Archivo por meses: Agosto 2015

No voy hablar de los crímenes masivos que ocurren por doquier este país y terminan siendo declarados oficialmente robos, venganzas pasionales y vicisitudes cotidianas (pero bien, curiosamente, las víctimas son en su mayoría periodistas, activistas sociales y líderes indígenas), sino me referiré a un hecho infinitivamente más banal: los aconteceres cotidianos de ir a beber a un bar familiar.

Siete treinta de la noche (¿tan temprano es la hora del vampiro?), unos señores cincuentones bien borrachos coronan su día laboral extenuante y mal pagado escuchando a Leo Dan (el más mexicano de los extranjeros) y al inigualable Camilo Sesto (hijo de la famosa Mama Sesta). En la barra, Pedro (un robusto treintañero que trabaja para una gasera) platica con Edgar (mesero en su día de descanso). Afuera, una mesa con cinco empleados de una empresa del agro socializan muy tranquilamente… a un lado de ellos: YO, cliente consuetudinario del bar más open del lugar donde vivo.

De pronto, llegan tres imponentes camionetas de la policía federal, de ellas se bajan diez trogloditas uniformados hasta los dientes y armados de poderosos rifles… y nos apañan.

  • ¡Revisión de rutina!- dice el jefe (el menos indio cuya sonrisa parece decir “chinguen a su madre todos”.
  • Yo vengo diario y NUNCA ha pasado esto- le respondo exagerando un poquitito porque no voy diario sino cada dos días, y en verdad, nunca ha pasado esto.
  • ¡Pues alguien no ha estado haciendo bien su trabajo!- exclama indignado mientras se mueve protagónicamente.

¿Pues cuál trabajo? ¿Hay un trabajo que consista en ir a molestar clientes en un bar familiar?

La orden es clara y no hay excepciones; todos fuera del bar mirando la pared y las manos arriba recargadas. Me levanto y tomo mi collarín ortopédico, el cual me he quitado para que la cerveza resbalara fluidamente por mi garganta, y aviso que por mi gravísimo problema de salud No puedo levantar las manos. Y se la creen los muy imbéciles. Pero me toca estar de pie, mirando el patético show.

La política de miedo: los policías nos criminalizan por el hecho de estar bebiendo, por el hecho que son necios sin criterios que devengan la tercera parte de lo que nosotros ganamos, por el hecho que los ricos están tragándose a todo el país y no se quiere gente que levante la voz en protesta… y de pronto, ¡su victoria!

 

Hacer bien su trabajo

Hacer bien su trabajo

A los señores beodos –los de más edad y retronostálgicos- se les encuentra una bolsita con mariguana, ¡dos dólares de mercancía! Ni su borrachera o sus canas les salvan de ser llevados a la patrulla por semejante y abominable crimen. Entonces, el cara de no indio se le deja ir a la dueña y la saca del radio de vigilancia de las cámaras que hay en el bar, y le dice:

  • Ya nos dijeron que tú vendes droga.
  • ¿Que yo qué?- responde asustadísima, sus hijos están jugando cerca del local.
  • ¿Cuánto nos vas a dar para no molestarte?- cuestiona con total descaro el jefe de esa tribu de criminales uniformados y legitimados por un gobierno que apesta por corrupción e ineptitud.

Afortunadamente, llega el dueño que no es un caramelo suave, y como no hallan nada más y todos los autos estacionados afuera del bar tienen su documentación en regla. Molestos y frustrados, ese grupo de hijos de puta –que en otra geografía serán personas de respeto y confianza cuyo trabajo consiste en ayudar a la población- se suben a sus imponentes vehículos y continúan por la noche buscando víctimas, porque ellos “sí hacen bien su trabajo”. A unas cuadras de allí, todas las “tienditas” del pueblo venden la droga controlada por las verdaderas autoridades, quienes si consideran que esos uniformados se atreven a tocarlos los desaparecen en menos de cinco minutos y, con alguito de suerte, sin dejar rastro.

Y el presidente del país, de vacaciones, porque se las merece…