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¡Armando se ha vuelto loco!

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Cuando lo conocí hace 12 años era joven y simpático. Recién se instalaba en su ciudad natal después de haber hecho un modesto y legítimo capital en el país del norte; Armando iniciaba su añorado negocio a sus 30 años de vida.

En ese tiempo él y yo teníamos ciertas cualidades en común y nos hicimos amigos de inmediato: teníamos la misma edad, éramos como nuevos en la ciudad, hablábamos inglés, éramos también vecinos del mismo barrio y ¡nos gustaba el ron! Se volvió entonces parte de mi vida pasar un par de veces a la semana a saludarlo y platicar un poco… y quizá algún sábado “una socialización etílica” con ron Baraima venezolano.

Dos años después Armando pensó que por su edad ya estaba lo suficientemente maduro; y con su negocio creciente (a escala modesta) ya tenía la solvencia necesaria: Le había llegado el momento de casarse.

Ni se dio el tiempo suficiente para conocer bien a su futura esposa y escogió a alguien que pudiera “lucirse” como una bonita pareja: una jovencita sin más preparación que un cursillo barato de “cultora de belleza” (esa mal llamada carrera técnica donde paran un considerable grupo de mujeres mediocres que apenas pueden terminar la educación secundaria). Y se casó con una muchacha cuya concepción de belleza era meramente externa y se enmarcaba en el paradigma sintético (pelo teñido –con las inevitables y consecuentes raíces decoloradas-, uso de maquillaje –indispensable hasta para lavar la vajilla-, ceja pintada y uñas de acrílico).

Yo no fui el único que pensó que esa mujer se casó con él por mero interés (Armando estaba comprando una casa nueva en un barrio clase media, además de tener un auto de modelo aceptable). La historia desde entonces era predecible.

Al poco tiempo de iniciada su nueva vida matrimonial Armando comenzó a beber y fumar en exceso. Él y su esposa a refugiarse ambos en sus respectivos trabajos, él encerrado en su negocio y ella en su “salón de belleza”. Parecía que de esa manera podían evitarse la mayor parte del día. Un día pasé a las siete de la mañana por su local y Armando ya estaba trabajando (yo pensé que a esa hora debería estar haciendo el amor).

Hace tres meses lo encontré de manera casual por una calle cercana a mi casa, como siempre ebrio y fumando. Le pregunté -sabiendo de antemano su respuesta- sobre su posible divorcio pero el seguía esperando que ella de pronto lo quisiera, así de la noche a la mañana, después de once años. Una semana después el azar me hizo coincidir con su esposa en el supermercado y me dirigió una mueca de dolor y rabia (siempre enmarcados por esos ridículos tintes, labios pintados, cejas marcadas y las enormes uñas adornadas).

Ayer (¡qué desgracia!) me encontré con Armando nuevamente (¡ya debo evitar pasar por esa parte de la ciudad!) quien ahora lucía ropa sucia, barba de días y vestía sandalias (aunadas a una serie de dolencias de salud que ya son distintivas de su persona). Le hice de manera sutil un comentario sobre ese look de “homeless” (sin casa) que llevaba – aunque de antemano ya predecía sus respuestas-:

Cuando uno tiene que trabajar no importa la apariencia.
• Tengo hongo en el pie izquierdo porque me gusta sostenerme con él y pongo el derecho encima… tú sabes, con la presión que se ejerce eso hizo que me saliera nuevamente el hongo nomás allí.
• Los problemas de equilibrio auditivo me salen solamente en los momentos donde se me acumula el trabajo, como ahora; cuando el trabajo pasa vuelvo a quedar bien.

Y esas son los cada día más increíbles razonamientos de alguien -a quien ya no puedo estimar- que decidió aferrarse a un modo de vivir que terminaría destruyéndolo (y a su esposa también).

R.I.P. Armando (porque ya no te volveré a ver)
Imagen de internet

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