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Anécdotas sobre gente falsa

Historia de un Hotel (Charlatanes Vol. 2)

Y llegó al hotel con todo un aire misterioso. Preguntó por el encargado y cuando LA vio dejó su pequeña maleta en el piso y le dijo “¡Ahhhhh! ¡Sigo temblando! ¡Acabo de ser robado!” De inmediato, la encargada del hotel (aunque quizá el dueño fuera su dócil y amable marido con quien yo estaba tomando algo de ron) le cuestionó qué le había pasado. “Fui asaltado, por el casino Texas”. ¡Ahhhh! Sí claro, cerca de las diez de la noche por el área de la Terminal de buses… pero…. era Nicaragua, el país con menos delincuencia en el continente….

¿Y esa maleta?” le dijo la doña, porque era algo extraño que un recién asaltado llegara a un hotel a pedir hospedaje for free llevando una maleta. “Pues es que esta la tenía aparte…. Lo que pasa es que andaba con una dama cuando unos tipos salieron de una esquina y me quitaron la billetera y lo demás” fue su respuesta idiota. Desde un principio hacía gala de una estupidez sobresaliente.

¡Ahhh, sí, una dama! Seguro que ella ordenó tu robo” dijo el Don. Y el gran bocón ése hizo gala de dotes artísticas mediocres, queriendo hacernos creer que traía un estrés postraumático por un robo vil y miserable. Pero no tardó mucho en pedir lo que quería, pasar la noche gratis dada su lamentable situación… Pero a pesar de haber sido robado llevaba una maleta, la cual, curiosamente no le fue quitada. “Es que esta la tenía guardada en otra parte”…. Y para colmo, de inmediato ,de ella sacó unos programas piratas y me los ofreció a mí precisamente a mí (que por mi color blanco, mi obesidad, mi manera de vestir y de hablar era evidente que no era de ese país). Me ofrecía una versión del Windows XP con no sé qué parches y se me salió la burla. Le dije que el XP era prehistórico, que NO tenía caso siquiera hablar de él…. Entonces me miró con rabia y me preguntó que Yo de dónde era…. Y decidí mentir y decir que de Perú…. Y respondió con sorna “¡Ahhhh! Ustedes NO tienen nada!” haciendo que mis amigos se mofaran con su comentario irónico.

Ya luego, el verdadero “dueño” del hotel dijo que “los ingenieros peruanos tenían fama de capaces”. Le dije que NI se preocupara, que yo era mexicano pero que el tipo ése no me daba confianza (jajajajaja).

Con su show mediocre, su actuación de lástima, logró que le dieran un cuarto gratuito por la noche y, el Don, lo dirigió a él a la habitación. Mientras tanto YO molesto le reprochaba a la Doña que a mí –siendo un cliente legítimo porque no nomás pagaba el cuarto, sino que desayunaba, cenaba y me emborrachaba en su local- NO me parecía que alguien como él compartiera el espacio. Así que le advertí claramente que esa noche dormiría sobre mis cámaras fotográficas y bajo llave…

Pero simultáneamente, el “recién robado” veía el cuarto y le cuestionaba al Don si podía llevar compañía esa misma noche. O sea que ese maldito robo no le había afectado su capacidad de erección y podía tener relaciones sin mayor problema… y salió y le dijo a la dueña (delante de mí –al que acababa de insultar- y de mis amigos –que se rieron como idiotas-) que iba a salir “un rato” siendo las once de la noche (y después de un robo) e ingenuamente preguntó que “a qué hora cerraban”. La Doña le dijo molesta y mirando a sus ojos que la hora de cerrar era ya y se volvió a su marido (el Don) y le dijo “mejor que entregue el cuarto porque no es conveniente tenerlo aquí”.

Una enorme, pero muy enorme sonrisa se dibujó en mi rostro. Mi amigo Élmer me dijo “te saliste con la tuya, bandido”. El farsante ése puso una cara de querer defecar con urgencia y lo llevaron al cuarto a que sacara su maleta de discos Windows XP con todos sus parches (caducidad garantizada) y al pasar junto a mí dijo con voz molesta y a todo volumen “¡Y se llaman católicos, hijos de p”#$!” mientras yo, que soy bien budista, soltaba una risotada.

Hotel en Estelí, Nicaragua por José Zavala

Hotel en Estelí, Nicaragua… donde ocurrieron los hechos.

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Historia de Terminal de Bus (Charlatanes Vol. 1)

Cincuentón, blanco, algo obeso y canoso; se encontraba con un aire triste en uno de los comedores de la enorme Terminal del Norte. No cabe duda que proyectaba cierto carisma de “don”, aunque sólo llevaba un estuche y ni abrigo tenía a pesar de la hora de la madrugada.

Vi que me miraba en un inicio. Luego, yo fui a los baños a asearme ya que llevaba once horas de haber salido de casa. Volví a mi misma mesa del comedor y él ya no estaba. Pero minutos después se apareció de nuevo y se sentó justo al lado.

Entonces, contestó su celular y contó su historia… la cual alcancé a escuchar:

Tenía una semana de haber llegado al DF a unos cursos de cardiología. En esta ocasión había decidido venir en su propio auto para traer medicamento casi caduco en donación y justo, el día de cierre de cursos y unos minutos antes de regresar a su ciudad su automóvil había sido robado con todas sus pertenencias dentro. Pero lo peor de lo peor (porque lo anterior no era nada aún) es que, al siguiente día, tenía programada una cirugía de corazón y a él le preocupaba que no su desdichad@ paciente no hallara el reemplazo adecuado.

Yo, enormemente conmovido por haber prestado mis oídos a una conversación ajena, me sentí tentado a sacarle plática ya que me faltaban varias horas para trasladarme ahora al Aeropuerto.

Pareció que leyó mi mente porque en ese exacto momento me pidió una hoja de mi cuadernillo de anotaciones de viaje. Y así le pregunté su podía sentarme en su mesa.

Platicando vis-a-vis de inmediato me contó que en una ocasión una mujer en pena le pidió dinero para comprar un boleto de avión a su ciudad. Él, gustosa y generosamente pagó los 250 dólares que pudo haberle costado (con su tarjeta de crédito), porque él, como cardiólogo sabía de lo que podía sufrir el corazón… (Excuse my irony) Y claro, cuando alguien le cuenta un acto filantrópico a algún extraño es por algo (porque eso debiera callarse)… ¿acaso buscaba conmoverme?

Y siguió con sus palabras, que ahora me parecían mitómanas: La agradecida mujer le depositó al mismísimo siguiente día ese préstamo, y el gerente del banco de la ciudad del “don” (Zacatecas, México) le llamó a su celular para avisarle que alguien le había abonado a su cuenta bancaria… Y claro, él se sorprendió porque “ya ni recordaba el hecho”.

Internamente estallé en cólera. ¿Por qué a mí –el imbécil gerente de mi banco- no me avisa cuando Chalo me deposita los veinte dólares mensuales de una cámara que le conseguí con mi limitada tarjeta? ¿Debo cambiar de banco entonces?

Su aire de Don pasaba ahora a soplido de estafador, de farsante, de merolico de pueblo… y me anotó de inmediato su dirección, teléfono y e-mail para que yo en vacaciones fuera a visitarlo: porque era viudo y tenía una casa enorme y tres meses de vacaciones al año.

Ahora sí mis enormes ojos golpeaban mis lentes… vaya rollo mediocre, floro misio, palabras lastimeras… ¡Maldito! Yo me sentí miserable que en mi casa (rentada) no cupiera una cosita más, y que apenas tuviera 50 días de vacaciones al año… y él seguía hablando y hablando diciendo que cada noche cenaríamos con toda su familia tantos guisados de carne con salsas de todo tipo y una enorme variedad de quesos, para luego, a puro trago “echar la bohemia hasta el amanecer”.

Y revisé mi hoja de cuaderno que le di, donde ahora lucían sus datos personales:

Su letra NO era mejor que la de un albañil (y no digo uno que haya ido a la escuela); su domicilio era demasiado genérico… pero su correo electrónico me pareció tan ingenuo como el de un infante de ocho años:
lokito_soy en Hotmail.com

¿Cómo un Señor Médico especializado en cardiología y director de una clínica podría tener una cuenta así de idiota? ¿Por qué no se hizo una más sexy como burbujita_12 o florecita_rockera?

Y entre tantas palabras ahora con gestos desesperados me dijo que irían por él hasta dentro de dieciséis horas y que si “pudiera dormir” en uno de los baratos hotelitos cercanos a la Terminal sería tan hermoso… o que no podía de NINGUNA manera recoger un giro o depósito de dinero ya que NO tenía absolutamente ninguna identificación porque TODO le fue robado. O sea, todo.

Yo ahora divertido le revisaba cada gesto, cada mueca, cada seña… y por supuesto, su ropa: Ni Boss, ni Armani, de hecho traía unos calcetines parecidos a medias asquerosas de futbolista de cuarta y unos zapatos dignos de un chofer de bus de carretera libre.

Le extendí mi mano y le deseé la mejor de las suertes. Mi corazón siempre ha sido algo duro de roer… quizá por lamentable herencia familiar.

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