
Hasta hace unos días la entrada al Ministerio era relativamente fluída a pesar de que las señoras que recogen y entregan los DNI en la puerta son muy pero muy lentas. Pero aun así todo marchaba más o menos OK.
Ahora sin prevenir al público ni poner ninguna señal han cambiado la entrada de lugar, ya no se ingresa por donde solía hacerse sino por la calle lateral (frente a la espalda del museo de la Nación), y las señoras ya no están en un módulo circular sino detrás de un vidrio. Casi tuve que adivinar la nueva ruta de entrada. Ahora además las señoras no solamente piden y entregan el DNI sino que también llaman por teléfono a cada una de las oficinas donde uno va para verificar que efectivamente uno va donde dice que va, es decir, para comprobar que alguien allí nos está esperando. Imagino que les han dado la orden de hacerlo (¿por seguridad?) pero es un fastidio: hasta que la señora se acuerda o verifica el nombre de la dirección a la que uno va, encuentra el anexo, lee y entiende nuestro nombre en el DNI y escribe el papelito que nos dará, pasan valiosos minutos y la cola se aglomera en el pequeño lugar que han dispuesto para que la gente espere a que le reciban los documentos y le extiendan el pase. El sistema es muy ineficiente y basta que haya un pequeño inconveniente con algún visitante para que colapse.
Reconozco que tengo muy poca paciencia para estas cosas, por lo que lo anterior puede sonarle normal a alguien con mejor humor que el mío para la burocracia. Pero lo que sí resulta fatal es que el Ministerio de Educación no haya previsto una cola especial para los ancianos, las personas con alguna dificultad física o las embarazadas. Hoy que estuve en la mañana por allí había un señor bastante mayor, con bastón inclusive, de pie haciendo su cola para poder ingresar. Nadie le daba pase ni lo trataba con amabilidad. Nadie parecía siquiera notarlo.
Si el Ministerio de Educación no da el ejemplo con esto, entonces ¿quién?







