Una sociedad con educación diferenciadora

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I

Me encontré a Beltrán una tarde en la Plaza de Armas con toda su personalidad fatalista. Razones no le faltaban. Un tipo de 36 años con escasa preparación y que durante 10 años ha sido guachimán. Me enseñó su boleta de pago intentando que lo compadeciera y sintonizar su tristeza crónica. Yo en cambio, insensiblemente, me reí. Le dije, “oye, pago más de mi boleta de maestría por mes que todo tu sueldo”. Su rostro empeoró. Ya ni siquiera le dije que estaba en categoría 2 de un sistema escalonado. O sea, que bien podría pagar el doble mensualmente por mis cursos.

Nota cultural. Me encanta la palabra guachimán. Me suena como huachinango, un pez de agua cálida de pellejo rojo que solía comer en las playas del Pacífico de mi estado natal de Michoacán en México. Claro que la palabra viene del inglés “watch man”. No me sorprende, en México tenemos “wachar” o “guachar”, que significa fijarse bien o tener mucho cuidado (watch out).

II

Asistí a una charla con docentes de un colegio de La Molina y de una universidad de San Isidro donde presentaron sus propuestas de incorporación de plataformas educativas digitales con todas sus bondades; aulas virtuales, trámites vía intranet, baúl de documentos, bibliotecas on line.

El caso del colegio me llamó más la atención. Un colegio donde desde el primer año de primaria, se lleva inglés y los alumnos comienzan a utilizar el e-mail; donde todos los alumnitos (por concentrarme en los primeros años solamente) llevan sus cámaras digitales y desean subir sus fotos de clase y actividades a la intranet para que sean conocidas por sus padres vía Internet. El colegio además cuenta con piscina temperada y áreas de desarrollo motor como todo buen colegio privado. Cualquier comunicado, cualquier duda, cualquier actividad está registrada en el “site”. Los padres de estos chicos, desde su oficina, pueden monitorear la calidad de la enseñanza que pagan… la verdad se me pasó preguntar si el pago de la boleta se hace también vía banca electrónica, con descuento directo a cuenta o mediante Visa o Master Card.

Un alumno que salga de este colegio 11 años después de haber iniciado, hablará inglés más que bien y será todo un nativo digital; tendrá un trabajo similar o mejor que el del padre o madre. Un trabajo a gestionar desde una oficina, relacionado quizá con una prestación de servicio, donde el conocimiento y no el trabajo físico es el que vale.

III

Beltrán sufre porque forma parte de su idiosincrasia navegar por la vida quejándose. No es capaz de aceptar que si él no fue a la universidad difícilmente su hijo, que ahora tiene un año, lo hará. Beltrán tampoco conoce este colegio del cual hablo, aquí también la boleta mensual vale más de lo que él, “cachueleando”, gana para mantener a su esposa e hijo.

Beltrán ni siquiera es migrante digital. No sabe usar el Internet, no tiene cuenta de correo electrónico; mucho menos una cuenta bancaria o tarjeta Visa ni siquiera Ripley. Tampoco sabe nadar ni tiene una cámara digital.

Beltrán existe, su apellido es real y es un solo hombre. Pero su situación es tan generalizable que al hablar de él hablo de miles de personas en el Perú y seguramente en México como varios países de América. Pero yo hablo de César Beltrán Salazar, el guachimán de Barrios Altos en Cercado de Lima, no quiero generalizar con más gente, sólo hablo de él y punto.

IV

Las calles de Lima parecen zoológicos, o prisiones. Cantidad de jirones tienen reja metálica, que en las noches un guachimán, pagado –en este caso- por los habitantes de dicha calle, recorre para que nadie pueda entrar si autorización.

Mi calle en Los Olivos aún no tiene esa reja. Pero falta poco para que los vecinos se organicen y pidan la autorización en la municipalidad. Desde mi departamento en un cuarto piso diviso cerros no lejos de aquí, con casas rústicas y declarados por muchos habitantes como zonas bravas. Son cerros del mismo Los Olivos así como del distrito de Independencia. En esas zonas no hay escuelas con piscinas ni formación bilingüe o digital, los jóvenes quizá ni a la escuela van; sus padres no trabajan en oficinas sino en actividades como construcción, limpieza o vigilancia; los más afortunados en comercio.

V

Pienso en un escenario futurista, donde las rejas se les pondrán a los barrios de gente sin oportunidades. El ejército y la policía cerrarán las puertas pasadas las 6 de la tarde, para evitar que esa gente marginal salga. Los mismos siriguachers (“city watchers”) serán gente salida de esos asentamientos, pero disfrazados con su uniforme prestarán un servicio a las clases poderosas. Las clases económicas se reducirán a tres, donde la última será la completamente excluida, la que perderá todos sus derechos de educación y salud; este proceso empezó años atrás, justo en la década del 2000 se fue definiendo.

El hijo de Beltrán es un guachimán –todo un siriguacher-. A su vez, ya tiene un hijo que cuida de Beltrán. Beltrán padece alzheimer, ninguna instancia le da atención. Él es una carga para su hijo, que busca como conseguir un ingreso y mandar a su hijo a la escuela pública, que ahora cobra con rigor las boletas para poder pagar la renta del derruido local así como a sus mediocres maestros…

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