El rancho de Pancho: Una historia del narco

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Se llamaba Pancho, y era el “lugarteniente” de Alberto. Alberto en sí, era el narco principal del pueblo; el más poderoso, temido y relacionado. Por lo mismo, Alberto era de poca socialización, sólo para lo necesario; lo más importante. En cambio, Pancho, de aquí para allá; recorriendo, paseando, escuchando.

Si Alberto se reunía con el alcalde del pueblo, o con los incipientes políticos –ninguno con educación formal, meros aspirantes a ricos en ese pueblo sin destino digno- Pancho por su parte se reunía con los peones del rancho, los pistoleros nuevos con deseos de fortuna rápida y con los cada vez más jóvenes vendedores de droga.

Porque todos los políticos de los últimos años sabían de Alberto y de Pancho, y nunca los habían visto como enemigos siquiera; por el contrario, eran aceptados como personas muy importantes en el pueblo; capaces de aportar a la economía política lo suficiente, para lograr acuerdos, para gestionar a la población. Una camada de políticos irresponsables, eso era cierto, lo importante era hacer historia… y hacerse ricos, en una población que nada les reclamaría; para eso existían las festividades del pueblo, para embriagar a los mediocres, para seducir a los vulnerables.

Mientras tanto, los peones trabajando en el rancho. Extensa propiedad con zoológico privado: leones, avestruces, faisanes y serpientes, ¿qué mejor símbolo de poder que una pequeña selva dentro las bardas del rancho ubicado en zona de poca abundancia natural? Allí, además, las enormes bodegas donde la droga y las armas se guardaban; para su uso, consumo o para negocios prominentes.

Y un día –porque en los cuentos siempre llega el día (dijo François)- el Gobierno para “callarle la boca” quienes lo cuestionaban por corrupción decidió demostrar que “nadie era intocable” bajo el Cielo y el Sol y decidieron intervenir el rancho de Pancho y Alberto. Así que les avisaron a Pancho y Alberto que no estuvieran porque no deseaban ni siquiera meterlos a la cárcel. Así se practicaba la justicia.

Imagen de internet

Pancho se mudó con toda su familia a otra ciudad, por un ratito, mientras pasaba la tormenta (o se debe decir, llovizna tropical). En cambio Alberto, como siempre había dado favores a todos ni siquiera se tomó la molestia… y se sirvió un whisky con coca-cola (porque así lo tomaba él) y esperó la intervención del Gobierno.

Un día, se aparecieron las autoridades del ejército con decenas de soldados y rodearon el rancho. Detuvieron cerca de veinte empleados en una exhibición de uso de armas y cerraron las posibles entradas y salidas. Los veinte empleados fueron subidos a camiones de seguridad donde serían trasladados a prisiones de máxima seguridad. Alberto, en cambio, salió caminando con su vaso de whisky (con coca-cola, ¡porque así lo bebía él!) y vestido con su bata de seda pasó caminando entre los cincuenta militares y nadie le dijo nada. Abordó su Mercedes negro que se localizaba afuera de la gran puerta, y se retiró ante la indiferencia de todos los agentes de la milicia.

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El Gobierno sobornado deseaba aparentar que cumplía con la seguridad, y con esto logró algo así. Los veinte hombres seguirán en la cárcel por varios años más. Mientras, el rancho ha vuelto a la vida con pompa y fanfarrea, Pancho nuevamente está en el pueblo, administrando, liderando… y no muy lejos de allí, varias familias desintegradas por haber perdido a sus motores económicos –entiéndase un grupo de peones y campesinos padres de familia- seguirán en el limbo en un país cuasi infernal como lo es México.

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