares! Esa era la cantidad de dinero que yo iba a dar como recompensa ¿Cómo lo has agarrado sin mi permiso? Vete de una vez. Ya no tienes nada que hacer aquí.
El honrado mercader se sintió indignado por la falta de agradecimiento. No quiso pasar por ladrón y se fue a ver al juez.
El avaro fue llamado a la corte. Insistió ante el juez que la bolsa contenía 900 dólares. El mercader aseguraba que eran 800.
El juez, que tenía fama de sabio y honrado, no tardó en decidir el caso. Le preguntó al avaro:
- Tú dices que la bolsa contenía 900 dólares ¿verdad?
-Sí, señor, respondió Juan.
-Tú dices que la bolsa contenía 800 dólares -le preguntó el juez al mercader.
-Sí señor.
-Pues bien - dijo el Juez - considero que ambas son personas honradas e incapaces de mentir.
- A ti porque has devuelto la bolsa con el dinero, pudiéndote quedar con ella.
- A Juan porque le conozco desde hace tiempo. Esta bolsa de dinero no es la de Juan; aquella contenía 900 dólares.
Y dijo al mercader
- Esta solo tiene 800. Así pues, quédate tú con ella hasta que aparezca su dueño.
- Y tú Juan, espera que alguien te devuelva la tuya.
Una historia que nos enseña a practicar la honradez
Cierto día un mercader ambulante iba caminando hacia un pueblo. Por el camino encontró una bolsa con 800 dólares. El mercader decidió buscar a la persona que había perdido el dinero para entregárselo pus pensó que el dinero pertenecía a alguien que llevaba su misma ruta.
Cuando llegó a su ciudad, fue a visitar a un amigo.
- ¿Sabes quien ha perdido una gran cantidad de dinero? - le preguntó a éste.
- Sí sí. Lo perdió Juan, nuestro vecino, que vive en la casa del frente.
El mercader fue a la casa indicada y devolvió la bolsa.
Juan era una persona avara y apenas terminó de contar el dinero gritó
- Faltan ¡100 dólares! Esa era la cantidad de dinero que yo iba a dar como recompensa ¿Cómo lo has agarrado sin mi permiso? Vete de una vez. Ya no tienes nada que hacer aquí.
El honrado mercader se sintió indignado por la falta de agradecimiento. No quiso pasar por ladrón y se fue a ver al juez.
El avaro fue llamado a la corte. Insistió ante el juez que la bolsa contenía 900 dólares. El mercader aseguraba que eran 800.
El juez, que tenía fama de sabio y honrado, no tardó en decidir el caso. Le preguntó al avaro:
- Tú dices que la bolsa contenía 900 dólares ¿verdad?
-Sí, señor, respondió Juan.
-Tú dices que la bolsa contenía 800 dólares -le preguntó el juez al mercader.
-Sí señor.
-Pues bien - dijo el Juez - considero que ambas son personas honradas e incapaces de mentir.
- A ti porque has devuelto la bolsa con el dinero, pudiéndote quedar con ella.
- A Juan porque le conozco desde hace tiempo. Esta bolsa de dinero no es la de Juan; aquella contenía 900 dólares.
Y dijo al mercader
- Esta solo tiene 800. Así pues, quédate tú con ella hasta que aparezca su dueño.
- Y tú Juan, espera que alguien te devuelva la tuya.
02/05/11: ¿ES EL JUEZ REALMENTE UN POETA?
Algunas palabras en voz alta sobre la reciente antología
Jueces en la Literatura Chilena de Aristóteles España
Por JAIME FRANCISCO COAGUILA VALDIVIA
En http://scc.pj.gob.pe/wps/wcm/connect/4b007b8043eb7b8fa78be74684c6236a/11.+Doctrina+Nacional+-+Magistrados+-+Jaime+Coaguila+Valdivia.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=4b007b8043eb7b8fa78be74684c6236a
Jueces en la Literatura Chilena de Aristóteles España
Por JAIME FRANCISCO COAGUILA VALDIVIA
En http://scc.pj.gob.pe/wps/wcm/connect/4b007b8043eb7b8fa78be74684c6236a/11.+Doctrina+Nacional+-+Magistrados+-+Jaime+Coaguila+Valdivia.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=4b007b8043eb7b8fa78be74684c6236a








