18/01/12: Pantaleón y las visitadoras
A propósito de los jueces y periodistas
Jaime David Abanto Torres*
A quienes apuestan por un periodismo veraz y objetivo
y por un servicio de justicia incorruptible.
“- Encantado, mucho gusto, choque esos cinco – hace una reverencia japonesa, cruza el puesto de mando como un emperador, chupa su puro y sopla humo el Sinchi-. A sus órdenes, para todo lo que se le ofrezca.
-Buenos días – olfatea la atmósfera, se desconcierta, tiene un acceso de tos Pantaleón Pantoja-. Tome asiento. ¿En qué puedo servirle?
- Ese portento de mujer que me encontré en la puerta me dio mareos- señala la escalera, silba, se entusiasma, fuma el Sinchi-. Caramba, me habían dicho que Pantilandia era el paraíso de las mujeres y veo que es cierto. Qué lindas flores crecen en su jardín, señor Pantoja.
- Tengo mucho trabajo y no puedo malgastar mi tiempo, así que apúrese – respinga, coge un cartapacio y trata de disipar la nube que lo envuelve Pantaleón Pantoja-. En cuanto a – eso de Pantilandia, le prevengo que no me hace gracia. No tengo sentido del humor.
- El nombre no lo inventé yo, sino la fantasía popular – abre los brazos y discursea como ante una rugiente multitud el Sinchi-, la imaginación loretana, siempre tan buida y sápida, tan ingeniosa. No lo tome a mal, señor Pantoja, hay que ser sensitivo para con las creaciones populares.
[...]
- ¿Usted no dirige un programa en Radio Amazonas? – tose, se ahoga, se seca los ojos llorosos Pantaleón Pantoja-. ¿A las seis de la tarde?
- Yo mismo, aquí tiene la famosísima Voz del Sinchi en persona –engola la voz, empuña un micro invisible, declama el Sinchi-. Terror de autoridades corrompidas, azote de jueces venales, remolino de la injusticia, voz que recoge y prodiga por las ondas las palpitaciones populares.
- Sí, en alguna ocasión he oído su programa ¿bastante popular, no? - se pone de pie, va en busca de aire puro, respira con fuerza Pantaleón Pantoja-. Muy honrado con su visita. Qué se le ofrece.
- Soy un hombre de mi tiempo, desprejuiciado, progresista, así que vengo a echarle una mano – se levanta, lo persigue, lo arrebosa de humo, le tiende unos dedos fláccidos el Sinchi-. Además, me cae usted simpático, señor Pantoja, y sé que podemos ser buenos amigos. Yo creo en las amistades a primera vista, mi olfato no me falla. Quiero servirlo.
- Muy agradecido – se deja sacudir, palmear los hombros, se resigna a volver al escritorio, a seguir tosiendo Pantaleón Pantoja-. Pero, la verdad, no necesito sus servicios. Al menos por el momento.
- Eso es lo que se cree, hombre cándido e inocente- abarca todo el espacio como un ademán, se escandaliza medio en serio medio en broma el Sinchi-. En este enclave erótico vive lejos del mundanal ruido y, por lo visto, no se entera de las cosas. No sabe lo que se anda diciendo por las calles, los peligros que lo rodean.
- Dispongo de muy poco tiempo, señor- mira la hora, se impacienta Pantaleón Pantoja-. O me indica de una vez lo que quiere o me hace el favor de irse.
[...]
- Estoy sometido a presiones irresistibles – aplasta el puro en el cenicero, lo despedaza, se aflige el Sinchi-. Amas de casa, padres de familia, colegios, instituciones culturales, iglesias de todo color y pelo, hasta brujas y ayahuasqueros. Soy humano, mi resistencia tiene un límite.
- Qué chanfaina es ésa, de qué me habla – sonríe viendo desvanecerse la última nubecilla de humo Pantaleón Pantoja-. No entiendo palabra, sea más explícito y vaya al grano de una vez.
- La ciudad quiere que hunda a Pantilandia en la ignominia y que lo mande a usted a la quiebra – sintetiza risueñamente el Sinchi-. ¿No sabía que Iquitos es una ciudad de corazón corrompido pero de fachada puritana? El Servicio de Visitadoras es un escándalo que sólo un tipo progresista y moderno como yo puede aceptar. El resto de la ciudad está espantado con esta vaina y hablando en cristiano, quiere que lo hunda.
- ¿Qué me hunda? – se pone muy serio Pantaleón Pantoja-. ¿A mí? ¿Qué hunda al Servicio de Visitadoras?
- No existe nada lo bastante sólido en toda la Amazonía que La Voz del Sinchi no pueda echar abajo- da un tincanazo en el vacío, resopla, se envanece el Sinchi-. Modestia aparte, si yo le pongo la puntería, el Servicio de Visitadoras no dura una semana y usted tendrá que salir pitando de Iquitos. Es la triste realidad, amigo.
- O sea que ha venido a amenazarme – se endereza Pantaleón Pantoja.
- Nada de eso, al contrario – da estocadas a fantasmas, se ciñe el corazón como un tenor, cuenta billetes que no existen el Sinchi-. Hasta ahora he resistido las presiones por espíritu combativo y por una cuestión de principios. Pero, en adelante, puesto que yo también tengo que vivir y el aire no alimenta, lo haré por una compensación mínima. ¿No le parece justo?
- O sea que ha venido a chantajearme – se pone de pie, se demacra, vuelca la papelera, corre hacia la escalerilla Pantaleón Pantoja.
- A ayudarlo, hombre, pregunte y verá la fuerza ciclónica de mi emisión – saca músculos, se levanta, se pasea, gesticula el Sinchi -. Tumba jueces, subprefectos, matrimonios, lo que ataca se desintegra. Por unos cuantos miserables soles estoy dispuesto a defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a su cerebro creador. A dar la gran batalla por usted, señor Pantoja.
[...]
- ¡Sinforoso! ¡Palomino! – da palmadas, grita Pantaleón Pantoja-. ¡Sanitario!
- Qué le pasa, nada de ponerse nervioso, cálmese- queda quieto, suaviza la voz, mira a su alrededor alarmado el Sinchi-. No necesita responderme de inmediato. Haga sus consultas, averigüe quién soy yo y discutimos la próxima semana.
- Sáquenme a éste zamarro de aquí y zambúllanlo en el río- ordena a los hombres que aparecen corriendo en la boca de la escalera Pantaleón Pantoja-. Y no le vuelvan a permitir la entrada al centro logístico.
- Oiga, no se suicide, no sea inconsciente, yo soy un superhombre en Iquitos – manotea, empuja, se defiende, se resbala, se aleja, desaparece, se empapa el Sinchi-. Suéltenme, qué significa esto, oiga, se va a arrepentir, señor Pantoja, yo venía a ayudarlo. ¡Yo soy su amigooo!
- Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras, - curiosea una revista abandonada en una mesa del “Luchos’s Bar” el teniente Bacacorzo-. Ojalá que ese remojón en Itaya no le traiga problemas, mi capitán.
- Prefiero los problemas antes que ceder a un sucio chantaje- [...][1]
***
Breves arpegios.
Hoy, con la misma firmeza y a costa de los riesgos que haya que correr, el Sinchi pregunta: ¿hasta cuándo vamos a seguir tolerando en nuestra querida ciudad, distinguidos radioescuchas, el bochornoso espectáculo que es la existencia del mal llamado Servicio de Visitadoras, conocido más plebeyamente con el mote de Pantilandia, en irrisorio homenaje a su progenitor? El Sinchi pregunta: ¿Hasta cuándo, padres y madres de familia de la civilizada Loreto, vamos a seguir sufriendo angustias para impedir que nuestros hijos corran, inocentes, inexpertos, ignorantes del peligro, a contemplar como si fuera una kermesse o un circo, el tráfico de hetairas, de mujerzuelas desvergonzadas, de PROSTITUTAS para no hablar con eufemismos, que impúdicamente llegan y parten de ese antro erigido en las puertas de nuestra ciudad por ese individuo sin ley y sin principios que responde al nombre y apellido de Pantaleón Pantoja? El Sinchi pregunta: ¿qué poderosos y turbios intereses amparan a este sujeto para que, durante dos largos años, haya podido dirigir en total impunidad un negocio tan ilícito como próspero, tan denigrante como millonario, en las barbas de toda la ciudadanía sana? No nos atemorizan las amenazas, nadie puede sobornarnos, nada atajará nuestra cruzada por el progreso, la moralidad, la cultura y el patriotismo peruanista de la Amazonía. Ha llegado el momento de enfrentarse al monstruo y, de un solo tajo. No queremos semejante forúnculo en Iquitos, a todos se nos cae la cara de vergüenza y vivimos en una constante zozobra y pesadilla con la existencia de ese complejo industrial de meretrices que preside, como moderno sultán babilónico, el tristemente célebre señor Pantoja quien no vacila, por su afán de riqueza y explotación, en ofender y agraviar lo más sano que existe, como son la familia, la religión y los cuarteles de los defensores de nuestra integridad territorial y de la soberanía de la Patria. [...][2]
Las últimas palabras de esta desgraciada mujer cuyo testimonio acabamos de llevar a vuestros oídos, queridos radioescuchas – me refiero a la exvisitadora Maclovia. Han puesto dramáticamente el dedo en la llaga de un asunto trágico y doloroso que retrata, mejor que una fotografía o una película en tecnicolor, la idiosincrasia del personaje que luce en su prontuario la gris hazaña de haber creado en Iquitos la más insospechada y multitudinaria casa de perdición del país y, tal vez, de Sudamérica. Porque, en efecto, es cierto y fehaciente que el señor Pantaleón Pantoja tiene una familia, o mejor dicho tenía, y que ha venido llevando una doble vida, hundido por una parte en la ciénaga pestilencial del negocio del sexo, y por otra parte, aparentando una vida hogareña digna y respetable, al amparo de la ignorancia en que tenía a sus seres queridos, su esposa y su menor hijita, de sus verdaderas y pingues actividades. Pero un día se hizo la luz de la verdad en el infeliz hogar y a la ignorancia de su esposa engañada en lo más sagrado de su honor, tomó esta honesta dama la determinación de abandonar el hogar mancillado por el escándalo. En el aeropuerto “teniente Bergeri”, de Iquitos, para dar testimonio de su dolor y para acompañarla hasta la escalerilla de la moderna aeronave Faucett que habría de alejarla por los aires de nuestra querida ciudad, ¡ESTABA EL SINCHI!: [...]”[3]
“Breves arpegios. Avisos comerciales en disco y cinta: 30 segundos. Breves arpegios
Y en vista de que el reloj Movado de nuestros estudios señala que son ya las 18 horas treinta minutos exactas de la tarde, debemos cerrar nuestro programa, con este impresionante documento radiofónico que patentiza cómo, en su negra odisea, el señor de Pantilandia no ha vacilado en llevar dolor y quebranto a su propia familia, igual que lo viene haciendo con esta tierra cuyo único delito ha sido recibirlo y darle hospitalidad, Muy buenas tardes, queridos oyentes, Han escuchado ustedes
Compases del vals “La Contamainina”; suben, bajan y quedan como fondo sonoro.
¡LA VOZ DEL SINCHI! ...”[4]
***
- Solo los impotentes, los eunucos y los asexuados pueden pretender que – sube y baja entre arpegios, declama, se encabrita La Voz del Sinchi- los esforzados defensores de la Patria, que se sacrifican sirviendo allá, en las intrincadas fronteras, vivan en castidad viuda.
[...]
- Por la maldita emisión del Sinchi de ayer – no responde a su saludo, no lo invita a sentarse, coloca una cinta y enciende la grabadora el general Scavino-. El zamarro no hizo más que hablar de usted, le dedicó los treinta minutos del programa. ¿Le parece poca cosa, Pantoja?
- ¿Deben nuestros valientes soldados recurrir al debilitante onanismo? –duda, danza con los compases del vals “La Contamainina”, espera una respuesta, interroga de nuevo La Voz del Sinchi-. ¿Regresar a la autogratificación infantil?
- ¿La Voz del Sinchi? – oye crujir, tartamudear, estropearse a la grabadora, ve al general Scavino sacudirla, golpearla, probar todos los botones el capitán Pantoja-. ¿Está seguro mi general? ¿Me atacó de nuevo?
- Lo defendió, lo defendió de nuevo- descubre que el enchufe se ha soltado, murmura que estúpido, se agacha, conecta el aparato otra vez el general Scavino-. Y es mil veces peor que si lo atacara. ¿No comprende? Esto deja en ridículo y enloda al Ejército al mismo tiempo.
[...]
- El Supremo Gobierno debería condecorar con la Orden del Sol al señor Pantaleón Pantoja – estalla, rutila entre Lux el Jabón que Perfuma, Coca- Cola la Pausa que Refresca y Sonrisas Kolynosistas, dramatiza y exige La Voz del Sinchi-. Por la encomiástica labor que realiza en procura de la satisfacción de las necesidades íntimas de los centinelas del Perú.
- Lo oyó mi esposa y mis hijas tuvieron que darle sales – apaga la grabadora, recorre la habitación con las manos a la espalda el general Scavino-. Nos está convirtiendo en el hazmerreír de todo Iquitos con sus peroratas. ¿No le ordené tomar medidas para que La Voz del Sinchi no se ocupara más del Servicio de Visitadoras?
- La única manera de taparle la boca a ese sujeto es dándole un balazo o plata – escucha la radio, ve a las visitadoras preparando los maletines para embarcar, a Chuchupe montando a Dalila Pantaleón Pantoja-. Cargármelo me traería muchos líos, no queda más remedio que calentarle la mano con unos cuantos soles. Anda díselo Chupito. Que se presente aquí en el término de la distancia.
- ¿Quiere decir que destina parte del presupuesto del Servicio de Visitadoras a sobornar periodistas? – lo examina de pies a cabeza, ancha las aletas de la nariz, arruga la frente, muestra los incisivos el general Scavino-. Muy interesante, capitán.
[...]
- Del presupuesto no, eso es sagrado- distingue un ratoncito cruzando veloz el alféizar de la ventana a pocos centímetros de la cabeza del general Scavino el capitán Pantoja-. Usted tiene copia de la contabilidad para comprobarlo. De mi propio sueldo, He tenido que sacrificar el 5% mensual de mis haberes para callar a ese chantajista. No entiendo por qué ha hecho esto.
- Por escrúpulos profesionales, por indignación moral, por solidaridad humana, amigo Pantoja – entra al centro logístico dando un portazo, sube la escalerilla del puesto de mando como un ventarrón, intenta abrazar al señor Pantoja, se quita el saco, se sienta en el escritorio, ríe, truena, arenga el Sinchi-. Porque no puedo soportar que haya gente aquí, en esta ciudad donde mi santa madre me botó al mundo, que menosprecie su labor y que todo el día eche sapos y culebras contra usted.
- Nuestro compromiso era clarísimo y usted lo ha violado- estrella una regla contra un panel, tiene los labios llenos de saliva y los ojos incendiados, rechina los dientes Pantaleón Pantoja-. ¿Para qué carajo los quinientos soles mensuales? Para que se olvide de que el Servicio de Visitadoras existe.
- Es que yo también soy humano, señor Pantoja, y sé asumir mis responsabilidades – asiente, lo calma, gesticula, oye roncar la hélice, ve a Dalila correr por el río levantando dos paredes de agua, la ve levarse, perderse en el cielo el Sinchi-. Tengo sentimientos, impulsos, emociones. Donde voy, oigo pestes contra usted y me caliento. No puedo permitir que calumnien a alguien tan caballero. Sobre todo, siendo amigos.
- Voy a hacerle una advertencia muy seria, so grandísimo pendejo- lo coge de la camisa, lo zamaquea de atrás adelante, de adelante atrás, lo ve asustarse, enrojecer, temblar, lo suelta Pantaleón Pantoja-. Ya sabe lo que ocurrió la vez pasada, cuando sus ataques al Servicio. Tuve que contener a las visitadoras, querían sacarle los ojos y clavarlo en la Plaza de Armas.
- Lo sé de sobra amigo Pantoja – se arregla la camisa, trata de sonreír, recupera el aplomo, se aprieta el cuello el Sinchi… ¿Cree que no me enteré que habían pegado mi foto en la puerta de Pantilandia y que la escupían al entrar y salir?
[...]
- Pero ahora ellas están felices con los piropos que les echo en mi emisión, señor Pantoja – se pone el saco, va hasta la baranda, hace adiós al Chino Porfirio, vuelve al escritorio, soba el hombro del señor Pantoja, cruza los dedos y jura el Sinchi-. Cuando me ven en la calle, me mandan besitos volados. Vamos, amigo Pan-Pan, no lo tome a trágico, yo quería servirlo. Pero, si prefiere, La Voz del Sinchi no lo mentará nunca más.
- Porque la primera vez que me nombre, o hable del Servicio, le echaré encima a las cincuenta visitadoras y le advierto que todas tienen uñas largas – abre un cajón del escritorio, saca un revólver, lo carga y descarga, hace girar el tambor, encañona el pizarrón, el teléfono, las vigas Pantaleón Pantoja-. Y si ellas no acaban con usted, lo remato yo, de un tiro en la cabeza. ¿Comprendido?
- A la perfección, amigo Pantoja, ni una palabra más- multiplica las venias, las sonrisas, los adioses, baja la escalerilla de espaldas, echa a correr, desaparece en la trocha a Iquitos el Sinchi-. Clarísimo como el sol. ¿Quién es el señor Pan-Pan? ¿No se le conoce, no existe, no se oyó nunca. ¿Y el Servicio de Visitadoras? Qué es eso, cómso e come eso. ¿Correcto? Vaya, nos entendemos. Los quinientos solifacios de este mes ¿cómo siempre, con Chupito? ...[5]
* * *
Hemos escogido algunos fragmentos de la obra Pantaleón y las Visitadoras del laureado escritor nacional Mario Vargas Llosa, por la manera en que describen el poder que tienen los medios de comunicación y lo que puede suceder cuando algunos malos profesionales de las ciencias de la comunicación o periodistas aficionados, abusan del enorme poder que tienen. No en vano existe un programa de televisión de señal abierta denominado Cuarto Poder.
El ciudadano de a pie y el funcionario o servidor público se encuentran en total estado de indefensión frente a un ataque a su honor o a su intimidad personal y familiar. Ninguna condena por delitos de injuria, calumnia o difamación, o al pago de indemnización o reparación civil podrán resarcir el daño causado. Ni siquiera una rectificación oportuna.
La novela trata la historia de Pantaleón Pantoja, un capitán del ejército peruano que por órdenes superiores, organiza un servicio de prostitución clandestina para los soldados que prestan servicios en la Amazonía. Pantaleón Pantoja es un típico cultor de la obediencia debida. “Las órdenes se cumplen, no se piensan” es su lema.
Vemos en escena al Sinchi, periodista radial, autodenominado “Terror de autoridades corrompidas”. Así como Atila, rey de los Hunos, era llamado “El azote de Dios” él se considera a sí mismo como el “azote de jueces venales, remolino de la injusticia”. El Sinchi refiere ser víctima de presiones de la sociedad loretana movida por el escándalo, quiere que hunda a Pantaleón Pantoja y a su Servicio de Visitadoras. El Sinchi, como hombre sin prejuicios ofrece su ayuda a Pantaleón, a cambio del pago de una suma de dinero, “puesto que también tiene que vivir y el aire no alimenta”.
Pantaleón se indigna inmediatamente ante el chantaje[6] y el Sinchi insiste en querer ayudarlo remarcando que “Tumba jueces, subprefectos, matrimonios” y cual rayo láser, “lo que ataca se desintegra”. E insiste en su oferta en defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a Pantaleón “por unos cuantos miserables soles”.
Con qué descaro algunos malos periodistas dañan la honra de las personas porque no se les compra el silencio pagando “unos cuantos miserables soles”. O también cuando alguna parte interesada se los paga.
El Sinchi incluso lanza una amenaza al matrimonio de Pantaleón, pues era indudable que su esposa no entendería el trabajo de su esposo, un capitán del ejército que, por órdenes superiores, se dedicaba a la misión secreta de administrar un contingente de damas dedicadas a la llamada profesión más antigua del mundo, es decir a una especie de proxenetismo[7] clandestino e itinerante por la selva amazónica.
Luego que el enfurecido Pantaleón ordena a sus ayudantes que arrojen al río al periodista radial, uno de ellos, el teniente Bacacorzo le advierte del peligro “- Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras” y “Ojalá que ese remojón en Itaya no le traiga problemas, mi capitán”. Pantaleón responde que prefiere los problemas antes que ceder ante el extorsionador. Más tarde, por orden superior, tendría tragarse sus palabras y hacer lo contrario.
Una vez rechazada su oferta o chantaje, para decirlo sin medias tintas, el Sinchi inicia su ataque radial, apelando a la doble moral de la sociedad loretana, lanzando una filípica contra el Servicio de Visitadoras, Pantilandia, y haciendo un relato del novedoso escándalo -iniciado hace dos años atrás-, preguntándose por los oscuros intereses que protegían dicha actividad. El Sinchi hace hincapié en su condición de insobornable, como si alguien hubiese querido comprar su silencio, y se erige en el paladín de instituciones como la familia y el ejército peruano y hasta de la religión. A continuación presenta el testimonio no muy convincente de una ex visitadora, que llegaba a extrañar el grato ambiente de trabajo y el buen trato laboral que le brindara Pantaleón Pantoja.
El Sinchi llega al extremo de intentar entrevistar a la esposa de Pantaleón, antes que esta abandonara la ciudad, herida por el escándalo. Admitimos que en el caso de la novela, la existencia de un servicio clandestino de visitadoras para las fuerzas armadas sin duda es un hecho de interés público. Pero ¿qué interés público pueden tener los sentimientos y emociones de la esposa de quien administraba o regentaba el servicio, invadiendo su intimidad? ¿Verdad periodística? Todo lo sucedido en el relato fue por el afán de lucro de un mal periodista radial.
Para sorpresa de propios y extraños, en un espontáneo e inusitado ejercicio de rectificación, el Sinchi comienza a hacer la apología del Servicio de Visitadoras, apelando a la imposibilidad de los soldados de mantener el celibato sin recurrir a la masturbación, llegando al extremo de proponer que “El Supremo Gobierno condecore con la Orden del Sol[8] al señor Pantaleón Pantoja”, situación que pone en ridículo al Ejército, según el General Scavino, quien recuerda a Pantaleón la orden de evitar que el Sinchi difundiera toda clase de informaciones sobre el Servicio de Visitadoras.
Pantaleón se encuentra en el triste dilema de asesinar al periodista o sobornarlo. Entendiendo que lo primero le traería más problemas, opta por lo segundo, pero no con dinero del ejército, sino con el suyo propio, despejando las hipócritas dudas del General Scavino.
No perdemos de vista el caso de periodistas asesinados por ejercer su profesión con veracidad y objetividad. Pero tampoco perdamos de vista el caso de los tres magistrados peruanos asesinados en el año 2006.
El Sinchi justifica su rol de defensor oficioso del Servicio de Visitadoras, alegando “escrúpulos profesionales”, “indignación moral” y “solidaridad humana”. Pantaleón le recuerda su compromiso de guardar silencio respecto al Servicio de Visitadoras, amenazándolo de muerte. Prometiendo cumplir con lo pactado, el Sinchi se despide coordinando el pago de la última cuota vencida de su soborno mensual.
A pesar de no ser escasos los abusos de algunos malos periodistas y medios de comunicación en el ejercicio de sus libertades informativas, el Tribunal Constitucional peruano ha tenido muy pocos casos en los que se haya visto las tensiones entre las libertades informativas y el derecho a la intimidad.
La tendencia del Tribunal Constitucional ha sido la de invocar la prohibición de censura previa para desestimar las demandas de amparo y de hábeas data[9]. Sin embargo, en algunos otros casos, que no necesariamente se relacionan con conflictos entre las libertades informativas y el derecho a la intimidad, se reconoce que no obstante la existencia de libertades preferidas, el conflicto debe resolverse recurriendo a la técnica de la ponderación[10]. En un reciente caso, el Tribunal reconoce que el derecho a la intimidad es un límite a las libertades informativas[11].
Por su parte, la Corte Constitucional colombiana ha definido los principios de libertad, finalidad, necesidad, veracidad e integridad, señalando que:
23. Así, el ‘principio de libertad’ aplicado a la libertad de expresión, conduce a sostener que si bien una persona puede opinar abiertamente sobre el ‘comportamiento externo’ de otra, por cuanto al revelar públicamente su conducta permite que los demás juzguen sus actos; en tratándose de ‘actos íntimos o privados’ no ocurre lo mismo, básicamente porque se trata de información sujeta a la libre disposición del individuo.
Por ejemplo, esta corporación sobre la materia ha sostenido que existe una tendencia creciente hacia el desdibujamiento de la intimidad en las personas con proyección pública, pues de sus actuaciones serán testigos, casi necesariamente el conglomerado universal de la sociedad. Sin embargo, ese desdibujamiento en manera alguna puede ser considerado absoluto, puesto que existen espacios íntimos o privados de vida excluidos del interés público, los cuales no pueden ser invadidos sino por el consentimiento expreso o tácito de su titular.
24. El principio de finalidad como requisito del ejercicio de la libertad de expresión, se manifiesta en que la diversidad de opiniones o de pensamientos que se divulguen, se relacionen con el logro de una finalidad constitucionalmente legítima, tales como, informar sobre un acontecimiento o suceso de trascendencia pública, difundir y dar a conocer manifestaciones de cultura o creaciones del intelecto humano, o participar a través de la crítica en el ejercicio del control público. Esto significa que la libertad de expresión, no puede convertirse en una herramienta para vulnerar los derechos de los otros o para incentivar la violencia.
25. Finalmente, los principios de necesidad, veracidad e integridad, se concretan en la exigencia de requerir que los hechos o enunciados de carácter fáctico que sustentan las opiniones, ideas, pensamientos o creencias guarden relación de conexidad con la finalidad pretendida mediante su divulgación, sean ciertos o reales y, adicionalmente, se suministren de manera completa, impidiendo que se revelen datos parciales o fraccionados, que puedan llegar a vulnerar los derechos al buen nombre y a la honra. Lo anterior, tiene su razón de ser, pues como previamente se expuso las opiniones en sí mismas consideradas, no pueden someterse a las cargas de veracidad e integridad[12].
Muchas veces periodista excede los límites del principio de libertad, pues a veces se invade la intimidad de las personas. Otras veces, se excede el principio de finalidad, pues se vulnera derechos humanos como la presunción de inocencia. También se excede el principio de necesidad, pues se revela información que no tiene conexión alguna con la finalidad pretendida con la divulgación. Otras veces no se cumple con el principio de veracidad, pues la información obtenida de las fuentes no es verificada de modo alguno, violándose también el principio de integridad pues no se presenta la información completa sino datos parciales o fraccionados. O en otro extremo se llega a difusión de versiones súper corregidas y súper aumentadas de la realidad de los hechos.
En un proceso el juez debe realizar un juicio. Por otro lado el periodista realiza un juicio paralelo que no es imparcial. A veces responde a las directivas del dueño del medio de comunicación, a la convicción subjetiva del periodista, o a la versión de alguna parte interesada (abogado o litigante), a veces mediante el pago de una retribución. Y de esa manera se intenta presionar al magistrado para que o se abstenga por decoro[13] o hacer que resuelva conforme a la opinión pública, lo que me recuerda la imagen de los judíos pidiendo el indulto de Barrabás y la crucifixión de Jesús, y a Poncio Pilato lavándose las manos, convencido de la inocencia del procesado pero a la vez muy preocupado por no quedar mal con el César. Una canción de moda en los años ochenta decía Nunca quedas mal con nadie. Difícil para el juez que resuelve no quedar mal con alguna de las partes. Así, los evangelios no muestran a Jesús procesado por autoridad incompetente y sin las garantías mínimas del debido proceso, finalmente ajusticiado por su propio pueblo, incitado por los sumos sacerdotes, escribas y fariseos.
Al respecto, González Prada decía:
“Y no valen pruebas ni derechos. Como se busca un mal hombre para que pague un esquinazo, así en los juicios intrincados se rebusca un juez para que anule un sumario, fragüe otro nuevo y pronuncie una sentencia donde quede absuelto el culpable y salga crucificado el inocente. Si por rarísima casualidad se topa con un juez íntegro y rebelde a toda seducción (masculina o femenina), entonces se recurre a una serie de recusaciones, hasta dar en el maleable y el venal. Si por otra rarísima casualidad, al juez apetecido no se le consigue en el lugar, se le encarga, se le hace venir desde unas doscientas o trescientas leguas”.
Quienes abogan por el dicho “la voz del pueblo es la voz de Dios” se equivocan. De ahí que se diga que el periodismo puede ser “la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”.
Insistimos en que el Juez ha de resolver con imparcialidad, buscando la verdad en el expediente y no para el agrado de la “opinión pública”.
Frente a los peligros del positivismo y de la arbitrariedad del Juzgador, ya decía González Prada:
“a fuerza de oír defender lo justo y lo injusto, con igual número de razones, el magistrado concluye por encerrar la justicia en una simple interpretación de la ley, así que un artículo del Código le sirve hoy para sostener lo contrario de lo que ayer afirmaba”[14].
“el juez causa el daño sin arrastrar las consecuencias, parapetándose en los Códigos y atribuyendo a deficiencias de la Ley los excesos de la malicia personal”[15].
Frente a esto Juan Pablo II nos dice:
“5. La deontología del juez tiene su criterio inspirador en el amor a la verdad. Así pues, ante todo debe estar convencido de que la verdad existe. Por eso, es preciso buscarla con auténtico deseo de conocerla, a pesar de todos los inconvenientes que puedan derivar de ese conocimiento. Hay que resistir al miedo a la verdad, que a veces puede brotar del temor a herir a las personas. La verdad, que es Cristo mismo (cf. Jn 8, 32 y 36), nos libera de cualquier forma de componenda con las mentiras interesadas.
El juez que actúa verdaderamente como juez, es decir, con justicia, no se deja condicionar ni por sentimientos de falsa compasión hacia las personas, ni por falsos modelos de pensamiento, aunque estén difundidos en el ambiente. Sabe que las sentencias injustas jamás constituyen una verdadera solución pastoral, y que el juicio de Dios sobre su proceder es lo que cuenta para la eternidad[16].
(…)
Lo dicho a los jueces canónicos es perfectamente aplicable a los jueces de la justicia ordinaria.
Obviamente en todas partes se cuecen habas. Dejando de lado las generalizaciones extremistas, no todos los periodistas son como el Sinchi, como tampoco es cierto que todos los magistrados y auxiliares jurisdiccionales son corruptos.
Algunos de ellos se comportan al mismísimo estilo del Sinchi. Frente a un hecho conocido, la justicia de la causa, ofrecen sus servicios al litigante o abogado rompiendo su deber de imparcialidad e incurriendo en un acto de corrupción. Si el abogado o litigante no acepta el vil ofrecimiento o éstos hacen caso omiso a la invitación a ofrecer se convierten en sus adversarios. Si aquellos son aceptados, se convierten en aliados. Así el servicio de justicia termina convertido en una mercancía, en un autoservicio, o en una vil puja en la cual el resultado se vende al mejor postor.
Ojalá los litigantes y abogados, en lugar de ser autores o cómplices de un delito[17], agravado en el caso de los magistrados[18], denunciaran al mal juez o auxiliar jurisdiccional. Lamentablemente el temor de perder el proceso o sus malas costumbres hacen que litigantes y abogados se coludan con malos jueces y auxiliares jurisdiccionales. Y que no se denuncie con nombre y apellido los actos de corrupción.
Un gran poder implica una gran responsabilidad. Con la misma información, un mal periodista puede difundirla en uno u otro sentido. “Así como te puedo sacar bueno, te puedo sacar malo”, se dice en el argot periodístico.
Con el mismo expediente, un mal juez puede resolver en uno u otro sentido. Jueces y periodistas han de buscar la verdad y luchar contra la corrupción, actuando con responsabilidad y asumiendo las consecuencias de sus actos. La adjetivadas verdad legal y verdad periodística deben dar paso a la verdad sustantiva.
No perdamos de vista las palabras de Juan Pablo II:
“Por último, un momento importante de la búsqueda de la verdad es el de la instrucción de la causa. Está amenazada en su misma razón de ser, y degenera en puro formalismo, cuando el resultado del proceso se da por descontado. Es verdad que también el deber de una justicia tempestiva forma parte del servicio concreto de la verdad, y constituye un derecho de las personas. Con todo, una falsa celeridad, que vaya en detrimento de la verdad, es aún más gravemente injusta”[19].
NOTAS:
[1] VARGAS LLOSA, MARIO. Pantaleón y las visitadoras, Barcelona, Editorial Bruguera S.A., 1980, pp. 123-127.
[2] Op. Cit. pp. 173-174.
[3] Op. Cit. pp. 185-186
[4] Op. cit. pp. 188-189
[5] Op. Cit. pp. 214-218.
[6] “Código Penal. Artículo 201.- El que, haciendo saber a otro que se dispone a publicar, denunciar o revelar un hecho o conducta cuya divulgación puede perjudicarlo personalmente o a un tercero con quien esté estrechamente vinculado, trata de determinarlo o lo determina a comprar su silencio, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de seis años y con ciento ochenta a trescientos sesenta y cinco días-multa”.
[7] “Código Penal. Artículo 179.- El que promueve o favorece la prostitución de otra persona, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cinco años. La pena será no menor de cuatro ni mayor de doce años cuando:
1. La víctima es menor de catorce años.
2. El autor emplea violencia, engaño, abuso de autoridad, o cualquier medio de intimidación.
3. La víctima se encuentra privada de discernimiento por cualquier causa.
4. El autor es pariente dentro del cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad, o es cónyuge, concubino, adoptante, tutor o curador o tiene al agraviado a su cuidado por cualquier motivo.
5. La víctima está en situación de abandono o de extrema necesidad económica.
6. El autor haya hecho del proxenetismo su oficio o modo de vida.
Artículo 180.- El que explota la ganancia deshonesta obtenida por una persona que ejerce la prostitución será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de ocho años.
Si la víctima es menor de catorce años, o cónyuge, conviviente, descendiente, hijo adoptivo, hijo de su cónyuge o de su conviviente o si está a su cuidado, la pena será no menor de cuatro ni mayor de doce años.
Artículo 181.- El que compromete, seduce, o sustrae a una persona para entregarla a otro con el objeto de practicar relaciones sexuales, o el que la entrega con este fin, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cinco años.
La pena será no menor de cinco ni mayor de doce años, cuando:
1. La víctima tiene menos de dieciocho años de edad.
2. El agente emplea violencia, amenaza, abuso de autoridad u otro medio de coerción.
3. La víctima es cónyuge, concubina, descendiente, hijo adoptivo, hijo de su cónyuge o de su concubina, o si está a su cuidado.
4. La víctima es entregada a un proxeneta.
Artículo 182.- El que promueve o facilita la entrada o salida del país o el traslado dentro del territorio de la República de una persona para que ejerza la prostitución, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de diez años.
La pena será no menor de ocho ni mayor de doce años, si media alguna de las circunstancias agravantes enumeradas en el artículo anterior.
[8] Sobre la Orden “El Sol del Perú” u “Orden del Sol” puede consultarse http://www.rree.gob.pe/portal/dcanciller.nsf/BA7B6DD829D40A3D0525697E007FBC77/
1ACFEE9ED98A44E805256E39006EF7AE?OpenDocument
[9] Al respecto, puede revisarse:
-Sentencia de fecha 2 de noviembre de 1998, recaída en el Expediente Nº 666-96-HD/TC.
-Sentencia de fecha 18 de octubre de 2000, recaída en el Expediente Nº 748-2000-AA/TC.
-Sentencia de fecha 14 de agosto de 2002, recaída en el Expediente Nº 0905-2001AA/TC.
[10] Sentencias de fecha 29 de enero de 2003 recaída en el Expediente Nº 1797-2002-HD/TC, de fecha 6 de abril de 2004, recaída en el Expediente N° 2579-2003-hd/TC, de fecha 21 de enero de 2004, recaída en el Expediente N° 1219-2003-HD.
[11] Sentencia de fecha 17 de octubre de 2005, recaída en el Expediente N° 6712-2005-HC/TC (Caso Magaly Medina).
[12] Sentencia Nº T-787/04 de fecha 18 de agosto de 2004
[13] GONZÁLEZ PRADA, Manuel. Nuestros Magistrados. En Horas de Lucha. Lima, Editorial Peisa, 1989 p. 129.
[14] GONZALEZ PRADA, Manuel. Op. Cit, p. 132.
[15] GONZALEZ PRADA, Manuel. Op. Cit. p. 133.
[16] JUAN PABLO II. Discurso al Tribunal de La Rota Romana con ocasión de la Apertura del Año Judicial. Sábado 29 de enero de 2005. En http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2005/january/
documents/hf_jp-ii_spe_20050129_roman-rota_sp.html.
[17] Código Penal. Artículo 393.- El funcionario o servidor público que acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, para realizar u omitir un acto en violación de sus obligaciones o el que las acepta a consecuencia de haber faltado a ellas, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que solicita, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, para realizar u omitir un acto en violación de sus obligaciones o a consecuencia de haber faltado a ellas, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que condiciona su conducta funcional derivada del cargo o empleo a la entrega o promesa de donativo o ventaja, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de ocho ni mayor de diez años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal."
"Artículo 394.- El funcionario o servidor público que acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio indebido para realizar un acto propio de su cargo o empleo, sin faltar a su obligación, o como consecuencia del ya realizado, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cuatro ni mayor de seis años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que solicita, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja indebida para realizar un acto propio de su cargo o empleo, sin faltar a su obligación, o como consecuencia del ya realizado, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal."
[18] "Artículo 395.- El Magistrado, Árbitro, Fiscal, Perito, Miembro de Tribunal Administrativo o cualquier otro análogo a los anteriores que bajo cualquier modalidad acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, a sabiendas que es hecho con el fin de influir o decidir en asunto sometido a su conocimiento o competencia, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de quince años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal y con ciento ochenta a trescientos sesenta y cinco días-multa.
El Magistrado, Árbitro, Fiscal, Perito, Miembro de Tribunal Administrativo o cualquier otro análogo a los anteriores que bajo cualquier modalidad solicite, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, con el fin de influir en la decisión de un asunto que esté sometido a su conocimiento, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de ocho ni mayor de quince años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal y con trescientos sesenta y cinco a setecientos días-multa."
[19] Discurso del Santo Padre Juan pablo II al Tribunal de la Rota Romana con ocasión de la apertura del año judicial. Sábado 29 de enero de 2005. En http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2005/january/
documents/hf_jp-ii_spe_20050129_roman-rota_sp.html.
* Juez Titular del Primer Juzgado Especializado en lo Civil de Lima.
En
http://www.derechoycambiosocial.com/revista011/jueces%20y%20periodistas.htm
Jaime David Abanto Torres*
A quienes apuestan por un periodismo veraz y objetivo
y por un servicio de justicia incorruptible.
“- Encantado, mucho gusto, choque esos cinco – hace una reverencia japonesa, cruza el puesto de mando como un emperador, chupa su puro y sopla humo el Sinchi-. A sus órdenes, para todo lo que se le ofrezca.
-Buenos días – olfatea la atmósfera, se desconcierta, tiene un acceso de tos Pantaleón Pantoja-. Tome asiento. ¿En qué puedo servirle?
- Ese portento de mujer que me encontré en la puerta me dio mareos- señala la escalera, silba, se entusiasma, fuma el Sinchi-. Caramba, me habían dicho que Pantilandia era el paraíso de las mujeres y veo que es cierto. Qué lindas flores crecen en su jardín, señor Pantoja.
- Tengo mucho trabajo y no puedo malgastar mi tiempo, así que apúrese – respinga, coge un cartapacio y trata de disipar la nube que lo envuelve Pantaleón Pantoja-. En cuanto a – eso de Pantilandia, le prevengo que no me hace gracia. No tengo sentido del humor.
- El nombre no lo inventé yo, sino la fantasía popular – abre los brazos y discursea como ante una rugiente multitud el Sinchi-, la imaginación loretana, siempre tan buida y sápida, tan ingeniosa. No lo tome a mal, señor Pantoja, hay que ser sensitivo para con las creaciones populares.
[...]
- ¿Usted no dirige un programa en Radio Amazonas? – tose, se ahoga, se seca los ojos llorosos Pantaleón Pantoja-. ¿A las seis de la tarde?
- Yo mismo, aquí tiene la famosísima Voz del Sinchi en persona –engola la voz, empuña un micro invisible, declama el Sinchi-. Terror de autoridades corrompidas, azote de jueces venales, remolino de la injusticia, voz que recoge y prodiga por las ondas las palpitaciones populares.
- Sí, en alguna ocasión he oído su programa ¿bastante popular, no? - se pone de pie, va en busca de aire puro, respira con fuerza Pantaleón Pantoja-. Muy honrado con su visita. Qué se le ofrece.
- Soy un hombre de mi tiempo, desprejuiciado, progresista, así que vengo a echarle una mano – se levanta, lo persigue, lo arrebosa de humo, le tiende unos dedos fláccidos el Sinchi-. Además, me cae usted simpático, señor Pantoja, y sé que podemos ser buenos amigos. Yo creo en las amistades a primera vista, mi olfato no me falla. Quiero servirlo.
- Muy agradecido – se deja sacudir, palmear los hombros, se resigna a volver al escritorio, a seguir tosiendo Pantaleón Pantoja-. Pero, la verdad, no necesito sus servicios. Al menos por el momento.
- Eso es lo que se cree, hombre cándido e inocente- abarca todo el espacio como un ademán, se escandaliza medio en serio medio en broma el Sinchi-. En este enclave erótico vive lejos del mundanal ruido y, por lo visto, no se entera de las cosas. No sabe lo que se anda diciendo por las calles, los peligros que lo rodean.
- Dispongo de muy poco tiempo, señor- mira la hora, se impacienta Pantaleón Pantoja-. O me indica de una vez lo que quiere o me hace el favor de irse.
[...]
- Estoy sometido a presiones irresistibles – aplasta el puro en el cenicero, lo despedaza, se aflige el Sinchi-. Amas de casa, padres de familia, colegios, instituciones culturales, iglesias de todo color y pelo, hasta brujas y ayahuasqueros. Soy humano, mi resistencia tiene un límite.
- Qué chanfaina es ésa, de qué me habla – sonríe viendo desvanecerse la última nubecilla de humo Pantaleón Pantoja-. No entiendo palabra, sea más explícito y vaya al grano de una vez.
- La ciudad quiere que hunda a Pantilandia en la ignominia y que lo mande a usted a la quiebra – sintetiza risueñamente el Sinchi-. ¿No sabía que Iquitos es una ciudad de corazón corrompido pero de fachada puritana? El Servicio de Visitadoras es un escándalo que sólo un tipo progresista y moderno como yo puede aceptar. El resto de la ciudad está espantado con esta vaina y hablando en cristiano, quiere que lo hunda.
- ¿Qué me hunda? – se pone muy serio Pantaleón Pantoja-. ¿A mí? ¿Qué hunda al Servicio de Visitadoras?
- No existe nada lo bastante sólido en toda la Amazonía que La Voz del Sinchi no pueda echar abajo- da un tincanazo en el vacío, resopla, se envanece el Sinchi-. Modestia aparte, si yo le pongo la puntería, el Servicio de Visitadoras no dura una semana y usted tendrá que salir pitando de Iquitos. Es la triste realidad, amigo.
- O sea que ha venido a amenazarme – se endereza Pantaleón Pantoja.
- Nada de eso, al contrario – da estocadas a fantasmas, se ciñe el corazón como un tenor, cuenta billetes que no existen el Sinchi-. Hasta ahora he resistido las presiones por espíritu combativo y por una cuestión de principios. Pero, en adelante, puesto que yo también tengo que vivir y el aire no alimenta, lo haré por una compensación mínima. ¿No le parece justo?
- O sea que ha venido a chantajearme – se pone de pie, se demacra, vuelca la papelera, corre hacia la escalerilla Pantaleón Pantoja.
- A ayudarlo, hombre, pregunte y verá la fuerza ciclónica de mi emisión – saca músculos, se levanta, se pasea, gesticula el Sinchi -. Tumba jueces, subprefectos, matrimonios, lo que ataca se desintegra. Por unos cuantos miserables soles estoy dispuesto a defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a su cerebro creador. A dar la gran batalla por usted, señor Pantoja.
[...]
- ¡Sinforoso! ¡Palomino! – da palmadas, grita Pantaleón Pantoja-. ¡Sanitario!
- Qué le pasa, nada de ponerse nervioso, cálmese- queda quieto, suaviza la voz, mira a su alrededor alarmado el Sinchi-. No necesita responderme de inmediato. Haga sus consultas, averigüe quién soy yo y discutimos la próxima semana.
- Sáquenme a éste zamarro de aquí y zambúllanlo en el río- ordena a los hombres que aparecen corriendo en la boca de la escalera Pantaleón Pantoja-. Y no le vuelvan a permitir la entrada al centro logístico.
- Oiga, no se suicide, no sea inconsciente, yo soy un superhombre en Iquitos – manotea, empuja, se defiende, se resbala, se aleja, desaparece, se empapa el Sinchi-. Suéltenme, qué significa esto, oiga, se va a arrepentir, señor Pantoja, yo venía a ayudarlo. ¡Yo soy su amigooo!
- Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras, - curiosea una revista abandonada en una mesa del “Luchos’s Bar” el teniente Bacacorzo-. Ojalá que ese remojón en Itaya no le traiga problemas, mi capitán.
- Prefiero los problemas antes que ceder a un sucio chantaje- [...][1]
***
Breves arpegios.
Hoy, con la misma firmeza y a costa de los riesgos que haya que correr, el Sinchi pregunta: ¿hasta cuándo vamos a seguir tolerando en nuestra querida ciudad, distinguidos radioescuchas, el bochornoso espectáculo que es la existencia del mal llamado Servicio de Visitadoras, conocido más plebeyamente con el mote de Pantilandia, en irrisorio homenaje a su progenitor? El Sinchi pregunta: ¿Hasta cuándo, padres y madres de familia de la civilizada Loreto, vamos a seguir sufriendo angustias para impedir que nuestros hijos corran, inocentes, inexpertos, ignorantes del peligro, a contemplar como si fuera una kermesse o un circo, el tráfico de hetairas, de mujerzuelas desvergonzadas, de PROSTITUTAS para no hablar con eufemismos, que impúdicamente llegan y parten de ese antro erigido en las puertas de nuestra ciudad por ese individuo sin ley y sin principios que responde al nombre y apellido de Pantaleón Pantoja? El Sinchi pregunta: ¿qué poderosos y turbios intereses amparan a este sujeto para que, durante dos largos años, haya podido dirigir en total impunidad un negocio tan ilícito como próspero, tan denigrante como millonario, en las barbas de toda la ciudadanía sana? No nos atemorizan las amenazas, nadie puede sobornarnos, nada atajará nuestra cruzada por el progreso, la moralidad, la cultura y el patriotismo peruanista de la Amazonía. Ha llegado el momento de enfrentarse al monstruo y, de un solo tajo. No queremos semejante forúnculo en Iquitos, a todos se nos cae la cara de vergüenza y vivimos en una constante zozobra y pesadilla con la existencia de ese complejo industrial de meretrices que preside, como moderno sultán babilónico, el tristemente célebre señor Pantoja quien no vacila, por su afán de riqueza y explotación, en ofender y agraviar lo más sano que existe, como son la familia, la religión y los cuarteles de los defensores de nuestra integridad territorial y de la soberanía de la Patria. [...][2]
Las últimas palabras de esta desgraciada mujer cuyo testimonio acabamos de llevar a vuestros oídos, queridos radioescuchas – me refiero a la exvisitadora Maclovia. Han puesto dramáticamente el dedo en la llaga de un asunto trágico y doloroso que retrata, mejor que una fotografía o una película en tecnicolor, la idiosincrasia del personaje que luce en su prontuario la gris hazaña de haber creado en Iquitos la más insospechada y multitudinaria casa de perdición del país y, tal vez, de Sudamérica. Porque, en efecto, es cierto y fehaciente que el señor Pantaleón Pantoja tiene una familia, o mejor dicho tenía, y que ha venido llevando una doble vida, hundido por una parte en la ciénaga pestilencial del negocio del sexo, y por otra parte, aparentando una vida hogareña digna y respetable, al amparo de la ignorancia en que tenía a sus seres queridos, su esposa y su menor hijita, de sus verdaderas y pingues actividades. Pero un día se hizo la luz de la verdad en el infeliz hogar y a la ignorancia de su esposa engañada en lo más sagrado de su honor, tomó esta honesta dama la determinación de abandonar el hogar mancillado por el escándalo. En el aeropuerto “teniente Bergeri”, de Iquitos, para dar testimonio de su dolor y para acompañarla hasta la escalerilla de la moderna aeronave Faucett que habría de alejarla por los aires de nuestra querida ciudad, ¡ESTABA EL SINCHI!: [...]”[3]
“Breves arpegios. Avisos comerciales en disco y cinta: 30 segundos. Breves arpegios
Y en vista de que el reloj Movado de nuestros estudios señala que son ya las 18 horas treinta minutos exactas de la tarde, debemos cerrar nuestro programa, con este impresionante documento radiofónico que patentiza cómo, en su negra odisea, el señor de Pantilandia no ha vacilado en llevar dolor y quebranto a su propia familia, igual que lo viene haciendo con esta tierra cuyo único delito ha sido recibirlo y darle hospitalidad, Muy buenas tardes, queridos oyentes, Han escuchado ustedes
Compases del vals “La Contamainina”; suben, bajan y quedan como fondo sonoro.
¡LA VOZ DEL SINCHI! ...”[4]
***
- Solo los impotentes, los eunucos y los asexuados pueden pretender que – sube y baja entre arpegios, declama, se encabrita La Voz del Sinchi- los esforzados defensores de la Patria, que se sacrifican sirviendo allá, en las intrincadas fronteras, vivan en castidad viuda.
[...]
- Por la maldita emisión del Sinchi de ayer – no responde a su saludo, no lo invita a sentarse, coloca una cinta y enciende la grabadora el general Scavino-. El zamarro no hizo más que hablar de usted, le dedicó los treinta minutos del programa. ¿Le parece poca cosa, Pantoja?
- ¿Deben nuestros valientes soldados recurrir al debilitante onanismo? –duda, danza con los compases del vals “La Contamainina”, espera una respuesta, interroga de nuevo La Voz del Sinchi-. ¿Regresar a la autogratificación infantil?
- ¿La Voz del Sinchi? – oye crujir, tartamudear, estropearse a la grabadora, ve al general Scavino sacudirla, golpearla, probar todos los botones el capitán Pantoja-. ¿Está seguro mi general? ¿Me atacó de nuevo?
- Lo defendió, lo defendió de nuevo- descubre que el enchufe se ha soltado, murmura que estúpido, se agacha, conecta el aparato otra vez el general Scavino-. Y es mil veces peor que si lo atacara. ¿No comprende? Esto deja en ridículo y enloda al Ejército al mismo tiempo.
[...]
- El Supremo Gobierno debería condecorar con la Orden del Sol al señor Pantaleón Pantoja – estalla, rutila entre Lux el Jabón que Perfuma, Coca- Cola la Pausa que Refresca y Sonrisas Kolynosistas, dramatiza y exige La Voz del Sinchi-. Por la encomiástica labor que realiza en procura de la satisfacción de las necesidades íntimas de los centinelas del Perú.
- Lo oyó mi esposa y mis hijas tuvieron que darle sales – apaga la grabadora, recorre la habitación con las manos a la espalda el general Scavino-. Nos está convirtiendo en el hazmerreír de todo Iquitos con sus peroratas. ¿No le ordené tomar medidas para que La Voz del Sinchi no se ocupara más del Servicio de Visitadoras?
- La única manera de taparle la boca a ese sujeto es dándole un balazo o plata – escucha la radio, ve a las visitadoras preparando los maletines para embarcar, a Chuchupe montando a Dalila Pantaleón Pantoja-. Cargármelo me traería muchos líos, no queda más remedio que calentarle la mano con unos cuantos soles. Anda díselo Chupito. Que se presente aquí en el término de la distancia.
- ¿Quiere decir que destina parte del presupuesto del Servicio de Visitadoras a sobornar periodistas? – lo examina de pies a cabeza, ancha las aletas de la nariz, arruga la frente, muestra los incisivos el general Scavino-. Muy interesante, capitán.
[...]
- Del presupuesto no, eso es sagrado- distingue un ratoncito cruzando veloz el alféizar de la ventana a pocos centímetros de la cabeza del general Scavino el capitán Pantoja-. Usted tiene copia de la contabilidad para comprobarlo. De mi propio sueldo, He tenido que sacrificar el 5% mensual de mis haberes para callar a ese chantajista. No entiendo por qué ha hecho esto.
- Por escrúpulos profesionales, por indignación moral, por solidaridad humana, amigo Pantoja – entra al centro logístico dando un portazo, sube la escalerilla del puesto de mando como un ventarrón, intenta abrazar al señor Pantoja, se quita el saco, se sienta en el escritorio, ríe, truena, arenga el Sinchi-. Porque no puedo soportar que haya gente aquí, en esta ciudad donde mi santa madre me botó al mundo, que menosprecie su labor y que todo el día eche sapos y culebras contra usted.
- Nuestro compromiso era clarísimo y usted lo ha violado- estrella una regla contra un panel, tiene los labios llenos de saliva y los ojos incendiados, rechina los dientes Pantaleón Pantoja-. ¿Para qué carajo los quinientos soles mensuales? Para que se olvide de que el Servicio de Visitadoras existe.
- Es que yo también soy humano, señor Pantoja, y sé asumir mis responsabilidades – asiente, lo calma, gesticula, oye roncar la hélice, ve a Dalila correr por el río levantando dos paredes de agua, la ve levarse, perderse en el cielo el Sinchi-. Tengo sentimientos, impulsos, emociones. Donde voy, oigo pestes contra usted y me caliento. No puedo permitir que calumnien a alguien tan caballero. Sobre todo, siendo amigos.
- Voy a hacerle una advertencia muy seria, so grandísimo pendejo- lo coge de la camisa, lo zamaquea de atrás adelante, de adelante atrás, lo ve asustarse, enrojecer, temblar, lo suelta Pantaleón Pantoja-. Ya sabe lo que ocurrió la vez pasada, cuando sus ataques al Servicio. Tuve que contener a las visitadoras, querían sacarle los ojos y clavarlo en la Plaza de Armas.
- Lo sé de sobra amigo Pantoja – se arregla la camisa, trata de sonreír, recupera el aplomo, se aprieta el cuello el Sinchi… ¿Cree que no me enteré que habían pegado mi foto en la puerta de Pantilandia y que la escupían al entrar y salir?
[...]
- Pero ahora ellas están felices con los piropos que les echo en mi emisión, señor Pantoja – se pone el saco, va hasta la baranda, hace adiós al Chino Porfirio, vuelve al escritorio, soba el hombro del señor Pantoja, cruza los dedos y jura el Sinchi-. Cuando me ven en la calle, me mandan besitos volados. Vamos, amigo Pan-Pan, no lo tome a trágico, yo quería servirlo. Pero, si prefiere, La Voz del Sinchi no lo mentará nunca más.
- Porque la primera vez que me nombre, o hable del Servicio, le echaré encima a las cincuenta visitadoras y le advierto que todas tienen uñas largas – abre un cajón del escritorio, saca un revólver, lo carga y descarga, hace girar el tambor, encañona el pizarrón, el teléfono, las vigas Pantaleón Pantoja-. Y si ellas no acaban con usted, lo remato yo, de un tiro en la cabeza. ¿Comprendido?
- A la perfección, amigo Pantoja, ni una palabra más- multiplica las venias, las sonrisas, los adioses, baja la escalerilla de espaldas, echa a correr, desaparece en la trocha a Iquitos el Sinchi-. Clarísimo como el sol. ¿Quién es el señor Pan-Pan? ¿No se le conoce, no existe, no se oyó nunca. ¿Y el Servicio de Visitadoras? Qué es eso, cómso e come eso. ¿Correcto? Vaya, nos entendemos. Los quinientos solifacios de este mes ¿cómo siempre, con Chupito? ...[5]
* * *
Hemos escogido algunos fragmentos de la obra Pantaleón y las Visitadoras del laureado escritor nacional Mario Vargas Llosa, por la manera en que describen el poder que tienen los medios de comunicación y lo que puede suceder cuando algunos malos profesionales de las ciencias de la comunicación o periodistas aficionados, abusan del enorme poder que tienen. No en vano existe un programa de televisión de señal abierta denominado Cuarto Poder.
El ciudadano de a pie y el funcionario o servidor público se encuentran en total estado de indefensión frente a un ataque a su honor o a su intimidad personal y familiar. Ninguna condena por delitos de injuria, calumnia o difamación, o al pago de indemnización o reparación civil podrán resarcir el daño causado. Ni siquiera una rectificación oportuna.
La novela trata la historia de Pantaleón Pantoja, un capitán del ejército peruano que por órdenes superiores, organiza un servicio de prostitución clandestina para los soldados que prestan servicios en la Amazonía. Pantaleón Pantoja es un típico cultor de la obediencia debida. “Las órdenes se cumplen, no se piensan” es su lema.
Vemos en escena al Sinchi, periodista radial, autodenominado “Terror de autoridades corrompidas”. Así como Atila, rey de los Hunos, era llamado “El azote de Dios” él se considera a sí mismo como el “azote de jueces venales, remolino de la injusticia”. El Sinchi refiere ser víctima de presiones de la sociedad loretana movida por el escándalo, quiere que hunda a Pantaleón Pantoja y a su Servicio de Visitadoras. El Sinchi, como hombre sin prejuicios ofrece su ayuda a Pantaleón, a cambio del pago de una suma de dinero, “puesto que también tiene que vivir y el aire no alimenta”.
Pantaleón se indigna inmediatamente ante el chantaje[6] y el Sinchi insiste en querer ayudarlo remarcando que “Tumba jueces, subprefectos, matrimonios” y cual rayo láser, “lo que ataca se desintegra”. E insiste en su oferta en defender radialmente al Servicio de Visitadoras y a Pantaleón “por unos cuantos miserables soles”.
Con qué descaro algunos malos periodistas dañan la honra de las personas porque no se les compra el silencio pagando “unos cuantos miserables soles”. O también cuando alguna parte interesada se los paga.
El Sinchi incluso lanza una amenaza al matrimonio de Pantaleón, pues era indudable que su esposa no entendería el trabajo de su esposo, un capitán del ejército que, por órdenes superiores, se dedicaba a la misión secreta de administrar un contingente de damas dedicadas a la llamada profesión más antigua del mundo, es decir a una especie de proxenetismo[7] clandestino e itinerante por la selva amazónica.
Luego que el enfurecido Pantaleón ordena a sus ayudantes que arrojen al río al periodista radial, uno de ellos, el teniente Bacacorzo le advierte del peligro “- Es un gran zamarro, sí, pero su programa lo oyen hasta las piedras” y “Ojalá que ese remojón en Itaya no le traiga problemas, mi capitán”. Pantaleón responde que prefiere los problemas antes que ceder ante el extorsionador. Más tarde, por orden superior, tendría tragarse sus palabras y hacer lo contrario.
Una vez rechazada su oferta o chantaje, para decirlo sin medias tintas, el Sinchi inicia su ataque radial, apelando a la doble moral de la sociedad loretana, lanzando una filípica contra el Servicio de Visitadoras, Pantilandia, y haciendo un relato del novedoso escándalo -iniciado hace dos años atrás-, preguntándose por los oscuros intereses que protegían dicha actividad. El Sinchi hace hincapié en su condición de insobornable, como si alguien hubiese querido comprar su silencio, y se erige en el paladín de instituciones como la familia y el ejército peruano y hasta de la religión. A continuación presenta el testimonio no muy convincente de una ex visitadora, que llegaba a extrañar el grato ambiente de trabajo y el buen trato laboral que le brindara Pantaleón Pantoja.
El Sinchi llega al extremo de intentar entrevistar a la esposa de Pantaleón, antes que esta abandonara la ciudad, herida por el escándalo. Admitimos que en el caso de la novela, la existencia de un servicio clandestino de visitadoras para las fuerzas armadas sin duda es un hecho de interés público. Pero ¿qué interés público pueden tener los sentimientos y emociones de la esposa de quien administraba o regentaba el servicio, invadiendo su intimidad? ¿Verdad periodística? Todo lo sucedido en el relato fue por el afán de lucro de un mal periodista radial.
Para sorpresa de propios y extraños, en un espontáneo e inusitado ejercicio de rectificación, el Sinchi comienza a hacer la apología del Servicio de Visitadoras, apelando a la imposibilidad de los soldados de mantener el celibato sin recurrir a la masturbación, llegando al extremo de proponer que “El Supremo Gobierno condecore con la Orden del Sol[8] al señor Pantaleón Pantoja”, situación que pone en ridículo al Ejército, según el General Scavino, quien recuerda a Pantaleón la orden de evitar que el Sinchi difundiera toda clase de informaciones sobre el Servicio de Visitadoras.
Pantaleón se encuentra en el triste dilema de asesinar al periodista o sobornarlo. Entendiendo que lo primero le traería más problemas, opta por lo segundo, pero no con dinero del ejército, sino con el suyo propio, despejando las hipócritas dudas del General Scavino.
No perdemos de vista el caso de periodistas asesinados por ejercer su profesión con veracidad y objetividad. Pero tampoco perdamos de vista el caso de los tres magistrados peruanos asesinados en el año 2006.
El Sinchi justifica su rol de defensor oficioso del Servicio de Visitadoras, alegando “escrúpulos profesionales”, “indignación moral” y “solidaridad humana”. Pantaleón le recuerda su compromiso de guardar silencio respecto al Servicio de Visitadoras, amenazándolo de muerte. Prometiendo cumplir con lo pactado, el Sinchi se despide coordinando el pago de la última cuota vencida de su soborno mensual.
A pesar de no ser escasos los abusos de algunos malos periodistas y medios de comunicación en el ejercicio de sus libertades informativas, el Tribunal Constitucional peruano ha tenido muy pocos casos en los que se haya visto las tensiones entre las libertades informativas y el derecho a la intimidad.
La tendencia del Tribunal Constitucional ha sido la de invocar la prohibición de censura previa para desestimar las demandas de amparo y de hábeas data[9]. Sin embargo, en algunos otros casos, que no necesariamente se relacionan con conflictos entre las libertades informativas y el derecho a la intimidad, se reconoce que no obstante la existencia de libertades preferidas, el conflicto debe resolverse recurriendo a la técnica de la ponderación[10]. En un reciente caso, el Tribunal reconoce que el derecho a la intimidad es un límite a las libertades informativas[11].
Por su parte, la Corte Constitucional colombiana ha definido los principios de libertad, finalidad, necesidad, veracidad e integridad, señalando que:
23. Así, el ‘principio de libertad’ aplicado a la libertad de expresión, conduce a sostener que si bien una persona puede opinar abiertamente sobre el ‘comportamiento externo’ de otra, por cuanto al revelar públicamente su conducta permite que los demás juzguen sus actos; en tratándose de ‘actos íntimos o privados’ no ocurre lo mismo, básicamente porque se trata de información sujeta a la libre disposición del individuo.
Por ejemplo, esta corporación sobre la materia ha sostenido que existe una tendencia creciente hacia el desdibujamiento de la intimidad en las personas con proyección pública, pues de sus actuaciones serán testigos, casi necesariamente el conglomerado universal de la sociedad. Sin embargo, ese desdibujamiento en manera alguna puede ser considerado absoluto, puesto que existen espacios íntimos o privados de vida excluidos del interés público, los cuales no pueden ser invadidos sino por el consentimiento expreso o tácito de su titular.
24. El principio de finalidad como requisito del ejercicio de la libertad de expresión, se manifiesta en que la diversidad de opiniones o de pensamientos que se divulguen, se relacionen con el logro de una finalidad constitucionalmente legítima, tales como, informar sobre un acontecimiento o suceso de trascendencia pública, difundir y dar a conocer manifestaciones de cultura o creaciones del intelecto humano, o participar a través de la crítica en el ejercicio del control público. Esto significa que la libertad de expresión, no puede convertirse en una herramienta para vulnerar los derechos de los otros o para incentivar la violencia.
25. Finalmente, los principios de necesidad, veracidad e integridad, se concretan en la exigencia de requerir que los hechos o enunciados de carácter fáctico que sustentan las opiniones, ideas, pensamientos o creencias guarden relación de conexidad con la finalidad pretendida mediante su divulgación, sean ciertos o reales y, adicionalmente, se suministren de manera completa, impidiendo que se revelen datos parciales o fraccionados, que puedan llegar a vulnerar los derechos al buen nombre y a la honra. Lo anterior, tiene su razón de ser, pues como previamente se expuso las opiniones en sí mismas consideradas, no pueden someterse a las cargas de veracidad e integridad[12].
Muchas veces periodista excede los límites del principio de libertad, pues a veces se invade la intimidad de las personas. Otras veces, se excede el principio de finalidad, pues se vulnera derechos humanos como la presunción de inocencia. También se excede el principio de necesidad, pues se revela información que no tiene conexión alguna con la finalidad pretendida con la divulgación. Otras veces no se cumple con el principio de veracidad, pues la información obtenida de las fuentes no es verificada de modo alguno, violándose también el principio de integridad pues no se presenta la información completa sino datos parciales o fraccionados. O en otro extremo se llega a difusión de versiones súper corregidas y súper aumentadas de la realidad de los hechos.
En un proceso el juez debe realizar un juicio. Por otro lado el periodista realiza un juicio paralelo que no es imparcial. A veces responde a las directivas del dueño del medio de comunicación, a la convicción subjetiva del periodista, o a la versión de alguna parte interesada (abogado o litigante), a veces mediante el pago de una retribución. Y de esa manera se intenta presionar al magistrado para que o se abstenga por decoro[13] o hacer que resuelva conforme a la opinión pública, lo que me recuerda la imagen de los judíos pidiendo el indulto de Barrabás y la crucifixión de Jesús, y a Poncio Pilato lavándose las manos, convencido de la inocencia del procesado pero a la vez muy preocupado por no quedar mal con el César. Una canción de moda en los años ochenta decía Nunca quedas mal con nadie. Difícil para el juez que resuelve no quedar mal con alguna de las partes. Así, los evangelios no muestran a Jesús procesado por autoridad incompetente y sin las garantías mínimas del debido proceso, finalmente ajusticiado por su propio pueblo, incitado por los sumos sacerdotes, escribas y fariseos.
Al respecto, González Prada decía:
“Y no valen pruebas ni derechos. Como se busca un mal hombre para que pague un esquinazo, así en los juicios intrincados se rebusca un juez para que anule un sumario, fragüe otro nuevo y pronuncie una sentencia donde quede absuelto el culpable y salga crucificado el inocente. Si por rarísima casualidad se topa con un juez íntegro y rebelde a toda seducción (masculina o femenina), entonces se recurre a una serie de recusaciones, hasta dar en el maleable y el venal. Si por otra rarísima casualidad, al juez apetecido no se le consigue en el lugar, se le encarga, se le hace venir desde unas doscientas o trescientas leguas”.
Quienes abogan por el dicho “la voz del pueblo es la voz de Dios” se equivocan. De ahí que se diga que el periodismo puede ser “la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”.
Insistimos en que el Juez ha de resolver con imparcialidad, buscando la verdad en el expediente y no para el agrado de la “opinión pública”.
Frente a los peligros del positivismo y de la arbitrariedad del Juzgador, ya decía González Prada:
“a fuerza de oír defender lo justo y lo injusto, con igual número de razones, el magistrado concluye por encerrar la justicia en una simple interpretación de la ley, así que un artículo del Código le sirve hoy para sostener lo contrario de lo que ayer afirmaba”[14].
“el juez causa el daño sin arrastrar las consecuencias, parapetándose en los Códigos y atribuyendo a deficiencias de la Ley los excesos de la malicia personal”[15].
Frente a esto Juan Pablo II nos dice:
“5. La deontología del juez tiene su criterio inspirador en el amor a la verdad. Así pues, ante todo debe estar convencido de que la verdad existe. Por eso, es preciso buscarla con auténtico deseo de conocerla, a pesar de todos los inconvenientes que puedan derivar de ese conocimiento. Hay que resistir al miedo a la verdad, que a veces puede brotar del temor a herir a las personas. La verdad, que es Cristo mismo (cf. Jn 8, 32 y 36), nos libera de cualquier forma de componenda con las mentiras interesadas.
El juez que actúa verdaderamente como juez, es decir, con justicia, no se deja condicionar ni por sentimientos de falsa compasión hacia las personas, ni por falsos modelos de pensamiento, aunque estén difundidos en el ambiente. Sabe que las sentencias injustas jamás constituyen una verdadera solución pastoral, y que el juicio de Dios sobre su proceder es lo que cuenta para la eternidad[16].
(…)
Lo dicho a los jueces canónicos es perfectamente aplicable a los jueces de la justicia ordinaria.
Obviamente en todas partes se cuecen habas. Dejando de lado las generalizaciones extremistas, no todos los periodistas son como el Sinchi, como tampoco es cierto que todos los magistrados y auxiliares jurisdiccionales son corruptos.
Algunos de ellos se comportan al mismísimo estilo del Sinchi. Frente a un hecho conocido, la justicia de la causa, ofrecen sus servicios al litigante o abogado rompiendo su deber de imparcialidad e incurriendo en un acto de corrupción. Si el abogado o litigante no acepta el vil ofrecimiento o éstos hacen caso omiso a la invitación a ofrecer se convierten en sus adversarios. Si aquellos son aceptados, se convierten en aliados. Así el servicio de justicia termina convertido en una mercancía, en un autoservicio, o en una vil puja en la cual el resultado se vende al mejor postor.
Ojalá los litigantes y abogados, en lugar de ser autores o cómplices de un delito[17], agravado en el caso de los magistrados[18], denunciaran al mal juez o auxiliar jurisdiccional. Lamentablemente el temor de perder el proceso o sus malas costumbres hacen que litigantes y abogados se coludan con malos jueces y auxiliares jurisdiccionales. Y que no se denuncie con nombre y apellido los actos de corrupción.
Un gran poder implica una gran responsabilidad. Con la misma información, un mal periodista puede difundirla en uno u otro sentido. “Así como te puedo sacar bueno, te puedo sacar malo”, se dice en el argot periodístico.
Con el mismo expediente, un mal juez puede resolver en uno u otro sentido. Jueces y periodistas han de buscar la verdad y luchar contra la corrupción, actuando con responsabilidad y asumiendo las consecuencias de sus actos. La adjetivadas verdad legal y verdad periodística deben dar paso a la verdad sustantiva.
No perdamos de vista las palabras de Juan Pablo II:
“Por último, un momento importante de la búsqueda de la verdad es el de la instrucción de la causa. Está amenazada en su misma razón de ser, y degenera en puro formalismo, cuando el resultado del proceso se da por descontado. Es verdad que también el deber de una justicia tempestiva forma parte del servicio concreto de la verdad, y constituye un derecho de las personas. Con todo, una falsa celeridad, que vaya en detrimento de la verdad, es aún más gravemente injusta”[19].
NOTAS:
[1] VARGAS LLOSA, MARIO. Pantaleón y las visitadoras, Barcelona, Editorial Bruguera S.A., 1980, pp. 123-127.
[2] Op. Cit. pp. 173-174.
[3] Op. Cit. pp. 185-186
[4] Op. cit. pp. 188-189
[5] Op. Cit. pp. 214-218.
[6] “Código Penal. Artículo 201.- El que, haciendo saber a otro que se dispone a publicar, denunciar o revelar un hecho o conducta cuya divulgación puede perjudicarlo personalmente o a un tercero con quien esté estrechamente vinculado, trata de determinarlo o lo determina a comprar su silencio, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de seis años y con ciento ochenta a trescientos sesenta y cinco días-multa”.
[7] “Código Penal. Artículo 179.- El que promueve o favorece la prostitución de otra persona, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cinco años. La pena será no menor de cuatro ni mayor de doce años cuando:
1. La víctima es menor de catorce años.
2. El autor emplea violencia, engaño, abuso de autoridad, o cualquier medio de intimidación.
3. La víctima se encuentra privada de discernimiento por cualquier causa.
4. El autor es pariente dentro del cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad, o es cónyuge, concubino, adoptante, tutor o curador o tiene al agraviado a su cuidado por cualquier motivo.
5. La víctima está en situación de abandono o de extrema necesidad económica.
6. El autor haya hecho del proxenetismo su oficio o modo de vida.
Artículo 180.- El que explota la ganancia deshonesta obtenida por una persona que ejerce la prostitución será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de ocho años.
Si la víctima es menor de catorce años, o cónyuge, conviviente, descendiente, hijo adoptivo, hijo de su cónyuge o de su conviviente o si está a su cuidado, la pena será no menor de cuatro ni mayor de doce años.
Artículo 181.- El que compromete, seduce, o sustrae a una persona para entregarla a otro con el objeto de practicar relaciones sexuales, o el que la entrega con este fin, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cinco años.
La pena será no menor de cinco ni mayor de doce años, cuando:
1. La víctima tiene menos de dieciocho años de edad.
2. El agente emplea violencia, amenaza, abuso de autoridad u otro medio de coerción.
3. La víctima es cónyuge, concubina, descendiente, hijo adoptivo, hijo de su cónyuge o de su concubina, o si está a su cuidado.
4. La víctima es entregada a un proxeneta.
Artículo 182.- El que promueve o facilita la entrada o salida del país o el traslado dentro del territorio de la República de una persona para que ejerza la prostitución, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de diez años.
La pena será no menor de ocho ni mayor de doce años, si media alguna de las circunstancias agravantes enumeradas en el artículo anterior.
[8] Sobre la Orden “El Sol del Perú” u “Orden del Sol” puede consultarse http://www.rree.gob.pe/portal/dcanciller.nsf/BA7B6DD829D40A3D0525697E007FBC77/
1ACFEE9ED98A44E805256E39006EF7AE?OpenDocument
[9] Al respecto, puede revisarse:
-Sentencia de fecha 2 de noviembre de 1998, recaída en el Expediente Nº 666-96-HD/TC.
-Sentencia de fecha 18 de octubre de 2000, recaída en el Expediente Nº 748-2000-AA/TC.
-Sentencia de fecha 14 de agosto de 2002, recaída en el Expediente Nº 0905-2001AA/TC.
[10] Sentencias de fecha 29 de enero de 2003 recaída en el Expediente Nº 1797-2002-HD/TC, de fecha 6 de abril de 2004, recaída en el Expediente N° 2579-2003-hd/TC, de fecha 21 de enero de 2004, recaída en el Expediente N° 1219-2003-HD.
[11] Sentencia de fecha 17 de octubre de 2005, recaída en el Expediente N° 6712-2005-HC/TC (Caso Magaly Medina).
[12] Sentencia Nº T-787/04 de fecha 18 de agosto de 2004
[13] GONZÁLEZ PRADA, Manuel. Nuestros Magistrados. En Horas de Lucha. Lima, Editorial Peisa, 1989 p. 129.
[14] GONZALEZ PRADA, Manuel. Op. Cit, p. 132.
[15] GONZALEZ PRADA, Manuel. Op. Cit. p. 133.
[16] JUAN PABLO II. Discurso al Tribunal de La Rota Romana con ocasión de la Apertura del Año Judicial. Sábado 29 de enero de 2005. En http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2005/january/
documents/hf_jp-ii_spe_20050129_roman-rota_sp.html.
[17] Código Penal. Artículo 393.- El funcionario o servidor público que acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, para realizar u omitir un acto en violación de sus obligaciones o el que las acepta a consecuencia de haber faltado a ellas, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que solicita, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, para realizar u omitir un acto en violación de sus obligaciones o a consecuencia de haber faltado a ellas, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que condiciona su conducta funcional derivada del cargo o empleo a la entrega o promesa de donativo o ventaja, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de ocho ni mayor de diez años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal."
"Artículo 394.- El funcionario o servidor público que acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio indebido para realizar un acto propio de su cargo o empleo, sin faltar a su obligación, o como consecuencia del ya realizado, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cuatro ni mayor de seis años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal.
El funcionario o servidor público que solicita, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja indebida para realizar un acto propio de su cargo o empleo, sin faltar a su obligación, o como consecuencia del ya realizado, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cinco ni mayor de ocho años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal."
[18] "Artículo 395.- El Magistrado, Árbitro, Fiscal, Perito, Miembro de Tribunal Administrativo o cualquier otro análogo a los anteriores que bajo cualquier modalidad acepte o reciba donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, a sabiendas que es hecho con el fin de influir o decidir en asunto sometido a su conocimiento o competencia, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de seis ni mayor de quince años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal y con ciento ochenta a trescientos sesenta y cinco días-multa.
El Magistrado, Árbitro, Fiscal, Perito, Miembro de Tribunal Administrativo o cualquier otro análogo a los anteriores que bajo cualquier modalidad solicite, directa o indirectamente, donativo, promesa o cualquier otra ventaja o beneficio, con el fin de influir en la decisión de un asunto que esté sometido a su conocimiento, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de ocho ni mayor de quince años e inhabilitación conforme a los incisos 1 y 2 del artículo 36 del Código Penal y con trescientos sesenta y cinco a setecientos días-multa."
[19] Discurso del Santo Padre Juan pablo II al Tribunal de la Rota Romana con ocasión de la apertura del año judicial. Sábado 29 de enero de 2005. En http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2005/january/
documents/hf_jp-ii_spe_20050129_roman-rota_sp.html.
* Juez Titular del Primer Juzgado Especializado en lo Civil de Lima.
En
http://www.derechoycambiosocial.com/revista011/jueces%20y%20periodistas.htm
La ley, el derecho y la justicia en la música popular[619clicks]
La ley, el derecho y la justicia en la música popular[86clicks]
La ley, el derecho y la justicia en la música popular[86clicks]
02/05/11: ¿ES EL JUEZ REALMENTE UN POETA?
Algunas palabras en voz alta sobre la reciente antología
Jueces en la Literatura Chilena de Aristóteles España
Por JAIME FRANCISCO COAGUILA VALDIVIA
En http://scc.pj.gob.pe/wps/wcm/connect/4b007b8043eb7b8fa78be74684c6236a/11.+Doctrina+Nacional+-+Magistrados+-+Jaime+Coaguila+Valdivia.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=4b007b8043eb7b8fa78be74684c6236a
Jueces en la Literatura Chilena de Aristóteles España
Por JAIME FRANCISCO COAGUILA VALDIVIA
En http://scc.pj.gob.pe/wps/wcm/connect/4b007b8043eb7b8fa78be74684c6236a/11.+Doctrina+Nacional+-+Magistrados+-+Jaime+Coaguila+Valdivia.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=4b007b8043eb7b8fa78be74684c6236a
15/04/11: Una muerte más de César Vallejo
Por Jaime Abanto Padilla
“He nevado tanto, para que duermas.”
Hoy se cumplen 73 años de la muerte del más grande de los poetas peruanos, aquel que murió en la pobreza y perseguido por la justicia; una injusticia que solo hace unos meses recién el Poder Judicial decidió ponerle fin como una manera de desagravio al más connotado representante de las letras peruanas dell siglo XX. Vallejo murió el 15 de abril de 1938 a las 9.20 a.m., a los 46 años de edad.
Vallejo no fue solo el hito en la poesía modernista, significó también el muchacho provinciano que llegó a las esferas más altas de la literatura y la cultura europea. Fue parte del núcleo generador de la cultura peruana de su época junto a Víctor Raúl Haya de la Torre, Antenor Orrego, Alcides Spelucín, Oscar Imaña, Camilo Blas y otros grandes exponentes de la cultura peruana en las primeras décadas del 1900.
Perseguido y encarcelado, libre y enamorado, enamorado de la mujer que vendía chicha en su pueblo, enamorado de la hija de su hermano mayor, – a quien le hizo bellos poemas que fueron clandestinos un tiempo – enamorado de varias francesas después; bebedor y seductor, mujeriego y galante, pero sobretodo un poeta con una fuerza indomable y una nostalgia que se hizo casi una patología que lo crucificó en los maderos curvos de su angustia y su pena insondable por su Santiago de Chuco y el Perú.
La poesía de César Vallejo nació fortalecida por el sentimiento andino y la influencia de los clásicos que había leído sumado a la efervescencia de sus tertulias con los ilustres amigos con los que frecuentaba. Pero se fortaleció más en Europa donde no solo se fortaleció literariamente, sino que asumió un rol decisivo en la compleja situación en que vivía España, por ejemplo, o sus viajes a Rusia y a otros países con políticas distintas, en donde se nutrió ideológicamente de conceptos filosóficos nuevos.
César Vallejo murió sin saber a exactitud la trascendencia que tendría su obra, muchos años antes de viajar a Paris, antes aún de conocer a Georgette soñó que velaban su cadáver en una habitación casi desierta donde solo había una mujer gorda con sombrero llorando – años después, así fue el escenario de su muerte -.
Georgette Philippart, la última mujer de Vallejo, ha sido satanizada por los amigos del poeta. La defensa que hizo siempre de él la convirtió en una mujer intratable. Después de la muerte de Vallejo se peleó con muchos de los amigos del poeta, cacheteó a más de un editor y se enfrascó en dimes y diretes con todo aquel que osaba hablar de Vallejo en forma despectiva. - durante un evento público Georgette le dio una bofetada al editor Carlos Milla Batres, debido a que éste incumplió su promesa de publicar una foto de Vallejo en la carátula del “Homenaje internacional” al poeta consagrado por la revista “Visión del Perú”. En lugar de la foto, Milla Batres colocó un óleo de Macedonio de la Torre, con una representación irreconocible del poeta-
Para Geogette Vallejo era su “Cholo sano y sagrado” y sin duda tenía una similitud con Eliane Karp y Alejandro Toledo, había asumido luego de la muerte de Vallejo una facilidad única para caerle mal a la gente. Era la Florinda Meza de Chespirito, una mujer odiosa e insoportable, pero tierna al fin para enamorar al poeta.
Pero a Georgette le debemos el rescate de la obra de Vallejo, de la póstuma literatura que conocemos de él, aquella que se pudo perder para siempre y que pudo condenarlo al olvido. Georgette le dio a Vallejo una tumba y fue también la que se opuso al traslado de sus restos al Perú. “Porque en su tierra le dieron de palos, lo maltrataron y yo soy obediente a su voluntad.” Había dicho alguna vez. Georgette fue la continuación de Vallejo por muchas décadas. En el epitafio de la tumba de Vallejo escribió “He nevado tanto, para que duermas.” Ella murió en 1984, sus restos están enterrados en el cementerio de la Planicie de Lima, a miles de kilómetros del Vallejo que ella amó como no lo hizo nunca el Perú. Lejos, muy lejos como esa mañana de 1938 cuando se ahogó en su pena cuando Vallejo partió a la gloria para siempre.
En http://www.balconinterior.blogspot.com/
“He nevado tanto, para que duermas.”
Hoy se cumplen 73 años de la muerte del más grande de los poetas peruanos, aquel que murió en la pobreza y perseguido por la justicia; una injusticia que solo hace unos meses recién el Poder Judicial decidió ponerle fin como una manera de desagravio al más connotado representante de las letras peruanas dell siglo XX. Vallejo murió el 15 de abril de 1938 a las 9.20 a.m., a los 46 años de edad.
Vallejo no fue solo el hito en la poesía modernista, significó también el muchacho provinciano que llegó a las esferas más altas de la literatura y la cultura europea. Fue parte del núcleo generador de la cultura peruana de su época junto a Víctor Raúl Haya de la Torre, Antenor Orrego, Alcides Spelucín, Oscar Imaña, Camilo Blas y otros grandes exponentes de la cultura peruana en las primeras décadas del 1900.
Perseguido y encarcelado, libre y enamorado, enamorado de la mujer que vendía chicha en su pueblo, enamorado de la hija de su hermano mayor, – a quien le hizo bellos poemas que fueron clandestinos un tiempo – enamorado de varias francesas después; bebedor y seductor, mujeriego y galante, pero sobretodo un poeta con una fuerza indomable y una nostalgia que se hizo casi una patología que lo crucificó en los maderos curvos de su angustia y su pena insondable por su Santiago de Chuco y el Perú.
La poesía de César Vallejo nació fortalecida por el sentimiento andino y la influencia de los clásicos que había leído sumado a la efervescencia de sus tertulias con los ilustres amigos con los que frecuentaba. Pero se fortaleció más en Europa donde no solo se fortaleció literariamente, sino que asumió un rol decisivo en la compleja situación en que vivía España, por ejemplo, o sus viajes a Rusia y a otros países con políticas distintas, en donde se nutrió ideológicamente de conceptos filosóficos nuevos.
César Vallejo murió sin saber a exactitud la trascendencia que tendría su obra, muchos años antes de viajar a Paris, antes aún de conocer a Georgette soñó que velaban su cadáver en una habitación casi desierta donde solo había una mujer gorda con sombrero llorando – años después, así fue el escenario de su muerte -.
Georgette Philippart, la última mujer de Vallejo, ha sido satanizada por los amigos del poeta. La defensa que hizo siempre de él la convirtió en una mujer intratable. Después de la muerte de Vallejo se peleó con muchos de los amigos del poeta, cacheteó a más de un editor y se enfrascó en dimes y diretes con todo aquel que osaba hablar de Vallejo en forma despectiva. - durante un evento público Georgette le dio una bofetada al editor Carlos Milla Batres, debido a que éste incumplió su promesa de publicar una foto de Vallejo en la carátula del “Homenaje internacional” al poeta consagrado por la revista “Visión del Perú”. En lugar de la foto, Milla Batres colocó un óleo de Macedonio de la Torre, con una representación irreconocible del poeta-
Para Geogette Vallejo era su “Cholo sano y sagrado” y sin duda tenía una similitud con Eliane Karp y Alejandro Toledo, había asumido luego de la muerte de Vallejo una facilidad única para caerle mal a la gente. Era la Florinda Meza de Chespirito, una mujer odiosa e insoportable, pero tierna al fin para enamorar al poeta.
Pero a Georgette le debemos el rescate de la obra de Vallejo, de la póstuma literatura que conocemos de él, aquella que se pudo perder para siempre y que pudo condenarlo al olvido. Georgette le dio a Vallejo una tumba y fue también la que se opuso al traslado de sus restos al Perú. “Porque en su tierra le dieron de palos, lo maltrataron y yo soy obediente a su voluntad.” Había dicho alguna vez. Georgette fue la continuación de Vallejo por muchas décadas. En el epitafio de la tumba de Vallejo escribió “He nevado tanto, para que duermas.” Ella murió en 1984, sus restos están enterrados en el cementerio de la Planicie de Lima, a miles de kilómetros del Vallejo que ella amó como no lo hizo nunca el Perú. Lejos, muy lejos como esa mañana de 1938 cuando se ahogó en su pena cuando Vallejo partió a la gloria para siempre.
En http://www.balconinterior.blogspot.com/
27/05/10: Los ojos de Judas
Abraham Valdelomar
I
El puerto de Pisco aparece en mis recuerdos como una mansísima aldea, cuya belleza serena y extraña acrecentaba el mar. Tenía tres plazas. Una, la principal, enarenada, con una suerte de pequeño malecón, barandado de madera, frente al cual se detenía el carro que hacía viajes "al pueblo"; otra, la desolada plazoleta donde estaba mi casa, que tenía por el lado de oriente una valla de toñuces; y la tercera, al sur de la población, en la que había de realizarse esta tragedia de mis primeros años.
En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allí todo era bello y memorable. Tenía nueve años, empezaba el camino sinuoso de la vida, y estas primeras visiones de las cosas, que no se borran nunca, marcaron de manera tan dulcemente dolorosa y fantástica el recuerdo de mis primeros años que así formóse el fondo de mi vida triste. A la orilla del mar se piensa siempre; el continuo ir y venir de olas; la perenne visión del horizonte; los barcos que cruzan el mar a lo lejos sin que nadie sepa su origen o rumbo; las neblinas matinales durante las cuales los buques perdidos pitean clamorosamente, como buscándose unos a otros en la bruma, cual ánimas desconsoladas en un mundo de sombras; las "paracas", aquellos vientos que arrojan a la orilla a los frágiles botes y levantan columnas de polvo monstruosas y livianas; el ruido cotidiano del mar, de tan extraños tonos, cambiantes como las horas; y a veces, en la apacible serenidad marina, el surgir de rugidores animales extraños, tritones pujantes, hinchados, de pequeños ojos y viscosa color, cuyos cuerpos chasquean las aguas al cubrirlos desordenadamente.
En las tardes, a la caída del sol, el viaje de los pájaros marinos que vuelven del norte, en largos cordones, en múltiples líneas, escribiendo en el cielo no sé qué extrañas palabras. Ejércitos inmensos de viajeros de ignotas regiones, de inciertos parajes que van hacia el sur agitando rítmicamente sus alas negras, hasta esfumarse, azules, en el oro crepuscular. En la noche, en la profunda oscuridad misteriosa, en el arrullo solemne de las aguas, vanas luces que surgen y se pierden a lo lejos como vidas estériles... En mi casa, mi dormitorio tenía una ventana que daba hacia el jardín cuya única vid desmedrada y raquítica, de hojas carcomidas por el salitre, serpenteaba agarrándose en los barrotes oxidados. Al despertar abría yo los ojos y contemplaba, tras el jardín, el mar. Por allí cruzaban los vapores con su plomiza cabellera de humo que se diluía en el cielo azul. Otros llegaban al puerto, creciendo poco a poco, rodeados de gaviotas que flotaban a su lado como copos de espuma y, ya fondeados, los rodeaban pequeños botecillos ágiles. Eran entonces los barcos como cadáveres de insectos, acosados por hormigas hambrientas.
Levantábame después del beso de mi madre, apuraba el café humeante en la taza familiar, tomaba mi cartilla e íbame a la escuela por la ribera. Ya en el puerto, todo era luz y movimiento. La pesada locomotora, crepitante, recorría el muelle. Chirriaban como desperezándose los rieles enmohecidos, alistaban los pescadores sus botes, los fleteros empujaban sus carros en los cuales los fardos de algodón hacían pirámide, sonaba la alegre campana del "cochecito"; cruzaban en sus asnos pacientes y lanudos, sobre los hatos de alfalfa, verde y florecida en azul, las mozas del pueblo; llevaban otras en cestos de caña brava la pesca de la víspera, y los empleados, con sus gorritas blancas de viseras negras, entraban al resguardo, a la capitanía, a la aduana y a la estación del ferrocarril. Volvía yo antes del mediodía de la escuela por la orilla cogiendo conchas, huesos de aves marinas, piedras de rara color, plumas de gaviotas y yuyos que eran cintas multicolores y transparentes como vidrios ahumados, que arrojaba el mar.
II
Mi padre que era empleado en la Aduana tenía un hermoso tipo moreno. Faz tranquila, brillante mirada, bigote pródigo. Los días de llegada de algún vapor vestíase de blanco y en la falúa rápida, brillante y liviana, en cuya popa agitada por el viento ondeaba la bandera, iba mar afuera a recibirlo. Mi madre era dulcemente triste. Acostumbraba llevarnos todas las tardes a mi hermanita y a mí a la orilla a ver morir el sol. Desde allí se veía el muelle, largo con sus aspas monótonas, sobre las que se elevaban las efes de sus columnas, que en los cuadernos, en la escuela, nosotros pintábamos así:
f f f f
xxxxxxx
Pues de los ganchitos de las efes pendían los faroles por las noches. Mi padre volvía por el muelle, al atardecer, nos buscaba desde lejos, hacíamos señales con los pañuelos y él perdíase un momento tras de las oficinas al llegar a tierra para reaparecer a nuestro lado. Juntos veíamos entonces "la procesión de las luces" cuando el sol se había puesto y el mar sonaba ya con el canto nocturno muy distinto del canto del día. Después de la procesión regresábamos a casa y durante la comida papá nos contaba todo lo que había hecho en la tarde.
Aquel día, como de costumbre, habíamos ido a ver la caída del sol y a esperar a papá. Mientras mi madre sobre la orilla contemplaba silenciosa el horizonte, nosotros jugábamos a su lado, con los zapatos enarenados, fabricando fortalezas de arena y piedras, que destruían las olas al desmayarse junto a sus muros, dejando entre ellos su blanquísima espuma. Lentamente caía la tarde. De pronto mamá descubrió un punto en el lejano límite del mar.
–¿Ven ustedes? -nos dijo preocupada- ¿no parece un barco?
–Sí, mamá, respondí. Parece un barco...
–¿Vendrá papá? -interrogó mi hermana.
–Él no comerá hoy con nosotros, seguramente, agregó mi madre. Tendrá que recibir ese barco. Vendrá de noche. El mar está muy bravo. Y suspiró entristecida...
El sol se ahogó en sangre en el horizonte. El barco se divisó perfectamente recortado en el fondo ocre. Sobre el puerto cayó la noche. En silencio emprendimos la vuelta a casa, mientras encendían el faro del muelle y desfilaba "la procesión de las luces".
Así decíamos a un carro lleno de faroles que salía de la capitanía y era conducido sobre el muelle por un marinero, quien a cada cincuenta metros se detenía, colocando sobre cada poste un farol hasta llegar al extremo del muelle extendido y lineal; mas, como esta operación hacíase entrada la noche, sólo se veían avanzando sobre el mar, las luces, sin que el hombre ni el carro ni el muelle se viesen, lo que daba a ese fanal un aspecto extraño y quimérico en la profunda oscuridad de esas horas.
Parecía aquel carro un buque fantasma que flotara sobre las aguas muertas. A cada cincuenta metros se detenía, y una luz suspendida por invisible mano iba a colgarse en lo alto de un poste, invisible también. Así, a medida que el carro avanzaba, las luces iban quedando inmóviles en el espacio como estrellas sangrientas; y el fanal iba disminuyendo su brillor y dejando sus luces a lo largo del muelle, como una familia cuyos miembros fueran muriendo sucesivamente de una misma enfermedad. Por fin la última luz se quedaba oscilando al viento, muy lejos, sobre el mar que rugía en las profundas tinieblas de la noche.
Cuando se colgó el último farol, nosotros, cogidos de la mano de mi madre, abandonamos la playa tornando al hogar. La criada nos puso los delantales blancos. La comida fue en silencio. Mamá no tomó nada. Y en el mutismo de esa noche triste, yo veía que mamá no quitaba la vista del lugar que debía ocupar mi padre, que estaba intacto con su servilleta doblada en el aro, su cubierto reluciente y su invertida copa. Todo inmóvil. Sólo se oía el chocar de los cubiertos con los platos o los pasos apagados de la sirviente, o el rumor que producía el viento al doblar los árboles del jardín. Mamá sólo dijo dos veces con su voz dulce y triste:
–Niño, no se toma así la cuchara...
–Niña, no se come tan de prisa...
III
Papá debió volver muy tarde, porque cuando yo desperté en mi cama, sobresaltado al oír una exclamación, sonaron frías, lejanas, las dos de la madrugada. Yo no oí en detalle la conversación, de mis padres; pero no puedo olvidar algunas frases que se me han quedado grabadas profundamente.
–¡Quién lo hubiera creído! -decía papá-. Tú conoces a Luisa, sabes cuán honorable y correcto es su marido...
–¡No es posible, no es posible! -respondió mi madre, con voz medrosa.
–Ojalá no lo fuese. Lo cierto es que Fernando está preso; el juez cogió al niño y amenazó a Luisa con detenerlo si ella no decía la verdad, y ya ves, la pobre mujer lo ha declarado todo. Dijo que Fernando había venido a Pisco con el exclusivo objeto de perseguir a Kerr, pues había jurado matarlo por una vieja cuestión de honor...
–¿Y ella ha delatado a su marido? ¡Qué horrible traición, qué horrible!
–¿Y qué cuestión ha sido esa?...
–No ha querido decirlo. Pero, admírate. Esto ha ocurrido a las cuatro de la tarde; Kerr ha muerto a las cinco a consecuencia de la herida, y cuando trasladaban su cadáver se promovió en la calle un gran tumulto, oímos gritos y exclamaciones terribles, fuimos hacia allí y hemos visto a Luisa gritar, mesarse los cabellos y, como loca, llamar a su hijo. ¡Se lo habían robado!
–¿Le han robado a su hijo?
Sentí los sollozos de mi madre. Asustado me cubrí la cabeza con la sábana y me puse a rezar, inconsciente y temeroso, por todos esos desdichados a quienes no conocía.
–Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, Bendita eres...
Al día siguiente, de mañana, trajeron una carta con un margen de luto muy grande y papá salió a la calle vestido de negro.
IV
Recuerdo que al salir de la población, pasé por la plazuela que está al fin del barrio "del Castillo" y empecé a alejarme en la curva de la costa hacia San Andrés, entretenido en coger caracoles, plumas y yerbas marinas. Anduve largo rato y pronto me encontré en la mitad del camino. Al norte, el puerto ya lejano de Pisco aparecía envuelto en un vapor vibrante, veíanse las casas muy pequeñas, y los pinos, casi borrados por la distancia, elevábanse apenas. Los barcos del puerto tenían un aspecto de abandono, cual si estuvieran varados por el viento del Sur. El Muelle parecía entrar apenas en el mar. Recorrí con la mirada la curva de la costa que terminaba en San Andrés. Ante la soledad del paisaje, sentí cierto temor que me detuvo. El mar sonaba apenas. El sol era tibio y acariciador. Una ave marina apareció a lo lejos, la vi venir muy alto, muy alto, bajo el cielo, sola y serena como una alma; volaba sin agitar las alas, deslizándose suavemente, arriba, arriba. La seguí con la mirada, alzando la cabeza, y el cielo me pareció abovedado, azul e inmenso, como si fuera más grande y más hondo y mis ojos lo miraran más profundamente.
El ave se acercaba, volví la cara y vi la campiña tierra adentro, pobre, alargándose en una faja angosta, detrás de la cual comenzaba el desierto vasto, amarillo, monótono, como otro mar de pena y desolación. Una ráfaga ardiente vino de él hacia el mar.
En medio de esa hora me sentí solo, aislado, y tuve la idea de haberme perdido en una de esas playas desconocidas y remotas, blancas y solitarias donde van las aves a morir. Entonces sentí el divino prodigio del silencio; poco a poco se fue callando el rumor de las olas, yo estaba inmóvil en la curva de la playa y al apagarse el último ruido del mar, el ave se perdió a lo lejos. Nada acusaba ya a la Humanidad ni a la vida. Todo era mudo y muerto. Sólo quedaba un zumbido en mi cerebro que fue extinguiéndose, hasta que sentí el silencio, claro, instantáneo, preciso. Pero sólo fue un segundo. Un extraño sopor me invadió luego, me acosté en la arena, llevé mi vista hacia el sur, vi una silueta de mujer que aparecía a lo lejos, y mansamente, dulcemente, como una sonrisa, se fue borrando todo, todo, y me quedé dormido.
V
Desperté con la idea de la mujer que había visto al dormirme, pero en vano la buscaron mis ojos, no estaba por ninguna parte. Seguramente había dormido mucho, y durante mi sueño, la desconocida, que tenía un vestido blanco, había podido recorrer toda la playa. Observé, sin embargo, los pasos que venían por la orilla. Menudos rastros de mujer que el mar había borrado en algunos sitios, circundaban el lugar donde yo me había dormido y seguían hacia el puerto.
Pensativo y medroso no quise avanzar a San Andrés. El sol iba a ponerse ya, y restregándome los ojos, siguiendo los rastros de la desconocida, emprendí la vuelta por la orilla. En algunos puntos el mar había borrado las huellas, buscábalas yo, adivinándolas casi, y por fin las veía aparecer sobre la arena húmeda. Recogí una conchita rara, la eché en mi bolsillo y mi mano tropezó con un extraño objeto. ¿Qué era? Una medalla de la Purísima, de plata, pendiendo de una cadena delgada, larga y fría. Examiné mucho el objeto y me convencí de que alguien lo había puesto en mi bolsillo. Tuve una sospecha, la mujer; quise arrojarle, pero me detuve.
Guardé la medalla y cavilando en el hallazgo, llegué a casa cuando el sol se ponía. Mi curiosidad hizo que callara y ocultara el objeto; y al día siguiente, martes de Semana Santa, a la misma hora, volví. El mar durante la noche había borrado las huellas donde me acostara la víspera, pero aproximadamente elegí un sitio y me recosté. No tardó en aparecer la silueta blanca. Sentí un violento golpe en el corazón y un indecible temor. Y sin embargo tenía una gran simpatía por la desconocida que vestida de blanco se acercaba.
El miedo me vencía, quería correr y luchaba por quedarme. La mujer se acercaba cada vez más. Me miró desde lejos, quise irme aún; pero ya era tarde. El miedo y luego la apacible mirada de aquella mujer me lo impedían. Acercóse la señora. Yo, de pie, quitándome la gorra le dije:
–Buenas tardes, señora...
–¿Me conoces?...
–Mamá me ha dicho que se debe saludar a las personas mayores... La señora me acarició sonriendo tristemente y me preguntó:
–¿Te gusta mucho el mar?
–Sí, señora. Vengo todas las tardes.
–¿Y te quedas dormido?...
–¿Usted vino ayer señora?...
–No; pero cuando los niños se quedan dormidos a la orilla del mar, y son buenos, viene un ángel y les regala una medalla. ¿A ti te ha regalado el ángel?...
Yo sonreí incrédulo; la dama lo comprendió, y conversando, perdido el temor hacia la señora vestida de blanco, cogido de su mano, emprendí la vuelta a la población.
Al llegar a la plazuela del Castillo, vimos unos hombres que levantaban una especie de torre de cañas.
–¿Qué hacen esos hombres? -me preguntó la señora.
–Papá nos ha dicho que están preparando el castillo para quemar a Judas el sábado de gloria.
–¿A Judas? ¿Quién te ha dicho eso? Y abrió desmesuradamente los ojos.
–Papá dice que Judas tiene que venir el sábado por la noche y que todos los hombres del pueblo, los marineros, los trabajadores del muelle, los cargadores de la Estación, van a quemarlo, porque Judas es muy malo... Papá nos traerá para que lo veamos...
–¿Y tú sabes por qué lo queman?...
–Sí, señora. Mamá dice que lo queman porque traicionó al Señor... – ¿Y no te da pena que lo quemen?...
–No, señora. Que lo quemen. Por él los judíos mataron a nuestro Señor Jesucristo. Si él no lo hubiese vendido, ¿cómo habrían sabido quién era los judíos?...
La señora no contestó. Seguimos en silencio hasta la población. Los hombres se quedaron trabajando y al despedirse la señora blanca me dio un beso y me preguntó:
–Dime, ¿tú no perdonarías a Judas?...
–No, señora blanca; no lo perdonaría.
La dama se marchó por la orilla oscura y yo tomé el camino de mi casa. Después de la comida me acosté.
VI
Estuve varios días sin volver a la playa, pero el sábado de gloria en que debían quemar a Judas, salí a la playa para dar un paseo y ver en la plaza el cuerpo del criminal, pues según papá, ya estaba allí esperando su castigo el traidor, rodeado de marineros, cargadores, hombres del pueblo y pescadores de San Andrés. Salí a las cuatro de la tarde y me fui caminando por la orilla. Llegué al sitio donde Judas, en medio del pueblo, se elevaba, pero le tenían cubierto con una tela y sólo se le veía la cabeza. Tenía dos ojos enormes, abiertos, iracundos, pero sin pupilas y la inexpresiva mirada se tendía sobre la inmensidad del mar. Seguí caminando y al llegar a la mitad de la curva, distinguí a la señora blanca que venía del lado de San Andrés. Pronto llegó hasta mí. Estaba pálida y me pareció enferma. Sobre su vestido blanco y bajo el sombrero alón, su rostro tenía una palidez de marfil. ¡Era tan blanca! Sus facciones afiladas parecían no tener sangre; su mirada era húmeda, amorosa y penetrante. Hablamos largo rato.
–¿Has visto a Judas?
–Lo he visto, señora blanca...
–¿Te da miedo?...
–Es horrible... A mí me da mucho miedo...
–¿Y ya le has perdonado?...
–No, señora, yo no lo perdono. Dios se resentiría conmigo si le perdonase... ¿Usted viene esta noche a verlo quemar?...
–Sí.
–¿A qué hora?...
–Un poco tarde. ¿Tú me reconocerías de noche?... ¿No te olvidarías de mi cara? Fíjate bien -y me miró extrañamente- Fíjate bien en mi cara... Yo vendré un poco tarde... Dime, ¿le has visto tú los ojos a Judas?...
–Sí, señora. Son inmensos, blancos, muy blancos...
–¿Dónde miran?...
–Al mar...
–¿Estás seguro? ¿Miran al mar? ¿Te has fijado bien?...
–Sí, señora blanca, miran al mar...
Sobre la arena donde nos habíamos sentado, la señora miró largamente el océano. Un momento permaneció silenciosa y luego ocultó su cara entre las manos. Aún me pareció más pálida.
–Vamos -me dijo.
Yo la seguí. Caminamos en silencio a través de la playa, pero al acercarnos a la plazuela donde estaba el cuerpo de Judas, la señora se detuvo y mirando al suelo, me dijo:
–Fíjate bien en él... Me vas a contar adónde mira. Fíjate bien... Fíjate bien.
Y al pasar ante el cuerpo, ella volvió la cara hacia el mar, para no ver la cara de Judas. Parecía temblar su mano, que me tenía cogido por el brazo, y al alejarnos me decía:
–Fíjate adónde mira, de qué color son sus ojos, fíjate, fíjate...
Pasamos. Yo tenía miedo. Sentí temblar fuertemente a la señora, que me preguntó nuevamente:
–¿Dónde miran los ojos?
–Al mar, señora blanca... Bien lejos, bien lejos...
Ya era tarde. La noche empezó a caer y las luces de los barcos se anunciaron débilmente en la bahía. Al llegar a la altura de mi casa, la señora me dio un beso en la frente, un beso muy largo, y me dijo:
–¡Adiós!
La noche tenía un color brumoso, pero no tan negro como otras veces. Avancé hasta mi casa pensativo, y encontré a mi madre llorando, porque debía salir un barco a esa hora y papá debía ir a despacharlo. Nos sentamos a la mesa. Allí se oía rugir el mar, poderoso y amenazador. Madre no tomó nada y me atreví a preguntarle:
–Mamá, ¿no vamos a ver quemar a Judas?...
–Si papá vuelve pronto. Ahora vamos a rezar...
Nos levantamos de la mesa. Atravesarnos el patiecillo. Mi hermana se había dormido y la criada la llevaba en brazos. La luna se dibujaba opacamente en el cielo. Llegamos al dormitorio de mi madre y ante el altar, donde había una virgen del Carmen muy linda, nos arrodillamos. Iniciamos el rezo. Mamá decía en su oración:
–Por los caminantes, navegantes, cautivos cristianos y encarcelados...
Sentimos, inusitadamente, ruidos, carreras, voces y lamentaciones. Las gentes corrían gritando y de pronto oímos un sonido estridente, característico, como el pitear de un buque perdido. Una voz gritó cerca de la puerta:
–¡Un naufragio!
Salimos despavoridos, en carrera loca, hacia la calle. El pueblo corría hacia la ribera. Mamá empezó a llorar. En ese momento apareció mi padre y nos dijo:
–Un naufragio. Hace una hora que he despachado el buque. Seguramente ha encallado...
El buque llamaba con un silbido doloroso, como si se quejara de un agudo dolor, implorante, solemne, frío. La luna seguía opacada. Salimos todos a la playa y pudimos ver que el barco hacía girar un reflector y que del muelle salían unos botes en su ayuda.
El pueblo se preparaba. Estaba reunido alrededor de la orilla, alistaba febrilmente sus embarcaciones, algunos habían sacado linternas y farolillos y auscultaban el aire. Una voz ronca recorría la playa como una ola, pasaba de boca en boca y estallaba:
–¡Un naufragio!
Era el eterno enemigo de la gente del mar, de los pescadores, que se lanzaban en los frágiles botes, de las mujeres que los esperaban temerosas, a la caída de la tarde; el eterno enemigo de todos los que viven a la orilla... El terrible enemigo contra el que luchan todas las creencias y supersticiones de los pueblos costaneros; que surge de repente, que a veces es el molino desconocido y siniestro que lleva a los pescadores hacia un vórtice extraño y no los deja volver más a la costa; otras veces el peligro surge en forma de viento que aleja de la costa las embarcaciones para perderlas en la inmensidad azul y verde del mar. Y siempre que aparece este espíritu desconocido y sorpresivo las gentes sencillas vibran y oran al apóstol pescador, su patrón y guía, porque seguramente alguna vida ha sido sacrificada.
Aún oímos el rumor de las gentes del mar. Cuando empezó a retirarse, se apagaron los reflectores y el piteo cesó. Nadie comprendía por qué el barco se alejaba; pero cuando éste se perdía hacia el sur, todo el pueblo, pensativo, silencioso e inmenso, regresó por las calles y se encaminó a la plaza en la que Judas iba a ser sacrificado. Mamá no quiso ir, pero papá y yo fuimos a verle.
Caminamos todo el barrio del Castillo y al terminarlo y entrar a la plazoleta, la fiesta se anunció con una viva luz sangrienta. A los pies de Judas ardía una enorme y roja llamarada que hacía nubes de humo y que iluminaba por dentro el deforme cuerpo del condenado, a quien yo quería ver de frente.
Pero al verlo tuve miedo. Miedo de sus grandes ojos que se iluminaban de un tono casi rosado. Busqué entre los que nos rodeaban a la señora blanca, pero no la vi. La plaza estaba llena, el pueblo la ocupaba toda y de pronto, de la casa que estaba a la espalda de Judas y que daba frente al mar, salieron varios hombres con hachones encendidos y avanzaron entre la multitud hacia Judas.
–¡Ya lo van a quemar! -gritó el pueblo. Los hombres llegaron. Los hachones besaron los pies del traidor y una llama inmensa apareció violentamente. Acercaron un barril de alquitrán y la llamarada aumentó.
Entonces fue el prodigio. Al encenderse el cuerpo de Judas, los ojos con el reflejo de la luz tornáronse rojos, con un rojo iracundo y amenazador; y como si toda aquella gente semi-perdida en la oscuridad y en las llamas, hubiera pensado en los ojos del ajusticiado, siguió la mirada sangrienta de éste que fue a detenerse en el mar. Un punto negro había al final de la mirada que casi todo el pueblo señaló. Un golpe de luz de la luna iluminó el punto lejano y el pueblo, que aquella noche estaba como poseído de una extraña preocupación, gritó abandonando la plaza y lanzándose a la orilla:
–¡Un ahogado, un ahogado!...
Se produjo un tumulto horrible. Un clamor general que tenía algo de plegaria y de oración, de maldición pavorosa y de tragedia, se elevó hacia el mar, en esa noche sangrienta.
–¡Un ahogado!
El punto era traído mansamente por las olas hacia la playa. Al grito unánime siguió un silencio absoluto en el que podía percibirse el nudo manso del mar. Cada uno de los allí presentes esperaba la llegada del desconocido cadáver, con un presentimiento doloroso y silente. La luna empezó a clarear. Debía ser muy tarde y por fin se distinguió un cadáver ya muy cerca de la orilla, que parecía tener encima una blanca sábana. La luna tuvo una coloración violeta y alumbró aún el cadáver que poco a poco iba acercándose.
–¡Un marinero!, gritaron algunos.
–¡Un niño!, dijeron otros.
–¡Una mujer!, exclamaron todos. Algunos se lanzaron al mar y sacaron el cadáver a la orilla. El pueblo se agrupó al derredor. Le clavaban las luces de las linternas, se peleaban por verle, pero como allí en la orilla no hubiese luz bastante, lo cargaron y lo llevaron hacia los pies de Judas que aún ardía en el centro de la plaza. Todo el pueblo volvía a ella y con él yo -cogido siempre de la mano de papá-. Llegaron, colocaron en tierra el cadáver y ardió el último resto del cuerpo de Judas quedando sólo la cabeza, cuyos dos ojos ya no miraban a ningún lugar sino a todos. Yo tenía una extraña curiosidad por ver el cadáver. Mi padre seguramente no deseaba otra cosa, hizo abrir sitio y como las gentes de mar lo conocían y respetaban, le hicieron pasar y llegarnos hasta él.
Vi un grupo de hombres todos mojados, con la cabeza inclinada teniendo en la mano sus sombreros, silenciosos, rodeando el cadáver, vestido de blanco, que estaba en el suelo. Vi las telas destrozadas y el cuerpo casi desnudo de una mujer. Fue una horrible visión que no olvido nunca. La cabeza echada hacia atrás, cubierto el rostro con el cabello desgreñado. Un hombre de esos se inclinó, descubrió la cara y entonces tuve la más horrible sensación de mi vida. Di un grito extraño, inconsciente, y me abracé a las piernas de mi padre.
–¡Papá, papá, si es la señora blanca! ¡La señora blanca, papá!...
Creí que el cadáver me miraba, que me reconocía; que Judas ponía sus ojos sobre él y di un segundo grito más fuerte y terrible que el primero.
–¡Sí; perdono a Judas, señora blanca, sí, lo perdono! si lo perdono a judas señora blanca si lo perdono!!...
Padre me cogió como loco, me apretó contra su pecho, y yo, con los ojos muy abiertos, vi mientras que mi padre me llevaba, rojos y sangrientos, acusadores, siniestros y terribles, los ojos de Judas que miraban por última vez, mientras el pueblo se desgranaba silencioso y unos cuantos hombres se inclinaban sobre el cadáver blanco.
Ocultábase la luna...
http://es.wikisource.org/wiki/Los_ojos_de_Judas
I
El puerto de Pisco aparece en mis recuerdos como una mansísima aldea, cuya belleza serena y extraña acrecentaba el mar. Tenía tres plazas. Una, la principal, enarenada, con una suerte de pequeño malecón, barandado de madera, frente al cual se detenía el carro que hacía viajes "al pueblo"; otra, la desolada plazoleta donde estaba mi casa, que tenía por el lado de oriente una valla de toñuces; y la tercera, al sur de la población, en la que había de realizarse esta tragedia de mis primeros años.
En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allí todo era bello y memorable. Tenía nueve años, empezaba el camino sinuoso de la vida, y estas primeras visiones de las cosas, que no se borran nunca, marcaron de manera tan dulcemente dolorosa y fantástica el recuerdo de mis primeros años que así formóse el fondo de mi vida triste. A la orilla del mar se piensa siempre; el continuo ir y venir de olas; la perenne visión del horizonte; los barcos que cruzan el mar a lo lejos sin que nadie sepa su origen o rumbo; las neblinas matinales durante las cuales los buques perdidos pitean clamorosamente, como buscándose unos a otros en la bruma, cual ánimas desconsoladas en un mundo de sombras; las "paracas", aquellos vientos que arrojan a la orilla a los frágiles botes y levantan columnas de polvo monstruosas y livianas; el ruido cotidiano del mar, de tan extraños tonos, cambiantes como las horas; y a veces, en la apacible serenidad marina, el surgir de rugidores animales extraños, tritones pujantes, hinchados, de pequeños ojos y viscosa color, cuyos cuerpos chasquean las aguas al cubrirlos desordenadamente.
En las tardes, a la caída del sol, el viaje de los pájaros marinos que vuelven del norte, en largos cordones, en múltiples líneas, escribiendo en el cielo no sé qué extrañas palabras. Ejércitos inmensos de viajeros de ignotas regiones, de inciertos parajes que van hacia el sur agitando rítmicamente sus alas negras, hasta esfumarse, azules, en el oro crepuscular. En la noche, en la profunda oscuridad misteriosa, en el arrullo solemne de las aguas, vanas luces que surgen y se pierden a lo lejos como vidas estériles... En mi casa, mi dormitorio tenía una ventana que daba hacia el jardín cuya única vid desmedrada y raquítica, de hojas carcomidas por el salitre, serpenteaba agarrándose en los barrotes oxidados. Al despertar abría yo los ojos y contemplaba, tras el jardín, el mar. Por allí cruzaban los vapores con su plomiza cabellera de humo que se diluía en el cielo azul. Otros llegaban al puerto, creciendo poco a poco, rodeados de gaviotas que flotaban a su lado como copos de espuma y, ya fondeados, los rodeaban pequeños botecillos ágiles. Eran entonces los barcos como cadáveres de insectos, acosados por hormigas hambrientas.
Levantábame después del beso de mi madre, apuraba el café humeante en la taza familiar, tomaba mi cartilla e íbame a la escuela por la ribera. Ya en el puerto, todo era luz y movimiento. La pesada locomotora, crepitante, recorría el muelle. Chirriaban como desperezándose los rieles enmohecidos, alistaban los pescadores sus botes, los fleteros empujaban sus carros en los cuales los fardos de algodón hacían pirámide, sonaba la alegre campana del "cochecito"; cruzaban en sus asnos pacientes y lanudos, sobre los hatos de alfalfa, verde y florecida en azul, las mozas del pueblo; llevaban otras en cestos de caña brava la pesca de la víspera, y los empleados, con sus gorritas blancas de viseras negras, entraban al resguardo, a la capitanía, a la aduana y a la estación del ferrocarril. Volvía yo antes del mediodía de la escuela por la orilla cogiendo conchas, huesos de aves marinas, piedras de rara color, plumas de gaviotas y yuyos que eran cintas multicolores y transparentes como vidrios ahumados, que arrojaba el mar.
II
Mi padre que era empleado en la Aduana tenía un hermoso tipo moreno. Faz tranquila, brillante mirada, bigote pródigo. Los días de llegada de algún vapor vestíase de blanco y en la falúa rápida, brillante y liviana, en cuya popa agitada por el viento ondeaba la bandera, iba mar afuera a recibirlo. Mi madre era dulcemente triste. Acostumbraba llevarnos todas las tardes a mi hermanita y a mí a la orilla a ver morir el sol. Desde allí se veía el muelle, largo con sus aspas monótonas, sobre las que se elevaban las efes de sus columnas, que en los cuadernos, en la escuela, nosotros pintábamos así:
f f f f
xxxxxxx
Pues de los ganchitos de las efes pendían los faroles por las noches. Mi padre volvía por el muelle, al atardecer, nos buscaba desde lejos, hacíamos señales con los pañuelos y él perdíase un momento tras de las oficinas al llegar a tierra para reaparecer a nuestro lado. Juntos veíamos entonces "la procesión de las luces" cuando el sol se había puesto y el mar sonaba ya con el canto nocturno muy distinto del canto del día. Después de la procesión regresábamos a casa y durante la comida papá nos contaba todo lo que había hecho en la tarde.
Aquel día, como de costumbre, habíamos ido a ver la caída del sol y a esperar a papá. Mientras mi madre sobre la orilla contemplaba silenciosa el horizonte, nosotros jugábamos a su lado, con los zapatos enarenados, fabricando fortalezas de arena y piedras, que destruían las olas al desmayarse junto a sus muros, dejando entre ellos su blanquísima espuma. Lentamente caía la tarde. De pronto mamá descubrió un punto en el lejano límite del mar.
–¿Ven ustedes? -nos dijo preocupada- ¿no parece un barco?
–Sí, mamá, respondí. Parece un barco...
–¿Vendrá papá? -interrogó mi hermana.
–Él no comerá hoy con nosotros, seguramente, agregó mi madre. Tendrá que recibir ese barco. Vendrá de noche. El mar está muy bravo. Y suspiró entristecida...
El sol se ahogó en sangre en el horizonte. El barco se divisó perfectamente recortado en el fondo ocre. Sobre el puerto cayó la noche. En silencio emprendimos la vuelta a casa, mientras encendían el faro del muelle y desfilaba "la procesión de las luces".
Así decíamos a un carro lleno de faroles que salía de la capitanía y era conducido sobre el muelle por un marinero, quien a cada cincuenta metros se detenía, colocando sobre cada poste un farol hasta llegar al extremo del muelle extendido y lineal; mas, como esta operación hacíase entrada la noche, sólo se veían avanzando sobre el mar, las luces, sin que el hombre ni el carro ni el muelle se viesen, lo que daba a ese fanal un aspecto extraño y quimérico en la profunda oscuridad de esas horas.
Parecía aquel carro un buque fantasma que flotara sobre las aguas muertas. A cada cincuenta metros se detenía, y una luz suspendida por invisible mano iba a colgarse en lo alto de un poste, invisible también. Así, a medida que el carro avanzaba, las luces iban quedando inmóviles en el espacio como estrellas sangrientas; y el fanal iba disminuyendo su brillor y dejando sus luces a lo largo del muelle, como una familia cuyos miembros fueran muriendo sucesivamente de una misma enfermedad. Por fin la última luz se quedaba oscilando al viento, muy lejos, sobre el mar que rugía en las profundas tinieblas de la noche.
Cuando se colgó el último farol, nosotros, cogidos de la mano de mi madre, abandonamos la playa tornando al hogar. La criada nos puso los delantales blancos. La comida fue en silencio. Mamá no tomó nada. Y en el mutismo de esa noche triste, yo veía que mamá no quitaba la vista del lugar que debía ocupar mi padre, que estaba intacto con su servilleta doblada en el aro, su cubierto reluciente y su invertida copa. Todo inmóvil. Sólo se oía el chocar de los cubiertos con los platos o los pasos apagados de la sirviente, o el rumor que producía el viento al doblar los árboles del jardín. Mamá sólo dijo dos veces con su voz dulce y triste:
–Niño, no se toma así la cuchara...
–Niña, no se come tan de prisa...
III
Papá debió volver muy tarde, porque cuando yo desperté en mi cama, sobresaltado al oír una exclamación, sonaron frías, lejanas, las dos de la madrugada. Yo no oí en detalle la conversación, de mis padres; pero no puedo olvidar algunas frases que se me han quedado grabadas profundamente.
–¡Quién lo hubiera creído! -decía papá-. Tú conoces a Luisa, sabes cuán honorable y correcto es su marido...
–¡No es posible, no es posible! -respondió mi madre, con voz medrosa.
–Ojalá no lo fuese. Lo cierto es que Fernando está preso; el juez cogió al niño y amenazó a Luisa con detenerlo si ella no decía la verdad, y ya ves, la pobre mujer lo ha declarado todo. Dijo que Fernando había venido a Pisco con el exclusivo objeto de perseguir a Kerr, pues había jurado matarlo por una vieja cuestión de honor...
–¿Y ella ha delatado a su marido? ¡Qué horrible traición, qué horrible!
–¿Y qué cuestión ha sido esa?...
–No ha querido decirlo. Pero, admírate. Esto ha ocurrido a las cuatro de la tarde; Kerr ha muerto a las cinco a consecuencia de la herida, y cuando trasladaban su cadáver se promovió en la calle un gran tumulto, oímos gritos y exclamaciones terribles, fuimos hacia allí y hemos visto a Luisa gritar, mesarse los cabellos y, como loca, llamar a su hijo. ¡Se lo habían robado!
–¿Le han robado a su hijo?
Sentí los sollozos de mi madre. Asustado me cubrí la cabeza con la sábana y me puse a rezar, inconsciente y temeroso, por todos esos desdichados a quienes no conocía.
–Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, Bendita eres...
Al día siguiente, de mañana, trajeron una carta con un margen de luto muy grande y papá salió a la calle vestido de negro.
IV
Recuerdo que al salir de la población, pasé por la plazuela que está al fin del barrio "del Castillo" y empecé a alejarme en la curva de la costa hacia San Andrés, entretenido en coger caracoles, plumas y yerbas marinas. Anduve largo rato y pronto me encontré en la mitad del camino. Al norte, el puerto ya lejano de Pisco aparecía envuelto en un vapor vibrante, veíanse las casas muy pequeñas, y los pinos, casi borrados por la distancia, elevábanse apenas. Los barcos del puerto tenían un aspecto de abandono, cual si estuvieran varados por el viento del Sur. El Muelle parecía entrar apenas en el mar. Recorrí con la mirada la curva de la costa que terminaba en San Andrés. Ante la soledad del paisaje, sentí cierto temor que me detuvo. El mar sonaba apenas. El sol era tibio y acariciador. Una ave marina apareció a lo lejos, la vi venir muy alto, muy alto, bajo el cielo, sola y serena como una alma; volaba sin agitar las alas, deslizándose suavemente, arriba, arriba. La seguí con la mirada, alzando la cabeza, y el cielo me pareció abovedado, azul e inmenso, como si fuera más grande y más hondo y mis ojos lo miraran más profundamente.
El ave se acercaba, volví la cara y vi la campiña tierra adentro, pobre, alargándose en una faja angosta, detrás de la cual comenzaba el desierto vasto, amarillo, monótono, como otro mar de pena y desolación. Una ráfaga ardiente vino de él hacia el mar.
En medio de esa hora me sentí solo, aislado, y tuve la idea de haberme perdido en una de esas playas desconocidas y remotas, blancas y solitarias donde van las aves a morir. Entonces sentí el divino prodigio del silencio; poco a poco se fue callando el rumor de las olas, yo estaba inmóvil en la curva de la playa y al apagarse el último ruido del mar, el ave se perdió a lo lejos. Nada acusaba ya a la Humanidad ni a la vida. Todo era mudo y muerto. Sólo quedaba un zumbido en mi cerebro que fue extinguiéndose, hasta que sentí el silencio, claro, instantáneo, preciso. Pero sólo fue un segundo. Un extraño sopor me invadió luego, me acosté en la arena, llevé mi vista hacia el sur, vi una silueta de mujer que aparecía a lo lejos, y mansamente, dulcemente, como una sonrisa, se fue borrando todo, todo, y me quedé dormido.
V
Desperté con la idea de la mujer que había visto al dormirme, pero en vano la buscaron mis ojos, no estaba por ninguna parte. Seguramente había dormido mucho, y durante mi sueño, la desconocida, que tenía un vestido blanco, había podido recorrer toda la playa. Observé, sin embargo, los pasos que venían por la orilla. Menudos rastros de mujer que el mar había borrado en algunos sitios, circundaban el lugar donde yo me había dormido y seguían hacia el puerto.
Pensativo y medroso no quise avanzar a San Andrés. El sol iba a ponerse ya, y restregándome los ojos, siguiendo los rastros de la desconocida, emprendí la vuelta por la orilla. En algunos puntos el mar había borrado las huellas, buscábalas yo, adivinándolas casi, y por fin las veía aparecer sobre la arena húmeda. Recogí una conchita rara, la eché en mi bolsillo y mi mano tropezó con un extraño objeto. ¿Qué era? Una medalla de la Purísima, de plata, pendiendo de una cadena delgada, larga y fría. Examiné mucho el objeto y me convencí de que alguien lo había puesto en mi bolsillo. Tuve una sospecha, la mujer; quise arrojarle, pero me detuve.
Guardé la medalla y cavilando en el hallazgo, llegué a casa cuando el sol se ponía. Mi curiosidad hizo que callara y ocultara el objeto; y al día siguiente, martes de Semana Santa, a la misma hora, volví. El mar durante la noche había borrado las huellas donde me acostara la víspera, pero aproximadamente elegí un sitio y me recosté. No tardó en aparecer la silueta blanca. Sentí un violento golpe en el corazón y un indecible temor. Y sin embargo tenía una gran simpatía por la desconocida que vestida de blanco se acercaba.
El miedo me vencía, quería correr y luchaba por quedarme. La mujer se acercaba cada vez más. Me miró desde lejos, quise irme aún; pero ya era tarde. El miedo y luego la apacible mirada de aquella mujer me lo impedían. Acercóse la señora. Yo, de pie, quitándome la gorra le dije:
–Buenas tardes, señora...
–¿Me conoces?...
–Mamá me ha dicho que se debe saludar a las personas mayores... La señora me acarició sonriendo tristemente y me preguntó:
–¿Te gusta mucho el mar?
–Sí, señora. Vengo todas las tardes.
–¿Y te quedas dormido?...
–¿Usted vino ayer señora?...
–No; pero cuando los niños se quedan dormidos a la orilla del mar, y son buenos, viene un ángel y les regala una medalla. ¿A ti te ha regalado el ángel?...
Yo sonreí incrédulo; la dama lo comprendió, y conversando, perdido el temor hacia la señora vestida de blanco, cogido de su mano, emprendí la vuelta a la población.
Al llegar a la plazuela del Castillo, vimos unos hombres que levantaban una especie de torre de cañas.
–¿Qué hacen esos hombres? -me preguntó la señora.
–Papá nos ha dicho que están preparando el castillo para quemar a Judas el sábado de gloria.
–¿A Judas? ¿Quién te ha dicho eso? Y abrió desmesuradamente los ojos.
–Papá dice que Judas tiene que venir el sábado por la noche y que todos los hombres del pueblo, los marineros, los trabajadores del muelle, los cargadores de la Estación, van a quemarlo, porque Judas es muy malo... Papá nos traerá para que lo veamos...
–¿Y tú sabes por qué lo queman?...
–Sí, señora. Mamá dice que lo queman porque traicionó al Señor... – ¿Y no te da pena que lo quemen?...
–No, señora. Que lo quemen. Por él los judíos mataron a nuestro Señor Jesucristo. Si él no lo hubiese vendido, ¿cómo habrían sabido quién era los judíos?...
La señora no contestó. Seguimos en silencio hasta la población. Los hombres se quedaron trabajando y al despedirse la señora blanca me dio un beso y me preguntó:
–Dime, ¿tú no perdonarías a Judas?...
–No, señora blanca; no lo perdonaría.
La dama se marchó por la orilla oscura y yo tomé el camino de mi casa. Después de la comida me acosté.
VI
Estuve varios días sin volver a la playa, pero el sábado de gloria en que debían quemar a Judas, salí a la playa para dar un paseo y ver en la plaza el cuerpo del criminal, pues según papá, ya estaba allí esperando su castigo el traidor, rodeado de marineros, cargadores, hombres del pueblo y pescadores de San Andrés. Salí a las cuatro de la tarde y me fui caminando por la orilla. Llegué al sitio donde Judas, en medio del pueblo, se elevaba, pero le tenían cubierto con una tela y sólo se le veía la cabeza. Tenía dos ojos enormes, abiertos, iracundos, pero sin pupilas y la inexpresiva mirada se tendía sobre la inmensidad del mar. Seguí caminando y al llegar a la mitad de la curva, distinguí a la señora blanca que venía del lado de San Andrés. Pronto llegó hasta mí. Estaba pálida y me pareció enferma. Sobre su vestido blanco y bajo el sombrero alón, su rostro tenía una palidez de marfil. ¡Era tan blanca! Sus facciones afiladas parecían no tener sangre; su mirada era húmeda, amorosa y penetrante. Hablamos largo rato.
–¿Has visto a Judas?
–Lo he visto, señora blanca...
–¿Te da miedo?...
–Es horrible... A mí me da mucho miedo...
–¿Y ya le has perdonado?...
–No, señora, yo no lo perdono. Dios se resentiría conmigo si le perdonase... ¿Usted viene esta noche a verlo quemar?...
–Sí.
–¿A qué hora?...
–Un poco tarde. ¿Tú me reconocerías de noche?... ¿No te olvidarías de mi cara? Fíjate bien -y me miró extrañamente- Fíjate bien en mi cara... Yo vendré un poco tarde... Dime, ¿le has visto tú los ojos a Judas?...
–Sí, señora. Son inmensos, blancos, muy blancos...
–¿Dónde miran?...
–Al mar...
–¿Estás seguro? ¿Miran al mar? ¿Te has fijado bien?...
–Sí, señora blanca, miran al mar...
Sobre la arena donde nos habíamos sentado, la señora miró largamente el océano. Un momento permaneció silenciosa y luego ocultó su cara entre las manos. Aún me pareció más pálida.
–Vamos -me dijo.
Yo la seguí. Caminamos en silencio a través de la playa, pero al acercarnos a la plazuela donde estaba el cuerpo de Judas, la señora se detuvo y mirando al suelo, me dijo:
–Fíjate bien en él... Me vas a contar adónde mira. Fíjate bien... Fíjate bien.
Y al pasar ante el cuerpo, ella volvió la cara hacia el mar, para no ver la cara de Judas. Parecía temblar su mano, que me tenía cogido por el brazo, y al alejarnos me decía:
–Fíjate adónde mira, de qué color son sus ojos, fíjate, fíjate...
Pasamos. Yo tenía miedo. Sentí temblar fuertemente a la señora, que me preguntó nuevamente:
–¿Dónde miran los ojos?
–Al mar, señora blanca... Bien lejos, bien lejos...
Ya era tarde. La noche empezó a caer y las luces de los barcos se anunciaron débilmente en la bahía. Al llegar a la altura de mi casa, la señora me dio un beso en la frente, un beso muy largo, y me dijo:
–¡Adiós!
La noche tenía un color brumoso, pero no tan negro como otras veces. Avancé hasta mi casa pensativo, y encontré a mi madre llorando, porque debía salir un barco a esa hora y papá debía ir a despacharlo. Nos sentamos a la mesa. Allí se oía rugir el mar, poderoso y amenazador. Madre no tomó nada y me atreví a preguntarle:
–Mamá, ¿no vamos a ver quemar a Judas?...
–Si papá vuelve pronto. Ahora vamos a rezar...
Nos levantamos de la mesa. Atravesarnos el patiecillo. Mi hermana se había dormido y la criada la llevaba en brazos. La luna se dibujaba opacamente en el cielo. Llegamos al dormitorio de mi madre y ante el altar, donde había una virgen del Carmen muy linda, nos arrodillamos. Iniciamos el rezo. Mamá decía en su oración:
–Por los caminantes, navegantes, cautivos cristianos y encarcelados...
Sentimos, inusitadamente, ruidos, carreras, voces y lamentaciones. Las gentes corrían gritando y de pronto oímos un sonido estridente, característico, como el pitear de un buque perdido. Una voz gritó cerca de la puerta:
–¡Un naufragio!
Salimos despavoridos, en carrera loca, hacia la calle. El pueblo corría hacia la ribera. Mamá empezó a llorar. En ese momento apareció mi padre y nos dijo:
–Un naufragio. Hace una hora que he despachado el buque. Seguramente ha encallado...
El buque llamaba con un silbido doloroso, como si se quejara de un agudo dolor, implorante, solemne, frío. La luna seguía opacada. Salimos todos a la playa y pudimos ver que el barco hacía girar un reflector y que del muelle salían unos botes en su ayuda.
El pueblo se preparaba. Estaba reunido alrededor de la orilla, alistaba febrilmente sus embarcaciones, algunos habían sacado linternas y farolillos y auscultaban el aire. Una voz ronca recorría la playa como una ola, pasaba de boca en boca y estallaba:
–¡Un naufragio!
Era el eterno enemigo de la gente del mar, de los pescadores, que se lanzaban en los frágiles botes, de las mujeres que los esperaban temerosas, a la caída de la tarde; el eterno enemigo de todos los que viven a la orilla... El terrible enemigo contra el que luchan todas las creencias y supersticiones de los pueblos costaneros; que surge de repente, que a veces es el molino desconocido y siniestro que lleva a los pescadores hacia un vórtice extraño y no los deja volver más a la costa; otras veces el peligro surge en forma de viento que aleja de la costa las embarcaciones para perderlas en la inmensidad azul y verde del mar. Y siempre que aparece este espíritu desconocido y sorpresivo las gentes sencillas vibran y oran al apóstol pescador, su patrón y guía, porque seguramente alguna vida ha sido sacrificada.
Aún oímos el rumor de las gentes del mar. Cuando empezó a retirarse, se apagaron los reflectores y el piteo cesó. Nadie comprendía por qué el barco se alejaba; pero cuando éste se perdía hacia el sur, todo el pueblo, pensativo, silencioso e inmenso, regresó por las calles y se encaminó a la plaza en la que Judas iba a ser sacrificado. Mamá no quiso ir, pero papá y yo fuimos a verle.
Caminamos todo el barrio del Castillo y al terminarlo y entrar a la plazoleta, la fiesta se anunció con una viva luz sangrienta. A los pies de Judas ardía una enorme y roja llamarada que hacía nubes de humo y que iluminaba por dentro el deforme cuerpo del condenado, a quien yo quería ver de frente.
Pero al verlo tuve miedo. Miedo de sus grandes ojos que se iluminaban de un tono casi rosado. Busqué entre los que nos rodeaban a la señora blanca, pero no la vi. La plaza estaba llena, el pueblo la ocupaba toda y de pronto, de la casa que estaba a la espalda de Judas y que daba frente al mar, salieron varios hombres con hachones encendidos y avanzaron entre la multitud hacia Judas.
–¡Ya lo van a quemar! -gritó el pueblo. Los hombres llegaron. Los hachones besaron los pies del traidor y una llama inmensa apareció violentamente. Acercaron un barril de alquitrán y la llamarada aumentó.
Entonces fue el prodigio. Al encenderse el cuerpo de Judas, los ojos con el reflejo de la luz tornáronse rojos, con un rojo iracundo y amenazador; y como si toda aquella gente semi-perdida en la oscuridad y en las llamas, hubiera pensado en los ojos del ajusticiado, siguió la mirada sangrienta de éste que fue a detenerse en el mar. Un punto negro había al final de la mirada que casi todo el pueblo señaló. Un golpe de luz de la luna iluminó el punto lejano y el pueblo, que aquella noche estaba como poseído de una extraña preocupación, gritó abandonando la plaza y lanzándose a la orilla:
–¡Un ahogado, un ahogado!...
Se produjo un tumulto horrible. Un clamor general que tenía algo de plegaria y de oración, de maldición pavorosa y de tragedia, se elevó hacia el mar, en esa noche sangrienta.
–¡Un ahogado!
El punto era traído mansamente por las olas hacia la playa. Al grito unánime siguió un silencio absoluto en el que podía percibirse el nudo manso del mar. Cada uno de los allí presentes esperaba la llegada del desconocido cadáver, con un presentimiento doloroso y silente. La luna empezó a clarear. Debía ser muy tarde y por fin se distinguió un cadáver ya muy cerca de la orilla, que parecía tener encima una blanca sábana. La luna tuvo una coloración violeta y alumbró aún el cadáver que poco a poco iba acercándose.
–¡Un marinero!, gritaron algunos.
–¡Un niño!, dijeron otros.
–¡Una mujer!, exclamaron todos. Algunos se lanzaron al mar y sacaron el cadáver a la orilla. El pueblo se agrupó al derredor. Le clavaban las luces de las linternas, se peleaban por verle, pero como allí en la orilla no hubiese luz bastante, lo cargaron y lo llevaron hacia los pies de Judas que aún ardía en el centro de la plaza. Todo el pueblo volvía a ella y con él yo -cogido siempre de la mano de papá-. Llegaron, colocaron en tierra el cadáver y ardió el último resto del cuerpo de Judas quedando sólo la cabeza, cuyos dos ojos ya no miraban a ningún lugar sino a todos. Yo tenía una extraña curiosidad por ver el cadáver. Mi padre seguramente no deseaba otra cosa, hizo abrir sitio y como las gentes de mar lo conocían y respetaban, le hicieron pasar y llegarnos hasta él.
Vi un grupo de hombres todos mojados, con la cabeza inclinada teniendo en la mano sus sombreros, silenciosos, rodeando el cadáver, vestido de blanco, que estaba en el suelo. Vi las telas destrozadas y el cuerpo casi desnudo de una mujer. Fue una horrible visión que no olvido nunca. La cabeza echada hacia atrás, cubierto el rostro con el cabello desgreñado. Un hombre de esos se inclinó, descubrió la cara y entonces tuve la más horrible sensación de mi vida. Di un grito extraño, inconsciente, y me abracé a las piernas de mi padre.
–¡Papá, papá, si es la señora blanca! ¡La señora blanca, papá!...
Creí que el cadáver me miraba, que me reconocía; que Judas ponía sus ojos sobre él y di un segundo grito más fuerte y terrible que el primero.
–¡Sí; perdono a Judas, señora blanca, sí, lo perdono! si lo perdono a judas señora blanca si lo perdono!!...
Padre me cogió como loco, me apretó contra su pecho, y yo, con los ojos muy abiertos, vi mientras que mi padre me llevaba, rojos y sangrientos, acusadores, siniestros y terribles, los ojos de Judas que miraban por última vez, mientras el pueblo se desgranaba silencioso y unos cuantos hombres se inclinaban sobre el cadáver blanco.
Ocultábase la luna...
http://es.wikisource.org/wiki/Los_ojos_de_Judas
Por David Antonio Abanto Aragón
http://www.geocities.com/elmalhechor5/docs/PoesiaYnarracionDavidAbanto.doc
http://www.geocities.com/elmalhechor5/docs/PoesiaYnarracionDavidAbanto.doc
24/10/09: Arte pictórico cajamarquino
19/07/09: El veredicto
Es una historia de fe muy hermosa.
El veredicto
Cuenta una antigua leyenda, que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente del reino, y por eso, desde el primer momento se busco un 'chivo expiatorio', para encubrir al culpable. El hombre fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasas o nulas posibilidades de escapar al terrible veredicto: la horca!!
El Juez, también complotado, cuido no obstante, de dar todo el aspecto de un juicio justo, por ello dijo al acusado: "Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino: Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras "culpable" e "inocente". Tú escogerás y será la mano de Dios la que decida tu destino. Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: «CULPABLE» la víctima, aún sin conocer los detalles, se daba cuenta de que el sistema propuesto era una trampa. No había escapatoria. El Juez conminó al hombre a tomar uno de los papeles doblados. Éste respiro profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados, y cuando la sala
comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y con una extraña sonrisa, tomo uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engullo rápidamente.
Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon airadamente... Pero ¿Qué hizo...? ¿Y ahora...? ¿Como vamos a saber el veredicto...!?
"Es muy sencillo, respondió el hombre...." Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué..." Con rezongo y
bronca mal disimulada, debieron liberar al acusado, y jamás volvieron a molestarlo.
Aplicación: Por más difícil que se nos presente una situación, nunca dejemos de buscar la salida ni de luchar, hasta el ultimo momento. Contamos
con un Dios listo a rescatar del hoyo nuestra vida. En los momentos de crisis, sólo la fe, la imaginación, las ganas de vivir y el amor por ti y los tuyos es más importante que el conocimiento.
El veredicto
Cuenta una antigua leyenda, que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente del reino, y por eso, desde el primer momento se busco un 'chivo expiatorio', para encubrir al culpable. El hombre fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasas o nulas posibilidades de escapar al terrible veredicto: la horca!!
El Juez, también complotado, cuido no obstante, de dar todo el aspecto de un juicio justo, por ello dijo al acusado: "Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino: Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras "culpable" e "inocente". Tú escogerás y será la mano de Dios la que decida tu destino. Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: «CULPABLE» la víctima, aún sin conocer los detalles, se daba cuenta de que el sistema propuesto era una trampa. No había escapatoria. El Juez conminó al hombre a tomar uno de los papeles doblados. Éste respiro profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados, y cuando la sala
comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y con una extraña sonrisa, tomo uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engullo rápidamente.
Sorprendidos e indignados los presentes le reprocharon airadamente... Pero ¿Qué hizo...? ¿Y ahora...? ¿Como vamos a saber el veredicto...!?
"Es muy sencillo, respondió el hombre...." Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué..." Con rezongo y
bronca mal disimulada, debieron liberar al acusado, y jamás volvieron a molestarlo.
Aplicación: Por más difícil que se nos presente una situación, nunca dejemos de buscar la salida ni de luchar, hasta el ultimo momento. Contamos
con un Dios listo a rescatar del hoyo nuestra vida. En los momentos de crisis, sólo la fe, la imaginación, las ganas de vivir y el amor por ti y los tuyos es más importante que el conocimiento.
13/07/09: Un juez justo
Autor Desconocido
SENTENCIA DE DIVORCIO
Se presentan ante el juez una pareja con sus respectivos abogados, ya que están en trámites de divorcio. El abogado de la mujer reclama para la mujer el 50% de la venta de la casa, propiedad de los dos cónyuges, así como una pensión de por vida por la cantidad de $500 dólares, que según enumera, será para cubrir los gastos de electricidad, teléfono, y una pequeña lista de gastos mensuales.
El abogado del hombre protesta, alegando que el hombre no tiene ninguna obligación hacia su mujer toda vez que ya los hijos son mayores de edad, está casados y que ella bien puede ir a trabajar y mantenerse por sí misma y que ella nunca contribuyó a la manutención de esa casa, ni aportó ningún dinero para la compra de la misma.
El juez escucha ambas partes y se queda indeciso por un momento leyendo los documentos. De pronto, se escucha a la mujer llorando y el juez le dice:
- ¿Qué le pasa señora?
- Señor Juez, yo creo que es cierto. Así que voy a aceptar la sentencia de divorcio sin ninguna obligación de parte de mi marido hacia mi persona.
Después de todo, yo bien pudiera ser una mujer profesional e independiente.
El juez le pregunta:
- ¿Y por qué usted no se convirtió en una mujer profesional e independiente? ¿Hubo alguna razón que se lo impidiera?
- Realmente, Señor Juez, no había ninguna, fueron decisiones tomadas voluntariamente por mí.
- Pudiera ser más explícita y enumerarme esas razones que
usted alega?
- Bueno, cuando me casé, yo acababa de graduarme de la Escuela Secundaria. Mi intención era estudiar enfermería, pero no había dinero para pagar los gastos de dos personas estudiando, así que le dije a mi esposo que estudiara él y luego lo haría yo.
- Bien, y ¿qué pasó?, ¿por qué cuando él se graduó de ingeniero, no estudió usted?
- Pues, verá, él me pidió que tuviéramos nuestro primer hijo, ya que llevábamos cinco años casados y aún no lo habíamos tenido.
- ¿Y, qué pasó después?
- Nada, el niño nació, pero él no quería que el niño fuera cuidado por personas extrañas, y yo entendí que el tenía razón, así que decidí quedarme en la casa con nuestro hijo.
- ¿Y, qué sucedió luego, cuando el niño creció, por qué no fue usted a estudiar?
- Porque ya para entonces tenía dos hijos más.
- ¿Dos más?
- Sí, verá usted. Cuando tuvimos el primer hijo, mi esposo me dijo que debíamos tener un segundo para que el niño no se quedara sin hermanos, así que tuvimos el segundo tres años después, pero era otro varón.
- ¿Y qué tenía eso que ver?
- No había ningún problema, estábamos muy felices, pero mi esposo me dijo que para que la felicidad fuera completa, debíamos tratar de tener una niña.
- ¿Y...?
- Pues cuando el segundo hijo tenía ya 4 años, quedé embarazada y tuve a la niña.
- Y entonces ¿por qué no estudió cuando ella creció?
- Porque no había quién llevara al mayor a las prácticas deportivas, ni quién los llevara a la escuela, pues el autobús los dejaba muy lejos de la escuela. Temiendo por su seguridad, mi esposo y yo decidimos que yo los llevaría a la escuela y los recogería. Así las cosas, dejaba al mayor en la secundaria, seguía con el segundo para la escuela primaria y regresaba a la casa con la niña a preparar todo para la tarde. Cuando los recogía, dejaba al mayor en las prácticas de judo y al otro en las de fútbol y seguía con la niña para las de ballet.
- Entonces, ¿siguió usted posponiendo su educación?
- Sí, Señor Juez, lo hice por mi propia voluntad.
- Y cuando sus tres hijos se fueron independizando, ¿por qué no ingresó usted a la universidad?
- Para entonces la madre de mi esposo había enviudado, se enfermó y necesitaba de alguien que la cuidara. Así que hablamos del asunto y llegamos a la conclusión que no la íbamos a poner en un asilo, sino que la traeríamos a vivir con nosotros, ya que los hijos estaban fuera.
- ¿Y cuánto duró esta etapa?
- Bueno, unos seis años. Ella tenía Alzhaimer y como la cuidábamos tan bien, pues su decadencia no fue rápida. Murió de un ataque al corazón, después que llegamos del paseo que todas las mañanas dábamos por el barrio. A ella le encantaba darle de comer a las palomas en el parque.
- Y mientras tanto, quiero decir, durante todos esos años, ¿había alguien que le ayudara?
- ¿Ayudarme, a qué?
- Pues a limpiar la casa, cocinar, quiero decir, las labores normales de un hogar.
- No, realmente, mi esposo ganaba muy buen sueldo, pero figúrese, eran tres hijos para criar y educar, y el costo de la vida cada vez subía más, así que yo trataba de ahorrar.
- ¿Y cómo ahorraba usted?
- Pues, en lugar de llevar la ropa a la lavandería, yo la lavaba en casa, planchaba toda la ropa de mi esposo y la de los muchachos, arreglaba el jardín; esto era lo que me costaba mayor esfuerzo, pues yo tengo problemas de la columna, pero yo hacía el esfuerzo y le aseguro que nuestro jardín no tenía nada que envidiarle al de nadie en nuestra calle.
- ¿Y quién cocinaba, usted también?
- Por supuesto, mi esposo odiaba la comida de los restaurantes. Como el tenía que almorzar por fuera de casa con sus clientes tantas veces, decía que nada como la comida que yo le preparaba.
- Y por supuesto, usted no iba a esas comidas.
- ¿A qué comidas?
- A las de su esposo con sus clientes.
- No, no tenía tiempo. Precisamente, fue en una de esas comidas que conoció a Patricia.
- ¿Patricia?, ¿Quién es Patricia?
- Su novia, la joven con quien se va a casar cuando terminemos el divorcio.
- ¿Y cómo sabe usted que se va a casar con ella?
- Porque me encontré con ellos en casa de unos amigos comunes el día que estaban dando la noticia de su compromiso.
El juez se quedó mirando a la mujer y al ex-esposo. Se levanto, cogió las carpetas con todos los papeles y se retiró.
Todos se quedaron mirándose unos a otros, alguno encogió los hombros y se sentaron a esperar que regresara. Al poco rato el juez regresó.
Se sentó y se ajustó las gafas. Entonces, cerró las carpetas, las puso a un lado y dijo:
- Señora, he revisado cuidadosamente estas demandas, y he
llegado a las siguientes conclusiones:
PRIMERO:
El divorcio se adjudica con fecha efectiva a partir de hoy.
SEGUNDO:
Su esposo no tiene que pasarle una pensión.
Al oír estas dos decisiones, el abogado y el marido se miraron con inteligente regocijo. El juez prosiguió.
TERCERO:
*Usted se queda como dueña absoluta de su casa. El Mercedes
Benz propiedad de su ex-esposo, la cuenta de ahorros, la de cheques, las pondrá él a su nombre inmediatamente sin tocar un solo centavo o lo tendrá que devolver.
*Igualmente la declaro beneficiaria absoluta de sus seguros de vida, así como de sus planes de retiro.
*También será obligación de su ex-esposo seguir pagando su seguro médico hasta que usted muera.
Mi decisión se basa en la suma de todos los sueldos que como administradora, cocinera, chofer, servicios de lavandería, jardinería y enfermería, usted prestó a su esposo, incluyendo hijos y suegra.
Esta decisión será apenas una retribución parcial de salarios retenidos por los veintiséis años de servicios ininterrumpidos que usted ha prestado. Como
hay que ser objetivos, sabemos que su esposo no podría pagar esa deuda, de ahí que pagará lo que si bien no es suficiente, será relativamente justo. Además, él pagará sus gastos de educación, transporte y libros, si usted decide regresar a la universidad a estudiar la carrera que elija.
¡HE DICHO!
SENTENCIA DE DIVORCIO
Se presentan ante el juez una pareja con sus respectivos abogados, ya que están en trámites de divorcio. El abogado de la mujer reclama para la mujer el 50% de la venta de la casa, propiedad de los dos cónyuges, así como una pensión de por vida por la cantidad de $500 dólares, que según enumera, será para cubrir los gastos de electricidad, teléfono, y una pequeña lista de gastos mensuales.
El abogado del hombre protesta, alegando que el hombre no tiene ninguna obligación hacia su mujer toda vez que ya los hijos son mayores de edad, está casados y que ella bien puede ir a trabajar y mantenerse por sí misma y que ella nunca contribuyó a la manutención de esa casa, ni aportó ningún dinero para la compra de la misma.
El juez escucha ambas partes y se queda indeciso por un momento leyendo los documentos. De pronto, se escucha a la mujer llorando y el juez le dice:
- ¿Qué le pasa señora?
- Señor Juez, yo creo que es cierto. Así que voy a aceptar la sentencia de divorcio sin ninguna obligación de parte de mi marido hacia mi persona.
Después de todo, yo bien pudiera ser una mujer profesional e independiente.
El juez le pregunta:
- ¿Y por qué usted no se convirtió en una mujer profesional e independiente? ¿Hubo alguna razón que se lo impidiera?
- Realmente, Señor Juez, no había ninguna, fueron decisiones tomadas voluntariamente por mí.
- Pudiera ser más explícita y enumerarme esas razones que
usted alega?
- Bueno, cuando me casé, yo acababa de graduarme de la Escuela Secundaria. Mi intención era estudiar enfermería, pero no había dinero para pagar los gastos de dos personas estudiando, así que le dije a mi esposo que estudiara él y luego lo haría yo.
- Bien, y ¿qué pasó?, ¿por qué cuando él se graduó de ingeniero, no estudió usted?
- Pues, verá, él me pidió que tuviéramos nuestro primer hijo, ya que llevábamos cinco años casados y aún no lo habíamos tenido.
- ¿Y, qué pasó después?
- Nada, el niño nació, pero él no quería que el niño fuera cuidado por personas extrañas, y yo entendí que el tenía razón, así que decidí quedarme en la casa con nuestro hijo.
- ¿Y, qué sucedió luego, cuando el niño creció, por qué no fue usted a estudiar?
- Porque ya para entonces tenía dos hijos más.
- ¿Dos más?
- Sí, verá usted. Cuando tuvimos el primer hijo, mi esposo me dijo que debíamos tener un segundo para que el niño no se quedara sin hermanos, así que tuvimos el segundo tres años después, pero era otro varón.
- ¿Y qué tenía eso que ver?
- No había ningún problema, estábamos muy felices, pero mi esposo me dijo que para que la felicidad fuera completa, debíamos tratar de tener una niña.
- ¿Y...?
- Pues cuando el segundo hijo tenía ya 4 años, quedé embarazada y tuve a la niña.
- Y entonces ¿por qué no estudió cuando ella creció?
- Porque no había quién llevara al mayor a las prácticas deportivas, ni quién los llevara a la escuela, pues el autobús los dejaba muy lejos de la escuela. Temiendo por su seguridad, mi esposo y yo decidimos que yo los llevaría a la escuela y los recogería. Así las cosas, dejaba al mayor en la secundaria, seguía con el segundo para la escuela primaria y regresaba a la casa con la niña a preparar todo para la tarde. Cuando los recogía, dejaba al mayor en las prácticas de judo y al otro en las de fútbol y seguía con la niña para las de ballet.
- Entonces, ¿siguió usted posponiendo su educación?
- Sí, Señor Juez, lo hice por mi propia voluntad.
- Y cuando sus tres hijos se fueron independizando, ¿por qué no ingresó usted a la universidad?
- Para entonces la madre de mi esposo había enviudado, se enfermó y necesitaba de alguien que la cuidara. Así que hablamos del asunto y llegamos a la conclusión que no la íbamos a poner en un asilo, sino que la traeríamos a vivir con nosotros, ya que los hijos estaban fuera.
- ¿Y cuánto duró esta etapa?
- Bueno, unos seis años. Ella tenía Alzhaimer y como la cuidábamos tan bien, pues su decadencia no fue rápida. Murió de un ataque al corazón, después que llegamos del paseo que todas las mañanas dábamos por el barrio. A ella le encantaba darle de comer a las palomas en el parque.
- Y mientras tanto, quiero decir, durante todos esos años, ¿había alguien que le ayudara?
- ¿Ayudarme, a qué?
- Pues a limpiar la casa, cocinar, quiero decir, las labores normales de un hogar.
- No, realmente, mi esposo ganaba muy buen sueldo, pero figúrese, eran tres hijos para criar y educar, y el costo de la vida cada vez subía más, así que yo trataba de ahorrar.
- ¿Y cómo ahorraba usted?
- Pues, en lugar de llevar la ropa a la lavandería, yo la lavaba en casa, planchaba toda la ropa de mi esposo y la de los muchachos, arreglaba el jardín; esto era lo que me costaba mayor esfuerzo, pues yo tengo problemas de la columna, pero yo hacía el esfuerzo y le aseguro que nuestro jardín no tenía nada que envidiarle al de nadie en nuestra calle.
- ¿Y quién cocinaba, usted también?
- Por supuesto, mi esposo odiaba la comida de los restaurantes. Como el tenía que almorzar por fuera de casa con sus clientes tantas veces, decía que nada como la comida que yo le preparaba.
- Y por supuesto, usted no iba a esas comidas.
- ¿A qué comidas?
- A las de su esposo con sus clientes.
- No, no tenía tiempo. Precisamente, fue en una de esas comidas que conoció a Patricia.
- ¿Patricia?, ¿Quién es Patricia?
- Su novia, la joven con quien se va a casar cuando terminemos el divorcio.
- ¿Y cómo sabe usted que se va a casar con ella?
- Porque me encontré con ellos en casa de unos amigos comunes el día que estaban dando la noticia de su compromiso.
El juez se quedó mirando a la mujer y al ex-esposo. Se levanto, cogió las carpetas con todos los papeles y se retiró.
Todos se quedaron mirándose unos a otros, alguno encogió los hombros y se sentaron a esperar que regresara. Al poco rato el juez regresó.
Se sentó y se ajustó las gafas. Entonces, cerró las carpetas, las puso a un lado y dijo:
- Señora, he revisado cuidadosamente estas demandas, y he
llegado a las siguientes conclusiones:
PRIMERO:
El divorcio se adjudica con fecha efectiva a partir de hoy.
SEGUNDO:
Su esposo no tiene que pasarle una pensión.
Al oír estas dos decisiones, el abogado y el marido se miraron con inteligente regocijo. El juez prosiguió.
TERCERO:
*Usted se queda como dueña absoluta de su casa. El Mercedes
Benz propiedad de su ex-esposo, la cuenta de ahorros, la de cheques, las pondrá él a su nombre inmediatamente sin tocar un solo centavo o lo tendrá que devolver.
*Igualmente la declaro beneficiaria absoluta de sus seguros de vida, así como de sus planes de retiro.
*También será obligación de su ex-esposo seguir pagando su seguro médico hasta que usted muera.
Mi decisión se basa en la suma de todos los sueldos que como administradora, cocinera, chofer, servicios de lavandería, jardinería y enfermería, usted prestó a su esposo, incluyendo hijos y suegra.
Esta decisión será apenas una retribución parcial de salarios retenidos por los veintiséis años de servicios ininterrumpidos que usted ha prestado. Como
hay que ser objetivos, sabemos que su esposo no podría pagar esa deuda, de ahí que pagará lo que si bien no es suficiente, será relativamente justo. Además, él pagará sus gastos de educación, transporte y libros, si usted decide regresar a la universidad a estudiar la carrera que elija.
¡HE DICHO!





