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Fernando y mi Fernet Branca (Mis Bebidas Cap. 1)

Pasé al negocio de fotocopias de Fernando. No por verlo a él porque ha cambiado tanto, sino para saludar a su muy simpática empleada, Carla. Claro que soy prudente y veo bien si puedo detenerme a platicar sin afectar su tiempo y ritmo de trabajo. Pero a pesar de mis precauciones Fernando desde hace tiempo que no me mira con buenos ojos.

Fernando y yo nos conocimos hace muchos años. Cuando yo era nuevo en la ciudad y él también había regresado de hacer “su empresa” en los USA. Coincidiendo en edad, en habitar el mismo barrio, en hablar inglés… y en la pasión etílica, fue uno de mis primeros amigos. Por un par de meses, cada sábado en su local de copias pasábamos a las copas; justo una hora antes de cerrar el negocio para irse a descansar solíamos beber Ron Baraima (Venezuela). Esta práctica la llamamos entonces El Baraimazo.

El tiempo fue pasando. Fernando se casó de una manera algo extraña (nunca me convenció su relación), yo me mudé de barrio, y, poco a poco comencé a distanciarme.

Justo antes de irme de México le conocí a su última empleada. Carla era una mujer bella y más que ubicada en la vida misma; no le fue bien en su matrimonio y decidió ser independiente… y nunca se quejó de ello. Ella siempre me pareció carismática, Fernando en cambio iba en serio declive; pasó de la sociabilidad etílica al escape alcohólico, con un consumo masivo de cigarro.

Cuando regresé de Perú decidí ver cómo andaba(n).

Ella, impecable… Él, un asco.

Una mañana andaba por el barrio. La “curiosidad” (¿?) me llevó a una vinatería que justo se ubica a veinte metros de Copias Fernando. Mi olfato depredador me llevó a pasear por los sucintos pasillos de ese Cielo de Borrachos, cuando de pronto lo vi…

Era una botella de Fernet Branca argentino y quedé paralizado. A mi mente llegaron recuerdos tan bellos y tiernos, como cuando estaba en Valparaíso en Casa de Charo y un grupo de mendocinos cada noche hacía fiesta en la planta baja… y la fiesta sólo estaba completa cuando uno de ellos subía por “el José”.

En esa ocasión su trago oficial de fiesta (Fernet Branca con CocaCola) me pareció demasiado negro y amargo… pero al buen bebedor pocas palabras. Y apreté la pechuga para no decepcionarlos.

Fernet Branca y Coca-Cola
Una extraña pero fabulosa combinación…

Cuando llegué a Buenos Aires tres semanas después el Fernet ya cotizaba gustosamente en mi paladar. En el Kilca Hostel en el barrio de Monserrat quizá un par de noches bebí una pequeña botellita, que iba a comprarla a la bodega de la esquina.

Pero verla en una bodega de mi ciudad a miles de kilómetros de Argentina me dio un gusto enorme, así que adquirí una botella, cuyo costo en estos lares es del triple que en el Río de la Plata.

Y justo saliendo de la vinatería, Fernando me vio llevando mi líquido de la nostalgia mientras yo caminaba por la acera de enfrente…

Entonces él se metió a su negocio furibundo, fuera de sí y gritando con rabia le dijo a Carla: ¡El desgraciado ése acaba de comprar botella! ¡Y se va por la otra acera para no invitarnos!

Carla, conociendo la patología terminal de Fernando, solamente se rio con muchas ganas.

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