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Benjamín Arroyo y el desenfado postmoderno

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La obra de Benjamín Arroyo destaca por su frescura y un aura de desenfado evidentes. Sus temas animálicos, sus provocativas y desafiantes texturas y, sobre todo, su pasión cromática por los tonos cálidos y óxidos han sido su sello muy personal. Claro queda que como toda manifestación, las razones del arte de este creador plástico fueron engendradas por diversas vivencias o semillas sembradas en su historia personal.

Benjamín Arroyo tuvo como padres a dos peculiares seres: Guillermina Aceves, una bondadosa madre de familia que trabajaba meticulosas y alegres manualidades –que incluso llegaron a ser fuente de ingreso para la familia-, y que encontró en su pequeño hijo Benjamín un fiel y eficiente ayudante. Por su parte, Benjamín padre, tuvo como primer interés personal el estudio del arte dramático con intenciones de futuro modus vivendi; pero con el paso del tiempo cambió de opinión y cursó en su lugar la carrera de Veterinaria en la UNAM. Por esta casualidad los padres de Benjamín terminaron llevando constantemente a su hijo a esas magnificentes instalaciones universitarias llenas de figuras y colores de los murales y expresiones de arte que allí se encuentran. La niñez del pequeño fue pletórica de estímulos visuales, que si bien como ingenuo infante que era, no podía comprender aunque terminaron marcándolo en su futuro en el arte.

Benjamin Arroyo
L’artiste

Pero ni siquiera la descripción biográfica anterior tiene la fuerza suficiente para explicar la vocación del artista de una manera más determinante –que es además y aunque se incomode en aceptarlo; contador de carrera y catedrático-. Las verdaderas historias determinaron su vida son más peculiares y curiosas.

Una anécdota bizarra que lo marcó en su infancia tiene que ver con uno de los stickers o pegotes de motivos vulgares que portaban los buses del servicio de transporte público; un par de gansos en pleno coito volando juntos para maximizar su energía durante el vuelo. Muchos años después, ya convertido en artista, se encargaría de sublimizar ese recuerdo para convertirlo en todo un motivo de su serie Eros Animal.

Amores Perros B. Arroyo
Amores Perros, monotipo

Pero hubo todavía otra razón más poderosa que marcó el destino de este artista. Benjamín pasó parte de su niñez en el refugio cariñoso y de residencia que su abuela tenía; una casona histórica en pleno centro del DF, próxima al Zócalo. En ese edificio con sabor a historia y a bohemia, su abuela arrendaba espaciosos cuartos a estudiantes de la Real Academia de San Carlos. Quizá en esa bulliciosa y cálida residencia consagraron su formación académica algunos futuros genios que retornaron a sus lugares de origen. Uno de ellos fue un hijo ilustre de Chiapas, quien apenas pudo terminar sus estudios regresó lleno de prisa e ilusiones a su sureño estado y dejó para siempre sus notas, ensayos, textos e primerizas obras visuales como herencia a la enorme casona que le dio refugio en esos años de formación.

Y el heredero fue Benjamín. Quien desde su niñez fue tocado por la obra de Héctor Ventura Cruz, y posteriormente ya siendo un crítico del arte se aunaron a sus inspiradores otros creadores como Modigliani, Tapies, Tamayo y Toledo. Benjamín Arroyo se comprometió así con el arte moderno.

¿Pero realmente se puede hablar de un arte moderno en años de torbellinos postmodernos?

Arroyo Aceves no sufre con esto, y por su hambrienta iniciativa –y tan característica del nuevo milenio- no ha tenido problemas en combinar las sólidas enseñanzas de sus tutores de arte como han sido Diana Gálvez, Juan Pablo Luna Gómez y Nancy Almazán con los coqueteos del Internet, los piropos del Photoshop y las tentaciones eclécticas de esta época; generando con esto una bocanada de producciones tan versátiles como diversas donde convergen técnicas mixtas con grabados clásicos, y en las cuales las acuarelas pueden ser serigrabados y la arena, los hilos, las telas y cortezas aunadas a una tentativa de Corel draw toman parte de un universo pictórico y conceptual tan alegre y abigarrado que Benjamín Arroyo tiene el don de alojar en un lienzo.

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Benjamín Arroyo
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Zamora, México

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