Archivo de la categoría: Series TV

sociología de la televisión

¡No te vayas Dr. Mandrake!

Estoy a solo dos capítulos de terminar la serie de televisión Mandrake. Quizá me separan del final y del adiós apenas noventa minutos… y una enorme nostalgia comienza a agobiarme.

Mandrake es un abogado criminalista. Yo, en lo personal detesto a todos los abogados porque considero que en este grupo laboral recaen las personas más corruptas (como Juan José), los homosexuales más pervertidos y los consumidores de drogas más adictos. Quizá esté equivocado. En cambio, terminé adorando a Paulo Mandrake.

Claro, Paulo es brasileño (y no mexicano), trigueño, ojilargo, buen físico, tremendamente masculino y elegantísimo. Es un tipo al que nada le sorprende (y aquí me vino una primera afinidad con él). Mandrake también padece una serie de adicciones que rayan en lo patológico pero, que resultan simpáticas: es promiscuo mujeriego sin control y fuma puros sin parar. Pero para contrarrestar tiene virtudes inmensas, como ser degustador de vinos tintos de Portugal y ser el mejor amigo de Wexler (su colega mayor, abogado judío… adorable tipo).

Si bien sé que nunca viviré una vida a lo Mandrake, la mía misma puede ser parecida si pensamos en dimensiones paralelas y, radicalmente opuestas.

Paulo siempre de negro, siempre curioso, siempre amante…. Resuelve los casos más extraños de chantaje y extorsión de la clase alta de Río, de una clase que es la que representa todo el poder económico de la nación emergente potencia mundial que se come sin compasión a la Amazonía.

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Mandrake es un animal urbano. Y entre esta fauna los consumidores de drogas, los travestis, gays, pedofílicos, asesinos, las prostitutas, las hijas frustradas, las esposas insatisfechas desfilan en las playas, las fincas, los hoteles y los bares de un Brasil que hace palidecer a la gran Buenos Aires, al pervertido Acapulco y a la soberbia Miami.

Mirando las aventuras de Paolo Mandrake aprendí asuntos del sexo tántrico, de los simbolismos de tatuarse el culo, de las diversas drogas y sus perniciosos efectos colaterales, de los rituales satánicos de los políticos, de cómo evitar confundir a un travesti con mujer así como entablar comunicación con individuos en crisis…

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Estoy a noventa minutos de terminar con Mandrake y no quiero. Si bien la gracia y masculinidad de Marcos Palmeira y ese cast tan hermoso se me puede acabar, bien pudiera retomar entonces la obra literaria del abogado Rubem Fonseca y vivir cada semana de otra manera aventuras desquiciantes.

¡No te vayas todavía, Dr. Mandrake!

Mandrake, HBO Latina, Brasil, 2005, 13 capítulos

Blog en defensa de la PUCP

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La maldición de las series de Tv Inacabadas: HBO’s Carnivàle

¡No puede ser! ¿Acaso no hay una ley, una obligación o un compromiso que obligue a una empresa a terminar de ofrecer una serie de televisión iniciada? Pues parece que no.

Y bien, hay series que cada temporada es una historia cerrada. Inicia la trama, se desarrolla y concluye. Si bien en una siguiente se pueden retomar elementos y seguir con otra historia. Una serie de este tipo uno puede verla y, en cierto momento, desengancharse de ella y no volver a buscarla. Esto me pasó con Dexter (vi la 1 y la 2), Bajo escucha (The wire, solo vi la 1), 24 horas (solo la 1) y algunas otras.

Hay otras series, en cambio, que dejan un final abierto… pero al fin y al cabo final. Donde uno puede añorar una temporada siguiente buscando respuestas, pero si esto no se llega a dar, ¡total! ¡Se puede entender! Es el caso de una serie de acción psicológica como Jericho, en la cual, un ataque nuclear masivo cae sobre los Estados Unidos. Si bien el cierre de la temporada 2 no me llenó por completo, bien pude quedar algo contento.

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Pero hay series que cuestan mucho (digamos un millón de dólares por capítulo) y, que la respuesta del público o problemas de producción (guionistas en huelga, productores indecisos) las obliga a no dar más. Y justo hablaré del caso de Carnivàle (La feria ambulante) de HBO. Serie por demás emocionante, llena de personajes freak (claro, es un circo) y donde converge una mitología de santos y superhéroes bajo una mirada religiosa bien curiosa.

Pues la temporada 2 cerró de manera alucinante y, hasta entonces, me doy cuenta que nunca habrá una 3 que concluya esta lucha maniquea de Ben Hawkins (el santo) contra el Hermano Justin (el demonio).
Y de esto ya pasaron casi cuatro años….

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¡Vergüenza para ti, HBO!
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¡Enseñándome a mentir! (Los supersicólogos Primera Entrega)

Todo comenzó cuando Alberto me dio la noticia que acaba de ver una serie cuya temática era idónea para mí. Lie to me, o Miénteme. Me explicó la idea en que se basaba toda esta secuencia de capítulos, de cómo un supersicólogo era capaz de descubrir a partir del lenguaje corporal precisamente cuando alguien mentía. Si bien, Alberto sabe muy bien mis pasiones por la comunicación, mis indagaciones por los metalenguajes y sus metamensajes, él no sabía además, que esa idea de la mentira es una que siempre me ha apasionado tanto.

Es decir, he conocido grupos humanos… desde familias hasta sociedades enteras (como en Lima) donde precisamente su manera de relacionarse es a partir de mentiras. Situación que en un principio me creó conflicto y rechazo hacia estos grupos, pero que me llevó a indagar (y entender el por qué de) esta patología. Pero resulta que, bajo la premisa de Miénteme, el ser humano –entiéndase homo sapiens- es un ser mentiroso. Y que precisamente esto es tan común que no debiera uno molestarse ni extrañarse siquiera. Claro que, nada me dice que tan verosímil sea el fundamente científico de esta serie.

Lie to me

Pero realmente, hasta yo miento (así como si yo fuera el ejemplo de la virtud). De hecho, digo al día tal cantidad de mentiras que seguro paso de los dos dígitos en su conteo: Cuando me preguntan la edad me quito casi diez años, ¡y pasa como cierto! Cuando me rebelo contra la administración de mi trabajo y declaro verdades innegables termino diciendo “que no sabía si había habido ciertas historias detrás” con todo el aire de inocencia, sabiendo bien de toda la porquería organizacional de donde trabajo. Cuando me preguntan que por qué escogí la carrera que tengo, pues que mejor que acudir a ese mito de la “vocación” y ni por accidente mencionar la fatalidad laboral… Y qué decir cuando me dicen si tengo “pareja”; siempre digo que No…

Pero el detalle es este. Siempre me he creído bueno para mentir. O sea, decir esas little lies (como la canción de Fleetwood Mac); pero en cambio nunca he podido regalar mentiras piadosas (como la canción de Sabina). Cuando yo miento no es defecto, es virtud. Por arrogante que suene. Pero un defecto enorme que tengo es que, cuando veo un amigo sumido en conflictos existenciales y rencores sociales, mejor callo, en lugar de mentir… y mi amigo se va a una tumba de la cual, difícilmente le permitiré volver.

Pero volviendo a la serie Lie to me, la premisa resulta original –o sea, no recuerdo cuando menos otra… así, de inmediato, aunque no dudo que la haya, nothinng’s new under this old sun. Un supersicólogo que estuve tres años conviviendo con primates en África –no me queda claro sin con los simios peludos o esos negros lampiños de mentalidad postcolonial y muchas veces estúpidamente musulmanes-, con los aborígenes de Nueva Guinea, con los árabes de Marruecos… y todo aquello que suene súper exótico y que le asegure una resistencia implacable a su personalidad. Así que Cal Lightman (hombre de la luz) puede notar cualquier microexpresión facial (es decir, un ligerísimo movimiento de menos de un segundo) o una postura delatora. Como toda serie USA, el feo bueno debe tener una bella más buena, y este papel le toca a la doctora Gillian Foster, quien es una supersicóloga experta en voz y más campos espectaculares de la ciencia del comportamiento humano (que ni sé si exista en una magnitud tal, porque acá en mi patética realidad nada de esto se considera siquiera).

Así que cada interesante capítulo de esta serie deviene una pseudocátedra de psicología aplicada, que no imagino que tan válida pueda serme, pero que temo terminaré incorporando a mi cada vez más compleja (muchas veces admirada, y algunas rechazada) personalidad.

Si bien, no creo que a partir de ahora mismo, cuando apenas he visto tres capítulos, vaya a fijar mis enormes ojos en mi interlocutor y ver qué tan falso puede ser (con mi director basta, ejemplo del individuo que cree –sin mala intención, ¡lo juro!- que con mentiritas por aquí, mentiritas por allá (y no con carácter y conocimientos) va poder dirigir la organización que ya está hecha un verdadero caos y pinche desmadre.

Pero lo mejor de todo será, que cada vez que sepa que voy a mentir –o sea, varias veces al día- tenga conciencia si muevo mis pupilas, o tenso mis manos o mi cuello… y superar esto. Al fin y al cabo mentir es de humanos… pero reconocer la mentira en Los Otros, es de supersicólogos.

Tim Roth en Lie to me

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