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La Prohibición de la Narco-Música

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Siempre cuestioné porqué esta curiosa lucha mexicana contra el narco se enfocaba en ciertas dimensiones dejando de lado otras de gran impacto. Tantas cosas que nadie ha visto (o juegan nacionalmente al ciego) como venderle lujosísimos autos a cualquier indigente devenido millonario en un año, los bienes patrimoniales de los funcionarios y políticos (sobre todo los relacionados con la policía y los jueces) así como una la nula intervención en el aspecto cultural (and entertainment!). Porque cualquier mente crítica sabe que por medio de las artes se pueden introducir modos de pensar (hegemónicos) o comenzar a cambiar prejuicios… pero nada. En México durante décadas se han creado cantidad de productos culturales (o anticulturales o cosas chafas naïve kitsch whatever it might be; mi idea es clara), y de pronto… así de pronto, se desea prohibir la narco música (o nacomúsica mejor dicho) y aquellos motivos de exaltación de esta onda criminal.

Creo que yo tenía diez años… cuando en la radio devino Top One “Contrabando y traición”. Magnífico y evolucionado tema musical que narraba los business and love affaire de la temible Camelia the Texgirl, cuyos ingresos para mantener su nivel precario de vida los generaba llevando marihuana en la llanta del carro hacia los USA.

Y bueno, en mi ingenuo e inmaduro repertorio musical de entonces no había llegado algo tan fresco, cheesy, catchy y socialmente descriptivo; así que yo mismo –pero, entiende mi edad- cantaba a “grito pelao” las gloriosas notas de este “masiosare” de Los Tigres del Norte:

Salieron de San Isidro procedentes de Tijuana, traían las llantas del carro repletas de hierba mala. Eran Emilio Varela y Camelia, la Texana.”

Como nota expiatoria autobiográfica: Esta historia persona me ocurrió hace más de treinta años (quizá muchos más) y, para completar mi Santísima Trinidad melómana de la corrientez musical estaban: La Ley del Monte (con el Rey del Grito, Chente) y la superacadémica La de la Mochila Azul (de otro Fernández).

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Todo un apreciado símbolo de estatus.

Pues una vez tuve que abandonar mi ciudad natal, donde al menos tenía muchos amigos con gustos musicales “afines” y que nos nutríamos constantemente en una práctica promiscua de intercambios musicales. Y para mi desgracia (o como “pruebas de Dios” como una horrible solterona de esta ciudad me dijo que era), pues el gusto imperante era esa “onda musical norteña cuyo objetivo es exaltar al narco”. Bueno, lo más sabio que pude hacer fue alejarme de cualquier pretexto o evento donde pudieran sonar esas notas musicales con esos epopéyicos versos cuyo universo simbólico era: las camionetas, los cuernos de chivo (AK 47), la cocaína, la marihuana, las exuberantes mujeres de enorme corazón, el coraje, la valentía de los criminales y los militares y policías que morían en las legendarias batallas.

Ok, suena catastrófico presentado así, como lo he hecho. Pero en mi país siempre hubo razones para llegar a este extremo apocalíptico.

Tenemos el recuerdo de las matanzas a cargo del ejército al final de los sesentas y principio de los setentas; y el recuerdo bien amarrado (para aquellos que tenemos la edad de recordar esos años). La imagen de la policía siempre ha estado deteriorada, creo que nunca se superó después de la corrupción y matanzas a cargo del “General” Durazo, así que en México (como muchos otros países latinoamericanos y no latinos) existe un evidente divorcio sociológico entre población y policía.

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Poder absoluto, o el medio de los que no tienen algún otro…

Así que esos neohéroes que surgieron de los marginados estratos sociales alejados de la educación digna en verdad eran admirables. Se enriquecían –algo exclusivo de las camadas de asquerosos políticos- mientras mataban uniformados despreciables… y desde ese tiempo nunca se hizo nada al respecto. Quizá porque los socios de estos villanos de la película mexicana eran los mismos políticos.

Y pasaron, al menos, treinta años.

Una mañana escuchaba algo de jazz en mi trabajo, cuando un alumno llegó a cuestionarme por qué Yo NO escuchaba la música de banda si era taaaaaaaaaan bonita. Yo lo miré completamente estupefacto creyendo que me gastaba tremenda broma –yo sé que todo mundo dice que yo escucho solamente música rara y fea-, pero vi que no era su boca, sino su corazón que hablaba.

Para colmo, me comparó con otro docente (caracterizado por llevar a la escuela su enorme vientre cubierto con ridículas playeras de algún equipo de fútbol)… así que no me quedó otra que estirar la mano al control del volumen (era receso, no os preocupéis) para subirle mientras le decía “vete de aquí, por favor”.

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Ídolos en peligro….

O sea, odio esta música, pero en verdad qué estúpida una propuesta de prohibición.

¿Por qué no se prohíbe vender un auto de lujo a quien no puede demostrar sus ingresos?

¿Por qué no se prohíbe que las lunas de los autos estén completamente ennegrecidas?

¿Por qué no se prohíbe que un individuo o familia tengan más de dos autos –y de paso mejorar la calidad del aire-?

¿Por qué no se prohíbe abrir negocios de “venta de cerveza en vaso para llevar” porque ya hay cientos de ellos y todo mundo sabe que son expendios de otra cosa?

¿Por qué no se prohíben negocios de venta de algo cuando ese “algo” ni siquiera lo tienen en existencia?

Deberían prohibir a esos salvajes que pasan en sus camionetas con música a todo volumen ya que su Sub-woofers hacen que retumben las copas de mi cocina –que está a veinte metros de la calle-, y no hablo en términos egoístas… Y bueno, prohibir música solo puede venir de mentes retrógradas y ultraconservadoras, justo como el partido de acción nacional (así con minúsculas) en México. Y yo, que detesto la música de banda que exalta al narco, quisiera prohibirles a estos politiquillos proponer barbaridades.
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